Amor en la isla
Capítulo 3
LA rodilla, aunque dislocada, no tenía mal aspecto. Christie hubiera querido examinarla en el hospital, pero Hugo Tallent, recién invitado por su abuelo a quedarse en la casa, no parecía querer moverse de allí.
—No pienso volver. En un hospital me gusta ser el que lleva el estetoscopio.
Debería dar igual dónde lo examinara, pensaba Christie mientras le quitaba la venda. Solo era una rodilla. Estaba, por casualidad, pegada a la pierna de un hombre... pero ella era médico.
Entonces, ¿por qué al ver a Hugo tumbado en la cama, solo con los calzoncillos y el jersey, se había puesto nerviosa?
Y él se daba cuenta de que la alteraba.
—¿Qué tal?
Podría haberla examinado él mismo, pero parecía encantado dejando que lo hiciera ella. Christie tuvo que hacer un esfuerzo para levantar la pierna y hacer girar la rodilla, sin dejar de observar el rostro de su risueño paciente.
—¿No le duele o se está haciendo el fuerte?
—¿Cree que me estoy haciendo el héroe? Doctora Flemming, si me duele se lo diré.
—¿Le duele o no?
—Me duele como si fuera un esguince. Y tengo sensación. Parece que me la colocó en su sitio a tiempo, así que no hay daño en el nervio. Es solo una cuestión de músculos doloridos.
—Ni yo misma lo habría dicho tan bien —sonrió Christie.
Pero dejó de sonreír inmediatamente. Sonreírle a aquel hombre era peligroso. Si lo hacía, él sonreiría también y entonces...
—Gracias.
—Póngase el pantalón —dijo ella, con más brusquedad de la necesaria —. Puede dejar la silla de ruedas, pero debe usar una muleta. Cualquiera de los bastones de mi abuelo le servirá. Y mantenga la pierna en alto el mayor tiempo posible.
—Sí, jefa —sonrió Hugo, levantándose. Sin los pantalones era tan atractivo, tan masculino... y seguía riéndose—. Supongo que en esta isla no hay taxis, ¿no?
—¿Para qué necesita un taxi? Pasear es bueno, doctor Tallent.
—Con la rodilla así, no creo.
—¿Dónde piensa ir?
—Al puerto —contestó él—. Quiero ver el barco de mi padre.
Christie vaciló un momento, pero después se encogió de hombros.
—El coche de mi abuelo está en el cobertizo. Es viejo, pero funciona, y no creo que le importe prestárselo si...
—¿Si le digo que venga conmigo?
—Eso es —sonrió ella.
Su abuelo sufría mucho con la inactividad. Era duro para un hombre que había sido médico durante toda su vida tener que resignarse a no hacer nada.
—Será un placer.
—Gracias.
En ese momento, alguien llamó a la puerta.
—Ah, visita. Será mejor que me ponga los pantalones.
Christie asintió. Cuanto antes se vistiera, mejor.
Christie salió del dormitorio, pero su abuelo ya había abierto la puerta. Era Mandy King, una chica de diecisiete años a la que ella tenía mucho cariño. Con las trenzas despeinadas y la camiseta sucia parecía un chicazo, pero prometía ser una belleza.
Su madre lo era, desde luego. Y seguramente Mandy siempre iba con botas y pantalones rotos para molestarla. Nunca sería tan fina como ella, de modo que, ¿para qué intentarlo?
Pero en aquel momento, su problema era un terrier que llevaba en los brazos. La pobre cría parecía acongojada.
—¿Qué ocurre, Mandy? —preguntó Stan.
Su abuelo había traído al mundo a aquella niña, como a la mayoría de los vecinos de la isla de menos de cuarenta años.
—Es Scrubbit.
Toda la isla conocía a Scrubbit. Cuando la madre de Mandy le prohibió quedarse con el perro, la niña se puso en huelga de hambre. Cinco días después, su abuelo tuvo que intervenir.
«O se queda con el perro, o usted se queda sin hija».
Aquel había sido el primer triunfo de Mandy sobre Gloria.
—Entra, Mandy. ¿Qué ha pasado? —preguntó Christie.
—No puede andar —contestó la chica—. El otro día, cuando rescataron a ese hombre en el puerto, Scrubbit desapareció. Lo encontré ayer, debajo de mi ventana —explicó Mandy, aguantando las lágrimas—. Creo que tiene las patas traseras paralizadas.
Scrubbit tenía cinco años, de modo que no era un problema de artrosis.
—Deja que lo eche un vistazo —murmuró Christie, poniendo al animal sobre la mesa de la cocina.
El perro no podía mantenerse sobre las patas traseras. Estaba en apariencia sentado, pero la postura no era natural.
El pobre no se quejó mientras le hacía un reconocimiento. Solo la miraba como diciendo «haz conmigo lo que quieras, estoy en tus manos».
—Mi madre ha dicho que hay que sacrificarlo —dijo entonces Mandy—. Anoche pensé llevarlo al hospital, pero mi madre me dijo que estaba usted muy ocupada y... yo no tengo dinero para pagar, pero si a mi perro le pasa algo...
La pobre cría se dejó caer en una silla, llorando amargamente.
—¿Y esas lágrimas? —escucharon una voz entonces. Era Hugo. Con los pantalones puestos, por supuesto.
—Un perrito enfermo —contestó Christie—. No te preocupes por el dinero, Mandy. A los amigos no se les cobra.
Como si hubiera entendido, Scrubbit levantó la mirada y a ella se le encogió el corazón.
—¿No hay veterinario en la isla? —preguntó Hugo.
—Yo soy la veterinaria.
—¿Tiene el título?
—No, pero no me queda más remedio que atender a los animales — contestó Christie, intentando que no la distrajera. Y aquel hombre la distraía. Mucho—. Abuelo, ¿puedes darme el estetoscopio?
Stan lo sacó de un cajón, como si fuera perfectamente natural para ellos atender a un perrito en la mesa de la cocina.
Mientras escuchaba el corazón del animal, todo el mundo se quedó en silencio.
—El corazón está bien. Sujétalo mientras le tomo la temperatura.
Stan le dio un termómetro y Hugo levantó las cejas al ver dónde se lo ponía.
—Supongo que ese no es el termómetro que usa con los seres humanos.
—No —sonrió Christie—. Este es solo para los animales.
—Entonces, ¿de verdad cuida a los animales de la isla?
—Alguien tiene que hacerlo. Mandy quiere estudiar veterinaria, pero hasta que tenga el título...
Hugo se quedó atónito. Aquella chica llevaba sobre los hombros no solo el hospital, sino a los animales de Briman. No sabía cómo era capaz de trabajar tanto.
—La temperatura también es normal —dijo Christie entonces, mirando el termómetro—. Si ha sufrido una conmoción, parece que ya se le ha pasado.
—Lo tuve en mis brazos toda la noche —explicó Mandy—. Lo metí en mi cama con una bolsa de agua caliente, pero mi madre no lo sabe.
—Buena idea lo de darle calor. Seguramente, le has salvado la vida.
—Pero, ¿qué le pasa?
—Creo que lo ha atropellado un coche.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó la chica.
—Mira las uñas —contestó ella, tumbando al perrillo con mucho cuidado —. Las tiene destrozadas. Cuando un coche atropella a un animal, el pobre se agarra al pavimento como puede. La noche del rescate había muchos coches yendo y viniendo y seguramente alguno le dio un golpe —añadió, mirando a Hugo.
Una mirada que a él no le gustó nada.
—Pero... si está paralizado... es la espina dorsal —lloró Mandy, angustiada—. Lo quiero mucho, pero no quiero que tenga que arrastrarse lo que le queda de vida.
Toda aquella escena tenía fascinado a Hugo. Y no se la habría perdido por nada del mundo.
—No abandones la esperanza tan pronto. ¿Sabes si puede orinar?
—Sí —contestó Mandy—. Esta mañana lo ha hecho. He tenido que sujetarlo, pero no levantaba la pata.
—Esa es una buena noticia —sonrió Christie—. Si puede usar los músculos para orinar, significa que no hay daño en la espina dorsal. Hay que llevarlo al hospital para hacerle una placa de rayos X.
—¿La administración sabe que usa los rayos X con animales? — preguntó Hugo, atónito.
Christie lo fulminó con la mirada.
—No, doctor Tallent, no lo sabe nadie. A menos que usted piense decírselo.
—Yo... no.
—La gente de Briman financió en parte el hospital y Scrubbit forma parte de Briman. Además, este perrillo ayuda a reducir la población de ratas y eso es un beneficio para la comunidad. Así que tiene derecho a rayos X.
—¿Y la cabra de Rannikin también hace un beneficio a la comunidad? — preguntó Mandy, riendo—. Porque la operó el año pasado.
—Sí, bueno, la cabra de Rannikin es buena para Briman porque... se come la hierba. Y la hierba, a veces, es venenosa —contestó Christie, mirando a Hugo para ver si se atrevía a contradecirle—. Bueno, vámonos. Estamos perdiendo el tiempo.
—¿Puedo ir también yo? —preguntó Hugo. No se perdería aquello por nada del mundo—. Pero... ¿no tenía consulta esta mañana?
—Los vecinos de Briman saben que las urgencias tienen preferencia. Y Scrubbit ha sido atropellado.
¡Aquello era increíble!
Llegaron al hospital en el coche de Christie y, cojeando, Hugo siguió a las dos mujeres hasta la sala de rayos X.
Para su asombro, ninguna de las enfermeras pareció sorprendida al ver a Scrubbit.
—¿Qué le parece, doctora Flemming? —preguntó Glenys.
—Tiene roto el fémur —contestó Christie, mirando la placa—. Pensé que podría ser la espina dorsal, pero no hay daño en las vértebras. ¿Hay mucha gente en la consulta?
—Me temo que sí —contestó la enfermera.
—Di que llegaré en diez minutos —dijo Christie, haciéndole un gesto a Mandy para que mirase las placas—. Es una fractura limpia. ¿Ves? Eso es el fémur.
—¿Cree que va a recuperarse?
—Yo diría que sí —contestó ella—. Sobre todo, desde que tenemos un médico anestesista en la isla.
—¿Yo? —exclamó Hugo, incrédulo.
—¿Conoce algún otro anestesista por aquí? —preguntó ella, irónica—. Se preguntaba cómo podía devolver el buen trato que está recibiendo en Briman y yo creo que ya tengo la respuesta.
—Ah, ya veo. Qué lista.
Christie hizo una mueca.
—Por cierto, ¿tu madre sabe que no estás en clase, Mandy?
La chica apartó la mirada.
—No.
—¿Te ha preguntado por Scrubbit esta mañana?
—A ella le da igual que se muera.
—¿Y si llamo a la señorita O’Shea y le explico lo que pasa? Solo son las diez, así que solo te habrás perdido una clase.
Helen O’Sea, la directora del colegio, era amiga suya y Christie sabía que se pondría de su lado.
—Pero no quiero dejar solo a Scrubbit.
—Lo trataremos como a un rey. Le daré un analgésico y se quedará dormido, no te preocupes.
Mandy se lo pensó un momento.
—De acuerdo.
—El doctor Tallent tiene que leer todo lo que encuentre sobre anestesia para perros pequeños, así que no lo operaremos hasta esta tarde. ¿Quieres venir a ver la operación?
—¿Puedo?
—Si quieres ser veterinaria, lo mejor será que empieces a acostumbrarte.
—¿Cómo piensa arreglarle el hueso?
—En humanos se suele poner una prótesis, pero en los animales pequeños se deja hasta que fabrican una especie de eslabón natural. La pata se le quedará un poco tiesa, pero podrá caminar. Le seguirás queriendo aunque cojee, ¿no?
—Claro que sí —contestó Mandy, abrazando a su perrillo—. Pensé que iba a morirse.
—No se morirá. Además, tenemos un especialista en anestesia aquí mismo. Ningún perro podría pedir nada mejor.
Hugo no daba crédito.
Cuando Christie entró en la consulta, él volvió a casa y le pidió a Stan textos de veterinaria. No podía negarse, especialmente porque ella había dejado muy claro que «la noche del rescate había muchos coches yendo de un lado a otro». La muy bruja lo había hecho responsable por el accidente de Scrubbit.
En realidad, le divertía todo aquello. Era sorprendente, pero divertido. Aquella isla era un sitio muy especial.
Stan, por supuesto, no parecía en absoluto sorprendido.
—Ah, sí. Ahora mismo te los doy. Aquí hemos operado de todo, desde una foca hasta una cabra. Y una rana. La pobre murió, pero fue culpa mía. Creo que le puse demasiada anestesia. A ver si esta vez tú lo haces mejor.
Pasaron un par de horas estudiando la anatomía de un perro del tamaño de Scrubbit y Stan parecía estar pasándolo estupendamente.
Debía haber sido un buen médico. Como resultado de la embolia estaba un poco desorientado, tenía problemas para concentrarse o repetía alguna frase sin darse cuenta, pero seguía siendo una gran ayuda. Hugo preguntaba y él le daba la respuesta correcta o la buscaba en los textos.
Por fin, cuando supo todo lo que tenía que saber sobre anestesiar perros, sacaron el viejo coche del cobertizo y bajaron juntos al puerto. Pero ni siquiera los daños en el barco lo deprimieron. Y el viejo doctor Flemming parecía igual de contento. Sobre todo, porque Hugo caminaba tan despacio como él.
—No tienes ni idea de lo que es no sentirme solo en mi invalidez . Tú estás peor que yo, amigo —le dijo, riendo.
Por fin, volvieron a casa y, por alguna extraña razón, Hugo se sentía fenomenal.
La rodilla dislocada, el barco hecho polvo y como proyecto inmediato, operar a un perro. Sin embargo, estaba más contento que unas pascuas.
Quizá porque Christie comería con ellos. Quizá...
Christie llegó a casa a las dos, alegre y llena de vida después de dormir trece horas por primera vez en meses. Debía ser eso, se decía a sí misma. No era por Hugo...
Normalmente, era ella quien hacía la comida, pero para su sorpresa, la mesa estaba puesta y la comida, hecha. Un montón de sándwiches de...
¡Salmón ahumado y aguacate!
Stan y Hugo sonreían como dos niños. Parecían dos conspiradores, pensó Christie.
—Estos no son sándwiches normales —anunció, como si fuera una sentencia. No quería ni pensar cuánto habrían costado. Pero, incapaz de esperar más, tomó uno de ellos—. Mmm... está buenísimo.
—Invita Hugo. Doris tenía caviar, aguacate y salmón que le habían quedado sin vender desde la fiesta de los Pierce, pero Hugo lo compró todo.
—¿Caviar? —repitió Christie.
—Para la cena. Hugo dice que es para celebrar la operación del perro. Este chico tiene más dinero que sentido común.
«Hugo dice...» «Hugo hace...» Era como si Hugo Tallent fuera su amigo de toda la vida. No era normal en su abuelo entusiasmarse tan rápido por una persona.
—Más bien, «este chico» pensaba que no iba a comer nunca más — sonrió el susodicho—. Tome otro sándwich, doctora Flemming.
Christie se sentó a la mesa con su abuelo y aquel hombre que sonreía y la hacía sentir como no se había sentido nunca. Como... ¿como una mujer?
Tonterías. Solo era amable. Inteligente, simpático, guapo...
—He estado hablando con Ben —dijo entonces Christie para interrumpir tan absurdos pensamientos—. Esta tarde le doy el alta.
—Me alegro mucho.
—Lo sé. Y sé lo que ha hecho.
—¿Yo?
—Cuando entré en la habitación de Ben, me lo encontré riendo, rodeado de compañeros. Toda la clase había ido a visitarlo. Y Helen O’Shea me ha dicho de quién había sido la idea.
—Yo no... —empezó a decir Hugo.
Pero Christie no quería interrupciones.
—Y según Ellie, nuestra reportera local, esta mañana ha entrevistado a nuestro nuevo inquilino, abuelo. Por lo visto el doctor Tallent le ha dicho que, si no hubiera sido por Ben, él estaría muerto y que sus padres debían estar muy orgullosos... En fin, para acortar la historia, Ellie va a publicar el artículo y seguro que Ben se siente muy feliz, pensando que su madre estaría orgullosa de él.
—No es para...
—Además, le ha dicho a Ben que es el chico más valiente que ha conocido nunca y que había sido para él como un ángel de la guarda. ¿Y sabéis lo que Ben me ha preguntado? «¿De verdad cree que mi madre se sentiría orgullosa de mí?» Se me ha hecho un nudo en la garganta, claro.
—Yo no... —empezó a decir Hugo de nuevo, pero ella no pensaba dejar de hablar. Estaba demasiado contenta.
—Cuando me encontré con su padre en el pasillo, el hombre me dijo que casi era como antes de morir Sue. Que Ben había cambiado, como si la tristeza hubiera desaparecido. Así, como os lo digo.
Christie miró al hombre responsable de aquel cambio.
—Yo solo...
—Si supiera cuántas veces he intentado hablar con Ben —siguió ella, como si el pobre no hubiera abierto la boca—. Mi abuelo y yo hemos intentado por todos los medios devolverle la alegría. Pero llega usted, se ahoga, el niño lo saca del agua y problema solucionado. Hugo Tallent, es usted el marinero más espantoso de Australia, pero ahora mismo podría darle un beso.
Hugo dejó el sándwich en el plato.
—¿Y por qué no lo hace? —preguntó, con esa sonrisa que podría derretir un bloque de hielo—. A mí me encantaría.
—No, mejor le doy un beso a mi abuelo —sonrió Christie, besando a Stan en la nariz.
Pero al ver la expresión triste de Hugo, se inclinó y le dio un besito en los labios. Nada, apenas un roce. Pero se puso como un tomate.
Y a él le había gustado también; le había gustado tanto como a ella.
¿Cómo sería besarlo de verdad? Un beso largo, profundo, apasionado...
¡Por Dios bendito, Christie Flemming!
Christie mordió su sándwich con una fiereza que sería más razonable en un náufrago.
Stan empezó a hablar sobre la inspección del barco y sobre lo que habían leído sobre veterinaria, afortunadamente, y ella se dispuso a escuchar sin mirar a Hugo de nuevo.
Era demasiado peligroso.
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