Amor en la isla
Capítulo 5
CHRISTIE hizo su ronda en un tiempo récord.
—Es estupendo, ¿verdad? —sonrió Liz, cuando Christie le contó lo que Hugo iba a hacer por Mandy—. ¿Qué estás haciendo aquí? Yo que tú, no me separaría de él ni con agua caliente.
—¿Por qué?
Liz la miró, irónica.
—No es que yo quiera sugerir nada, pero ¿no sería maravilloso que el doctor Tallent se enamorase de nuestra doctora? Sería genial que viniera a vivir aquí. Así, trabajaríais juntos y... —una mirada al rostro de Christie hizo que Liz interrumpiera sus sueños—. No he dicho nada. Pero podría ser, ¿no?
Qué bobada, pensaba ella mientras volvía a casa. Sin embargo, le ardía la cara al pensarlo. Tenía que poner los pies en la tierra. Hugo Tallent era un estupendo anestesista, un especialista de Brisbane. Alguien que gana dinero, al contrario que ella. Jamás querría vivir en una isla como Briman...
Sin embargo, aquella noche estaba alegre. «Podría ser, ¿no?» No podría ser, pero daba igual.
Inconscientemente, levantó la mano para tocarse la cara, donde la había tocado Hugo.
—No ha llegado todavía —dijo su abuelo antes de que ella preguntase.
Los lunes, Stan y sus amigos jugaban al ajedrez en la taberna del pueblo y estaba poniéndose la chaqueta.
—¿Qué has hecho con él? —preguntó Christie, divertida.
—¿Yo? Nada. Aunque no sería mala idea, ¿eh? Ponerle una cadena y tirar la llave. Si pudiéramos conseguir un buen médico como Hugo en la isla...
—Ni lo sueñes —sonrió ella—. Hugo gana mucho dinero en Brisbane.
Christie le contó lo que pensaba hacer por Mandy y su abuelo se quedó perplejo.
—Sabía que los especialistas ganaban mucho, pero tanto...
—Quizá trabaja en un hospital privado, uno de esos que solo aceptan pacientes millonarios. O en una clínica de cirugía estética. Ahora, todo el mundo se hace algún retoque y la anestesia es sencillísima.
Stan no parecía interesado en saber de dónde sacaba el dinero su amigo. ¿Por qué iba a importarle? No era asunto suyo. Y tampoco lo era de Christie.
Pero... ¿dónde estaba Hugo?
Doug Connor llegó entonces para buscar a Stan y Christie decidió volver a la clínica. Lo buscó en todas las habitaciones, pero no estaba. Y tampoco estaba con Scrubbit, que dormía plácidamente. Mandy, después de saber que había dicho en serio lo de pagar su carrera, debía haber vuelto a casa para estudiar como una loca. Cuanto mejores fueran sus calificaciones, más posibilidades tendría de conseguir una beca.
Quizá Hugo había ido con ella para hablar con sus padres. Pero no podía ser... La casa de Mandy estaba lejos y su abuelo se había llevado el coche.
—¿Dónde está, Scrubbit? —murmuró Christie, acariciando al animal. Por supuesto, el perro no contestó—. Seguro que Mandy te lleva con ella a Brisbane. Aunque sea en una maleta.
Cuando se volvió para salir al pasillo, vio unos papeles sobre el monitor. ¿Unos papeles? Christie no recordaba haber dejado nada allí. Curiosa, leyó el primero de ellos: era un informe detallado sobre la operación de Scrubbit. ¿Quién lo había redactado? Hugo, por supuesto. Fascinada, siguió leyendo. Allí estaban todos los detalles de la operación, no solo los médicos, sino el sonido de la sierra al cortar el hueso, la expresión de Mandy...
Aquello era rarísimo.
La puerta se abrió entonces.
—Vaya, me has pillado. Venía a buscarlo.
—Hola —murmuró Christie, soltando el informe.
¿Por qué? Aquel era su quirófano, su papel... Su paciente.
¿Y por qué había escrito Hugo el informe?
—¿Qué eres, un espía?
—No —rio él—. Bueno, sí. Soy un espía y tengo una misión. La CIA me ha pedido que investigue por qué los perros de esta isla están tan sanos y he descubierto el secreto. ¡Los perros de Briman llevan una piedra de kriptonita en el fémur! ¡Son superperros!
Christie tuvo que soltar una carcajada. Nunca había conocido a alguien como él.
—Sí, claro. En cualquier momento, Scrubbit va a despertarse con una capa roja —dijo, sin dejar de sonreír—. Hugo, ¿por qué...?
—Me gusta recordar las cosas —contestó él—. En caso de que...
—¿En caso de que un perro sin la cabeza del fémur te pida explicaciones?
—Eso es.
La expresión del hombre le decía que no pensaba hablar en serio. De modo que Christie decidió tomárselo a broma.
—¿Seguro que no estás aquí para despedirme porque me dedico a operar perros?
—¿Tú qué crees?
—No lo sé —se encogió ella de hombros—. Es una de mis pesadillas. Un inspector descubre que hago rayos X a los perros, o que el otro día le di a Bert Soren una dosis doble de antibióticos...
—¿Una dosis doble de antibióticos, doctora Flemming? ¿Bert es drogadicto?
—Él no, su vaca.
Hugo soltó una carcajada.
—¿Una vaca?
—Se cortó con el alambre de una cerca —explicó Christie, intentando mantenerse seria—. Lo confieso. Le doy antibióticos a las vacas.
—Bonita confesión, doctora Flemming —dijo él entonces, levantando su barbilla con un dedo—. Es una pena que no pueda usarla. Yo no soy un inspector ni un espía.
—Ya lo sé —sonrió Christie, intentando disimular el cosquilleo que le producía la proximidad del hombre—. Un inspector no habría venido en barco.
—De modo que la vaca de Bert puede seguir tomando antibióticos.
—Eso espero. Le dije que le diera las pastillas con yogur porque si no, no sé cómo va a tragárselas.
¿De qué estaba hablando? No tenía ni idea. Solo sabía que miraba los ojos de Hugo Tallent y sentía escalofríos.
—Buena idea lo del yogur. Incluso podría hacerlo ella misma.
—Sí, claro.
—¿Nos vamos? Creo que nos espera el caviar.
Christie seguía sin saber por qué había tomado notas de la operación, pero el calor de sus manos, el brillo de sus ojos, su sonrisa... No tenía fuerzas para seguir preguntando.
En realidad, ¿qué podía preguntar? Era relativamente normal tomar notas sobre una operación. El problema era que ella no solía tener tiempo.
—Yo... tengo una idea mejor.
—¿Qué?
—No podemos cenar solo caviar. ¿Te gustaría ir a pescar gambas?
—¿Gambas?
Quizá era una idea tonta, pero Hugo solo estaría allí un par de días más y podría ser divertido. Le gustaba mucho la compañía de aquel hombre.
—Esta noche no hay luna, así que es una noche perfecta.
—Una noche sin luna... —sonrió él. Después, hizo un gesto dramático—. La criada lanzó un grito desgarrador. En el piso de abajo, el mayordomo corrió, despavorido, hacia la puerta. Los sabuesos aullaban y la sangre caía del techo... ¿Seguro que quiere ir conmigo, doctora Flemming?
Estaba segura. Muy segura.
—Me gustan las gambas. ¿Sabes que es fácil pescarlas cuando no hay luna?
—Ni idea. ¿Tú crees que debemos ir? Hace un viento horrible.
—El estuario está muy abrigado. Los acantilados forman un refugio natural, así que esta noche podríamos pescar un montón de gambas.
—¿Por qué esta noche?
—Pues... yo solía hacerlo cuando era niña. Pero ahora, cada vez que le digo a alguien que quiero ir a pescar gambas, aparece un cubo lleno en la puerta de mi casa. Les encanta regalármelas, así que nunca puedo ir a buscarlas.
—Ya entiendo.
—A la gente de Briman le gusta verme en el hospital, pero a nadie se le ocurriría invitarme a pescar. La gente de aquí es así. Y si insisto en ir, me dan la mejor red y el mejor sitio. Y si no pesco tantas como ellos, me dan las suyas. O sea, que es imposible.
—No es como cuando eras niña, ¿eh?
—Nada es lo mismo. Pero contigo...
—Yo también soy médico y no te tengo ningún respeto —rio Hugo—. Pero estoy cojo, ¿recuerdas?
—Ah, es verdad. No había pensado en ello, pero no es problema. El bote de mi abuelo es bastante profundo. Puedes estirar la pierna y limitarte a echar gambas en el cubo.
Si había algo que gustase a Hugo Tallent era una nueva experiencia. Especialmente con una mujer como ella.
—¿Esta noche no estás de guardia?
—Siempre estoy de guardia —contestó Christie—. Pero llevó el móvil. Si pasa algo, remaremos como locos.
—Muy bien. Doctora Flemming, la sigo —sonrió Hugo.
Fueron tres horas mágicas. Hugo nunca había experimentado una sensación como aquella.
Bajo la pared del acantilado, el mar era tan tranquilo como un lago. Pero solo en el estuario. Podían oír el viento soplando en el puerto, con la misma fuerza que la noche de su «naufragio».
Para atraer a las gambas, Christie usaba una linterna que colocó debajo del bote. Las incautas se acercaban, atraídas por la luz, y lo único que ella tenía que hacer era atraparlas con la red. Y él, meterlas en un cubo.
Lo estaba pasando como un niño...
¡Metiendo gambas en un cubo!
Pero, sobre todo, observando a Christie. Dentro del mar, con el agua por la cintura.
Era como si hubiera cambiado de personalidad en cuanto entró en el bote. Con pantalones cortos y chubasquero, parecía tan decidida a pescar gambas como si llevara seis días sin comer.
Era tan diferente de las mujeres que él conocía...
Desde que se hizo famoso, había conocido todo tipo de mujeres, pero la mayoría de ellas falsas y frívolas. ¿Quién le habría dicho que una chica bajita, con la nariz llena de pecas podría hacer lo que ninguna otra había hecho?
Ninguna de las que conocía se metería en el agua para pescar gambas. Eso, desde luego.
—¿No tienes frío?
—No. Hace una noche preciosa...
Pero, de repente, ocurrió algo. Christie lanzó un grito y empezó a mover las piernas, asustada.
—¿Qué ocurre?
El grito debía haberse oído hasta en Brisbane.
—¡Suéltame, bicho! —estaba chillando ella.
Hugo se puso de pie en el bote, intentando averiguar qué estaba pasando allí. No veía nada, pero un hombre tenía que hacer lo que tenía que hacer.
A pesar de la rodilla dislocada saltó del bote y, una vez en el agua, levantó a Christie en brazos. Entonces descubrió cuál era el problema: tenía un pulpo enredado en el tobillo.
Christie movía la pierna, histérica, pero el pulpo estaba bien agarrado.
—¡Hugo, ayúdame! ¡Qué asco! —exclamó al ver los tentáculos—. ¡Quítame eso de encima!
De un manotazo, Hugo apartó a la criatura. El pobre pulpo estaba más asustado que Christie y salió huyendo como un nadador olímpico.
—Solo era un pulpito.
—Es que me dan un asco... —murmuró ella.
—¿Te ha hecho daño? —preguntó Hugo, sin soltarla.
—No, qué va.
—Deja que te mire el tobillo... ¡Tienes sangre!
—Es que me he dado una patada yo misma. Intentaba quitarme al pulpo y al final me he destrozado el tobillo —rio Christie—. Qué tonta, si no me diera tanto asco podíamos haber cenado pulpo con salsa picante. Gambas, caviar, pulpo... ¡menuda cena!
Hugo no tuvo más remedio que sonreír.
Aquella no era una de las chicas de Brisbane. No. Incluso después del susto, podía reírse de sí misma.
Seguía teniéndola en sus brazos y sentía... algo extraño. Ella estaba riendo, sin darse cuenta de que el chubasquero, empapado, se pegaba a su piel...
Era una hechicera.
Y, de repente, deseaba besarla más de lo que lo había deseado nunca.
Las mujeres que él conocía habrían enredado los brazos alrededor de su cuello aprovechando la oportunidad... pero era por el dinero, por la fama. Christie no sabía quién era. Y, en lugar de besarlo, lo que hacía era apartarse para mirar alrededor.
—He perdido la red. ¡Maldita sea! Tenía seis gambas estupendas — empezó a quejarse—. Ah, ahí está. Suéltame, Hugo.
Un segundo después, nadaba tranquilamente para recuperar sus gambas. Como si el abrazo no la hubiera afectado en absoluto.
Al contrario que a él.
Hugo solo podía mirarla, atónito.
—¡Quedan tres! Y son las gordas.
—Estupendo. Yo tengo treinta en el cubo. ¿Nos vamos ya?
Christie lo miró con atención.
—¿Te has hecho daño en la rodilla?
—No.
Sin decir nada, ella metió la cabeza debajo del agua.
—Lo siento mucho, doctor Tallent —sonrió unos segundos después, quitándose el agua de los ojos—. Pero me temo que la venda está «un poco» mojada.
—Ya me imagino —sonrió Hugo.
—Pero no importa. He traído ropa seca. Y una gasa nueva, por si acaso te mojabas. ¿A que soy muy lista?
Él no daba crédito. Estar con aquella chica era como meterse en un mundo irreal, un mundo lleno de sensaciones que desconocía.
—Muy lista.
No sabía lo que le estaba pasando. Era como estar en una película. De la que no tenía guión.
—Podríamos cenar en la playa. He traído el caviar.
—¿De verdad?
—De verdad —contestó Christie, vaciando su red en el cubo—. ¿Puedes subir solo al bote o subo yo primero para tirar de ti?
Y lo haría. Seguro. No había nada que aquella mujer no pudiera hacer.
—No, yo lo haré.
—La verdad... tirarte al agua con esa rodilla dislocada no ha sido buena idea.
—¿Ah, no? —replicó él entonces, riendo—. Pues entonces no deberías haber gritado como si estuvieras siendo atacada por un tiburón.
—Es verdad. Perdona —rio Christie.
—No importa. Encantado de arriesgar mi rodilla para salvarte.
Era cierto. Y volvería a hacerlo. Tantas veces como ella quisiera.
Llegaron a la playa, arrullados por el sonido de las olas. Podían oír el viento que soplaba en la bocana del puerto, pero allí, abrigados por el acantilado, estaban como en un paraíso.
Después de atracar el bote en la arena, Christie le dio una bolsa de plástico con ropa seca.
—Cortesía de Mary Anne. Aunque creo que es la mujer de Dave quien ha sacado tu ropa del barco para lavarla. Podemos apagar la linterna para cambiarnos. Tú mira para allá y yo miraré para el otro lado.
Hugo obedeció. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Además, estaba tan... desorientado, si esa palabra podía definir sus sentimientos.
Cuando encendió de nuevo la linterna Christie, con jersey y pantalones vaqueros, estaba secándose el pelo con una toalla.
No se daba cuenta del efecto que ejercía en él. No se daba cuenta de que no podía apartar la mirada de aquel precioso trasero.
Estaba tan segura de sí misma... no necesitaba coquetear, ni hacer las cosas que otras mujeres hacían para llamar su atención.
Con unos cuantos periódicos que llevaba en la bolsa, media docena de palos y una cerilla, preparó inmediatamente una fogata en medio de la playa. Mientras él se limitaba a mirarla como si fuera un quinceañero fascinado.
—Antes de hacer las gambas podemos tomar el caviar.
El olor del mar, el ruido de las olas, el sabor del caviar en la oscuridad... todo ello se unía para hacer de aquella cena la más deliciosa en la vida de Hugo.
—Esto está buenísimo.
—Pues ya verás lo ricas que están las gambas —sonrió Christie, colocando un recipiente lleno de agua salada sobre la hoguera.
Seguía hablando como si cenara en una playa oscura con un hombre todos los días. No parecía sentir la atracción que sentía él, la magia que lo hacía no despegar los ojos de aquella chica pecosa.
—Solo hay que dejarlas sobre el fuego unos minutos, si no, se ponen duras como piedras. ¿Ves? En cuanto se ponen rositas...
Lo que siguió fue media hora muy pegajosa: pelaban cada gamba, tiraban las cáscaras al fuego, echaban unas gotitas de limón y se las comían con los dedos.
Nunca nada le había sabido tan bien. Pero no podría decir si era la cena, el mar, el paisaje o... Christie, cuyo rostro, iluminado por las llamas de la fogata era tan hermoso que...
No era la noche. Era ella.
—Christie...
—¿Qué?
—Nada.
—¿Por qué me miras tan serio?
—¿Yo? No... solo te miraba comer las gambas.
—Para que lo sepas, yo las como de una forma muy elegante, mientras tú...
—¿Qué pasa conmigo?
—Que haces ruido.
—¿Cómo?
—Que haces ruido cuando te comes las gambas —rio Christie, tomando una y metiéndosela en la boca—. Se hace así, ¿ves? No ha quedado más que la cola. Y yo no hago ruido —insistió, pizpireta—. Mientras tú, te la metes entera en la boca y para sacar la cola haces un ruidito...
—Christie...
—Es la diferencia entre cirujanos y anestesistas.
—Vaya, gracias. ¿Has hecho cirugía?
—Solo un año. Después, murió mi abuela y...
—¿Viniste a vivir aquí?
—Eso es —suspiró ella, dejándose caer sobre la arena—. Es un sitio precioso y la gente me necesita. ¿Qué más puede pedir uno?
¿Qué más podía pedir él?
El rostro femenino, el calor de la arena... Era imposible resistirse. Hugo le puso una mano en el hombro.
—Christie...
Ella lo miró. No parecía asustada, ni siquiera sorprendida.
—Dime.
—Quiero besarte.
Los ojos verdes lanzaban destellos.
—Seguro que me sabe la boca a sal.
Eso fue todo. Ni sorpresa, ni protesta, ni falso rubor.
—A mí también.
—¿Quieres comprobarlo?
¿Que si quería comprobarlo? Un segundo después, Hugo estaba sobre la arena con ella encima.
Y sus labios se encontraron en un beso que no parecía terminar nunca.
Una vida no podía cambiar en un solo segundo. No era posible. Pero cuando Hugo la tuvo en sus brazos, una vez que saboreó sus labios... Un beso y su vida había cambiado. Irrevocablemente.
Christie era diferente y sus labios le parecían una extensión de sí mismo.
O quizá había un vacío en su interior que ella llenaba perfectamente.
Cuando la rodeó con sus brazos, sus curvas lo marearon a pesar del grueso jersey. Era tan deseable... Era una bruja que lo tenía hechizado. Aquella noche, en aquel sitio...
Con aquella mujer.
Christie se estaba ahogando de placer.
Sabía que si quería hacer el amor con ella, le diría que sí. Nunca había conocido a un hombre que la hiciera sentir lo que Hugo Tallent la hacía sentir.
Tenía veintiocho años. Era la doctora soltera de Briman y los hombres como Hugo...
No había hombres como Hugo para ella. Su vida estaba allí, en la isla, mientras que él...
Pero aquella noche era diferente. Aquella era su noche.
—Hugo...
—¿Sí?
Christie metió la mano por debajo de su jersey. No había que decir nada más. De alguna forma, sabía que aquella noche era especial para los dos.
Pero, desgraciadamente, Christie era médico.
Y, como tantas noches, su móvil empezó a sonar.
Cuando se apartó, Hugo emitió un gruñido de protesta. Ella se apartó, despeinada y preciosa, para contestar.
—Espero que se hayan equivocado —murmuró él, sonriendo de tal forma que Christie estuvo a punto de mandar al diablo a quien estuviera al otro lado del hilo.
—Ojalá.
—Dile que se tome una aspirina y después, vuelve conmigo, mi amor — susurró Hugo.
«Mi amor».
Pero Christie no podía pensar en eso. Al fin y al cabo, era el único médico de Briman y se debía a sus pacientes.
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