Asmera

Rubes Keitel · Capítulo 4 de 4 · parte 2/3

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Asmera

vino. Echó la culpa a los gusanos…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

No despertó del trance hasta que una de las enfermeras puso el bebé sobre su pecho y la intranquilidad heredada le atravesó la piel por osmosis para romper el encanto de la hibernación. Una vez más, fue el peso de las obsesiones lo que la salvó de la vegetación y la semilla del desconsuelo se abrió pasó con terquedad. El equilibrio de vasos comunicantes entre madre y neonata restituyó en Rosario las pesadumbres que le hacían vivir. La

desazón del mal pirata le iluminó el cerebro cuando el último de los frutos de su concubinato de réplicas retornó el color a sus mejillas.

Cuando la historia de su parto salió de los muros del hospital, una organización benéfica subvencionó los seis meses de lactancia a cambio de su historia. El periplo migratorio rellenó las hojas virtuales de la web y miles de almas caritativas se echaron las manos a la cabeza con la pornografía gratuita de los virus procaces. Los supuestos males de alcoba alertaron la musculatura de los programas humorísticos, y el bacilo del desbarajuste se convirtió en tópico en la televisión de medianoche durante meses. Decenas de personas -sólo en la ciudad de Nueva York- afirmaron poseerlo, y se declararon incapaces de luchar contra la tentación ninfómana de sus accesos. La fugitiva, habituada a la brutalidad sanguínea de la enfermedad y a sus saltos de cigarra entre los parentescos del linaje, no previó que sus palabras pulsarían un martinete cómico sobre toda una generación de americanos. Los lugares comunes y no comunes de su mal de estirpe se elevaron al mayor exponente en el vocabulario fundamental de las celebridades, hasta que los desasosiegos de la gestación y el escándalo de la concepción subieron anónimamente al inconsciente colectivo.

La fugitiva se marchó de Estados Unidos con el reconocimiento incógnito de sus hazañas, aunque nunca se atrevió a hacer pública su identidad por miedo a que todo un país la tomase por loca. Soportaría los ridículos en soledad, como lo hacía el resto de la gente.

Por suerte, nunca incluyó a Sofía en sus ecuaciones internautas, y sólo atribuyó el reconcome de su conciencia al malestar nervioso que había causado el desarrollo antinatural de Clara. Si bien tardó en cruzarse de nuevo con la portuguesa, el post-parto redobló la certitud del hostigamiento.

Al tercer día de recuperar la consciencia, recibió un ramo de rosas rojas.

Para aderezar con morbo el convencimiento del acoso, la dedicatoria le deseaba una pronta recuperación y se despedía hasta la próxima vez de parte de la amante en serie.

Durante años, Rosario creyó que había dado esquinazo al virus y sus persecuciones, porque en los siguientes viajes por el mundo perdió los presagios y la anticipación de los encuentros con Sofía. Atrincherada en Australia, donde los chistes mezquinos sobre las ninfomanías víricas no habían hecho acto de presencia, experimentó una tranquilidad de espíritu

como la que no había sentido desde la infancia y retomó la fuerza de brazos para levantar edificios en Sidney. Aunque la feminización del embarazo le había estrechado las muñecas y contraído sus músculos varoniles, sostener viguetas con una sola mano le pareció un juego de niños al lado de dar a luz a Clara; y le permitió continuar el viaje a ninguna parte durante más de diez años.

Le sorprendió a Rosario que su hija aprendiese a hablar antes que a andar y se conmovió hasta la extenuación cuando pronunció sus primeras palabras desde el carrito. La fugitiva dejó de empujarlo por un momento para buscar las llaves en bolsos y bolsillos cuando el palmeo sofocado de pantalones y chaqueta despertó a la niña de su entelequia de pucheros:

-Mamá, te las has dejado en casa.

Aunque tuvo que llamar a un cerrajero para entrar en la vivienda, no le importunó la eventualidad, porque había descubierto que Clara estaba llamada a grandes cosas.

A los cuatro años, cuando su hija la miró con ojos de incomprensión y arqueó los ojos en señal de pregunta, Rosario esperó que atacase con la procedencia de los bebés. Sin embargo, la niña debía haber superado esa fase con imaginación porque lo que turbaba sus ojos de adulta era el prematuro pellizco de la soledad.

-¿Qué es la hiperactividad, mamá?

La fugitiva barruntó en la pequeña la presunción del desvío hereditario de la saga, los desvelos del comercio ambulante y la experiencia abstrusa de los orinales en casa de Carmela. Los desasosiegos seculares habían llegado hasta su consciencia de enana sabelotodo a través de los mismos canales que calcificaron sus cartílagos de feto, y le proporcionaron huesos de adolescente ya en el útero materno. Por eso, olvidándose de los manuales para el desarrollo psicológico del bebé, rebobinó la cinta de sus fracasos y reprodujo la película que había aturdido a las compromisarias de la organización benéfica.

Rosario elucidó para Clara las enfermedades antepasadas y le explicó cómo los males genéticos habían ido mutando hasta engendrarla a ella.

Porque si bien llevaba sangre portuguesa en las venas, fue el virus quien decidió suicidarse con el último arrebato de la desaceleración. Su cigoto no había acampado por amor, sino por rabia, y se había alimentado de remordimiento. Cuando llegó la hora de abandonar el escondite, salió sin

esperar al trámite de las camilla y las inyecciones; deslizó sus más de cinco kilos cérvix abajo sin casi anunciar inminencia, porque no era humano soportar tantos pecados originales antes de nacer. La niña miró a su madre sin pestañear.

-Entonces, ¿no voy a ser normal?

-Vas a ser mejor que eso, mi niña –le respondió Rosario.

La fugitiva continuó mudándose de país como lo hacía de ropa interior, pero el empuje visceral de los primeros años se convirtió en un impulso rutinario hecho de pequeñas cosas. Siguió amando hombres allí por donde fue, pero lo hacía con calma y cariño, prolongando las caricias hasta el amanecer como sólo los supervivientes de sí mismos podían hacerlo. Sin embargo, durante más de una década no encontró el descanso en las camas de los demás, sino en la sorpresa arrobada de ver crecer a su hija. Clara se hizo mayor con la lengua surcada por más de quince acentos y a su madre –

que aún recordaba el pastiche sonoro de sus inicios- le impresionó la facilidad de los críos para parecer oriundos de todos los lugares y de ninguno.

Rosario se emborrachó de tranquilidad; porque en su vocabulario de prófuga, sosiego era la primera acepción de felicidad. Volvió a Europa después de viajar por Asia, e hizo por deshacerse del almizcle volátil de su idioma descompuesto. Trató de leer en los labios de la niña el brío natural de la fonética para salir de su indefinición. Si bien no podía estar más orgullosa de las habilidades políglotas de Clara, la barrera entre admiración y tirria estaba marcada por una delgada línea roja. Cuando la fugitiva sufrió de nuevo la incomprensión de los demás y la última ineficacia de un lenguaje que eran tres, recuperó la inconsciencia de la primera vuelta al mundo para volver sobre sus pasos.

Inglaterra le pareció un lugar distinto una vez que la densidad familiar desapareciese del mapa de Kentish Town. La salud sentimental le permitió festejar el reencuentro y comenzó a frecuentar mercadillos ambulantes.

Disfrutó de las compraventas espontáneas. Cargó sus pilas de verdulera hábil y promotora soberana con los consejos de la televisión pública, porque el país entero estaba pensado para comprar, vender y hacer publicidad. Andando por las calles de Bristol -o Londres- intuía el circuito del dinero como antes entresacaba intimidades de las vetas de los muebles o

el cordaje de una guitarra. Mientras los maletines corrían con lascivia monetaria, una caterva de corbatas se proponía controlar el movimiento elefantino de la economía. Los trompazos financieros y la algarabía de los marfiles hacían moverse el London Eye con determinación tecnocrática.

Ella, que había levantado un negocio desde la frugalidad de las materias primas, veía el espectáculo como un disfraz complejo para disuadir a los cuellos azules, porque en realidad el mercado estaba regido por habas contadas –aunque esquivas.

Sintió de nuevo la llamada del dinero por persona interpuesta, pero le pudo la necesidad de recorrer el mundo por segunda vez sin que las piernas le temblasen de culpa, piratería o reconocimiento.

Para cuando regresó a América, la burla sin cabeza de turco se había extinguido, dejando paso a celebridades locales y tremendismos prefabricados. Ni siquiera las hazañas de la amante en serie habían pervivido. Cinco años después, la mención tangente de su psicopatía adúltera producía extrañeza en vez de complicidad. Por eso, cuando encontró en un motel de Albuquerque un antiguo VHS con tres capítulos de la serie que inspiró, lo birló de la mediateca comunal y se la guardó en la maleta. La presunción de que Sofía había desaparecido para siempre le inspiró una credulidad nostálgica, y la empujó a visitar hemerotecas y fotocopiar artículos. Le resultaría útil la compilación para cuando Clara volviese a preguntar por su inquietud crónica y sus orígenes. A falta de una foto de Manuel, los frutos de las personalidades cruzadas harían las veces de prueba de paternidad.

Con el tiempo, asumió que a su hija le importaban menos los indicios fehacientes que el ocultismo de las recreaciones, y el pálpito de las quimeras llegó para quitarle la silla a la letra impresa. La chica no vio ventaja alguna en tener una alcurnia clara, cuando podía confundir a todos con la ubicuidad de sus heterónimos y la intriga de su procedencia. Cada vez que arrastraban las maletas a un nuevo lugar, ella producía una versión más retorcida y fascinante que la anterior; porque llamar la atención era un remedio como cualquier otro contra la zozobra prófuga de su madre. No era sólo cuestión de manufactura barroca, sino de expresión; y el empaste multicultural de su voz hacía plausibles todas las ficciones.

En su segunda batida por el mundo, la fugitiva creyó erradicados los desafueros víricos, porque ni siquiera los bacilos juzgaban dos veces la misma causa. Por eso cuando Rosario se cruzó con la portuguesa quince años más tarde, encontró la colisión tan versallesca que aceptó la combadura de la realidad como efecto de los bulos de la niña. Debían ser sus enredos los que traumatizaban el curso pactado de los hechos, como si las personas fuesen virutas férricas retorciéndose al compás de los imanes.

Le desesperó la tenacidad rancia de los males que -obedeciendo al proverbio- duraban cien años; y no estaban dispuestos a caducar en silencio, sino que preferían reivindicarse de cuando en cuando para demostrar que la centuria les pertenecía. Sofía salió del baúl de las reliquias para fortalecer el reinado de los microbios; y el puto golpe de estado emergió donde menos lo esperaba: en casa de su hermana Elena.

Siempre supo que más tarde o más temprano, la huida se acabaría; porque para eso eran las escapadas, para llegar a algún sitio y establecerse.

En su segunda vuelta al mundo, visitó América del Sur antes de entrar en Asia vía Camboya. Se permitió variar el primer itinerario, porque dejó de dar crédito a los pavores persecutorios y aflojó las actitudes deterministas.

Por más que volvía la vista atrás, nadie la reclamaba. Sin el atosigamiento de antaño, perdió el rumbo evasivo de la estampida; y en Bogotá juzgó que sus días de tránsfuga estaban contados. Aunque las dificultades de la trashumancia y las cuentas multiplicadas por dos ralentizaron la vuelta y prologaron el retorno durante más de siete años, el éxodo a los orígenes era una meta necesaria cuando ya no recordaba el impulso atravesado que la sacó de España. Aún se enfurecía al pensar en la humillación del bacín y en el despecho amargo de haber perdido a su hermana en una apuesta electrodoméstica, pero la cólera original se había cubierto de tantas exasperaciones que no había quien decantase una irritación de otra.

Así pues, Rosario siguió la ruta de la seda para no bajarse hasta Fuenlabrada. Se apoltronó en una urbanización simétrica -de esas que se miraban a sí mismas para no ver que eran una copia de las demás- y plantó cara a los escenarios del pasado. Desdramatizadas por el paso de otros castigos, la fugitiva recorrió las tramoyas reales a falta de perversión en sus sueños. El caserón de la sierra seguía donde estaba, si bien el bisturí de las reformas le pareció ingenuo a la luz de la experiencia.

Con los mismos brazos de hombre que apuntalaron la mansión familiar, llamó a la puerta del apartamento dispositivo. Carmela había muerto y Elena ya no vivía allí. Los mismos vecinos que le comunicaron las novedades, la proveyeron también del contacto email y el número de teléfono. Llamarla después de tantos años no era la mejor de las fórmulas.

Si algo había aprendido de la inquietud de las persecuciones, era que los fantasmas tenían que aparecer poco a poco, porque sólo las ranas cocidas a fuego lento aguantaban la escaldadura. La fugitiva confió en que los mensajes al correo lidiasen con la quemazón, por si algún día se atrevía a marcar el número. Quizás la pasta de dientes –alguien le había dicho que era buena para las ampollas- hubiese hecho efecto para entonces y la lejía de su advenimiento no achicharrase las heridas.

Al final, la carbonización le sobrevino a ella, cuando después de acelerar las diligencias del acercamiento, se tropezó con otras familiaridades superpuestas. El atrevimiento que coordinó sus pasos tenía ínfulas teatrales; y no por la mímica de los reencuentros, sino por la llamada sorpresiva de los escenarios. Un individuo holandés, al que había conocido por accidente, creyó apropiado su idioma de pedazos para representar en París un diálogo de inmigrantes.

Rosario, que con el retorno a Madrid había perdido el pulso de los propósitos, recuperó de golpe la tracción empresarial con la promesa de los telones. La descolocó que un director prefiriese su chapurreo desfigurado a una voz formada, y la reverencia estúpida del neerlandés enterneció la imagen de sus propias mediocridades. No sería tan anodina si un holandés errante la llamaba para su montaje.

Además, Clara había sido una adulta desde los diez años. Su carisma ciclópeo la protegía de las agresiones del mundo mejor que el cariño de una madre. El único temor de la fugitiva es que su hija no conociese el amor. Si algo había aprendido de obra en obra, era que cultivar la fuerza obstruía las debilidades; y ya estaba bien de generaciones miserables. Rosario sabía que el mayor peligro que acechaba a la adolescente sería su propia soledad, porque llevaba el signo de la locura escrito en la frente. Sin embargo, no podía hacer nada por remediar el embozado introvertido de la chica; ya que cada vez que intentaba desentrañar sus privacidades incipientes, Clara enmascaraba la verdad con sus sutiles pústulas versallescas. No había forma

de saber si le gustaba alguien de su clase, porque fingía amores como antes se inventaba orígenes.

Con tanta independencia filial, la fugitiva –que sólo recordaba vagamente sus cuatrocientos amantes- tomó la decisión de volver a marcharse por un tiempo. Alguien la necesitaba, después de todo; y aunque no fuese para dedicarle arrumacos, sino para trabajar, la perspectiva resultaba más alentadora que cuidar de una adolescente emancipada.

El rumor de las candilejas apresuró las gestiones y forzó la llamada.

Aunque Elena no recibió con gusto el desafío del politono, la fugitiva trajo a su memoria los años en la sierra y sus desvelos de madre postiza. Si bien Cercedilla sólo despertaba en la fugada recuerdos del desajuste ajedrecístico y sus consiguientes destronamientos, no tuvo otro remedio que reconocer el coraje de las vigilias y el afán de los jugos instantáneos.

Al aceptar una entrevista informal, renunció a todas sus prebendas; porque Rosario conocía la maleabilidad sentimental de la veinteañera. La mayor jugaba con ventaja. La había visto sucumbir de pequeña a los amores frigoríficos y al síndrome de Estocolmo en sólo dos semanas.

Indudablemente, Elena era la más sensible de las dos; así que la fugitiva trató de adjudicarse el pronto-pago de la reunión con sensiblerías de todo tipo. La caravana de los golpes de pecho comenzó con el accidente de sus padres y acabó en aquel mismo momento, con el pesar de no poder dividirse para actuar en París y cuidar de Clara.

Rosario aguantó el chaparrón mientras la fugada le echaba en cara haber esperado dos décadas para dar señales de vida. La violencia verbal era la mejor de las señales. Probaba que el escalpelo había alcanzado el nervio, y la paciente empezaría a ver las estrellas según fuese pasando el efecto de la anestesia.

Cuando Elena y su novio Daniel abrieron la puerta adoptiva, no estaban solos. Sofía -que para entonces dominaba los registros de su antigua timidez- aceptó el trámite de las presentaciones con fingida ceremonia, mientras Rosario trataba de no atragantarse con su propia saliva. Todo aquel tiempo creyéndola encerrada en un VHS de tres capítulos, para que al final volviesen a ser familia sin la intercesión de los tabiques de papel. Aunque la portuguesa vistiese una superioridad moral de juguete y una mirada más modosa que cuando vivía en tiempos de silencio, a ratos la traicionaba la máscara y se le llenaba la cara de seriaciones adúlteras.

A la fugitiva se le pasó por la cabeza parar las máquinas y renunciar a Paris, pero el pensamiento se fue tan rápido como llegó. Clara estaba fuera de peligro mientras mantuviese a sus novios imaginarios fuera del alcance del bacilo. Y Elena...ya era mayorcita para saber a quién metía en casa.

-¡ Hijaputa! ¡Serás hija de la gran puta! –la fugada no supo a quién insultar, así que escupió improperios genéricos que abarcasen toda la profundidad de sus dudas. Aprovechó que Daniel estaba trabajando y Clara no había vuelto del colegio para descargar las iras internautas contra el aire estancado de su cuarto. Le había llevado un día y medio deglutir las espinas disecadas de Asmera. Todo le olía a cerrado.

-¡Meteros la era de la información por el culo!, ¿me oís?, ¡por el culo!

Elena tardó tres días en recuperar la frivolidad previa a la última lectura.

A pesar de las implicaciones multicapa que rezumaban del blog de Rosario, se concentró en observar el jeroglífico desde fuera para no volverse más loca de lo que estaba. Las conclusiones de la organización y el regreso de la fugitiva no estaban muy lejos. Para bien o para mal, el final estaba cerca; y resolvió esperar como línea de acción, porque desde niña creía en los desenlaces. La publicación de sus cuentos incongruentes había despertado el interés anónimo de individuos desconocidos que celebraban su prosa descerebrada. Sin embargo, las interpretaciones cuánticas no provocaron movimiento alguno en la intranet de Asmera.

En vez de eso, la cuenta atrás para los corolarios de página la cogió en paños menores, y presintió a toda resolución el pinzamiento del fracaso.

Fue en la última etapa de los vínculos invisibles que Clara se inscribió en un curso web de dictado. La chica aseguró a su tía que, con el reconocimiento del habla a la vuelta de la esquina, la voz sustituiría al teclado y todo el mundo tendría que aprender a pensar doble con la cabeza en vez de confiar en la taquigrafía. Los motores de identificación arrasarían finalmente con los arpegios letrados y la interacción con las máquinas se unificaría en un lenguaje franco que todos los ordenadores pudiesen interpretar. Probablemente, cuando los hombres pasasen más tiempo hablando con dispositivos que con personas, los acentos desecharían las huellas fonológicas no comunes para formar una acústica universal. Clara

creía que el esfuerzo social por entenderse con los aparatos desencadenaría un nuevo clímax globalizador tan potente como el del libre mercado; y ella estaría preparada cuando llegase.

Elena notó en pocos días un cambio sintáctico en las coherencias barrocas de la niña; y por sí las turbulencias recreativas de la chica no eran suficientes, la dicción de máquina desconectó el valor pragmático de sus palabras.

Desde que la chica pisase su casa, la fugada había aprendido a no entender del todo y a completar el significado de las batallitas a base de imaginación, como si aún estuviese aprendiendo el idioma de su sobrina.

Pero la última deriva de las fábulas internautas la había dejado sin fuerzas para sumar dos y dos. Contrajo el síndrome del feligrés, que sólo era una variante de las sublimaciones cuánticas. El parroquiano, al escuchar la Palabra, veía en los vericuetos bíblicos la desviación de su carácter; y la yuxtaposición de empatías lo dejaba indefenso. Después de reflexionar sobre el magma traicionero de la comunidad de las fábulas, Elena decidió destruir la dictadura de los diccionarios y cambiar empático por empatético en su registro de voces, porque no estaba dispuesta a aceptar más principios de indeterminación.

A pesar del buen juicio de sus reacciones, la defensa a ultranza de la realidad guardaba varios ases en la manga. La fugada prohibió a la portuguesa acercarse a su casa durante un tiempo, con la excusa de estar pasando por una crisis personal, y comenzó a personarse en la oficina de Daniel en horas de trabajo. Por miedo a que la fiebre de las sustituciones saliese de Asmera para apropiarse de todo cuanto poseía, hizo una copia de las llaves de la azotea. A veces se sentaba sobre el alquitranado del tejado, horas antes o minutos después del amor legítimo de su noviazgo, a esperar que las repeticiones fabulescas tuviesen su calco en el mundo visible.

La mayor parte de los días se levantaba curada de las dudas y descubría que los dos lados de su cerebro habían hecho las paces. Por mucho que los hechos regurgitados de de la organización optasen por exagerar sus circunstancias y plagiar las condiciones de borde, en última estancia la lucha cuántica se liberaba dentro de sí misma. En ella estaba ser una feligresa asustadiza o una parroquiana rebelde. Pero en ciertos momentos, el peso de las evidencias y la identidad de las matrices eran determinadamente insoportables. No ayudaba a frenar sus bajadas de

tensión que Clara anduviese por la casa hablando con timbre de ordenador, ni que recitase pasajes de El Quijote para perfeccionar el reconocimiento.

De alguna forma, el dictado grotesco y la ausencia de altibajos formalizaban su temor a que las estanterías de Pladur terminaran por fusionarse con la inmaterialidad de los seres invisibles. En la última fase de sus obsesiones asméricas, fue el poder estático de la lengua franca lo que más la sacó de sus casillas, porque su cantinela de silencios modulares le llenaba la cabeza de pronósticos. Atribulada por el futuro de las metáforas y espoleada por las posibles intersecciones, hacía callar a la adolescente a voz en grito y se iba a hacer guardia sobre la azotea. Si los seres invisibles querían jugar a los paralelos, no sería ella quien lo impidiese; pero estaría alerta, por si a las líneas primas les daba por bajar al mundo real en busca de puntos de corte.

Mientras la fugada esperaba las conclusiones de Asmera, rastreó la página en busca de repercusiones de su cuento que eran dos; pero nadie pareció darse por aludido. Ramón y Rosario estaban poco dispuestos a reivindicar el presente y sus perfiles habían dejado de parpadear con la promesa de nuevas entradas.

Cuando los días no traían nubarrones feligreses, hablaba con Clara del nuevo mundo y del reconocimiento del habla, como si su fonética de impulsos no la trajese por la calle de la amargura en las horas de cortocircuito cuántico. La niña insistió sobre las ventajas de la unificación.

En menos de una década, más de la mitad del mundo aprendería a articular múltiples registros de voz, para que las máquinas distinguiesen entre mero dictado e interpelación. Resultaba vital que al declamar “Quiero entradas para el cine”, el ordenador no se dirigiese a su procesador de textos para registrar palabras, sino que abriese Internet por la página procedente. Para que las máquinas discerniesen entre mandato y parrafada, las personas tendrían que modular los sonidos a voluntad y perfeccionar las acentuaciones tomadas por convenio. Si la pretensión era aumentar la efectividad de los comandos, las acciones tendrían que ser llamadas por órdenes características –patrones establecidos. “Guardar el archivo con nombre Cercedilla y extensión txt” no sería interpretado de la misma manera que “por favor, pon nombre Cercedilla y guarda el archivo como texto”. De no seguir un modelo acordado, las bases datos gramáticas se multiplicarían exponencialmente y la inteligencia interpretativa de las

acciones disminuiría la solvencia de los dictados, porque la articulación del lenguaje se opondría al análisis del vocabulario. Elena no acabó de comprender la dicotomía, pero intuyó en la exposición de la niña otra vuelta de tuerca en la lista de incongruencias destinadas a convivir. La gramática contra el vocabulario, la historia de Ramón contra la de Carmen y los abusos cuánticos del cerebro dando la vuelta a los pensamientos como a un calcetín. Debía ser aquel el impuesto de la artificialidad, que evitaba la incoherencia a fuerza de construir coyunturas opuestas.

-Entonces, ¿qué ocurriría si el usuario no hablase claro?, ¿qué pasaría si diese una orden ambigua? –preguntó la fugada, a la que el baile de las asíntotas hacía tiempo le aturdía el corazón.

- El reconocimiento del habla emplea motores similares a los de la búsqueda web y devuelve las combinaciones más probables en orden decreciente. El perfeccionamiento del sistema irá en aumento, pero la complejidad de la voz y sus idiomas guarda tantos recovecos como personas hay sobre la tierra. Por eso tengo que entrenar. ¿Te crees que me gusta?- respondió Clara.

-Bueno, yo también pasé lo mío para aprender a escribir a máquina con todas las manos. Supongo que es lo mismo, ¿no? Pero vamos a ver si lo he entendido bien. Los ordenadores no entienden nada, sino que manejan funciones de probabilidad. Así que cuando por fin se deciden a escribir lo que has dicho o a sacar tus entradas para un concierto están poco menos que apostando a caballo ganador. ¿Qué pasa si tu potro se cae por el camino?

¿Acabas con entradas para la Super Bowl? –inquirió la fugada.

-Más o menos. La lotería no es tan dramática, porque para eso está la seguridad de las confirmaciones. Pero sí; fundamentalmente, las relaciones entre impares son hipotéticas. Y de momento, la capacidad informática para relacionar extraños es limitada. Yo, por más que me desgañito, no consigo pasar de un sesenta por ciento de precisión –devolvió Elena con un ápice de frustración.

A Elena la descorazonó el proceso y sus inexactitudes. Infirió que los servicios invisibles rendían pleitesía al error y dedujo que su caso de incertidumbre cuántica no sería el último. Pronto no habría quien se fiase de lo que veían sus ojos ni quien presintiese sus propios rastros. Sin embargo, contra su aprensión, Clara vocalizaba a mandíbula batiente, como si le fuese la vida en la fragmentación del lenguaje. A medida que la chica se hacía

entender por las máquinas, la fugada dejaba de comprenderla. Si bien el empaste de las letras era de presentadora de telediario, las frases perdían el sentido sometidas al listón del los porcentajes. Mientras peinaba la Red en busca de reflejos, Elena oía a su sobrina pero no la escuchaba. La música sin letra del dictado neutralizaba los significados y armaba a los ejércitos de la indeterminación con más munición conspirativa. Clara podría estar escribiendo en voz alta los entresijos fabulescos del blog de Rosario sin que ella se enterase, porque su sobrina se había hecho experta en un idioma que ni siquiera dominaban los programadores. Con la chica convirtiendo palabras en puntos y rayas, la superación del código Morse supuso para la fugada un nuevo motivo de soledad. Mientras esperaba las primeras conclusiones de la organización tramposa, los días adquirieron carácter binario; ya que sin trabajo al que dedicarse, el sí y el no de las presunciones conspiratorias gobernaba la cualificación de las horas. Cuando la amenaza de las deformaciones y la obviedad de las evidencias atacaban sus bases crédulas, a Elena le daba por pensar que Internet se había vuelto en su contra y que en, el momento menos pensado, la imagen original de los reflejos de Asmera subiría a la azotea para sustituirla. Y el desnudo público de su blog no la ayudaría en absoluto, porque si hasta Clara había desentrañado su papel virtual, la agresión de los motores de búsqueda podía hacerla aún más vulnerable. Dilucidó entonces que cuando arreciase el agotamiento, prefería desfallecer esperando en el tejado del amor; en parte porque el pirateo de las conductas la asustaba tanto como el adulterio, y en parte porque Fernando era un animal de costumbres. Si Marta –o Sofía- lo abordaba a la salida del trabajo, Daniel no encontraría otra salida que la del tejado.

La desnudez de la azotea se convirtió para la fugada en una herramienta de identidad -en un sello de derechos de autor. El placer de su novio la llevaba al copyright antes que a ningún clímax convulso; porque a falta de certidumbres básicas -absorbida por la indefinición de los motores de búsqueda-, la única medida de la realidad era el contacto directo y el impacto que dejaba en los demás.

Inmersa en un ciclo vital insólito, casi pasaba por alto las idas y venidas del sol o los altibajos del ciclo menstrual. Simplemente contaba los días para la vuelta de su hermana y aguardaba la comunicación de los corolarios asméricos con ansiedad, pero sin almanaque de palotes.

Precisamente en uno de esos días aciagos en los que el culebreo binario la dejó con ganas de hacer guardia por los tejados le llegó la noticia. La organización del embuste había decidido eliminar la cuenta de Ramón de la faz de Asmera, por considerarla una influencia peligrosa para los lectores y un ejemplo de perversidad sin cabida en los renglones del nuevo siglo.

El señor de la selva había puesto la comunidad patas arriba con una entrada demente. Era de esperar que semejante engendro no parase quieto tras la satisfacción de sus aspiraciones leoninas, ni a pesar de ellas. Miles de voces pseudónimas se alzaron contra el cómico y su extemporaneidad de animal salvaje, forzando que en el plazo de cuatro horas la dirección del proyecto suspendiese indefinidamente la ventana de sus mezquindades.

Después de todo, no le había bastado el sacrificio de la camada ni la coronación de rey. Tan pronto como las circunstancias le recordaron su pasado de cordero, escupió amenazas y podredumbre de jungla; porque la intimidación era todo lo que le quedaba a los terroristas del afecto.

Ana amansó a Ramón sin golpes de látigo. Leo partió al exilio. Se fue a vivir con su abuela al Penedés, a salvo de las garras del cómico (los leones no eran animales de montaña). Sin la amenaza genética de otra fiera pululando por la casa, la bestia puso las zarpas sobre el vientre de su novia.

Lo reconfortó escuchar el latido indeciso del feto, que no superaba los tres meses de gestación; y se dijo que, tras años de desposeimiento, por fin algo le pertenecería en este mundo. Sin el obstáculo de la inteligencia descomunal y la sangre desconocida del hijo desterrado, Ramón dispuso que las puertas se quedasen siempre abiertas, para construir un apartamento que ocupase toda la planta. Amueblaron el rellano y colocaron imanes decorativos sobre la doble hoja corredera del ascensor, como otros lo hacían con el frigorífico. La pareja trabó las escaleras de incendio, para que nadie entrase por equivocación en sus dominios y los encontrase abrazados contra la llave del agua o recostados contra el extintor comunitario.

Ana era feliz cuando el cómico invertía el método de la primera vez y empezaba haciéndole el amor para acabar acariciándole las muñecas. La pareja se pasaba la vida de cine en teatro, de bolera en auditorio y de museo en festival, porque las patentes del padre de Ramón podían pagar dos generaciones de despreocupaciones. Con tanta satisfacción saliéndole de las manos, recorriéndole la piel y entrándole por los ojos, el cómico se

reconcilió con su padre después de muerto. Encontró compensación en todos los agravios comparativos, cuando vio que las antiguas humillaciones pagaban su vida de enamorado. Para acallar el remordimiento del duelo a risotadas que brindase a su padre, se ató un cordel negro al antebrazo y lo anudó tirando de los extremos hasta que sintió la sangre atropellándosele en las arterias. Llevó el recordatorio durante varias semanas, reajustándose el cordón por las mañanas hasta alcanzar la presión primitiva; y no se despojó de él sino cuando se le amorató la mano. Renuente a concluir la penitencia sin sufrimiento con mayúsculas, no aflojó la guita hasta que Ana le suplicó que se la quitase. La mujer prefería tener un amante con dos brazos y, viendo que la extremidad entera amenazaba gangrena, convenció al cómico de que las reliquias no tenían ninguna gracia.

Poco a poco, Ramón fue recuperando la sensibilidad y el tinte verdoso de su antebrazo se blanqueó con el paso de los días. Aunque la apertura de la presa devolvió la movilidad natural a las articulaciones, de ahí en adelante sintió el corazón palpitar en la extremidad con mayor rotundidad que si se llevase la mano al pecho. El tacto le llegaba de improviso y se le marchaba con una punzada aguda en la muñeca. Cuando Ana lo llamó apresurada por el movimiento prematuro del bebé, el cómico tuvo que aplicar la contraria, porque la excitación le provocó el pinchazo lacerante y la inactividad práctica de sus nervios.

Ramón, que había vivido el noventa por ciento de su vida acechado por la angustia y castigado por sus aprensiones, calculó que tanta alegría no era sostenible. Más temprano que tarde, llegaría la cuesta de enero –o cualquiera que fuese el mes de la infelicidad- con sus rebajas.

El despertar leonino se esfumaría cuando menos lo esperase y él retomaría el cuadro depresivo desde donde lo dejó. Cuando las conjeturas se le hicieron corazonadas, el cómico trató de aprovechar lo que quedase del repentón silvestre antes de volver al coma biliar y al resquemor.

En efecto, las primeras patadas del niño le dolieron tanto a Ramón como si se las hubiese dado a él en los testículos. Al sentir la vida removiéndose contra las paredes del útero, Ana recordó el primer embarazo y la hinchazón presente de los pezones la retrotrajo a la anterior con nostalgia materna. La mujer trató de explicarse a sí misma por qué Leo vivía en el Penedés; pero por más que simplificaba las oraciones, la sintaxis se le agriaba en el cerebro.

Con su primer hijo revoloteándole en la mente y con el que estaba por venir meneándose en sus entrañas, las pasiones brutales descendieron puestos en la escala felina; y ella terminó por rehuir las siestas sin descanso y las noches de televisión sin volumen. Arguyó que el niño empezaba a pesarle en tripa y era mejor esperar a que saliese de cuentas para volver a la carga. Sin embargo, cada día que amanecía, Ana necesitaba más amor y le apetecía menos requerírselo a Ramón. Sofrita a la vez en manteca y en aceite, sacó el tema espalda contra espalda en una de las siestas sin revolcón.

El exilio de Leo era un parche temporal, una reestructuración mientras que la dictadura de las hormonas los mantuviese encadenados. Pero en algún momento, la genética egoísta de las intimidades tendría que permitir la vida en otros planetas.

-Quiero a mi hijo de vuelta, Ramón. Ya va siendo hora de que nos comportemos como una familia normal – espetó Ana. En vez de decirlo con el pie en el embrague, aceleró en vacío porque los calores de embarazada la habían dejado sin caja de cambios.

-Pero si ya somos una familia normal –respondió el cómico sin inmutarse-. Si te traes a Leo, seríamos dos. Y una tendría que morir para que viviese la otra.

A ella le dio la impresión de que el cómico había preparado la frase durante meses, porque ninguna mueca reactiva le traicionó el rictus y la excusa salió de su boca con el engrasado de las frases hechas. Además, viniendo de él, le extrañó la ausencia de ironía y la limpieza del silogismo.

Ramón, al ver que la lógica abstrusa de farol de mus había silenciado las recriminaciones de su novia, abandonó la oposición de los costados para pegarse a ella y hacerle sentir su aliento en el cogote. Pensó el cómico que la tapadera que acababa de soltar habría agotado el oxígeno en el fuero interno de Ana, y las llamas inoportunas debían de haberse apagado al unísono; porque a su manera de ver, las mujeres pensaban en paquetes de inconformidades y la unión de sus conflictos no tenía fisuras ni contradicciones. Aquella arbitrariedad le valió para concluir que el horno volvía a estar para bollos e inició el desembarco sin avisar. Ramón tomó la parálisis de su leona como un espaldarazo a la política de la selva y a su condición de depredador, por lo que tiró de ella con decisión y se cobró lo que era suyo. Ella no intentó resistirse, porque una misericordia de gacela

se apoderó de su mente mientras el cómico la devoraba. Lo compadeció mientras él se abría paso entre la ropa; y en el mismo instante en que el león recuperaba el espacio perdido, ella planeaba abandonarlo. La fraseología decadente de Ramón la había convencido hasta el punto de verse abocada a cumplirla. Para que una familia viviese, otra tendría que morir; y pasada la voluptuosidad animal y el temblor de piernas, las glándulas en aumento le recomendaban maternidad soltera de dos hijos. Tan rápido como el enamoramiento le había llegado al cerebro a través de las muñecas, el frenesí se le escapó de las manos cuando entendió que algunos leones no se dejaban domar. Se dejó hacer, observando con ternura la satisfacción de aquel señor que, con sólo una frase, se había convertido en un extraño. La deslumbró la sonrisa leonina de sus arrugas al retomar el control –o creer que lo recuperaba. En realidad, ella era la única que sabía lo que iba a pasar, la única que preveía la despedida en medio de los suspiros. Sin querencia ni lujuria, presenció el proceso desde fuera, asistiendo como juez y parte al fin de las hostilidades románticas, porque no tenía más cera que quemar.

Ana, que había dado dos veces la vuelta al mundo, estaba acostumbrada a huir; y esta vez aún le costaría menos desenredar sus pasos, porque la fuerza mayor le había golpeado el cogote al mismo tiempo que el aliento de Ramón. Sin embargo, al sentir la mirada posesiva del león clavársele en el cuerpo, supo que resultaría mejor para todos que la bestia mantuviese buen recuerdo de ella después de desaparecer.

Tardó una semana en escapar -la vida prejubilada dejaba poco margen de separación. Sólo cuando necesitó las horas de despiste, se dio cuenta de la dependencia que los había unido. La despreocupación marquesa por los ingresos estaba hecha de silicona, y la compañía constante los dejaba sellados entre sí. Cada vez que salían a la calle, lo hacían juntos; al bajar la basura, aprovechaban para dar un paseo. Y así no había quien tirase de la ventosa. Incapaz de despegarse de Ramón y repugnada por la reiteración de la despedida, se fue una noche de madrugada.

La despabiló el reflejo de los esfínteres. Tanteando la oscuridad de camino al cuarto de baño, Ana sintió su ropa secándose sobre el radiador.

Aún somnolienta, vio claro que no podía esperar más. Cada semana el embarazo le pesaría más que la anterior; y si iba a escaparse necesitaba hacerlo en ese mismo momento, cuando aún era viable.

La amante leona agarró la billetera del cómico y se marchó con lo puesto.

Ramón no necesitó una carta de despedida, ni carmín en los carrillos. Se olió el beso de Judas según abrió los ojos por la mañana y puso la mano sobre los pliegues calientes de la sábana. El cómico se vistió a toda prisa, creyendo en la claridad trémula de los despertares que aún podía alcanzarla.

Se armó del sujetador que le arrebatara la noche anterior y lo hizo un burujo entre sus zarpas, cual pañuelo de encaje. En la calle, fuera de sí, se llevaba la prenda a la cara cada cinco segundos – como si a fuerza de husmear la tibieza de sus encantos pudiese seguirle los pasos. Después, trataba de reconocer la voluptuosidad glandular en el aire, respirando como un bebé.

No pudo discernir si lo que olía era el perfume ambiguo de su rastro o el recuerdo latente de su ropa interior; y a pesar de su devenir en perro de presa, la intuición no le llevó mucho más lejos de lo que lo hubiera hecho la lógica. Primero olfateó los andenes del intercambiador de la Avenida de América y luego las terminales del aeropuerto de Barajas. Trastornado por la infinidad de los aromas urbanos y las tufaradas de los extractores, Ramón comprendió que el cemento gaseoso que respiraba podría recordarle a cualquier cosa, si estaba predispuesto a encontrarla.

El cómico se encerró en casa durante días, indeciso sobre si debía rugir como un bestia o llorar como un cordero, porque en aquel punto descubriría si las galaxias leoninas se seguían distanciando o sus días de selva involucionaban hacia la desaparición. Lo visitaron las envidias ojerosas de la adolescencia y los límites de su inteligencia se marcaron con tinta permanente sobre las paredes de su casa que eran dos. Tumbado en el suelo del rellano, con el extintor comunitario como improvisada almohada y la frialdad de la losa enfriándole los riñones, observaba el vaivén del ascensor como si fuese el suyo propio. De los infiernos pusilánimes a la improcedencia leonina; y vuelta a empezar. Ramón vio el cielo abierto cuando, a los tres días de derrenga, el elevador se paró en su nivel. Tenía que ser ella. Tenía que ser Ana, que había vuelto arrepentida al calor de su fiera. Sin embargo, tras la apertura de puertas, apareció una señora menuda

–y fundamentalmente confundida- que se pegó contra el ángulo oculto del montacargas nada más verlo. El espejismo de un hombre con pelambrera de animal, recostado contra un extintor, le hizo girar sobre sí misma y golpear

todos los botones del ascensor al mismo tiempo. La mujer no respiró tranquila hasta que no se cerraron las hojas. No cabía esperar nada bueno de un desconocido que vivía entre botellas de whisky y andaba en calzoncillos por las áreas comunes.

El cómico se dijo que si era miedo lo que causaba, sería porque sólo le quedaban cicatrices de mal bicho y la piel de cordero se había evaporado para siempre. Los berridos ansiosos de la señora disiparon todas las dudas; y sabedor de que sus garras habían venido para quedarse, entró en Internet para dejar constancia de su metamorfosis total. Ramón no iba a consentir que su hembra lo traicionase y se llevase su mitad genética por el mismo precio. Iría en su busca, con sujetador o sin él, y la mataría. No tendría sentido hablar, porque ni siquiera habían discutido. Ana había preferido el amor de los cachorros, y él no podía consentir que la camada le ganase el pulso; porque era una bestia con todas las de la ley. Antes prevalecería él que su descendencia: así eran los machos de su especie.

Salió hacia el Penedés. Si su leona había resuelto sacarlo del mapa e iba camino de fundar una familia sin padre, su primer paso sería recoger a Leo.

Ramón decidió coger un taxi para llegar al Pirineo antes que ella y husmear entre las nieves tardías el refugio de la prole. Allí la esperaría con ojos aviesos y garras afiladas. Nadie jugaba con los sentimientos de una fiera y huía sin cerrar la puerta de la jaula.

Elena creyó que le daba un síncope cuando acabó de leer el comunicado. El distanciamiento irónico que se había impuesto le estalló en miles de astillas mínimas cuando las voces pseudónimas le hicieron perder de nuevo los tímpanos y los estribos. Nada, excepto las dos piezas incongruentes del puzle bivalvo, amenazaba la vida de su hermana. Y

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