Amapola

Inmaculada Tejera Osuna · Capítulo 3 de 32

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Amapola

Capítulo 2

Con lentitud amanecía el barrio en invierno. Más aún aquel mes de febrero que anunciaba tormentas de nieve y en el que un viento polar había convertido Madrid en un enorme frigidaire. Al día le costaba arrancar, desperezarse, como si algo tirara de él hacia el suelo, como si la mañana llevara prendida en los bajos esas pepitas de plomo que se ponía a los dobladillos de las cortinas para mantenerlas a ras y que no se separaran del piso. La luz iba poco a poco despegando, gris, macilenta, se diría que nacía ya descolorida. No venía del cielo sino que parecía asomar por los adoquines de la calle, ascender por las bocas de las alcantarillas, como si el sol hubiera pasado la noche bajo tierra.

—¿Abre o no abre? —preguntaba mi madre a mi hermano Miguel cuando venía de la carbonera y del cuarto de calderas de poner en marcha la calefacción de la finca.

Debido a la dureza del frío una ordenanza municipal había autorizado a encender antes de tiempo las calderas de las casas.

—El cielo, Miguel, que si abre.

Mi hermano se iba desprendiendo de la ropa y a medida que lo hacía minúsculas partículas de carbonilla caían al suelo formando dibujos caprichosos y cubistas.

—Qué va a abrir. Se está organizando la de Dios es Cristo.

—Esa boquita, Miguel… —Mi madre le ayudaba a doblar la ropa sucia y luego era ella la que se doblaba para limpiar la carbonilla del suelo.

—Una nevada de campeonato, eso va a caer.

—¿Y estamos preparados?

—A medias.

—Pues a medias no podemos estar. Tú ve pidiendo más carbón aunque ahora no falte. Si lo encargamos tarde nos exponemos a que se acabe, no haya reparto en varios días y buena gana.

—Lo que chupa la condenada caldera no es normal, madre.

—Pues a eso voy.

—Está media Europa congelada y la broma que viene a Madrid parece que lo hace con refuerzos. El Manzanares, helado, madre. Como en Siberia.

—Y las pulmonías, a manta, mira éste. Si en todas las casas se encienden antes las calderas habrá problemas con el reparto.

—Usted sabe lo que dicen, ¿no, madre?

—¿De qué?

—De los inviernos estos que nos vienen.

—¿Qué dicen?

—Que la culpa la tienen los americanos y las pruebas esas que hacen con las bombas no sé dónde.

—Por decir…

—Que se están cargando el tiempo con tanto pepinazo, en pocas palabras.

—Entonces de lo del carbón, ¿te ocupas tú? No quiero a los vecinos protestando porque los radiadores no calientan lo que deben. A ver si se van a quejar al administrador de que desde que tu padre falta las cosas no se hacen como se debe. Y de nosotros no puede haber queja, Miguel. Ya han pasado por alto lo que han pasado por alto —se refería al encarcelamiento de nuestro padre— y sólo falta que demos ni un tanto así de motivos para que nos pongan a todos en la calle.

—Ya me he ocupado, madre. Ya sabe que la carbonera es cosa mía mientras padre no esté. Nadie tendrá queja de nada.

Con la claridad un cambio de guardia se producía en el barrio, se marchaba el sereno con su chuzo y sonajero de llaves y aparecían otros habitantes fijos de aquellas calles: el trapero, el afilador, el que arreglaba cacharros de hojalata y varillas de paraguas, el de la miel, el que reparaba las sillas de anea, trabajadores itinerantes, figuras nómadas que cargaban sus alforjas a la espalda como jorobas de camello.

—¿Te enteraste de la multa que han puesto al panadero de Martín de los Heros? —Se detenían a liar un cigarrillo frente a la puerta del bar de mis tíos.

—Mucho corre la liebre pero más el galgo que la prende.

Llevaban noticias de unos barrios a otros y eran como telegramas andantes que lo sabían todo de la calle y de la vida.

—¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido? —preguntaban mi tío Marcelino o su padre, Pelayo, saliendo a la puerta del bar.

—La harina, que no pesa lo mismo para todos. Denos usted un poco de lumbre, haga el favor, Pelayo.

—¿Cómo es eso? —El chisquero que mi tío sacaba del bolsillo del delantal iba pasando de mano en mano en un ritual que los hermanaba.

—Veinte gramos descontaba el de Martín de los Heros a las barras de trescientos —decía el que había traído la noticia.

—Listos los ha habido siempre en todas partes —terciaba Pelayo— pero aprovecharse de la gente en el pan… Eso es una sinvergonzada.

—Cuatro o seis docenas de barras que vendiera al día mucha miga es de margen —opinaba tío Marcelino haciendo cuentas mentales.

—Miga la de las diez mil pesetas de multa que le ha puesto el de tasas. Suerte si no le bajan la persiana por un mes.

—Tanto nadar para morir en la orilla. Hala, con Dios…

Y con el cigarrillo colgándoles del labio como una palabra a medio decir seguían su camino. A menudo eran ellos quienes marcaban las horas del día. Si se oía «¡Se arreglan sillas! ¡El sillero…!», mi hermano decía:

—Las nueve van a dar, madre.

Si era «¡Chorizo, queso y miel de la Alcarria…!», mi madre señalaba:

—No andan lejos las y media.

Todos ellos tenían pulmones tan buenos como los del sereno. A veces los gritos de unos y otros se juntaban en el aire como un canto polifónico con distintas armonías. Visitaban a domicilio, como los médicos, y con el tiempo y el trato pasaban de ser simples conocidos a los que se saludaba alzando un poco la barbilla a miembros casi de la familia a los que se obsequiaba con un vino, un bocadillo y mucha conversación.

—El desbarajuste este de cuentas que tenemos desde que tu padre falta va a terminar por fin —dijo mi madre aquella mañana—; la tranquilidad que me da que hayas encontrado un trabajo tan bueno, hija. Eres la única a la que veo un poco encarrilada.

Miguel había ido a frotarse con agua y jabón para arrancarse la carbonilla de las manos, el cuello y la cara. Mi madre jamás habría dicho en su presencia algo así pues habría sido como hacer de menos el trabajo que mi hermano cubría en la portería desde lo de mi padre. Le recordé que sólo estaba «de prueba», pero no hubo manera humana de que me escuchara.

—Que prueba ni prueba. Maneras de hablar, cosas que se dicen. Te dicen que estás a prueba pero lo que ellos quieren es que te quedes. Tú mete la cabeza, hazte imprescindible y de ahí no te saca nadie. Y todo gracias a Perea. ¡Este hombre! Gente buena como él no se la encuentra uno todos los días.

Aún recuerdo el calor que mi madre desprendía aquella mañana. Habitualmente tenía lumbre en los ojos y en la voz pero ese día las llamas habían crecido por el orgullo que le daba tener «una hija escritora». Bendita ella que no diferenciaba entre hacer palotes y escribir El ingenioso hidalgo. Cuando le explicaba que entre pasar a limpio apuntes y escribir como el doctor Marañón mediaba un abismo, se revolvía inquieta como las antenas de un grillo.

—Ya estás haciéndote de menos. Se empieza pasando a máquina lo que otros escriben y quién sabe, a lo mejor dentro de poco te dejan firmar una página en esa revista tan importante. ¿O te crees tú que la gente nace sabiendo? ¿Has dormido bien?

—Regulín.

Miguel entró secándose la cara con una toalla y me deseó suerte en mi primer día. No era muy dado a las muestras de cariño, al contrario, era áspero por lo general, tenía el pronto rápido, un carácter que parecía electrificado pero también un fondo afectuoso que a veces dejaba asomar sin avergonzarse. Mi madre me acompañó hasta la puerta y me ató la bufanda al cuello como si aún fuera pequeña y me estuviera despidiendo para ir a la escuela.

—Perea se ha desvivido por nosotros y eso que no nos conoce de nada. Hay que agradecerle que te haya encontrado una colocación tan importante. ¿Tú le has dado las gracias?

—¿Yo?

—¿Tú le has dicho algo?

—¿Como qué?

—Ay, qué parada eres a veces, hija.

—Yo lo que le dije fue que… pues que le agradecía mucho el que…

—Ahora que ha dado la cara por ti no le hagas quedar mal y sé cumplidora, ¿eh? Bueno, sé como tú eres, responsable y formal. Esta noche lo vamos a celebrar por todo lo alto. La pena que me da que no estemos todos, eso no lo sabe nadie.

La llegada de los vendedores ambulantes traía consigo la aparición de otros personajes que eran parte insustituible del paisaje de las calles, una raza muy numerosa por aquellos años, hombres a los que Quevedo habría llamado gente sin industria, los mirones. Estaban en todos los barrios. Algunos habían sido maestros, otros barberos, también guardias urbanos, soldados, molineros, electricistas y alguno hasta estraperlista pero ahora ya no eran nada de eso, la pobreza los había igualado y reducido a una única condición, la de mirón. Vivían de leer periódicos de prestado, de vivir vidas de prestado y algunos hasta de comer y beber a costa de la buena voluntad de los vecinos.

En el barrio teníamos nuestra pequeña cuota, igual les daba contemplar la fabricación o el arreglo de una silla de anea en la calle como una partida de tute subastao en el bar de mis tíos. Miraban mucho pero desoyendo el consejo del refrán no eran de piedra ni daban tabaco. Al contrario, eran habladores, sociables, desplegaban encanto y simpatía para así ganar alguna ronda de vino o de cigarrillos. Cuando cansados del esfuerzo de mirar hacían una pausa en torno al banco de la plaza se les escuchaba compartir sucedidos y novedades. Dos eran los temas de conversación a los que daban repaso diario. El primero, la guerra. Después de los años transcurridos, agotadas las lágrimas por la pérdida de padres, hermanos e hijos y cuidadosos de no hablar de bandos para no despertar rencores, a menudo quedaba reducida a una justa en la que se dirimía quién había pasado más hambre.

—El cerco a Frías de Albarracín duró semanas. Cuando se acabaron los gatos y las ratas hasta la correa de los cinturones nos parecía un manjar.

Quien habla es Amable, maestro en Cabezón de la Sal. Habla, pasea y mira como si todavía tuviera un puntero en las manos y señalara sobre un mapa los ríos de España. Hace años que dio su última clase pero será maestro hasta el día que se muera.

—Y con ello no hacíamos sino seguir el camino trazado por el navegante…

—¡Colón! —le interrumpía una voz.

—¡Hernán Cortés! —saltaba otra.

—El otro, el Magallanes —decía el de más allá.

—No, hombre, no, a quien me refiero es al navegante don Pedro Sarmiento de Gamboa a quien Felipe II encomendó ser el azote del pirata Francis Drake.

—Los ingleses son todos unos piratas, se llamen Drake o se llamen reina Isabel. Lo de Gibraltar va ya para doscientos años y no se arregla. Que han dicho que no nos lo devuelven y no nos lo devuelven. Y encima ella pasea sus reales por allí como si se tratara del jardín de su casa.

Amable seguía con lo suyo:

—Con cuero, y no con otra cosa, hubo de sobrevivir la tripulación del Santa María de Castro cuando quedó sin alimentos cerca de las costas de Brasil.

—¿De verdad echaron ustedes mano de las correas en la guerra? ¿O está usted exagerando, don Amable?

—A lo único que se le hacía ascos en aquel cerco a Frías de Albarracín era a la herradura de los caballos, todo lo demás se echaba a la olla.

El segundo tema, las mujeres, con una deriva cada vez más pronunciada no hacia las mujeres de carne y hueso sino hacia las estrellas de la gran pantalla.

—La Gracia se casa con el príncipe de Mónaco y dicen que Hollywood va a trasladarse a Europa. Van a venir todas las grandes figuras a la boda, el Cary Grant, el primero, y luego el Sinatra, el otro, y el otro y el de más allá…

Justo es el que está al tanto de la noticia; barbero en otros tiempos, camina con las manos a la espalda sujetando un cigarrillo que nadie sabe de qué está hecho y que tarda en consumirse lo que en levantarse la muralla de Ávila. De vez en cuando visita su antigua barbería y allí consulta las biblias mundanas, como llama él a las revistas de actualidad o de cine.

—Don Amable, usted que entiende tanto de todo, ¿sabe lo que le pagan en América a un extra que no sale ni cinco segundos en pantalla? Pongamos por caso un indio de esos que no hablan, el que hace las señales de humo por decirle algo.

Después se entregan en grupo a hacer cábalas sobre lo que gana en dólares o en pesetas un extra de cine en América para volver al cabo de media hora larga y tres o cuatro cigarrillos por barba al punto de origen, la boda de la actriz americana y el príncipe europeo.

—La Gracia ha nacido princesa. No hace mal matrimonio ese Rainiero.

—¿Qué dice, hombre, por Dios? Más guapa es la Marilyn. La llaman en América la «Venus de Miller».

A uno de estos mirones le llamaban desde que yo recuerdo Mascarón. Una mancha morada, como un gran cardenal, cubría en parte el lado derecho de su cara, desde mitad de mejilla hasta el borde del labio. Era joven y educado y que yo sepa no se le conocía oficio ni beneficio. Todo en él era un misterio, hasta su nombre de pila. Si bien su aspecto podía haber resultado amedrentador era especialmente querido para mi familia, pues en cierta ocasión había evitado que unos gamberros que vivían en los márgenes del Manzanares y que de vez en cuando hacían razias por el barrio le dieran una paliza a mi hermano Pedrito para llevarse un duro que se había ganado vendiendo tebeos.

Cuando salí de casa aquella mañana Mariano, el sillero, estaba colocando su pequeño taller en la acera, frente al escaparate de la juguetería que había al otro lado de la calle. Mascarón lo ayudaba con el haz de tiras de anea que estaba sacando de las alforjas.

—Mi madre les traerá luego unas sopas de leche caliente y pan —anuncié al pasar por su lado.

—Y de tu padre, ¿qué? ¿Todavía nada? —preguntó el sillero.

—Nada, don Mariano, aún le queda mucho que cumplir.

—Qué va a quedarle. Pero si no ha hecho nada el hombre. Lo que le han hecho a tu padre no tiene nombre, la injusticia que han hecho con él eso tiene que acabarse. La Justicia a veces se pasa de ciega, ve culpables donde hay inocentes e inocentes donde hay culpables. Pero ya verás, ya, el día menos pensado lo tenéis en casa.

—Sí, don Mariano. Dios lo quiera.

Luego pensé que, con el frío que hacía, mi madre los haría pasar a la portería para que tomaran la leche caliente, seguro. Allí hablarían del pueblo pues Mariano también era de Valdemorillo y siempre intercambiaban noticias que les hubieran llegado a través de algún vecino o algún familiar. Trino, mi padre, ocuparía el tema central de la conversación y eso alegraría a mi madre y la aliviaría del peso de la soledad haciéndosela un poco más llevadera. A cambio de la hospitalidad de mi madre, Mariano nunca nos cobraba los arreglos de las sillas e incluso se permitía perder un tiempo valiosísimo de su trabajo explicándole a mi hermano Pedrito —que tenía una curiosidad insaciable y de todo quería saber— cuál era el mejor bayón para extraer las fibras con las que se hacían los «culos» de las sillas o cómo se trenzaban y se aplanaban las tiras de anea.

Chelo me alcanzó en la calle cuando estaba llegando al metro. Venía llamándome a grito pelado y haciendo que la gente se volviera a mirarla.

—Te había dejado el estuche de pinturas junto al lavabo para que lo vieras —dijo jadeando.

—¿Qué tengo? ¿Barrillos en la cara?

—Muy graciosa. Que no me gusta que seas tan desgarbada, hija. ¿Es que te parece mal?

En realidad no necesitaba llamar la atención para provocar una marea de cabezas girándose a su paso. Era guapa de chocar, de una belleza rotunda, dulce y carnal a un tiempo, una mezcla de madonna italiana y la gitanilla que aparecía en las latas de aceite. Al pasar junto a unos obreros que cavaban una zanja, un chaparrón de piropos se descargó sobre ella.

—Eso es un chasis de campeonato y no el de la Mercedes Benz.

Uno deseaba ser náufrago en sus ojos, otro se refería a ella como a un monumento más grandioso que la Cibeles y un tercero lamentaba no estar borracho para poder verla dos veces.

Chelo ignoró sus comentarios y mientras recuperaba el aliento pasó revista a mi cara.

—Ni una gota de color. Ni siquiera rubor en las mejillas o rouge en los labios. Y los ojos. Mírate.

—¿Qué les pasa? —pregunté asomándome a un escaparate.

—Que es una pena que no resaltes un poco las pestañas con los ojos tan bonitos que tienes. ¿No me vas a hacer caso por una vez y a pintarte un poco? Hoy quiero que estés guapa de tumbar.

Después de mostrar su desacuerdo con mi cara lavada bajó la mirada hasta mis zapatos planos.

—Eso sí que no. Esas pantuflas ni hablar. A ti te falta un tornillo, definitivamente.

—Son calentitos.

—Yo es que te mataba. ¿De verdad vas a entrar con esos zapatos blandos de costurera en la oficina? —me regañó.

—Redacción —corregí molesta lanzando una mirada de reojo a mis pies que se movieron dentro de los zapatos—. Además, ¿quién se va a fijar en ellos?

—Tres dedos más de altura, media peineta de carey y seríamos dos reinas. Nos hemos quedado bajitas y algo tenemos que hacer. ¿O no vamos a hacer algo?

—Ni en si llevo colorete. No voy a un desfile —añadí malhumorada pagando con ella la rabia porque los piropeadores no hubieran levantado la vista cuando pasé a su lado.

—No podemos pintar los centímetros que nos faltan aunque sí fingirlos con un cardado de pelo o colocándolos en los pies.

Los obreros no parecían desanimarse por su indiferencia y decían algo de bailar un chotis bien apretao con ella y de poner en las curvas de su cuerpo señales de tráfico para que nadie descarrilara. Otro decía que hacían la pareja perfecta y que eran la bella y la bestia.

—Que pesados, ¿no? —pregunté picajosa.

—La primera impresión lo es todo —continuó Chelo sin hacerles caso, y nos apartamos de ellos hasta que sus voces se apagaron del todo—. Lo de la cara lavada puede pasar, pero los zapatos… No sólo por la altura. ¡Pero si ni siquiera hacen ruido cuando caminas! Pasarás inadvertida. ¿Sabes lo que decía Sarah Bernhardt? Que había dos maneras de cruzar un escenario, como si pisaras alfileres o como si pisaras brasas. Haciéndose notar o haciéndose notar, ésas son las alternativas. Claro que fue antes de que perdiera la pierna.

—Qué cosas inventas.

Sacó de una bolsa que traía en la mano los zapatos de don Eladio y con un gesto implorante me instó a ponérmelos. Tenía prisa y obedecí pensando que con ello me desharía de ella. Eran demasiado altos y las cintas de cuero me apretaban el empeine haciendo sobresalir a cada lado unos rulitos de carne que traté de disimular encogiendo y estirando los dedos varias veces. Un par de pasos bastaron para convencernos de que me hacían parecer más torpe e insegura de lo que ya estaba.

—No creo que sea buena idea llegar el primer día trastabillando —insinué cargada de razón—. ¿No es mejor que no se me note… demasiado? ¿Qué diría tu Sarah Bernhardt de dejarse los dientes en el suelo nada más salir al escenario?

—A mí me costó horrores aprender a caminar con ellos. Tienes razón, son demasiado altos para ti —concedió magnánima y mirando con nuevos ojos mis zapatos blandos que colgaban de su mano como dos despojos me los alargó—. Los «pueblerinos» no son tan feos después de todo —dijo intentando sonar convincente.

—Gracias.

Mientras me cambiaba de calzado por segunda vez me reprochó no haberla esperado. Quería acompañarme a la redacción y compartir conmigo «los nervios del estreno».

—Además, tengo algo que contarte y en casa no puedo —añadió—, y por favor, antes de entrar en la oficina quítate esa bufanda que pareces una colegiala.

No quería llegar escoltada por mi hermana pequeña pero no tenía corazón para mandarla a casa. Por entonces Chelo pasaba horas bajas por culpa de una instructora del Servicio Social que trataba de redimirla de su mala vida convenciéndola para que diera en adopción a la pequeña Irene. De nada había servido la firmeza con la que toda la familia, y en especial mi madre, había negado cualquier posibilidad de que la niña fuera adoptada. La instructora en cuestión, doña Pilar Lorite, seguía visitando a mi madre de tarde en tarde para intentar que cambiara de opinión sobre su nieta. Pero no era de eso de lo que Chelo quería hablarme. El día anterior volvía de las clases cuando unas estudiantes de dibujo a las que no conocía de nada la pararon por la calle y le preguntaron si estaría interesada en hacer de modelo en el taller donde pintaban.

—La directora de la academia está buscando caras nuevas y dijeron que seguro que yo les encajaba. ¿A ti qué te parece? Lo de posar y eso.

—Que eres una presumida.

—Apuntes del natural lo llamaron ellas. Ahora están haciendo un arlequín, o sea, que el modelo de ahora se ha disfrazado de payaso para que lo pinten como el del cuadro de Picasso. Yo no sé qué cuadro es pero ellas dijeron eso, el arlequín de Picasso. Tú, con lo lista que eres, lo has tenido que ver en algún libro. ¿Lo has visto o no lo has visto?

Era uno de los cuadros que salían en mi libro de láminas.

—Mira, Chelo, no tengo tiempo para…

—Tú dime si lo has visto.

—Pero ¿te pararon así, sin venir a cuento? ¿Tú no hiciste nada para llamar la atención? —pregunté maliciosa. Seguía envidiosa de su belleza.

—¿Y qué querías que hiciera, chica? Como te imaginarás no me puse a bailar La morena de mi copla en mitad de la calle.

—Pues no sé, yo no estaba. Pero según eres…

—Me crucé con ellas que venían riendo, charlando, cogidas del brazo como a tapar la calle, ya sabes. Tuve que bajar de la acera para pasar y nos quedamos mirando, eso es todo. Después de cuchichear entre ellas vinieron corriendo y me lo propusieron. Figúrate cómo me quedé yo, ¡helada perdida!

Metió la mano en el bolsillo.

—Mira, aquí tengo apuntado el nombre de la academia. Dime que no te parece tan mala idea, por favor. Por favor.

Me largó un papel donde venía el nombre y la dirección de la academia; era un estudio, el de Marisa Roesset, en la calle Goya. Puse mala cara. Anticipaba las reacciones en contra que iban a tener mi madre y, sobre todo, Miguel. Desde que nuestro hermano mayor se había quedado ejerciendo de cabeza de familia había reforzado su estricto control sobre mi hermana, a la que cortaba cualquier movimiento que considerase veleidoso. Chelo intentó suavizar el asunto, como si ensayara argumentos conmigo para cuando tuviera que enfrentarse con los dos jueces del tribunal sumarísimo que habíamos dejado en casa.

—No es nada del otro mundo, Asun.

—No es a mí a la que tienes que convencer.

—Sólo toman apuntes, eso es todo.

—Yo lo que creo es que…

—Por supuesto nada de desnudo ni cosa parecida —se apresuró a aclarar—, ya lo he preguntado, el trabajo es decente cien por cien. Sólo tengo que ponerme como me marque la profesora y aguantar como un pasmarote sin moverme. Así, como una estatua. —Y se puso a hacer de estatua hasta que me arrancó una sonrisa—. Pagan doce pesetas a la hora y nos vendría tan bien ese dinero…

Era bastante dinero. Al menos para una familia como la nuestra. Pero era difícil, si no imposible, que mi madre aprobara algo así.

—Ahora déjame hablar.

—Di.

—No creo que sea buena idea.

—Si es que lo sabía.

—No te quiero chafar la ilusión pero es mejor que esperes a que te salga otro trabajo. Sabes tan bien como yo cómo están las cosas en casa.

Sin necesidad de mencionarlo las dos sabíamos que su historia con el tramoyista y su embarazo estaba detrás del odio que nuestra madre le había cogido a todo ese ambiente de artistas y bohemios del que decía, repitiendo las palabras de un párroco de Valdemorillo, que era un mundo inmoral, indecente y sicalíptico.

—Lo entiendo, si entiendo lo que estás pensando —dijo Chelo—, pero esto es diferente al mundo del teatro, aquí no hay el mismo ambiente ni por asomo. Me podrías acompañar a la academia.

—¿Yo?

—Si no puedes hoy, otro día. Así la verías por ti misma y te darías cuenta de que no hay peligro ninguno.

—Pero ¿es que tú ya has estado?

—No, no, qué va.

Guardé silencio. Me apenaba desilusionarla.

—¿Me ayudarás a convencer a madre y sobre todo a Miguel? Por favor, Asun, necesito salir de casa, volver a relacionarme con la gente, y es una oportunidad para que pueda traer algo de dinero a casa. Cuidar de Irene no es barato precisamente.

Eso era verdad.

—Pero siendo sinceras —añadió—, tengo que reconocerte que más que el dinero lo que necesito es respirar fuera de las cuatro paredes de la portería.

Chelo me miraba con sus grandes ojos, aguardaba impaciente una respuesta. Echamos a andar, Chelo no soltaba la presa.

—Tú no lo entiendes porque entras, sales y a nadie das cuenta de nada…

—Eso tampoco es verdad.

—… pero yo me ahogo, todo el día de Felisa a Irene y de Irene a Felisa.

—Ni se te ocurra hablar en ese tono de ellas.

—Pues de madre a hija y de hija a madre, como quieras —dijo suavizando el tono y moviendo los brazos como aspas. Había puesto en marcha los mecanismos del melodrama que tan bien controlaba; la gente la miraba como si estuviera declamando y buscaba una cámara de cine por los alrededores.

—Es como si cayera una y otra vez en la casilla un turno sin jugar —continuó—. Llevo meses con la partida parada. En mi vida no pasa nada. NADA. ¿Para eso me vine a Madrid? Me estoy asfixiando. Ganas me dan de volver a Valdemorillo aunque sólo sea por cambiar de aires. Y si doy la nota, la doy, y si me señalan, no me importa. Estoy desesperada. De-ses-pe-ra-da.

La detuve. Sabía que era capaz de utilizar todos sus recursos dramáticos para convencerme, siempre lo hacía. Su actuación había vuelto a ser eficaz. Lo pensaría, era todo lo que estaba dispuesta a prometerle. Sonrió y aplaudió dando por segura mi alianza.

Muy resuelta se puso a bajar las escaleras de la estación.

—¿Adónde vas? —pregunté.

—Pues a acompañarte.

—Pero si ya me has contado todo lo que querías decirme.

—Bueno, pero así no vas sola.

—¿Crees que me voy a perder?

—Mejor no arriesgarse.

Acepté que hiciera conmigo el trayecto en metro, pero dejé claro que cambiaría de andén al llegar a Moncloa y se volvería por donde había venido sin salir siquiera de la estación.

—Que sí, hija, que sí. Qué pesada, por Dios.

Al final no sólo hizo transbordo conmigo y me acompañó hasta la misma puerta del semanario sino que me hizo mil preguntas sobre la nota que me había dejado Jaime. Como me la había arrancado de la mano durante el viaje y no había entendido qué quería decir eso que había escrito me preguntó si era una especie de clave secreta, un código cifrado como en las películas de espías. Mi hermana era una enamorada del cine y para ella el domingo era un día sagrado que santificaba acudiendo sola o con mi hermano Pedrito a las proyecciones de películas que hacían en el centro parroquial. Le expliqué que el lugar mencionado en la nota había sido un hotel de Madrid muy frecuentado durante la guerra por rusos y escritores americanos y que en cierta ocasión Jaime me había dicho que salía en una novela. Seguramente quería que nos viéramos allí.

—¿Y por qué la nota no dice más claramente a tal hora en tal sitio? —preguntó Chelo cargada de razón.

No supe explicarle los meandros que Jaime empleaba en las cartas. Era un juego para él. Empezamos a utilizar mensajes secretos cuando nos hicimos novios y ambos intentábamos que no se enteraran nuestras familias. Nos parecía excitante eludir la vigilante mirada de su madre, doña Eulalia, por medio de cartas que iban y venían del principal a la portería escondidas en los libros. Los juramentos apasionados de lealtad de las novelas de Dumas, los párrafos sencillos y a la vez misteriosos de San Manuel Bueno y Mártir o versos de José Hierro sirvieron muchas veces de escondite a nuestras notas. En ellas fijábamos citas nocturnas en la portería o frente al taller de costura de doña Herminia. De todos los autores que Jaime leía por aquella época José Hierro era su preferido. Jaime lo había conocido en la universidad en una velada poética de las varias que hubo durante los Encuentros entre la Poesía y la Universidad y siempre acudía a sus versos para mitigar el escozor de una pelea o sellar un armisticio: «vivir y morir vidas y muertes de otros… un momento que flota y nos toca con su misterio… el que siente en su mano temblar la alegría y ya no puede morir…».

Chelo, mortalmente aburrida de tanto morir poético, elevó los ojos al cielo.

—De la que me libro al no tener novio, chica —dijo aliviada. La idea de tener que aprender poesía ñoña para comunicarse con alguien le parecía una carga demasiado pesada. Pero no tanto como la idea de tener que aguantar a un hombre toda la vida. Los hombres le habían hecho mucho daño y no quería verlos ni en pintura, al menos eso decía.

Llegamos por fin al portal y vimos la placa que anunciaba el piso del semanario. Chelo me miró sonriente y me apretó la mano con tanta emoción que los dedos se le pusieron blancos.

—Ay, Asun, que me muero, que me va a dar algo…

Solté un suspiro que se oyó en la avenida de José Antonio. Toda la noche esperando ese momento y ahora sólo deseaba salir corriendo.

—Te acompaño al metro y vuelvo —dije cogiendo a mi hermana del codo.

—De eso nada, monada —canturreó Chelo alegre desanudándome la bufanda.

Antes de que pudiera darme cuenta Chelo me la arrancó del cuello, colocó en mis manos unas flores que había comprado a la salida del metro —«sin flores no hay estreno que valga», declaró— y me empujó hacia el interior del portal.

Sin darme tiempo a reaccionar y devolverle las flores me guiñó un ojo, dobló la esquina y se perdió por las calles. Subí los escalones que me separaban del entresuelo donde estaba la redacción y después de inhalar profundamente empujé y traspasé la pesada puerta.