Amapola

Inmaculada Tejera Osuna · Capítulo 2 de 32

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Amapola

Capítulo 1

La prensa lo había bautizado «Pies de Franela» y de él se decía que era un deslizante allanador de moradas, un ser anfibio mitad murciélago mitad araña. Entraba en las casas como una brisa y se volatilizaba como un gas. Era aéreo y fluido, sigiloso y grácil, cauto y temerario a un tiempo. Actuaba de noche, subía por las fachadas y aprovechaba alguna ventana abierta para colarse en el edificio. Una vez en el interior, asaltaba piso por piso. Para ello se servía de llaves falsas y ganzúas. Era un ladrón cuidadoso, un espadista de los buenos, de los que dejaban las cerraduras de las casas tan limpias que costaba creer que las hubiera forzado. Ni huellas ni melladuras.

Aunque era uno de los delincuentes más buscados por la policía, los periodistas seguían sus fechorías con simpatía. Les proporcionaba jugosos titulares, ingeniosos artículos que aquel año de 1956 competían en interés con el compromiso de Grace Kelly y Rainiero de Mónaco y con el bautizo del Falcon, un proyectil americano capaz de interceptar un ataque enemigo a Estados Unidos y evitar un nuevo Pearl Harbour, esta vez atómico. Se le relacionaba con una estirpe inglesa de allanadores silenciosos y solitarios que había vuelto loca a la policía de Scotland Yard. Se hacían apuestas sobre cuándo y cómo caería. Nadie sabía a ciencia cierta su edad ni conocía su aspecto. Falsos testigos en busca de notoriedad habían descrito sus rasgos y complexión dando lugar a retratos robot tan contradictorios que de nada servían a los investigadores. Jamás había empleado la violencia en sus asaltos y más que aspirar a enriquecerse con el botín de sus robos parecía alentado por un objetivo más inocente, el de divertirse a costa de burlar a la policía. Mi primer encargo en el semanario Sucesos consistió en poner banderitas sobre un plano de Madrid para señalar las manzanas donde había dado sus silenciosos golpes. Pies de Franela fue mi bautismo de fuego y el primer ser humano con dimensión de leyenda al que llegaría a conocer en el transcurso de aquellos agitados días.

Hacía tan sólo un mes que la bola del reloj de la Puerta del Sol había descendido ceremoniosamente al ritmo de las famosas doce campanadas y marcado así el comienzo del nuevo año. La sección municipal de estadística, según su costumbre, había hecho públicos los siguientes datos demográficos del año que acababa: 15.502 matrimonios nuevos en Madrid, 37.618 nacimientos y 14.462 defunciones. Eso inclinaba la balanza a favor de los recién llegados pues por cada fallecido se habían producido 2,6 nacimientos en la capital. Madrid había sobrepasado el millón ochocientos mil habitantes y mi familia había contribuido a engordar la estadística con la llegada de un nuevo miembro. El perímetro de la ciudad, grande, muy grande para alguien que procedía de Valdemorillo, había crecido años antes con la incorporación de un nuevo barrio, Vallecas, pero para mí la ciudad era un pequeño rectángulo de pocas manzanas encerrado entre las calles General Sanjurjo, Miguel Ángel, Santa Engracia y Fuencarral. Aquél era mi mundo conocido, el corazón de Madrid, el barrio de Chamberí.

Héctor Perea, el detective que había resuelto el crimen del teatro Cervantes, me había conseguido un mes de prueba en Sucesos gracias a sus contactos con el director de la revista, don Adolfo Laguna. Al tiempo que llevaba pasando a máquina apuntes de los estudiantes de Derecho, y a mi paso por la fábrica de manufacturas y materiales de construcción de Andrés Hernández Salvatierra, debía mi destreza y velocidad al teclado. No sólo era ducha con la máquina. Tenía experiencia en apuntes contables y también en redacción de cartas, informes y documentos legales. Suficiente para haberme sentido segura. Pero no lo estaba. Aquella mañana de febrero iba a pisar por primera vez la redacción del semanario y me había pasado la noche entrando y saliendo del sueño, a ratos acunada por la voz lejana del sereno o por las palmadas urgentes de algún vecino que reclamaba su presencia, y atormentada por lo que mi hermana Chelo llamaba miedo escénico y yo vértigo ante lo desconocido. Me sentía ante un cambio de rumbo, como si fuera a salir de la zona de umbría por la que hasta entonces había transcurrido mi vida para entrar en esa parte del paisaje donde todo ocurre a pleno sol. Allí, a pleno sol, imaginaba que me sería más fácil reconocer la felicidad si es que llegaba a toparme con ella. Con los ojos clavados en el techo estuve buena parte de la noche repasando mentalmente alguno de los artículos sobre sucesos luctuosos que había leído para familiarizarme con los términos policiales, imaginando el aspecto de mis compañeros, el tamaño de la redacción, el olor de los pliegos de papel amontonados sobre las mesas, el sonido de las máquinas de escribir mezclado con el de los teléfonos sonando ruidosamente en el aire. Mis dedos tamboreaban una y otra vez sobre la sábana como si lo hicieran sobre un teclado invisible. Tenía ganas de mecanografiar mi primer perfil, de poner mi habilidad como secretaria al servicio de una columna, una entrevista, tal vez un reportaje sobre un atracador de bancos o el autor de un crimen pasional. Me impacientaba que la noche no acabara nunca. Aquella noche ya duraba un siglo, una eternidad. ¿Llegaría alguna vez la mañana? Me sentía como un barco a punto de ser botado y sólo deseaba que se hiciera de día para sentir el choque de una botella sobre mi casco y soltar amarras.

A pesar de que seguía siendo de noche, a las seis de la mañana aparté las sábanas y me incorporé en la cama. Recorrí la habitación con la vista y me pareció percibir algo distinto a otras madrugadas, como si las cosas irradiaran un aire y un olor a nuevo que sintonizaba con la sensación de estrenar vida que me emborrachaba. Eran las mismas paredes ahumadas y los mismos muebles de siempre, viejos y sin estilo, la misma mesa donde mis trabajos de mecanografía y el pequeño tomo de ortografía que tan a menudo consultaba se mezclaban con los libretos de las dos obras en las que había participado mi hermana como actriz y bailarina, los mismos estantes para libros —un volumen de historia, uno de láminas de pintura, los de poesía que sacaba de la biblioteca municipal, los de Fuenteovejuna y Edipo rey regalos de Jaime meses atrás — que Miguel nos hizo con cajas de naranjas que nos dio tía Manolita. A su lado colgaba un espejo con más bruma que azogue, deshecho de tienta y defectuoso, que ya estaba cuando llegamos y en el que, al mirarse, a uno le daba la sensación de zambullirse en el pasado de la casa, un espejo que huía del presente tan obstinadamente que daba reparo pasar junto a él por miedo a quedar atrapado en sus sombras, y un almanaque sujeto con una chincheta a la pared en el que se leía «Febrero 1956» bajo una reproducción de La fragua de Vulcano de Velázquez y la fotografía de boda de mis padres. Todo lo que me saludaba cada día cuando abría los ojos estaba en su sitio, pero esa mañana había algo distinto y no era capaz de distinguir de qué se trataba. La ropa limpia y doblada que había preparado la víspera colgaba ordenadamente del respaldo de la silla. En el suelo, a su lado, los tacones que Chelo se había empeñado en que llevara. Don Eladio, un comerciante de calzado, se los había regalado cuando mi hermana estaba de gira por el norte. Eran los zapatos más elegantes que había en la casa, historiados, con cintas de cuero de dos colores y algo de alza, y Chelo los juzgó idóneos para mi entrada triunfal en el semanario: «Lo peor que le puede pasar a alguien que sale a un escenario es pasar desapercibido, si no puedes concentrar todas las miradas sobre ti al menos que se escuchen tus pasos». Miré impaciente hacia el otro lado de la habitación. Mi hermana dormía profundamente. Junto a ella, en una pequeña cuna entre nuestras dos camas, dormía Irene, su hija de pocos meses, nuestra aportación al censo de nuevos madrileños. Las dos parecían respirar y soñar acompasadamente. Si Chelo hubiera estado despierta podría haber compartido con ella mi ansiedad y mis nervios, mi emoción y mi vértigo. Nos separaban casi dos años y mucho equipaje, más del que se puede contar en dos líneas, pero entre nosotras no había secretos. Por su trabajo había conocido y aprendido cosas del mundo que yo no llegaría a saber nunca aunque viviera cien años. Enfrentó su precoz maternidad a los diecisiete años con una valentía que me hacía admirarla y preguntarme de dónde sacaba esa fuerza y era esto precisamente, nuestra manera de enfrentarnos a los imprevistos, ya fueran golpes o alegrías, lo que nos hacía tan diferentes. «Estas niñas son oriente y poniente», musitaba mi abuelo Basilio cuando rompió su silencio de veinte años, «la noche y el día». Y tenía razón: mientras ella derrochaba encanto y desparpajo, yo caminaba por la vida parapetada tras un escudo de timidez y prudencia. «Pena que no muere se mata», decía ella ante cualquier revés repitiendo una frase barata de opereta, y con el pulgar y el índice convertidos en pistola simulaba matar a la pena. Con esa filosofía tan sencilla se movía por la vida.

Esa madrugada habría necesitado que su risa y ligereza quitaran solemnidad a mis miedos. Hablar con ella de mis inquietudes era como ponerles una piel de plátano bajo los pies. Las dos acabábamos siempre encontrándoles el lado cómico. Tal vez ella me habría explicado que ese aire nuevo que percibía en las cosas eran destellos que los objetos familiares emitían como guiños de complicidad, señales para que me sintiera segura, confiada. Dudé si despertarla pero finalmente me levanté y con paso sigiloso salvé los pocos metros que me separaban de la puerta de la habitación. Salí al pasillo y al ver colgado en el perchero el mono azul de las cocheras con el escudo de La Santanderina eché de menos a mi padre. Las dos cosas ocurrían simultáneamente cada mañana. Hacía meses que mi padre estaba en prisión pero no había día que no tropezara al salir de la habitación con su ausencia de manera inesperada, como si ésta acabara de producirse, como si su marcha hubiera sido tan repentina que nadie se había acordado de guardar el mono hasta su regreso. Entré en la sala que hacía las veces de comedor, habitación de estudios, cuarto de la plancha, sitio de encuentro para toda la familia. Encendí la radio y bajé el volumen; no quería despertar a nadie pero tenía que ocupar mi tiempo en algo que hiciera correr más deprisa el reloj. La radio hablaba de los estragos que la ola de frío que atravesaba Europa seguía causando en Suecia. Veinticinco barcos habían quedado atrapados en el hielo y Alemania y otros países habían enviado rompehielos a su socorro. La situación empeoraba por momentos y la ola se extendía por el centro y el sur de Europa. También España había sido alcanzada pero lo peor estaba por llegar. Me estremecí afectada por la temperatura de la noticia, como si además del meteorológico la radio presagiara otro tipo de temporal al que aún no ponía nombre. No sé qué me empujó de repente a abrir la puerta de la casa y salir a la portería. De madrugada su aspecto era apacible y sereno, sin gente, sin voces, sin pasos que la atravesaran. Algo llamó la atención a mis ojos tan acostumbrados a detectar cualquier cosa fuera de sitio en aquel lugar. Apoyado en la lamparita sobre el mostrador había un sobre. En camisón y descalza corrí hasta alcanzarlo y después de descubrir que iba dirigido a mí volví rápidamente a casa. Rasgué el papel y leí las tres líneas desbordada por la emoción. Por lo que decía la nota supe que Jaime había regresado a Madrid.

De ser cierta la teoría de que toda mujer lleva el fantasma de un hombre corriendo por su torrente sanguíneo, en las gotas de mi sangre viajan las cinco letras que forman el nombre de Jaime. Son muchas las cosas que tengo que agradecerle pero si tuviera que escoger una sería que me hiciera perder el miedo a los libros y me enseñara a apearles el tratamiento, a tratarlos con cercanía. En realidad hasta que llegamos a Madrid raramente pensaba en los libros. En Valdemorillo había pocos. Los que usábamos en la escuela, los manuales de historia o geografía, los catecismos o los misales no contaban, hablo de libros de verdad, novelas, teatro, poesía. Además de la lejanía que me inspiraban nunca había sentido la vanidad de leer. Digo vanidad porque hasta entonces me parecía que la gente leía por sembrar la conversación de semillas sacadas de los libros, citas y frases que soltaban aquí y allá para que sonara más interesante lo que decían. Me parecía que al coger un libro la gente obtenía dos placeres, el de leerlo y el de hablar luego de él. Ahora sé que lo que me pasaba en realidad era que los libros me intimidaban, me parecían puertas con candados, ámbitos cerrados fuera de mi alcance. Mis llaves eran todas muy pequeñas, insuficientes siquiera para hacer cosquillas a las cerraduras. Jaime me enseñó a abrirlas, empezando por las más fáciles y acabando por las de varias vueltas.

La nota que me había dejado decía:

La primera vez que llegó a Madrid no le gustó el Gaylord, le pareció

demasiado lujoso, la comida demasiado buena para una ciudad sitiada y la

charla demasiado cínica para una guerra.

¿Cuándo había dejado el sobre en la portería? ¿Cuándo había escrito esas palabras que sólo tenían sentido para mí? ¿Le habría abierto la puerta el sereno durante la noche? ¿Dónde estaría alojado? ¿Le habría traído a Madrid algún asunto relacionado con la universidad? Ya no estaba matriculado en la Facultad de Derecho de la calle San Bernardo. Meses antes había sido expedientado y obligado a trasladar su matrícula. Ahora vivía en Zaragoza con unos parientes, y a pesar de lo que le había prometido a su padre no había abandonado sus inquietudes políticas. Al teléfono, cuando me ponía una conferencia desde Zaragoza, notaba cómo se emocionaba al hablar de la universidad como el escenario natural donde tendría que empezar el cambio que la sociedad española necesitaba. Decía que la universidad tenía que salir de la parálisis en la que había caído, que eran ellos, los estudiantes, los encargados de dar el vuelco social que los nuevos tiempos exigían y que la hora de hacerlo había llegado ya. Alguna vez, cuando todavía estaba estudiando en Madrid, lo había acompañado a alguna tertulia de estudiantes y había comprobado lo poco que importaba el número de compañeros que participara en el debate, todas sus voces parecían una única voz.

—La universidad debe despertar de una vez de este largo sueño en el que cayó tras la guerra. No puede seguir siendo un páramo yerto donde cualquier pensamiento crítico queda inmediatamente congelado o muerto.

Jaime había conseguido una edición mexicana de Por quién doblan las campanas durante el breve tiempo que duró la aventura de Niebla, la asociación que él y su amigo Fede crearon para dar impulso a actividades culturales. En realidad con esas actividades buscaban captar estudiantes descontentos con el SEU y con el control que ejercía sobre la vida universitaria. Se estaba preparando algo gordo en la universidad y él no quería quedarse fuera. Un gran cambio. Una revolución, anunciaba. Por eso necesitaban la unión del mayor número de estudiantes posible. Yo escuchaba sus palabras con reservas. Hacía mucho que le oía hablar de esa revolución que no terminaba de llegar. Fue él quien me dijo que el Gaylord no era un recurso literario, una invención del autor de la novela, Ernest Hemingway, sino un hotel que había existido, que aún existía en Madrid aunque con otro nombre. Por entonces Jaime y yo ya habíamos empezado a distanciarnos, pero para mí él seguía teniendo el aura romántica de Robert Jordan y secretamente seguía bebiendo los vientos por él. O no tan secretamente. Conviene que aclare que Jaime no sólo fue el primer amor de mi vida. Fue el responsable de que durante días, semanas, lloriqueara por los rincones tratando de escapar a la mirada cargada de lástima de mis padres y hermanos y de que quisiera huir de mi casa, de Madrid y de todos los lugares que me recordaban a él. Eso había ocurrido hacía un año, antes de que lo expulsaran de la universidad. En la etapa más severa de aquella fiebre mis padres no se atrevían a mencionar su nombre y fingían no enterarse de lo que pasaba, pero yo los oía hablar a mis espaldas y siempre era con conmiseración y ese tono que, buscando ser protector, viene a decir «ya te lo advertí».

—Besos que vienen riendo llorando se van —suspiraba mi madre con pesar cuando creía que no la oía—. Un señorito y la hija de los porteros. Era demasiado bonito para durar.

Mi padre, en cambio, siempre había creído que Jaime no era el hombre indicado para mí y vivía nuestra ruptura con alivio confiando en que un error me llevara la siguiente vez a un acierto.

—Para dar una vez en el clavo hay que golpear cien veces la herradura —decía.

«Dios no quiera que tenga que conocer a cien hombres para dar con uno bueno», rezongaba mi madre y cuando yo entraba en la habitación los dos se apresuraban a cambiar de tema y a sonreírme de esa manera que se sonríe a los enfermos cuya cura crees poco probable. Aunque Jaime puso un hierro al rojo vivo sobre mi corazón de pueblerina la cura llegó. No de manera inmediata. Tuve una recaída que me hizo pensar que nunca lograría reponerme de aquella postración en que me sumía cada vez que Jaime aparecía en mi vida. Pero en el transcurso de los siguientes meses, como uno de esos rompehielos alemanes de los que hablaba la radio aquella mañana, algo acudiría a rescatarme del mar helado en el que me encontraba. Dentro de mí se abrió paso la certeza, la conciencia, de que hay una manera muy distinta de amar que nada tiene que ver con la melancolía, con la enajenación en la que caí tras lo que llaman el primer desengaño. Pero si quiero ser veraz en este relato debo reconocer que a pesar de los años transcurridos hay ocasiones en las que aún noto supurar la vieja cicatriz que Jaime dejó como si no hubiera pasado el tiempo, como si a ratos aún estuviera en carne viva y no fuera a cerrarse nunca del todo.