Altar
Viernes
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Me desperté con hambre; escuché al viento lamentarse entre los árboles que había al otro lado de las ventanas. Salí de la cama, pegué la oreja contra el suelo y no oí nada. Mi tripa se quejó y sonó como si fuera una canción.
Hilda gritó algo desde el otro lado de la puerta que daba a las escaleras del desván:
—¿Altar?
El sonido del pestillo.
—¿Te has levantado ya?
Me acerqué al rellano. Hilda llevaba un albornoz blanco y el pelo envuelto en una toalla.
—Había olvidado que estabas aquí, como apenas haces ruido. Baja a comerte unas gachas cuando acabes de vestirte.
Comí de pie dándole la espalda y escuchando al loro cantar las mismas cinco notas una y otra vez en la salita; al cabo de un rato, bajé la vista y vi que el cuenco estaba vacío. Lo dejé en el fregadero. El pájaro seguía cantando, cantaba como si estuviera ensayando para algo, como si algún día esa canción fuera a ser necesaria.
—El doctor Corbin llegará dentro de un par de horas. Según me han dicho, primero te va a llevar a comer, luego una siestecita y después a una especie de reunión o evento que hay en su barrio. Ahora, si me disculpas, tengo que ir a arreglarme el pelo.
En el salón, Steven estaba sentado en una butaca, parapetado detrás de un periódico que le tapaba la cabeza y el pecho.
Yo me senté en una silla junto a la ventana y miré los tupidos matorrales del jardín. Un escarabajo trepaba por unas hojas, intentaba abrirse paso, intentaba ir a alguna parte. Así pasé la mañana, con los crujidos del periódico de Steven al volver la página y con los escarabajos encaramándose a las hojas.
El doctor Corbin llegó en una camioneta color beis con asiento corrido en la parte delantera. Llevaba un traje liso de color gris. Encorvaba los hombros y tenía el pecho hundido, como si estuviera perpetuamente asomándose por el borde de algo. Me dio la sensación de que se acababa de dar cuenta de que nunca iba a recuperar algo muy querido que había perdido. Emanaba una intimidad complicada, su propio viento lento.
No sé por qué a veces veo todas esas cosas en la gente, no sé por qué veo todas esas cosas silenciosas y, aunque me haya resultado útil, creo que, a veces, ser capaz de ver a través de las máscaras que intentan proteger los deseos y necesidades no satisfechas de una persona me resulta más bien una especie de aflicción. La gente se pone esas máscaras por algo, igual que hay presas en los ríos y las tapas sirven para cerrar frascos.
El doctor Corbin no me dijo adónde íbamos, tampoco me hacía falta saberlo. El motor de la camioneta se estremeció y farfulló. Me pregunté si algún día volvería a casa de Hal y de Tammy. Me la imaginé dándome una pluma de pavo real, algo inútil y bello, algo auténtico entre dos personas, ya que no podemos ver todas esas cosas intangibles que suceden entre la gente.
El vehículo se detuvo junto a una iglesia estrecha en la linde de un campo. Era de madera y la habían pintado de blanco. Entramos y oímos el sonido atronador y elíptico de un órgano, amplios círculos de notas que se perseguían entre sí, frenéticas, incansables. Nos sentamos en un banco al fondo del templo. Vi un cuerpecito ante las fauces del órgano que aporreaba las teclas, se levantaba y se sentaba. El órgano pronunciaba las notas que le habían dado y afinado y que tenía guardadas para cantar. Recordé que un órgano es una máquina que siempre puede gritar más fuerte que un ser humano.
El doctor Corbin se volvió para decirme algo, pero era imposible oírle con aquella música. Su boca se movía y yo veía su boca moverse, y cuando dejó de moverse, asentí sin pensar; fuera lo que fuera, le había dicho que estaba de acuerdo. Oímos el lamento del órgano. Estuvimos un rato así. Empezó a parecerme posible que una persona pudiera tener pensamientos y dolores que se resistían a convertirse en lenguaje y que tenían que transfigurarse a través de un instrumento, transformados en puro sonido, hilados en el aire solo para ser oídos.
El órgano empalmó una canción con otra. Acabó la siguiente y comenzó otra más. Empecé tanto a recordar como a perder la forma de los años que me habían llevado hasta allí. Recordé una habitación de techo bajo y sin ventanas. Tres pasos por dos pasos. El suelo húmedo. El sabor de la sangre. Una criatura. Una larga hambruna. Unos cuantos años. Unos cuantos años, ahora desaparecidos. Habían acabado y nunca volverían y nunca terminarían. Eran míos o habían sido míos, pero ahora estaban en otra parte, en otra parte cerca y lejos de mí. Esos años intocables no le pertenecían a nadie. Lo único que quedaba de ellos era su huella, el campo vacío que habían dejado en mi interior.
El organista quiso pasar una página de la partitura con mucha ceremonia, pero salieron todas volando, esparcidas por el aire.
La música se detuvo, no quedó ni su sombra, los papeles revolotearon y cayeron como hojas caducas. Una leve maldición desde el púlpito. El organista se agachó y recogió aquel desastre.
El doctor Corbin me puso una mano en el hombro y sonrió. Nos levantamos y nos fuimos.
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Seguimos por la misma carretera con la camioneta hasta llegar a un edificio bajito y pequeño con un cartelito en la puerta, un neón chamuscado: RESTAURANTE. Cuando entramos, sonó una campanita en la entrada, pero nadie se volvió a mirarnos. En la barra, había una persona con un mono de trabajo lleno de manchas y la espalda encorvada dando buena cuenta de un sándwich. Otras dos personas menudas con vestidos color melocotón estaban sentadas en un compartimento una enfrente de la otra; una pinchaba una porción de tarta y la otra no apartaba la vista del café. No había hilo musical. Los ventanales estaban algo grasientos.
Salió una voz de la cocina:
—¿Dos platos?
—Sí, señora.
Otra persona, que había estado apoyándose en un palo de escoba, levantó la mirada y le hizo un gesto con la cabeza al doctor Corbin, que se quitó el sombrero y lo sostuvo con las dos manos, luego nos sentamos en la esquina del fondo. Nos instalamos en uno de los compartimentos y, por encima del hombro de mi acompañante, veía un pequeño televisor junto a la barra; una multitud silenciosa, gritando, las bocas abiertas, un sinfín de gargantas temblando, agitando banderitas y estandartes, los puños en el aire. Me quedé mirando aquella multitud que parecía estar observándome a mí.
—Es un sitio agradable. Las verduras están riquísimas, las van variando cada día. Nancy trabaja en la cocina. Hace un pan de maíz estupendo. Lo hornea a diario, así que siempre tienen.
Las campanitas de la puerta volvieron a tintinear cuando entró una mujer con un alegre vestido estampado. Echó un vistazo y, en cuanto nos vio, se quedó parada, como sorprendida de vernos.
—Judy —dijo el doctor Corbin mientras la mujer se acercaba a nuestra mesa.
Me miró a mí primero, luego a él y luego a mí otra vez.
—Señora Columbus —lo corrigió echando chispas por los ojos. Parecía estar empleando ingentes cantidades de energía en algo tan sencillo como estar delante del doctor Corbin y de mí. No paraba de mover los dedos, inquietos, por el asa de un bolsito amarillo.
—Bueno —dijo el doctor Corbin—, ¿ves como te dije la verdad?
—¿Puedo sentarme?
—Claro —dijo el hombre, pero la señora Columbus seguía de pie—. Ahora lo ves con tus propios ojos, ¿no? ¿Contenta?
—Doctor Corbin, ¿acaso me he perdido algo que le permita hablarme en ese tono?
—A ver, Judy, yo solo…
—Puede llamarme señora Columbus.
Cada palabra era una piedra. No me quitaba ojo.
—Señora Columbus, lo siento. Le pido disculpas, de corazón. Es la costumbre, ya sabe. Siempre la esperamos en la iglesia los domingos, pero nunca viene. La esperamos cada domingo, señora Columbus, ahí estaremos para recibirla con los brazos abiertos cuando quiera volver. Yo siempre…
—Me han dicho que podría pasar un rato con la criatura.
—Ya ha visto lo que tenía que ver, ¿no? —preguntó en tono suplicante el doctor Corbin—. No es…
—Me dijeron que se me permitiría. Ese era el acuerdo.
Cerró los ojos y bajó la cabeza. No estaba rezando. No sé por qué lo sabía, pero sabía que no estaba rezando. Estuvo un buen rato en silencio, de ese modo que te obliga a escuchar. Pasó una camioneta grande y las ramas de los árboles restallaron por la ventolera que dejó a su paso; una pipa suspiró cerca; la caja registradora se abrió y se cerró y toda la sangre siguió acompañando al cuerpo, marcando el tiempo.
—Bueno —dijo el doctor Corbin—, supongo que ese rato puede ser aquí y ahora.
Se levantó y nos dejó a solas, salió a la calle, se metió en la camioneta y se quedó mirándonos por la mugrienta ventanilla. La señora Columbus se sentó en el compartimento. Me miró como si me conociera de algo, pero no se acordase. Quizá sí. Quizá se siga acordando de mí.
—Me imagino que tienes que estar hasta el gorro de que la gente te atosigue. Solo te lo digo porque, créeme, conozco muy bien a esa gente que te lo explica todo sin saber lo que realmente necesitas… Es para perder un poco la cabeza.
Colocó el bolso amarillo sobre la mesa, entre ella y yo.
—Hace más o menos un año que mi hijo Johnny se marchó, o eso o se lo llevaron. Todavía no lo sé, nadie lo sabe. Tenía mucha amistad con el doctor Corbin. Todo lo que le decía el reverendo iba a misa, tú ya me entiendes. Por un tiempo no me pareció mal, el doctor Corbin; en términos generales es un buen hombre, un buen ejemplo de buena conducta. Pero, como comprenderás, cuando pierdes a alguien es inevitable echar la vista atrás e intentar dar con el momento en el que podrías haberlo cambiado todo, evitar que desapareciera. En fin. No lo puedo saber a ciencia cierta, pero no hay más ciego que el que no quiere ver. La influencia del doctor Corbin en Johnny tuvo un efecto…, un efecto demasiado fuerte.
»Mira, hace muchos años, cuando era un chiquillo, me lo llevé al zoo porque llevaba meses pidiéndomelo. Al final, lo preparé todo, puse gasolina y pedí el sábado libre para llevarlo de excursión. Pero, en cuanto llegamos, se fue directo a la jaula del león y se quedó mirándolo un buen rato, pensativo, luego se sentó en el suelo y estuvo llorando como una hora; la gente lo miraba y se quejaba. Un guardia me dijo que me lo llevara a otra parte, que Johnny estaba molestando a todo el mundo que quería ver al león, pero no había manera de convencerlo para que se moviera. Igual otra madre u otro padre le habría cruzado la cara, pero yo no soy así; igual le habría dado un bofetón si hubiera sido capaz, pero nunca he tenido agallas para hacer esas cosas. El león se paseaba por el fondo de la jaula, sin mirar a nadie. Intenté que Johnny viniera conmigo, que fuéramos a ver al siguiente animal, pero no había forma. Tardamos la vida en salir del zoo y conseguir que entrara en el coche para volver a casa. Hasta el final del verano no me dijo qué fue lo que lo había entristecido tanto. Me explicó que no veía diferencia alguna entre él y el león. Yo le dije: “Pero, Johnny”, tendría como once o doce años en aquella época. “Johnny, pero si tú eres un chiquillo que va al colegio y hace deporte y canta en el coro, un león es un león”. Era un niño muy espabilado, siempre el más listo de la clase, leía sin que yo lo obligase, así que pensé que lo entendería, pero me dijo, y mira que nunca se me olvidará: “Ma, tienen ojos como cualquiera”. Así que le dije lo que sabía, que los ojos de un león eran mucho más grandes que los de un chiquillo, que no eran para nada como los suyos, pero él seguía en sus trece. Empezó a enumerar el resto de los animales del zoo, los que ni siquiera había llegado a ver, y no paraba de decir que eran iguales que él, estaba convencidísimo. Pensar algo así le sentaba fatal, se ponía muy triste de pensar en todos esos animales encerrados, pero yo no tenía ni idea de qué hacer. Era imposible razonar con él. Ni cuando era pequeño. Tenía sus ideas y de ahí no lo sacabas.
Mientras me hablaba, notaba que quería y no quería mirarme a los ojos, mis ojos como los de cualquiera. Y yo me sentaba dentro o detrás de mí, escuchándola hablar.
—Pasado un tiempo, pensé que ya se había olvidado de la historia del zoo, empezó a leer más la Biblia y adoraba al doctor Corbin, siempre quería llegar el primero a catequesis los domingos… Yo estaba encantada de verlo tan emocionado, pero, a la vez, no sé cómo expresarlo, me parecía que estaba un poco… enfadado. Se lo tomaba todo tan en serio. Parecía que todo le hacía daño. Todo, el mundo entero. Luego dejó de comer carne, no probaba ni el pescado, luego fueron los huevos y los lácteos, no quería verlos ni en pintura; una temporada hasta estuvo preocupado por los granjeros. Bueno, la cuestión es que al final apenas comía de nada. Quería saber quién había cultivado y cosechado todo lo que intentaba darle de comer… Se quedó tan flaquito. Catorce, quince años y más pequeño que una niña, yo no sabía qué hacer. Lo llevé al médico, al psicólogo de la ciudad, pero nada. Estaba tan débil… Pero no lo ingresaban en el hospital porque yo no tenía seguro médico. Imagínate, no ayudar a un niño enfermo por algún papelucho de las narices, otros médicos se limitaban a decir que era un cabezota, que ya se le pasaría. El doctor Corbin tampoco supo qué hacer, aunque tampoco es que sea doctor «de los de verdad»… La gente lo llama doctor, pero no es doctor, seguro que no sabe ni poner una tirita. Bueno, en fin, que no sabía qué hacer y mi hermano me dijo que estaba exagerando, me dijo que preocuparme tanto no haría más que empeorarlo todo, pero no podía evitarlo, le veía los huesos en la cara cuando lo miraba, era como tener delante su esqueleto. ¿De quién iba a ser la culpa, sino mía? Mi hijo.
Se quedó en silencio, extendió las palmas sobre la mesa y las arrastró despacio hasta dejarlas en su regazo.
—Bueno, al final mejoró, empezó a comer un poquito más, aunque seguía sin probar carne y, si cocinaba carne en casa, se ponía a hablar con ella. Una vez le leyó un montón de poemas a un paquete de carne picada que estaba en la encimera de la cocina. Otra vez me contó que oía las voces de los muertos, de las personas y de los animales, que todos hablaban el mismo idioma. La verdad es que nunca supe qué decirle a eso. Escuchar las voces de los muertos… no me parecía muy cristiano que digamos.
En ese momento supe que me entendería bien con el hijo de la señora Columbus y que él me entendería a mí perfectamente; la única tragedia era que ya no estaba allí ni lo volvería a estar, supe que era cierto por la manera en que el duelo había calcificado en la señora Columbus. Hay cosas que una persona no puede evitar saber.
—Pero Johnny siempre había sido muy serio con su iglesia y, aunque llegué a pensar que había sido el doctor Corbin el que había hecho que se volviera vegetariano, nunca me ayudó con el pastel que me dejó. Sigue insistiendo en que fue Johnny quien eligió ese camino él solo, que él nunca le dijo lo que tenía que hacer. Pasaron unos cuantos años y parecía que Johnny se había calmado un poco, así que empecé a preguntarle por aquella época, por lo del zoo, lo de pasar hambre, las preocupaciones, lo de hablarle a la carne… Le pregunté si había estado deprimido o algo así, me dijo que todo le había venido de las Escrituras. «Ma, yo no merezco nada, igual otras personas sí, pero yo no», me dijo. Y yo le contesté: «Hijo, claro que tú también mereces cosas», pero me cortó con una negativa. Luego me dijo un montón de cosas que no llegué a entender y al final me soltó que no pensaba que los cristianos fueran especiales, que incluso la Biblia tenía partes donde se trazaban líneas entre las personas y que ahora la iglesia no significaba nada para él, que solo seguía yendo para tenerme contenta.
La señora Columbus estaba mirando al techo, cabeceaba un poco, pero mantenía la serenidad en la mirada.
—La verdad es que me extrañó mucho que me dijera aquello, yo pensaba que era él quien me arrastraba a mí a la iglesia, iba sobre todo por él, por su bien y no por el mío. Es verdad que me había dado cuenta de que Johnny ya no se pasaba las noches en vela leyendo la Biblia, que había dejado de bendecir la mesa a la hora de cenar y que ya no cantaba en misa, pero no había querido hacerme cábalas. Simplemente, estaba contenta de que no se hubiera mudado a otra parte al acabar el instituto, de que quisiera quedarse cerca, que no se alistara en el ejército o se fuera por ahí, como hacían otros chicos de su edad. Después, solo unos días antes de su desaparición, me habló otra vez de que no creía que nadie fuera diferente a los demás y yo le dije que, vamos, que estaba de acuerdo con él en que todas las criaturas del Señor eran iguales y él me dijo no, no lo digo en ese sentido. Me dijo que era algo mucho más amplio y difícil de creer, que había empezado a pensar que ni siquiera podías querer a una persona más que a otra, que no podías preferir una comunidad a otra, que no podías creer en un país más que en otro, que ni siquiera podías preferir a tu propia familia de sangre, que daba igual la familia en la que hubieras nacido, que ni siquiera deberíamos tener nombre. Tenías que dejarlo todo. Tenías que ser nada, absolutamente nada. Me dijo que eso era lo que Jesús realmente predicaba y que todo el mundo lo había entendido mal. Tenías que ser nada. Nada.
La señora Columbus se dio unos toquecitos en la cara con el pañuelo.
—Ni siquiera un nombre. Renegaba de su propio nombre. —Movió de lado a lado la cabeza—. Me dijo que no era fácil creer en esas cosas, pero también estaba convencido de que ya era demasiado tarde para pensar de otra manera. Cuando lo miré, me di cuenta. Ya no estaba. Ahí ya no había nadie.
Se guardó el pañuelo en el bolso. Me miró con atención, despacio.
—Bueno. Supongo que con esto que te he contado ya te puedes imaginar por qué… Cuando me enteré de que habían encontrado a alguien en la otra iglesia pensé que…, tal vez. Bueno, no eres él. Sé que no eres él. No te conozco de nada.
Me miró una última vez y yo la miré; lo que me había dicho no era verdad. Sí que nos conocíamos. Lo que habíamos vivido antes o a partir del momento en el que nos conocimos no importaba. Aunque dijo que no me conocía, tuve muy claro que sí y sé que ella también. No importaba lo que se había dicho, esta vez no. Las palabras sustituyen lo que no puede comunicarse; por mucho que se intente, por muchas palabras que se acumulen, siempre está esa ausencia. Me quedé en silencio.
—Así que dejé de ir a la iglesia y es verdad que puede que le haya dicho un par de cosas feas al doctor Corbin desde que Johnny se marchó, pero que le quede muy claro que me debe a mi hijo. Que le quede bien clarito.
El doctor Corbin había vuelto al restaurante y estaba de pie cerca del compartimento. La señora Columbus se levantó y se volvió para mirarlo.
—Todo el mundo piensa que las desgracias solo pueden pasar en un sitio como el condado de Limosna y que aquí no pasa nada malo —dijo la mujer —. Pero se equivocan. Todos se equivocan.
Oí sus pasos en retirada, se alejaba para no volver. El doctor Corbin se volvió a sentar. Alguien nos trajo unos platos azules hasta arriba de verduras estofadas y nos las comimos sin siquiera parar a mirarnos.
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El doctor Corbin aminoró la marcha de la camioneta cuando vio a una persona caminando por la acera un poco más adelante. La persona en cuestión llevaba un sombrero de ala ancha y no cargaba con nada, le colgaban los brazos como si simplemente los tuviera adheridos al cuerpo, sin más relación.
—¿Adónde vas? —le gritó el doctor Corbin cuando llegamos a su altura.
—No tengo ninguna prisa por llegar adonde voy —dijo el hombre.
—Bien está eso —dijo el doctor—, cuídate, ¿eh? Que no me entere yo…
—Descuida.
Seguimos nuestro camino.
La carretera por la que íbamos, con frondosos campos verdes a cada lado, torcía y se convertía en otra carretera que nos condujo a un barrio de casas endebles y desvencijadas. Había una boca de incendios abierta en una esquina y la chiquillería jugaba a ponerse delante del chorro, llevaban la ropa empapada, colgando.
—El día anterior al festival es un día especial… No hay clases ni nada, así que algo hay que hacer con ellos.
Aparcó el coche enfrente de una casita amarilla sin árboles alrededor.
—Supongo que, en parte, por eso te han enviado aquí. Supongo que allí todo el mundo tiene que quedarse en casa todo el día para prepararse.
El aire era cálido y sofocante. Entramos en la casa, que tampoco estaba mucho más fresca a pesar de que todas las luces estaban apagadas. El doctor Corbin llevaba una bolsa de papel y la dejó en el borde de un sofá.
—No tenemos una habitación de sobra, así que tendrás que dormir aquí, si no te importa. Bueno y, si te importa, tampoco es que tengamos mucha más opción. —Sonrió—. Hilda te ha puesto unas mudas en esta bolsa, me ha dicho que a lo mejor necesitas cambiarte de ropa.
Se encogió de hombros y salimos por la puerta trasera, que daba a un patio donde había un grupo de gente sentada en sillas plegables blancas alrededor de mesas vestidas con manteles de un azul intenso. Una criatura corrió hacia mí, me agarró de la mano y me llevó hacia un cornejo que crecía en un rincón del jardín vallado. Tres o cuatro perros se perseguían y olisqueaban el suelo en busca de algo.
—¡Mira! —dijo la niña, señalando el árbol. Había una muñeca enganchada en una de las ramas, fuera de nuestro alcance y con todo el pelo tapándole la cara—. ¡Se ha quedado ahí encajada! —dijo muy seriamente, luego echó a correr tras uno de los perros mientras cantaba.
Oí una voz familiar a mi espalda.
—Ya me olía yo que al final te iba a captar alguna iglesia…
Era la mujer de la gasolinera, la que me había dado leche y whisky.
—Anda, ve a servirte algo de comer, ¿me oyes? Hay que acumular fuerzas en esta época del año con el calorazo que hace. Hay que economizar recursos.
Señaló hacia una mesa llena de platos y de cuencos grandes, pasteles que cedían espacio allá donde ya habían desaparecido porciones. Alguien le gritaba al doctor Corbin, intentaba endosarle un plato pequeño de algo.
—Me alegro de verte la carita, criatura —me dijo la mujer de la gasolinera—. Nunca he visto una cara tan dulce como la tuya. —Me miró a los ojos, serena, como inspeccionándome—. Bueno, cuídate, adiós.
Una parte del jardín formaba una hondonada y habían colocado una lona alargada y estrecha por la que corría el agua de una manguera. Los niños y las niñas se tiraban por ahí, solos, de dos en dos, de panza, de cabeza, gritando.
—¿Vas a probar? —me preguntó el doctor Corbin, que apareció a mi lado. Me dio un trozo de tarta en un plato—. Estas señoras no van a parar hasta te hayas tomado un poco de tarta, así que mejor que vayas empezando. Es imposible razonar con ellas. No hay manera.
Nos sentamos en unas sillas bajo un árbol demasiado pelado para dar sombra. La gente se acercaba a hablar con el doctor Corbin, a veces para rezar con él, otras solamente para contarle algo. Por lo general, él contestaba con pocas palabras. Escuchaba, asentía, su boca dibujaba pequeñas sonrisas que iban y venían. A veces alguien me daba palmaditas en la espalda o se dirigía a mí, aunque yo me pasé el rato pensando en cómo la luz de las vidrieras sangra el techo en esos primeros instantes de la mañana, dispersa y suave. Casi nadie la ve, pensé, y me pregunté si la señora Columbus habría visto esa luz, si Johnny o el doctor Corbin la habrían visto.
—Ven aquí y deja que te vea. —Había alguien de pie junto a mí, alguien muy alto. Levanté la vista, medio tapándome los ojos del brillo del sol: una camisa de un rojo intenso y una escasa barba negra.
—Este es Leonard —me dijo el doctor Corbin.
—Bien —dijo Leonard, flexionando las rodillas con algo de esfuerzo para ponerse a mi altura—. Bueno, allá vamos. —Me miró a los ojos y no distinguí ninguna expresión en su rostro—. ¿Llevas aquí desde el domingo?
—Sí —respondió el doctor Corbin, aunque Leonard solo me miraba a mí.
Había una mujer al lado del doctor llorando discretamente y contándole algo triste sobre un ser querido.
—Ajá —dijo Leonard—. Imagino que hemos sido la última parada, ¿me equivoco? Ajá. ¿Te han mandado aquí porque no sabían qué hacer contigo? ¿O se han hartado? ¿Así van las cosas? Ya veo…, ya… Así que esa es su actitud… y, para colmo, esta semana, para colmo hoy… Fantástico. Ya me hago cargo, ya.
—El reverendo de la iglesia de la calle principal me llamó para que echara una mano —dijo el doctor Corbin—. Le dije que no nos importaba, al menos a mí no me importa.
—¡Eso lo has dado tú por supuesto! —dijo Leonard—. Encima justo ahora los tenemos que ayudar con lo que nos pidan, ¿así van las cosas?
La mujer que estaba llorando junto al doctor Corbin ya no era tan discreta, seguía susurrándole algo entre lágrimas mientras la chiquillería gritaba de pura alegría por el jardín jugando con el agua con tanto calor.
—¿Y con quién se ha quedado la criatura estos días? —preguntó Leonard.
—Con la familia Bonner.
—¿Quién es la señora de esa casa?
—Hilda Bonner.
—Ah, una Gladstone. Es una Gladstone.
—Yo de eso no sé nada —dijo el doctor Corbin.
—Pues deberías estar más al tanto. Es lo que me ha contado Maize. Me ha dicho que el domingo pasado esa familia fue a su casa después de la iglesia porque, como ya sabrás, desde el año pasado todos esos blancos se acercan los domingos a cenar a su casa. No sé por qué. Habrán llegado a un acuerdo. Ni idea. Maize conoce a Hilda desde que la cuidaba cuando era una cría hasta que se enteró de quién era el señor Gladstone, entonces dejó el trabajo de inmediato.
—Bueno, ¿y qué me quieres decir con eso? —preguntó el doctor Corbin.
—No digo que no tengamos que ayudar a alguien en apuros. Pero, para serte sincero, no sé muy bien qué pensar de toda esta historia, solo te digo que a mí no me cuadra mucho. Maize se enteró por su hermana de que encontraron a la criatura durmiendo en su iglesia, se hicieron cargo para ser los salvadores, se la llevaron e intentaron arreglárselas por su cuenta, ni siquiera avisaron a los servicios sociales, y eso lo sé porque conozco a gente que trabaja ahí y lo han comprobado. Entonces la cosa va y se les complica mucho, y lo dejan estar, es decir, cuando la mitad de la congregación empieza a decir que igual la criatura no es blanca o no es lo suficientemente blanca, entonces, ¿qué ocurre?, ¿eh? Nos pasan a nosotros la patata caliente. Piensan que ya nos toca hacer algo. Eso o que el padre de Hilda se ha enterado de lo que tenía en mente su hija y le ha dicho que ni en sueños…
—A ver, no tengo ni idea —dijo el doctor Corbin.
La mujer de la llantina se había calmado, tenía los ojos cerrados, se pasaba una pulsera de cuentas de una mano a la otra.
—Yo te digo las cosas como son. Qué momento más oportuno para enviar al chico aquí, ¿no te parece?
—¿El chico? —preguntó con voz diminuta la mujer de la llorera—. Yo la verdad es que pensaba que…
—Chico, chica, chica o chico, a mí me da igual —dijo Leonard, lo repitió más alto—: ¡Me da igual! Tanto monta, monta tanto.
—Chitón ya, qué maneras son esas, qué maleducados —dijo una mujer dirigiéndose a Leonard mientras se acercaba.
—¿Qué quieres que diga o no diga delante de esta criatura? —le preguntó Leonard.
—No sabemos quién es, punto en boca. No deberíamos tratar a esta persona…
—No, claro que no… —interrumpió Leonard—. Y si hubiera aparecido aquí por su propia voluntad, otro gallo cantaría, pero nos lo manda una Gladstone.
—¿Una Gladstone? ¿De esos Gladstone?
—Son los únicos Gladstone.
—Vaya —dijo la mujer—. Bueno, yo de eso no sé nada.
—Todo el mundo sabe quién es —dijo Leonard dirigiéndose a todos—. Todo el mundo lo sabe y nadie dice nada. ¿No van así las cosas? Todo el mundo lo sabe, pero aquí nadie dice nada.
La mujer hizo ademán de irse, pero volvió la cabeza y preguntó:
—¿Al final no lo habían encerrado en algún sitio?
—Eso he oído, sí. Y ahora su hija nos ha enviado a esta criatura justo hoy, no había otro día. Y a todo el mundo le parece perfecto.
—Sabes tan bien como yo que los Gladstone han hecho grandes cosas por nuestra comunidad. Han donado mucho…
—Pero todo el mundo sabe lo que hizo aquel hombre y nadie dice nada —replicó Leonard.
—Le pagó la boda a la hija de Luella porque ella no podía —dijo el doctor Corbin—. Pagó hasta el último céntimo de su bolsillo.
—¿Y sabes qué más pagó? Al sheriff, a ese sí que le pagó. Todo el mundo sabe que es verdad. Si le caías simpático al señor Gladstone, te librabas del talego. El sheriff aún lo llama para preguntarle que si esto, que si lo otro, si un tipo es de fiar o no, esa clase de cosas. Conozco a una en la comisaría, por eso lo sé. Para él es invisible, pero ella escucha todas sus llamadas telefónicas y, por eso…
—Bueno, yo de eso no sé nada —dijo el doctor Corbin.
—Aquí parece que nadie sabe nada.
El doctor Corbin estaba hojeando un libro. El resto se quedaron callados y luego empezaron a hablar entre ellos. Alguien dijo algo sobre la «fortaleza personal» y otra persona soltó: «Otra vez a vueltas con lo de la fortaleza personal». No recuerdo cuándo se marchó Leonard, pero debió de irse en algún momento; el grupo se dispersó para volver a casa, a su vida. Parece que tenían muchas cosas de las que ocuparse.
El cielo cambió y la luz cambió. Los perros estaban dormidos a la sombra de la casa. Habían cerrado la llave de la manguera y los chiquillos estaban sentados en el suelo, comiendo o echándose una siesta o haciendo montoncitos de barro. El doctor Corbin metía trastos dentro, de vez en cuando paraba a secarse la frente con un pañuelo blanco.
Me volví y vi a una persona sentada en una silla a mi lado, una señora mayor con un traje azul vistoso y un sombrero con una plumita engarzada en un lazo. Cuando se descubrió, vi que el tiempo había hecho mella en su rostro; había algo ácido y limpio en su mirada, desteñida, ausente. Como si una luz cegadora hubiera descolorido todo lo que habían visto sus ojos, como si les hubiera regalado el vacío.
—Sabíamos que vendrías —dijo—. Lo sabíamos.
Llevaba el sombrero en una mano y, en la otra, un bastón; la empuñadura era una cabeza de conejo, madera de cerezo pulida, una piedra brillante a modo de ojo.
—Nuestro nuevo Jesús.
Dio golpecitos en el suelo con el bastón y dejó que sonrieran sus dientecitos diminutos.
—La de tiempo que hemos estado esperando y que nos han llamado ingenuos. Nunca hemos sido ingenuos, lo sabíamos, teníamos fe. Yo lo sabía, lo sabía perfectamente, sabía que llegaría este día tan dichoso cuando fuera la hora. Le doy gracias al Señor por haber vivido para verlo.
Asintió.
—Bueno, ahora dime, ¿desde cuándo hace que lo sabes? ¿Lo sabes desde siempre o ha sido hace poco?
No dije nada, pero me miró entrecerrando los ojos y negó con la cabeza, como si yo le estuviera diciendo algo, como si estuviera escuchando una historia larga e importante.
—¿Y cómo lo supiste? ¿Se dirigió a ti y te lo dijo directamente?
Me miró a los ojos y yo a los suyos. Qué ternura más cercana, tan abierta, como nunca antes la había sentido. No pestañeé. No me moví.
—¡Que me aspen! Menuda historia, ¿eh? Qué vida nos ha dado el Señor. Para estar así de cerca. Así de cerca. Para todo, confiamos en ti. Para todo, te seguimos. Te seguimos hasta el final.
Nos quedamos en silencio un rato.
—El último día. El último atardecer. —Negó con la cabeza. Sonreía tanto que casi pude escuchar una risa silenciosa—. Todo esto, todo va a desaparecer. Nosotros, tus hijos, nos estamos marchando. Todos los pájaros van a morir. Todos los perros, todo aquel que no ha recibido el bautismo, todos los gusanos y escarabajos. A empezar de nuevo. Algo diferente. Quizá nada. Nada y para siempre. Y todo por esto, ¿verdad? Todo por este presente. Este último día.
Se quedó un rato mirando el jardín en calma, la luz siguió cambiando, me pareció que se olvidaba de mí por completo, no le quitaba ojo al viento, que apenas movía las ramas del cornejo, y entonces me dijo:
—¿Te he dicho alguna vez lo que pienso de todo eso? Lo que creo que es… el problema…, el problema de todo este asunto… es que deberían dejar de armar tanto revuelo. Sé que no lo hacen con mala intención, al menos algunos, pero deberían dejar de ponerse etiquetas, ¿sabes? Religión, sí. Clérigos, no. Eso pienso yo, vamos.
—Mamá, toma —dijo un hombre más joven que le dio unas pastillas blancas y un vaso de agua.
La anciana se las metió en la boca con la mano temblorosa, le cayó agua del vaso, le mojó el regazo, pero sus ojos no vacilaron; ni por un instante.
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Habían convertido el sofá en una cama, las sábanas estaban remetidas entre los cojines, una almohada por aquí, una colcha plegada por allá. Había una mujer junto al doctor Corbin que sonreía con intensidad disimulada.
—Estamos encantados de tenerte aquí —dijo, acercándose con los brazos abiertos, luego me abrazó, acercó la calidez de su cuerpo al mío. Se quedó así un momento, lágrimas tibias me cayeron por la nuca, por la espalda de la camisa, se enfriaron en la piel, humedecieron el tejido y se hundieron en mí.
—Bueno, ya está bien —dijo el doctor Corbin—, tenemos que dejar que Altar descanse un poco, ¿no te parece?
La mujer se separó de mí, tenía los ojos rojos, como si yo le diera alergia. Sonó un teléfono y fue corriendo a la cocina a cogerlo.
—Binnie es una buena mujer —dijo mi anfitrión, mirando hacia la cocina. La oímos hablar por teléfono, preocupada, decidida—. Pero la gente la abruma… Tiene que andarse con ojo con esto de cuidar a la gente. Cuando cuidas de alguien tienes que dar algo de ti y hay un límite en lo que puede dar una persona.
—Es Randall —gritó desde la cocina.
—Ves, otra vez con lo mismo —me susurró el doctor Corbin, luego gritó —: Ah, ¿cómo le va?
—Solo necesita un sitio donde pasar la noche…
—Ah, ¿sí?
—Le he dicho que te preguntaría.
—Supongo que no hay problema. Tenemos otro sofá si a Altar no le importa.
Asentí.
—A Altar no le importa —gritó el doctor—, supongo que, entonces, no hay pega.
—Es mi sobrino —dijo Binnie cuando volvió al salón con una pila de sábanas y mantas—. De vez en cuando mi hermana lo echa de casa. Tienen sus rifirrafes. A él le está costando encontrar trabajo.
—Yo diría que lo que le cuesta es conservarlo —dijo el doctor Corbin.
Binnie le lanzó una miradita breve, como un dardo, luego la volvió a dirigir hacia lo que tenía entre manos, poner mantas y sábanas en el sofá.
—No me dirás que no tengo razón.
—Es un buen crío.
—Ya no es ningún crío.
—Pero por dentro sigue siendo joven. —Cambió el tono de Binnie, la mirada más grave—. Tiene un corazón joven.
—Sí, eso es verdad.
Me tumbé en uno de los sofás y me tapé con las mantas.
—Vas a dormir con esa ropa puesta —dijo el doctor Corbin—, ¿verdad?
Lo miré para decirle que sí sin decirle que sí. Me sonrió.
—Así por la mañana todo va más rápido, ¿no?
Al cabo de un rato, el doctor Corbin se fue del salón y solo quedaba Binnie, que miraba por la ventana que daba a la calle, esperando, hasta que Randall llegó con un pijama liso y unas pantuflas sucias.
—Gracias, tía Binnie, muchas gracias, de verdad.
—No tienes por qué dármelas. Esta vez tienes compañía, ¿has visto?
—Eso me han dicho.
—Este es Randall —dijo Binnie anunciándolo cuando entró en el salón.
—Encantado de conocerte —dijo el recién llegado y me tendió la mano.
Saqué la mía de debajo de las mantas y se la di, me la estrechó.
—Bueno, ahora deja dormir a Altar, ¿me has oído? Nada de parloteo por la noche, que sé que te gusta. Hoy todo el mundo necesita descansar, ya sabes. Y Altar se va mañana al festival.
—Uy, ¿es eso verdad?
—Sí, señorito, así que ahora, a dormir.
—Vale, vale —dijo Randall, tapándose con la manta hasta la barbilla cuando Binnie se fue y apagó las luces.
Pasé un rato, en el sofá, con el silencio oscuro, consciente de que había otro cuerpo, el cuerpo de un extraño en la misma habitación que yo, una tranquilidad tanto lejana como cercana. No lo oía respirar, pero sabía que estaba. El aire del salón se movía diferente a cuando dormía en el desván.
—Tal y como yo lo veo, hay gente que vive más despacio que otra, no hay más. —Su voz atravesó el cuarto oscuro y silencioso—. Mamá dice que ya tengo una edad para hacer que si esto, que si lo otro, pero no quiero, y a ella le parece un problema. A mí no me lo parece, pero ella insiste. Me ha dicho que no soporta tenerme en casa ni un minuto más. Supongo que cambiará de idea. Cuando no estoy en casa, me echa de menos, o eso me dice, así que a veces me vengo aquí y luego vuelvo. Que su único hijo siga en casa es algo que la pone muy triste, eso me ha dicho. «¡Solo tengo treinta y cinco años!», le he dicho yo. «¡Treinta y cinco solo, dice!», me suelta ella. A mí no me parece que sea tan mayor. Solo que vivo más despacio. Igual llego a los doscientos años. Antes la gente vivía mucho y creo que puedo volver a instaurar esa tradición.
—¡Randall! —gritó Binnie desde su dormitorio—. ¡Chitón ya! ¿Me oyes? Altar no quiere hablar contigo. Todo el mundo necesita descansar, así que a dormir.
—Sí, señora —dijo, respetuoso y en calma.
Oí cerrarse la puerta del dormitorio. La casa se quedó en silencio y más en silencio y aún más en silencio.
—¿Puedo preguntarte algo? —me susurró al cabo de un rato.
—Sí —susurré yo.
—¿Cuántos años tienes?
—No me acuerdo.
—Así mejor. —Su voz se perdía, sonaba soñolienta—. Es mejor que ni lo sepas. Así vivirás mucho. Seguro que, si no sabes la edad que tienes, crecerás más despacio. Mira, yo aprovecho mucho el tiempo, de verdad que sí. Paso un montón de tiempo pensando. Por ejemplo, en que, si te fijas lo suficiente en una palabra y la dices una y otra vez, empieza a sonar extraña, o incluso deja de sonar a palabra o de parecer una palabra. Me paso mucho tiempo pensando en eso.
Un electrodoméstico de la cocina empezó a zumbar.
—Está haciendo hielo. La tía Binnie se compró una de esas neveras que hacen cubitos. Antes me asustaba cuando me quedaba a dormir, pero ahora ya me lo conozco. No te asusta si ya sabes que va a pasar. Pero hay muchas cosas que no sabemos que van a pasar. Y eso a veces da miedo, creo que da mucho miedo ir por ahí. Me han dicho que no vives en ninguna parte, es raro solo de pensarlo. No sé cómo es posible. Es confuso. Es esa misma sensación, la sensación de fijarse en una palabra durante tanto tiempo que al final deja de ser una palabra. No quiero que mi madre desaparezca.
Se quedó callado un buen rato.
—Una madre nunca debería desaparecer, pero la mía me dijo que llega un momento en que una madre desaparece. No lo entiendo. No quiero entenderlo.
Dormimos.
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