Aprendiendo a morir

Ignacio Berciano Perez · Capítulo 20 de 28

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Aprendiendo a morir

18 Y para nosotros, ¿qué queremos?

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Y PARA NOSOTROS, ¿QUÉ QUEREMOS?

No desearíamos pecar de morbosos, muy al contrario, pero también somos conscientes que, desde diferentes puntos de vista que el nuestro, quizás todo el libro pueda pecar de morboso, únicamente por el tema que aborda. De todas formas, todos pecamos de morbosos en algún momento, o al menos el autor (en su morbosidad) quiere pensarlo así. De modo que quién no ha imaginado, siquiera por unos instantes, cómo y cuándo va a ser su propia muerte.

Pueda ser, no diremos que no, que las personas que nos dedicamos a escribir tengamos un exceso de imaginación, o al revés, qué más da, pero pienso que es innegable que todos los seres humanos fantaseamos sobre nuestra propia muerte. Los psicólogos seguro que tendrán un nombre para esta pulsión.

Cuando tenemos una enfermedad, o nos aparece un bulto sospechoso en alguna parte de nuestro organismo, cuando muere algún amigo cercano (cada vez más, según nuestro cabello se llena de canas o, peor aún, desaparece ladino), cuando un accidente de coche nos hace conscientes de que no somos inmortales, es inevitable preguntarse cómo será nuestro fin.

También, por supuesto, cómo lo afrontaremos. Si tenemos la oportunidad,

¿seremos valientes y serenos, como nos gusta imaginarnos? ¿O seremos pusilánimes y quejicosos y llorosos y nos apegaremos a este mundo, con noventa y nueve años recién cumplidos por la ilusión o la vanidad de llegar a los cien?

En la infancia, en la mía al menos, fantaseabas con un final heroico, espada en mano contra corsarios o contra los soldados del rey (yo siempre prefería ser corsario), superados en número pero no en bravura ni en ferocidad. No

es mala forma de caer, rápida y adrenalínica, las endorfinas que te acompañan hasta el final.

Otros infantes, no yo, acaso soñaron morir como los mártires que aparecían en los dibujos de la enciclopedia escolar, a la parrilla a manos de herejes o degollados por aquellas ridículas espadas de centuriones romanos, por no abjurar de su fe; niños deslavados y frágiles con un ridículo vestido corto más adecuado para lucirlo Naomi Campbell y una especie de misal en las manos.

Más tarde, influencia del cine, a lo mejor soñamos terminar con todo pistola humeante en la mano, fiero el gesto y la sonrisa todavía irónica como Butch Cassidy y Sundance Kid en “Dos hombres y un destino”, dos amigos contra un ejército.

También habría niños, esto ya lo imagino tan sólo, que soñaron morir en una leprosería, dando su vida cristianamente por los enfermos de lepra hasta que la dolencia les alcanzara a ellos y les impidiera salir también de la isla hasta que su muerte les llevara hacia Dios y la vida eterna. Molokay se llamaba la isla y al final de la película habría sin duda, aunque ya no lo recuerdo, una música dulce evocadora del paraíso al que irían, hermanados en su dolencia, los leprosos y el cura y se vería un precioso cielo azul de verano con nubecillas blancas. Ahora seguro que la isla no alberga leprosos sino viajeros con el suficiente poder adquisitivo para pagarse el todo incluido de turno. Como decía en una de sus canciones hace ya muchos años Bob Dylan, los tiempos están cambiando.

No fue, insisto, mi sueño pero había niños más piadosos que yo, de hecho tal vez un poco meapilas, sin ánimo de ofender, que sacaban sobresaliente en Religión y que, sin lugar a dudas, habrían dado sus recientes dientes por poder morir mártires…

Pero luego, en fin, la vida va pasando y se van olvidando esas ideas. Vemos que las muertes más frecuentes son los accidentes cardiovasculares, algunos

cánceres (Consejo gratuito: no fume, revisiones de mama en mujeres y de próstata, en hombres), estúpidos e impensables accidentes de tráfico... Y va cambiando nuestra percepción de la muerte. Ya no envidiaremos más la muerte del niño Tarsicio, virgen y mártir a manos de los herejes, ni la de los pistoleros o los corsarios.

La muerte de verdad, sencilla y cotidiana, empieza a insinuarse en nuestras vidas, a acariciarnos con sus manos frías: ese colesterol alto con esa tensión arterial por las nubes, ese accidente de coche, el humo de los primeros cigarrillos que recuerda un poco al olor a incienso de las misas de funeral, tampoco demasiado al parecer, visto lo que fuman los adolescentes. Incluso hay unos cigarrillos que responden al nombre de Death, que no se vendían mal, y todas esas admoniciones de fumar produce cáncer, el tabaco mata y cosas parecidas tampoco reducen mucho el consumo. Ya sabe, hace años, cuando alguien hacía una pintada que ponía, por ejemplo, “la droga mata lentamente” , el gracioso de turno escribía debajo “no importa, tampoco tenemos prisa”.

Y no tarda mucho tiempo en que deseemos una muerte rápida e indolora: el aneurisma que se rompe durante un orgasmo, no trabajando (pero qué faena para la pareja), el paracaídas que no se abre practicando caída libre, en moto a doscientos por hora pillando un charquito de aceite… O por el contrario, un final tranquilo, sedados, rodeados de nietos e incluso de biznietos, que nos besan en las mejillas yertas mientras miran de reojo el reloj porque se les hace tarde para salir con los colegas y el abuelo no acaba de despedirse de una santa vez y a ellos la vida los espera en la calle…

En la Edad Media se prefería, se estilaba entre la gente culta, no en la plebe, una muerte consciente. De hecho se preparaban para ello durante toda la vida. Ahora se lleva más vivir el final sedados, atiborrados de analgésicos y de benzodiacepinas, que derroten la ansiedad y el dolor del tránsito.

Al fin y al cabo, es una cuestión de modas, o de maneras de encarar la vida y la muerte. Hay muchas personas que elegirían morir conscientes, de hecho es lo que escogen si es que tienen la ocasión de hacerlo.

Personalmente, para mí desearía una muerte rápida e indolora, brusca e impensada; el aneurisma que se rompe o lo del paracaídas, por ejemplo.

Estos finales son traumáticos para la familia, en principio, pero todos somos egoístas y, al fin y al cabo, los familiares quieren lo mejor para nosotros.

De cualquier forma, todo esto cambia con la edad, como cambia nuestra percepción de la vida y todo lo que nos sucede. Por ello no se descarta que en un futuro próximo piense que lo mejor es un final, en casa, enteramente lúcido y mirando con ojos curiosos a la muerte que se aproxima.

Es el último viaje, el más importante.

Pero tampoco hay que hacer demasiados planes. En esto, como en tantas cosas, el destino, el azar, el libre albedrío o como queramos llamarlo, tiene al final la última palabra.

De modo que ya veremos.

P.S.: Meses después de escribir estas líneas, en la autopista, por llamarla así, de Varadero a La Habana, nuestra furgoneta se cambió accidentalmente de carril enfrentándose a los coches que venían hacia nosotros. En las carreteras cubanas no hay medianas que separen el tráfico de ida y el de vuelta, o al menos no las llegamos a ver.

No conseguimos saber si el conductor se había dormido, creo que sí, o si el fuerte ventarrón del temporal había empujado nuestro vehículo hasta enfrentarlo a otra furgoneta que venía hacia nosotros, ella sí por el camino que le correspondía.

El caso es que vimos la muerte instantánea, de hecho todavía no entiendo cómo nos libramos; centésimas de segundo y no exagero, no acostumbro a

ser alarmista. En algunos de los universos paralelos, de esas imaginativas teorías que circulan por ahí, seguro que morimos estrellados, pero en este, incomprensiblemente para mí, seguimos vivos e ilesos. Eso sí, tan temblorosos y lívidos, incluso el conductor después de su volantazo salvador, que tuvimos que detenernos para recuperar el aliento.

Creo que no estábamos destinados a morir allí, pero no puedo eludir la sensación de que alguien o algo nos ayudó…

¿El azar?

¿Dios?

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