Aprendiendo a morir

Ignacio Berciano Perez · Capítulo 17 de 28

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Aprendiendo a morir

15 Eutanasia y suicidio asistido

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EUTANASIA Y SUICIDIO ASISTIDO

Aquí ya comenzamos decididamente a navegar por aguas más cenagosas aún que las del suicidio. Es un tema peligroso, somos conscientes de ello.

Da igual la opinión que tengas, siempre va a existir alguien que opine, enfervorizadamente, lo contrario. Pero no podíamos obviarlo.

Ya lo hemos dicho páginas atrás, pero conviene insistir en ello; es bastante más trascendente de lo que parece en una primera lectura, y todavía va a serlo más en los años venideros. Dados los fabulosos avances tecnológicos y farmacológicos de la medicina, es actualmente posible alargar la vida hasta límites insospechados y crueles. De hecho, se está practicando hoy día este tipo de práctica médica. Con sondas nasogástricas para alimentar, catéteres para introducir sueros y medicación, respiradores artificiales, monitorizaciones cardíacas, con toda esta parafernalia a menudo lo difícil es conseguir morirse.

Hace algún tiempo aparecía en la prensa médica un artículo mostrando una unidad de daño cerebral irreversible en un hospital muy conocido. Dos docenas de camas dedicadas a cuidar a pacientes en estado vegetativo permanente, personas a las que jamás se va a poder curar y ni tan siquiera son conscientes del cuidado que reciben. Al respecto, la unidad aplica los criterios diagnósticos de la Sociedad Americana de Neurología, que implican ausencia de consciencia, falta de evidencia de lenguaje comprensivo o expresivo y de respuesta voluntaria a estímulos, incontinencia de esfínteres y preservación variable de los pares craneales y reflejos espinales. Estos son los criterios médicos.

Ofrecen también asistencia a las familias de los pacientes. Entre otras, ayuda psicológica para las patologías de ansiedad y de depresión, las más

habituales en estos procesos. Los familiares saben perfectamente que son casos irreversibles, o al menos saben que deberían aceptarlo, lo que les genera la patología psiquiátrica, dándose también el proceso de duelo adelantado.

También proporcionan ayuda espiritual y religiosa.

La supervivencia media está entre 2 y 5 años, aunque la unidad ha atendido casos de hasta 10 años. Estamos refiriéndonos a estados vegetativos permanentes e irreversibles, seres humanos que apenas sobrevivirían algunas horas sin los cuidados profesionales de la unidad.

Y hasta aquí la reseña pura y dura, sin ninguna intención peyorativa. Pero el autor no puede ser literariamente puro y casto durante demasiadas páginas, cuando se escribe, siquiera subliminalmente, el deseo de opinar no suele estar demasiado lejos. Por ello tengo que decir que lo anterior no lo deseo para mí, ni para ninguno de mis familiares o amigos. Ni siquiera lo quiero para mi peor enemigo, por parecerme cruel en exceso.

Siento mucho decirlo con esta crudeza, pero hay ocasiones en las que es preciso ser sinceros. Lo que no quita el profundo respeto por las personas que escogen esa opción, y la admiración por los profesionales que a ello se dedican. En este trabajo existe una enorme dificultad y un desgaste emocional con repercusiones psicológicas para los trabajadores, cuanto más para las familias.

Me parece dificultoso, cuando no imposible, compartir esos planteamientos sino te apoyas en unas fuertes creencias religiosas. Ni siquiera me parece suficiente el punto de vista de la ética o de la moral, aunque no quisiera polemizar (vano intento).

Considero que el debate sobre la eutanasia ha sido, todavía lo es aunque cada vez menos, arduo y particularmente virulento. Intervienen distintos factores, diversos enfoques: desde la moral y la ética, desde la sociología y

la medicina… pero sobre todo intervienen los sentimientos personales, nuestras propias vivencias al respecto y eso ya lo complica aún más.

Creo (confío) y espero que esta discusión sea superada por la sociedad en unos pocos años, y que será pronto tan obsoleta y caduca como lo es ahora el tratamiento con sanguijuelas, de moda hace mucho tiempo, en la época oscura de la medicina. De otra manera llegaremos, con los avances de la medicina que están llegando continuamente, a una sociedad con un elevado tanto por ciento de moribundos y lo que de ahí resultará, sin referirnos al coste económico, eso al fin y al cabo es sólo dinero, sino al elevadísimo coste afectivo, al dolor que tendría que pagar el enfermo y sus allegados. Y

eso, por muy económicamente potente que sea una sociedad, es algo terrible.

Si obviamos los razonamientos religiosos, obligatorios para los adeptos pero para nadie más y que son más creencias que razonamientos puros (partiendo de la base incuestionable de que no se puede demostrar científicamente la existencia de Dios, y dejo constancia de no considerarme ateo), los lugares comunes del debate son la dignidad humana, el valor intrínseco de la vida y argumentos semejantes.

Y aquí vuelve a ser imposible no entrar al trapo (que nosotros mismos hemos mostrado, es cierto) y saltar de nuevo al ruedo de la polémica:

¿Qué dignidad hay en la lenta y penosa agonía de una persona demenciada, que ni siquiera reconoce a sus amigos (ni ellos la reconocen a su vez, sombra de lo que alguna vez fue), llagada y dolorida, irremisiblemente condenada a morir entre quejas e incomodidades?

La respuesta es que esa dignidad es intrínseca al ser humano, lo cual es verdad, pero ¿por qué se atentaría contra esa dignidad al permitir una muerte sin dolor y rápida, evitando una agonía larga e innecesaria? ¿Por qué, al promover dicha muerte? ¿Por qué, al hacerlo nosotros mismos o al pedirlo para nuestros familiares?

El valor intrínseco de la vida está, en mi opinión, en una vida plena. No se encuentra en un coma sin posibilidades de retorno.

Hay muchas situaciones diferentes, casi todas son únicas para decir la verdad, y toda una gama de posibilidades. Desde el suicidio asistido a todas las formas de eutanasia, activa y pasiva, pero creo que la capacidad de decisión no debería hurtarse a los propios interesados o, en representación de sus intereses, a sus familiares más cercanos.

Cada uno de nosotros somos dueños de nuestra propia dignidad humana y la situamos allí donde nos parece a nosotros, no donde nos lo indica nadie.

Es nuestra potestad.

La decisión, siempre, debería ser personal al llegar la hora final, vivir o morir.

El que escoja vivir merced a la ciencia, que lo haga, si tiene la posibilidad.

Dicen que Walt Disney dejó encargada su criogenización, o como se denomine a la congelación en espera de tiempos mejores. No sé si será el rumor uno de los mitos urbanos del siglo XX, pero sería una decisión respetable, que acaso no fuera guiada sino por un incoercible miedo a morir.

Se puede tener miedo al dolor, a la agonía, a la ausencia del otro… Pero no a la muerte, que es tan simple y natural como el amanecer o el crepúsculo.

Hace ya tiempo, leí en una entrevista al doctor Jacinto Bátiz, que se dedica a los enfermos terminales y a los cuidados paliativos, que la vida hay que ensancharla, no alargarla. Me parece una frase afortunada por lo definitoria de intenciones, de hecho me da envidia no haberla escrito yo. Es merecedora de ser grabada en letras de oro en nuestro escudo de armas, si lo tuviéramos, ya la heráldica solamente adorna algunos muebles de El Corte Inglés o algún chalet con ínfulas.

También hace años, vi un reportaje televisivo de un campeón de surf hawaiano, por supuesto joven y sano, un atleta en la flor de la vida. Parecía un hombre sencillo y optimista que, principalmente, disfrutaba con lo que

hacía; se apasionaba, en realidad. Surfeaba olas de gran tamaño, las más peligrosas, toneladas de agua que podían sepultarlo al mínimo error.

Le preguntaba el entrevistador si no tenía miedo a la muerte, al accidente mientras cabalgaba la ola. Te estremecía verle surfear una ola de diez o doce metros, en las grabaciones.

Él respondía que no temía morir haciendo lo que le gustaba. Comprendía el peligro, pero no podía vivir de otra manera, sin el mar, las olas grandes y el surf. Meses después de la entrevista, una cámara de televisión filmó su muerte arrollado por una ola enorme.

Como los alpinistas, los esquiadores al extremo, los submarinistas que practican espeleología submarina o cualquier otro deportista de riesgo, no podía vivir de otra manera. Tampoco lo desean. En la famosa película de ciencia ficción Blade Runner, en una de las escenas le consuelan a uno de los replicantes que sabe que su vida se termina, diciéndole que las estrellas más brillantes son las que duran menos tiempo, estallidos de luz en el espacio.

El otro extremo del espectro es la persona que no viaja en coche por miedo a los accidentes de tráfico, mucho menos en avión; no practica deporte por temor a lesionarse; no toma el sol por el riesgo de padecer un melanoma; tampoco fuma por el cáncer de pulmón, ni bebe alcohol, y controla periódicamente sus niveles de colesterol y de tensión arterial…

Igual que en el viejo chiste que le dice el médico al paciente:

–Nada de alcohol, ni de tabaco, ni de juergas con los amigos, ni de salir de noche…

–¿Y viviré más así; doctor?

–Pues con certeza no lo sé, pero sí se le va a hacer más largo.

Al margen de casualidades, el azar o el destino, que pueden hacer que una persona corra como un loco con el coche, beba como un cosaco y fume

como un carretero (y ya hemos agotado los tópicos) y viva cien años o se cuide como algunas señoritas solteronas de provincias y muera joven de cirrosis, sin haber probado prácticamente el alcohol, lo cierto es que somos parecidos a las estrellas. Ya digo: en general y salvando casos especiales, que los hay. Tenemos una cantidad de luz, de energía, y podemos desperdiciarla alocadamente o ahorrarla con prudencia.

¿Qué es lo mejor? ¿Cuál es el consejo desde estas líneas, se podría alguien preguntar, muy atinadamente, para amortizar en parte el precio del libro?

Pues la elección es de cada uno, no podría ser de otro modo. Que cada uno sea todo lo libre que se lo pueda permitir y que decida entre audacia y prudencia.

Pero que nadie se engañe: Al final, unos y otros, todos nos morimos por igual.

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