Amapola
Capítulo 26
Nunca supimos quién había filtrado a la policía la noticia de que en el semanario se guardaban fotos de la revuelta. Aquella mañana dos agentes entraron en la redacción y pidieron a don Adolfo que se las entregaran. Don Adolfo se hizo el tonto: «¿Qué fotos? ¿Qué revuelta? Aquí no hay nada». Pero la policía efectuó un registro, traían una orden firmada por el juez para el caso de que don Adolfo se negara a entregarlas voluntariamente. Le obligaron a abrir la caja fuerte. Dieron con los negativos —las fotos positivadas quedaron a salvo entre las páginas del tomo de abril-junio del año 1951— y un juez —o el mismo del registro, de eso ya no me acuerdo— ordenó cerrar el semanario como medida cautelar hasta que terminara la investigación sobre los sucesos de la calle Alberto Aguilera. Aquella mañana don Adolfo nos reunió a todos y nos enseñó la orden del juzgado. A las dos de la tarde vendrían a poner un precinto en la puerta y había que darse prisa en recoger las cosas que nos queríamos llevar.
Todos fuimos enviados a casa hasta nueva orden. Mientras salíamos a la calle se barajaron varias hipótesis sobre quién había podido dar el soplo. A uno de la sección Última Página que se le ocurrió decir que a lo mejor había sido Enrique por revanchismo, Cayo le cerró la boca de un empujón y le desafió a que lo repitiera si tenía agallas.
Pasaron dos días en los que me encerré en casa y sólo salía a la calle para hacer recados y para ver si veía a Mascarón. Nadie sabía nada de él, era como si la tierra se lo hubiera tragado.
«Es peor la duda que la incertidumbre. Y peor que las dos cosas es quedarse de brazos cruzados y no hacer nada». Una coletilla como otra cualquiera. De mi abuelo Basilio. Cuántas veces me acordé de él y de ese dicho que no se le caía de la boca aquellos días. No sabía qué hacer. ¿Contaba a alguien mis sospechas sobre la identidad del ladrón? ¿Le hablaba a Héctor del asalto a nuestra casa? ¿Y de don Andrés y su visita? ¿Y del robo de la foto en la que salía Jaime? Nadie había echado de menos esa instantánea porque una vez sellaron y precintaron la puerta del semanario nadie pudo volver a entrar. ¿Debía avisar a don Andrés de que la policía tenía los negativos y de que tal vez identificaran a Jaime en la instantánea que él se había llevado? ¿Habría sido don Andrés el que había denunciado la existencia de las fotos? Pero… ¿por qué iba a hacerlo? Sería absurdo porque era como tener una confesión firmada de la participación de Jaime en los altercados y eso era lo último que le interesaba. A no ser que su abogado le hubiera aconsejado hacer un canje, un acuerdo, para que el juez tuviera en cuenta su colaboración a la hora de dictar condena contra Jaime: denunciar la existencia de esas fotos a cambio de rebajar su pena. Definitivamente me incliné a pensar que no había sido don Andrés, entre otras cosas porque de haber sido él habría hablado del tomo de números atrasados donde se escondían las copias positivadas y la policía ni siquiera lo había mencionado. Tal vez alguien había visto a Tristán en la calle sacando fotos y tardaron en dar con el rastro que llevaba hasta la revista. Fuera quien fuese ya no importaba. Ahora lo único sustancial era averiguar qué iba a pasar con Sucesos y si se levantaría la medida cautelar que se había ordenado contra la publicación.
Pero no sólo me acordaba de mi abuelo por aquella coletilla. Había otras razones que lo relacionaban con todo lo que me estaba ocurriendo desde que Jaime había vuelto a mi vida: el fantasma de las dos Españas que, de algún modo, lo ocurrido en la Facultad de Derecho había hecho resucitar. Mi abuelo, siendo concejal de un partido de derechas y un hombre de orden convencido de que la guerra había sido inevitable para parar los desmanes que se cometieron en la República, había tenido un gesto de enorme nobleza con un miliciano. Durante la guerra a mi abuelo lo fusilaron. Mi abuela se quedó oficialmente viuda y un buen día recogió en su casa a un hombre herido que era «del otro bando».
—Del bando de los que habían fusilado precisamente a tu abuelo —me había contado mi madre cuando se atrevió a destapar meses atrás aquella historia que hasta entonces había sido un secreto.
Confinada obligatoriamente en casa mientras no se aclarase la situación en la revista, aquella mañana ayudaba a mi madre a emparejar calcetines cuando le pedí que volviera a contarme la historia.
—En realidad tu abuelo, como bien sabes, no estaba muerto, lo habían malfusilado los rojos y lo habían dejado abandonado para que las alimañas del monte dieran cuenta de él. Estuvo años escondido en una cueva del monte Abantos, sin dar señales de vida, sin decir ni pío, corroborando así la creencia general de que había pasado a mejor vida. Entonces fue lo de la batalla de Brunete que ocurrió, como bien sabes, muy cerca de Valdemorillo. Allí la sangre corrió lo que no está en los escritos. Hubo muchos muertos y muchos heridos, entre ellos un joven, Enrique, el miliciano al que tu abuela por caridad acogió en su casa, lavó las heridas y cuidó mientras se recuperaba. Poco a poco mi madre se fue acostumbrando al consuelo de su compañía y sin darse cuenta sus sentimientos se fueron transformando en algo parecido al amor. O fue la necesidad de no estar sola. O la convivencia. O la tensión enorme de la guerra. O una mezcla de todas esas cosas que, combinadas, les hicieron caer a uno en brazos del otro. Cuando terminó la guerra y ganaron los nacionales a Enrique lo fusilaron.
—En la Pizarrera.
—Allí mismo. Luego, acabada y bien acabada la guerra, tu abuelo, que por ideología era del bando ganador, volvió a casa y tras la primera sorpresa lógica de mi madre, tu abuela Inés, el matrimonio se rehízo. Con el tiempo la abuela le acabó contando la historia de Enrique. Bueno, ¿pues qué te crees que hizo tu abuelo al correr de los años? Nada menos que permitió que enterraran a Enrique junto a la abuela, para que compartieran en la eternidad lo que también compartieron en vida, un espacio de amor y compañía. ¿Cuántos hombres te crees tú que hay en el mundo capaces de hacer eso con el amante de su mujer? ¿Eh? ¿Cuántos?
La puerta de la calle se abrió y entró Miguel.
—¿Está encendida la caldera, hijo? —preguntó mi madre—. Yo creo que los radiadores no están muy plenipotenciarios esta mañana.
—Es que no hay manera de que los vecinos cierren la puerta al entrar o salir de la calle y claro, se escapa todo el calor por el portal. Para eso como si no se encendieran.
—Razón no te falta, pero por mucho que me empeñe no le veo solución. Como hemos puesto un cartel bien grande en la puerta para que la cierren al salir y nadie le ha hecho el menor caso…
—Deja los calcetines y acompáñame un momento a la carbonera, haz el favor, Asun —pidió mi hermano.
—¿Qué falta te hace tu hermana en ese sitio tan sucio? —preguntó mi madre—. Va a echar a perder la ropa que lleva. Buena gana.
—Pues que se cambie.
—Me pongo la bata y te acompaño yo —se ofreció ella.
—No, madre, usted no me puede ayudar.
—¿Por qué? Ya me he manejado otras veces con la pala y la carretilla, ¿o te crees que es la primera vez que tengo que ocuparme yo de apañar el espacio para que no nos coma el carbón?
—No hay que mover las pilas ni nada que se le parezca, no es eso.
—Pues ¿qué es, hijo?
Miguel hizo una pausa y me taladró con los ojos. Parecía querer decirme algo telepáticamente. Le pregunté qué quería con un gesto y sin contestarme se volvió hacia mi madre.
—Es que no llego a la trampilla que da a la calle y se ha quedado mal cerrada. Voy a ver si sujetando a Asun ella logra encajar bien la tapa y que no entre la nieve.
—Ah, si es sólo eso, hijo, mejor la sujetas a ella que yo peso por lo menos el doble que tú. Anda, Asun, ayuda a tu hermano y deja eso que ya acabo yo.
—Espabila, Asun, y ponte de una vez algo que se pueda manchar —ordenó impaciente mi hermano y con fastidio me fui a cambiar.
La carbonera siempre había tenido para mí algo de mazmorra. Era un espacio lúgubre, oscuro, siempre sucio. No me hizo ninguna gracia acompañar a Miguel hasta allí, me molestaba que no fuera capaz él solo de cerrar una trampilla y bajé todas las escaleras refunfuñando.
—El palo de una escoba te alcanza para cerrarla. Son ganas de hacerme bajar para nada. Y si yo no hubiera estado en casa, ¿qué habrías hecho? Y si ya estuviera nevando y entrara la nieve, ¿cómo te las apañarías?
Miguel pidió que dejara de quejarme y al llegar comprendí que lo de la trampilla no había sido más que una excusa para que lo acompañara. Estaba cerrada y bien cerrada.
—¿No me habrás hecho bajar hasta aquí para contarme algún secreto?
—Pues sí, un secreto. Y bien grande.
—¿A ti te falta un tornillo o qué te pasa? Para eso podríamos haber subido a la azotea. O salido a la calle. Yo me largo de aquí. Este sitio me pone la carne de gallina.
—Porque eres muy señorita. Si pasaras aquí tanto tiempo como yo…
—Habló el «proletarios de la tierra uníos». Sea cual sea el secreto no me interesa lo suficiente para quedarme más tiempo.
—Si callaras un momento la boca y me dejaras explicarte… que es que no callas.
Sonó un ruido entre las pilas de carbón. Respingué. En una de las esquinas de la carbonera donde había un habitáculo estrecho y sin ventilación se produjo un movimiento. Algo se arrastraba o reptaba. Comprendí de qué se trataba.
—¡Ratas! —balbucí girándome hacia la puerta, pero antes de que me hubiera dado tiempo a salir escuché una voz familiar.
—¡Vaya! Nunca me habían llamado nada parecido.
No era la voz de Miguel, pertenecía a una figura que emergió de la oscuridad. Entre la mugre distinguí unos ojos que me escrutaban como brasas encendidas.
—Hola, Asun. Ya ves que no soy ninguna rata. Si acaso, un ratoncillo inofensivo.
Creí que mis ojos me engañaban.
—Y no me mires como si fuera un fantasma, cualquiera diría que ya me habías dado por muerto. Gracias por avisarla, Miguel.
Jaime sonreía con los ojos, con los labios, toda su cara una sonrisa. En medio de la negrura resplandecía como el Apolo de La fragua de Vulcano de Velázquez que salía en el calendario de mi habitación. Debía parecerle cómica mi mudez y mi parálisis porque sus ojos no dejaban de achinarse cuando reía.
—Esto no me hace ninguna gracia pero es la única manera de conseguir que salgas de aquí —dijo Miguel a Jaime. Y volviéndose hacia mí añadió—: A ver si tú le convences de que haga lo que tiene que hacer, Asun. Ir a la policía o a un abogado para que lo ayude a salir con bien de ésta o lo que sea.
—Cállate, bobo —dije a mi hermano cuando al fin me recuperé de la catatonia y sin importarme embadurnarme de polvo y carbonilla, sin pensar en ratas, ratones o fantasmas, sin acordarme de lo enfadada que estaba con Jaime por haberse olvidado por completo de mí, salté entre las pilas de carbón y corrí a abrazarlo.