Amapola

Inmaculada Tejera Osuna · Capítulo 22 de 32

Páginas del PDF

Amapola

Capítulo 21

—Buenas tardes, don Andrés —dije tratando de que no me temblara la voz.

Andrés Hernández Salvatierra salió discretamente de la penumbra del portal donde se había refugiado y se acercó a mí.

—Buenas tardes, Asunción. Te estaba esperando.

Hablaba en voz baja, casi en un susurro, pero a pesar de eso para mí su voz siempre sonaba amplificada.

—Hace tiempo que no nos vemos. Estás muy guapa. ¿Tienes unos minutos?

—Sí, claro, don Andrés. —Fuimos a sentarnos a un banco que había junto al cuadro de llaves—. ¿Cómo está doña Adelina?

Con gesto impaciente daba vueltas a un sombrero que tenía en las manos. Era evidente que no quería ser descortés pero tampoco había venido a mantener una conversación social conmigo y el tiempo corría en su contra.

—Todos estamos muy bien. También Almudena. Ya sé que tu padre sigue en la cárcel.

—Ya le falta menos.

—Me alegro. Es una injusticia que hombres buenos como él…

Bajaron unos vecinos y don Andrés les dio la espalda para que no lo reconocieran. Me saludaron y tras devolverles el saludo los seguí con la vista hasta que salieron a la calle.

—¿Dónde podemos hablar? —preguntó con una expresión algo dubitativa que no era en absoluto propia de alguien como él—. Éste no es un buen sitio.

—¿Hablar de qué, don Andrés? —dije de manera algo estúpida para ganar tiempo.

—Déjate de historias, Asun —pidió amable—. Sólo una cosa me habría traído de nuevo hasta esta casa y sabes muy bien de qué se trata: Jaime.

Tenía que pensar rápidamente, decidir qué podía decir y qué no podía mencionar de ninguna de las maneras. Eran tantos los secretos que Jaime tenía hacia su padre, tantas las cosas de las que quería mantenerlo al margen, que en una sola frase habría podido resumir lo que estaba autorizada a revelar sobre él.

—Yo no sé nada de Jaime, don Andrés, se lo juro. Hemos estado hablando de vez en cuando en los últimos meses pero sólo le he visto en un par de ocasiones desde que empezó el último curso.

—¿Cuándo lo viste por última vez?

Ya veía que no me iba a resultar fácil librarme de él.

—Sé que te estoy comprometiendo y que te crees obligada a guardarle a mi hijo algún secreto o lealtad, pero te aseguro que Jaime necesita mi ayuda. Es el momento de que demuestres si te importa de verdad.

—Si quiere podemos hablar en mi casa —sugerí pensando que la presencia de alguno de mis hermanos me ayudaría a pasar más cómodamente el trago de enfrentarme a él.

—No. He visto a tu madre entrar con Chelo y la niña. No quiero ponerla al corriente de lo que sucede.

—Mi madre está al corriente de todo. Bueno, de casi todo —maticé pensando que lo que no sabía era que Jaime estaba en Madrid y más implicado de lo que ella creía en los altercados.

—Pero no sería correcto preocuparla innecesariamente. Bastante tiene con lo de tu padre como para decirle que mi hijo te ha metido en problemas por su falta de cabeza y su conducta irresponsable.

No sé si dijo eso de que Jaime me había metido en problemas para tratar de convencerme de que su hijo me había utilizado y por lo tanto no le debía ninguna lealtad o si de verdad lo pensaba.

—¿Vamos a algún café? ¿Al bar de tus tíos? O mejor, ven conmigo, he traído las llaves de casa —sugirió más que ordenó.

—¿Arriba? —Me asustaba estar a solas con él en aquel piso.

—No irás a decirme que te cohíbe entrar en casa. ¿Cuánto tiempo has pasado en ella dando clases con Almudena o visitando a Jaime?

—Déjeme que antes avise a mi madre. Deben de estar esperándome para comer y no quiero preocuparla.

—¿Qué le vas a decir?

—Que vayan comiendo. No le diré que está usted aquí, no se preocupe.

Una vez hube avisado en casa de que me retrasaría porque me había encontrado con una amiga del taller de doña Herminia, subimos por las escaleras hasta el principal. Don Andrés abrió la puerta de su casa y dio al interruptor para encender la lámpara del vestíbulo pero la bombilla debía de estar fundida o la luz cortada después de tanto tiempo y no se encendió.

—Aguarda aquí un momento —dijo.

Don Andrés avanzó por el pasillo y yo me quedé aguardándole. Todas las cortinas estaban echadas y la casa parecía embalsamada, como si el tiempo hubiera dejado de correr en su interior. En el salón se recortaba el perfil de los muebles cubiertos con las sábanas. Las paredes, de las que se habían descolgado todos los cuadros, eran muros grises de los que se había escapado todo rastro de vida y color. Alcé la voz y pregunté a don Andrés si quería que descorriera las cortinas pero no me oyó. No pude evitar recordar la primera vez que había pisado aquel vestíbulo, el deslumbramiento al conocer a una familia como la de los Hernández Salvatierra, el respeto inmediato que me impuso doña Eulalia, el terror que me inspiró don Andrés y la ternura que despertó en mí, como en todos los que la conocían, Almudena. Cuántas tardes había subido las escaleras del principal para asistir a las clases que Irene, la dueña de la tienda de discos de la plaza, nos daba a Almudena y a mí. Las horas hablando de la Revolución francesa, de Dumas o de Bécquer se comprimían en minutos, pasaban sin sentir, como un suspiro. De vuelta a casa el corazón me brincaba de gozo, bajaba las escaleras como si levitara, embriagada de historia y literatura, de leyendas sobre gaviotas y órganos encantados, de ideales románticos y de consignas revolucionarias con acento francés.

Volvió don Andrés. Se había desprendido del abrigo y aflojado la corbata.

—Vamos al despacho, allí hay más luz.

Lo seguí y al entrar me señaló una butaca.

—Siéntate, por favor.

Obedecí. Se sentó en la esquina de la mesa y encendió un cigarrillo. Durante unos instantes no dijo nada. Tal vez buscaba la manera de ablandar mi resistencia a ayudarle.

—Voy a hablar en alto porque necesito ordenar las ideas. No creas que me he hecho una idea exacta de todo lo que pasa pero sí sé que Jaime está metido en un buen lío y que tú estás más al tanto de lo que quieres aparentar. Lleva dos meses ausentándose de casa de sus tíos, viniendo a Madrid a la menor oportunidad, liado con esa estudiante comunista de Filosofía, esa tal Regina no sé qué más que ha debido corromperlo definitivamente y asistiendo a reuniones clandestinas donde se escuchan discursos tan incendiarios que a su lado los del mismísimo Líster parecen moderados. Tengo que encontrarlo y tú me tienes que ayudar.

Noté cómo, por primera vez, el nombre de Regina no me provocaba un vuelco en el corazón.

—Le juro que no sé dónde está. Es cierto que le vi a principios de mes. Acababa de llegar de Zaragoza o eso me dijo. Tomamos un café en la cafetería del Gay… del hotel Alfonso XI y luego no he vuelto a saber nada de él.

Don Andrés se quedó mirándome sin saber a qué carta quedarse, supongo que dudaba de que le estuviera diciendo toda la verdad.

—Supongo que no ignoras que está metido en un lío bastante más grave que el de la recogida de firmas para la readmisión de ese profesor díscolo, Álvaro Iniesta creo que se llamaba, al que tanto adoran sus alumnos…

—Sí, don Andrés, si yo…

—Ese amigo suyo, Federico Lobato, le intoxicó con sus ideas comunistas, le metió el veneno en el cuerpo a base de bien. Lo de ahora tiene más calado que cualquiera de los problemas que se buscó a cuenta de sus veleidades culturales, más trascendencia incluso que ese otro berenjenal de las fotos que le costó la expulsión de la facultad de Madrid como bien recordarás. Esta vez han estado tramando algo muy serio, algo que va justo al corazón del Régimen. Algo pensado para desestabilizar el poder, el sistema y el país en su conjunto. Está acusado de conspiración. ¿Sabes lo que es eso? Es el peor delito contra el Estado. Mis abogados están preparados para demostrar que ha sido víctima de los comunistas que han penetrado en la universidad y lo han embaucado abusando de su inocencia y su buena voluntad. Pero tiene que entregarse para que yo pueda ayudarle.

—No sé qué puedo hacer por él y por usted. Si supiera dónde está se lo diría, don Andrés, pero yo también he estado buscándolo en los sitios que sé que frecuenta y no ha vuelto a dar señales de vida.

Por supuesto, omití hablarle del macuto y su contenido.

—¿Sabes si estuvo en el altercado de Alberto Aguilera, ese en el que hirieron a ese muchacho falangista?

Me tomé unos segundos para responder. Sopesaba si debía o no sacar a colación algo que había permanecido oculto a los ojos de todos pero no a los míos, algo que aunque escondido era a la vez visible para alguien que hubiera sabido dónde había que mirar.

—Sí, creo que estuvo —dije al fin.

—¿Lo sabes o lo crees?

—Lo sé.

—¿Qué te hace decir eso?

—Eso da lo mismo. Lo sé yo pero no lo sabe nadie más.

—¿Es que te llamó después de lo que pasó o algún amigo le vio allí y te ha venido con el cuento…?

Don Andrés no iba a aflojar su presión sobre mí, era inútil escamotearle por más tiempo la existencia de la prueba que tenía.

—Hay una foto que demuestra que estuvo.

—¿Qué foto?

—Un fotógrafo de la revista donde trabajo presenció el altercado entre falangistas y estudiantes e hizo unas fotos.

La expresión de don Andrés se endureció. Aplastó el cigarrillo contra el cenicero.

—¿Qué muestra esa foto?

—En una de las fotos se ven varios estudiantes enzarzados en una pelea. Otros gritan y tratan de separarlos. Uno de ellos creo que es Jaime. Me pareció reconocerlo pero nadie lo sabe, no se lo he dicho a nadie. Y la policía no las ha visto.

—¿Dónde están esas fotos, Asun?

—Don Adolfo no las va a publicar. Ni siquiera ha autorizado que se envíen a una agencia de noticias para que sean publicadas fuera de España. Por ese lado puede estar tranquilo, don Andrés.

—Tienes que dejarme que las vea.

—Pero, don Andrés, yo no…

—Tienes que hacerlo, Asun. Sé que no es fácil lo que te pido pero si no lo considerara vital no te lo pediría. ¿Cuándo podemos ir a verlas?