Amor en la isla
Capítulo 11
MABS Wasjarra murió un viernes por la noche, casi tres meses después de la partida de Hugo.
Al final de su vida, había necesitado inyecciones de morfina para soportar el dolor, pero no consiguieron llevarla al hospital. Mary Anne, Eileen y ella hacían turnos para estar con la pobre anciana.
Murió en paz, rodeada de su gente, pero Christie no pudo evitar las lágrimas. Y no eran solo lágrimas por su muerte, sino por algo mucho más profundo.
Cuando salió de la cueva, experimentó una desolación que amenazaba con abrumarla.
¿Por qué? Aquel era su destino. Ella misma lo había elegido.
Ella, como Mabs, había elegido cómo quería que fuera su vida.
Christie cerró los ojos durante largo rato.
Y cuando los abrió, Hugo estaba frente a ella.
Debía haber estado allí todo el tiempo, esperándola.
Christie solo podía mirarlo en silencio mientras se acercaba, con el corazón en la garganta.
—¿Ha muerto?
—Sí.
—Mi padre me dijo que estabas aquí. ¿Ha muerto en paz?
—Afortunadamente —contestó ella.
—Me alegro —murmuró Hugo, mirando alrededor—. Este es un buen sitio para morir.
—Es precioso.
Silencio.
—Quizá ha sido el destino lo que me ha hecho volver precisamente hoy. La vida y la muerte... —dijo él entonces, tomando su mano—. Christie, yo también deseo vivir aquí. Y aquí deseo tener a mis hijos. ¿Quieres casarte conmigo?
—¿Qué?
Debía haber oído mal. Sin embargo, Hugo la miraba con tal intensidad, con tal amor... No, no había oído mal.
Su Hugo.
Llevaba un traje de chaqueta, mientras ella llevaba una camiseta arrugada y unos viejos vaqueros. Después de trabajar todo el día debía estar espantosa, pero él la abrazó con los ojos llenos de amor. A Hugo le daba igual su aspecto.
Sin embargo, nada había cambiado. ¿Cómo podía pedirle que se casara con él?
—No estoy pidiéndote que dejes la isla. Nunca lo haría.
—Hugo...
—Escúchame —la interrumpió él—. No podía decirte esto antes, pero... sigues queriéndome, ¿verdad?
—Sí —contestó ella.
No había nada más que decir. En los brazos del hombre que amaba solo podía decir la verdad.
Hugo dejó escapar un suspiro, como si hubiera estado conteniendo el aliento.
—Y yo sigo queriéndote a ti, Christie. Te quiero más que a mi vida. Desde que te vi... y cada día es más fuerte. Pero no sabía cómo podíamos solucionar esto. No podía decirte...
—¿Qué? —murmuró ella. Tenía miedo. Aquello era como un sueño del que temía despertar—. ¿Qué no podías decirme?
—Mi padre dejó a un lado sus sueños para cuidar de su familia. Mi madre era una persona frívola que nunca entendió el valor del dinero y mi hermano... bueno, mi hermano es un desastre. Mi padre podría haber sido el cocinero más famoso del mundo, Christie. Ese era su sueño, pero lo dejó por mi madre y por nosotros. Y ahora, ella se ha ido y Peter está, como siempre, donde le da la gana, así que yo soy lo único que tiene.
—Pero...
—No podía dejarlo solo. A pesar de haber conocido a la mujer más maravillosa del mundo con la que quería pasar el resto de mi vida. Mi padre está bien ahora, pero tiene un problema de corazón. Si él hubiera seguido en Brisbane mientras yo estaba aquí no habría podido atenderlo. Quizá debería haber pensado solo en ti y en mí, pero...
—Me alegro de que no lo hayas hecho, Hugo. Yo tampoco podría dejar solo a mi abuelo. Y te quiero más por preocuparte de tu padre —sonrió ella —. ¿De verdad quieres vivir aquí?
Su corazón latía desbocado y el mundo parecía estar patas arriba.
—Claro que sí. He trabajado muchos años como anestesista y me gusta. Pero la verdad es que mi carrera como autor ha despegado de tal forma...
—Mary Anne me dijo que eras escritor.
—Escribí el primer libro como diversión, pero fue un éxito, así que seguí escribiendo. Quizá debería habértelo confesado, pero como no confiabas mucho en mí como anestesista... Y luego me enamoré de ti. Pero no sabía cómo iba a poder conjugar mi vida profesional, mi padre y a ti.
Christie apenas se atrevía a respirar.
—¿Sigues queriendo practicar la medicina?
—Soy médico. Christie, podemos trabajar juntos y puedo seguir escribiendo aquí. Tendremos una vida maravillosa.
—¿De verdad?
—De verdad —sonrió él—. Tú y yo. Y mi padre y tu abuelo.
—Ahora entiendo.
—¿Qué entiendes?
—Por qué trajiste a tu padre a Briman y lo dejaste solo.
—¿Lo entiendes de verdad? Si le hubiera pedido que viniera, él habría aceptado, pero yo tenía que estar seguro de que iba a ser feliz aquí. Tenía que estar seguro, Christie —dijo Hugo, con lágrimas en los ojos—. La semana pasada me dijo que había decidido quedarse en Briman y entonces supe...
—¡Oh, Hugo! Mi Hugo...
—Yo también he decidido quedarme aquí —susurró él, estrechándola entre sus brazos—. Yo también, mi amor. ¿Qué me dices? ¿Quieres casarte conmigo? ¿Puedes soportar otro médico en la familia? ¿Y un escritor... y un marinero fracasado?
—Hugo...
Pero la palabra ya no era solo la repetición de su nombre. Era una promesa.
—Cásate conmigo, Christie. Dame el final feliz que he buscado toda mi vida.
No había necesidad de responder. Christie tomó su cara entre las manos y lo besó con toda su alma.
Tras ellos, en la cueva, los espíritus se habían llevado a la vieja Mabs.
Pero habían dejado de regalo aquel gran amor. Aquella vida nueva que acababa de empezar.
A partir de aquel momento.
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Marion Lennox