Amor en la isla
Capítulo 7
CHRISTIE no volvió a ver a Hugo hasta la noche siguiente.
Los vecinos de Briman parecían haberse guardado todas las enfermedades justo para ese día y no podía decirles que volvieran al día siguiente porque tenía que ir a Koori, al otro lado de la isla, para hacer visitas domiciliarias de los miércoles.
De modo que trabajó como siempre. Mucho. Salió de casa antes de que Hugo y su abuelo despertaran, no tuvo tiempo de comer y llegaba tarde para cenar.
No había tenido tiempo para comprar nada, de modo que tendrían que cenar huevos revueltos con algo. Si a Hugo no le gustaba, era su problema. Muy diferente de la cena del día anterior, pero la vida era así de dura.
Al menos, el viento estaba amainando.
—¿Vas a casa con tu Hugo? —le preguntó Ray, el contable—. ¿Esta noche no podéis libraros del doctor Stan?
¿Cuánta gente sabía que había estado con Hugo en la playa la noche anterior?, se preguntó Christie. Aquella isla estaba poblada de cotillas.
—¿Por qué iba a querer librarme de mi abuelo?
Ray sonrió. Era un antiguo pescador que perdió una mano cortando redes y, desde entonces, hacía veinte años, trabajaba como contable en el hospital y la trataba como si fuera su hija.
—Necesitas un poco de amor, Christie. Es duro estar solo.
Por Dios bendito...
—No necesito amor. Aunque todo el mundo en esta isla parezca convencido. Además, Hugo Tallent se marcha a Brisbane el viernes.
—¿Ah, sí?
Christie conocía a Ray suficientemente bien como para saber cuándo estaba a punto de dar una noticia bomba.
—¿Qué sabes?
—Nada, cotilleos...
—Cuéntamelos inmediatamente. Si todo el mundo lo sabe, yo también quiero saberlo.
—Solo que, por lo visto, tu doctor Tallent ha pasado esta mañana por la oficina del puerto. Pero en lugar de comprar un billete para Brisbane, ha comprado un billete para Briman. A nombre de otra persona.
—¿Cómo?
—Es todo lo que sé —dijo Ray, levantando las manos como para que lo registrara—. Ha comprado un billete a nombre de un o una tal Tallent. Es todo lo que Lisa me ha contado.
De modo que pensaba llevar a otra persona a la isla. Uno o una tal Tallent.
¿Y dónde iba a alojarse?
La cama de su habitación era grande, pero Hugo no se llevaría a nadie allí, pensó Christie. Tendrían que dormir muy pegados y...
¡Estaba casado! Hugo Tallent estaba casado y no se lo había dicho.
—No te pongas nerviosa —se dijo a sí misma. Le costaba trabajo caminar en contra del viento, pero casi era un alivio. De ese modo, podía ventilar su frustración—. ¡Pero podría habérmelo dicho! —exclamó. Estaba hablando sola, como una demente, pero le daba igual.
Además, ¿quién iba a verla? A esas horas todo el mundo estaría cenando.
Podía hablar sola todo lo que quisiera.
—Si se lo ha dicho a mi abuelo, seguro que ha invitado a quien sea a quedarse en casa.
Él, encantado. Más gente para charlar. Pero si era una mujer...
Aunque eso no tenía nada que ver con ella. Si era una mujer, pues era una mujer.
Pero no podía ser. Seguro que era alguien que iba a Briman para comprobar los daños del barco. Algún familiar. Quizá su padre.
Hugo y el otro Tallent comprobarían los daños del barco y volverían a Brisbane tan tranquilos.
Y entonces la vida podría volver a la normalidad.
Hugo estaba en la cocina, pero no esperando que nadie hiciera la cena. Cuando Christie abrió la puerta, el olor casi la emocionó. Olía a hierbas, a ron, a... Olía de maravilla.
—Alguien está preparando algo con curry en mi cocina.
—Buen olfato —sonrió Hugo. Y esa sonrisa la envolvió toda, desde el pelo hasta la punta de los pies—. ¿De qué clase?
—¿Cómo?
Su abuelo estaba sentado a la mesa, cortando algo verde. ¿Su abuelo cocinando?
—Hay muchas clases de curry.
—Sí, ya —murmuró ella—. Es... curry curry.
—¡Curry curry! ¿Es que no sabes nada de hierbas?
—Pues no. Doris solo vende curry normal y corriente. ¿Yo qué sé?
—Es curry de ajo.
—¿De ajo?
—Vamos a comer mucho ajo esta noche.
Christie se puso las manos en las caderas.
—¿Y qué hago con mis pacientes mañana?
—Si no les gusta el olor a ajo, pueden buscarse otro médico. Pero yo que tú no me preocuparía. Creo que todo el mundo sabe lo que vamos a cenar esta noche.
—¿Y eso?
—Porque hemos ido buscando hierbas por todas partes —contestó su abuelo, que parecía estar pasándolo en grande—. Encontramos una receta de pollo al curry en Internet y después tuvimos que ir por ahí, mendigando hierbas porque Doris no tiene nada en la tienda.
—Tu abuelo sabe lo que tiene cada vecino en su huerto.
Parecían dos niños felices. No, peor. Parecían dos cachorros felices. Si tuvieran cola, la estarían moviendo alegremente.
—Phyllis Hay planta ajos para proteger a sus rosas de los insectos. Mary y Bob Harvey tienen de todo, incluido cilantro. Y Tom Bangarrana, laurel y perejil.
—Lleváis todo el día haciendo la cena —rio Christie, atónita.
—No. Esta mañana fuimos al puerto para en qué se puede hacer con mi barco.
—Ya.
—Le he presentado al armador de Briman —dijo su abuelo entonces—. Alf Willis está deseando meterle mano al Sandpiper.
Christie frunció el ceño.
—Se me había olvidado que Alf es armador.
—La mayoría de la gente lo ha olvidado. Ahora todo el mundo tiene barcos de fibra de vidrio, pero el Sandpiper es un barco de madera. Es precioso... o volverá a serlo cuando Alf lo arregle.
—¿Le has confiado tu barco a Alf?
—¿No debería? —preguntó Hugo.
—Pues... sí, claro.
Alf era un hombre muy deprimido y no habría mejor tónico para él que reparar un barco.
—Mi padre viene el jueves para hablar con él. Al fin y al cabo, el barco es suyo.
—Ah —murmuró Christie. Su padre. De modo que era para él el billete que había comprado —. ¿Y dónde va a alojarse?
—He alquilado la casa de tus vecinos —contestó Hugo. Ella lo miró, perpleja—. ¿Pensabas que iba a meterlo en tu casa?
—Yo... no.
Pero Hugo se dio cuenta de que sí. Aquel hombre podía leer sus pensamientos.
—Vaya, vaya. Tanto enfado para nada.
—Yo no estoy enfadada.
—Te he visto subir por el camino echando humo —dijo él entonces, señalando la ventana—. Seguro que alguien te dijo que mi padre venía el jueves y tú has creído que pensaba cargarte con él.
—De eso nada.
—Como todo el mundo en la isla depende de ti, crees que yo también iba a cargarte con mis problemas. Pero yo soy diferente.
Hugo solo tenía que mirarla y... ella se quedaba sin aliento. Por supuesto que era diferente.
Su abuelo la miraba con curiosidad. Nunca había visto a su nieta tan insegura. Y colorada como un tomate.
—¿Tu padre y tú vais a dormir en la casa de al lado? —preguntó por fin.
—En principio, solo mi padre —contestó Hugo.
—¿Cómo has alquilado la casa?
—Ya sabes que ha estado vacía desde que los padres de Doris murieron —explicó su abuelo, sin dejar de mirarla con interés—. Y como está amueblada...
—Pero ella nunca ha querido alquilársela a nadie.
—Nuestro Hugo es tan encantador —rio Stan—. Deberías haber visto a Doris. Parecía tener veinte años en lugar de sesenta. Ten cuidado, hija. Cuando Hugo quiere una cosa... Y ahora, vamos a cenar.
El pollo al curry estaba delicioso, pero a Christie cualquier cosa le habría sabido bien aquella noche. ¿Cuándo fue la última vez que alguien le hizo la cena?
—Cásate conmigo, Hugo —dijo, con la boca llena—. Cásate conmigo inmediatamente.
Lo había dicho de broma, pero él no estaba sonriendo. Y el brillo de sus ojos la hizo sentir un escalofrío.
—Primero tenemos que arreglar un par de cosas, mi amor. Danos un poco de tiempo.
Christie se quedó atónita.
¿Qué podía decir después de eso? Nada. Lo mejor sería no decir nada. Era una broma, ¿no? Ella también lo había dicho de broma.
Pero no tenía ganas de reírse.
Después de limpiar la mesa, su abuelo y Hugo siguieron charlando, pero Christie permanecía callada. Estaba cansada, pero no era el cansancio lo que le hacía estar en silencio.
Por fin, no lo pudo soportar. ¿Cómo podían seguir charlando con la tensión que había en la cocina?
Tenía que marcharse de allí.
—Voy a salir un momento —dijo, interrumpiendo la conversación. En realidad, ni siquiera sabía de qué estaban hablando.
—¿Dónde vas? —preguntó Hugo.
—Le prometí a Mandy que llevaría Scrubbit a su casa. Sus padres no quieren sacar el coche para llevar a un perro.
—Ah, ya veo.
—Supongo que has hablado con ellos... Sobre lo que le prometiste a Mandy.
—No he tenido tiempo, pero esta podría ser una buena oportunidad. Me voy con Christie, Stan.
—Muy bien, hijo. Y no os deis prisa en volver. Si aparcáis en el acantilado, pueden verse todas las islas. Allí solía llevar a la abuela de Christie. Es un sitio muy adecuado.
—¿Para qué? —preguntó Hugo.
—Si no lo sabes, no voy a decírtelo —rio el abuelo—. Y ahora, fuera de aquí. Dejadme solo para que recuerde... el acantilado.
Christie estaba tan colorada que pensó que iba a explotar. Pero no dijo nada.
Hugo tampoco. Fue callado durante todo el camino pero había tanta tensión en el ambiente que Christie se sentía confusa.
Scrubbit ladró alegremente al verlos entrar y cuando Christie se inclinó para tomarlo en brazos, empezó a mover la cola como si fuera una hélice.
—Este chucho es asombroso. No todos los perros se habrían recuperado enseguida de una operación tan complicada.
—Hay gente que trabaja como anestesista después de casi haberse ahogado —sonrió ella—. Sois iguales, Hugo Tallent. Tú y este chucho.
—Vaya, gracias.
Después de eso, permanecieron en silencio. Había un millón de cosas que decir, pero no era seguro decir ninguna de ellas.
Gloria y Barry King estaban en casa. Podían oír la televisión a trescientos metros de la puerta. La luz del ático, donde dormía Mandy, estaba encendida. Sin duda, estaba estudiando.
—Ya hemos llegado —murmuró Christie, haciendo una mueca.
—¿Tan horribles son?
—Ya lo verás por ti mismo —suspiró ella, llamando al timbre. Al otro lado de la puerta oyeron voces, como siempre. Gloria gritaba mucho.
Christie parecía preocupada, pero Hugo no entendía por qué.
—Tranquila, cariño. No estás sola.
Y era raro, pero la mirada femenina le decía que no era Gloria por quien estaba preocupada.
Por fin, la señora King apareció en la puerta. De pelo rubio platino, iba vestida con un camisón negro de algo que parecía seda y chinelas de tacón. Primero miró a Christie y luego a Scrubbit.
—Le dije a Mandy que había que sacrificarlo. No lo queremos.
Después de tan amable saludo, intentó cerrar la puerta, pero el pie de Hugo se lo impidió. Si hubiera llevado zapatillas le habría roto un dedo pero, afortunadamente, llevaba botas y solo tuvo que contener un gemido.
Y lo contuvo. No sería digno gemir delante de aquella mujer tan hostil. Además, tenía una misión.
—¿Podemos entrar?
Gloria los miró con cara de malas pulgas.
—¿Qué quieren?
—Soy el doctor Tallent. He estado ayudando a la doctora Flemming con el perro de su hija...
Pero Gloria no lo estaba mirando. Miraba la pata vendada del perrillo.
—¡No pienso pagar por eso! ¡Barry! —llamó a su marido con un grito que hubiera despertado a los muertos—. Te dije que había que sacrificar al perro.
—¡Scrubbit! —el grito era de Mandy, que bajaba corriendo la escalera—. ¡Scrubbit! —exclamó, tomando al animal en brazos—. Qué bien estás. Gracias, gracias, gracias.
—No pienso pagar un céntimo por la operación —insistió su madre.
—No voy a cobrarle nada —replicó Christie—. Mandy es mi amiga. Si quiere, como gesto de buena voluntad, puede ayudarme con los archivos del hospital cuando termine los exámenes.
—Después de los exámenes, se pondrá a trabajar. Ya está bien de tanto estudio —replicó Gloria.
Su marido acababa de aparecer en el pasillo, pero no decía nada. El pobre parecía querer confundirse con los muebles.
—Pues ahora que menciona los estudios, señora King, es precisamente por eso por lo que hemos venido —dijo Hugo, aprovechando la oportunidad —. ¿Podemos pasar un momento?
—¡No!
—¿Señor King? Tengo que hablar con usted —dijo él entonces, buscando otro aliado.
El hombre parecía incómodo, pero al final asintió.
—Sí, claro. Entren.
Hugo apagó el televisor y se sentó en un sillón, como si no pensara marcharse de allí hasta que hubiera terminado de decir lo que quería decir.
—Mandy, llévate a Scrubbit a tu cuarto.
—Pero...
Él le hizo un gesto con la mano y la niña salió del salón.
—Señor King, señora King... tengo que proponerles una cosa.
Christie estaba atónita. En treinta segundos, había dado la vuelta a la situación. Ni ella misma se habría atrevida a entrar en aquella casa sin invitación.
—¿Qué quiere proponer? —preguntó Gloria, con su habitual delicadeza.
—Tienen una hija muy inteligente...
—Lo que tiene son pájaros en la cabeza.
—Su profesor dice que tiene unas calificaciones excelentes.
—¿Y qué?
Hugo miró a Barry King. Seguramente le parecía mejor interlocutor. O, al menos, no tan abiertamente hostil.
—A Mandy le encantan los animales y yo creo que tiene capacidad para ser una gran veterinaria.
—¡Eso es imposible! —le espetó Gloria.
Pero Hugo siguió como si no la hubiera oído:
—Si tuviera dinero para ir a la universidad, ¿le importaría que estudiase? —preguntó, dirigiéndose directamente a su padre.
—Yo... —empezó a decir él, mirando a su mujer.
—Señor King, le estoy preguntando a usted. Si su hija tuviera dinero para hacer la carrera de veterinaria, ¿pondría alguna objeción?
Barry respiró profundamente.
—No —contestó por fin—. Pero nosotros no tenemos dinero.
—Yo pagaré su carrera.
Silencio. Lo único que Christie oía era el sonido de la respiración de Mandy, escondida en el hueco de la escalera.
—¿De qué está hablando? —le espetó Gloria—. La carrera de veterinaria son cinco años. Cinco años sin ganar dinero, sin...
—Yo pagaré la carrera y el alojamiento en Brisbane. Su hija tiene un don con los animales y un deseo tremendo de curarlos. Lo único que voy a hacer es aportar los fondos necesarios para que pueda hacer su sueño realidad.
—Denos el dinero a nosotros. Yo me encargaré de controlarlo.
—No puedo hacer eso —sonrió Hugo—. La doctora Flemming no confía en mí, así que voy a poner el dinero en un fideicomiso. Los albaceas se encargarán de darle el dinero a Mandy según lo necesite y, a partir de ahora, no les costará nada mantener a su hija.
Gloria casi se había quedado sin palabras. Casi.
—¿Y qué saca usted con eso?
—Saber que, dentro de cinco años, Briman tendrá una veterinaria — contestó él, mirando a Barry—. Además, como saben muy bien, yo estuve a punto de ahogarme el otro día y sé que usted fue uno de los pescadores que salió al mar a buscarme. Esta es una forma de darle las gracias.
—Yo... no puedo creer que... quiera hacer esto por nuestra hija — tartamudeó Barry.
Pero Gloria no se había rendido.
—No pienso aceptarlo. Mandy tiene que trabajar.
Estaba claro que, descontenta con el salario de Barry, tenía pensado que su hija la mantuviera. Christie hizo un gesto de desagrado, pero Hugo parecía tan tranquilo.
—¿Para qué tiene que trabajar, señora King? Yo pagaré sus estudios y su alojamiento en Brisbane, de modo que solo tendrá que estudiar. Señor King, ¿va a darle esa oportunidad a su hija?
Todos los ojos estaban fijos en Barry. Incluso los de Gloria.
Y, asombrosamente, el hombre sacó coraje de donde no lo había. Por una vez, se atrevió a contradecir a su mujer.
—Sí, quiero que tenga una oportunidad. Mandy irá a Brisbane.
—¡De eso nada! —exclamó Gloria.
—¡Cállate! —la cortó su marido—. Si no dejas que Mandy vaya a la universidad arruinarás su vida, así que dale las gracias al doctor Tallent y cállate. Mandy tiene derecho a vivir una vida mejor que la nuestra.
Ella se quedó muda.
Hugo llamó a Mandy, que estaba escuchando detrás de la puerta, y mientras bromeaban sobre su futuro como veterinaria, Gloria los fulminaba con la mirada.
¿Qué pasaría cuando se fueran?, se preguntó Christie. Quizá ofreciéndole un futuro a Mandy habían destrozada a la familia. Eso era lo que Hugo no entendía. Solo un médico rural, como ella, entendía las consecuencias de cada situación en una comunidad tan pequeña.
Cuando miró a Barry, sintió pena por él. Le quedaban años de peleas con su mujer...
Pero quizá había subestimado a Hugo, se dijo cuando vio en sus ojos que él parecía estar preguntándose lo mismo. Era como si sus mentes estuvieran conectadas...
Esa idea la dejó mareada. Aquel hombre era como su otra mitad...
Y entonces supo lo que era: amor. Amaba a Hugo Tallent. Pero lo único que podía hacer era mirarlo y anhelar lo que podría haber sido.
Afortunadamente, Hugo no se daba cuenta porque seguía concentrado en Gloria.
—Todo saldrá bien, señora King. Tener una hija veterinaria es algo de lo que sentirse orgulloso. Seguro que en la isla nadie más puede decir lo mismo.
—Ya.
—Y no le costará un céntimo. Además, un veterinario gana dinero... — siguió él, intentando convencerla. De repente, se fijó en algo—. ¿Por qué cojea?
—No cojeo —protestó la mujer.
—Acabo de fijarme. ¿Tiene algún problema?
Christie frunció el ceño. ¿Gloria King cojeando? ¿No caminaba así porque siempre llevaba tacones altísimos?
—No es asunto suyo —le espetó ella.
—Sí, eso es verdad. Y la educación de su hija tampoco es asunto mío, pero como ya me he metido...
—Dile lo que te pasa, mamá —intervino Mandy.
—Hablé con el doctor Stan hace años. Incluso fui a un especialista en Townsville. Pero no podían hacer nada.
—¿Cuál es el problema? —preguntó Hugo.
—No tengo por qué contárselo... —murmuró la mujer.
Le daba vergüenza. ¡Gloria King estaba avergonzada de algo! Eso era nuevo.
—Esta consulta es gratis —sonrió Hugo—. Y el viernes me marcharé de aquí, así que no hay mucho más tiempo.
El viernes, pensó Christie. El viernes...
—Tengo papilomas —contestó Gloria por fin.
—¿Papilomas?
—Supongo que sabrá lo que son. Bultos y grietas en los pies.
—¿Y por qué no se los ha tratado?
—Me los he tratado de todas las formas posibles: con una pomada asquerosa, con antibióticos, incluso con radiaciones. Pero los papilomas vuelven.
—¿Puedo echar un vistazo? —preguntó él, inclinándose. La mujer levantó un pie y Hugo le quitó aquella ridícula chinela de tacón.
Lo que vio, dejó a Christie helada. La planta del pie estaba llena de papilomas. En el empeine, en el talón, incluso entre los dedos. Uno de ellos estaba supurando.
Gloria King siempre estaba enfadada. Pero, con esos papilomas, cualquiera habría estado rabiando...
—Debería haberme dicho algo.
—¿Para qué? Los médicos no pueden hacer nada.
—Puede que sí, señora King —murmuró Hugo.
—¿No me diga?
—Hay un nuevo tratamiento para este tipo de papiloma.
—¿Y en qué consiste?
—Tiene un nombre muy raro, pero lo llamamos DNCB. Es una sustancia que produce una reacción alérgica. Lo que hacemos es usar esa reacción para provocar al sistema inmunitario.
Gloria lo miraba con expresión de curiosidad.
—Explíqueme eso.
—Esos papilomas llevan tanto tiempo en sus pies que ya forman parte de su organismo. Lo que yo haría es probar el DNCB en su brazo para ver cómo reacciona.
—¿Y cómo va a ayudarme eso? —preguntó ella, con su habitual grosería.
—Si el DNCB le hace reacción en el brazo, cuando se lo pongamos en los papilomas actuará como si fuera un alergénico. La piel empezará a caerse y, poco a poco, los papilomas desaparecerán. Yo creo que en unos tres meses se habrá librado de ellos.
—¿Eso es cierto?
—Completamente. Se ha probado en el hospital de Brisbane el año pasado. No quiero prometerle nada porque cada organismo es diferente, pero deje que lo intente al menos. El viernes por la tarde le haré llegar el DNCB y Christie le dirá cómo aplicarlo.
De modo que se iba a Brisbane y no pensaba volver. Estaba claro. Se iba. Lo de «amor», los besos, la broma de antes... Nada. No era nada.
—O sea, que el DNCB es algo así como una pomada que sirve como irritante —dijo Gloria entonces.
—Ah, ya veo de dónde ha sacado Mandy el cerebro —sonrió Hugo.
—Yo era muy buena estudiante —dijo la mujer, sin mirarlo.
—Es verdad —asintió su marido—. Estábamos en la misma clase, pero Gloria tenía dos años menos que yo.
—¿Y qué pasó?
—Que tuve que ponerme a trabajar. En mi casa no había dinero para estudios.
—Entonces, ¿también a usted le habría gustado hacer una carrera?
—Ójala —suspiró ella. Era increíble la transformación. Casi parecía humana—. Me encantaba estudiar, pero... al menos mi hija podrá hacerlo.
—¿Y por qué no lo hace usted también? Hay cursos a distancia.
—Eso cuesta dinero, doctor Tallent.
—El gobierno ofrece estudios universitarios gratuitos. ¿Ha oído hablar de la universidad a distancia?
La mujer lo miraba, atónita. Pero había algo en sus ojos...
—¿Y qué podría estudiar?
—Medicina y veterinaria, imposible. Eso hay que estudiarlo haciendo prácticas. Pero puede estudiar cualquier otra cosa.
—Mis vecinos se reirían.
—¿Y desde cuándo le importa lo que digan sus vecinos? —rio Hugo—. Puede estudiar historia, derecho, literatura... ¿qué tal convertirse en la novelista de Briman? Incluso podría comparar notas con su hija.
—Yo... —Gloria King parecía totalmente perdida.
Aquello era auténtica medicina rural. Una cura familiar.
—No tome la decisión hoy, piénselo. Le enviaré un catálogo de la universidad a distancia desde Brisbane.
Gloria parecía abrumada, pero no quería ablandarse.
—Se supone que debo darle las gracias, ¿no?
—No hace falta —sonrió él, acariciando al pequeño Scrubbit—. Cuídate. Mandy, ya hablaremos mañana. Vamos, doctora Flemming, aún nos quedan cosas por hacer.
Cuando llegaron al coche, Christie estaba perpleja.
—¿Qué clase de médico eres tú? Primero los convences para que dejen ir a Mandy a la universidad, después te fijas en la cojera de Gloria, en la que ni siquiera yo me había fijado. Y luego te sacas una cura para los papilomas del bolsillo...
—No es una cura mágica, la han probado en Brisbane. Y si llevas años viendo a Gloria con esos tacones, es normal que no te hayas fijado en su cojera.
—No me interrumpas. Has conseguido que Gloria se porte como un ser humano, has descubierto su interés por los estudios y... ¡pero si tengo a Barry tomando antidepresivos desde hace dos años para que pueda soportar a la bruja de su mujer!
—No esperes ningún milagro...
—Lo sabes todo sobre educación a distancia, sobre el DNCB, sobre la temperatura de un cadáver, sobre la anestesia... ¿De dónde sacas tiempo para estudiar todas esas especialidades? Tú no eres dermatólogo ni forense...
—¿Celosa, doctora Flemming? —rio Hugo.
—Pues sí —contestó ella.
—¿Te importa si vamos al puerto?
—¿Para qué?
—He quedado allí con una persona.
—¿Con quién?
—Eso es cosa mía.
—Ah, qué bien. No me lo dices, pero yo tengo que llevarte al puerto.
—Por favor, Christie.
—Me estás destrozando la vida —suspiró ella—. Y me haces sentir como el peor médico de Australia.
—Pero si eres maravillosa —dijo entonces Hugo, mirándola a los ojos. Afortunadamente, no había arrancado. Si fuera así, se habría salido de la carretera.
—Entonces, ¿al puerto?
—Al puerto. Aún no puedo contarte mis planes, pero... por ahora, confía en mí.
—¿Confiar en ti?
—Solo dos días más. Dos días y te dejaré en paz. Por el momento.
Christie no sabía qué pensar. O qué sentir. Hugo parecía tan tranquilo y ella... hubiera querido estrangularlo.
O casarse con él.
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