Altar
Jueves
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Me senté junto a la ventana redonda para observar las ramas de los árboles, entonces oí que le quitaban el pestillo a la puerta que daba a la escalera del desván. Era Hilda, entró despacio a la habitación.
—Bueno, pues… Yo no lo veo claro, pero… hay un vecino que lleva desde el domingo preguntando si puede verte, yo le he dicho que igual ya habías tenido bastantes visitas, que quizá no era el mejor momento, pero… la cosa es que insiste. Normalmente me plantaría, pero el señor Kercher es un hombre muy tranquilo, no es propio de él empeñarse tanto. Su hija se casó con el chico de los Hindman, así que se vino aquí cuando se jubiló, no me acuerdo de dónde era, además, es muy buen vecino: se encargó de habilitar el sendero del bosque el año pasado, dice que le gustaría llevarte a dar un paseo por allí. No tienes ninguna obligación, pero si te apetece, está abajo y hasta después de la comida no tenemos nada que hacer.
El señor Kercher estaba en el porche delantero con el sombrero entre las manos.
—Hace rasca esta mañana —dijo el anciano—. Este fresco es poco habitual, pero no durará mucho. Por eso voy a darme un paseo por el bosquecillo que tenemos cerca. ¿Quieres acompañarme?
Asentí y lo seguí, nos alejamos de la casa y nos acercamos a una pinada umbría que había al final de la manzana. Caminamos en silencio. En un par de ocasiones pensé que el señor Kercher estaba a punto de decir algo, pero lo dejó estar antes de articular palabra.
Los pinos tenían el tronco delgado y había muchas calvas en el bosque. Había marcado un sendero entre los árboles. Cada pocos pasos, había una piedra en la que habían pintado flechitas blancas para marcar el camino.
—Hola —dijo el señor Kercher, agachándose para acariciar un montoncito de musgo verde. Se quedó mirándolo igual que había visto a la gente mirar a los niños o a los bebés cuando duermen en los carritos, cuerpos blandos que una persona más grande tenía que proteger—. Adiós —dijo en voz tan baja y tan serio como antes.
Volvió a ponerse de pie y reemprendimos la marcha.
—De donde yo vengo, hay muchos bosques, hay mucho senderista. Aquí no tantos, aquí la gente va a la iglesia. Así que hay que transmitirle al bosque nuestro aprecio.
Seguimos caminando despacio, suave cada paso. A unos pocos metros, en el sendero, vi un pájaro pardo bañándose en un charco. Volvió el pico hacia el señor Kercher cuando pasamos por su lado, gorjeó, echó a volar y se adentró en el bosque. Empezamos a remontar una suave colina y, cuando llegamos arriba, la luz cambió, el mundo se veía más nítido y claro. Había un tronco a un lado, el señor Kercher tomó asiento, así que yo lo imité y nos quedamos escuchando el arroyo que corría por abajo, cómo fluía el agua sobre las piedras, cómo las lavaba. Llegó una brisa y luego se fue.
En aquel silencio compartido sentí como si me hubieran devuelto algo que había perdido hace mucho tiempo. Ni el señor Kercher me miró a mí ni yo a él. No hacía falta.
—Me siento… confuso, a todas horas —me dijo en cierto momento—. Mi hija, Ava, dice que son los años. Ya sé que me estoy haciendo viejo. Puede que sea la única forma natural de impartir justicia. Puede. Pero creo que mi confusión no tiene nada que ver con la edad.
»Me mudé aquí porque quiero a mi hija y porque es todo lo que me queda. Se casó. Tienen tres hijos. Él…, toda su familia es de aquí. Me parece que su familia, los Hindman, tiene una posición… especial en el pueblo. Son…, siempre han sido amables conmigo, pero no entiendo tanta reverencia hacia ellos. Me temo que solo es porque tienen dinero, he visto a gente hacer cola para hablar con ellos, siempre tienen mesas especiales en los restaurantes, muchas invitaciones a eventos. Los Hindman están en todas las juntas, esos grupos de gente que toma decisiones sobre los demás. Puede que haya algo que no sepa sobre ellos, pero ya han pasado muchos años y…, bueno…, tampoco quiero hablar mal. Conmigo han sido de lo más amables. O al menos no han sido maleducados. Y Ava eligió unirse a esa familia, convertirse en una Hindman, así que a mí me toca respetar su decisión. Cada cual tiene su vida, sus decisiones y, en todo caso, hay tantas cosas que están fuera de nuestro control, las circunstancias de nuestra muerte y nuestro nacimiento, es decir, las circunstancias que tienen lugar entre esos dos momentos…
Mientras escuchaba al señor Kercher, me visitó el recuerdo de un sueño que tuve hace mucho tiempo: una tarde de otoño, estaba en el banquito de una plaza desconocida. Uno de los escaparates que hay cerca tenía expuestos unos vestidos blancos, con lentejuelas, encaje y drapeados, y maniquíes sin cabeza; la plaza estaba tranquila, sin ruidos, salvo por las campanas de una iglesia a lo lejos o quizá un carillón, pero, de repente, la puerta de aquella tienda se abrió con fuerza y salió una chica, otras mujeres la persiguieron. La chica llevaba un camisón holgado de color azul celeste, gritaba y lloraba «es horrible, horrible, no quiero», y las otras señoras, con sus vestidos de punto y medias gruesas y suéteres abotonados hasta arriba, se arremolinaban a su alrededor. «Vas a pillar un resfriado, métete para adentro ya», dijo una de ellas. La chica, descalza, intentó zafarse de las manos de aquellas mujeres, pero no pudo. «Es lo peor que le puede pasar a alguien —dijo—, ¡lo peor de lo peor!». Pero las señoras no paraban de decirle: «eso son tonterías» y «cálmate» y «cariño, por favor, entra, haz el favor de volver a entrar». Y al final les hizo caso, aunque sin dejar de llorar.
Pensé en contarle la historia al señor Kercher, pero no sabía si realmente la había presenciado o imaginado o soñado. No, para qué se la iba a contar. Volví a guardar la imagen en mi interior.
—Yo no habría acabado aquí de no ser por mi hija —dijo el señor Kercher—, pero he encontrado una manera aceptable de vivir. Tengo el bosque. Hay un lago a unos minutos en coche. Así que suelo estar por allí. Me paso gran parte del día leyendo.
El hombre se echó a llorar sin hacer ruido, al cabo de un momento pareció como si hubiera plegado el llanto y lo hubiera guardado como un pañuelo. Sonrió algo confuso, mirando al suelo.
—Llevo muchos años intentándolo, me cuesta mucho asumir que se uniera a la iglesia de los Hindman, pero así son las cosas. Se casó con él. Y eso que nunca había sido creyente. Estudiaba Filosofía y cada año volvía pletórica a casa para las vacaciones. Quería hablar de todo, razonarlo todo. Me hacía leer todos los libros que le habían mandado en sus clases. Me enseñaba todos sus trabajos. Toda la vida refinando ese bagaje que le pertenecía…, su manera de pensar, sus convicciones… Ava.
»Y, entonces, no sé exactamente cuándo…, puede que no fuera hasta que pasó un tiempo en esta iglesia o puede que fuera antes y yo no me di cuenta, pero, de repente, ya no había ni rastro de la Ava que quería saberlo todo. Dejó de leer. Nunca sacábamos el tema, yo no quería cuestionar su nueva vida. Había elegido a ese chico, se había mudado aquí por él, se había unido a esta congregación, había empezado a tener hijos, decidió quedarse en casa para ocuparse de ellos… y lo respeto, claro. Es hija única, así que me parece natural que quiera tener muchos hijos, quizá para corregir los errores que vio cometer a sus padres, la soledad de su infancia. También pensé que quizá esta era su forma de volver a estar con su madre, ser madre para recordar a la suya…
»Una de sus hijas se parece tanto a mi difunta esposa que… da hasta miedo. Sé que mis nietas son personitas únicas, claro, la gente no se repite, aunque es natural buscar a los muertos en caras nuevas. Pero ¿qué pasa cuando pierdes a alguien que sigue con vida? Cuando le pierdes la pista a esa persona que conoces dentro de la persona en la que se ha convertido, ¿qué tipo de duelo es ese?
Negué con la cabeza. El señor Kercher también.
—Ha sido hace poco cuando he empezado a preguntarle a Ava por las cosas que acostumbraba a debatir conmigo día y noche, casi nunca nos poníamos de acuerdo, de hecho, creo que nunca hemos estado del todo de acuerdo en nada. Ella siempre con el ateísmo por bandera, cosa que me llevó a plantearle la idea de que algunos misterios de la naturaleza me hacían preguntarme si acaso había alguna especie de… conciencia superior…, algo más allá de la conciencia humana… En aquella época se ponía hecha una fiera intentando rebatirme. La razón, la razón, la razón, me decía. No tenía paciencia para «palabrería agnóstica» ni para quienes se habían dejado «seducir ciegamente por el deísmo». ¡Así me hablaba! No se lo recordaré ahora…
»Hace poco me dijo: “Dios me ha hablado y ahora ya no lo cuestiono”. Con eso pusimos punto final a nuestra discusión… Bueno, ella. No quería que le cuestionase nada. Cuando alguien te dice que ha oído algo que tú no has oído y que sabe que tú no lo has oído, tampoco le puedes decir que no ha oído lo que cree que ha oído. Lo que ha oído esa persona es su deseo de oír algo y el deseo siempre habla más fuerte que nadie. Es la emoción que más grita y más confunde: el deseo.
La voz del señor Kercher desapareció entre los pinos, el arroyo, la tierra y las piedras. Se había apoyado las manos en las rodillas, con las palmas hacia arriba, miraba al frente. La boca le colgó abierta un rato, luego la cerró.
—Siempre me ha parecido y, cuanto más viejo me hago, más claro lo tengo, que ser amables también nos recompensa de alguna manera. Es una sensación inmediata. Y lo único que creo que nos da la fe es el derecho a la crueldad, ya que se cree en una vida después de la muerte que es la vida de verdad…, no esta de aquí. La gente necesita una justificación para arrebatarles las cosas a los demás… Para emplear la violencia. La divinidad se lo da. Le da riendas a la crueldad…
El señor Kercher se puso de pie y miró en derredor, como si se acabara de acordar de dónde estaba. Había dejado de llorar.
—Siento haberte soltado esta perorata. —Sonrió y echó un vistazo a su alrededor como si, de repente, se hubiera perdido—. Normalmente no hablo tanto. —Se metió las manos en los bolsillos y luego las sacó—. Hay tan poco que decir.
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Hilda estaba en el porche cuando el señor Kercher y yo nos acercamos a la casa. El calor ya era sofocante. En alguna parte del vecindario ronroneaba un cortacésped.
—Ojalá pudiera hacer algo más —dijo—. Ojalá pudiera hacer algo para ayudar.
El anciano negó con la cabeza, pero no tuve muy claro por qué.
—¿Os ha sentado bien el paseíto? —preguntó Hilda.
La vi forzar la vista mirando hacia el otro lado de la calle, saludó al señor Kercher hasta con los colgajos del brazo; el hombre se había vuelto para mirarnos.
—¡Gracias, señor Kercher! —exclamó—. Que tenga un buen día.
—Lo mismo digo.
—¿Lo veré después en casa de Kitty y de Butch?
El señor Kercher se quedó parado un momento, sin decir nada, mirándose los pies.
—Me da a mí que no.
—Ah, vale, bueno, pues que pase igualmente un buen día. —La voz de Hilda era fuerte y firme, una roca.
—Sí.
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A la luz del día, aquel caserón parecía incluso más grande, como si fuera un palacio de justicia. Había un par de camionetas y coches aparcados a ambos lados de la calle. Caminamos por la acera de la casa, entramos por una puerta lateral y enfilamos por un senderito de piedras; a los lados, uno de esos árboles que intentan agarrar el cielo, flores que suspiraban por el bochorno.
Hilda llamó a una puerta acristalada y Kitty vino a abrirnos. Dentro, el ambiente de la casa estaba impregnado de voces y ruido. La anfitriona estuvo hablando un rato con Hilda y luego se volvió hacia mí:
—Ojalá estuviera Nelson para hacerte compañía, pero está en el instituto y no podía hacer que se saltara las clases sin que mis otros hijos se enfadaran, intentamos no darle un trato de favor, ni diferente ni especial. Intentamos tratarlos a todos por igual.
Me dieron un vaso de té helado y una sillita colocada en el rincón de la cocina. Había varias mujeres que metían y sacaban cosas de los hornos, disponían cosas en grandes bandejas, cortaban cosas en lonchas. También estaba la mujer que me había hablado la última vez, con el mandil blanco almidonado y limpio, la melena oscura bien recogida en un moño, como si no hubiera cambiado o pasado nada desde la última vez que la había visto. Huyó de la cocina cruzando unas puertas batientes y escuché una oleada de voces que venía de la habitación de al lado.
—¿Por qué esto parece un funeral? —escuché a una mujer preguntarle a otra.
—Ya sé a qué te refieres…, a este ambiente. Supongo que es…, bueno, la gente se pone un poco así justo antes del festival, ¿verdad?
—Anoche se escacharró el coche de Jimmie Lee y alguien robó las bicis de los niños de los Karlton en su propia cochera esta semana —dijo una mujer mientras servía jamón en una bandeja.
—¿No me digas? —preguntó Hilda.
—Las cuatro bicis. Se me olvida todo el rato que el festival es el sábado —dijo la mujer, como si le hablase a la bandeja de fiambre.
Al otro lado de la cocina, una niña con un vestido rosa muy pulcro y un lazo blanco se entretenía con una cocinita de juguete, metía y sacaba cosas del horno, ponía comida de plástico en platos de plástico… Un pequeño televisor, en el otro rincón de la cocina, emitía palabras en sordina.
—A veces —dijo Kitty lo suficientemente alto para que la oyeran todas las presentes—, siento como si, al tener encendida la tele todo el día, no pudiera pasar nada malo, ¿sabéis a lo que me refiero? Como cuando no le quitas ojo a lo que tienes al fuego, algo así. Luego, otras veces, me da por pensar todo lo contrario: sé que algo se va a torcer y no quiero ser la última en enterarme.
—Sé a qué te refieres —dijo una mujer, las otras asintieron y dijeron que sí, que también sabían a lo que se refería.
—¿Os habéis enterado de lo que han dicho esas dos ancianitas del asilo de Glendale sobre Altar? —le preguntó una mujer al resto—. Piensan que el chico es un arcángel. ¿Qué os parece?
El murmullo creció por la cocina.
—Qué cosas, ¿eh?
—Yo que pensaba que Altar era una chica.
—Chitón.
—Si la gente está apostando y todo.
—¡Uy! Pues podría ser —dijo una de las mujeres mientras fileteaba carne de un rosa intenso—. Si pasó en la Biblia. Pasa en la Biblia cada dos por tres.
—Bueno. —Kitty se aclaró la garganta e intercambió una mirada con otra mujer que enarcó las cejas y arrugó la boca formando una extraña sonrisa —. Supongo que tienes razón.
Kitty aún le daba la espalda a la mujer que fileteaba el jamón.
Las voces que nos llegaban desde la otra habitación se habían apagado un poco y, por un momento, oí cómo el horno gruñía del calor. La mujer del jamón me miraba igual que se mira un motor en un taller: sedimentando con la mirada años de experiencia.
—Bueno, ¿a que nos lo estamos pasando en grande? —dijo Kitty—. Ya casi nunca me meto en esta cocina, pero tendría que echar a la chica e invitaros todas las noches, ¿qué os parece?
Se oyó un ruido al otro lado de la cocina. La niña que estaba jugando con la cocinita estaba en el suelo, sonriendo, pillina, rodeada de un montón de bloques de madera desparramados.
—¡Jill! Te has arrugado el vestido, cariño —Kitty se acercó a ella corriendo y la levantó del suelo—. Y hoy tenemos visita. Cielo, casi toda la congregación está aquí, no tengo tiempo de volver a planchártelo, así que todo el mundo te va a ver con el vestido arrugado.
—¿Toda la congregación? —preguntó Jill.
—¿Qué hacemos cuando tenemos visita? ¿Qué te digo siempre?
—Que hay que portarse bien.
—Eso es, corazón, ¿y qué más?
—Estar bonita.
—¿Y estás bonita con un vestido arrugado?
La niña vaciló, miró al suelo con cierta tristeza.
—¿Así estás bonita, cariño?
—No —dijo la cría, bajito, como si hablara un pajarillo desde el otro lado de la ventana.
—Y ahora te toca ir con ese vestido hecho un trapo delante de todo el mundo. ¿A ti qué te parece eso?
Jill me miró como si mirase a través de una campana de vidrio.
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Cuando me llevaron a la otra habitación, las voces pararon en seco y las gargantas se aclararon. Yo seguía mirando al suelo, pero sentí unos cuantos ojos clavados en mí; otras miradas, más reticentes.
Habían apartado a un lado del salón los tres sofás y unos cuantos butacones; en el centro había muchas sillas plegables, en la mayoría había gente sentada con platos de comida en el regazo o en la mano.
Una mujer con un gran moño me dio un plato a rebosar —dos porciones de tarta, un sándwich bien cumplido y un batiburrillo de fruta cortada—, luego me señaló una silla que había junto a un gran helecho en una maceta. Me senté. En la otra punta, un hombre masticaba con cuidado el muslo asado de lo que en su día había sido un pájaro.
Kitty se colocó en el centro y llamó la atención de la sala golpeando una copa de vino con un cuchillo.
—Me gustaría daros las gracias por venir sin mucho preaviso. Sé que la idea de organizar una reunión ha sido un poco, bueno…, digamos que ha habido un poco de desacuerdo sobre lo que hacer con esta situación, pero quiero daros las gracias por confiar en nosotros, por hacer posible que actuemos como comunidad. Para empezar, Harold Grimshaw quiere decir unas palabras.
Un hombre bajito que iba vestido con un traje gris claro se puso en pie, las manos unidas a la altura del pecho.
—Bueno, creo que conozco a casi todo el mundo, pero para quienes todavía no he tenido el placer de conocer, me presento: me llamo Harold H. Grimshaw quinto. Mi padre fue Harold H. Grimshaw cuarto; mi abuelo, Harold H. Grimshaw tercero; y mi bisabuelo, Harold H. Grimshaw segundo. El nombre nos lo pusieron por mi tatarabuelo, Harold H. Grimshaw a secas, uno de los fundadores de este pueblo; trajo el tren, fue alcalde durante un tiempo, hizo muchas cosas buenas por nuestra comunidad y mi familia, los Grimshaw, seguimos creyendo en ella, siempre hemos creído en esta comunidad y todos trabajamos duro para servirla.
Harold empezó a pasearse por el espacio libre que había frente a las sillas.
—Y yo, en particular, bueno, cualquier persona puede saber lo que quiera sobre mí, no tengo nada que esconder. Puedo deciros en qué facultad estudié, qué carrera hice, dónde he viajado. Os puedo contar cómo fue la primera vez que vi a Birdie Lee y también os puedo contar la historia de cómo le pedí matrimonio y la del día en que se convirtió en mi esposa. Os puedo hablar de nuestros hijos. Os puedo decir con total seguridad que he estado cada domingo en el quinto banco del ala oeste del templo, excepto los días en que he estado enfermo o cuando nacieron mis hijos, todos en domingo, qué casualidad, ¿no?
—Amén —gritó una voz entre la multitud.
—Y no tengo problema en enseñarle mis agendas a quien tenga interés, deciros a quién he visto cada día, en qué casos he trabajado y cómo he pasado cada día de mi vida. Y compartiré de muy buena gana esa información con cualquier miembro de nuestra comunidad que quiera conocerla, porque amo este pueblo, confío en todos vosotros y no tengo nada que esconder.
—¡Bien dicho, Harry! —dijo un hombre alto que estaba al fondo del salón.
Todo el mundo aplaudió, algunos incluso silbaron, otros solo dieron palmas y, por un instante, aquello me pareció un sitio real, algo verdadero, tanto la estancia como el sentimiento que se extendía por ella. Todo el mundo se conocía y formaba parte de algo. Había certeza, claridad, una alegría real que los unía en un solo ser, en una entidad enorme que el peso de todos sus años había comprimido, miles de años en aquella habitación, sin distancia entre sí, sin soledad, sin aislamiento y en ese momento entendí claramente que alguien pudiera desear con todas sus fuerzas pertenecer a aquella congregación.
—Y como confío y respeto mucho a mi comunidad, no tengo problema en hablar de cualquier cosa con vosotros. Me gusta pensar que mi congregación merece mi confianza y mi cariño y, aunque por supuesto intento cuidar de los pocos que…, de los pocos que no tienen a nadie, de las almas descarriadas, sé que primero tengo que proteger a mi comunidad, a mis hijos y a mi familia por encima de todo, es mi deber como padre y como hombre en esta comunidad. Hay que tratar a todo el mundo con la misma vara de medir, ¿verdad? Tratar a todo el mundo por igual. Ser justos.
»Por eso, tenemos un problema con la reciente aparición de una persona en nuestra comunidad. Puede que ya conozcáis a Altar, que no ha dicho ni una palabra desde que apareció, le han puesto ese apodo porque se coló ilegalmente en la iglesia para dormir. ¿Y qué hemos hecho nosotros ante eso, amigos y amigas?
Unas cuantas personas cambiaron de postura en las sillas plegables, que no dejaban de crujir. A alguien se le cayó un plato de comida y hubo un poco de ajetreo de fondo para limpiarlo.
—¿Y qué hemos hecho nosotros? —repitió Harold.
Nadie respondió. Oía mandíbulas machacar galletitas saladas y gente llevándose pastelitos a la boca.
—Le preguntamos a Altar de dónde viene: nada. Qué necesita: nada. Qué le ha pasado al pobre o a la pobre. Francamente, todavía no sabemos si Altar es un chico o una chica, no sabemos su edad, no sabemos su nombre real, si alguien lo está o la está buscando; y cuando le preguntamos todas esas cosas, no nos dice nada. Ni siquiera hemos sacado algo en claro sobre sus raíces, su nacionalidad, su raza, nadie se pone de acuerdo sobre de «dónde» es Altar, y yo creo que eso es preocupante, ¿no es cierto? Yo, personalmente, nunca había visto a nadie como él… o ella…
Alguien del fondo de la sala se levantó y dijo:
—Harry, esto no es lo que habíamos acordado, no dijiste que te ibas a poner en ese plan…
—Para el carro, que ya entro en materia —dijo Harold.
Hilda se le acercó con disimulo y le susurró algo al oído.
—Está bien, está bien, ¡me han dicho que me atenga al guion! Las mujeres nos meten en cintura, ¿eh?
Todo el mundo se echó a reír. Toda la sala. Hasta los muebles y el suelo parecían reírse.
—Lo único que intento decir es que el momento en el que ha llegado es curioso, ¿no creéis? Y que todos estamos un poco nerviosos por la situación en Limosna y yo creo que es normal, tenemos que estar muy atentos ante cualquier cosa… inusual. ¿Y no os parece bastante inusual no hablar? Negarse a hablar. Con lo que me gusta a mí hablar. A todo el mundo le gusta hablar. Todos hablamos, ¿verdad? Debatimos las cosas en voz alta, así nos lo ha enseñado nuestra cultura, ¿o no? Los relatos. Compartir cosas hablando. Con esto no quiero sacar conclusiones precipitadas. De verdad que no. Yo tengo un pálpito, pero para algo tenemos los procesos judiciales, ¿verdad? No queremos rebajarnos al nivel de someter a esta persona a un juicio público, ¿o me equivoco? Para algo existen los cauces legales. Por eso, me figuro que el siguiente paso lógico es que consideremos las razones por las que una persona decide dejar de hablar…
—Harold —dijo Kitty desde la otra punta del salón, avisándolo un poco con la mano—, ¿por qué no volvemos a lo que teníamos planeado…?
—Por ejemplo, puede que os hayáis enterado por las noticias de que hace poco apareció una chiquilla en Villaverde, pensaban que estaba muda, pero la policía se dio cuenta de que probablemente lo que le había pasado es… Bueno, lo que hace que muchas niñas se queden mudas un tiempo, es decir, que alguien la hubiera tratado mal y estuviera asustada, ya está. Esas cosas pasan. Sí, pasan. Pero todo el pueblo de Villaverde que la vio tenía claro que era una niña de unos siete años, obviamente americana, blanca, enseguida encontraron su documentación, partida de nacimiento, huellas dactilares del grupo de scouts femenino… Creo que lo más importante de todo sobre su silencio, sobre lo de que se hubiera quedado muda, es que no le causó ningún problema a nadie, creo, estaba claro que no pretendía «causar» problemas. No pretendía esconder nada, porque no tenía nada que esconder, la llevaron a un hospital, dejaron que se calmase y al cabo de un par de días acabó contándoles a las autoridades lo que recordaba, lo que le había pasado; una historia terrible, no hace falta que la repita aquí. Pero ahora está bien, se está recuperando. ¿Y sabéis por qué? Porque ha hablado. Porque ha querido ponerse bien.
Miré el plato que tenía entre las manos. La tarta sangraba sirope oscuro y empapaba el pan de sándwich.
—Mirad, ese tipo de historias y, creedme, porque me toca leer muchas de esas siendo abogado, ese tipo de historias te pueden dejar muy tocado si bajas la guardia, pero yo siempre me recuerdo que son casos aislados. Y, como todos los presentes en esta sala, quiero que la justicia prevalezca, que gane el bien. Y para que eso suceda, necesitamos saber lo que «es» la gente. Quiénes son «en realidad».
»Es eso lo que nos hace personas civilizadas, ¡identificarnos a nosotros mismos y a los demás! Así todo está en su sitio y podemos responsabilizar a la gente de sus actos. Así sabemos con quién nos relacionamos y quién está emparentado con nosotros. Así sabemos cuál es nuestra mujer y cuál es la del vecino…, para que, bueno…
Estalló una carcajada, se disipó un poco la tensión.
—¡Perdóname, Birdie Lee! —exclamó Harold.
Se rieron como un rebaño a la carrera.
—¡Qué bien que volvamos a reír!, ¿verdad?
Harold echó un vistazo por el salón y asintió. Reparé en que la gente asentía a la vez que él, las risas dieron paso a un aplauso y el ambiente de la estancia —humano, húmedo— se agitó a mi alrededor.
—Muy bien. Gracias, Harold —dijo Kitty, volviendo a hacer sonar la copa con un cuchillo—. Bueno, ahora vamos a darle la palabra a otras personas para que hablen de las experiencias que han tenido con Altar y para que expresen su parecer sobre cómo deberíamos actuar a partir de ahora. Creo que Hilda Bonner quería decir unas palabras. ¿Hilda?
—Sí. —Hilda se puso en pie, se alisó el vestido y se ahuecó el pelo, se volvió hacia el resto, con las manos unidas a la altura del pecho.
—Venga, Hilda, habla, querida —gritó Harold.
—Sí, es solo que…, no estaba, no sabía que… —Hilda se agachó y le susurró algo al oído a Kitty, que asintió—. Bueno, allá voy. En fin, muchas gracias por venir esta tarde. Me alegra mucho veros las caras. Gracias a Kitty y a Butch por acogernos en su preciosa casa. Y a todas las mujeres que han ayudado a preparar el piscolabis.
Corrió una brisa de aplausos. Hilda asintió, miró a los asistentes y sonrió, luego me miró a mí, más bien con un rictus.
—Bueno, os iba a contar un poco lo que ha sucedido, aunque Harold ya os lo ha adelantado; en fin, en todo caso, solo os quería decir lo que pasó el domingo para que todos sepáis a las claras cómo ha sido la historia y podamos empezar a pensar en lo que hacer. El domingo, cuando nos sentamos en nuestro banquito enfrente del altar, nos encontramos a esta persona durmiendo, no supe qué hacer, para seros sincera, la situación me asustó un poco, pero Steven mantuvo la calma.
—Qué buen hombre tu marido, Steven Bonner —dijo Harold—, muy buen hombre.
—Gracias. Bueno…, la cosa es que Steven pensó que mejor si nos sentábamos allí como siempre y esperábamos a que Altar se despertase, luego nos podría acompañar a comer con los chicos. Y eso hicimos. Steven y yo decidimos que podríamos dejar que… Altar se quedase en casa una temporada porque nuestro hijo, Jack…
—Un chaval estupendo —dijo Harold—. Lo tuve tres años seguidos en los scouts y es un chiquillo estupendo, muy fuerte.
—Gracias. Bueno, Jack había montado su cuarto en el desván, así que lo volvimos a instalar en la habitación de sus hermanos y dejamos que Altar se quedara arriba. El reverendo vino aquella misma noche a cenar con nosotros, a él se le ocurrió el nombre de Altar. Bueno…, nuestros chicos han aceptado a Altar como si fuera de la familia, de verdad que sí. Por eso me puse muy triste cuando, una noche, mi marido pilló a Altar intentando escabullirse, a pesar de todo lo que estamos poniendo de nuestra parte… He de admitir que, a partir de ese instante, empecé a tener la mosca detrás de la oreja y la cosa es que, al día siguiente, se negó a someterse a un reconocimiento médico en el centro de Monroe…
—Eso, cuéntanos lo que pasó en Monroe —dijo Harold.
—Pues fuimos el miércoles por la mañana muy temprano, le dijeron que le iban a hacer una exploración, pero, cada vez que volvían a la consulta donde le iban a hacer el reconocimiento, Altar no se había puesto la bata de papel como le había indicado el doctor.
—Vaya —interrumpió Harold—, ¿así que te llevaste a Altar hasta Monroe y ni siquiera le pudieron hacer un reconocimiento?
—Exacto.
—¿Y no pudieron hacerlo porque Altar no quiso desvestirse?
—Sí, exacto.
—¿Y qué os hizo pensar que Altar necesitaba un reconocimiento médico?
—Bueno, antes que nada, queríamos asegurarnos de que estuviera sano… o sana. No sabemos dónde ha estado, no sé, o si…, o si ha pasado hambre, cosas de esas. Sobre todo, lo hicimos por su bien, quién sabe la de tiempo que hace que no va al médico. También queríamos asegurarnos de que no tuviera nada… contagioso o algo.
—Claro, como cuando llevas a un perro callejero al veterinario —dijo Harold— para que le pongan las vacunas.
—Eh, bueno, sí, supongo —dijo Hilda—. No lo había visto de esa manera, pero me imagino que podría decirse que sí.
En medio del salón, se levantó el doctor Winslow y Hilda se calló.
—Buddy —dijo Harold—, ¿quieres decir algo?
—Sí, bueno, me gustaría aclarar un detalle. Una de las razones por las que no pudimos hacerle el reconocimiento, es decir, además de porque se negó a cooperar, es porque vamos justísimos de personal y todo el equipamiento que se suele utilizar en caso de encontrarnos con pacientes que no cooperan estaba en otra ala del edificio. Fue una mañana con mucho lío, es muy habitual la semana anterior al festival, la gente suele sufrir más infartos y suele haber más accidentes en esta época del año. Pero, además, aprovecho para decir que necesitamos equipamiento nuevo y recursos urgentemente, nuestras peticiones para que se aumente el presupuesto llevan mucho tiempo sin recibir respuesta, por lo que Betty ha pensado en organizar un acto benéfico para recaudar fondos, quizá un concierto benéfico de góspel o una rifa. Por lo demás, y esto me gustaría dejarlo claro, la tasa de éxito en el centro de Monroe es altísima, estoy muy orgulloso de todo mi equipo de enfermeras, unas chicas estupendas, por lo que no quiero que nadie se lleve una idea equivocada. Trabajamos muy bien.
—Sí, estupendamente —dijo Harold.
—Hacéis una labor maravillosa, es el mejor centro de rehabilitación y de salud mental de todo el estado, más os digo, puede que de todo el país — dijo Hilda.
Unas cuantas personas aplaudieron, luego se sumó el resto, con chiflidos y palmas hasta que parece que la gente se cansó.
—Hablando de actos benéficos, me parece una buena propuesta, ¿no creéis? Podríamos organizar alguna actividad para recaudar fondos y así ayudar a financiar los servicios o ayuda que Altar necesite.
—Uy, esa es buena —dijo Kitty.
—Tengo otra idea —dijo una persona de la primera fila—. ¿Por qué no hacemos que el doctor Winslow intente llevar a cabo el reconocimiento otra vez? Yo creo que esto es una cuestión de seguridad para la comunidad, ¿no?
Emergió una vocecilla al fondo de la sala, entre la multitud, de una cara que yo no alcanzaba a ver.
—Pero ¿y si…, y si Altar no quiere desnudarse, como la vez anterior? Me preocupa mucho…
La voz se ablandó y palideció.
—Bueno, a ver —gritó Harold—, si vas a hablar, habla.
—Bueno —dijo la voz pálida—, solo me preocupa que…, bueno… Yo creo que, bueno, que Altar debería tener derecho a…
—A ver, a nadie le hace gracia ir al médico —gritó otra voz—. Pero, de vez en cuando, es lo que toca. Hay que cooperar.
—No me refería a eso —dijo la voz pálida—, solo pienso que no me gustaría que Altar estuviera en una situación en la que se vea en la obligación de actuar… en contra de su voluntad. Me resulta incómodo solo de pensarlo.
—Sí —dijo Harold—, creo que aquí todos entendemos que hay muchos aspectos en toda esta situación que nos incomodan. Por eso hemos organizado esta reunión. Para decidir, como comunidad, cómo proceder con la aprobación de la mayoría.
—Mira, y una mierda —dijo alguien—, perdonad que hable así, pero soy la única persona con edad para hablar a las claras y sabéis que tengo razón. Y una mierda a todo lo que estáis diciendo. ¡Esto es un asunto de salud pública! ¡Todos sabemos lo que estás diciendo de manera «implícita»! ¡Gilipolleces!
—Cómo están los ánimos por aquí… —Harold se puso otra vez en pie y asumió un poco el control de la sala—. Pero vamos a aparcar eso por ahora y vamos a pasar a otras preocupaciones. ¿Hay más cosas que nos preocupen en este momento?
Kitty levantó la mano.
—Señora Goodson, ¿algo que decir?
Se levantó con parsimonia, cómoda ante la mirada de los invitados.
—Bueno, según lo he entendido yo, Altar hizo algunos dibujos con Roger Smith que pueden ser bastante reveladores sobre su origen y sobre cómo podemos ayudar. Sé que su labor con mi hijo adoptivo, Nelson, que pasó su infancia como refugiado y como huérfano tras una terrible guerra, fue de mucha ayuda. Tal vez podamos encargar a algunos expertos el análisis de los dibujos que ha hecho Altar con Roger.
—Una gran idea, señora Goodson —dijo Harold—. Hilda, apunta eso. Y, Kitty, me gustaría decir que a todos nos conmueve mucho que acogieras en tu casa a ese pobre chaval. ¿Hay obra más cristiana que esa?
Todo el mundo aplaudió y, mientras aplaudían, la señora Goodson se volvió para sonreír a cada uno de los presentes, los saludaba con una mano, luego con la otra.
Una mujer con las cejas enarcadas se puso en pie.
—Me gustaría decir algo.
—Adelante, señora Robertson —la animó Harold.
—Estaba aquí hablando con Minnie Sims sobre Altar y yo tengo que deciros que no estamos del todo de acuerdo sobre su… apariencia. Quiero decir, para mí, está clarísimo que es una chica y, sin lugar a duda, que no es blanca, yo diría que tiene entre trece y catorce años, pero Minnie está convencida de que es un chico, blanco y ¡que por lo menos tiene quince años!
—Más blanco que no blanco, diría yo —aclaró Minnie.
—Pero ya veis lo diferente que es nuestra opinión —dijo la mujer que estaba de pie, con las cejas muy enarcadas—. ¡Es como si estuviéramos mirando a dos personas distintas! Y no me siento cómoda dejando que esté con más adolescentes, ya sabéis a lo que me refiero, sobre todo si no sabemos si es una cosa o la otra. ¿Os pasa también a los demás que no os ponéis de acuerdo sobre el aspecto de Altar?
Un estallido de voces, manos levantadas. Harold intentó reencauzar el debate golpeando una copa con un cuchillo, luego un tenedor contra un plato de cerámica y, por último, a gritos.
Una voz del fondo del salón atravesó la masa de ruido:
—Deberíamos bautizar a Altar.
La sala se calmó al oír esa sugerencia.
—Ah, sí —dijo Harold—. Deberíamos ocuparnos de eso este domingo. Eso es muy importante. Muchas gracias por sacar el tema, Bill.
—Nada, hombre —dijo Bill.
—Entretanto, creo que podríamos hacer un descanso, echarnos más comida en el plato y rellenarnos las tazas de café. ¿Os parece?
La gente empezó a levantarse y las voces acabaron siendo un murmullo.
—Marlena Dean ha hecho su famoso queso de untar con pimiento, no os quedéis sin probarlo.
—Hay tarta en una camarera del comedor —anunció Kitty.
—Sí, hay tarta —repitió Harold.
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La mujer con el delantal blanco estaba fregando platos cuando Kitty me llevó a la cocina.
—María, si le puedes echar un ojo a Altar durante un rato… No sé cuánto tardaremos, quizá una hora. Vete con la criatura al gabinete, por favor, si no te importa, aquí las paredes son muy finas y no quiero que le importune, eh…, a nadie.
—Al gabinete, claro, a mandar. —María se secó las manos con un trapo y vino hacia mí, mordiéndose el labio.
Apareció el rostro de una chiquilla en el vidrio de la puerta trasera, me miró con cautela y luego abrió la puerta muy despacio.
—¡Annie! Pero ¡por Dios!
—¿Por qué hay tantos coches aparcados fuera?
—¿Por qué no estás en clase?
—¿Es una reunión por el Festival del Perdón?
—No es asunto tuyo de qué va la reunión mientras no me digas por qué no estás en clase.
Annie dejó la mochila en el suelo y cogió un dadito de queso de una bandeja que ya había sido objeto de pillaje. Kitty extendió la mano bajo la cara de su hija.
—Escúpelo.
Annie hizo un puchero y escupió poco a poco el dadito de queso medio mordido. María enseguida le quitó los restos de la mano a Kitty y se la limpió.
—Mira, Annie, no tengo tiempo para sandeces. Tenemos visita y me están esperando en el salón ya mismo.
Annie me miró y luego volvió a mirar a su madre.
—Te acuerdas de Altar, de la cena del lunes, ¿verdad que sí? Vino con los Bonner.
Annie me volvió a mirar, se le cruzó una media sonrisa por la cara.
—No seas maleducada, Annie, saluda.
—Hola.
—María se iba a llevar a Altar al gabinete, así que ya estás subiendo a tu cuarto a hacer deberes hasta que vaya yo a verte, ¿entendido?
—Vale.
Annie salió por una de las puertas y María me llevó al gabinete por otra.
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Me había sentado en el borde de una bañera y llevaba un rato así, cuando, de repente, oí que llamaban a la puerta.
—Oye…, Altar, ¿necesitas algo? —La voz de María.
No había oído sus pasos, así que debía de haberme seguido, seguro que se había quedado sentada junto a la puerta todo el rato.
—Dale un golpecito a la puerta si estás bien, ¿vale?
Un largo silencio.
—Bueno, tú avísame.
Cogí una pastilla de jabón y la tiré contra la puerta. Cayó sobre las baldosas, se abolló.
—Órale, te dejo en paz. Ahorita vuelvo a ver cómo andas.
Pasitos rítmicos. Se fueron difuminando.
Me senté en la bañera vacía, sentí que la porcelana fría se iba atemperando. En otra parte de la casa las voces se solapaban, reían, un golpe metálico en la cocina, entonces oí un ruido que se acercaba al baño, algo que estaba al otro lado de la pared.
Saltó la rejilla del conducto de ventilación de la esquina y apareció una piernecita, luego otra; Annie se deslizó por el suelo del baño, primero se sorprendió al verme, aunque luego su expresión cambió, inflexible y desafiante.
—Pensaba que no había nadie —susurró.
Estuvimos un rato mirándonos. Llevaba el pelo alborotado. Se acercó al armario de las medicinas y sacó un tubito azul. Lo apretó y salió una pasta densa que se restregó por la cara mirándose al espejo.
—En el instituto todo el mundo habla de ti —le dijo a su reflejo—, pero que te entre por un oído y te salga por otro, son idiotas. Ha empezado Jack. Menudo gilipollas. Sabía que no tenía que hablar de lo tuyo menos con la gente de la iglesia que ya lo sabía, pero se lo ha largado a casi todo el mundo. Mira que es imbécil.
Ya se había cubierto media cara con la pasta azul celeste cuando se detuvo un momento para examinarse más de cerca en el espejo.
—A veces pienso que nadie es solamente una persona, que, en verdad, somos muchas personas diferentes a la vez y tenemos que apañárnoslas para que cooperen entre sí y engañar al resto para que piensen que somos una única persona, aunque todo el mundo esté haciendo lo mismo.
Se volvió hacia mí.
—¿Y? ¿No crees que tengo razón?
Se volvió hacia el espejo otra vez y siguió restregándose la pasta azul claro.
—Mi madre me dice que hablaría hasta con las paredes si pensara que me están escuchando. Ahora le ha dado por la bobada de que me eche el potingue este porque un día me pilló robándole un cigarrillo, se puso como loca, me dijo que te salen arrugas prematuras y canas. Tengo una cana, ¿quieres verla?
Se lavó la crema de las manos y se peinó mirando al espejo.
—¡Mira, ahí! —Se me acercó, se inclinó apoyándose en la bañera y estiró un pelo blanco—. ¿Lo ves? Mamá me vio una cana en el cogote hace un par de semanas y me la arrancó, así que más me vale esconder esta si no quiero que me la quite. Me gusta.
Annie se sentó en el suelo. La pasta se estaba aclarando y secando por el borde. Algunos pelos se le habían quedado pegados al potingue.
—En fin. Tienes suerte de que no te obliguen a ir a clase. Me ha sentado fatal que me mandaran a casa, aunque, en el fondo, estaba encantada de irme.
Se apoyó en los codos y miró hacia el techo.
—Ha sido en clase de Naturales. La profesora nos estaba explicando la reproducción de las flores y nos ha dicho que todos los seres vivos pueden reproducirse, y que todo lo que tiene capacidad reproductiva es macho o hembra, entonces yo he levantado la mano y, aunque me ha visto, no me ha dicho nada, así que al cabo de un rato la he interrumpido y le he dicho que eso no era verdad, que había seres que se reproducían y no tenían un sexo determinado. Lo he estado estudiando por mi cuenta por una cosa que vi en la tele sobre las estrellas de mar; las estrellas de mar se reproducen por su cuenta sin tener que aparearse ni nada por el estilo. Y los caracoles, igual. También les pasa a algunos tipos de plantas, incluso hay animales que cambian de una cosa a la otra; siempre había pensado que eso era ciencia ficción, pero no, no solo es cosa de ciencia ficción. Así que esto es lo que le he dicho a la señora Goldwater: «¿Y qué pasa con los dientes de león? Son asexuales y se reproducen por sí mismos». La señora Goldwater se ha limitado a decir: «Quizá por eso se considera que son malas hierbas». Pero no tenía ni idea de lo que estaba diciendo, lo ha dicho para que la clase se riera y todo el mundo se ha reído, hasta Jeremy, que sé que es gay porque me lo dijo él mismo, aunque todo el mundo ya se ha dado cuenta. Así que he seguido preguntándole a la señora Goldwater por las estrellas de mar y por los caballitos de mar, que lo hacen al revés, son los machos los que llevan los bebés; toda la clase se moría de la risa porque son imbéciles y al final me han mandado al despacho de dirección.
Annie se tumbó en el suelo y estuvo callada un rato.
—En la biblioteca encontré un libro sobre las revoluciones que tenía todo un capítulo dedicado a la gente que se prende fuego para protestar. Da que pensar, ¿verdad? Da que pensar.
Se levantó y se miró la cara en el espejo. La pasta casi se había secado del todo y se había vuelto de un tono grisáceo. La tocó.
—Ya está casi.
Se aupó para sentarse en el borde de la pila y pataleó un rato al aire, luego paró y me miró.
—¿Te van a obligar a ir al festival?
La miré unos instantes sin decir nada y luego dije:
—No lo sé.
—¿Cuántos años tienes?
Me incorporé un poco.
—No lo sé.
—Yo tengo quince. ¿Respondes a todo con un «no lo sé»?
—A veces.
—Eso es muy de Nelson, no le gusta nada hablar.
Annie se dio la vuelta y se lavó la cara, seguía hablando a través del agua mientras se aclaraba la pasta.
—¿Y cómo es que acabaste durmiendo en aquella iglesia? ¿Porque no tenías casa o elegiste nuestra iglesia por algo en particular? ¿O huías de algún sitio?
Se incorporó y se secó la cara con una toalla blanca. Por primera vez, casi recordé de dónde venía después de todas las caminatas, después de todas aquellas noches buscando un lugar donde dormir. Quería decirle algo. Quería empezar a hablar sin saber lo que iba decirle, pero no pude. No pude articular palabra.
—Mira, si no quieres hablar, no hables. No intento sonsacarte nada, ¿vale? Mi padre dice que soy muy preguntona. Pero es solo que, si no tienes casa, yo…, no sé, la verdad es que me siento mal, solo es eso. Me pone triste y ojalá pudiera hacer algo.
Tiró la toalla al suelo y se acercó a la ventana, abrió con dos dedos las lamas del estor y echó un vistazo.
—El trimestre pasado, en clase de Ética, teníamos que escribir ensayos sobre algo que pudiéramos hacer para mejorar el mundo. Se suponía que solo teníamos que escribir una página, pero yo escribí siete y media sobre que todo el mundo debería tener exactamente lo mismo; todo el mundo podría vivir en el mismo tipo de casa, de tamaño normal; solo debería haber colegios públicos, a los que pudiera ir cualquier persona, en lugar de esos privados en los que solo entra la gente rica, y cuando la gente muere, no debería permitírseles dejárselo todo a sus hijos. Se debería dividir el dinero entre las personas más pobres, porque, si no, los hijos de los ricos ya empiezan con muchísima ventaja por el simple hecho de haber nacido en la familia que nacieron, mientras que los hijos de la gente pobre empiezan mucho más abajo que el resto por haber nacido donde han nacido. Y, bueno, tenía un montón de ideas, por eso escribí siete páginas y media, a ordenador y todo. Pero ¿a que no sabes lo que pasó cuando lo leyó mi profesora? Me dijo que tenía que ir a hablar con la consejera escolar porque era comunista. Yo le respondí que nunca había dicho que fuera comunista, ella blandió mi ensayo y me dijo: «Señorita Goodson, esto es muy preocupante». Yo le dije: «¿Porque quiero que traten a todo el mundo por igual?», y entonces se puso a decirme que esas ideas eran peligrosas, que tenía que hablar con alguien que me metiera un poco en cintura antes de que la cosa empeorase, se puso en plan «el mundo no funciona así» y yo le dije que ya sabía que el mundo no funcionaba así, pero que yo pensaba que así era como «debería» funcionar y me puso un parte por contestar. ¿No te parece absurdo que te la puedas cargar por contestar? No te lo digo a malas, tú haz lo que quieras, pero ¿no se supone que nos tenemos que contestar? Si no, te quedas… con la mitad de la discusión. Yo creo que el hecho de que unas pocas personas tengan mucho depende de que otras tengan menos. Con la consejera escolar no me fue mucho mejor, básicamente, me puso tan de los nervios que acabé lanzando una silla a la otra punta del despacho; sé que no estuvo bien, pero, al fin y al cabo, demostró una de mis ideas: no se trata a todo el mundo por igual, un chaval hizo lo mismo el trimestre anterior y lo expulsaron, pero, en mi caso, la consejera escolar se echó a reír y ni un parte me puso, nada. Eso no es justo.
Annie se apoyó en la ventana y el estor hizo un crujido metálico.
—Creo que estoy hablando demasiado. Dicen que no me callo ni debajo del agua. Sé que no debería, pero hay muchísimas cosas que me tocan la moral y la gente sigue actuando como si no pasara nada, pero sí que pasa. Seguro que piensas que todo esto que te he soltado es una chorrada.
—No —dije.
—Menos mal. Puede que seas la única persona que piensa así. No entiendo cómo soportan este lugar. Mi madre siempre dice que la gente que va de que odia el sitio donde ha nacido es gente aburrida que se cree mejor que los demás. En todo caso, esta semana es lo peor, justo antes del festival. Ya sé de tres chicas que… En fin, para las chicas es lo peor, creo yo. Todo el mundo está más preocupado por si le entran a robar en casa o le roban el coche, pues en el festival se perdona todo y luego es agua pasada. En cualquier caso, la mayoría de las veces las chicas ni siquiera llegan a decir nada sobre lo que les pasa estos días porque se meterían en un buen lío… Además, total, lo único que te van a decir es que reces en el festival, que ahora ya no se puede hacer nada…
Oímos pasos en el pasillo y Annie se puso en guardia, miró hacia la puerta.
—Está cerrada con pestillo —susurró—, ¿no?
Asentí.
—Será mejor que me vaya. —Y se volvió a meter a rastras por el conducto de ventilación por el que había venido, pero antes de desaparecer por completo, me miró y susurró:
—Altar no es tu nombre real, ¿no?
Negué con la cabeza,
—¿Alguien sabe cómo te llamas de verdad?
No supe qué decirle.
—Alguien sabrá tu nombre real, ¿no?
No me moví de la bañera, inspiraba y espiraba, pasaba los dedos por el borde, muy suave. A Annie se le saltaron las lágrimas, en silencio, la cara arrugada y roja. Se dio un buen bofetón, luego otro, luego otro.
—Alguien debería saberlo —dijo y se volvió a meter por el conducto de ventilación, colocó la rejilla desde dentro y desapareció—. Adiós —me dijo desde el interior de la pared.
Al quedarme otra vez sin ninguna compañía, sentí como si enfermase, punzadas. Cerré los ojos, me tumbé en el fondo de la bañera, intenté desaparecer, igual que las serpientes antes de una tormenta. Intenté recordar cómo huele un campo húmedo al alba, a esas horas justo antes de que llegue la mañana de verdad, a esas horas antes de que el sol se haya levantado, cuando la tierra parece un pulmón. Intenté respirar como respiran los campos en esos momentos.
Llamaron a la puerta. Oí la voz de Harold desde el otro lado:
—¿Altar?
Pausa larga.
—Criatura, parece que llevas un buen rato en el baño. Hay unas cuantas personas en el salón a las que les gustaría despedirse de ti, no es de buena educación hacerlas esperar tanto.
Entendí que no era un campo. No era, al menos aquel día, solo tierra y semillas y hierba. Un campo es algo vivo. Los campos tienen principio y final. Cada planta tiene un nombre verdadero que nadie tuvo que darle. La gente era el final de algo. El cuerpo ya está muerto.
—Si no me abres —dijo Harold entre risas—, siempre puedo forzar la cerradura, pero no hace falta llegar a eso, ¿verdad?
No se puede hacer esperar a la gente. Hay veces que una persona tiene a otra cogida por el cuello. A veces una persona tiene a otra cogida por el cuello y pasan los años sin que nadie haga nada, cuántas vidas cogidas por el cuello. Sé lo que soy. El cuerpo ya está muerto.
—¿No prefieres salir por las buenas?
Todo aliento se toma y se da a través de la garganta. Todo el aire es prestado. No se puede hacer esperar a la gente.
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Hilda condujo en silencio. Lo que fuera que antes la permitía mirarme a los ojos ahora parecía haber desaparecido. Se acabó el mirarme a los ojos. Se aclaró la garganta un par de veces, intentaba aclarársela del todo, pero ahí seguía el carraspeo. Yo miraba a lo lejos por la ventana, cada cierto tiempo veía un cartel blanco con letras en rojo. El primero estaba plantado junto a un árbol enorme y nudoso:
EL FESTIVAL
SALVA.
Algo después:
EL PERDÓN:
¿A FAVOR O EN CONTRA?
Y, el último, torcido en el parterre de una mediana de la autovía:
EL
FESTIVAL DEL PERDÓN:
¡SANADOR DE ALMAS!
—Harold… Bueno, es un hombre importante. La gente lo respeta y cuando le da por algo, digamos que puede que se le vaya de las manos el entusiasmo. Nada más.
Cuando llegamos a su casa, volvía a estar sumida en el silencio. En el porche delantero había una maceta volcada.
—¡Vaya! —dijo Hilda al pasar.
La planta intentaba crecer otra vez hacia el sol torciéndose con todo su empeño. Se había salido la tierra por las grietas de la cerámica. Unas nubes oscuras vespertinas se cernían por el cielo, envolvían la casa de gris, fantasmal. Oí el tictac de dos relojes diferentes, cada uno a su ritmo.
Hilda abrió la puerta que daba a las escaleras del desván y, mientras yo subía, me dijo que bajara cuando quisiera, pero que ella y Steven habían llegado al acuerdo de dejarla cerrada con pestillo por una simple cuestión de seguridad, por eso, si quería bajar, solo tenía que llamar fuerte a la puerta y ella vendría a abrirme y se sentaría conmigo en el salón o en el porche o donde me apeteciera estar. Pasaba de mirarme a mí al suelo, a una pared, a un escalón, a la puerta, al pomo que sujetaba, al suelo, otra vez a mí, fugazmente, a la pared.
Tuve claro que no iba a salir del desván. Asentí.
—No es porque pensemos que has hecho algo malo, solo que no sabemos lo que has hecho. Por eso queremos ser precavidos.
Se quedó allí parada un instante, ya no respiraba alterada ni paseaba la mirada de un sitio a otro; era como si ya no respirase, como si ya no viese nada.
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Me senté junto a la ventana de la buhardilla a esperar a que llegara la noche, a que la luz nos abandonara y aparecieran las luciérnagas. Me parecía más importante que nunca ver las luciérnagas revolotear por el jardín, la manera en la que se encendían y desaparecían y reaparecían y desaparecían, que pudieran ser y no ser, volver a ser y volver a no ser.
Oí a Hilda llamar a Steven en el piso de abajo, el marido respondió a gritos, sus voces amortiguadas, apremiantes. No me moví de mi sitio en el alféizar, me quedé ahí observando la noche. Apareció una luciérnaga y toqué el vidrio cálido.
Se abrió la puerta que daba al desván y desde abajo subió el eco de la voz de Hilda:
—¿Altar? ¿Puedes bajar un momentito, por favor?
Un par de lámparas brillaban tras su pantalla en el salón. El loro caminaba a pasitos por la percha de la jaula. Todo estaba en calma, en silencio, lo suficiente para oír cómo sus garras se agarraban y se soltaban.
—Nos gustaría ponerte al día de lo que está pasando —dijo Steven—. Informarte de las decisiones que se han tomado hasta ahora.
—Sí —dijo Hilda, y nos quedamos en silencio un momento—. Pensamos que es importante que lo sepas.
—Esta noche los chicos se quedan a dormir en casa de su abuela —dijo Steven—. Después de la reunión de hoy, he estado hablando con algunos miembros de la comunidad y todos han coincidido en que no es muy buena idea tenerte tan cerca de los chicos. Cada cual tiene sus razones y yo las mías, no hace falta que entremos en eso…
—No hace falta que entremos en eso —dijo Hilda, aunque Steven siguió hablando por encima.
—… porque tampoco hace falta que lo sepas. No es más que una decisión que he tomado con respecto a mi familia y, al fin y al cabo, es una decisión personal, una decisión de familia. Lo que sí te diré es que el comportamiento de Jack, tanto en casa como en el instituto, no es nada propio de él.
—Nada propio —dijo Hilda, que se abstuvo de decir nada más.
—Me da la sensación de que puede haber sido maleducado contigo. No lo he pillado haciendo nada fuera de lugar, pero es la sensación que me ha dado y quería disculparme en su nombre. No es de esos, lo hemos educado bien, pero esta semana en el instituto hasta lo han castigado a quedarse después de clase, eso no es nada propio de él, ese no es nuestro Jack. Siempre le ha gustado mucho ir a la iglesia y el coro, la moralidad que conllevan… Parece que, con lo que está pasando, está un poco descolocado.
Entonces lo supe: yo no había venido a ese lugar. Siempre había estado ahí, sabía que siempre había estado ahí, pero no lo dije. Ni siquiera hacía falta que yo hubiese nacido allí porque yo siempre había estado allí; ni siquiera hacía falta que yo hubiera nacido. Tampoco dije nada de eso. No dije nada.
—¡Ay, por Dios! ¡Qué calor hace! ¿No? —Hilda se levantó—. ¿No crees que debería poner un poquito el aire acondicionado? Este verano está empeñado en no irse. No dejo de pensar que mañana refrescará, que al final empezará a hacer fresco, pero nada de nada.
Hablaba sola cuando salió del salón, pero no distinguí qué decía exactamente.
—Otra cosa que quería comentar contigo es que te vas a quedar con la familia Corbin, al menos mañana por la noche, quizá un poco más, todavía no lo sabemos. El doctor Corbin vendrá a recogerte mañana por la mañana.
Hilda había vuelto, pero se quedó junto al umbral, abanicándose con las manos. Se secó el sudor de la frente.
—Es el reverendo de la Segunda Iglesia Baptista, está al otro lado del pueblo, en la zona de, bueno, por decirlo a las claras, la zona de los negros, si no os parece mal que hable así, ¿pasa algo, Hilda?
—No…, creo que no —dijo Hilda.
—En la reunión de hoy había gente que pensaba que estarías mejor con ellos, que puede que con ellos sí que hables, ya que con nosotros no dices ni mu. O igual prefieres vivir allí si no te gusta vivir con nosotros. Personalmente, no sé por qué han decidido que se haga así y no sé por qué van a cambiar las cosas si te vas con ellos, pero esto es lo que me han dicho que te diga. Supongo que no todo el mundo está de acuerdo sobre…, bueno, supongo que hay gente que piensa que eres de una manera y gente que piensa que eres de otra y, como parece que no vas a animarte a hablar para resolver el enigma, hacemos lo que podemos. A ver, no quiero que suene mal, no quiero que te parezca que estoy siendo desagradable contigo. Nadie quiere ser desagradable contigo, solo que… es la primera vez que nos pasa algo así. Hay gente a la que le parece un poco frustrante, nada más. Pero el doctor Corbin, por lo que tengo entendido, es un hombre muy respetado, así que te quedarás con ellos al menos una noche y luego te llevará al festival.
Hilda se agachó a susurrarle algo a Steven.
—Vaya, yo pensaba que se lo iban a explicar ellos —dijo Steven.
—Es solo que a Harold le parece que a ti se te dará mejor explicárselo — dijo Hilda—, ellos ni siquiera participan.
Steven amusgó los ojos un momento y empezó con la explicación:
—A ver, el Festival del Perdón…, bueno, la historia de cómo empezó todo es muy larga y me temo que no soy la persona más indicada para contártela, pero lo que sí que te puedo decir es que el festival es lo que nos diferencia de otras congregaciones de la zona. Es una de nuestras maneras de reconciliarnos activamente con nuestro pasado, unir ambas partes de nuestra comunidad y reconocer que todo el mundo, todos y cada uno de nosotros nacemos con el pecado. En eso creemos, ya sabes que es una parte fundamental del cristianismo. Que sin Dios todos estamos en pecado. Hace unos años, todos los predicadores del pueblo se reunieron porque reinaba la sensación de que todo el país estaba particularmente enfadado y la gente siempre se estaba acusando, grupos enteros de personas culpaban a otros grupos de sus problemas, a los negros y a los inmigrantes, por ejemplo, y a las mujeres, claro; pero tengo que admitir que, en cierto sentido, también era al revés, supongo. Todos culpan a los demás y nunca se culpan a sí mismos. La cuestión es que nuestros predicadores decidieron que ya estaba bien la cosa, así que rezaron y se pusieron a leer sobre este asunto en la Biblia; y pasó algo muy particular, Dios les habló a todos nuestros predicadores, a todos a la vez…
Hilda farfulló algo, pero Steven ni se dio cuenta y siguió hablando.
—Y lo que el Señor les dijo es que debíamos tener un día especial al año para que todo el mundo confiese sus pecados en comunión, en voz alta, para que toda la comunidad entendiera que todos somos pecadores, que todos estamos mancillados y que no sirve de nada culpar a otra persona por los problemas que tiene uno. Para la confesión, la gente prefiere algo de privacidad, por lo que colocan estores y cortinas, claro…
—Es muy bonito —dijo Hilda—, hasta con los estores. Ya verás lo bonito que es.
—Sí —añadió Steven—, es conmovedor ver a toda la congregación unida.
—Bueno, casi toda.
—Siempre están invitados. Los invitamos cada año. Y el doctor Corbin estaba en el grupo de predicadores que creó el festival, pero no ha sido capaz de convencer a su propia iglesia para que se una. Eso me han dicho, vamos.
—A ver. No sé. Puedo entender sus razones, pero…
—En fin, que da tres cuartos de lo mismo —dijo Steven—, la cosa es que el doctor Corbin te llevará al festival el sábado, así vas a poder ver cómo es y cuáles son nuestros valores fundamentales.
—Exacto.
—Puede que durante el festival o de camino al festival veas cosas que hemos decidido que es mejor que te expliquemos de antemano.
—Para que no te pillen por sorpresa —dijo Hilda.
—De camino al festival puede que veas a muchos policías por la calle.
—Las armas son simbólicas. —Hilda lo recitaba como si lo estuviera leyendo en alguna parte—. Simbolizan el poder de Dios y los poderosos dones que nos ha concedido.
—Y también están para garantizar que nadie resulte herido.
—Exacto.
—Porque casi la mitad del pueblo va al festival, por lo que la mitad de las casas se quedan sin vigilancia; los agentes garantizan la seguridad de los barrios, como comprenderás.
Hilda asintió con solemnidad.
—Después del festival, la comunidad está excepcionalmente segura, pero sí que es cierto que justo antes hay algunos problemillas…
Hilda le susurró algo a Steven al oído.
—Ah, sí, lo del rumor. Cierto. Una cosa que todo el mundo quería que te quedase clara es que no hay nada que temer, no sé lo que Nelson u otros niños te habrán dicho, pero Kitty y Butch tenían miedo de que te hubieran contado el rumor que ha estado circulando por el instituto, no sé qué de un sacrificio humano después del festival, pero eso es una mentira que alguien se inventó para asustar a la chiquillería…
—A los niños los introducimos poco a poco.
—Exacto. La mayoría no tienen permitido presenciar la parte de la confesión del festival, hay una sala justo al lado de la principal donde se quedan mientras tanto. Así que me imagino que algunos de los mayores intentaron asustar a los más pequeños.
—Exacto —dijo Hilda.
—No hay nada que temer.
—No, no, nada de nada.
—El ritual es muy importante para la comunidad —dijo Steven.
—Sí.
—Bueno, pues yo creo que, con esto, ya está todo explicado. El doctor Corbin te llevará al festival en coche, puede que veas más policía por la calle y, cuando estés dentro del festival, te taparán los ojos como a los demás; después de eso, verás que todo tiene mucho sentido.
—Uy, sí, ya lo creo —el cuerpo de Hilda permanecía inmóvil. Como si, por unos instantes, no respirase.
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