Altar

Catherine Lacey · Capítulo 5 de 13

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Altar

Martes

 

 

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Roger dejó una pila de folios y una caja de lápices de colores delante de mí, pero yo solo quería mirar por la ventana que había sobre el fregadero, mirar la manera en que el viento movía las hojas, grandes y planas, del árbol del jardín. Roscoe sesteaba bajo la mesa. Roger no paraba de decirme que él tenía todo el día, que teníamos todo el día, que podíamos sentarnos y no hacer nada, no había ningún problema. A veces me acercaba rodando un lápiz y me sugería que dibujase lo que se me pasara por la cabeza, que me relajase y que dibujara de dónde venía, que me relajase y pensara en quién era y en lo que me había ocurrido antes de llegar allí.

—No tiene por qué ser nada concreto. Puede ser algo abstracto. ¿Sabes lo que significa «abstracto»? Significa que no se parece a algo real, son formas que no tienen correspondencia directa con nada o puede que recuerden a un pensamiento… o a una sensación. Solo formas y colores, líneas, lo que quieras.

Roger cogió un folio, sacó un lápiz gris y dibujó un cuadrado grande. Se quedó mirándolo un momento. Dibujó otro dentro del primero. Volvió a meter con delicadeza el lápiz en el estuche, sacó uno rojo y trazó una línea que atravesó el centro de ambos cuadrados.

—Mira, este dibujo representa cómo me siento ahora. Es abstracto, aunque creo que se podría decir que se parece a algo, más o menos. Podríamos decir que es una pantalla de televisión, un mapa o algo parecido, pero no es nada concreto. Eso es lo que significa «abstracto». Sensaciones, nada más. ¿Me entiendes?

Asentí. Roger también asintió. Echó un vistazo al dibujo, parecía a punto de tomar una decisión, luego apartó la hoja.

—¿Quieres probar? Igual puedes dibujar algo sobre cómo te sientes esta mañana o sobre cómo te has sentido en el pasado. Algo de tu lugar de origen. Algún recuerdo. No te tiene por qué salir perfecto. Y puedes empezar de cero todas las veces que quieras, arrancas la hoja y tiras lo que no te guste. Puedes hacer todos los dibujos que te apetezca.

Pensé en la garza blanca que vi volando por la linde de una hilera de árboles que se ensombreció justo después del atardecer una noche en la que no encontré ninguna iglesia y acabé durmiendo en el campo. Había dos garcetas, como si esperasen algo —las garcetas parece que siempre estén esperando a que pase algo—. Me quedé mirándolas hasta que oscureció demasiado para distinguir nada.

Cogí un lápiz y dibujé la forma de una garceta en pleno vuelo a cierta distancia. El papel era blanco y el lápiz era blanco, pero el tenue contorno del ave —las alas, el cuello, la cabeza, el cuerpo— creó un suave relieve en la página. Cogí un lápiz gris y otro azul, y rellené el resto de la hoja, despacito, con líneas entrecruzadas, luego se la di a Roger deslizándola sobre la mesa.

—Gracias —dijo mientras la estudiaba.

También dijo más cosas, con mucha calma y tiento, me explicó cómo «trabajaba» con sus «pacientes», lo que hacía con sus dibujos, las cosas que le dicen. «Las cosas que nos dicen».

Yo escuchaba sin escuchar. Evitaba el contacto visual. Bajo la mesa, el perro roncaba y suspiraba. En la calle, las ramas del árbol habían dejado de moverse, fijas como una fotografía. Roger me dio más papel y lápices, me pidió que dibujase lo que me hacía sentir ese dibujo.

—Puede ser abstracto.

Sentí como si se me revolviese algo en la tripa.

—¿Estás bien? ¿Cómo te sientes? ¿Todo en orden? ¿Quieres agua? ¿Algo?

Negué con la cabeza.

—Lo único que tienes que hacer es recordar cómo te has sentido al hacer ese dibujo. ¿Puedes hacerlo por mí? Solo te pido un dibujito sobre ese primer dibujo, una sensación sobre un recuerdo. Estamos intentando comprender, ¿me entiendes? Así funcionamos. No podemos vivir las vidas de los demás, no podemos ver sus recuerdos o sentimientos, así que intentamos encontrar maneras de comunicarnos. Después de este recuerdo, ¿qué te viene a la cabeza? ¿Qué otros recuerdos o sensaciones lo envuelven?

No pensé en casi nada. Roger me miraba y tomaba notas en un gran cuaderno amarillo. Escuché el susurro del lápiz sobre la página. Roscoe se había levantado, saltó a mi regazo y, cuando Roger intentó agarrarlo, el perro gruñó y le ladró, luego volvió a mirarme con ojos empañados y tranquilos.

—Bueno, Roscoe, tú ganas —dijo su dueño, aunque el perro no hizo nada que se pudiera interpretar como una respuesta, se limitó a aposentar todo su peso caliente en mi regazo—. ¿A ti qué narices te pasa hoy? —le preguntó Roger al perro, que tampoco respondió—. Bueno, mira, por lo menos le caes bien, no sé por qué, pero hay mucha gente a la que no soporta.

No hice más dibujos, tampoco tenía nada más que decir. Roscoe se quedó profundamente dormido en mi regazo, yo estuve toda la mañana mirando por la ventana las gruesas hojas inmóviles o mecidas por el viento hasta que Roger me trajo un sándwich en un plato. Encendió el televisor que había en un rincón y me dio el mando. Lo dejé en la mesa, en la pantalla había unos niños comiendo unos cereales que hacían que les creciesen alas y pudiesen volar.

—Cambia de canal si quieres, ¿eh? Yo estaré en el otro cuarto trabajando un poco. Hilda vendrá enseguida a buscarte.

Cuando volví a fijarme en la televisión, los niños habían desaparecido y un hombre trajeado y canoso hablaba de seguros de vida. Me comí el sándwich. En la tele apareció un mapa de la ciudad con una masa de nubes animada. Salió una mujer sonriendo y explicó lo que creía que el cielo iba a hacer en los próximos cinco días.

Me acabé el almuerzo. Se me quedó en la boca un regusto metálico, cárnico. Roscoe me chupó las manos, paró al oír que la puerta trasera se abría, pero enseguida volvió a lo suyo. Oímos la voz de Hilda, una puerta que se cerraba. Roger le ofreció un café, pero ella declinó la invitación.

—¿Ha ido todo bien? —preguntó.

—Bueno, el chico ha estado dibujando algo…

—¿El chico?

—Bueno, yo, no sé, la verdad…

Bajaron la voz, casi desaparecieron del todo. Roger cerró la puerta que separaba ambas habitaciones. La mujer del mapa ya no estaba en pantalla y, durante unos instantes, no pasó nada en la tele. Todo estaba en blanco, en silencio, sin formas, un silencio nítido hasta que aparecieron dos hombres, así, de repente.

A su lado, una niñita punteaba una guitarra de tamaño infantil con mucha concentración, no parecía interesada en hablar o en que le dijesen nada. Uno de los hombres le preguntó: «¿Por qué no nos tocas una cancioncilla?». Empezó a rasgar las cuerdas con rapidez y convicción como si fuera una maquinita a la que acababan de enchufar, tenía una expresión fija, triste. Los adultos aplaudieron; la niña tocó su música movidita y la cámara enfocaba su rostro inmóvil, luego las manos, que tocaban a toda velocidad. Abajo, un rótulo: NIÑA PRODIGIO DEJA SIN HABLA AL PROFESOR DE MÚSICA DEL PUEBLO.

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—Roger te ha pedido una cita en el centro médico de Monroe mañana por la mañana —dijo Hilda después de un minuto de silencio en el coche—. Le preocupa por lo que hayas podido pasar y quiere tener una segunda opinión.

Volvió a quedarse en silencio, no dijo nada mientras dejábamos atrás unas cuantas manzanas.

—Yo también creo que es buena idea pedir una segunda opinión. La gente dice que siempre es bueno pedirla. Además, en el consultorio te pueden hacer una exploración…, un examen rápido, nada más, para asegurarse de que está todo en su sitio. En fin, ahora vamos a ver al pastor que lleva la programación infantil de la iglesia. Me ha pedido que le hagamos una visita. Sonny. Todo el mundo lo llama por su nombre de pila. Es muy cercano. Se encarga del grupo de scouts y de otras actividades.

Cuando salimos del coche, reconocí la iglesia en la que me encontraron y, por un momento, me quedé pensando si acaso no pretendían dejarme otra vez frente al altar para que desapareciera y volviese al lugar del que había venido. Seguí los pasos de Hilda por una puerta lateral y luego por un pasillo cubierto con una mullida moqueta roja. La seguí por una amplia escalinata y luego bajamos a otro pasillo que daba a una puerta negra donde ponía PASTOR – ACTIVIDADES INFANTILES con letras pintadas en blanco, muy definidas. Por el suelo se colaba el sonido de un piano, alguien empezaba a tocar, paraba y volvía a empezar, practicaba escalas. Hilda llamó a la puerta y alguien gritó: «Adelante».

El despacho estaba lleno de plantas, una enredadera trepaba por la pared y rodeaba una ventana. Repartidos por la sala había pequeños cuencos de caramelitos morados. Sonny se acercó, dijo algo, envolvió las manos de Hilda entre las suyas y se las estrechó con fuerza. Ella se volvió hacia mí y me dijo:

—Este es Sonny. —Luego miró a Sonny y dijo—: Te presento a Altar.

Sonny sonrió.

—¿Bien? —nos preguntó Hilda sin preguntarle a nadie en concreto—. Bueno, supongo que aquí os dejo. —Y se fue.

Sonny me miró como si le acabaran de dar una terrible noticia y estuviera intentando guardar el secreto. Cogió un puñadito de caramelos del cuenco de su mesa y se los metió en la boca mientras me indicaba que me sentase en un sillón que había en uno de los lados del despacho. Se sentó enfrente y me acercó uno de los cuencos.

—Es mi pecadillo. Soy muy de dulce.

Se metió otro puñado en la boca. En la mesita que separaba los dos sillones había una maceta con una planta en flor, una baraja y tres gruesos cuadernos sin estrenar.

—Menudo revuelo has causado en el pueblo, ¿eh? Seguro que lo sabes. No tenemos visitas muy a menudo. No hay mucho turismo por aquí. — Sonrió, cruzó las piernas.

En el piso de abajo se oía otra vez el piano, unas voces reunidas en una sala —sonaba como lluvia sobre el tejado—, una risa por aquí, otra por allá, luego todo paró en seco y habló una voz, entonces oímos cantos acompañados de un par de notas de piano.

—Ensayo del coro —dijo Sonny—. Los martes son mi día preferido. ¿Los oíste cantar el domingo pasado? Seguro que sí. Es precioso, de verdad.

Esta vez el piano se arrancó a tocar más fuerte y un conjunto de voces cantó al unísono. Sonny escuchaba, bajó la mirada y apuntó hacia el suelo con las orejas. Cantó en silencio moviendo la boca.

—Uy, qué bien que estén ensayando esta hoy… —Se arrellanó en el sillón—. Es perfecta.

Nos llegaron las voces con más claridad y Sonny se sumó al canto.

Tarareaba y cantaba bajito siguiendo el ritmo del piano.

—No me sé la letra de memoria, pero sí que me acuerdo de la historia de esta canción. La escribió un señor en el siglo XIX, si no me equivoco, aunque no me acuerdo del nombre. Era compositor, escribía canciones, himnos, puede que también otro tipo de piezas musicales, y un día va y el hombre se entera de que sus cuatro hijas, ojo al dato, ¡cuatro hijas! ¿Te imaginas? Bueno, el caso es que se entera de que sus chiquillas, que estaban cruzando el Atlántico para venir a Estados Unidos, creo, el caso es que se entera de que han naufragado y están todas muertas. Puede que su mujer también, o puede que su señora muriese justo antes del suceso y quizá tenía un niño, me da que el crío también murió, pero lo que sí que está claro es que las cuatro muchachas perdieron la vida en aquella tragedia. Cuando le llega la noticia, el hombre se sienta a componer este himno, «It Is Well with My Soul». Trata de que, aunque vengan mal dadas, por mucho que Satán te ponga a prueba y todos tus seres queridos mueran, tienes que seguir adelante con la cabeza bien alta, tienes que seguir confiando en el Señor. Al menos, esa es la lección que saco yo de esa historia. Es fácil caer en la autocompasión cuando pasan desgracias, incluso de las gordas. Pero no puedes, no puedes. No hay ni que pensarlo. Entiendo que no es fácil, claro, requiere mucha práctica, no siempre nos sale natural, al menos no a la mayoría.

Estuvo asintiendo un rato, como dándose la razón, sin dejar de prestar atención al coro, que volvía a cantar esos versos: «It is well, it is well…

with… my soul!».[1]

—Me han dicho que has conocido a Nelson, ¿verdad?

Asentí. Sonny volvió a meterse unos cuantos caramelos en la boca y empezó a hablar sin habérselos tragado todavía.

—Qué pieza, ¿eh? Ha pasado lo suyo. Se parece mucho a ti en lo de que no os gusta hablar de lo que habéis vivido, pero, ay, Señor, ay… —Sonny miró por la ventana, masticaba y tragaba despacio, con la mirada perdida; negó con la cabeza—. Vio cómo asesinaban a toda su familia, él por poco no lo cuenta… Y luego tuvo que pasar por el infierno del proceso de inmigración, mira, ni te imaginas lo complicado, lo ridículo, lo inhumano que es, y eso que ya había aquí una familia dispuesta a acogerlo. Tardó casi dos años más de lo previsto en llegar al pueblo. Le tocó vivir solo en un campo de refugiados, él pensaba que nunca saldría de allí. Casi sin escuela, casi sin nada. Ahora tiene una buena vida, claro, una casa bonita, una familia que lo cuida y a todo el mundo a su disposición, pero, madre mía, pasaría las de Caín.

Sonny volvió a mirar por la ventana, ahuecó la mano sobre las cejas, como si quisiera protegerse de algo.

—Como te podrás imaginar, todo el mundo se pregunta por lo que habrás pasado. Y es verdad que no es asunto de nadie, eso lo tenemos claro, igual que tú. La vida de una persona es algo que queda entre esa persona, el Señor y su familia, pero nos preguntamos qué podemos hacer para ayudarte. Y confiamos en que podremos ayudarte mejor si sabemos un par de cosas sobre el lugar del que provienes.

Sonny barajó las cartas y empezó a bajarlas a la mesa para jugar al solitario. Recuerdo ver a la mujer de la gasolinera jugando a ese juego y explicándomelo: «Es un juego para la gente que no disfruta mucho de la compañía».

—Qué tiempos más confusos, ¿no crees? —me preguntó Sonny. Reparé en sus dientes, de un lila claro—. Países, gobiernos matando a gente a montones, arrasando ciudades con guerras, asesinando mujeres y criaturas. —Jugaba rápido, le daba la vuelta a una carta, luego a otra; el mazo iba menguando, era suave y estaba desgastado por los bordes—. Es un desastre, terrible. Mires donde mires ves sufrimiento. A veces, incluso aquí, en nuestro país, parece que los hombres y las mujeres se han dado la espalda. Cuánta amargura. Todo el mundo quiere llevar razón.

Bajó una carta despacio, con firmeza, y sonrió con una sonrisa que parecía solo para él.

—Vivir es sufrir, qué gran verdad. Los budistas tienen mucha razón en eso, ya te lo digo yo. Nada es fácil en esta tierra. Incluso el himno del que te hablaba antes… Resulta que, unos meses después de que acabase la letra, el hombre que lo ayudó a componer la música iba en un tren que descarriló y también murió. Así que el señor pierde a toda su familia y luego al compañero que lo ayudó a componer la canción sobre su pérdida.

Sonny había acabado la partida al solitario. Había ganado, supongo, así que barajó todas las cartas para unirlas en un solo mazo y cogió otro puñadito de caramelos.

—Lo que intento decirte, y mira que yo no soy como el reverendo, yo no soy tan bueno dando discursos así de buenas a primeras —dijo e hizo una breve pausa; ahora tenía toda la boca morada, la lengua, los dientes, irreales, como manchados de tinta—. Lo que intento decirte es que, te haya pasado lo que te haya pasado, aquí hay un sitio para ti, no pienses que fue el azar lo que te llevó a elegir nuestra iglesia para dormir aquella noche ni que fue casualidad que te encontráramos aquí. Criatura, cuando te sientas con fuerzas para hablar, aquí estoy para escucharte.

Nos levantamos, me puso una mano en el hombro y me miró. Abajo el coro seguía cantando. Sus voces hacían que el suelo se estremeciese.

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«Bien, ¿cómo estás?», dijo el loro mirando a la pared y asintiendo. «Bien, ¿cómo estás?».

Me senté en la salita que había al lado de la cocina con un vaso de leche y «algo de dulce», como dijo Hilda, una porción cuadrada de tarta negra para rematar mi larga jornada. Yo contemplaba el cielo nocturno por la ventana y, cuando me acerqué a tocar el cristal, noté que aún conservaba el calor. No se había ido, nunca se iba, era constante.

A través de la pared se oía el murmullo de la televisión, Jack estaba viendo algo, oí los golpes de la pelota que tiraba y recogía.

—Jack —gritó Steven desde la cocina.

—¿Qué?

—Apaga la tele y al sobre.

—Pero si van a poner ahora las repeticiones…

—He dicho que a la cama.

—Pero si Altar aún no se ha ido a dormir.

—Me da tres cuartos de lo mismo, tú eres mi hijo y Altar no. Te estoy diciendo que apagues la tele y que te vayas a la cama.

Dejó de oírse la emisión. Jack se alejó de mala leche por el pasillo y se encerró en su cuarto de un portazo. El ambiente de la casa era tranquilo, agradable, solo interrumpido por los susurros de Steven y Hilda en la cocina.

Cerré los ojos y me imaginé una vida en la que solo se viesen nuestros pensamientos y emociones, en la que los cuerpos no fuesen carne, sino algo diferente, algo más que toda esta piel, todo este peso. Por unos instantes olvidé dónde estaba. Me acabé el vasito de leche sin darme cuenta, me atrapó la idea de un mundo descarnado en el que las ideas pudieran contener otras ideas, donde los pensamientos pudieran ver otros pensamientos, donde siguiéramos con vida mediante el pensamiento y muriésemos al dejar de pensar. De algún modo, nuestros cuerpos no nos retendrían como nos pasa aquí. De algún modo, no determinarían nuestras vidas, las de los demás, las maneras en que pueden converger o no converger con la del resto. No tendríamos que dormir ni que dar portazos o existir en esas células que se comen a otras células y al final mueren igual; esas células en las que vivimos.

«Bien», dijo el loro, esta vez solo esa palabra, una larga pausa y: «Bien, ¿cómo estás?».

Hilda y Steven entraron, sonrojados y tensos.

—Entiendo que no te pondrás a hablar ahora —me dijo Steven—, pero si hay algo que nos tengas que decir, algo sobre lo que sincerarte…, ¿podrías hacerlo ahora mismo?

Hilda recogió el vaso y el plato ya vacíos.

—Mañana va a ser un día más ajetreado que el de hoy —dijo ella sin dejar de recoger—, tendrás que ir a ver al especialista a Monroe, para el que Roger te ha pedido cita, y todo será mucho más fácil si primero hablas con nosotros un poquito. Allí van a tener que echarte un vistazo… para asegurarse de que todo está bien.

Yo era incapaz de hablar. Incapaz de decirles nada. Nos quedamos en silencio, sin movernos de la silla.

—Puede que ya te hayas enterado de que este sábado es el festival. Es un momento muy importante del año y para toda la comunidad es fundamental que se sume todo el pueblo y que todo el mundo entienda lo imprescindible que es su participación.

—Es una festividad muy bonita —siguió Hilda, vertía la voz, como si fuera líquida—, muy significativa…

—Sí, y nos encantaría que participases con el resto, aunque no entiendas del todo el sentido que tiene.

A Hilda se le escaparon un par de lágrimas. Se enjugó las de un ojo, luego del otro, volvió al primero y siguió así. Steven la abrazó por la cintura, se calmó.

—La gente sentirá curiosidad al tener a una persona nueva en la comunidad —prosiguió Steven—. Es natural, por eso queremos asegurarnos de que estás bien, de que estás en condiciones de unirte a nosotros en esta celebración tan importante, sabemos que la gente de fuera no siempre la entiende.

Nos quedamos en silencio un momento. En la cocina gruñó un electrodoméstico.

—Ay —dijo Hilda—, una cosa más. Había pensado que igual te apetece darte un baño. No te has duchado ni nada desde que llegaste y, bueno, no sé, he pensado que igual te apetece. Te lo estoy preparando en el baño del fondo.

Nos levantamos y fuimos hacia allí, Hilda cerró el grifo, la bañera estaba casi llena.

—Y, si quieres —dijo Steven—, Hilda te puede lavar la ropa.

Negué con la cabeza.

—¿De verdad que no quieres? —preguntó la mujer—. No me cuesta nada, palabra.

—No le cuesta nada. La tendrá planchada y lista por la mañana.

—Yo nunca duermo —añadió Hilda.

—Es verdad, casi no duerme, sobre todo con la cantidad de colada que hay.

—Cierto es.

Volví a negar con la cabeza. Me dejaron con mi baño y cerraron la puerta. Me quité la ropa. Salía vapor del agua y el agua se movía y generaba vapor. Miré la bañera llena, luego mi cuerpo. ¿Sentirá todo el mundo esa soledad vacilante y animal después de desnudarse? ¿Cómo puedo seguir dentro de esta cosa, respondiendo a sus infinitas necesidades y traiciones? El cuarto de baño era todo blanco y gris, y el aire era caliente y el aire se me pegaba y yo me pegaba a esta carne a la que todos esos siglos desconocidos de sangre habían insuflado vida. Tenía que ocuparme de esta carne como si fuera un regalo de corazón, como si hubiese valido la pena. ¿Por qué vivir me parecía tan invisible en su brevedad y al mismo tiempo de una eternidad tan insoportable?

Con cuidado, me metí en el agua caliente y ahí me quedé un rato — segundos, minutos, no lo sé—, luego volví a salir, me sequé con una toalla mullida, me puse otra vez los pantalones y la camisa, y volví a salir al pasillo. Hilda y Steven seguían allí, en la oscuridad, muy juntos, como si hubieran estado cuchicheando.

—Buenas noches —dijeron, primero uno, luego la otra.

Asentí mientras avanzaba a tientas con una mano en la pared, de vuelta al desván.

Ya arriba, me tumbé en la cama; por la ventana redonda se colaba la luna, llena, de un blanco puro, brillaba tanto que casi parecía que hacía ruido. Aunque cerrase los ojos, seguía sintiendo el relumbre atravesarme los párpados; me quedé así, bajo la luz, me acerqué a algo parecido al sueño sin que fuese sueño de verdad, un carrusel de imágenes o sentimientos que pasaban por delante y no me decían nada.

La noche me enterraba. El cuerpo muerto, pensé. Seguía sonriendo. El cuerpo es tu tumba.

Al cabo de un rato, me levanté, bajé sigilosamente por las escaleras para no despertar a nadie, salí de la casa azul y negra al jardín para poder ver bien la luna. Qué suerte tenemos de que exista la luna. Sentí como si ya nadie se parase a mirar al cielo. ¿Se nos había olvidado que estaba ahí? Con todo este tiempo bajo la bóveda, nos olvidamos. Puede que algún día nos abandone y entonces nos daremos cuenta de lo que es.

Oí un portazo en la casa y vi salir a Jack. El aire entre nosotros era como una charca de agua tibia. Vacilante, en el porche, levantó la vista hacia la luna y luego me miró. Sentí como si quisiera asustarme, pero no tuve miedo; al fin y al cabo, ahí estaba la luna, la noche en calma, cálida, la brisa amable y todo era nuestro.

Desde las escaleras del porche, medio gritando medio susurrando, me dijo:

—Ni siquiera sabemos si eres un chico o una chica o de dónde vienes, ni nada, y estás durmiendo en mi cama. En mi cama. Qué asco. Deberías largarte por donde has venido, vete y déjanos en paz.

Al otro lado de la calle, se volcó un cubo de basura y se encendió la luz del jardín de una casa, y un perro salió corriendo, ladrando, persiguiendo algo. Luego se disparó la alarma de un coche, se sumó otro coche, un gato bufó, maulló.

Jack se me fue acercando, aún hablando en ese susurro gritón. Me alejé por el jardín y vi a una señora mayor mirando por la ventana de la casa de al lado y cerrándose el batín a la altura del cuello. No sabía qué hacer con las manos, mi cuerpo y yo no sabíamos ni adónde se nos permitía ir y si acaso había algún lugar al que pudiera ir sin que me vieran. Cuando me volví para mirarlo, Jack estaba otra vez en el porche, su padre estaba con él; un par de palabras firmes, sin gritar, igual que se llama a un perro. Jack se retiró y se metió en casa. Steven se quedó allí, alumbrado por la luz del porche, sin quitarme ojo, hasta que yo también volví a meterme en casa.

—No salgas de tu habitación —me dijo.

A medio subir por las escaleras que llevaban al desván, oí la puerta cerrarse, esta vez con pestillo.

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