Amor en la isla

Marion Lennox · Capítulo 2 de 11

Páginas del PDF

Amor en la isla

Capítulo 2

 

CHRISTIE no tenía tiempo de seguir pensando en Hugo Tallent.

Liz Myers estaba pasándolo fatal.

Desde que su abuelo sufrió la embolia, no solían atender partos en Briman. Por sentido común. Las madres iban a Brisbane unas semanas antes de dar a luz y se quedaban en el hospital que les correspondiera. Aunque Christie había hecho prácticas de obstetricia, se encontraba muy limitada al tener que trabajar sola.

Hasta un par de meses antes, Stan y ella eran capaces de atender incluso cesáreas. Pero ya no. Su abuelo, además de tener paralizado el lado izquierdo del cuerpo, sufría cierta confusión y él mismo se daba cuenta de que ya no era capaz de atender a los pacientes con total seguridad.

Eso significaba que estaba sola.

Y también significaba que la sonrisa que tenía en los labios cuando entró en la habitación de Liz Myers era completamente falsa. Además de una paciente, Liz era su amiga. Y Christie rezaba en silencio para que todo fuera bien.

—¿Cómo estás?

Liz, embarazada de treinta y cinco semanas, era muy pequeña... y el niño era muy grande. El mes anterior, Christie le había pedido que fuera a Townsville para hacerse una ecografía y lo que habían visto no les gustó nada.

El ginecólogo le dijo que volviera cuando estuviese de treinta y seis semanas porque seguramente tendrían que practicarle una cesárea.

Y cuando vio las placas, ella opinó lo mismo.

Pero el parto se había adelantado. Liz estaba pálida y su marido, un hombre de más de dos metros, la miraba como pidiéndole un milagro.

—¿Puedes hacerle una cesárea tú sola? —le preguntó Henry—. El médico de Townsville nos dijo que no podría tenerlo de forma natural.

—Primero, tengo que reconocerla —lo interrumpió Christie, con el corazón encogido.

Por la noche le había puesto un goteo para detener las contracciones, pero... una mirada al rostro de su amiga le dijo que aquella vez no iban a detenerse.

Christie recordó el informe que había recibido de Townsville cuando Liz estaba de siete meses y medio:

«La cabeza del niño ya es más grande que la pelvis, de modo que el parto natural es imposible. Asegúrate de que vuelve a Townsville cuando llegue a las treinta y seis semanas».

Liz solo estaba de treinta y cinco, pero el niño parecía tener prisa por hacer. Y, aparentemente, pensaba llegar al mundo inmediatamente.

Cuando le hizo la ecografía, su corazón se encogió un poco más. Los latidos del feto oscilaban entre ciento trenta y cien.

Necesitaba ayuda urgente.

—¿Quiere que llame al doctor Stan? —preguntó Louise.

Louise era la enfermera más joven, pero incluso ella se daba cuenta de que tenían un serio problema entre las manos. La última contracción había tenido lugar dos minutos antes y cada vez eran más seguidas.

—No.

¿Qué podía hacer su abuelo, excepto ponerse furioso por no poder hacer nada?

¿Y qué podía hacer ella sola, sin anestesista, sin ayuda? ¿Por qué había elegido practicar la medicina en un sitio tan aislado?

En la universidad, sus compañeros se reían de ella: «Lo único que vas a hacer es dar puntos y llamar al helicóptero para que evacue a los pacientes».

Pero ellos no entendían cuánto amaba aquella isla. Christie, cuyos padres siempre estaban de viaje, había pasado allí sus vacaciones desde que era pequeña y estaba enamorada del mar, de las puestas de sol, de la tranquilidad y del trabajo de sus abuelos en el hospital.

De modo que cuando la abuela Martha murió, ella no dudó en ocupar su puesto. Y las cosas habían ido muy bien durante casi cuatro años, hasta que Stan se puso enfermo. La seguridad social, a quien Christie había solicitado ayuda varias veces, no parecía interesada en enviar otro médico a la isla...

Pero todos esos problemas no tenían comparación con el que tenía entre las manos: el latido del feto descendía rápidamente y si esperaba un poco más...

El niño no iba a esperar a que el temporal amainase, de modo que tendría que practicar una cesárea. Pero ella sola...

Tendría que ponerle a Liz anestesia general. Una epidural no serviría en aquel caso. No podía practicar una cesárea con la paciente despierta y en esas circunstancias.

Mary Anne podía llamar a un anestesista del hospital de Townsville que le iría dando instrucciones mientras ella operaba...

¿Y si el niño tenía problemas?

Mejor no pensar en ello. Lo más importante era Liz. Sería imposible detener la hemorragia y resucitar a un recién nacido al mismo tiempo.

No tenía alternativa. El niño no quería esperar y el informe del tiempo avisaba que el temporal no iba a alejarse en dos días. Dos días...

Cuando Christie hizo una comprobación de pelvis, descubrió que tampoco en eso se había equivocado el ginecólogo de Townsville. Era demasiado estrecha.

Lo único bueno era que el feto no había empezado a moverse todavía y que Liz no había dilatado.

Sería mejor empezar inmediatamente, cuando la situación no había llegado a un punto extremadamente peligroso. Si el latido del feto descendía, no habría tiempo de establecer comunicación con el anestesista.

—Louise, llama a Mary Anne. Dile que vaya inmediatamente al quirófano. Todo lo demás puede esperar.

Después, tomó la mano de Liz, tanto para calmar a la joven como para calmarse ella misma.

—Hay que practicar una cesárea. El pequeñajo quiere salir y no podemos esperar a que escampe.

—Pero... ¿puedes hacerlo sola?

—Mary Anne tiene experiencia como comadrona —contestó Christie, intentando sonreír—. Así que no hay problema. Tú dedícate a pensar nombres para el niño.

—Pero... ¿puedes hacerla con una epidural?

—Me temo que no. Tendré que ponerte anestesia general.

—¡Oh, no!

—No pasará nada, Liz.

Pero Christie rezaba en silencio mientras descolgaba el goteo.

 

Mary Anne tardaba en llegar al quirófano. Estupendo. Lo que le faltaba.

Además de rezar por Liz, tenía que rezar para que Hugo Tallent no estuviera empezando a perder la conciencia.

La idea de tener dos pacientes en condición crítica encogió su corazón durante unos segundos.

Mientras preparaba el instrumental, explicaba a Liz y a su aterrorizado marido lo que iba a hacer. En ese momento, la puerta se abrió. Gracias a Dios...

Era Mary Anne. Pero la enfermera iba empujando una silla de ruedas. ¡Y en la silla de ruedas iba Hugo Tallent!

Con una bata del hospital, la pierna estirada y el suero puesto, parecía un inválido. Excepto por su expresión. Una expresión que avisaba de que nada iba a ponerse en su camino. Christie miró a Mary Anne, pero su enfermera parecía tan atónita como ella.

—No he podido detenerlo. Ha insistido en venir.

¡Genial! Lo que le faltaba: un paciente demenciado.

—Señor Tallent, estoy muy ocupada —dijo Christie, con brusquedad—. La señora Myers está a punto de tener un niño, así que vuelva a su habitación. Ahora mismo.

—Mary Anne me ha dicho que va a practicarle una cesárea —dijo Hugo entonces.

—¿Y?

—No puede hacerlo sola.

—Claro que puedo —replicó ella, sorprendida. Lo último que necesitaba era un paciente metiéndose en sus asuntos—. Por favor, vuelva a la…

—Necesita un anestesista.

—Mire, esto no es asunto suyo. ¿Le importaría volver a la cama?

—Quiero ayudarla —dijo él entonces. A pesar de la incongruencia de la situación, la mirada del hombre parecía completamente serena—. Y no pienso volver a la cama. Soy médico anestesista, doctora Flemming.

Silencio.

¡Un médico anestesista! ¡Hugo Tallent era anestesista!

—¿De verdad es médico anestesista?

—Sí.

—Pero si es...

—¿Un inútil? —terminó él la frase, con una sonrisa—. Soy un marinero inútil, pero un buen anestesista —dijo entonces, mirando a Liz—. Terminé la carrera hace quince años y llevo diez trabajando en el hospital Royal South de Brisbane. Si su marido quiere llamar al hospital, ellos les darán las referencias que necesiten —añadió, mirando su bata—. Dicen que las apariencias lo son todo, pero no siempre es cierto. Llevo años anestesiando pacientes a los que operan a corazón abierto, de modo que puedo anestesiar para una cesárea con los ojos cerrados. ¿Qué me dice? ¿Deja que un tipo con los pulmones llenos de agua, una pierna dislocada y en bata le ponga la anestesia?

Liz estaba boquiabierta.

—Pues...

—Le aseguro que soy muy bueno. Y, aunque me di un golpe en la cabeza, estoy divinamente, como puede atestiguar la doctora Flemming — siguió él, como si estuviera anunciando un detergente—. Puedo ponerle una epidural y así verá cómo nace su niño.

—Pero... —murmuró Liz, apretando la mano de su marido—. Usted no parece un médico.

—Lo sé, pero tampoco lo parece la doctora Flemming. Y, al menos, yo no tengo pecas en la nariz. Admito que con esta bata tengo un aspecto muy poco presentable, pero no piense en ello. Concéntrese en lo importante.

Hugo alargó la mano para tomar la de Liz y, en ese gesto, Christie descubrió a un colega. Era un gesto para calmar a los pacientes que todos los profesionales de la medicina aprenden con la práctica.

Y a pesar de su aspecto, supo instintivamente que era todo lo que decía ser.

—No sé…

—Confíe en mí, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —murmuró Liz—. Yo... ¿Christie, tú crees que debo hacerlo?

—Claro que sí. Lo importante ahora es sacar a ese niño tan impaciente.

Todo funcionó a la perfección.

Christie apenas podía creerlo. Después de tanta angustia...

Habían bajado la mesa de operaciones para que Hugo pudiera observar a la paciente desde su silla de ruedas. Era una suerte que Christie no fuera muy alta y Hugo sí. Formaban un equipo perfecto.

Christie le dio detalles sobre el historial médico de la paciente y él mismo le hizo preguntas sobre alergias o reacciones a medicamentos. Estaba comprobando por sí mismo, como habría hecho ella si fuera al revés. Como haría un buen médico.

—¿Le ha dado corticosteroides?

—Dexametasona —contestó Christie.

—Bien.

Cuando empezaron a trabajar, se dio cuenta de que podía estar tranquila. Hugo Tallent sabía lo que era un quirófano. Y cuando lo vio preparar la jeringuilla con la epidural, se dispuso a monitorizar los latidos del feto.

Si ocurría algo y un tribunal médico le pedía explicaciones por dejar a un desconocido entrar en el quirófano y ponerle una epidural a su paciente… Pero era una cuestión de vida o muerte. Y debía rezar para que todo saliera bien.

La epidural empezó a hacer efecto y Hugo comprobó su monitor.

—¿Siente esto? —preguntó, tocando el abdomen de Liz. Ella negó con la cabeza—. Ya puede empezar, doctora Flemming.

Mary Anne colocó una sábana para que ni la paciente ni su marido vieran la incisión. Antes de practicarla, Christie miró a Hugo por última vez y él asintió con la cabeza. La zona estaba completamente anestesiada.

Una última mirada al monitor le dijo que los latidos del feto habían bajado a noventa y cinco. Aquel niño estaba dispuesto a nacer inmediatamente. No había más tiempo. Christie practicó una incisión transversal, como si la hiciera todos los días. ¡Ja! No había practicado una cesárea en años.

Después de apartar la vejiga, apareció el útero, estirado hasta el límite.

Mary Anne introdujo el succionador mientras ella cortaba hábilmente las membranas uterinas. En ese momento, alguien le puso los fórceps en la mano. Era Hugo, que actuaba de ayudante, además de anestesista.

La diminuta cabeza apareció entonces. Era una presentación normal. Gracias a Dios.

Liz no sentía nada y Henry, aunque pálido, parecía aguantar bien. Christie había visto hombres desmayándose en el quirófano, pero Henry parecía darse cuenta de que no había tiempo para tonterías. Le hablaba en voz baja a su mujer y ella respondía asintiendo con la cabeza mientras Christie maniobraba con los fórceps. No habría posibilidad alguna de hacer eso si la epidural no estuviera haciendo efecto.

Pero así era. No había dolor. Con cuidado, levantó al niño y lo colocó sobre el vientre de su madre.

Aquel era el momento crucial. La hemorragia, el cordón... Pero Hugo estaba allí para ayudar. Christie sacó la placenta y controló la hemorragia mientras él cortaba el cordón. Mary Anne limpió las fosas nasales y los oídos del recién nacido mientras ella suturaba el útero. Actuaban a la vez, como un equipo bien entrenado.

Y entonces, por fin, todo terminó. Christie puso al niño en los brazos de su madre, que apenas podía contener la emoción, y ella misma tuvo que aguantar las lágrimas.

Aunque quien estaba llorando era el pequeñín. Berreando más bien. Buena señal.

—Bien hecho —sonrió Hugo.

—Usted también.

—Yo solo pongo la anestesia. Pero la cesárea ha sido estupenda.

Sus halagos no deberían importarle tanto, pero así era. La hacían sentir de maravilla. La mejor del mundo.

El niño era prematuro y operando con anestesia general la placenta podría haber aplastado su diminuto cuerpo. Además, operando sola, habría corrido el riesgo de perderlo porque su prioridad era la madre.

Pero todo había terminado. Madre y niño estaban a salvo. Christie cosió la herida intentando contener las lágrimas e intentando dejar la menor cicatriz posible. Liz era muy coqueta.

—Está agotada —dijo Hugo entonces—. ¿Por qué no va a descansar un poco? Mary Anne y yo terminaremos aquí.

Eso era ir demasiado lejos. Le había permitido que pusiera una epidural, pero dejarlo solo en el quirófano... Además, Hugo Tallent seguía siendo un paciente.

—No, gracias. Mary Anne, dile a Louise que se lleve al señor Tallent a su habitación.

—Doctor Tallent —sonrió él—. ¿O es que aún no me cree?

—Lo creo —murmuró Christie. No todo el mundo sabe poner una epidural y él lo había hecho a la perfección—. Pero usted sigue siendo mi paciente. Por favor, vuelva a la cama.

Cuando Louise entró en el quirófano, Hugo hizo un gesto de rendición.

—Muy bien, doctora Flemming. Que no se diga que el doctor Tallent no sabe hacer una retirada gloriosa.

Christie terminó de suturar y comprobó las constantes vitales del recién nacido después de que Mary Anne lo lavase a conciencia. Tendría que pasar unos días en la incubadora, pero además de la pelusilla que cubría todo su cuerpo, algo habitual en los niños prematuros, estaba perfectamente. Si hubiera llegado hasta el término del embarazo habría pesado más de tres quilos.

—Hemos tenido mucha suerte —le dijo a su madre. Liz sonrió, cansada.

—Es guapísimo, ¿verdad?

—Desde luego —sonrió Christie, mirando al bebé.

—Él no, tonta. Ya sé que mi niño es precioso. Me refería al doctor Tallent.

—Ah.

—No disimules, Christie. Te gusta.

 

Christie volvió a la sala de enfermeras y se hizo un café bien cargado. Dejándose caer en uno de los sillones, cerró los ojos. Estaba exhausta.

Y no podía dejar de pensar en lo que había dicho Liz.

¿Le gustaba Hugo Tallent?

¡No!

Era demasiado... demasiado... ¡No le gustaba en absoluto! Liz estaba bajo el efecto de la epidural y la emoción de tener un niño. Además, ella no tenía tiempo para aventuras amorosas.

Cuando decidió practicar la medicina en Briman, había aceptado que sus posibilidades de casarse eran nulas. Para los vecinos de la isla ella era el médico, el único médico de la isla. Si alguien hubiera pensado en conquistarla para llenarla de hijos y responsabilidades, el resto de los vecinos lo habría echado de allí a patadas.

No lo decían así de claro, pero era la verdad. La doctora Flemming era intocable.

Cuarenta años antes, Martha y Stan habían llegado a la isla, casados. Christie llegó sola y así se quedaría.

—Y no me importa en absoluto —murmuró para sí misma, haciendo un esfuerzo para levantarse—. Tengo que echarme una siesta. Aunque solo sea una hora.

 

Se despertó a las siete de la mañana.

Christie miró el despertador, horrorizada. ¡Había dormido trece horas!

¡Trece horas!

Seguía llevando los vaqueros y el jersey del día anterior, pero la luz del sol entraba por la ventana, las olas golpeaban contra las rocas, el mar brillaba como la plata... por fin había dejado de llover y los pájaros declaraban abiertamente que era de día.

—¡Abuelo! —exclamó, levantándose de un salto.

Pero recordaba haber puesto el despertador. ¿Qué había pasado?

Además, debían haber llamado del hospital. ¿Cómo no había oído el teléfono? Tenía que comprobar cómo estaba Liz, y el pequeño, y Mary Adams y Hugo Tallent...

Su abuelo no estaba en la habitación.

—¡Abuelo!

No hubo respuesta. Pero cuando abrió la puerta, lo vio caminando hacia la casa por la carretera de la playa. Y, a su lado, con camisa y pantalón, Hugo Tallent.

Aunque la casa de los Flemming estaba muy cerca del hospital, Christie solía llevar a su abuelo en coche. Pero aquel día iba caminando.

Stan levantó una mano para saludarla, tan tranquilo.

—Buenos días, hija. ¿Has dormido bien?

—Buenos días, doctora Flemming —sonrió Hugo—. Hace un día estupendo. Si no fuera por el viento... pero estoy pensando ponerle unas velas a la silla. Así iría a toda velocidad.

Su abuelo empujó la silla de ruedas para entrar en la casa y Christie los miró, atónita.

—Pero...

—Stan me ha invitado a desayunar —dijo Hugo, tan fresco. Su abuelo estaba llenando de agua la cafetera, como si fuera lo más normal del mundo —. Me ha prometido mantequilla de la isla y mermelada de fresa. ¿Le importa, doctora Flemming?

—Yo... no. Claro que no —murmuró ella, apartándose el pelo de la cara.

—Parece molesta. ¿Verdad que parece molesta, Stan? ¿Crees que le ha molestado que yo apareciera aquí, sin avisar?

—Yo creo que acaba de levantarse. Ha dormido con la ropa puesta —dijo su abuelo—. Lo hace muchas veces. Cuando puede dormir, la pobre. Ve a ducharte, hija. Y luego, desayunas con nosotros.

—Pero... tengo que ir al hospital.

—Los pacientes están bien. Hugo y yo nos hemos encargado de todo.

«Hugo y yo...»

—¿De qué os habéis encargado exactamente? —preguntó ella, angustiada. Su abuelo había perdido facultades y si había recetado una dosis equivocada o colocado mal un goteo...

—No te preocupes. Cuando te fuiste a dormir, este joven y yo estuvimos charlando. Tú estabas exhausta y pensamos que debíamos dejarte dormir. Lo organizamos todo para que no te despertaras.

—¿Cómo dices?

—Primero le dije a Louise que viniera a apagar el despertador —contestó su abuelo, como si fuera la cosa más normal del mundo—. Llevabas más de treinta horas sin dormir.

—Pero...

—Y luego Hugo y yo hicimos una ronda. Fuimos a ver a los pacientes, comprobamos los informes, hicimos lo que había que hacer...

Christie miró a Hugo. Él parecía decirle con los ojos que todo estaba bien, que habían hecho lo que tenían que hacer.

—Abuelo...

—Y luego Hugo sugirió que yo durmiera en el hospital por si pasaba algo. Y lo único que pasó es que hubo que cambiarle el suero a la señora Grayson. Pero como los dedos de Hugo son más firmes que los míos, lo hizo él mismo.

Christie sacudió la cabeza, incrédula.

—Pero Ben...

—Hugo habló con él anoche —la interrumpió su abuelo—. Ha dormido como un tronco. Igual que tú. Así que deja de mirarnos con esa cara de preocupación y ve a ducharte. Por primera vez en tu vida, no tienes que ir a trabajar corriendo.

 

Christie estaba bajo la ducha, incrédula. Pero después de dormir trece horas, se sentía revitalizada.

No solo eran las treinta horas de pie. Era la angustia que llevaba meses sintiendo al tener que hacerse cargo de todos los pacientes sin que su abuelo pudiera ayudarla. Y tener que cuidar de él.

Hugo Tallent le había quitado esa carga de los hombros durante trece gloriosas horas. Y sabía, sin que él lo dijera, que había cuidado de su abuelo. Si Stan no hubiera dormido bien, no estaría tan contento por la mañana.

De modo que había dormido durante trece horas y se sentía como una rosa. No, mejor.

Después de ponerse vaqueros y una camiseta se pasó el peine por el pelo húmedo y, por alguna razón, se miró al espejo durante largo rato. Su reflejo la sorprendía. Era como si estuviera cambiando algo en ella, pero no sabía qué.

Ridículo. Estaba imaginando cosas.

En la cocina, los dos hombres estaban haciendo tostadas francesas. Hugo mojaba el pan en el huevo y su abuelo lo echaba en la sartén. Christie tuvo que parpadear.

Y Hugo también.

—¡Qué guapa!

Sin maquillaje alguno, con el pelo mojado y descalza, estaba guapísima.

—Mi Christie es una chica muy guapa —sonrió Stan.

—Desde luego. Yo nunca he visto un colega tan guapo como ella.

—Venga ya —murmuró Christie, intentando cambiar de conversación. Pero se había puesto colorada—. ¿De verdad no tengo que ir al hospital corriendo?

—Glenys está a cargo de todo y llamará si pasa algo —dijo Hugo.

—¿Glenys?

—La enfermera jefe.

—¡Sé muy bien quién es Glenys, señor Tallent! —replicó ella, exasperada—. Lo que no entiendo es que usted lo sepa.

—Conozco a todo el mundo —sonrió él, señalando los pantalones vaqueros y el jersey de lana beige que llevaba puestos—. Esto me lo ha traído Mary Anne. Y, de paso, me ha contado todo sobre la isla y sus habitantes. Si quiere saber algún cotilleo, pregúnteme.

—Pero...

—¿Una tostada? Están muy buenas.

—Tengo que irme. El niño de Liz...

—Le hemos dado suero —la interrumpió Hugo—. Yo creo que podemos sacarlo de la incubadora para que la señora Myers le dé el pecho, pero he preferido dejarle esa decisión a usted.

—Todo está controlado. Entre los dos, hacemos un buen médico, Christie.

Ella miró a su abuelo y se le hizo un nudo en la garganta. Stan se había sentido tan humillado, tan destruido por su embolia que... pero en una noche Hugo Tallent le había devuelto la dignidad.

Christie tomó una servilleta de papel y se sonó la nariz.

—¿Ha pillado un resfriado? —preguntó Hugo, con una sonrisa en los labios.

—No, es... alergia.

—Sí, claro. Al viento.

—Usted sabe bien que hay muchos tipos de alergia.

—Yo solo soy un médico anestesista y un marinero de agua dulce — bromeó él—. Pero ahora sé hacer algo más. ¡Tostadas! Pruébelas, doctora Flemming. Se quedará sorprendida.

Las tostadas nunca le habían sabido mejor. Sentada frente a la mesa de la cocina, con un buen café y un plato de tostadas francesas, estaba como flotando.

Hugo Tallent la hacía reír. Escuchaba, hablaba, hacía bromas... y su abuelo se reía a carcajadas. Se reía como no lo había hecho desde que murió la abuela Martha.

Los dos disfrutaban de su compañía. Tenían tan pocas posibilidades de hablar con otros médicos...

Y Hugo era un buen médico. Además de bromear hablaron sobre medicina, sobre nuevas drogas, nuevos métodos. Parecía tan interesado como ella en su carrera.

Después de dos cafés y tres tostadas, Christie se dio cuenta de que eran las nueve y se levantó, con desgana. Tenía que pasar consulta a las diez y antes debía echar un vistazo a los pacientes ingresados...

—Pero antes tienes que examinarme la pierna —dijo Hugo—. Tengo que deshacerme de esta silla de ruedas. No puedo quedarme aquí.

—No puede marcharse de la isla —protestó Christie. Quizá lo había dicho con demasiada precipitación, quizá había algo en su tono... porque él sonrió.

—Estoy empezando a resignarme. Pero tengo que solucionar lo del barco de mi padre. Ayer hice un par de llamadas y, por lo visto, tendré que quedarme hasta el viernes.

El viernes. Quedaban cinco días. Sin saber por qué, Christie se sintió más animada.

Pero no tenía sentido. ¿Animada por qué?

—Muy bien.

—Mary Anne me ha dicho que hay un hostal al otro lado de la isla. Ya que me he dado el alta a mí mismo, con permiso de la doctora Flemming...

—Puede quedarse aquí —dijo su abuelo entonces—. ¿Te importa, Christie?

—Es muy amable, pero...

—De amable, nada. Es una proposición comercial. Puedes pagarme haciendo el desayuno todas las mañanas —sonrió Stan, encantado—. Y contándonos cosas de Brisbane. A veces, mi nieta y yo nos aburrimos hablando de lo que pasa en la isla.

Christie miró a su abuelo, sorprendida. ¿Se aburría con ella? Era la primera vez que decía algo parecido.

Ella sí se aburría. O, más bien, se sentía sola.

—Gracias. Será un placer —dijo Hugo entonces—. Si me quito los pantalones, ¿podría mirarme la rodilla, doctora Flemming? Así podrá tacharme de la lista de inválidos.

OceanofPDF.com