Aprendiendo a morir

Ignacio Berciano Perez · Capítulo 4 de 28

Páginas del PDF

Aprendiendo a morir

2 Definición: ¿cuándo?

2

DEFINICIÓN: ¿CUÁNDO?

¿Cuándo estamos muertos?

Parece una pregunta bastante tonta, ¿no?, al menos para nuestros oídos, enteramente mediatizados por nuestra cultura occidental. Pero, si resistimos el impulso de abandonar la lectura de este libro, por simple, y la meditamos durante unos segundos, a lo mejor no es tan sencilla como parece.

Hace mucho tiempo estabas muerto cuando dejabas de respirar y de responder a estímulos externos. Más tarde se añadió la falta de pulso y de latido cardíaco. En los tiempos de influencia de la moderna medicina, comenzamos a aceptar otros parámetros como el electrocardiograma plano y la falta de actividad en el electroencefalograma, suponiendo esto una falta de actividad en el corazón y en el cerebro, respectivamente; el cerebro tarda unos minutos en morir, después de que ha muerto el corazón, explicado lo más sencillamente posible y con la falta de rigor científico que ello conlleva. Actualmente el criterio de moda, entre los entendidos, es la muerte encefálica.

De modo que ya hemos introducido algunos factores más, en el asunto, que ya no lo hacen tan sencillo. Y mucho más aún si empezamos a hablar de temas como la donación de órganos, aquí sí tiene más sentido hablar de momentos exactos, se complica todo con las connotaciones legales que pueda haber.

Sin querer llegar a debates técnicos, no es la vocación de este libro hacerlo sino la de conducirnos a pensar a todos, autor incluido, se puede decir que las células cerebrales mueren en pocos minutos sin oxígeno, pero las células de las uñas o de los cabellos tardan bastantes horas en detener su crecimiento y morir, cuando el corazón ha dejado de latir. En cuestiones

legales se prevé que habrá que hilar muy fino al respecto en los tiempos venideros.

En tribus antropológicamente (y geográficamente también, todo hay que decirlo) muy lejanas a nosotros no piensan que sólo haya las dos posibilidades clásicas en nuestra cultura: vivo o muerto. Para ellos existe una serie de estadíos que van desde “vivo del todo” a “muerto del todo”. El primero sería la plenitud vital de la juventud; el último, la desaparición del recuerdo que nos dejó el fallecido, años después de la muerte biológica.

También existen los equivalentes, sorprendentes para nosotros, a “un poco muerto”, “casi muerto”, “algo muerto”,…

La nomenclatura puede variar en su cultura, pero no el mensaje que subyace y va mucho más allá de nuestra dicotomía vivo o muerto. Es algo parecido al lenguaje de algunas tribus indias norteamericanas que tienen nombre para decenas de tipos de nubes, no sólo cirros, estratos, cúmulos y nimbos que recuerdo de mi enciclopedia infantil, seguro que ya no se llaman así. O en pueblos de la Polinesia que llaman al mar de muchas maneras, dependiendo del momento, O, más cercano, el pintor que tiene muchas denominaciones para las distintas tonalidades del color azul, o el rojo, o el verde.

Y si todavía a alguien le quedaba en el rostro una sonrisita de suficiencia ante la aparente simpleza mental de estas tribus, que intente trasladar a sus estadíos el concepto de coma. ¿Está viva una persona en coma irreversible?

Muerta no, por supuesto, pero su estado está bastante alejado del concepto de una vida plena. ¿Y una parálisis cerebral completa?

Ya no parece tan tonto el concepto de la muerte de aquellas personas, por muy primitiva que sea su cultura, ¿verdad?, los distintos grados de estar muerto. Y si lo aplicamos a las últimas discusiones del debate continuo acerca de la eutanasia, entonces empieza a complicarse más todavía.

En otras sociedades, también antropológica y geográficamente alejadas de la nuestra, cuando alguna persona estaba cerca de la muerte, por edad o por

enfermedad, se alejaba del poblado y se dejaba morir. Sabía que le quedaba poco tiempo de vida y que iba a entorpecer el funcionamiento del grupo social, se despedía de familiares y allegados y permitía que la muerte le alcanzara. No se suicidaba, al menos por su propia mano; permitía que la naturaleza (los dioses de la naturaleza) acabara con su existencia. Y eso era para ellos lo justo, la costumbre, no salvajismo ni una crueldad manifiesta.

Una forma de pensar bárbara desde nuestro punto de vista, dejar que un enfermo o un anciano se muera de hambre o de frío, permitir que fallezca sin ayuda. Enteramente reprochable y sólo atribuible a una sociedad primitiva.

Pero surge enseguida otro pensamiento, en base a nuestra cultura y a nuestra capacidad tecnológica, médica y social, en respuesta a los logros que hemos conseguido y que comienzan a desbordarnos, o al menos a preocuparnos: ¿Hasta dónde alargar artificialmente la existencia de un enfermo desahuciado, de un anciano que ha cumplido su ciclo vital y no es sino un triste recuerdo de lo que una vez fue, caquéctico y dolorido, con la mente irremisiblemente perdida, inválido y llagado?

¿Cuál de las dos actuaciones es más reprochable?

Pero antes de continuar, desde aquí, desde estas líneas todavía apenas de comienzo tan sólo un momento de reflexión, de exposición de intenciones: Las dudas van a ser planteadas, pero sólo como unos razonamientos a los que tiene derecho todo ser humano, y casi también la obligación ética y moral de hacérselos. Las respuestas, las decisiones al fin y al cabo, deberán salir de nuestro interior, de nuestra íntima creencia, no de condicionamientos legales, sociales o religiosos.

Las costumbres, las legislaciones y las religiones han cambiado y seguirán cambiando, evolucionando. Las leyes son arrastradas por la costumbre y la ciencia y, a su vez, arrastran a las religiones, muchas veces pavorosamente retrasadas y ancladas peligrosamente al pasado.

Los cambios siempre nos indican no sólo que estamos vivos, sino que somos vitales. Es la hora de decidir.

P.S.: Aquí finalizaba originalmente el apartado pero, a veces, en la elaboración de un libro, intervienen otros factores distintos que no controlamos. Tumbado en el sofá el autor, su posición favorita para la práctica de esa suerte de meditación en nada trascendental que es ponerse delante de la televisión, cambiando de canal con la agilidad mental que dan muchos años de zapping, escuchó una frase en el contexto de una película.

No sé el título del largometraje, ni tampoco en mi incultura si era la frase original del guionista o más merecidamente a mi juicio, de algún filósofo, pero me pareció caída del cielo o de algún lugar en el que habiten las musas. No me resisto a ponerla aquí, a modo de ejercicio de pensamiento:

“¿Dónde está la sabiduría que perdimos con el conocimiento?”

OceanofPDF.com