Amor en la isla

Marion Lennox · Capítulo 9 de 11

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Amor en la isla

Capítulo 9

 

 

CÓMO has conseguido que dijera que sí? Si supieras las discusiones que he tenido con ella...

—Encanto masculino —sonrió Hugo.

—Ya, claro. ¿Y dónde se compra?

—Tú tienes tu propio estilo. Créeme, Christie, no necesitas una gota de encanto. Tienes todo el que hace falta.

Eso fue suficiente para dejarla callada hasta la siguiente visita.

No estaba lejos. Y, afortunadamente, aquella vez no era una cueva, sino varias cabañas de madera rodeadas de palmeras y follaje casi tropical, al borde de un riachuelo. Todas tenían el techo de uralita y un porche para sentarse a mirar las estrellas. Había columpios de madera para los niños y, aunque pobre, parecía una comunidad agradable.

—No son originarios de Briman. Los nativos de Briman fuero aniquilados casi en su mayoría por un inglés que apareció por aquí con harina llena de cianuro. Esta gente llegó aquí hace cinco o seis años.

—¿De dónde eran?

—No estoy segura porque ellos tampoco saben darme el nombre, pero del Norte de Australia. El gobierno se sentía culpable y les dio estas tierras. Por supuesto, después de robarles las suyas.

—Ya veo.

—Los antepasados de Mabs, un grupo de familias que se libró del cianuro, han vivido aquí durante cientos de años, pescando y cazando, pero cuando llegamos nosotros... bueno, ya sabes cómo somos los blancos. Los arrinconamos en Koori y aquí se han quedado.

—En las ciudades hay grupos de aborígenes que no encuentran su sitio.

—Sí, es verdad —suspiró Christie—. Al menos, aquí viven como quieren y conservan sus propias tradiciones.

—Lo raro es que te acepten como médico.

—Me ha costado, no creas. Tienen sus propios curanderos, pero sufren enfermedades occidentales y saben que esas yo las puedo curar. Vengo una vez a la semana porque se niegan a desplazarse, pero no es suficiente. Así que... ¿estás dispuesto a ayudar?

—Nada me gustaría más.

Si una semana antes alguien le hubiera dicho que iba a pasar cuatro horas sentado en la arena, examinando los ojos de un montón de nativos para comprobar si sufrían glaucoma, le habría dicho que estaba loco. Pero eso era lo que estaba haciendo. Y no habría querido estar en otro sitio.

Christie, que por fin podía contar con la ayuda de otro médico, había decidido exprimirlo bien.

—El mayor problema aquí son los ojos. La arena contiene partículas de cristal y el viento les golpea la cara continuamente, así que hay muchos pacientes con ceguera de mayor o menor grado, glaucoma, reacciones alérgicas...

Poco después, le presentó a Maree, una aborigen que hacía las veces de enfermera.

—Encantado.

Seguramente, Maree no era enfermera diplomada, pero allí las cosas se hacían de otra manera.

—Si le dices quién necesita antibióticos, ella se encargará de que se pongan las gotas todos los días.

Hugo examinó a docenas de niños y se sorprendió al descubrir la cantidad de dolencias de mayor o menor entidad que sufrían. Había uno tocándose la oreja y cuando le preguntó, el niño contestó que le dolía desde hacía tiempo. Una infección, por supuesto. Con la ayuda de Maree, Hugo procedió a limpiarla y recetar antibiótico.

Un adolescente que había pisado un banco de coral la semana anterior tenía ampollas en los tobillos. Si no hubiera sido atendido aquel mismo día, podría haber perdido un pie.

Otro, tenía fiebre.

—Maree me ha dicho que tengo que beber mucho.

Tuvo que tratar todo tipo de achaques, pero todo el mundo aceptaba el tratamiento con resignación, sin agobios. Incluso había que sacarles los síntomas con sacacorchos. Desde luego, nada que ver con los pacientes de Brisbane. Ni siquiera con los de Briman.

Los niños, para quienes era una novedad, se reían de él.

—El médico que casi se ahoga —lo llamó uno de ellos. Hugo tuvo que sonreír.

Y Christie...

A ella solo la llamaban Christie y estaba claro que la trataban con mucho respeto. Seguramente, porque ella hacía lo mismo, pensó, observándola charlar con un grupo de niños sobre la importancia de lavarse los dientes. Había llevado una caja de cepillos y Maree y ella estuvieron media hora explicando cómo usarlos.

—Es importante que cada uno tenga el suyo. No se deben compartir — les decía, solemnemente—. Si Brenda tiene una infección en el estómago y le presta su cepillo de dientes a Davo, Davo tendrá una infección de estómago también.

Nada que ver con un hospital en Brisbane, desde luego. Sentía admiración por ella, por su paciencia, por el respeto que mostraba, por su dedicación... y cobrando un sueldo mínimo.

¿Podría hacer él lo mismo? Para que fuera posible, tendrían que cambiar tantas cosas...

El último capítulo. Tenía que concentrarse en el último capítulo de su libro.

No, se dijo a sí mismo, volviéndose hacia la niña que estaba examinando. Tenía que concentrarse en los ojos de Mary Bindii y en la fiebre de Anna Corragaba.

Lo demás, daba igual.

 

Terminaron a las seis de la tarde.

—No me lo puedo creer —suspiró Christie—. Tener la ayuda de otro médico es maravilloso. Si no hubieras venido, me quedarían dos o tres horas más.

Aquella mañana se había puesto unas gruesas botas porque, según ella, en Koori había muchas serpientes. Pero, por el aspecto de las botas, Hugo sentía pena por los reptiles.

Se había hecho una coleta y con aquellas pecas... parecía cualquier cosa menos un médico. Era una mujer deseable, bellísima, generosa...

¿Especialistas de un gran hospital? Ninguno podría compararse con la doctora Flemming.

—¿Estás cansada?

—No, qué va. ¿Quieres que cenemos en la playa?

Eso lo sorprendió. Había pensado portarse de forma amistosa hasta que se fuera de Briman. Pero una cena en la playa...

—¿Y tu abuelo?

—Los miércoles suele cenar en el hospital porque yo llego muy tarde a casa —contestó ella—. Por cierto, Maree me ha dicho que has convencido a los padres de Anna Corragaba para que la lleven al hospital.

—Tiene una fiebre altísima.

—Lo sé, pero es muy difícil para esta gente reconocer que están realmente enfermos. Son especiales... Por ejemplo, tú has conseguido que los padres de Anna la lleven al hospital, pero tardarán algún tiempo en llegar.

—¿Por qué?

—Porque irán andando.

—¿Nadie tiene un coche por aquí?

—No.

—¿No puedes enviar una ambulancia?

—¿Qué ambulancia? —sonrió Christie, señalando su coche—. Esa es mi ambulancia. Además, daría igual. Los de Koori no suben a un coche ni locos.

—¿Por qué?

Ella se encogió de hombros. Era una tontería compartir con él todos los problemas de la isla porque iba a marcharse, pero quizás las notas le irían bien para uno de sus largos informes.

—Si supieras los problemas que tenían antes de venir aquí... Los niños esnifaban gasolina. Algunos tienen el cerebro permanentemente dañado.

—¿Por eso no suben a un coche?

—Por eso los mayores de la comunidad han decidido que no quieren ver un coche ni a veinte kilómetros.

—Pero eso es absurdo —murmuró Hugo.

—Para ti y para mí, no para ellos. Hay que respetar sus creencias — sonrió Christie—. Tú también lo has hecho. No te he visto obligar a ninguno de los niños a tomar nada.

—Claro que no.

Era cierto. Los había convencido, persuadido. Les había explicado por qué hacía cada cosa hasta que se quedaban tranquilos.

Pero había una razón para todo ello: la mujer que estaba a su lado. La mujer que se había convertido en lo más importante de su vida.

—Anna llegará al hospital a medianoche. Los hombres la llevarán en brazos casi todo el camino. A las doce iré al hospital y seguro que me los encuentro en la puerta —dijo Christie entonces, guardando el maletín en el coche.

—Tengo la impresión de que es el apéndice.

Ella arrugó la nariz.

—¿De verdad? Maldita sea... Entonces tardaré dos horas en convencer a sus padres de que la dejen ir en avioneta a Townsville.

—Podríamos operarla nosotros —sugirió Hugo.

Christie sonrió. Era lo que quería. Lo que esperaba que hiciera siempre. Lo único que quería era quitarle aquella carga de los hombros, hacer que se sintiera feliz, verla sonreír...

—Eso sería estupendo. Hugo, si supieras... he visto morir a alguno de estos niños porque no recibían ayuda —dijo ella, cerrando los ojos. Hugo tuvo que contenerse, pero lo único que hubiera deseado hacer en ese momento era abrazarla con todas sus fuerzas—. Bueno, llevo el móvil. Si Anna llega al hospital antes de lo previsto, Eileen me llamará. Por el momento, tengo la cena en el maletero, así que ya podemos ir buscando una playa.

 

Aquella vez fue diferente. Ya no eran dos desconocidos y la relación había cambiado drásticamente.

Y los dos ponían mucho cuidado en no hablar del futuro.

Hugo, porque no sabía qué iba a depararle. Christie, porque sabía lo que la esperaba.

La soledad, pensaba, mientras tomaba un poco de pollo al curry que había sobrado de la noche anterior. Los días que estaba pasando con Hugo en Briman la hacían percatarse de la soledad que le esperaba en el futuro. No solo una soledad íntima, sino profesional. Cuando él se fuera, volvería a trabajar horas y horas, angustiada cuando tenía un paciente al que no podía ayudar.

Hugo observaba su rostro en la semioscuridad. Hubiera querido decir un millón de cosas, pero no estaba preparado para hacerlo.

La quería tanto que hacerle daño era impensable. Era mejor marcharse.

Apenas probó el pollo, ni el café que Christie llevaba en un termo.

No había viento y las olas eran el único sonido en la solitaria playa. El único sonido junto a los latidos de su corazón.

La luna parecía colgada sobre el agua, dándole un brillo de plata.

Solo existía ese momento, pensó amargamente. La luna, la arena y aquella mujer. ¿Y si no volvía nunca?

—Tenemos que irnos —dijo, con la voz estrangulada.

Hugo se levantó y alargó una mano para ayudarla. Gran error. Quizá había tirado demasiado fuerte porque Christie terminó aplastada contra su pecho.

Pero no se apartó. Todo lo contrario. Lo miraba con los ojos brillantes, como esperando una explicación.

No debía. No podía hacerlo.

En dos días se habría marchado y... no sabía cuándo podría volver. O si podría volver. Dependía de tantas cosas.

Pero eso era el futuro. Christie era el ahora. Christie...

No debía. No podía.

Pero era imposible contenerse.

Hugo la envolvió en sus brazos y ella enredó los suyos alrededor de su cuello. Aquella mujer, aquellos ojos... se había convertido en parte de él.

Sus bocas se encontraron. El cuerpo femenino derritiéndose contra el suyo, como si fueran dos mitades de un todo. Dos mitades que se habían buscado durante toda la vida.

Era tan dulce, tan encantadora. Y era suya.

Y cuando se deslizaron hasta la toalla que Christie había tendido en la arena, no se apartaron ni un centímetro. Lo que los había separado hasta entonces parecía haberse disuelto, fragmentado para siempre.

Christie...

Necesita estar con ella desesperadamente; buscaba su piel, la perfección de su cuerpo... Y ella hacía lo mismo, con la misma desesperación.

¿Cómo alguien tan maravilloso podía desearlo? ¿Cómo no la había encontrado hasta entonces? Hugo descubrió que era un hombre incompleto sin ella.

Se apartaron durante unos segundos para tomar aliento y él intentó agarrarse al gramo de sensatez que le quedaba.

—Christie, no podemos...

—Están en mi maletín.

—¿Qué?

—Los preservativos —contestó ella.

—¿Los llevas para pasar la noche en la playa con tus amantes? —bromeó Hugo.

—Los llevo para dárselos a los adolescentes de Koori, bobo. Para que los usen cuando estén seguros de lo que quieren.

—Ah, ¿y tú estás segura?

—Más que nunca en mi vida —contestó ella, en voz baja—. Me muero si no me haces el amor ahora mismo, doctor Tallent.

 

Fue increíble.

Christie estaba en brazos de su amante, mirando las estrellas que empezaban a aparecer en el firmamento como silenciosos testigos de su amor.

No era su primera vez. Tenía veintiocho años y antes de llegar a Briman había tenido dos relaciones serias. Las dos veces, ellos querían casarse, pero la isla la llamaba demasiado.

Había pensado que era la isla. Pero no era verdad.

No quiso casarse con ninguno de los dos porque nunca había sentido lo que acababa de sentir con Hugo.

Si lo hubiera conocido en la universidad... ¿habría podido dejarlo para vivir en Briman? ¿Podría haberle dicho: «no, no quiero casarme contigo porque tengo que estar donde me necesitan»?

La respuesta tendría que haber sido la misma, pero se le habría roto el corazón. Como se le rompería dos días más tarde.

En los brazos de Hugo, se sentía... completa.

Y sabía por qué. Por primera vez en su vida, Christie Flemming estaba locamente enamorada. De un hombre que nunca podría ser parte de su vida.

 

Hugo la apretaba contra su pecho como si fuera un sueño.

Estaban desnudos sobre la toalla, cubiertos solo por la suave brisa del mar. No necesitaban nada más. Piel contra piel, ella era todo lo que había deseado siempre. Todo lo que nunca pensó encontrar estaba apretado contra su corazón.

Su Christie.

Nunca soñó que hacer el amor pudiera ser así. Era un acto placentero, por supuesto, pero aquello...

Era mucho más. Era como si sus corazones se hubieran besado.

Y sabía por qué. Aquella era la mujer con la que quería compartir el resto de su vida.

Tenía que decírselo.

¡No!

No podía. Christie estaba atrapada. No podía marcharse de la isla y, después de ver lo que hacía allí, él no podía pedirle que lo hiciera. La necesitaban en Briman y aquel era su sitio.

¿Y él?

Hugo había nacido y crecido en Brisbane. Su vida estaba en la ciudad.

Tantas complicaciones...

No, solo una en realidad. Su corazón dio un vuelco al pensarlo. ¿Debería hablar con ella? ¿Debería arriesgarse?

¿Y hacer promesas que no podría cumplir?

Lo que había entre ellos era demasiado precioso para ser ignorado. Si aquella noche era lo único que tenían... si tenía que recordar aquella noche durante toda su vida... que así fuera.

Hugo la miró a los ojos mientras volvía a hacerle el amor. Y, en ellos, vio todo lo que necesitaba. Y más.

Era su Christie.

Su amor.

¿Aquella noche o... para siempre?

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