Aprendiendo a morir
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RESUMIENDO
En primer lugar pedir perdón por lo que este último apartado tenga de redundancia, pero a veces hay que repetir las cosas para verlas con mayor claridad. Es la forma un tanto anticuada de estudiar, la reiteración de conceptos. Qué le vamos a hacer, cada uno tenemos nuestras querencias y es difícil desprenderse de algunas de ellas.
O sea que volveremos a decir que lo que hay que hacer es arrebatarle esa condición de lúgubre que tiene la muerte. Es un tanto complicado, ya lo sabemos, hay mucha cultura y mucha educación que nos condiciona desde que nacemos. Tampoco queremos decir que sea algo alegre, no es esa nuestra intención.
Por mucho que nos disguste o nos atemorice, la muerte camina a nuestro lado. Su sombra se junta con nuestra sombra cuando paseamos al atardecer y contemplamos el crepúsculo más bello de nuestras vidas. Sus pasos resuenan a la vez que los nuestros, a veces baila claqué a nuestro lado sin que nos demos cuenta. Su suspiro se confunde con la brisa que nos refresca el rostro acalorado en los días de verano.
Podremos tratar de esquivarla comiendo sin grasas, abandonando el tabaco (buena idea) y acudiendo al médico todos los meses o podremos invitarla conduciendo borrachos por la autopista o practicando sin control los deportes más arriesgados. Al final nos alcanza.
Es algo natural como lo es el mar, la noche o el amanecer, la risa o el llanto.
Como la vida misma, porque es lo que la complementa, parte indivisible.
De hecho es lo que le da su mayor valor a la existencia.
También insistimos en que nuestra muerte es sólo nuestra, de nadie más. Si acaso, en un nivel puramente afectivo, podremos compartir la propiedad
con nuestra familia más cercana, si lo deseamos, y con cuatro amigos, esa gente que nos echará de verdad en falta cuando nos hayamos ido definitivamente. A nadie más pertenece. No es de la sociedad, ni de religión alguna, ni mucho menos del estado.
Sólo tenemos la obligación, si es que se puede llamar así, de vivir nuestra existencia lo más plenamente posible. Como escuché el otro día en un diálogo de la película “El señor de los anillos” (un poco larga la cinta), se nos ha otorgado un tiempo para vivir y es nuestra responsabilidad lo que hagamos mientras dure. Y ni siquiera es realmente una obligación, sino un humilde consejo. Porque cada minuto que ha pasado es un minuto que se ha ido irremisiblemente.
E insistir en que el concepto de muerte como final es erróneo, en nuestro modesto entender. Con todas las limitaciones intelectuales que nos acechan a la hora de proclamar esto, lo creo de verdad, no sólo deseo creerlo.
La energía no se crea ni se destruye, solamente se transforma, podría ser un argumento teórico desde la ciencia, aunque no nos consuele demasiado que nuestra postrer energía acuda presurosa, después del óbito, al ciclo vital del algarrobo o de la oveja merina. No nos llenaría de regocijo, ni de pena, pero no nos estamos refiriendo a esto.
Nos referimos a algo más espiritual. La energía de una persona, no nos atrevemos a decir su alma, es algo muchísimo más complejo. Puede ser una energía que se dirija a incorporarse a otra energía mayor. Los nombres que pongamos no harán más que definir religiones o agnosticismos, pero existe un indudable concepto de energía global.
¿Complicado de explicar? Pues no, directamente imposible de explicar, ni de entender: Sólo intuir, con eso nos tiene que ser suficiente. Ya sabe lo que decía el doctor Rodríguez Delgado, que el ser humano intentando comprender a Dios, sus motivaciones, el mero concepto divino, es tan
imposible como un chimpancé que trata de entender el funcionamiento de un ordenador.
Pues lo mismo que es imposible comprender a Dios, es imposible entender del todo a la muerte. Solamente intuir.
Pero yo me quedo con la idea, que espero y creo que no será errónea, de muerte como viaje, el último, cruzar la última frontera, la más importante de todas, la definitiva.
Qué habrá más allá, no lo sabemos, pero tratamos de imaginarlo; como el astrónomo que mira las estrellas imaginando otras galaxias aún más recónditas.
Y el último viaje, para los que somos viajeros, será el más bello, el más interesante, el velo que se alzará para revelarnos la mayor incógnita de todas.
Y de hecho, lo queramos o no, todos somos viajeros…
“All those moments will be lost in time,
like tears in rain. (…)
Time to die”.
(Blade Runner)
Este libro se terminó de escribir en el aeropuerto de La Habana, entre muchas banderas, en el mes de enero de 2008, con una cerveza Bucanero bien fría al alcance de la mano.
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