Amapola

Inmaculada Tejera Osuna · Capítulo 9 de 32

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Amapola

Capítulo 8

Había empezado como una brisa inofensiva y refrescante, un mensaje de esperanza, deseo de cambio, proyecto de futuro. El manifiesto repartido en la universidad fue despertando conciencias y el entusiasmo de muchos universitarios, pero también reticencias y miedos.

Una algarada entre estudiantes añadió a la brisa el calor que necesitaba para convertirla en algo más serio. Un viento cálido fue ascendiendo en la atmósfera por aulas y pasillos, por escaleras y despachos, por calles, por el campus de la Ciudad Universitaria. Arrancó algunos brotes jóvenes de los arbustos más conservadores y los transportó en volandas hasta parterres liberales donde algunos lograron prender delicadamente; dejó tronchada la rama de algún árbol inmovilista pero en aquellos primeros días los daños no fueron de consideración.

Faltaban pocas horas para que pasara a tormenta tropical, pocas horas para que la universidad viviera un asalto insólito a sus instalaciones.

Un día después de ese asalto Miguel Álvarez, de diecinueve años, caería herido por el disparo de un arma en la calle Alberto Aguilera y el viento sería imparable.

La brisa perdería para siempre ese nombre.

Se iba a convertir en un huracán.

Pero aquella tarde la fuerza del fenómeno que se preparaba aún no había tumbado la aguja de ningún aparato de medición. Aún había tiempo para que las cosas se encauzaran pacíficamente. Un combate entre estudiantes en la calle tampoco convertía la jornada en una tragedia. Tal vez con las detenciones, como había ocurrido en otras ocasiones, sólo se buscaba identificar a los alborotadores, tomarles la filiación, un paso breve por la comisaría y luego, a la calle.

En el caso de estudiantes que ya estaban fichados, como Jaime, la cosa se complicaba un poco más. El paso breve por la Dirección General de Seguridad podía convertirse en algo más largo, tal vez en días o semanas hasta que los abogados y las familias lograban sacar a los detenidos de los calabozos.

Cuando salí de la redacción tomé un taxi hasta la calle Alcalá y me bajé a la altura del café de Lyon, frente a Correos. Descendí las escaleras hasta La Ballena Alegre y salté con la vista de una mesa a otra; Jaime no estaba en la cafetería. Me senté a esperarle sin despegar los ojos de la puerta. Llamé con una seña al camarero para preguntarle si no había visto a alguien como él esperando antes de que yo llegara. Instantes después volví a llamarle para añadir detalles a su descripción, para asegurarme de que no había visto a nadie de sus características. ¿Dónde podía buscarle si no aparecía? ¿A quién podía llamar? Tal vez estuviera esperándome en la portería de casa, o tal vez se había decidido a dormir en el piso de sus padres, en el principal, a pesar de que la casa llevaba meses vacía y los muebles se apelotonaban en las habitaciones cubiertos por sábanas blancas. Me esforcé en recordar quién era el amigo que le acogía en su casa, pero el día anterior Jaime había mencionado a tantas personas que sus nombres bailaban en mi cabeza como las bolas de la lotería. Anoté todos los apellidos que recordaba, todos los nombres, por fin uní el nombre de Luciano al apellido de Marcos. ¿Y si pedía una guía al camarero y llamaba a su casa? Pero a lo mejor a través del teléfono notaban mi nerviosismo y ello alertaba involuntariamente a sus padres. ¿Habría dicho algo la radio sobre la pelea entre estudiantes?

Necesitaba pensar. Pensar y calmarme. Que Jaime no estuviera en la cafetería donde habíamos quedado no significaba necesariamente que algo malo le hubiera ocurrido. Tal vez no había podido separarse de sus compañeros de Derecho, tal vez a esas horas estaba en otro lugar de Madrid enzarzado en alguna discusión vehemente e improrrogable. Su compromiso político era prioritario, debía aceptarlo con deportividad. Achacaría el retraso a cierta desconsideración por su parte y lo apuntaría en la lista de agravios y decepciones como los que habíamos vivido en la revista esa mañana con el desplante de monsieur Arnoux. Levanté la vista del papel donde había anotado los nombres. Mis ojos se cruzaron con los de un hombre que tomaba una cerveza y que al ser sorprendido tan inesperadamente bajó la mirada a una novela que tenía en las manos. Rondaba los treinta años. Era moreno y llevaba el pelo largo. El flequillo casi le ocultaba la cara. Si no fuera por la edad podría haber sido un estudiante. Había algo vago y nebuloso en su mirada y en su aspecto que le hacía desentonar como una sombrilla en medio de un aguacero; no pertenecía a aquel lugar, estaba de más, sobraba, ¿o era el miedo por la suerte de Jaime el que hablaba por mí y me hacía sospechar de lo que me rodeaba? Me reí de mis prevenciones y el desconocido recuperó un aura inocente e inofensiva. Decidí quedarme y aguardar.

Unas mesas más allá una docena de clientes estaban reunidos en torno a un joven que leía un cuento en voz alta. Alguien dijo que se trataba de un escritor llamado Medardo Fraile que presentaba su último relato a unos amigos. Por unos instantes me distraje con las desventuras del protagonista del cuento que se leía, un estudiante al que los distintos personajes interpelaban constantemente con un «no sé lo que tú piensas» que despertaba la risa de los presentes. Su tío le obligaba a ir a la universidad y él lo que quería era ir a un hotel en La Toja o hacerse marino. Se hizo novio de una estudiante llamada Obdulia. Aquel amor pasó y se quedó sin novia pero con un sombrero gris perla que le había regalado una tía. El autor llegó al final, una frase que hablaba de la soledad, y levantó los ojos a la espera de las reacciones de los presentes. El grupo inició enseguida un debate en torno al cuento que se había leído y que a algunos les pareció digno del mejor Chejov. Al igual que el autor, los allí reunidos repudiaban la palabra «solemne» y amaban la palabra «ironía», el autor había pretendido esconder algo de risa aunque fuera dentro de una lágrima y todos opinaban que lo había conseguido de manera muy acertada.

Mientras el debate arreciaba en aquella animada mesa entraron dos chicos y una chica en la cafetería y se sentaron en un velador cerca de la puerta. Traían carpetas, carteras y libros. Eran, sin duda, universitarios. Hablaban despreocupadamente y me quedé mirándoles sin decidirme a abordarles. Finalmente reuní valor y me acerqué a su mesa.

—Perdonad si os molesto. ¿Sois de la Facultad de Derecho?

—Farmacia nosotros —dijo uno que llevaba un grueso jersey de lana refiriéndose a él y a la chica y luego señaló a un tercero—, y éste, Telecomunicaciones.

—A lo mejor os habéis enterado de lo de la pelea.

—Las —me aclararon.

—¿Ha habido más de una?

—Han ido rebotando todo el día de una facultad a otra. En Moncloa, en el bar de Medicina, en las escaleras de Farmacia, en San Bernardo, en Gran Vía…

—Me refiero a ésa en la que la policía ha empleado tanques de agua.

—Ésa nos la hemos saltado —dijo el del jersey grueso.

—Serían furgones de esos con presión de agua —intervino el de Telecomunicaciones—. ¿Y dónde ha sido?

Expliqué que no estaba segura y que había quedado con un amigo de Derecho que no se había presentado. Temía que se hubiera visto envuelto en la pelea. Si no sabían nada seguiría esperándole.

Iba a volverme a mi mesa pero me invitaron a sentarme con ellos.

—Si tu amigo era uno de los que han estado soltando pasquines en el metro por los respiraderos de los vagones a lo mejor lo han empapelado.

—¿Qué?

—Detenido. Que han cogido a unos. Pero los soltarán pronto —dijeron.

—¿Y por qué han sido las peleas? —pregunté—. Me refiero a qué ha pasado para que se hayan extendido así como decís.

Me contaron que los incidentes habían empezado en Derecho por la mañana, «de ahí es de donde arrancan siempre todos los fregados, ésos no fallan», entre estudiantes que apoyaban al SEU y otros que habían abucheado a los dirigentes del sindicato. Se había reunido la Cámara Sindical y unos setecientos estudiantes de distintas facultades habían participado en ella.

—¿Setecientos estudiantes? —me asombré.

—Sí, eso son las cámaras sindicales, va todo el mundo en aluvión. Luego todos se ponen a opinar y nadie se entera de nada.

—Lo que la gente tiene que hacer es elegir representantes, que hablen unos pocos que representen a los demás y asunto arreglado.

—¿Sabes lo del manifiesto? —me preguntó la chica de Farmacia.

—Sí, bueno, algo, un poco —contesté de manera ambigua.

—Unos del SEU querían hacer suyas las reivindicaciones del manifiesto que estaba circulando y hubo protestas de los que lo han firmado, se negaban a que les identificaran con los seuistas-falangistas.

—Ésos andan de capa caída. Están orsay —dijo el de Telecomunicaciones.

—Entonces, ¿qué pasó con lo del manifiesto? —pregunté interesada.

—Lo que te decía antes, setecientas personas opinando a la vez, tú dirás. Se han acordado de todos, desde José Antonio hasta Azaña, desde el general Mola a Santiago Carrillo. Han desfilado nombres de ésos a porrillo, y claro, se ha armado un caos fenomenal.

El decano presidía la Cámara y tuvo que intervenir varias veces para evitar que se hiciera política en la universidad.

—Los del claustro no se enteran de nada, pero si en la facultad no se hace otra cosa que política —dijo el de Telecomunicaciones—. Bueno, sigue contándole.

El del jersey me explicó que al parecer se prometieron una serie de reuniones futuras para estudiar los motivos del descontento general; el decano prometió autorizar todas las cámaras sindicales que se convocaran con tiempo pero finalmente se optó por lo más sensato, que a ellas asistieran sólo los representantes de los estudiantes. Cuando ya todo el mundo accedió a buscar representantes se procedió a votar. Se habían intentado elegir delegados para las futuras reuniones y todos los candidatos del SEU habían sido rechazados. No se había llegado a ningún acuerdo.

—Ni van a llegar nunca, lo que unos ven blanco otros lo ven negro, y los que lo ven gris son minoría, así que de llegar a entenderse, nanay —dijo la chica de Farmacia.

Yo no entendía mucho de política, me atreví a decir, pero sí lo suficiente para intuir que eso iba a traer consigo represalias. Si el SEU seguía siendo poderoso y sentía que había sido humillado las cosas no iban a quedar como estaban. El chico de Farmacia asintió; tenía toda la razón, me dijo.

—El SEU ha perdido legitimidad y no se ha enterado —dijo acabando la explicación.

—O no se quiere enterar, que no es lo mismo —respondió su compañera de Farmacia—; está dando las últimas boqueadas. Son patéticos.

—Sí, eso es más exacto. Lo que te decía, que ya no representa a la mayoría de los estudiantes. Pero no van a permitir perder poder ni que se cuestione su autoridad. En los próximos días es posible que haya más incidentes.

—¿Y qué va a pasar con el manifiesto entonces? —pregunté.

—Sólo se sabe que el decano tiene intención de que el rector lo estudie antes de enviarlo al ministro y diga qué debe hacerse. De momento, creo que mañana o pasado se va a tratar de elegir de nuevo a delegados pero ya veremos si se consigue.

Seguimos hablando durante un rato. El ambiente en Derecho estaba muy crispado y siguió así fuera de las aulas. Hubo incidentes en la calle, trifulcas y agresiones por todas partes, en todas las facultades que me habían dicho al principio.

—Ahora, lo que yo digo es que los vehículos de la policía armada debían estar prevenidos desde la mañana porque para liarse a manguerazos a troche y moche tienen que estar listos con tiempo, eso no se improvisa así como así —dijo el de Telecomunicaciones.

—¿Y eso qué quiere decir? —pregunté asustada.

—Que se está liando una buena —respondió la chica de Farmacia.

—Pero todavía no te hemos contado lo más extraño; ocurrió ayer por la noche — continuó el que llevaba la voz cantante, el del jersey grueso—. Esta mañana no se hablaba de otra cosa en los pasillos de Farmacia. Un estudiante de Derecho entró en una taberna de Cuatro Caminos a eso de las diez de la noche. Unos tipos bien trajeados entraron tras él, le arrancaron el maletín que llevaba y lo registraron; sacaron de él una copia del manifiesto.

—¿Un maletín? ¿Seguro que no era un talego, una especie de macuto? — pregunté alarmada.

—Por ahí decían que un maletín, pero pudiera ser una bolsa o un macuto, no se sabe. Le obligaron a salir de la taberna, lo metieron en un portal y lo molieron a palos. Se llevaron el maletín y al chico lo dejaron tirado en el suelo. Es evidente que eran secretas. Lo habían seguido desde que abandonó la facultad. No se sabe cuántos infiltrados hay. En todos los cursos, según dicen, hay policías que se hacen pasar por estudiantes.

—Ya nadie se puede fiar de nadie. Todo el mundo se siente vigilado.

Salí de la cafetería. Sentí miedo. Jaime podía ser ese estudiante agredido. Yo había visto el manifiesto en su macuto. ¿Quién podía asegurar que no era él? Los estudiantes hablaban de un maletín pero era una historia oída de tercera o cuarta mano. Podría no ser exacta, podía haberse ido deformando con las distintas versiones, mientras circulaba de boca en boca. Y eso de que había policías infiltrados entre los alumnos me daba escalofríos. Yo misma me sentí vigilada cuando caminaba por la calle. Era absurdo, ¿quién iba a querer seguir a alguien como yo? Yo no era nadie. Nunca me había significado por nada. Enseguida me convencí de que las palabras de los estudiantes de Farmacia me hacían ver fantasmas donde no los había. Al llegar a casa pregunté a Chelo si Jaime había llamado. No lo había hecho, al menos mientras ella estaba allí; tal vez nuestra madre supiera algo de él.

—¿Pasa algo, Asun? —preguntó mi hermana.

Di una respuesta vaga y subí a ver a mi madre.

Al llegar a Madrid mi padre había construido un bancal en la azotea del edificio. Allí mi madre cultivaba algunas hierbas con las que hacía emplastos y tisanas. También subía cuando tenía que pensar. O cuando necesitaba estar sola. Al abrir la puerta que daba a la terraza oí su voz hablando con alguien. Me quedé escuchando. Mi madre explicaba lo dura que se le hacía la vida desde que él se había marchado, era difícil mantener unida a la familia como a una recua de bueyes, faltaba la argamasa y la argamasa era él.

No era la primera vez que la escuchaba pensar en voz alta, mantener una ilusión de conversación como si desde la cárcel mi padre pudiera oírla y responder a sus palabras o como si no se hubiera ido nunca, como si le tuviera al lado preparando su curso de mecánica o lustrando con betún los zapatos que se ponía para subir a hablar con los inquilinos de la casa. Durante la noche también lo hacía pero entonces no se daba cuenta. En sueños goteaba palabras como un grifo mal cerrado: «Trino, atranca la puerta que ya están todos en casa», «Hombre de Dios, tienes el uniforme lleno de lamparones, así no puedes subir a casa de don Andrés», «Trino, qué frías tienes las manos; tráelas, Trino, así entre los muslos, para calentarlas».

Aquella tarde mi madre explicaba a mi padre que éramos como cuentas de rosario y que si faltaba una sola cuenta el rosario se rompería. Pero ella ya no podía hacer nada por evitarlo. Dentro de poco se iría Miguel a la mili, la primera cuenta. ¿Quién sabía en qué campamento le tocaría hacer la instrucción? Ella rezaba por que fuera en el de Segovia, ese al que había ido Jaime a empezar lo de las milicias universitarias y que no estaba lejos de Madrid. Miguel sería el primero en irse. Y tal vez Pedrito le seguiría, a lo mejor mi madre le dejaba ir interno con los curas que tanto se habían interesado por él. ¿Qué piensas tú, Trino? Preguntaba y a continuación se contestaba a sí misma que era una oportunidad para sacarle brillo a su inteligencia, una oportunidad que no se podía desaprovechar, aunque le doliera separarse de él. En esa casa iban a quedar sólo mujeres, ¿y qué hacían cuatro mujeres sin sus hombres, sin su fortaleza?

—Cuatro mujeres solas, Trino. Mala cosa es ésa.

Mi madre levantaba la vista del bancal y se quedaba mirando el horizonte, como si esperara que el viento le trajera las palabras de mi padre.

—¿Y si esa mujer, doña Pilar, «la Lorite» como la llama Chelo, tiene razón y le estamos quitando a la pequeña Irene la oportunidad de que crezca en una familia con posibles, en una familia como Dios manda? No creas que no pienso en eso. A todas horas.

Una nueva pausa. ¿Le traía el viento esas palabras que esperaba? ¿Oía la voz de mi padre? ¿Imaginaba su respuesta?

—La nuestra una familia como Dios manda no es. Una familia como Dios manda no tiene a uno de sus miembros en la cárcel. Una familia como Dios manda sabe educar a sus hijas para que la menor no sea madre sin estar casada. Una familia como Dios manda…

La voz se le ponía temblona. Se emocionaba. Yo la escuchaba casi sin respirar. Mi madre no quería llorar y se sonaba los mocos con la punta del delantal.

—Chelo. Tu Chelo. Es tan joven, y tiene tantas ganas de volar. Siempre ha sido la niña de tus ojos, tu prenda más querida. Y la pequeña, Irene, pues es lógico, es una carga para ella, en eso doña Pilar tiene razón.

No me dolía oírlo, sabía que Chelo era el ojito derecho de mi padre, pero Trino era tan bueno que nunca había hecho diferencias entre nosotras.

—Pero yo… sólo de pensar que la niña se fuera… Se me parte el corazón, más que cuando se vaya Miguel, más que si Pedrito al final se va a ese colegio interno, mira lo que te digo.

Yo, como mi madre, también imaginaba la respuesta de mi padre allí, desde la cárcel: «Es que no tiene que marcharse, Felisa, ¿en qué estás pensando, mujer?».

—Yo no la quiero dejar marchar pero a Chelo las alas se le están atrofiando y ese instinto de madre que debería tener, ese que tuve yo y que tienen las mujeres cuando traen hijos al mundo… yo ése no se lo veo por ninguna parte.

Clavaba una pequeña pala en la tierra del bancal y después de removerla dejaba la pala a un lado y regaba con agua la tierra, y la moldeaba y aplanaba con las manos.

—Podrían ser hermanas en vez de madre e hija. Lo cambiada que la vas a encontrar cuando vuelvas. Como no quieres que te la lleve a comunicar… Vamos, que si me preguntas qué hacer te contestaré que no sé qué hay que hacer pero sí sé que yo dejarla ir no quiero, no quiero…

A veces arrancaba un poco de lavanda, se la restregaba entre los dedos, se olía la mano, se quedaba callada, pensativa. Volvía a meter las manos en la tierra y, como si hubiera encontrado enterrada en ella la determinación que buscaba, retomaba el hilo perdido.

—Yo la próxima vez que venga doña Pilar voy a decirle que no vuelva más, que he hablado contigo y que tú has dejado dicho de una vez y para siempre que la niña de casa no se mueve. Que es una orden tuya y que yo no te voy a desobedecer porque no quiero y porque para algo eres el cabeza de familia, aunque estés en la cárcel. Ay, parece que después de decirlo me he quedado mejor, Trino, mi amor, siempre que hablo contigo acabo viéndolo todo más claro.

Sentí deseos de acercarme y abrazarla pero finalmente pensé que no tenía derecho a estropear esos momentos de intimidad que buscaba para escribir una carta a mi padre, una carta sin papel, sin pluma, sin nada, sólo con su voz y sus silencios. Me las arreglé para alejarme de la azotea antes de que supiera que la había escuchado. Era su manera de conjurar la ausencia de mi padre y mantener el espejismo de que seguía en casa y, aunque me daba miedo que se convirtiera en una costumbre y acabara como esas mujeres mendigas a las que la soledad les hacía hablar con el cuello de sus abrigos por la calle, esas mujeres de las que la gente se alejaba por miedo al contagio de su locura, había que respetarla.