Aprendiendo a morir
Citas
“La muerte sólo tiene importancia en la medida en que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida”.
(André Malraux)
“No hay nada tan cierto en el mundo como la muerte y los impuetos”.
(Benjamín Franklin)
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¿POR QUÉ?
(A MODO DE PRÓLOGO)
¿Por qué escribir un libro sobre la muerte? ¿Alguien lo va a leer? ¿Acaso le puede interesar a algún lector? ¿No será morboso, lúgubre, o al menos triste? ¿Es que no existen temas mejores?
Todas estas dudas, y otras muchas más que no consigno por no empezar ya aburriendo, me asaltaron a la hora de decidirme a buscar ideas al respecto, bibliografía, anécdotas, cuando la idea comenzó a germinar en mi mente y me decidí a pasarla al papel. En esta sociedad nuestra actual, en la que los principales valores en alza son la juventud, la felicidad, el triunfo, ¿puede tener su lugar un libro que nos hable sobre la muerte?
Pero, por otro lado, y antes de que nadie empiece a responderse a sí mismo todas estas preguntas, ¿quién no ha sentido esa congoja que a veces nos asalta al pensar que terminen los días, muchos o pocos, que nos resten de vida? ¿Quién no ha tratado de imaginar cómo y cuándo puede finalizar su existencia?
Siempre se ha dicho que en la literatura, y por extensión en el cine, hay unos pocos temas recurrentes, inevitables: el amor y el odio; la paz y la batalla; las relaciones humanas; la vida y, por supuesto, la muerte.
La razón principal de escribir este libro es la de plantear unas preguntas y hacerles frente. En el proceso de escribir, de llevar las ideas al papel, o al ordenador, tal vez algunas dudas personales e íntimas se resuelvan, se reafirmen algunos conceptos. Mirar detenidamente a la cara de la muerte y poder decir lo que vemos, tratar de entenderlo y de explicarlo. Luego, más tarde, ya veremos si nos tenemos que asustar o no.
Las dudas, las preguntas, en primer lugar son las del propio autor y sus colaboradores, pero también de alguna manera las de todo el mundo, son
universales como universal es el hecho de morir. Todas las personas se plantean las mismas o muy parecidas desde que el hombre se vestía con pieles y habitaba en las cavernas, variará la dialéctica, pero no el sentido. El ser humano es el único animal que se atormenta con la muerte, los otros animales la aceptan como algo que está en la naturaleza, como aceptan el día y la noche, el sol y el viento. Algo podríamos aprender de ellos.
Si hay algo que tiene importancia en la vida es la propia vida, y ésta se termina al morir. Vida y muerte son conceptos que van unidos (aunque a nosotros nos gustaría separarlos en algunas ocasiones), un binomio inseparable que afecta a todos los seres, a todas las cosas. El yin y el yang (¿cuál será el yin y cuál el yang?). El blanco y el negro. Por cierto, existen culturas, sociedades, que relacionan el hecho de la muerte con el color blanco. Sus lutos y sus duelos son de blanco. También es algo en lo que pensar, ¿un punto de vista distinto para tratar de comenzar a pensar diferente?
Y, a todo esto, un aviso para navegantes. Quizás alguien se sorprenda del tono desenfadado y sencillo de algunos párrafos, incluso no exentos no ya de desdramatización, sino teñidos también de una manifiesta ironía. Bueno, pues es que esa es una de las intenciones del texto, desdramatizar en lo posible lo que no es sino un hecho natural. Aceptar con tranquilidad de espíritu aquello que en algunos momentos no queremos ni siquiera imaginar. Buen y loable propósito, ¿no?
Nacer, vivir y morir, a esto se refiere finalmente todo, no hay más secretos.
Eso estaba en el contrato establecido cada uno con su dios o, más simplemente, con el testamento genético de sus antepasados. Contrato, por cierto, que no firmamos nosotros, sino nuestros progenitores, pero contrato al fin y al cabo. ¿Cómo rechazar entonces a la muerte? ¿Acaso todavía no hemos leído la letra pequeña? No hay rechazos ni devoluciones…
Pero antes de que nadie se escandalice y, lo que es peor, deje de leer y cierre definitivamente este libro, le diremos que es precisamente, fundamentalmente, la muerte lo que da todo el valor y toda la plenitud a una vida. Lo que le otorga su enorme valor intrínseco a todas las existencias.
Somos mientras tenemos consciencia de ser; es decir, aquí y ahora. Mañana, no lo sabemos. Después de morir, tampoco.
Una vida eterna, aquí, en este valle a veces de lágrimas, no sería sino una historia con los mismos argumentos repetidos hasta la saciedad, y conducente a un hastío insoportable. Ya lo escribió Borges en El inmortal.
Incluso quizás también él se aburriera de vivir, al final, cuando ya dictaba sus obras y le leían las de otros.
Otro escritor, Luis de Castresana, también opinaba algo parecido. Cuando le preguntaron si le gustaría volver a vivir en una entrevista, cercano ya y tal vez lo presentía, el final de sus días, respondió sin dudarlo que no, que ya se sabía la película.
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