Aprendiendo a morir
1 El t�tulo
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EL TÍTULO
El título de un libro, de cualquiera, es algo decisivo, casi, casi, fundamental.
Puede evocarnos en su sonoridad algo bello o algo ridículo, predisponernos a sentimientos antes de leer su contenido que tal vez luego no se correspondan al acabarlo. Podemos llegar a decir, a las cuatro páginas, que no nos gusta la obra o, por el contrario y más difícilmente, terminarlo con gusto y aprovechamiento a pesar de que no nos atraía cómo se titulaba. Es el escaparate de la tienda en la que aún no hemos entrado.
También ocurre en el cine, incluso hay ocasiones en que un título absurdo sea suficiente para no entrar en el cine a ver una buena película. Esto se ha visto demasiadas veces en las traducciones de películas extranjeras que luego se ofrecen al público con una ridiculez de frase imaginada por el obtuso encargado de turno que en absoluto responde a la idea original del director.
En la línea de tantos libros de autoayuda, criticados hasta la saciedad, se nos ocurrió (a nosotros, el autor y su equipo de colaboradores y amigos, no es un plural mayestático) el de Escuela de muerte, pero resultó ser un tanto amenazador, muy lejos, en las antípodas, de nuestra intención al comenzar a escribirlo. Y al acabarlo también, ¿eh?
Recordaba un poco a esas películas estremecedoras de la serie B de adolescentes norteamericanos que fenecen acechados, acorralados y posteriormente troceados con un hacha o con un cuchillo de trinchar el pavo del día de Acción de Gracias en una estremecedora noche de Hallowen.
Descartado.
Ars moriendi era una mejor elección, en nuestro modesto entender. Se refería al modo en el que se preparaban para afrontar la muerte en la Edad
Media, las personas afortunadas que no se amedrentaban en exceso. Hay un tratado antiguo que se llama así. Pero, claro, es un latinismo y un latinismo en estos tiempos parece un tanto decadente y cultérrimo, evocando la imagen de un escritor pulcro y repeinado, con pajarita al cuello a lo don José María Pemán (si es que la lució alguna vez, no sabríamos decirlo) y escribiendo con pluma (con estilográfica). Lo descartamos, no son estos tiempos para alardes culturales, ahora mucho personal rememora el ideario del difunto general Millán Astray que siempre decía que cuando escuchaba la palabra cultura sacaba la pistola. También dijo la famosa frase que crispó a don Miguel de Unamuno, ¡viva la muerte! , que entronca más con estos párrafos.
El arte de morir, vulgarización del anterior, es un buen título, a nuestro entender, acercándonos tal vez imágenes de un hedonista que aprecia todos los placeres que la vida le ofrece y no se atemoriza ante la idea de la muerte. Ya sabe lo que decían: “No me preocupa, cuando yo estoy ella no está, y cuando ella está yo ya me he ido”.
Era un buen encabezamiento, pero alguien cayó en la cuenta de que había una película titulada igual, hace pocos años. Mala suerte.
De modo que, finalmente y tras arduas deliberaciones, nos decantamos por el actual, y definitivo, Aprendiendo a morir, que comparte idea e intencionalidad con los anteriores. Lo mismo que hay que aprender a vivir, hay que aprender a morir.
Cuando ya era demasiado tarde nos enteramos por Internet, fuente inagotable de información de la que bebemos todos, de que hubo una película de toreros con el mismo título, hace bastantes años, protagonizada por Manuel Benítez, El Cordobés. Y si a él no le parece mal, que la casualidad nos haga compartirlo, a nosotros tampoco. A pesar de no ser aficionados al arte del toreo, es innegable que son los toreros hombres en estrecha relación con la muerte. A veces la cercanía es de milímetros, el
asta asesina roza la femoral o acaricia como un suspiro que sólo ellos escuchan la carótida. En todos sus rituales y su parafernalia está presente la muerte, de modo que es bastante lógico que aparezcan en estas líneas, siquiera un tanto tangencialmente.
Y ya no da para más, lo referente a este apartado, tan sólo lanzar la montera (metafórica) hacia los toreros del público lector:
¡Va por ustedes!
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