Amapola
Capítulo 24
Nadie pegó ojo el resto de la noche. Sólo Irene, ajena a lo ocurrido, dormía plácidamente en los brazos, alternativamente, de mi madre y de mi hermana. Pedrito no daba crédito a la suerte que habíamos tenido, no se podía creer que el ladrón del que hablamos la noche que Héctor cenó con nosotros hubiera estado en nuestra casa. Cuando lo dijera en la escuela los compañeros se iban a caer de espaldas.
—Ni se te ocurra decir ni una palabra de esto a nadie —le ordené—. ¿Tú estás tonto o qué te pasa?
Miguel volvió frustrado por no haber podido alcanzarlo. No entendía que no fuéramos a denunciarlo a la policía. Me cubrí diciéndoles que, que yo recordara, nuestro trato con la policía nunca había sido fluido precisamente. Nuestro abuelo Basilio, nuestro padre y él mismo habían pasado alguna noche en la comisaría. No quería denunciarlo porque no serviría de nada. No podíamos dar una descripción de él porque estaba oscuro y encima llevaba la cara cubierta.
—Además, al final no ha cogido ni el bolso de Chelo ni el mío, no se ha llevado nada —mentí.
Aun así, mi madre no veía claro que no fuéramos a la policía. A lo mejor había entrado en algún otro piso de la finca y los vecinos lo denunciaban.
—Pues si alguien lo quiere denunciar que lo denuncie. Yo desde luego no voy a decir ni pío a la policía.
En realidad tenía mis motivos para no querer hablar de ello, pues ya sabía la identidad que se escondía detrás del esquivo y misterioso ladrón y además creía comprender por qué lo hacía. No sólo no estaba dispuesta a denunciarle sino que quería indagar más en las causas que lo habían llevado a convertirse en un allanador de casas.
Lo primero que hice al llegar a la redacción a la mañana siguiente fue ir al archivo y mirar entre los ejemplares atrasados que había repasado desde mi llegada. Buscaba un artículo que contaba lo ocurrido en un dramático incendio que acabó con la vida de dos personas, la de una niña y la del hombre que había intentado salvarla. Tardé en encontrarlo y cuando di con él me sentí como si hubiera desenterrado un tesoro. Allí estaba. El titular decía «El héroe quedó atrapado en las llamas». El incendio había empezado en un bajo ocupado por una tienda de pinturas. Debido a los líquidos inflamables del almacén de la tienda el fuego se extendió rápidamente por toda la finca. Varios vecinos habían logrado escapar del infierno pero otros seguían dentro del edificio. El reportaje hablaba del heroísmo de un hombre que pasaba con su hijo por las inmediaciones y corrió a ayudar a los que trataban de sofocar las llamas con cubos de agua y mangueras. Una mujer gritaba desde uno de los pisos de la casa, no podía bajar por la escalera inundada de humo y ella y su hija estaban atrapadas. El hombre trepó por los balcones de la fachada ante la mirada aterrada de su hijo que lloraba y le suplicaba que no lo hiciera. Había conseguido salvar a la mujer descolgándola por los balcones hasta una terraza lateral libre de llamas pero había quedado atrapado al intentar rescatar a su hija. Varias fotos ocupaban el reportaje. Una de ellas mostraba a los vecinos huyendo de la casa en llamas, otra a los bomberos en el momento en que luchaban por extinguirlas. En una de ellas, la que yo buscaba, se veía a un policía que trataba de consolar a un niño. Gabriel Merino tenía entonces doce años y cuando tomaron la foto acababa de ver vivo a su padre por última vez: era el hijo del héroe al que hacía referencia el titular del reportaje.
Ahora ya sabía que Pies de Franela era dos seres distintos y se desdoblaba en su segundo yo sólo al amparo de la noche. De día era el hombre amable y servicial que todos conocíamos, de noche el niño que escalaba las casas buscando el fantasma de su padre, anhelando encontrarse con él. Cataba de ese modo el sabor amargo del peligro y se dejaba roer el alma por el sueño, dulce y doloroso a la vez, de que al arriesgar su vida y su libertad entraba de algún modo en comunión con él.
En cierta ocasión Héctor comentó que había ladrones que encontraban placer sexual en sus asaltos y que sólo buscaban trofeos que eran como una muesca en la culata de un revólver, un rastro de su paso por el lugar que habían violado. «Sin ser muy amigo de la escuela de Viena —había dicho—, creo que hacen un museo de su colección de trofeos, una especie de altar sagrado que veneran en solitario ya que no se lo pueden enseñar a nadie».
En el caso de Pies de Franela yo no creía que sus actos tuvieran una motivación sexual sino sentimental. Tenía necesidad de demostrar a su padre muerto —y a él mismo— que no le faltaban agallas y esos trofeos eran la prueba de su arrojo. Pero ¿sabía por qué lo hacía o sufría algún tipo de trauma que le impedía recordar? ¿Había borrado de su mente aquel hecho dramático de su niñez? Tal vez su día estuviera lleno de voces silenciosas que sólo él escuchaba, tal vez aún resonaban en sus oídos los gritos de la mujer pidiendo ayuda para salvar a su hija, las últimas palabras que le había dirigido su padre o su propia voz llamándole en medio del estruendo de los gritos y las sirenas para que regresara de las llamas.
Sabía —o aventuraba— todo eso pero lo que no sabía era a quién debía contárselo. Si al menos Enrique siguiera en la redacción, si él hubiera estado sentado en su mesa frente a la mía tal vez me habría sentido tentada de contarle mis sospechas y mi hipótesis sobre quién era el ladrón o por qué actuaba como lo hacía. Después de pensarlo mucho decidí mantener en secreto lo que había descubierto, no revelaría a nadie su identidad, al menos hasta que volviera a encontrarme con él y hubiera tenido ocasión de confrontarlo.