Altar
Miércoles
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Conducía Hilda, con los rulos puestos. Pasamos por delante de un letrero verde: BULEVAR SEVERO. Puede que no hubiera nada más que decir de la calle. El cielo se fundía a un azul plomizo. La luna rondaba por el cielo como si fuera un fantasma. Los postes de luz desfilaban por la ventanilla del coche; también las vacas en los pastos húmedos.
—No me imagino lo que habrás tenido que pasar —dijo Hilda. Empezaba a inundar el coche una luz cálida y fina—. Me da que pensar… Pienso en mi infancia, en lo fácil que fue, en toda mi vida, aquí, en el mismo pueblito, los chicos, Steven. Mi madre falleció cuando yo era pequeña, pero nunca me faltó una familia. Tenía a mi padre, a mi hermano. Y a la señora Gladstone, a la mujer que conociste el otro día; ella hizo de madre. Lo sigue siendo, creo yo, aunque nunca se llevó del todo bien conmigo, tampoco me aborrecía, no mucho, pero bueno, en todo caso, conozco a todo el pueblo. He ido a la misma iglesia toda la vida. Todo el mundo me conoce, no tengo que dar explicaciones de nada. Más te diría, he ido a la misma peluquería desde que me salió el pelo. Sé que este sitio tampoco es nada del otro jueves, pero tampoco es lo que la gente se piensa. Me duele mucho que la gente se monte películas, de verdad que me duele.
Aunque la cara de Hilda reflejaba calma, se había puesto a llorar. Se secó las lágrimas con cuidado, a toquecitos.
—Lo siento. Lo siento. Mira que me pongo tonta. Enseguida me emociono. Hasta con un buen anuncio de las fuerzas armadas o de seguros de vida, siempre me sacan la lagrimilla. —Casi se reía de sí misma—. Pero de verdad que me preocupas. A todo el mundo le preocupas. Lo único que queremos es saber lo que tenemos que hacer. No sabemos por dónde tirar.
Su rostro perdió toda expresividad, como ese último instante al final de un amanecer. Se sentó más erguida, suspiró y se aclaró la garganta. Escondió los pañuelos arrugados entre los cojines de los asientos. Nos iluminaba una firme luz diurna. La autovía se extendía ante el parabrisas. Hilda sacó un bolsito y le abrió la cremallera sin dejar de conducir, sujetaba el volante con la rodilla. Abrió un botecito y se esparció algo por la zona de los párpados, luego se pasó un cepillo diminuto entre las pestañas, abriendo y cerrando los ojos.
—No estoy acostumbrada a tener público, como te puedes imaginar. Igual piensas que esto es una tontería. Normalmente me arreglo por las mañanas, pero hoy íbamos con el tiempo justito.
Se pintó los labios color sangre y los apretó. Lo volvió a guardar todo en el bolso, lo cerró y lo lanzó al asiento trasero como si quisiera olvidarse de todo aquel asunto.
—Paulina siempre decía que, antes de subir al coche, hay que ir arreglada, porque si tienes un accidente y te tiene que recoger una ambulancia, además de todo el lío, seguro que no quieres ir hecha un desastre. —Se echó a reír—. Bueno, seguro que eso lo dicen todas las madres.
Detuvo el coche en un aparcamiento que había junto a un enorme edificio gris.
—Un segundito que me arregle esto… —dijo mientras se quitaba los rulos.
Yo miré hacia otra parte. En cierto modo, me sentía mal mirándola. Una persona con un uniforme verde claro empujaba por la acera a otra que iba en silla de ruedas. Al lado teníamos una hilera de ambulancias aparcadas, a la espera.
Mientras caminamos hacia el hospital, se oía el taconeo de los zapatos de Hilda sobre el asfalto y, aunque hacía apenas unos minutos que la había visto llorar iluminada por la luz matutina, ahora parecía como si nunca en la vida hubiese derramado una sola lágrima, como si, por mucho que lo hubiese intentado, fuera incapaz.
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—Espera aquí —dijo Hilda mientras yo me sentaba—, tengo que rellenar unos formularios antes de que puedas ver a los médicos, ¿te importa si te dejo aquí, a tu aire?
Eché un vistazo a mi alrededor. Asintió y se fue.
Había siete televisiones en la sala, en todas estaba puesto el mismo canal. Una muchedumbre se había congregado en algún lugar con pancartas que decían: ¡RESPUESTAS! y¡TRAEDLOS DE VUELTA! Un hombre trajeado le acercó un micrófono a una mujer, que habló a gritos:
—Tenemos razones para creer que el ayuntamiento o alguien del Gobierno sabe lo que ha pasado con las personas desaparecidas. Eso creemos y sabemos que llevamos razón. Les pedimos que nos digan lo que saben para… al menos decirles a las víctimas…, a las familias de las personas desaparecidas…
Los gritos de la mujer flaquearon y se le desencajó el rostro, por un instante, parecía como si hubiera dejado de asemejarse a la estatua de alguien gritando y ahora fuese una pila de papeles olvidada bajo la lluvia. Se recompuso y prosiguió:
—Mi hijo, Vernon, lleva desaparecido dos semanas y es cierto que había gente aquí, en el condado de Limosna, que no lo tenía en muy alta estima, pero sé que es un buen chico y que de ninguna manera se iría así como así. Quiero respuestas. Todos queremos respuestas…
La imagen dio paso a una reportera que entrevistaba a una niña de la manifestación que llevaba una pancarta:
SIN JESÚS NO HAY JUSTICIA
CONOCE A JESÚS, CONOCE LA JUSTICIA
La niña sonrió y habló bajito al micrófono que le acercaron a la cara mientras se ondeaba la falda con una mano. Después de aquello, aparté la vista de las televisiones, aunque sentía que las pantallas seguían observándome.
Cerca de mí había un hombre con el pelo y la tez del color de un cielo muerto, el pecho y el abdomen redondeados, como si tuviera a una personita sentada en su regazo. A su lado había una señora mayor con una bata y el pelo oscuro recogido bajo una cofia blanca. Le vi en los ojos que su cabeza no paraba de hacer cálculos complejos.
—Qué triste lo de esa gente de la televisión —dijo el hombre.
—Pues sí —dijo ella.
—Te deja mal cuerpo. Da mucha pena.
—Sí, sí. Duele de verlo.
—Pero ¡no tienen por qué estar pasándolo tan mal! ¡No se dan cuenta!
—No, señor.
—Me da que tenemos mucha suerte de estar aquí. Es verdad que en todas partes cuecen habas, pero por lo menos aquí la gente no va por ahí desapareciendo.
—Sí, este es un buen sitio.
—Nadie se iría de aquí, nadie se iría por las buenas.
—Me imagino que no. —La señora carraspeó muy discretamente y cruzó los tobillos—. La verdad es que no.
—No somos perfectos, claro está, nadie es perfecto.
—Claro.
—Y sabemos que no siempre hemos sido justos con todo el mundo.
—La verdad es que no.
—Pero siempre hemos obrado con justicia según lo que se consideraba justo en cada momento.
La señora asintió y se perdió en su interior. Quedaba más o menos claro que los dos pensaban parecido.
—Ya hemos apechugado —dijo él—, y yo, por mi parte, creo que ahora lo estamos haciendo bien.
—Todo lo bien que se puede.
—¿Y no es bastante ya con eso?
—¿No lo es?
—Sí, yo estoy encantado de estar aquí, ¿tú no?
—¿Yo?
—Sí, tú también, ¿verdad?
La señora desenvolvió un minibocadillo que llevaba envuelto en papel encerado y se lo acercó al señor a la boca. Entonces me di cuenta de que estaba atado de pies y manos a la silla de ruedas con unas correas de cuero. Le dio un mordisco al pan como si fuera a matarlo, volvió a morder y le pilló el dedo a la mujer, que soltó un gritito y se le cayó el almuerzo en el regazo del hombre; lo recogió y siguió dándole de comer.
A mi lado, un señor con la cabeza poblada de mechones blancos levantó el bastón y apuntó hacia uno de los televisores. En la pantalla había un hombre detrás de un atril, su mirada respiraba calma y distancia. Debajo, un rótulo:
EL ALCALDE DEL CONDADO DE LIMOSNA
RESPONDE A LA «MANIFESTACIÓN ANTIDESAPARICIONES»
El hombre que estaba a mi lado negó con la cabeza y me clavó fijamente sus ojos brumosos.
—Si por mí fuera, no saldría por la tele ni una imagen de esos malditos politicuchos. No deberíamos conocer ni sus nombres ni sus caras, leñe.
Sonaba enfadado y feliz a un tiempo, contento consigo mismo y disgustado con el mundo.
—Es lo que hace que se vaya todo al carajo, no están ahí para que los miremos, están ahí para currar. La gente que quiere el poder también quiere la fama, pero yo digo que no deberíamos conocer ni su nombre ni la cara que tienen. ¿No creéis que así nos iría mejor? Lo único que hace falta saber es de lo que son capaces, lo que han hecho en su vida por los demás, cuáles son sus creencias y lo que piensan de las cosas, punto.
Se rio entre toses. La cara le colgaba de una manera hermosa, como un árbol centenario.
—Pero a que el problema es justo ese, ¿eh? Que ni piensan ni hacen nada. Solo quieren que todo el mundo sepa que están al mando, punto. No tendríamos que verles la maldita cara, leñe. Solo quieren lucirse. Me supera.
Un tubo conectaba el brazo del anciano a una bolsa llena de líquido transparente enganchada a un soporte metálico que tenía al lado.
—No eres tú mucho de hablar, ¿eh, criatura? Yo, todo lo contrario, no me callo ni debajo del agua, carajo, y me da que no voy a cambiar nunca.
Es extraño cómo dos vidas pueden converger en uno de esos ratos muertos en una sala de espera para dejar que algo invisible suceda entre ellas.
—Seguro que tienes razón —dijo el anciano, reclinándose y apoyando el bastón en el regazo—. Yo, en verdad, no sé nada, nunca he sabido nada y nunca sabré nada. Debería cerrar el pico o por lo menos no tenerlo abierto todo el rato.
Cerró los ojos, creo que enseguida se quedó dormido.
Ahora echaban dibujos en las televisiones. Una cosa indefinida golpeaba a otra cosa indefinida en la cabeza y la cosa golpeada perseguía a la que le había dado el golpe, que a su vez se lo devolvía y echaba a correr. La gente que estaba en la sala de espera seguía el programa con una expresión tan seria, incluso tan tierna, que parecía que estuvieran mirando con amor a otra persona.
Sentí una leve necesidad de hablar, aunque no tenía nada que decir. Casi se me había olvidado cómo retener la voz en la boca. Una persona con pantalones verde claro y una camisa ancha vino a por el anciano, se inclinó para decirle a gritos a un palmo de la cara:
—Señor Gladstone, nos lo vamos a volver a llevar a su habitación para que se eche una siestecita.
Sin abrir los ojos, el señor Gladstone dijo:
—Casi que me quedo donde estoy. Tengo compañía, ¿verdad que sí, criatura?
—Bueno, como usted prefiera —dijo la persona de verde claro y nos dejó allí.
El señor Gladstone se arrellanó en la silla de ruedas para intentar encontrar una postura cómoda, todo en vano. Seguía con los ojos cerrados.
—A veces me gustaría largarme de aquí, pero, una cosa te digo, tampoco sabría qué hacer si me fuera. Aquí me llevan y me traen, me dan el engrudo ese para comer, ¿pero fuera qué? Nadie que me empuje la silla, nada que llevarme al buche. Fuera de aquí no tengo nada, aunque aquí tampoco. Sé que estoy aquí para acabar mis días. Menudo lugar.
Escuché el taconeo de Hilda, más lento cuando se estaba acercando. Se sentó enfrente de mí y del señor Gladstone, que, por fin, abrió los ojos.
—Mi niña bonita —le dijo el anciano, levantando la mano, temblorosa, y sin llegar a tocarla.
—¿Te dejan estar aquí fuera? —le preguntó Hilda.
—Aún no lo tengo todo prohibido —respondió él—. Aún no se han librado de mí.
Hilda lo miró como si lo diese por imposible y luego apartó la mirada.
—Bueno, ya veo que has conocido a Altar.
—Digamos que no habla por los codos —dijo el señor Gladstone.
—Yo creo que eso a ti te viene de perlas —dijo Hilda.
Nos quedamos un rato sin decir nada, esperando. En la televisión había una persona cortando el césped. Hubo un momento en que apareció alguien que se llevó al señor Gladstone sin mediar palabra.
—Adiós —dijo el anciano, aunque Hilda no contestó.
Apareció una enfermera.
—El doctor ya puede atenderla o… ¿atenderlo? Lo siento, ese dato estaba en blanco en el formulario, bueno, en todo caso, el doctor está listo.
Hilda le dijo algo con esa vocecilla difusa de quien se acaba de despertar, aunque había estado todo el rato sentada con los ojos abiertos y la mirada fija.
—Cuando acabes, aquí te espero —me dijo—. Pórtate bien.
—Hola, yo soy Nancy —dijo la enfermera mientras íbamos hacia la consulta—, me puedes llamar Nancy, ¿vale?
Doblamos una esquina y entramos en una salita pequeña con una camilla y dos sillas con ruedas y una balanza metálica. Tomé asiento mientras Nancy se rezagaba un momento en el umbral, con el apuro de alguien que intenta acordarse de algo. Enseguida me dijo que el médico llegaría muy pronto, que, por el momento, me sentara y no me preocupase, todo iba a salir bien. La expresión de mi cara debió de decirle que yo no tenía tan claro que todo fuese a salir bien. Cerró la puerta y sus pasos se alejaron por el pasillo.
Pasaron unos minutos hasta que se volvió a abrir. Un hombre se quedó inmóvil en el vano un segundo, examinándome, un rostro inexpresivo, colgante.
—Soy el doctor Winslow. —Me tendió la mano—. Pero llámame Buddy, todo el mundo me llama Buddy.
No le estreché la mano. Cerró la puerta y se sentó en la otra silla.
—Antes que nada, me gustaría contarte un par de cosas sobre mí y sobre el trabajo que hago aquí en Monroe, y también sobre lo que puedo hacer por ti. Me llamo Buddy, como ya te he dicho, y soy médico aquí en el Centro de Salud y Rehabilitación de Monroe. Una de mis especialidades es el tratamiento de pacientes que han vivido experiencias traumáticas. Principalmente, soldados, mujeres maltratadas, con problemas de salud mental, ese tipo de cosas. Un poco como nuestro amigo Roger, aunque él suele trabajar con la infancia, y Roger, bueno, no sé muy bien cómo decirlo, pero digamos que Roger se ha formado mucho menos que yo. Yo fui a la Facultad de Medicina, luego hice mis años de residente en el norte y volví a estudiar un par de años, en una facultad especializada en el estudio del cerebro. Ahí tienes todos mis títulos, como puedes ver.
Señaló hacia la otra punta de la consulta, donde colgaban, inútiles, sus títulos.
—Te puedes acercar a verlos si quieres, pero a lo que iba: me he pasado la vida estudiando el cerebro, el cerebro humano, lo que le ocurre a lo largo de la vida o cuando pasa por situaciones terribles. Ahora, si te parece, puedes hacerme una señal si estoy en lo cierto, pero me da la sensación de que has pasado por momentos muy difíciles, ¿no?
Me clavó la mirada.
—¿Me equivoco? Asiente si la respuesta es que sí… —Esperó un poco, suspiró y se reclinó en la silla, que crujía—. Yo creo que no hace falta complicar tanto las cosas, ¿verdad? Hoy he entrado una hora antes de mi turno solo para pasarte consulta a ti, por lo que agradecería mucho que colaboraras y me devolvieras parte de la amabilidad con la que tanto yo como mi equipo te hemos tratado, ¿queda claro?
No dije nada, no hice nada.
—Tenemos que hacerte un examen físico completo para comprobar que estás en condiciones para que analicemos tu cerebro. Puede que te dé un poco de miedo, pero te aseguro que es un proceso completamente indoloro.
»Lo que vamos a hacer es llevarte a una salita que hay al fondo del pasillo para explorarte. Allí habrá una bata de papel, tendrás que desnudarte y ponértela. Luego Nancy volverá y te hará el reconocimiento. Necesitamos asegurarnos de que estás bien de salud y, en caso contrario, dar con la manera de curarte. Para eso necesitamos saber qué tipo de persona eres… ¿Me entiendes? ¿Entiendes lo que te quiero decir con eso?
Por instinto, miré hacia la pared, como si fuera a encontrar una ventana, pero se me había olvidado que la consulta no tenía ventanas. De repente sentí mucha pesadez, no podía moverme ni aunque quisiera, como si fuera imposible levantarme de la silla.
—Por ejemplo, si prefieres que el reconocimiento te lo haga un hombre y no una mujer, yo no tengo problema en hacértelo. Eso es cosa tuya, pero recuerda que esa parte del proceso será sin ropa, por lo tanto, ¿qué, un hombre o una mujer?
No había pensado demasiado en la ropa que llevaba, no me había planteado de dónde había salido o lo que era. La camisa y los pantalones eran del mismo material grueso, parecía lona, un marrón entre grisáceo y negro, en función de la luz. En la camisa había un bolsillito cuadrado, unos cuantos más en los pantalones y una presilla para sujetar algún tipo de herramienta que yo nunca había tenido.
—Bueno, entonces doy por hecho que te parece bien que la exploración te la haga una mujer, ¿no? Si no me dices nada, solo puedo hacer suposiciones sobre lo que estás pensando…
El doctor Winslow se quedó un rato callado, luego llamaron a la puerta, era Nancy; caminamos los tres por el pasillo hasta llegar a una puerta que había al fondo, con una ventanita, al otro lado se veía una franja de césped y un bosquecillo. En la puerta había una barra roja y un cartel: SALIDA DE EMERGENCIA.
Nancy abrió otra puerta a la izquierda del pasillo y me hizo pasar a una salita donde lo único que había era una camilla para el reconocimiento. En el borde había una bata de papel plegada formando un cuadrado. Entré y me quedé inmóvil, no estaba en aquella habitación. Miré la bata, pero no la veía. Pensé en la salida de emergencia.
La enfermera me dijo que me desnudara por completo —«calcetines, ropa interior, todo»— y que me pusiera la bata, y ella volvería enseguida para hacerme el reconocimiento. Mi cara tuvo que decirle algo que fui incapaz de esconder; me dijo que no había de qué preocuparse, que no me dolería y que serían unos minutitos de nada.
—Volveré cuando acabes —me dijo, antes de cerrar la puerta.
Miré la bata, me miré los zapatos, negros, sin adornos, con suelas gruesas y sin cordones. Pegué la oreja a la puerta, oí alejarse sus pasos, luego nada, luego nada, luego nada. Sin separar la oreja, aún nada. Cogí el pomo e intenté girarlo, pero estaba bloqueado. Pensé en el pasillo, en la salida de emergencia al fondo del pasillo, en los árboles que se veían a lo lejos y me pregunté qué tipo de árboles serían y cuánta sombra darían. Yo sabía cosas sobre los árboles, pero de esto, nada.
Me senté en la camilla junto a la bata aún doblada. Los zapatos en los pies y la ropa aún en este cuerpo. Me tumbé y cerré los ojos y pensé que quizá en algún momento del futuro, cuando la humanidad haya llegado al final de su camino, después de que otro tipo de criatura nos haya sustituido o quizá incluso después de que las siguientes criaturas hayan remplazado a lo que sea que venga antes que ellas, en ese incierto punto del futuro que no era capaz de imaginarme del todo, puede que surgiera en alguna mente una pregunta y esa pregunta sería: «¿Qué era el ser humano? ¿Cómo era el mundo de esa criatura?», aunque sería en un idioma inconcebible, puede que en una lengua sin sonidos, en una que no surgiera de una boca húmeda y contaminada, y si esa pregunta surgiera en esa mente futura, ¿sería posible catalogar y dar sentido a todas nuestras penas, sufrimientos y guerras? ¿A nuestras demarcaciones? ¿A nuestra necesidad de orden? Y entonces me surgió la pregunta. ¿Todos los problemas humanos empezaron en nuestros cuerpos, estas cosas decadentes, más débiles o más fuertes, más claras u oscuras, altas o bajas? ¿Por qué nos daban tantos problemas? ¿Por qué las usábamos para enfrentarnos? ¿Por qué pensábamos que el contenido de un cuerpo significaba algo? ¿Por qué extraíamos conclusiones al mirarnos cuando el cuerpo es tan inconcluyente, tan voluble?
Con aquella camisa, sin desvestirme, sin ponerme la bata, temí convertirme en alguna especie de sacrificio, pero no me ofrecería en ese altar. Fuera lo que fuera lo que yo fuese, sabía que no les pertenecía.
Se abrió la puerta y ahí estaba Nancy, acercándose y alejándose de mí al mismo tiempo.
—Uy, casi me había olvidado de que estabas aquí, bueno, a ver, olvidar tampoco, pero hemos tenido un poco de follón y… estos días es todo un poco caótico.
Negó con la cabeza y frunció el ceño, mirando la carpeta que llevaba en las manos.
—Bueno, bueno, ¿por dónde íbamos?
Pasó los papeles que estaban sujetos con una pinza a la carpeta y levantó la mirada.
—¡Por Dios! Pero si aún estás por desvestir. A ver, ¿cómo te voy a hacer el reconocimiento si sigues con la ropa puesta? Te doy un minuto más, ¿vale? Tampoco tenemos todo el día.
Cerró la puerta y volví a oír los pasos alejarse con rapidez por el pasillo. Me incorporé, intenté otra vez abrir la puerta: cerrada. Un ruidito, algo parecido a un techo con goteras, gotas de agua contra las baldosas, luego silencio, otro sonido, silencio, otro. Pasé las manos por el suelo a ver si había agua, pero lo que me encontré, entre la pata de una silla y la pared, fue un insecto del tamaño de la uña del meñique. Era como un saltamontes, aunque algo más pequeño y marrón. Saltaba cada pocos segundos, pero aterrizaba boca arriba y el caparazón era lo que hacía aquel ruidito.
Lo cogí con cuidado, tenía una de las patitas dobladas. Captó mi atención. No podía pensar en otra cosa.
En cierto momento, Nancy y el doctor Winslow debieron de entrar, pero no me di cuenta hasta que se acercaron mucho, me miraban desde arriba y no paraban de hacerme preguntas.
Cuando levanté la vista, dejaron de hablar y el silencio que se instaló en la consulta fue igual que esos que se crean cuando algo se ha hecho añicos; un silencio inequívoco, fuerte.
—¿Lo ve? —le dijo la enfermera al médico—. Y no tenemos suficiente personal para encargarnos de pacientes que no cooperan.
El doctor Winslow asintió, dio media vuelta y se fue.
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Ya fuera del hospital, me agaché junto a un arbusto, abrí una rendija en la jaulita que había formado con las manos y esperé a que el insecto saltase. Sentí que la sombra de Hilda se proyectaba en mi espalda. El bicho no se movió. Miré a ver si movía los ojitos o las antenas, pero no. Tenía las patas plegadas y pegadas al cuerpo, lo dejé en una zona con tierra bajo el matorral y me levanté con incertidumbre.
Hilda no me dirigió la palabra cuando nos metimos en el coche ni cuando sacó el coche del aparcamiento ni cuando el coche aceleró por el carril de incorporación a la autovía, ni por la autovía, ni por todo el tramo que hicimos por esa carretera. Ni me habló ni encendió la radio. No me miró y yo tampoco la miré. Fijamos la vista en la carretera; por los respiraderos del aire acondicionado nos llegaban ráfagas de aire frío. Me puse a pensar en el insecto, en si estaba muerto, en si puede que lo hubiera asfixiado o si lo había aplastado sin querer.
—Soy una mujer paciente —dijo Hilda al final—. Me enseñaron a ser paciente y soy paciente, y creo que Dios sería paciente, por eso sé qué es lo que debo hacer y de verdad que lo intento, pero se me está acabando la paciencia.
Abrió las palmas de las manos, aún apoyadas en el volante, y luego lo volvió a agarrar, dedo a dedo, se le transparentaban un poco las venas del antebrazo.
—Lo siento, pero… el reconocimiento médico… Igual no te lo dejamos claro o no fui yo lo bastante clara, pero… era importante para nosotros. Steven y yo hemos decidido que necesitamos sacar algo en claro sobre ti para que te quedes en casa. Tenemos dudas, dudas legítimas. Y tu falta de cooperación la verdad es que está poniendo a prueba mi paciencia. No podemos ayudarte si no nos dices nada y si ni siquiera dejas que un médico se asegure de que estás físicamente… bien. Debes entender que no tenemos ninguna obligación de ayudarte, que lo hacemos por bondad. ¿Y quién te piensas que ha pagado la consulta? Pues yo. Las cosas no son gratis. El médico no pasa consulta a cualquiera que lo necesite por amor al arte, como te puedes imaginar. Nos ha tocado pagarlo de nuestro bolsillo y no ha sido barato.
Un poco más adelante, un coche pequeño se había salido de la carretera y había acabado en una zanja. Había una grúa. Un grupito de personas aguardaba apiñado e inmóvil en el arcén mientras alguien enganchaba una cadena a la parte trasera del coche.
—Seguro que piensas que yo nunca he vivido una desgracia, que nosotros no lo hemos pasado mal, que nunca podremos entenderte. ¿Pero acaso no es justo ese el problema? No sabemos nada sobre ti porque no nos cuentas nada, pero solo te lo preguntamos porque queremos ayudarte.
Hilda aminoró la marcha cuando nos acercamos al coche accidentado y a la grúa. Había una mujer sentada en el arcén a los pies de dos hombres. Tenía el pelo apelmazado en un lado, parecía cubierto de sangre. Los hombres, con los brazos cruzados, observaban cómo se tensaba la cadena y empezaba a sacar poco a poco el coche de la zanja. Cuando pasamos por su lado, Hilda bajó la ventanilla y los saludó. Los tres le devolvieron el saludo y sonrieron, incluso la mujer que tenía la cabeza ensangrentada. Volvió a subir la ventanilla y pisó el acelerador.
—Igual piensas que no te vamos a entender, pero de verdad que sí. Sé lo que es pasarlo mal. Sé lo que es sufrir. —Tragó saliva—. Te lo voy a contar y todo.
Pero no dijo nada, seguimos un rato en silencio antes de que volviera a hablar.
—Mi padre, el hombre que has conocido en la sala de espera, estuvo muy enfermo hace unos años, casi se muere. Después de aquello, no quedó muy allá. Una tarde, cogió un cuchillo de cocina y apuñaló a mi madrastra en el ojo. En el ojo, pum, sin venir a cuento de nada. Así que tuvimos que internarlo en Monroe porque en la residencia de ancianos no lo aceptaban. Gracias a Dios que no mató a Paulina, porque nuestra familia…, nuestra reputación…, en fin…, creo que no nos habríamos recuperado de algo así. Me habría afectado a mí, a los chicos, a mi marido. Todos a cargar con esa lacra, puede que nos hubiéramos tenido que ir del pueblo y todo…
»Cuando mi padre se casó con Paulina… Bueno, digamos que era mucho más joven que él y… no acababa de «encajar» con el resto. Siempre estaba nerviosa y tenía un aspecto diferente, ya sabes a lo que me refiero, pelo oscuro, un poco morena… En fin… Nunca conoció a su padre, yo creo que había alguna razón por la que su madre se lo tenía calladito. Ni siquiera se vistió de blanco en la boda, y no es que fueran sus segundas nupcias ni nada por el estilo. No te puedes imaginar lo difícil que fue mi infancia. Incluso en la iglesia, los niños se metían conmigo por eso. Parece que siempre son los niños los que se atreven a decir en voz alta lo que está mal. Y tener que llamar madre alguien que se comportaba como ella… En fin, que no estaba bien. Éramos la única familia de ese tipo en el pueblo, así que tuvimos que esforzarnos el doble para… encajar. Para encajar en la comunidad. En este pueblo, es todo lo que tenemos: encajar bien en la comunidad. Es lo que quiere todo el mundo.
»Por supuesto, la señora Gladstone, Paulina, después del incidente no volvió a ser la misma, claro, criaturita de Dios, la vergüenza que pasa por el ojo de cristal. Apenas sale de casa. Yo intento incluirla, ya sabes, en mi… vida. No quiero que se sienta abandonada, pero nunca sale de casa, nunca; no le da la gana y a mí me cuesta muchísimo poner un pie allí.
»Cuando se despertó en el hospital, pensó que era su marido, mi padre, quien había muerto, estaba segurísima y por mucho que le dijéramos, por mucho que le explicásemos mil veces que estaba vivo y que la había atacado, ella no se lo creyó. Pensaba que había perdido el ojo por su culpa, me decía: “No, mi Charles no haría algo así. Tuvo que ser un extraño, un extraño que entró en casa y luego le echó la culpa a Charlie”. Yo le decía que no, que no había sido un desconocido quien había entrado en casa, el propio Charles admitió haberla apuñalado. Pero ella seguía en sus trece y decía que, si de verdad había sido su marido, algo habría hecho ella para «merecérselo». ¿Te lo puedes creer?
Me acordé de Paulina, de la señora Gladstone, sentada quietecita en su casa, callada y sola. La mente humana se puede malear tan fácilmente y es tan difícil volver a dejarla como antes.
—Fui yo quien se la encontró —dijo Hilda—. Salió tambaleándose al porche delantero, chorreando sangre, y gracias a Dios que pasaba por allí con el coche en aquel momento, si no se habría muerto allí mismo, en el césped, y, entonces ¿qué habríamos hecho? No nos hubiera quedado otra que irnos del pueblo o algo por el estilo…
En la autovía que se extendía ante el parabrisas se veía el sol alzándose y alabeando el aire. Hilda sacó dos chicles, se los metió en la boca y mascó sin dejar de hablar.
—Lo único que quiero decirte con esto es que sé un par de cosas sobre pasarlo mal. Es lo único que te digo. Por eso, igual hay algo de lo que no quieres hablar, pero tienes que hablar. Es la única manera de que las cosas mejoren. La única manera. Al menos podrías ponerte en nuestro lugar, en el de la comunidad.
»No sabemos muy bien lo que hacer, apareces la semana anterior al festival y en medio de toda la confusión que hay ahora en el condado de Limosna. Es un momento especialmente complicado y necesitamos que cooperes. ¿Lo entiendes?
Hilda detuvo el coche y apagó el motor en la entrada que había junto a la casa de Roger, pero no abrió su puerta, así que yo tampoco abrí la mía y nos quedamos ahí un rato. Empezó a hablar un par de veces, pero solo conseguía hilvanar un par de palabras antes de volver a quedarse callada, luego empezaba otra vez. Seguía con la mirada fija en la carretera, así que yo también.
—Roger te va a llevar de visita a casa de un amigo para que pases allí el día, yo tengo que hablar con Steven a ver si te puedes seguir quedando con nosotros. Puede que considere, y puede que yo esté de acuerdo, que esto es demasiado para la familia, para los chicos. Y es… Bueno…
Abrió un poquito la puerta, pero cambió de idea y la cerró otra vez, se volvió hacia mí, sus expresiones más amables, la voz bruñida y aguda.
—Pero quiero que sepas que nuestra familia está encantada de acogerte en casa, encantada, te lo digo muy en serio. No tengo ningún problema «contigo», no, no, y de verdad que quiero lo mejor para ti y tienes que entender que si no podemos permitir que te quedes con nosotros no es por algo personal, es una decisión práctica. Y te lo digo de corazón, estaremos encantados de recibirte en casa en cualquier momento en el futuro, igual que ahora, eso que quede claro. Solo que tengo que hablar con Steven, a ver qué es lo que piensa que es lo más práctico. Después de lo de hoy y de todo lo que ha pasado… Tengo que ver lo que opina mi marido.
Asintió a su difuso reflejo en el parabrisas.
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—A la gente de por aquí no le gusta la gente de fuera, ya ves. Aunque puede que ya te hayas dado cuenta.
Tammy se estaba fumando un cigarrillo finito, tiraba la ceniza en una lata de refresco vacía. La casa era de madera, vieja, todos los tablones estaban combados y astillados, la pintura azul claro se estaba desconchando. A pesar del abandono actual, saltaba a la vista que habían cuidado de aquel lugar, aunque quizá de otro modo. Roger me había dejado allí hacía una hora, solo me dijo que volvería más tarde.
—Sí —dijo, dándole una buena calada al cigarrillo—, seguro que ya te has dado cuenta.
Estábamos en las sillas del porche, escuchando. Más o menos cada media hora pasaba un tren rugiendo por las vías que había detrás de la casa; de repente se levantaba un muro de sonido metálico, enorme, luego se desmoronaba y al final desaparecía. Me fijé en que los cigarrillos se le volatilizaban en el aliento, aunque la mayor parte del tiempo me limité a mirar el jardín, colonizado por enredaderas enmarañadas y hojas muertas. También rondaban por ahí algunos gatos, al acecho, intentando matar todo lo que pillasen.
—¿Sabes qué? Nunca pensé que sería una de esas mujeres que se pasan la tarde esperando a que el marido vuelva del trabajo, pero igual tienen razón con eso de que te acabas convirtiendo en tu madre; aunque no te des cuenta, no tienes elección.
Sonrió tras decir eso, negó con la cabeza y tiró la colilla en la lata. Silbó al rozar los restos de refresco.
—Bendita sea. Qué mala pécora. No debería hablar mal de una muerta, ya lo sé, pero… bueno, una madre tampoco debería hablar mal de su propia hija. Supongo que…, supongo que yo también la decepcioné bastante y que no vivió lo suficiente para liberarse de toda esta decepción.
Un gato atigrado subió por los escaloncitos del porche con un animal muerto balanceándose entre los dientes, pero la mujer lo fulminó con la mirada y el gatito se quedó congelado con la pata en el aire, se retiró despacio y luego se dio la vuelta y echó a correr a toda prisa hacia los matorrales del jardín.
—¿Tienes familia o solo gente que pensaba que tenía que ser dueña de alguien?
—Nada —dije. La palabra me pilló por sorpresa, me salió abrupta y suave.
—Vaya. ¿Tus padres murieron?
Estuve un rato sin decir nada, mirando al suelo de madera, sentí que un recuerdo se cernía dentro de mí, en algún rincón, como alguien que no sabe si llamar o no al timbre y se queda delante de la puerta sin hacer nada.
—No me acuerdo.
—Bueno. La familia está sobrevalorada. Tienes suerte si naciste en una donde encajabas bien. Es mucho menos frecuente de lo que la gente se atreve a reconocer. Mira, yo me escapé a la ciudad cuando tenía… ¡por Dios! ¿Diecisiete años? Bueno, ya sabemos cómo acaba la historia, ¿no?
Tragó saliva fuerte y se encendió otro cigarrillo.
—La cosa es que encontré un sitio para dormir un par de semanas, por ahí, en un barrio que ni siquiera sabría decirte ahora dónde está; se me había ido la cabeza. Pero era un barrio letón, así que encontré un trabajillo barriendo pelo en la peluquería de una señora letona bastante mayor. Ni siquiera me acuerdo de su nombre, mira tú cómo estoy de boba. Quiero decir, creo que nunca había oído hablar de Letonia, pero por aquella época yo era muy tonta. Lo sigo siendo. Pero aquella mujer fue tan amable conmigo, era tan divertida, yo era una chiquilla, feúcha, sin dinero, sin amigos y no había visto nada ni había hecho nada en la vida. Aquella mujer había tenido una existencia tan diferente… Se había marchado de su país, había dejado atrás a todas las personas que conocía, había empezado de cero. Pero, en aquel momento, sentí que tenía más en común con ella que con cualquiera de por aquí, más incluso que con mi familia. Fue una sensación inmediata. No sabría explicarte por qué. No sé por qué alguien se puede sentir tan fuera de lugar, incluso desde el principio, te digo que incluso de niña sentía que yo había nacido aquí por algún tipo de equivocación. Supongo que mi madre, toda mi familia en realidad, sentía lo mismo, que yo había sido algún tipo de error. ¿Y dónde estoy ahora? A unos quince kilómetros de donde nací, todo el día en casa trajinando, dando cabezaditas, fumando mucho e intentando no comerme todo lo que hay en la nevera.
Apagó el cigarrillo y se quedó callada y quieta un rato.
—Tampoco es que quiera yo ponerme tremendista. Sé que a la gente no le gusta. Solo que a veces es muy difícil pensar en tu vida, en todos los años que han pasado y que no puedes recuperar, pensar en qué se ha convertido.
Durante un rato, esperamos a que se esfumara esa última frase y cuando parecía que se había alejado lo suficiente, Tammy se levantó y empezó a pasear por el porche.
—No le voy a contar a nadie —dijo, mirándome de reojo— que has hablado. Es lo que quiere todo el mundo, ¿verdad? ¿A eso están esperando? Hay gente que se piensa que lo tuyo es por mudez, claro, que tienes una enfermedad y que no se puede hacer nada y, en verdad, no hace falta que los saques de su error. Ni Hal ni yo te vamos a delatar. Para el caso, como si nos fueran a creer. —Se apoyó en la barandilla del porche, quizá buscaba al gato, luego se volvió otra vez hacia mí—. Mira, este sitio no es tan terrible, pero tampoco es tan maravilloso.
Se agachó para encender una pequeña radio que había en el suelo. Alguien cantaba al piano y Tammy se animó también, bajito, con un poco de vergüenza. Se acercó un coche rojo y aparcó en la única parte del jardín donde habían podado las enredaderas y habían arrancado las raíces. Un hombre larguirucho salió del coche y subió por los escalones del porche sonriéndole a Tammy. Llevaba una camisa verde con el nombre de HAL bordado en un parche encima del corazón. Cuando Tammy lo abrazó, parecía el doble de alta que él, se tuvo que encorvar para darle un beso en la coronilla calva. Se tocaron de manera tan natural, tan fácil, como si cada uno tuviera una suerte de veleta apuntando hacia el otro.
—Yo soy Hal. —Sonrió y me saludó moviendo la mano con fuerza.
Se sentó en el viejo sofá donde antes estaba Tammy, que se había metido dentro de la casa, pero enseguida salió con un cuenco de patatas fritas y una bebida de color rojo oscuro para él, con el hielo cantando dentro del vaso. Yo me quedé mirando fijamente unas plumas grandes y de colores vivos que colgaban del techo del porche, daban vueltas por la corriente que generaba el ventilador.
—¿Alguna vez has visto un pavo real? —preguntó Hal.
—Ya estamos otra vez. —Tammy se encendió un cigarrillo y se fue a la otra punta del porche.
Vagamente, percibí un recuerdo: me despertaba en un prado, en un lugar indeterminado, y veía dos pájaros muy grandes —pavos reales—, que me miraban desde la otra punta del prado. Uno de ellos desplegó su gran cola de plumas y el otro hizo lo mismo. Con el cuello bien tieso, estuvieron un rato moviéndose con gestos nerviosos, con el vaivén en las plumas. Era como si cada una se me quedara mirando un momento, me observaban a través del silencio y del calor, luego plegaron la cola como un abanico y las aves se fueron arrastrando toda su elegancia por la hierba, corriendo por su vida.
—Mira que son bonitos —dijo Hal—. A Tammy siempre le han gustado, así que ahorré un poquito para tener algunos por aquí. Llegaron por correo, en una caja de madera que nos mandaron enseguida. Eran tan bonitos. Me parecían increíbles: eran de un azul muy vivo, casi morado según cómo les diera la luz. Eran preciosos. La cosa es que los instalamos en el viejo gallinero, que llevaba vacío desde que construimos el nuevo, pero, a la mañana siguiente, vimos que algún animal se había colado allí dentro y se había comido dos, toda la hierba estaba cubierta de sangre y de plumas azules, y Tammy, que mira que es dulce, estuvo un buen rato recogiéndolas todas, llorando y recogiendo las plumas.
—Las quiero usar para hacer algo —dijo Tammy—. En su memoria. Todavía no sé muy bien el qué, pero eran tan bonitas que daba mucha pena tirarlas, dejar que se pudrieran en el suelo así como así.
—Bueno, en todo caso trasladamos al nuevo gallinero a los pavos reales que sobrevivieron mientras intentábamos arreglar el viejo —dijo Hal—. Supuse que habría sido un perro callejero o algo por el estilo. Así que me imaginé que los pavos reales que quedaban estarían bien con las gallinas una temporadita.
—Odio esta parte —dijo Tammy en voz baja, paseando por el lado más largo del porche—. Tendríamos que haberlo visto venir.
—Pero si son todo pájaros —dijo Hal—, así que no pensé que fuera a suponer un problema. Parecía que todo iba bien, las gallinas se arremolinaron en un rincón, amontonadas, como si fueran perros, como si tuvieran miedo de los pavos reales, la verdad; pero, en cuanto me despisté, la gallina más grande fichó al pavo real más pequeño y picoteó al pobre animal hasta que casi lo mató. No sé qué le dio a la gallina, sigo sin hacerme una idea, aunque se me pasó por la cabeza que igual era alguna especie de espíritu maligno, la verdad, nunca había visto a una gallina tan fuera de sí, no paraba de hacer esos ruiditos, esos gorjeos tan raros, corría que se las pelaba, tan rápido que no conseguí atraparla para cortarle el pescuezo, la muy bicha. Tuvo que ser con la escopeta. Imagínatelo: dispararle a una gallina. La bala la destrozó. Totalmente echada a perder.
—Bueno, tampoco es que fuera a hacer caldo con ella —dijo Tammy—, aunque le hubieras cortado el cuello como de normal, no pensaba comérmela.
—Sí, sí, parecía que estuviera poseída o algo, es lo que estaba diciendo. No era… Bueno, no sé… No sé ni lo que era ni lo que no era. La verdad es que no. No lo tengo nada claro.
—Le dije que la enterrara al otro lado de las vías —dijo Tammy—. No quería tenerla cerca, ni hablar.
Le dio una calada al cigarrillo y miró hacia el jardín, a lo lejos. ¿Adónde se va la gente cuando se les apodera ese tipo de mirada?
—Así que, después de enterrarla, metí a los tres pavos reales que quedaban en una jaula en una parte vallada del jardín para que no pudiera entrar «nada»; ni nuestros animales, ni el perro de nadie, ni animales salvajes, nada. ¿Y sabes qué pasó? De repente vino una tormenta, rayos, truenos, de todo, hasta granizo, dos de los pavos reales se ahogaron y el último se quedó temblando bajo los otros dos, muertos; este último aguantó una semana más hasta que alguien lo robó o quizá se escapó.
—Yo apostaría a que se escapó. Esto era un infierno para esos pájaros — dijo Tammy—, cada vez que lo pienso, me siento fatal, todos los días.
—No lo hiciste con mala intención.
—He querido tener pavos reales toda mi vida, desde que era pequeñita. —Tenía los ojos empañados. Se encendió otro cigarrillo mientras hablaba —. Y, al final, cuando por fin los tengo, voy y meto la pata hasta el fondo.
—Lo que no ha de ser no ha de ser. No lo hiciste con ninguna mala intención, Tams.
—¡Pero lo hice!
—No lo hiciste.
—Indirectamente sí.
—No sé yo qué decirte…
—Aunque fuera de manera indirecta, el mal es el mismo. El mismo. Puede que incluso fuera peor. Debería haberme informado de en qué condiciones han de vivir. Y no lo hice, no lo hice…
Se tapó la cara con una mano muerta y negó con la cabeza.
—Ay, Tammy, tú qué ibas a saber. Venga, mujer, que no he sacado el tema para que te pongas así. Han pasado muchos años, se me ha ocurrido contarlo y ya está. Hay cosas que no se pueden saber hasta que ya es demasiado tarde.
Pasó un tren, me pareció más ruidoso y más largo que los demás. Cuando se alejó, reparé en un grillo en uno de los rincones del porche, hacía cricrí. Yo quería decirles algo a Tammy y a Hal, quería decirles lo que estaba pensando, lo que sentía, pero todas las palabras estaban fuera de mi alcance. Las palabras no eran mías, no me correspondía utilizarlas. Deseé ser capaz de hacer un ruido como un insecto. Pensé que ojalá todo el mundo supiera hablar así, con una sola palabra, sin lenguaje.
—Al cabo de un tiempo —dijo Hal—, parece como si el tren estuviera siempre pasando, ¿verdad? Como si siempre estuviera ahí, aunque hay veces que sí que lo oyes. ¿No te parece? Es como si la casa temblara todo el rato.
Tammy le sonrió y se sentó en los escalones del porche, mirando al jardín lleno de malas hierbas y de gatos. Estuvimos un rato en silencio. La luz del día empezaba a abandonarnos. Pasó otro tren.
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—¿Te apetece pasar? —me preguntó Tammy desde la puerta.
Las polillas se arremolinaban alrededor de la lámpara del porche. Una televisión hablaba desde algún punto del interior de la casa.
—Aquí se está bien, se está fresquito y te puedes tomar una Coca-Cola.
Seguía hablándome desde la boca que hay entre la casa y el porche, desde ninguna parte. Solo entonces me di cuenta de que me había quedado allí fuera a oscuras, sin nadie, aunque había perdido la noción del tiempo que había pasado; tampoco me acordaba de cuándo habían entrado en casa Hal y Tammy. Cuando la miré, pasó otro tren, un ruido enorme, y en ese momento, de repente, tuve claro que Tammy tenía la capacidad de aguantar muchísimo dolor antes de decírselo a nadie.
—Vale, no pasa nada, tampoco te voy a obligar —dijo en voz baja—, nadie puede obligarte a nada.
La ventana que tenía detrás proyectaba un cuadrado de luz amarilla a mis pies. A veces lo deformaban sombras, otras se mantenía fijo, cuadrado. La voz de la televisión; los infinitos ruidos de insectos; el siseo de una bombilla. Un coche aparcó a cierta distancia de la casa. El sonido de unos pies desplazándose sobre piedras sueltas. Roger y Nelson emergieron de la oscuridad y subieron por las escaleras del porche.
—Qué bien, ¿eh? —dijo Roger mientras Nelson se metía directo en la casa sin decir ni hola—. Bueno, parece que alguien tiene mucha prisa.
Una mecedora crujió bajo el peso de Roger al sentarse.
—¿Te lo has pasado bien con Tammy?
Asentí. Roger se meció, estaba medio a oscuras, medio iluminado, las suelas golpearon el suelo arrítmicamente durante un rato.
—Bueno, me han contado cómo ha ido la visita con el doctor Winslow, así que me imagino que, ahora mismo, no me tendrás mucho cariño por haberte pedido la cita…
Tenía los dedos entrelazados sobre el regazo. Dentro de la casa se oía a Tammy preguntándole cosas a Nelson, que respondía con monosílabos.
—Normalmente no me gusta entrar en terreno personal —dijo Roger—, no me gusta proyectarme en los demás, pero me cuesta mucho no… ver algo de mí reflejado en tu… presencia. Seguro que no te pilla por sorpresa, pero supongo que te habrás dado cuenta de que soy un poco diferente a la gente de por aquí. Es decir, no soy como Steven ni tampoco como Hal. Tampoco es que sea un secreto. No sé lo que dirán de mí por ahí. Igual hablan bien de mí, aunque puede que no. Pero nadie me trata mal. Me dejan en paz. Me dejan hacer mi trabajo y yo con eso tengo bastante. La gente es muy de hablar, claro, seguro que cotillean, no lo sé, pero, si lo hacen, siempre de puertas para adentro. Siempre. Son gente educada en ese sentido.
Las polillas aleteaban alrededor de la lámpara del porche, las mirábamos. Un par de veces Roger se incorporó un poco hacia mí, pero no dejaba de mirar al techo, a la luz, a otra parte.
—Con esto no quiero decir que seas como yo, pero, si no hablas porque te da miedo, por sentirte muy diferente al resto, creo que deberías dejar de preocuparte por eso. Aquí las cosas seguro que no son tan malas como igual te imaginas.
Soltó una risita, muy breve, y, cuando lo miré, vi esa parte de Roger que nunca se movía. Demasiada luz te ciega y demasiada agua te ahoga. Es peligroso aceptar verdades de otra persona, saber algo de ella. Hay que ir con cuidado con las voces que escuchamos, con las caras que nos permitimos ver.
Roger se puso en pie rápidamente, paseó por el porche mientras su tono de voz se volvía liviano, edificante; la presión del momento se fue como un abrigo que te quitas al entrar en casa.
—Tammy y Hal son muy progres, ya has visto. Por eso he pensado que te gustaría hacerles una visita. La gente pensaba que a lo mejor te podías identificar con ella porque es…, bueno, Tammy es Tammy. Hace mucho tiempo tuvieron una criatura, adoptada, claro, porque…, en fin, una historia muy triste, y desde entonces tienen perros y gallinas, creo que antes también tenían pavos reales, o igual me lo estoy inventando. Todo el mundo ha pensado que sería bueno que Nelson y tú os volvierais a ver. Así que, después de cenar, te llevaré de vuelta a casa de Hilda y Steven, ese es el plan. Te quedas con ellos otra vez… Se ha decidido que así será mejor. Minimizar los cambios. Esa es la idea.
Tammy salió al porche y se encendió otro cigarrillo. Llevaba un delantal y el pelo recogido en una badana azul.
—Roger, hay algo que… —Pero paró a media frase, miró hacia la ventana y se acercó más a él. Bajó la voz—: ¿Hay algo que Nelson no coma? He intentado que me lo diga él, pero no me dice nada y he pensado que igual hay normas sobre lo que pueden comer, ¿no? Como con el kosher, no sé, ¿cómo se llama eso?
—Ah, bueno, tranquila, creo que come lo que le echen. Lleva un tiempo ya por aquí y tampoco me han dicho nada cuando he ido a recogerlo.
Tammy asintió, se incorporó y le dio una calada larga al cigarrillo, que se consumió bastante.
—Ah —dijo—. Pues mira, mejor, porque tenemos pollo frito y costillas de cerdo, no se me había pasado por la cabeza que igual no comía de eso hasta que ha llegado, entonces me he quedado mirándolo y he pensado, ay, no, se me ha olvidado preguntar por el… chaval.
Cuando entramos, Hal y Nelson estaban viendo la televisión; el chico, bien agarrado a los brazos blandos del butacón; Hal, fumando en pipa. En la tele estaban entrevistando a una adolescente, se le desencajaba la cara con tanta lágrima, se recomponía, hablaba y se volvía a desmoronar. Un rótulo en la parte inferior: EL CONDADO DE LIMOSNA EN CRISIS.
—Mejor si apagamos eso ahora —gritó Tammy mientras pasaba por allí de camino a la cocina—, ¿no creéis?
—Sí, mejor. —Hal dudó un segundo, luego se levantó y apuntó con el mando a la tele. Se instaló en la salita un silencio pesado.
—Pon un vinilo, ¿no te parece que deberíamos poner un vinilo? — preguntó Tammy desde la cocina.
Hal no respondió, deambuló por la habitación, se puso la pipa entre los dientes para tener las manos libres y sacó un disco de la funda.
—Sé que no debería fumar —dijo con la mandíbula fija—, y sobre todo antes de cenar y demás, pero, mira. —Se quitó la pipa de la boca y puso la aguja en el vinilo—. Últimamente es todo tan raro —dijo, una mujer empezó a cantar—, que no hay manera de quitarme el fumeteo, parezco una chimenea, joder.
Roger dijo algo, paró a mitad de frase, la retomó y lo dejó estar otra vez.
—No sé, pero no… Solo es que… No…, no… Es igual.
—En esta época… no paro de pensar en la maldad.
—Sí, exacto —dijo Roger.
—Bueno, en todo caso, estábamos los dos a punto de dejar de fumar, ¿te acuerdas? La semana pasada dijimos que esta sería la última y que luego lo dejábamos, pero ahora… No sé, no puedo. O no he podido. O no quiero. Parece que no hago una a derechas estos días.
Roger asintió, se miró las manos, sobre el regazo. Nelson paseaba la mirada por la habitación, saltaba de un rincón a otro.
—Y en esta época del año, con el sábado a la vuelta de la esquina… Bueno, ya sabéis a lo que me refiero, no paro de pensar en que me alegro de que todo eso esté pasando en Limosna y no aquí. ¿Es de mala persona — Hal levantó la vista hacia el ventilador del techo, pipa en mano, y amusgó los ojos— alegrarse porque otra persona sufre y no te toca a ti?
Suavemente, me agarré el reverso de la mano, ese lugar olvidado donde crecen los nudillos. Tammy nos llamó al comedor y nos indicó dónde sentarnos. Hal bendijo la mesa y cenamos en silencio hasta que Tammy dijo:
—¡Ay! ¿No os parece bonito? Que os hayáis conocido y os llevéis tan bien… Me pongo contenta de veros. Me parece estupendo.
—Genial —dijo Nelson—, yuju.
Pasó un tren atronador y Tammy atrapó una araña con un vaso y un periódico, salió al jardín a liberarla.
—Siempre le da por ahí —dijo Hal, el tren aullaba ya a lo lejos—. Así saca los bichos de casa. —Negó con la cabeza—. Siempre le digo que así van a volver a entrar, pero ella erre que erre.
Después de cenar, a Nelson y a mí nos dieron dos cuencos de helado y una baraja, nos dijeron que saliéramos a la parte de atrás a entretenernos. En cuanto cerraron la puerta trasera, Nelson sacó una petaquita metálica del bolsillo, le dio un trago, le echó un chorrito al helado y me la pasó.
El metal era piel caliente —podría haber gritado—, pero me limité a imitarlo, le di un buen trago y regué el helado, igual que él. Las últimas gotitas, de un marrón claro, cayeron en el cuenco como agua oxidada en una palangana.
—¿Sabes de dónde saco el whisky?
Negué con la cabeza.
—Me lo da Butch. Me tiene bien abastecido. No dejo de pensar que es porque el hombre se siente mal por que tengamos que aguantar a Kitty. Ella quiere que la llame «mamá», pero ni hablar. «Mi madre ha muerto», le solté una vez y se echó a llorar, Butch le dijo que parase y yo algo sobre que ni siquiera llegó a conocer a mi madre y por qué leches lloraba por alguien que no conocía, pero al oír eso aún se puso peor, se puso como loca, se me acercó a la cara, muy agresiva, así que Butch hizo que se fuera arriba y empezó a darme de esto, sea lo que sea, burbon, creo. Bueno, la cosa es que esta tarde me dice Kitty que iba a ver a mi nueva amistad del alma y yo: «¿Quién?». Y me dice: «Pues Altar, ¿quién va a ser?». Y, a ver, sin ofender ni nada, pero tampoco diría yo que tenemos una amistad. La cosa es que yo ni te conozco. Ni tú a mí tampoco. Así que se lo digo: «Pero ¿cómo va a ser Altar? ¡Si no nos conocemos!». Y me suelta un rollo tipo: «Tenemos que darle una calurosa bienvenida, seguro que tenéis muchas cosas en común». Y le digo yo: «¿Por qué, porque tenemos la piel morena?». Yo creo que a ella le parecemos iguales. ¿ Y sabes qué? Va y se pone a reír la muy cabrona. Ni me responde ni nada. Risitas. Pero ahora que te veo… No sé… El otro día me pareció que tenías la piel más oscura. Es raro… Bueno, da igual, quiero decir, que a mí me da igual. Me importa una mierda.
Repartió las cartas, un mazo en medio, otro para mí, otro para él.
—Quiero decir, mola, estoy a gusto, pero me da un poco igual si nos vemos o no, no creo que tengamos nada en común, la verdad. Aparte de que no somos de por aquí.
Nelson bajó un rey. Dos cabezas. Cuatro manos. Un rey.
—Total, estoy haciendo el tonto, no sé jugar a las cartas. Me imagino que tú tampoco, ¿verdad?
Negué con la cabeza.
—Figuras.
Seguimos poniendo cartas sobre otras cartas, por parejas y solas. Robábamos, nos descartábamos, ordenábamos la mesa, la desordenábamos, barajábamos. Así pasamos una hora. Nelson sacó otra petaca de la bota. Nos la bebimos, entera. Me fui ablandando con el avance de la noche.
Nos dimos cuenta de que nos habíamos inventado un juego por accidente, sin verbalizar las reglas. Por turnos, ganamos y perdimos. Nos tiramos un rato así. Cuando pasaba un tren, tapábamos la mesa para protegerla de la ventolera. En cierto modo, tanto él como yo sabíamos lo que significaba todo aquello, lo que significaba el juego, para qué era.
—La otra noche tuve un sueño —dijo Nelson—. ¿Te lo cuento?
Recogió las cartas, barajó y volvió a repartir sin mirarme, luego paró y volvió a mirarme.
—Te lo pregunto porque hay gente que piensa que los sueños de los demás son aburridos. ¿Tú que piensas? ¿Te parecen aburridos?
—No.
—A mí tampoco, vamos, no si son buenos. En fin, que tuve un sueño, no uno de esos en los que estás tú dentro, sino de los que observas lo que les pasa a otros. Era una especie de reunión, llena de científicos y filósofos dando discursos, supongo que es lo que me imagino que será la universidad. Todo lleno de expertos y tal. Aparece una mujer que ha decidido cambiar su cuerpo por el de un caballo. En plan…, ha decidido que solo será feliz en el cuerpo de un caballo. Y se ha pasado toda la vida inventándose medicamentos y operaciones para convertirse en un animal, poco a poco se ha ido transformando en un caballo y en esa conferencia… puede que sea la primera vez que se presenta como tal. Pero parte de las operaciones implicaban que primero tenía que pasar por la fase de potrillo, tiene la piel casi translúcida, ¿alguna vez has visto a un potrillo recién nacido?
Negué con la cabeza.
—Bueno, pues la mujer parecía uno, prematuro incluso, aún no anda, así que alguien la lleva en una carretilla, tampoco habla, pero se ha inventado una máquina que convierte sus pensamientos en palabras, así puede dar la conferencia sobre el proceso de transformación al que se ha sometido. Dice que, más adelante, quizá se transforme en otro animal, luego en otro, y así podrá vivir una vida cada vez más larga, porque la señora tendrá ya sesenta o setenta años, no sé por qué lo sé, pero lo sé. En plan, supervieja. Y en el sueño también me medio entero de que hubo polémica, había gente que pensaba que no estaba bien lo que se había hecho, pero los asistentes a la charla la seguían tan atentos a través del altavoz ese… de la carretilla.
Nelson bajó un diez de tréboles y, no sé por qué, dejó de hablar y seguimos apilando las cartas, robando y bajándolas a la mesa.
—La verdad es que no me lo quito de la cabeza, aunque tampoco es para tanto. Es un sueño raro, no tiene más historia. No paro de pensar en esa señora y en que… tiene toda la razón y todos los demás se equivocan. No sé por qué te he sacado este tema, igual de jugar a las cartas me ha venido el recuerdo. Roger me explicó que cuando sueñas algo siempre tiene que ver contigo y solo contigo, todos los personajes de un sueño son partes de ti hablando entre ellas. Pero… no sé. Pa’l caso, me da igual.
Nos quedamos en silencio un minuto, Nelson ganó una ronda de nuestro juego inventado.
—Me pareció divertido —dijo—. O una chorrada. Lo soñé hace un mes, mucho antes de que aparecieses por aquí, que lo sepas. No va de ti, vamos. Me da igual lo que seas. A mí me da absolutamente igual.
Nos fuimos de casa de Tammy y Hal con el coche de Roger, pasamos por serpenteantes carreteras oscuras y campos yermos; ahí estaba la luna, la misma de siempre, escondida tras un fino manto de nubes. Nelson bajó del coche sin despedirse, se metió en la gigantesca casa donde vivía con pasitos cortos y lentos. Me quedé mirándolo sin saber cuándo volvería a verlo. Roger le gritó algo, algo tipo gracias o en tono de preocupación, el chico levantó los brazos, una despedida, un adiós.
Cuando llegamos a casa de Hilda y Steven, Roger se volvió hacia mí con una palabra dudando en la boca. Hizo ademán de ponerme la mano en el hombro, pero la dejó en el borde del asiento del pasajero y me dijo:
—Creo que… Creo que todo irá bien.
Steven estaba en el porche, bebiendo de una lata plateada. Cuando empecé a subir por las escaleras, se puso de pie y abrió la puerta delantera y gritó hacia dentro de la casa:
—¡Hilda!
Me quedé inmóvil en las escaleras del porche. Durante un instante, nada. Luego se oyeron pasos que salían de algún rincón de la casa.
—Métete dentro un minuto —me dijo Steven—. Hilda y yo tenemos que hablar un momento, luego nos gustaría hablar contigo antes de que te vayas a dormir. Hay bebidas frías en la nevera.
Bebí agua tibia del grifo de la cocina, luego fui a la salita donde tenían al loro. Estaba en un lado de la jaula, con las plumas en punta de la misma manera que se levanta el vello en un cuerpo helado. Me senté en la butaca que había al lado de la jaula y estuve un rato mirando por la ventana, fijándome en todas las plantas en medio de la oscuridad.
«El Señor está contigo», dijo el loro. «El Señor está contigo. Contigo. Contigo. Que te jodan. Que te jodan. El Señor».
Oí una risilla que venía desde la otra punta de la salita.
—¿Qué has hecho para que se cabree? —preguntó Jack.
Reparé en una risita de dientes blancos en el cuarto oscuras.
«Que te jodan», dijo el pájaro. «Que te jodan. Que te jodan. El Señor está contigo. El Señor».
Jack siguió riéndose, se levantó y se acercó a la jaula, la abrió y sacó al loro, se lo puso en el hombro y me miró de arriba abajo. Estaba a punto de decirme algo, pero se abrió la puerta delantera y Steven le gritó:
—Jack, a la cama. ¿Cuántas veces te lo tengo que…?
—Te has olvidado de darle de comer a Minichuck, así que le estaba dando de comer yo. Papá, tiene hambre…
Steven vino hacia la salita hecho una fiera, le arrancó el loro del hombro a su hijo y lo metió de nuevo en la jaula. El pájaro aleteaba tras los barrotes mientras decía:
«Bien, ¿cómo estás? Bien, ¿cómo estás?».
—Si no estás dormido dentro de cinco minutos —dijo Steven—, te vas a enterar de lo que es bueno.
Jack se fue a su cuarto, ya sin reírse; desapareció por el pasillo y dio un portazo.
—A Hilda y a mí nos gustaría hablar contigo en el porche un momento.
Steven tiró un puñado de alpiste dentro de la jaula.
Desde el porche vi que las polillas se arremolinaban alrededor de una farola que había al otro lado de la calle. Otras se dedicaban a volar en vano contra las mosquiteras que nos separaban a Steven, a Hilda y a mí de ellas.
—Cuando te dijimos que podías quedarte con nosotros todo el tiempo que quisieras, te lo decíamos de verdad y lo mantenemos —empezó Steven. Hilda asintió.
—De verdad.
—Aunque todavía no sabemos muy bien cómo hacer que participes en el festival. ¿Te acuerdas de que te lo comentamos?
Asentí, pero seguía pensando en el sueño de Nelson y preguntándome por qué todo el mundo creía que el cuerpo humano tenía que ser de una manera en particular o por qué le daban tanta importancia. ¿Es posible que una mente, su historia, recuerdos e ideas vivan dentro del cuerpo de un caballo? Y, si lo es, ¿eso convertiría a la persona en cuestión en un caballo? ¿Cuál era la diferencia entre una vida y otra?
—Bueno, Steven y yo hemos estado hablando con algunas personas para ver si deberías venir o no… o incluso dejar que participes. Ya sabes que es una celebración que organizamos solo para la comunidad y nos preocupa que no tenga mucho sentido o que incluso fuera… Bueno…
—La cosa es que los niños van aprendiendo todo lo relacionado con el festival a lo largo de unos cuantos años —dijo Steven—, se lo vamos explicando poco a poco.
—Exacto —dijo Hilda a media voz, casi para sí misma—. Y no estamos del todo seguros de lo que podría pasar si tú…, bueno, si tú no tienes esa preparación previa.
—Yo creo que tendrá sentido en cuanto estés allí —dijo Steven—, o al menos cuando todo haya terminado. Todavía no está decidido cuánto hay que explicarte de antemano. Puede que suene… Bueno… Puede sonar algo extraño, más de lo que es en realidad.
—En verdad es todo muy normal —dijo Hilda—, y útil.
—Sí.
—Pero aún queda hasta el sábado y, como ya te hemos dicho, no tienes nada de qué preocuparte.
—Solo queríamos prepararte —dijo Steven.
—Mañana habrá un piscolabis en casa de Kitty y Butch, ya sabes, la familia de Nelson, pero como es un día de clase normal, los niños no estarán, aunque hay mucha gente que se muere de ganas de conocerte…
—Sí. Nuestra comunidad está deseosa de encontrar la manera de ayudarte a seguir adelante con tu vida, tanto si eso implica que te integres aquí como si es en otra zona que pueda ser más apropiada y cómoda para ti.
—Así que un grupito de la iglesia hemos organizado un piscolabis para debatir las ideas que han ido surgiendo —dijo Hilda—. De verdad que será una cosa muy de andar por casa, nada formal. Hemos pensado que lo correcto es que todo el mundo esté de acuerdo, poner las propuestas en común y ese tipo de cosas.
—Y no te preocupes, no nos olvidamos de que te hemos prometido que puedes quedarte con nosotros todo el tiempo que quieras, te lo decimos completamente en serio, aunque también puede darse la situación de que no «haga falta» que te quedes aquí y, en ese caso, te desearemos lo mejor, vayas donde vayas.
—Sí…, sí. —Hilda asintió con un gesto diminuto y silencioso, de acuerdo con Steven.
—Y si te vas a vivir a otra parte, queremos que entiendas que no es porque no queramos que vivas aquí. Lo importante es priorizar lo que sea mejor para ti. Lo que se decida que es mejor para ti.
Hilda tenía la mirada clavada en el suelo, como si le pasara algo extraño.
—Bien —dijo Steven—, ya es hora de que nos vayamos todos a la cama.
Volvimos dentro y, cuando llegué al rellano del desván, oí que Steven empezaba a decirme algo, así que me volví hacia él.
—Ojalá nos dijeras algo, no pedimos más. Ojalá hablaras. Nos encantaría.
Oí que cerraba con pestillo casi sin hacer ruido.
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