Altar

Catherine Lacey · Capítulo 4 de 13

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Altar

Lunes

 

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Me desperté aún con mis zapatos y mi ropa, en el desván, en una cama, de lado, con un pie en el suelo. Un cúmulo de imágenes inconexas. Un vago recuerdo de un lugar —un pasillo estrecho—. Casi pude atisbar algo más, casi pude recordar una palabra o una frase que alguien me había dicho, pero no sabía decir si me había pasado mientras dormía o ya en vela. Casi pude recordar una sensación, una sensación de antaño, de lo que es sentirse una cosita tan pequeñita que cualquiera podría agarrarte y llevarte donde quisiera. Una vez, no sé cuándo, me senté en una cafetería y un crío lloraba y chillaba, y la persona que estaba detrás del mostrador, de mala leche por tener que presenciar un drama tan insignificante, le fruncía el ceño y le decía a quien acompañaba a esa criatura que la callase. La persona que había detrás del mostrador seguro que ha olvidado la sensación de ser una cosita tan pequeñita que cualquiera puede agarrarte y llevarte donde quiera. Qué pavor habita el cuerpo. Es un milagro que la gente exista.

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Hilda me dijo que Steven había decidido —y que ella estaba de acuerdo — que no me podía quedar en casa sin nadie mientras todo el mundo estaba en el colegio, trabajando o donde fuera, así que me llevó a la vuelta de la esquina en coche, a una casita blanca rodeada de arbustos en flor, flores muy abiertas, pétalos oscuros, quemados por el sol.

—Esta mañana te va a cuidar la señora Gladstone. Luego pasarás un rato con otra persona…, con Roger, que luego pasará a recogerte. Es muy buen amigo nuestro, así que pórtate bien con él. Tiene algo que quiere enseñarte, una especie de juego para que juguéis los dos. ¿Te gustan los juegos?

Hilda vaciló un instante, esperaba una respuesta.

—Bueno, supongo que sí. ¡Yo creo que a todo el mundo le gustan los juegos! ¿O no? Bueno…, tú pórtate bien con la señora Gladstone, estoy segura de que lo harás. Es una señora muy mayor, está cansada. Ha tenido una vida dura, solo quiere estar tranquila, la mujer… Creo que os llevaréis bien —me soltó Hilda rápidamente mientras estábamos en el porche delantero, luego abrió la puerta de la casita y gritó—: ¡Altar ya está aquí, Paulina!, ¿vale? ¡Adiós!

Hilda cerró la puerta, oí sus pasitos rápidos alejándose. Había una anciana en una silla de ruedas mirando el televisor apagado. La habitación era fría, el ritmo lo marcaba un reloj. Me senté en un sofá cubierto de plástico rígido, mientras me preguntaba si acaso se habría sentado allí alguien. Puede que estuviese pensado para quedarse ahí sin más y que lo dejaran en paz.

—Solo engañas a los bobos —dijo la señora Gladstone hablándole directamente a la televisión vacía—. Solo a los bobos.

Nos quedamos un rato en silencio después de que dijera aquello. No estaba claro si se dirigía a mí. Podría ser que hablara sola o con alguien a quien, por la razón que fuera, yo no veía. Durante un tiempo, mantuvo una expresión que me hizo pensar que estaba a punto de hablar o de estornudar.

—Me casé ya entrada en años —dijo—. Ya tenía treinta y tres, ¡madre mía! Puede que ahora no te parezca demasiado, pero, para la época, a esa edad, yo era requetevieja. Todo el mundo había perdido la esperanza de encontrarme marido, a esa edad, una ya no tenía la posibilidad de elegir; aunque un día la hubieses tenido, con tantos años, se acabó. Bueno, no estoy muy segura, ahora no conozco a mucha gente en edad de merecer, pero creo que sigue siendo así. Una mujer decente se encargará de encontrar marido rápido, luego la cosa se pone muy muy difícil.

»Pero supongo que, en cierto modo, tuve suerte. Charles era viudo, bastante más mayor que yo. A eso me refiero cuando digo que ya no estás para ponerte pejiguera a cierta edad. Su primera mujer había sido muy guapa, todo el mundo decía lo mismo, pero, por guapa que fuera, se había muerto. No por ser guapa, faltaría, creo que fue de cáncer, aunque nadie hablaba mucho de esas cosas. Así, a sus casi cincuenta años, Charles se quedó solo con dos críos que no tenía mucha idea de cómo criar, así que no le quedó otra que buscarse a otra mujer. Nuestras madres nos presentaron y luego él decidió que lo mejor era que nos casáramos. Y, aunque lo de sus chiquillos me tocaba las narices, más me molestaba la idea de ser tan vieja y estar sola, así que nos dimos el sí, quiero. El matrimonio es un arreglo la mar de simple. La gente no es muy de hablar así, pero las cosas son como son. Puede que te des cuenta algún día, cuando te hagas mayor.

Silencio.

—Cuando te hagas mayor —repitió la señora Gladstone—. ¡Mayor como yo!

Se tronchó de risa un buen rato o lo que me pareció un buen rato.

—Bueno, que yo te estaba hablando de Charles. Mira que me voy por las ramas, es por lo vieja e inútil que soy, se me va todo de la cabeza. Todo.

»A Charlie lo querían mucho en la comunidad, todo el mundo, todos lo querían mucho. Y éramos felices. Nunca me puso la mano encima, ni una sola vez, y mira que no había muchas mujeres en aquella época que pudieran decir lo mismo sin ponerse coloradas. Charlie y yo pasamos muchos buenos años juntos. No tuvimos hijos y eso que lo intentamos. Pero yo era tan vieja… Y él ya tenía dos de su primera mujer, así que ya teníamos bastante. Unos chiquillos muy infelices, un estorbo, la verdad. Creo que Charlie no quería tener más si le iban a salir como los dos primeros. Viajamos mucho, a la Costa Este, a Virginia de vez en cuando y, en una ocasión, a California. También estuvimos una vez en Canadá. Le gustaba conducir y a mí me apañaba que condujera.

»Pero entonces llegó el diagnóstico y fue…, bueno…, ¿ya han pasado veinte años? ¿Tanto tiempo hace ya? No había muchas opciones, ahora parece que tienen todo tipo de tratamientos, pero, en aquella época, pues no había tantos. Los médicos dijeron que no le quedaba mucho tiempo, que pusiéramos sus asuntos en orden, hiciéramos los arreglos correspondientes y demás. Habló con su abogado por lo del testamento, me acuerdo de eso, y pronto se corrió la voz de que se estaba muriendo, así que se nos llenó la casa de flores y de gente. Gente blanca, gente negra, incluso los indios aquellos, o puede que fueran mexicanos; una familia que vivía por la carretera del condado a la que Charles había ayudado hace años… Nos llamó tanta gente, a él y a mí, nos trajeron tartas y cosas por el estilo, y tantas flores… Muchísimas, demasiadas. Una noche, estaba sentada mirando todos aquellos ramos en la salita cuando vino la enfermera y me dijo, me dijo: “Lo siento, me temo que se acabó, se nos va con Dios”.

La señora Gladstone detuvo ahí su historia, sin cerrar la boca, aguantándose las palabras, mirándolas.

—Aún veo la cara de la enfermera, no tenía miedo a la muerte, era su trabajo, claro, pero yo sí que tenía miedo, faltaría más, estaba aterrorizada. Toda la vida que había vivido con él, esos diez años de nada después de haber esperado tanto para tener marido y ahora se iba a acabar, y de verdad que pensé que era la voluntad divina, pero, aun con esas, no me pareció fácil de aceptar. Que igual era lo que tocaba, pero no pude. Sabía que tenía que ser fuerte y aceptar que Dios se lo llevaba, pero siempre he tenido mal fondo… No quería quedarme sola. Quería hacer las cosas a mi manera; mira que siempre he sido egoísta y mala. Me merezco todo lo malo que me ha pasado en esta vida y fui tan egoísta que odié a Dios por lo que me estaba haciendo, quería seguir viviendo la vida con él. Lo quería mucho. De verdad. Era tan buen hombre.

De nuevo, dejó de hablar. Algo en su rostro me recordó a un caballo que se había escapado y me encontré un día por el bosque, una mezcla de paz y terror.

—Me senté a su lado, respiraba muy despacio, hondo. La enfermera nos dejó a solas para darnos un poco de intimidad en esos últimos momentos y, en cuanto salió del cuarto, Charles me miró y me dijo «Cariño», me lo dijo tan despacio… Recuerdo cada palabra, me dijo: «Cariño, aquí estoy. No soy más que un hombre en su lecho de muerte y necesito decirte que, cuando era un crío, hace ya tanto tiempo, me retaron a meterle la cabeza bajo el agua a un niño negro, en un arroyo cerca de la frontera del condado, y lo hice. Todo el mundo dice que fue un accidente, pero no es verdad. No lo fue. No ha habido día en que no haya pensado en lo que pasó». Hablaba tan despacio; dijo: «Le he pedido al Señor que me perdone. Yo nunca fui un chaval muy espabilado, de hecho, hasta pensaban que me faltaba un verano o algo, y me costó muchos años pensar por mí mismo y, entonces, cuando me retaron, ni me lo pensé. He hecho muchas cosas sin pensar. Todos hacemos muchas cosas sin pensar. Me comprendes, ¿verdad?». Y entonces dijo: «Me arrepiento, Dios mío». Y pensé que eran sus últimas palabras. «Dios mío». Estaba segura de que se iba a ir en ese mismo momento, pero me asustaba tanto verlo morir… Lloré y recé, no se murió, no se murió en toda la noche, aguantamos hasta la mañana, todavía estaba vivo, pero apenas vivo. Lo siguiente que me dijo la enfermera fue que ahora sí que se nos estaba yendo, estaba segura. E hizo lo mismo, me dejó a solas con él, nos dejó algo de intimidad y, después de unas cuantas horas en silencio, Charles se incorporó y me dijo: «Paulina, mi amor, lo que te dije anoche…». Y en ese momento pensé que me iba a decir que era todo mentira, un sueño delirante antes de morir, una alucinación, porque… ¿cómo podría haber hecho algo así? No era un hombre violento, ni mucho menos, estaba convencida de que aquello no podía ser verdad. Pero entonces Charles me dijo…

La señora Gladstone volvió a parar un instante. No estaba llorando. No sé por qué pensé que deberían saltársele las lágrimas.

—Me dijo: «Sobre lo que te conté anoche… La cosa no acaba ahí. Formé parte del grupo que colgó a aquellos cuatro hombres, ¿te acuerdas? Pensábamos que habían violado a la hermana o a la hija de alguien, no me acuerdo bien de los detalles, no estábamos seguros de quién había sido. Así que los colgamos a los cuatro. Eran culpables de algo, aunque no supiéramos de qué. Estábamos enfadados, tienes que entenderme. No fue fácil, pero lo hicimos, éramos veinte o treinta. No quedaba otra. Hasta el sheriff estaba en el ajo». Y claro que me acordaba. Cuatro hombres de la otra punta del pueblo, negros. Había muchos conflictos entre nuestro lado y el suyo. Fue una época muy dura. Mucha gente se acabó yendo.

»Aquella segunda noche no me dijo que se arrepentía o que sabía que estaba mal lo que hizo… Pero tampoco se murió. Por alguna razón, vivió y siguió confesándome otras cosas que había hecho o secretos que les había guardado a otros hombres, cosas peores y otras que no eran para tanto; nunca sabré si había algo de verdad en todo aquello. Hay una probabilidad, una gran probabilidad incluso, de que todo fuese un problema cerebral, cosas que le pasan a la gente cuando se acerca el final, tú ya me entiendes. Veía muchas películas y le gustaban las violentas, no sé por qué.

»Pero sigo preguntándome si todo lo que me dijo era cierto, si había sido esa clase de hombre cuando era más joven y, cuando lo conocí, ya había cambiado. El hombre que yo conocí era amable y bueno, bueno con todo el mundo, con todos, nunca tuvo una mala palabra con nadie. Nunca me puso la mano encima. Aunque, si aquello que me contó era verdad…, algo tuvo que quedar de aquel primer hombre en el que yo conocí, pero yo fui incapaz de verlo. Y desde entonces sigo dándole vueltas a que nunca llegamos a saberlo todo de otra persona, ni quién es ni quién era antes de que la conocieses… o incluso, a veces, después. Yo…

Se volvió para mirarme directamente a la cara y solo entonces me di cuenta de que tenía un ojo de cristal, inmóvil, vacío, brillante. Llevaba una cadenita con una cruz colgada del cuello.

—¿Sabes…? Lo que Hilda me dijo sobre ti por teléfono no se corresponde mucho con lo que estoy viendo ahora. —Me estudió un momento, un ojo fijo en mí y el otro vacío, en paz—. Supongo que da lo mismo. A mí me importa un bledo, sí, sí, me la refanfinfla. Yo sé lo que es quedarse muda. Muchas cosas no sé, pero al menos esa sí.

Nos quedamos sin decir nada unos minutos, mirando el reloj de caja alta haciendo tictac.

—Charlie nos dejó después de una semana de estar que si sí, que si no, y entonces todas las flores ya no olían tan bien. La limpiadora me preguntó si tiraba las que estaban marchitas, pero le dije que daba igual, que las dejara. Unos días después las saqué al jardín y dejé que se pudriesen en una pila.

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Cuando llamaron a la puerta, la señora Gladstone me miró y luego volvió a mirar el televisor apagado. Me levanté y fui a abrir. Había alguien en la puerta.

—Soy Roger —dijo la persona en cuestión, ofreciéndome la mano—. Tú debes de ser… Debes de ser la razón por la que estoy aquí. La señora Gladstone se cansa enseguida, así que Steven y Hilda me dijeron que viniera a por ti, me pidieron que me pasara sobre esta hora. He pensado que igual podríamos dar un paseo antes de que haga mucho calor, ¿te parece?

Roger llevaba una camisa blanca de manga corta y una corbatita negra. Iba con un perro de pelaje claro, un animal fibroso que lo acompañaba con toda su masa muscular y mantenía tensa la correa. Caminamos por una calle a la sombra de imponentes robles y grandes casas retiradas tras amplios jardines verdes. Los aspersores salpicaban la hierba.

—Ya ves que para nosotros es raro que alguien venga de visita. Este pueblo no recibe muchos visitantes, la gente no pasa a menudo por aquí, no tenemos carretera interestatal.

Yo miraba nuestros pies caminando por la acera, el paso se nos había acompasado, como si anduviésemos junto a un espejo.

—Cuando tenía más o menos tu edad, calculo, empecé a ir a misas cuáqueras. En aquella época yo vivía por el norte, en una gran ciudad, y el ruido me molestaba, la gente me molestaba, iba para estar tranquilo, para estar con gente tranquila. No sé si lo sabes, pero los cuáqueros, en sus servicios religiosos, no tienen predicador ni nada, creen que todo el mundo debería congregarse en una sala y no decir nada a menos que se sienta realmente llamado a hacerlo en ese preciso instante. Me figuro que en esta congregación sentían esa necesidad todo el rato; si no era uno era otro, pero siempre había alguien levantándose para tomar la palabra. A veces me parecía que no había ni un minuto de silencio.

El perro que nos acompañaba le ladró a otro chucho que estaba en un porche, detrás de una de las vallas que acabábamos de pasar. El otro perro era amarillento y flaco, estaba enfermo o dormido, las patas las había dejado muertas, sin fuerza, sobre el peldaño de más arriba de las escaleras del porche. El jardín que había frente a la casa era casi todo hierba muerta y rocas y un triciclo tirado por el suelo.

—¡Roscoe! —dijo el hombre—. ¡Ay, no sé qué le pasa! No suele ponerse así.

Roscoe siguió ladrando y gruñendo, pero el perro amarillo casi ni se molestó en levantar la cabeza. Al final, Roscoe lo dejó estar y siguió caminando.

—No suele ponerse así —repitió Roger, negando con la cabeza—. Bueno, a lo que iba, las misas de los cuáqueros. Recuerdo un día que estaba yo allí sentado y una mujer se levantó para tomar la palabra, estaba justo en el ángulo adecuado para que yo pudiera verle los lagrimones, me dio la sensación de que estaba débil, como a punto de desmayarse. Empezó a hablar, noté que la sala la escuchaba de verdad, algo que no pasaba a menudo; la mayoría se levantaban tantas veces que al final nadie escuchaba, pero con esta mujer… Me dio la sensación de que era la primera vez que la veía; mucho menos la había oído hablar. Parecía incómoda, le costó arrancar. Creo que nunca en mi vida me ha emocionado tanto el simple hecho de ver a una persona como cuando vi a aquella mujer, aunque yo era bastante joven, puede que de tu edad. No es porque ella fuese guapa o algo así, era una mujer normalita, si no recuerdo mal, pero tenía una elegancia particular, es difícil de explicar. Me dio la sensación de que le habían hecho mucho daño y que se dedicaba a sobrevivir de una manera que yo, en aquel momento, solo podía empezar a entender. Cuando por fin habló, lo hizo muy despacio, casi como si hubiese ensayado, cosa que habría echado por tierra la finalidad de la misa cuáquera, la verdad, ya sabes, eso de practicar en casa para que te salga perfecto y tal, pero, en todo caso, tampoco estoy diciendo que hubiese ensayado antes, pero había algo tan redondo y definitivo en sus palabras. Fue como… No sé, es como que de verdad tenía algo que decir. Fueron unas pocas frases, pero recuerdo que, cuando acabó y volvió a sentarse, intenté obligarme a recordar con exactitud lo que había dicho. Seguí repitiéndolas mentalmente, me habían parecido tan útiles y ciertas; intenté aferrarme a aquellas palabras, las repetía una y otra vez, pero incluso entonces se me escapaban… Ya las estaba olvidan do.

»Luego, un par de minutos más tarde, se levantó un hombre a hablar y, en cuanto abrió la boca, olvidé todo lo que había dicho la mujer, hasta la idea en general. Ese es parte del problema de los cuáqueros, al menos para mí, porque, al final, da lo mismo qué se dice en esa sala, siempre se entiende a medias y luego se olvida.

Roger y yo nos quedamos un rato en silencio después de su historia. Seguimos caminando. La camisa blanca se había vuelto translúcida por el sudor en las axilas y en el centro de la espalda. El perro jadeaba y, a veces, le gruñía a nada en particular mientras nos guiaba por la acera, las patitas se movían rápido por el pavimento caliente. A veces sentía como si estuviéramos los tres respirando a compás; otras, que no había ningún tipo de relación, que él paseaba y yo paseaba y nadie era consciente de que la otra persona estaba ahí, que, si yo no hubiese estado, le habría contado la misma historia al perro o a la hierba o a los árboles o al aire.

—Lo que intento decirte es que entiendo por qué alguien puede querer estar en silencio un tiempo. Y no tienes que hablar si sientes que no es el momento adecuado. Si no quieres, no me tienes que decir nada de nada.

Seguimos andando. Yo miraba hacia delante, hacia abajo, a la larga acera. En cierta manera, las calles daban sensación de festivo, de día festivo, y yo no tenía muy claro por qué conocía esa sensación, pero la conocía; una vaga noción de que todo el mundo se ha reunido en alguna parte y no piensan salir hasta que acabe, sea lo que sea lo que estén haciendo. No había coches circulando. No había gente caminando. Solo los aspersores salpicando agua, formando grandes arcos que luego desaparecían, y yo y ese perro y esa persona paseando con todo el calor hacia un lugar desconocido.

—Pero, en cierto momento —dijo Roger—, te tienes que plantear si permanecer en silencio es algo que está teniendo un efecto positivo o negativo en tu vida. Te tienes que preguntar si es algo que tú haces o algo que se te está imponiendo desde dentro o por alguna razón concreta.

Caminamos un poco más. Dejé de prestarle atención a la acera o a los árboles o al calor. Luego oí a Roger abrir una verja. Seguimos por un caminito de piedras grises hasta una casa de piedra gris. La puerta estaba abierta. Adentro, el ambiente parecía el de una cueva. Paredes azul claro y los muebles, también, tapizados con variaciones de azul: un sofá azul marino, una alfombra azul cerceta y unas cortinas acuareladas.

—Ya he trabajado en casos como el tuyo —dijo—. Bueno, no exactamente como el tuyo, pero muy parecidos. Hay una familia de la iglesia que adoptó a un niño refugiado, un huérfano que venía de un país en guerra y, aunque les habían dicho que el niño hablaba perfectamente nuestro idioma, cuando llegó, tenía un cuadro de salud mental bastante grave, estaba mudo. De hecho, creo que irás a visitarlos, Hilda me lo ha comentado, me ha dicho que te llevarían a cenar a su casa esta noche. Bueno, lo dicho, Nelson, así le pusieron, no me preguntes por qué, después de trabajar unas semanas con él se recuperó del todo. Había visto cosas terribles: toda su familia asesinada, su vecindario bombardeado… Pero no hay nada que no se pueda superar, ¿sabes? Y, según yo lo veo, eso es porque Dios cuida de su rebaño. No digo que tengas que creer en eso si no eres creyente, no soy esa clase de cristiano que piensa que todo el mundo debe creer en lo mismo para que esto funcione, pero sí que pienso que puedo usar lo que sé y lo que siento para ayudarte.

Roger sacó un voluminoso archivador y lo abrió encima de la mesa, entre las sillas donde nos sentábamos. Estaba lleno de sencillos dibujos metidos en funditas, todos los trazos torcidos. Pasó unos cuantos antes de pararse en una página cubierta de líneas finas. Abajo se veía una formita color morado y, arriba, diversas figuras humanas de las que salían garabatos rojos. Los contornos eran intricados pero inexactos; un agujero que no acababa de ser claramente un ojo o una boca, una forma gris alargada que tampoco se veía bien si era una espada o una pistola.

—Este es uno de los dibujos de Nelson, de un sueño que tenía desde muy pequeño. Seguía soñando con eso incluso después de mudarse aquí, pero, después de trabajar juntos unos meses, dejó de tener esas pesadillas.

Roger sonrió y se quedó un momento mirando el dibujo antes de cerrar el archivador y volverlo a guardar.

—Ya ves que, a veces, lo que ocurre es que presenciamos cosas terribles o que esas cosas terribles las vivimos en primera persona e incluso, aunque dejemos de pensar de manera consciente en esos tristes recuerdos para pasar página y poder funcionar en sociedad, a veces, una parte de nuestra mente no deja de darle vueltas a todas esas cosas horribles hasta que encontramos el modo de expresarlas, de sacárnoslas de la cabeza. Para Nelson, con palabras era imposible, pero dibujar lo ayudó a dejar de pensar en el pasado y a empezar a pensar en el presente. La familia que lo acogió, bueno, quiero decir, su nueva familia, su familia legal es afortunada y puede darle todo lo que necesita. Nelson ya no tiene que preocuparse por nada, así que no lo hace. Es muy simple, no puedes dejar que te alteren problemas que ya no existen. Ahora Nelson es un chico de trato fácil, estoy muy orgulloso de él por haber conseguido superar todo aquello. Cuando lo conozcas, verás; sigue siendo un chico callado, pero ya está tranquilo. Ya verás.

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Esperamos en la puerta de una casa tan grande que desde la calle no se veía entera —la mitad escondida tras los árboles y los setos esculpidos—. Hilda llamó al timbre y, cuanto más pensaba en la idea de entrar allí, más inverosímil me parecía que me dejasen entrar en semejante lugar —como si no diese la talla para entrar en un espacio como aquel, como si fuera un sitio que yo no tenía por qué pisar—. ¿Acaso alguien podía llamar casa a ese lugar? ¿Acaso había alguien que pudiera deambular por su interior y creer que era el hogar de una persona, más grande que una escuela, que muchas iglesias?

Una mujer nos abrió la puerta, hablando mucho y muy rápido:

—¡Pasad! ¡Pasad! Os damos la bienvenida, qué bien veros, pasad, ¡qué maravilla recibir visitas! Pasad, que afuera hace mucho calor.

No paraba de hacer aspavientos para que entrásemos, agarraba a los niños de los mofletes y les daba besos, abrazos a Hilda y a Steven, y luego me tocó a mí…

—¡Eres una muñequita! ¿Verdad que sí? ¿No es la cosa más mona que habéis visto en vuestra vida? ¿Habíais visto una muñequita más linda que esta? ¿Eh?

Nadie le contestó. La mujer me agarró del brazo un momento.

—Me llamo Kim, pero todo el mundo me llama Kitty, así que puedes llamarme Kitty. —Más aspavientos para indicarnos el camino por un largo pasillo—. Todo el mundo está en el gabinete comiendo queso y galletitas saladas, espero que vengáis con hambre porque le he dicho a la chica que hoy tenemos compañía especial y se ha pasado tres pueblos cocinando. Me he asomado esta tarde a ver cómo iba, ¡y estaba preparando cosas que ni se me habrían ocurrido! Ah, y, escuchad, si necesitáis ir al baño, está al final de este pasillo, al final a la derecha. Os enseñaría toda la casa, pero ¡perderíamos toda la noche! Además, creo que los niños no se han hecho la cama, casi nunca las hacen, yo no sé ni para qué se lo pido… ¿Para qué se lo pido?

Se detuvo y cogió un cuenco de flores blancas de un pedestal de mármol.

—Holly Henry me ha preparado estos arreglos florales, ¿verdad que tiene mucho gusto? Tiene un don. La llamo para las fiestas y el Festival del Perdón, para las celebraciones y los eventos. ¿No os parece un encanto esta? Ni siquiera sé de dónde consigue las magnolias a estas alturas del año, las tiene que importar de algún sitio. ¿De China? ¡Figuraos, importar magnolias de China! Pero ¿a que huelen bien? ¿Verdad? Ojalá florecieran los magnolios en la época del festival, ¿a que sería maravilloso? Venga, oledlas bien y seguimos…

Mientras avanzábamos por el pasillo, Kitty no dejó de hablar, pero yo no entendía lo que decía. Sentí que el techo estaba demasiado alto, tan alto que puede que, si mirase hacia arriba, no encontrara nada, así que no miré. Continuamos adentrándonos en las profundidades de la casa.

Al final del pasillo había una habitación llena de sofás tapizados en cuero y de sillas, todas mirando hacia una gigantesca pantalla de televisión colgada en la pared, un altar. Había varias personas sentadas, todas parecían variaciones de Kitty —pelo claro, piel luminosa, como si estuviera húmeda, ropa impoluta y bien planchada—, todas vestidas de tonos azules, verdes y blancos, uniformadas cual ejército. Atravesaban el televisor con la mirada. Una persona con un vestido de lentejuelas cantaba con un micrófono en la mano. Algo empalagoso y penetrante flotaba en el ambiente; no eran las flores, era otra cosa, más parecido al olor de la cabecita de un bebé.

—Bueno, han llegado las visitas, apagad eso, ¿queréis? Ahí tenéis limonada, por si os apetece, y colas. Yo a estas horas ya no puedo tomar cafeína, pero hay para quien quiera. Y servíos un platito con lo que os apetezca de picoteo, aunque no os hinchéis demasiado, como os comentaba, la chica lleva to-do el santo día metida en la cocina, haciendo Dios sabe qué. Ay, perdonad que hable así.

Nadie se movió. Ni quienes acabábamos de llegar ni quienes ya estaban allí.

—Venga, vosotros, apagad ese trasto ya mismito —gritó Kitty sin perder la sonrisa, mirando a toda esa gente que era clavadita a ella.

Un hombre bastante alto, repantigado en una de las sillas, veía la televisión y masticaba la punta de un puro, apuntó a la pantalla con un mando y la cantante se fundió a gris.

—¿Os acordáis todos de todos? Bueno, a Butch ya lo conocéis, claro.

El hombre del puro levantó la mano, casi a modo de saludo, un gesto que Steven le devolvió.

—Y estas son mis hijas, Annie, Rachel y Jill, y mis hijos, Ronnie y Butch hijo —dijo la mujer de carrerilla, sonó entre plegaria y rutina. Las hijas y los hijos estaban como aturdidos, distantes—. ¿Dónde se ha metido Nelson?

—Aún está arriba —dijo una de las niñas sin apartar los ojos de la pantallita que tenía entre las manos.

Era la más pequeña del salón, pero la más idéntica a la madre. Ella y Kitty llevaban el mismo vestido, jerseicito y collar. Ambas lucían una melena pajiza esculpida e inmóvil.

—¡Nelson! —gritó la mujer por las escaleras—. ¡Tenemos compañía! ¡Nelson, baja! Y, cielito —añadió—, recuérdame tu nombre, por favor.

—Altar —dijo Hilda—. Un apodo, por ahora.

—¿Cómo que Altar? ¿Como el de la iglesia?

—Sí —respondió Hilda—, es temporal, solo…

—¡Vaya ocurrencia! Hilda, ¿te hace un vinito blanco? Tengo abierta una botella de pinot grigio y seguro que Butch le puede preparar un whisky a Steven. ¿Os parece? Pero no le vayáis con el cuento a Joe o a Mary-Lee de que os lo habéis pasado pipa, que siempre que vienen escondemos el alcohol, ¡ja, ja!

—¿Qué hostias le pasa a esa gente? —le preguntó Butch a Steven.

—¡Butch! —Kitty lo miró con una expresión rígida y severa—. ¿Qué te tengo dicho? —Y rápidamente se le volvió a endulzar la cara, se relajó y sonrió—. Bueno, bueno, vamos a ver ese pinot.

Recorrí el pasillo para ir al aseo, pasé por delante de una habitación llena de trofeos guardados en vitrinas, otra repleta de botellas de vino, un dormitorio donde no parecía que hubiesen dormido nunca y otra que, simplemente, estaba vacía, una estancia enorme y vacía. Al final encontré el lavabo, más grande que un coche familiar, todo mármol y cromo, todo impoluto, perfecto. Estuve un buen rato lavándome las manos y, cuando volví al pasillo, vi a una mujer bajita con uniforme blanco, esperando. Me cogió del brazo y me susurró en su idioma:

—¿Hablas español?

La miré y no dije nada, asintió como si algo evidente hubiese fluido entre ella y yo, y supiéramos exactamente lo que significaba.

—Sea lo que sea, pase lo que pase, puedes contarme. Recuerda eso. Ahorita, ándale.

Enfiló por el pasillo, dio unos cuantos pasos y se volvió otra vez a mirarme.

—Recuérdalo.

La miré, me miró. Desapareció al torcer la esquina.

Cuando volví al salón principal, Kitty exclamó:

—Bueno, bueno, ¡aquí estamos! —Me cogió por el codo y me acercó a alguien que no se parecía en nada al resto. Llevaba una gorra de béisbol, vaqueros y una camiseta blanca holgada. A la sombra de la visera, vi una gruesa cicatriz que iba desde la sien hasta el cuello.

La mujer habló a toda prisa, nos hacía gestos a la persona de la gorra, a mí y vuelta a empezar. No parecía darse cuenta de que no la estábamos escuchando —puede que no le importase—. Pronunció la palabra «Nelson» como si fuera un objeto que hubiera deseado mucho tiempo y le hubiese costado conseguir.

—Hola, soy Nelson. —Cada palabra sonaba a esfuerzo, cada palabra salía clara.

—Aquí tenemos a Altar, cielo, como el de la iglesia, ¿no te parece especial? Altar no es muy locuaz, pero seguro que os lleváis de maravilla. Bueno, cielo, creo que, quizá, se te ha olvidado que hay que quitarse la gorra, cielo, ya lo hemos hablado, ¿verdad que sí? ¿Verdad que hemos hablado de cómo comportarnos cuando hay visita?

—Deja al chico en paz, ya se apañará con lo que hace —gritó Butch desde la otra punta de la habitación, agitando un vaso lleno de hielo medio derretido.

La mujer de blanco que me había abordado al salir del baño apareció a su lado, le sirvió más bebida y volvió a desaparecer por un pasillo.

Sin quitarse la gorra o sin hacer patente que había escuchado lo que le habían dicho, Nelson se acercó al minibar y sacó una lata roja de refresco, la abrió y salió de la habitación. Kitty les dijo algo en voz baja a Hilda y a Steven, la primera vez desde nuestra llegada; ambos asintieron con una expresión de horror, impresionados. La mujer del uniforme blanco apareció al lado de Kitty y le dijo «Cena lista» con una voz minúscula; todo el mundo las siguió por otro pasillo, pasamos por delante de varias habitaciones y puertas cerradas, arreglos florales y cientos de fotografías enmarcadas de Kitty, Butch y toda esa gente. Llegamos a un comedor con una mesa muy larga, cuencos enormes y fuentes de comida, más variada y abundante incluso que la noche anterior. Nelson estaba sentado en una esquina de la mesa y a mí me indicaron que me sentara a su lado. Cuando todos se hubieron sentado, unieron las manos, pero la silla de mi lado se había dejado vacía y Nelson no me cogió la mano, se limitó a mirarme de reojo con algo parecido a una sonrisa. Cerraron los ojos mientras Butch pronunciaba una parrafada que se sabía de memoria y, cuando acabó la retahíla, añadió: «Y que Dios bendiga a Nelson y que Dios bendiga a Altar, amén». Su concentración, torpe y honesta, como un niño que pega dos trozos de papel.

La fuente que tenía delante estaba a rebosar de comida, suaves montoncitos que rezumaban aceite. Había pasado hambre durante tanto tiempo y la conocía tan bien que me costaba reconocer la saciedad, pero ahora, delante de todo esto, casi ni podía probar bocado. Desde que me desperté frente al altar, las comidas habían sido infinitas y deseaba poder volver atrás y darme uno de aquellos platos en los días que había pasado hambre o bien llevármelos a un lugar donde otra persona estuviese pasando hambre, seguro que había un lugar donde alguien no tuviera nada que llevarse a la boca. Nelson engulló como si estuviera compitiendo con alguien, la garganta era un tragar constante. ¿Cómo era posible que me hubiese olvidado del hambre, una sensación que conocía tan bien? Nelson pinchó un buen trozo de carne oscura de mi plato y dio buena cuenta de él, sin mirarme.

En el resto de la mesa, conversaciones solapadas; se pasaban cuencos y fuentes. La mujer del uniforme blanco pululaba a nuestro alrededor, rellenando vasos con agua, té helado o vino.

Nelson, después de dejar impoluto su plato y el mío, apartó la silla de la mesa, se levantó y yo, por instinto, lo seguí.

—¿No queréis nada de postre? —nos preguntó la mujer que presidía la mesa.

—No, señora —dijo Nelson—. No, gracias.

—Hay tarta de nueces pacanas. Creo que no viviré para ver el día que…

—No, señora —repitió Nelson—. No, gracias.

—Le ha dado por jugar a las damas en el porche trasero después de cenar —le explicó a Hilda y a Steven—. Antes Ronnie jugaba con él, pero me figuro que ya se habrá aburrido, quién sabe, y ahora el pobre de Nelson juega solo, por lo que está muy bien que hoy tenga compañía. Aunque, la verdad, no sé cómo aguanta estar fuera con este bochorno, será por su país de origen, ¿no? Seguro que le recuerda a sus orígenes…

Nelson cerró la puerta para dejar de oírla.

En una de las esquinas del porche cerrado con mosquiteras había una mesita baja con un tablero de damas y unos cojines que les había quitado a las sillas. Nos sentamos en el suelo. Nelson sacó de debajo de la mesa un vaso de tubo de plástico con una pajita y le dio un buen sorbo, hizo una mueca y luego me lo pasó.

—Es whisky —me dijo— con un poco de Coca-Cola.

Le di un buen sorbo, pensé en la mujer de la gasolinera a la que conocí hace tiempo. Hasta la calima era calimosa. Le di otro sorbo y sentí que se me aflojaban los hombros, sentí mi cuerpo acomodarse más cerca del suelo. Le sonreí. Nelson me sonrió también, cogió el vaso y le dio otro trago.

—En verdad no juego a las damas —dijo en voz baja, sin apenas mover la boca, echando un vistazo hacia la puerta—. Me guardo aquí mi vaso. Aquí me dejan tranquilo y puedo beber en paz. Dos años más y me largo. Me piraré y no volveré nunca. —Bebió un poco más y luego esparció las fichas negras y rojas por el tablero, una acción mecánica de algo que había hecho cientos de veces—. Nunca —añadió.

Puso de canto una de las fichas y la movió hacia delante y hacia atrás como si fuera una rueda que no podía ir a ninguna parte.

—¿Cuántos años tienes? —Estuvo un rato esperando a que le contestase. Negué con la cabeza—. No les diré que has abierto la boca.

Miré hacia el jardín; senderos de ladrillo alumbrados por farolitos que serpenteaban entre fuentes y franjas de césped y arriates que descansaban durante la noche. En uno de los rincones del jardín se alzaba un árbol gigantesco iluminado desde abajo, proyectaba sombras agónicas.

—No lo sé.

Asintió.

—¿Y de dónde vienes?

Me encogí de hombros.

—¿Es verdad que te encontraron en una iglesia?

—Estaba durmiendo —dije.

—Sí, ahí poco más puedes hacer. Me llevan todas las semanas. Matan a mi familia en nombre de Dios y va y ahora esta gente quiere que cante himnos como si todo hubiera sido un malentendido. Habrá sido otro tipo.

Con una ficha roja saltó en diagonal sobre una negra, luego, con una negra, saltó sobre una roja, una partida contra él mismo.

—No soy tan tonto como piensan. He leído libros de historia, su Biblia. Está todo ahí. —Dejó de jugar abruptamente, se reclinó hacia atrás, parecía que tenía la cabeza suelta—. Haces bien en no decir nada. Ellos oyen lo que quieren oír. Cuanto más dices, más cosas usan en tu contra. Igual si pensaran que estoy mudo me dejarían más en paz.

Le dio otro sorbito al vaso, me lo ofreció y lo cogí. En cuanto oímos abrirse la puerta y que Butch nos llamaba, lo volvió a guardar bajo la mesa.

—¿Cómo va la cosa por aquí? —Un puro enturbiaba su voz.

—Bien —dijo Nelson.

—¿Quién va ganando?

—Altar —dijo Nelson.

—Estupendo. —Butch cerró la puerta.

Nelson se inclinó sobre las rodillas con un codo apoyado en cada una y se quedó mirando al suelo un instante.

—Tienes un pase… No he conocido a mucha gente que tenga un pase, al menos no aquí, pero… tú no estás mal.

Siguió mirando al suelo y, cuando volvió a hablar, su voz sonó más baja y desdibujada, como si se estuviera deshaciendo en agua.

—Me sabe mal que hayas acabado aquí o que te abandonaran aquí, o lo que sea. Cuando tenga dieciocho años igual te puedo ayudar a escapar, pero ahora me tengo que ir, ¿vale? Tengo cosas que hacer, ¿de acuerdo? Mejor quédate aquí fuera. Seguro que Butch no vuelve a ver cómo estamos hasta dentro de unos minutos. No tienes que volver a entrar ni nada, te veo aquí dentro de diez minutos, más o menos. ¿De acuerdo?

Asentí.

—Puedes beberte lo que queda —dijo mientras salía al jardín.

Oí sus pasos apresurarse hasta que desaparecieron. El árbol iluminado seguía ahí y, sin darme cuenta, me vi caminando hacia él, sentía la atracción de su dolor maderoso. ¿Por qué no le podían apagar las luces? ¿Por qué no lo dejaban dormir? Me puse delante de uno de los focos, intenté taparlo con las manos, pero de poco sirvió.

—Nelson, eso es…

Kitty había salido, cigarrillo en mano.

—Uy, Altar, cariño, pensaba que eras Nelson. Suele rondar por aquí de noche. Yo… no suelo… Ya sabes que fumar mata, sí, aunque también tiene cosas buenas… De algo sirve antes de dejarte hecha un asco por dentro.

Se rio un poquito, una risa solitaria que pronto se extinguió.

—Esta época del año… me pone muy nerviosa, así que me permito uno por la mañana y uno después de cenar, pero solo la semana antes del festival. —No me miraba a mí directamente, sino hacia la casa, donde las ventanas tenían un relumbre amarillo—. Es una buena época del año, una época muy bonita, pero no sé…, me pongo nerviosa. —Su mirada tenía un aspecto diferente fuera de la casa. Como si no pudiera enterrarse tan bien detrás de sus ojos.

Levantó la vista hacia el árbol y dio una buena calada.

—¿No te parece como si estuviera a punto de agarrar algo? Me encantan estas encinas, creo que las llaman encinas del sur. Ojalá supiera los nombres de todas las plantas que hay por aquí, lo he intentado, pero se me olvidan… Ese de ahí sé que es un cornejo. —Lo señaló con el cigarrillo y dio otra buena calada—. Ese es un magnolio, los dos de ahí son magnolios, los más pequeños. —El magnolio parecía exhausto, lastrado, agotado bajo todas esas hojas verde oscuro.

»Me encantaría que floreciesen en esta época, me aliviaría un poco, pero por mucho que le digas al árbol… ¡poco te va a escuchar!

Nos quedamos allí un rato en silencio, escuchando su respiración ahumada y el ruido suave de los grillos que nos rodeaban.

—Ya es raro que hayas aparecido justo esta semana entre todas las semanas que podrías haber aparecido. No sé lo que te han contado sobre este sábado, pero no tienes nada de qué preocuparte. Estoy segura de que Nelson te contará de mil amores lo que sabe del festival; con el tiempo ha llegado a disfrutarlo, creo, y, una vez pasa, se le hace más fácil ir al instituto. Ya verás. Después de este fin de semana todo el mundo está más tranquilo. Aunque es cierto que los días de antes son un poco más peligrosos…, en especial esta semana. La gente se pone nerviosa, creo yo. Pierden la compostura. Es la naturaleza humana.

»Pero hace maravillas por la comunidad. Recuerdo cuando empezamos con todo lo del festival, hace ya unos años, y todos los reverendos de todas las iglesias tuvieron que convencernos de que era algo positivo. El día de después le dije a Butch: “Butch, por mucho que a la gente le guste hablar, ¡seguro que hay muchísimas cosas que no dicen!”.

Vi el humo quebrarse en su risa.

Apagó la colilla en el suelo y luego la tiró en un botecito de cristal que se sacó del bolso. Me miró mientras enroscaba la tapa bien fuerte.

—¿Sabes que mataría por tener una piel como la tuya? ¿Qué es, genética? ¿Es cosa de familia o qué? Seguro que sí. Tienes cutis de bebé, pero no eres tan joven para tener la piel tan perfecta.

Echamos a caminar hacia la casa.

—Nosotras…, bueno…, ¡ya desde el primer día la piel se nos empieza a caer a trozos! ¡Ja, ja! Arrugada y con manchitas, un desastre a menos que te gastes una fortuna en potingues. ¡Ja! ¿No te parece fea? ¿No lo es? ¿No te parece que la piel es un horror? No te da tregua ni un minuto. ¡Ni un minuto!

Cuando nos fuimos acercando al porche, Nelson se levantó.

—Mira a quién me he encontrado en el jardín —le dijo Kitty.

—Ya —respondió Nelson.

—¿Le estabas enseñando el jardín? Qué bien, ¿no?

Kitty sacó un caramelito de menta el bolso y se lo metió en la boca, se echó perfume por el pelo y por el vestido. Butch estaba junto a la puerta cuando entramos.

—Ojalá dejaras de echarte la colonia esa cada noche, Kitty. Como si tapase algo, carajo…

—Solo estaba paseando —dijo Kitty—. Ya sabes que me encanta ver el jardín de noche. Estábamos dando un paseo aquí los tres.

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