Asmera
vino. Echó la culpa a los gusanos…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
aunque no se llamaba Ana, ni Rosario, el desorden de su nombre le martilleaba las vértebras con augurios espinales. El fantasma pálido de su hermana –de la que en realidad no sabía nada- se había emborronado con los reflejos asméricos. Y ahora, estuviese en Argüelles, Fuenlabrada, París o el Penedés, la fugada no podía dejar de temer por ella. Se arrepintió definitivamente de haber obviado el despertador y deseó replegar el tiempo a base de pulsar el comando deshacer, como Carmela lo intentase entre soledad y soledad. El bazo le pedía a gritos aburrimiento, el apéndice se le irguió para señalar al pasado y todos los órganos condenados a desaparecer
defendieron la grandeza de las causas inútiles. Cualquier cosa, menos la locura.
Lo peor del asunto es que ella sólo tenía fotos de un patio colmatado que taladraba el subsuelo parisino y la economía no le llegaba para taxis repentinos ni euforia de cuentakilómetros. Sometida a la geografía de los pavores cuánticos, Elena intuyó que su fe religiosa en los finales no le serviría de nada. A aquellas alturas, hasta la inutilidad de su exhibición y la inocuidad de los tatuajes se habían vuelto en su contra; porque los pasatiempos tenían de repente mentalidad empresarial y pretendían copar la realidad a base de espejos.
Daniel estaba en la cocina y Clara había cerrado por enésima vez el pestillo del cuarto de vivir. La fugada se sentía sola, a pesar de la compañía, porque si bien los tenía a tiro de piedra tras los tabiques, era incapaz de predecir sus reflejos. Los paralelos y las tangencias se movían fuera del alcance de Elena, desperdigados en años-luz de futilidad.
Para acabar de complicar las cosas, a través de los anaqueles de yeso laminado se filtró un sollozo almohadillado de llanto contra cojín, de alarido contra almohada. El aullido de su sobrina era desconsolador, porque ni en mil años se la hubiese imaginado indefensa. La chica acostumbraba a deshacerse de cualquier agresión con una llave versallesca hasta que la eventualidad se retorciese de dolor sobre el suelo. Y quince minutos después de que Asmera buzonease la determinación homicida de Ramón, a Clara se le acabaron las palabras y rompió a llorar sin remedio. Alarmada por la vehemencia de los bramidos, Elena corrió hacia el cuarto de vivir –
aunque sólo cinco zancadas la separaban del cuarto contiguo- y aporreó la puerta a puñetazos.
Fernando llegó para evitar que hundiese el contrachapado, pero la chica no parecía dispuesta a salir de la inconsciencia de su lamento. Entonces, la fugada regresó a su dormitorio para voltear los cajones en busca de la llave.
Aquella vez prescindiría del código íntimo: le importaba un comino si estaba desnuda o si tenía a todo un equipo de rugby metido en el cuarto.
Necesitaba comprender de dónde salía tanta miseria, de dónde tanto quejido; porque su sobrina no era del tipo de adolescentes que perdían los nervios a golpe de hormonas, sino una gladiadora de la ficción. Y las hilanderas no lloraban la muerte de los dioses.
Clara abrió la puerta en el mismo instante en el que Elena conciliaba el tembleque fallido del metal en torno a la cerradura. Y lo hizo para desvelar radiante normalidad y limpieza de fondo de ojos. La fugada, incapaz de controlar sus aspavientos, se adueñó del picaporte y entró hecha un basilisco en el cuarto de vivir. El ordenador de Marta la portuguesa reproducía un documental sobre la masacre de Darfur, y la calidad portátil mullía el volumen del desconsuelo con el gargajo de sus vatios.
-¿Te encuentras bien, tía? ¿Te pasa algo?-inquirió la chica Algo le ocurría. Tenía que estar perdiendo la cabeza. Así se debían sentir los locos, los desmemoriados, los tartamudos: incapaces de hacerse entender. A ver cómo le explicaba a Daniel que dos impostoras se estaban haciendo pasar por su hermana –o su hermana se estaba haciendo pasar por ellas-, por la misma razón que él era Fernando sin saberlo. No había forma de demostrar que las personas se le estaban deshaciendo en haces de personajes y que la realidad se le derretía en las manos, escurriéndose como chocolate fundido desde la pantalla de su ordenador.
-Mañana mismo empiezo a buscar trabajo- declaró la fugada, como si con eso solventase el misterio de su crisis de ansiedad. Lo dejó caer con la esperanza de que el escándalo neurótico y la señal de sus nudillos sobre la puerta se explicasen por sí solos. Para su infortunio, el conglomerado no pudo con todas las presiones de la culpa, y Elena terminó por reconocer que vivir sin trabajo provocaba estrés. Para apaciguar el temor de Daniel y borrar la desconfianza de sus visajes, prometió ponerse en aquel mismo momento a revisar su currículum.
El escenario no podía pintar peor: no sólo continuaría sospechando con los apéndices inservibles que su hermana estaba en peligro, sino que tendría que aprender a preocuparse por ella sin hacer ruido. Fernando había tolerado con buen humor los apareamientos de azotea, pero aunque la incorporación calentorra de las chimeneas engordase su vocabulario sexual, aún no comprendía por qué la fugada evitaba la cama del dormitorio a toda costa.
Elena no podía permitirse más desbarres ni pataletas si, al menos, pretendía mantener el orden de su propia casa. La seguridad del caos y el revoloteo de la mariposa asmérica la sacaban de quicio; pero mientras que cada individuo real tuviese infinitos recorridos virtuales, la única acción sensata era no tomar ninguna.
Daniel abrió la puerta del dormitorio aquella tarde con una bandeja de fruta pelada y un vaso de leche caliente. La fugada acabó por sentirse enferma cuando Fernando le retiró el portátil de las manos y puso el tentempié en su lugar. Maldijo la inutilidad de su subscripción internauta mientras sonreía tanto como le era posible. El rechazo de la linealidad sólo le había traído funciones de electrocardiograma, e ir de un lado a otro con los vaivenes cuánticos de la duda se le reveló más fútil que la seriación de los trámites. Eso le pasaba por intentar ser una oruga exploradora y abandonar a las procesionarias. “Fila india, Elenita, fila india”, se decía a sí misma sin articular palabra.
En los últimos días de la cuenta atrás, esperar las conclusiones de la organización se convirtió en la única de sus esperanzas mientras rellenaba formularios y enviaba sus credenciales de periodista a diestro y siniestro.
“Vaya una informadora seré, si ni siquiera me puedo saltar la barrera de los nombres”, se mortificaba. Si su faceta cuántica prevalecía sobre la informativa, no encontraría forma alguna de discernir entre opuestos; y –
visto lo visto- sería capaz de comparar al mayor de los villanos con el más honesto de los libertadores.
Trató de volver a la normalidad con saña, siendo extremadamente cortés con su sobrina y devolviendo al dormitorio lo que le pertenecía. Daniel apreció la tranquilidad del cambio, fascinado como un principiante con la comodidad de la calefacción y el sosiego del amor de colchón. Sin embargo, mientras más demostraba Elena su cordura, más biliar se volvía la evidencia de los presagios y la certitud de que los saltos de rana acabarían en nenúfares homicidas. Embargada por la aprensión, escribió un email a Rosario previéndola contra los planes de Ramón. Mientras articulaba sus presunciones, se sorprendió a sí misma denunciando tangencias irreconciliables, con las manos en la masa de los espejos. Pero la fugada, que estaba de vuelta en la fenomenología cuántica, sabía que todas las verdades estaban hechas de dos estados igualmente incongruentes. Y
prefería desmarcarse con el más insospechado en el mundo de los hombres, si así conseguía salvar la vida de su hermana. Por seguridad, imprimió una copia de la advertencia y la franqueó a la dirección del patio colmatado.
Elena se arrepintió de no haberle exigido número telefónico alguno, metida en el trajín de la adopción de Clara; y volvió a la inoperancia de los brazos cruzados.
La fugada estaba decidida a mantener la promesa: se daría de baja en Asmera en cuanto que llegasen los corolarios. No podía permitirse dejar la página de las truculencias sin encontrar un sentido a sus propios desvaríos.
Sólo quedaba un día y medio para que la organización liberase sus conclusiones, pero el tiempo se dilataba con ínfulas de prórroga. Elena abría su correo cada diez minutos, con la esperanza de que una respuesta humillante calmase en su interior las intrigas de la corte asmérica. Quería que Rosario la dejase a la altura del betún, que dudase de su equilibrio mental y que la espabilase con zarandeos de hermana mayor. Aquella sería la única forma de que olvidase la historia alternativa de los paralelos y la habilidad metafórica de las fábulas. Para contribuir a la música terrorífica de la bandeja de entrada y a la campanada insípida de los mensajes, Clara volvió a la carga con su opereta maquinal, con sus puntos y rayas hablados, pautando el ritmo de sus congojas con persistencia de bajista. La chica debía de estar alcanzando la perfección porcentual, porque Elena era ya totalmente incapaz de armar significados a pesar de su vocalización de logopeda. La fugada recordó cuando su madre, poco antes de la diagnosis del cáncer, reconoció que hacía tiempo no comprendía el mundo, que sentía cómo la devoraba el analfabetismo. La mujer sabía leer y escribir, tenía el graduado escolar; pero no entendía el lugar en el que vivía cuando los cambios de paradigma llegaban y se iban con la soltura de los vagones de metro. “Antes los viejos eran sabios, y la experiencia era un valor”, agregó la señora, “pero ahora los niños de teta te arrebatan el control en cuanto echan a andar”.
La fugada sintió el peso del oráculo y adivinó el cumplimiento de las certezas maternas. Inhabilitada para calcular las intersecciones de las segundas vidas sobre las primeras, asumió que la contemporaneidad envejecía a las personas; y ella era una víctima del proceso.
Por suerte, pronto abandonaría el circo cuántico; y Rosario volvería de París para ocuparse de la absurda teleoperadora atrincherada en el cuarto de vivir. Todo llegaba a su fin, pero temía que la fuerza del desenlace no bastase para romper las proteínas cuánticas y la duda continuase acechándola. Clara, desde el otro lado de la pared, parecía estar deletreando sus propios miedos, registrando su incertidumbre sobre la misma
plataforma que la creaba. Lo que salía de los ordenadores, volvía a ellos, retroalimentando la cadena de invisibilidades.
Fue en la víspera de las conclusiones que el móvil de Elena volvió a sonar con la misma insistencia de la llamada adoptiva. El número entrante tenía tantas cifras que no cabían en las dos pulgadas del visor; y el politono, que no había cambiado desde que Rosario reapareciese en su vida real, martilleaba dramáticamente los agudos para distinguir llamadas perentorias de conversaciones casuales. La consciencia de que aquella vibración tenía tanto que ver con la solución del puzle bivalvo como la llegada de las conclusiones puso en guardia los reflejos de la fugada. Por un momento se olvidó de la dicción informática de su sobrina y de la globalización de los presagios para aceptar la llamada.
Un señor histérico se saltó la política de las presentaciones y escupió francés desde el otro lado. A Elena le repateó su ignorancia lingüística, porque de nuevo volvería a recibir noticias clave por persona interpuesta y sabía que se estaba jugando una de las últimas mangas contra la suerte de los finales. Renegada, recorrió el camino de los sobresaltos hasta el cuarto de vivir y llamó a la puerta simulando calma. Cuando Clara abrió, la fugada le cedió el teléfono; y con él, cualquier pretensión de control. Frustrada porque la llave de sus desvaríos no tuviese subtítulos, trató de memorizar las reacciones de su sobrina para contrastarlas con la historia que le vendiese después. Y no le gustó lo que vio, porque el silencio atento de la chica se iba revistiendo de temor e interrogante a medida que escuchaba.
Elena apreció un cierto temblor de labios en las interpelaciones de la adolescente y se imaginó lo peor. Ramón había encontrado a Rosario en París –o en el Penedés-; la había perseguido por Europa en un taxi hasta dar con ella. Y ahora estaba muerta, porque la coordinación de los espejos no era suficiente para despistar a un león, ni embarrar sus instintos.
No debía andar muy desencaminada. Clara había perdido el control de su barbilla, e intentaba por todos los medios no echarse a llorar. Perdería toda su credibilidad como lianta si probaba tener sentimientos y se revelaba tan humana como los demás.
La fugada estaba viendo por segunda vez una película, pero aguardaba un final distinto. Sus hipótesis de parásito virtual –porque ella lo era tanto como los otros seres invisibles- tenían que acabar de otra forma ahora que
el partido se jugaba en casa, en la hierba real, en el césped físico. Las texturas estaban de su parte, pero Clara no dejaba de temblar y la colonización nerviosa le llegaba ya a las uñas.
-Mamá ha desparecido -le comunicó la niña aún tiritando-. Se ha ido. Ya no está. Ha huido el mismo día del estreno. Era el director holandés.
Pensaba que nosotros sabríamos dónde se había metido. ¿Por qué siempre tiene que hacer estas cosas? ¿No le habrán valido dos décadas de prófuga?
A la fugada el mensaje le sonó a disipación, a veracidad parcial, a juego de cuatro esquinas; y el temblequeo de su sobrina denunciaba ocultación.
Elena no entendía de qué podía salvarla que fuese más importante que seguir con vida, que no morir a manos de una bestia.
-Por favor, Clara, si sabes algo más es el momento de decirlo. Ahora que aún estamos a tiempo. Antes de que llegue el final. Dímelo. ¿Dónde está tu madre? ¿Es cierto que está en París? Si está en peligro, quiero saberlo. Prometo no escandalizarme de nada. Si no me han asustado tus ficciones, tampoco lo hará la verdad.
-¡Pero qué dices!– respondió la chica, rearmada de repente- ¿Te crees que te iba a mentir en una cosa así? Está claro que no me conoces. Mi madre se fue a París porque no puede estar parada ni un solo momento. Y
Madrid se le había quedado pequeño otra vez; parece que no conocieses a tu hermana. Pero aquí no hay más cera que la que arde. Le habrá entrado miedo escénico. Ya volverá, mi madre siempre vuelve.
-Espero que esta vez no le cueste veinte años, porque no voy a esperar hasta que te hagas mayor de edad para recuperar mi cuarto de estar –
respondió Elena, cansada de tanto alfa y omega, de la parafernalia versallesca y del haz bipolar de las interpretaciones cuánticas.
La fugada dio un portazo y volvió a la comezón privada. La obsesión se bifurcaba en ramales de probabilidad; y entre las incongruencias plausibles y la estratificación de los datos, llegó a pensar que Asmera fuese una cortina de humo programada para permitir una última fuga.
Por supuesto que Elena no tomó en serio el plato al aire y descartó las implicaciones conspirativas al tiempo que sus neuronas se las ofrecían.
Asimilar la incertidumbre como herramienta de trabajo había escalado los hechos en una pirámide de porcentajes, tan inmediata y tan irreal como la del reconocimiento del habla. Hasta los sinsentidos tenían cabida, ya que en
la época de las máquinas todas las afirmaciones eran igualmente válidas –e igualmente abstrusas.
Sus problemas no tenían solución, sino representación en un desplegable de datos, en un gráfico de quesitos. Asumió que la vida de su hermana era una estadística; y si la habían matado, su muerte se perdería entre variables. Pero ella no quería llorarla con encuestas, ni enterrarla entre espejos, sino conservar una seguridad de mínimos. Los homicidios exigían cadáveres y Elena necesitaba sufrir los hechos: no se conformaba con sospecharlos.
Aquel era un drama de secuestro, a caballo entre la esperanza y la tragedia; pero no había quien denunciase paralelos ni tramas de sujetos invisibles. Nadie tomaría en serio los tejemanejes pseudónimos porque el trucaje nominal se burlaba de las pruebas y fabricaba hechos de quita y pon.
Sin embargo, el asesinato dominaba -cual quesito triunfador- la lucha de los diagramas y las proporciones. Entre todos los haces históricos, la fugada tomó por certera la distancia más corta entre dos puntos, así tuviese que combar el tiempo-espacio a su paso. Ramón había perseguido a Ana –o Rosario- hasta su escondite para cumplir sus promesas ruines y saciar su sed leonina de sangre. El registro de las distancias quedaba para los taxímetros y los cuentakilómetros. Por lo que a ella respectaba, el lugar de los hechos no afectaría al duelo de la muerte; el homicidio la atormentaría igual cuando el cuerpo se recuperase en el fondo del Sena, o bajo la nieve del Pirineo. Si acaso, la ubicuidad internauta de las segundas vidas blindaba los delitos, opacaba sus vestigios aunque ocurriesen delante de todo el mundo. Matar a alguien entre reflejos sólo estaba castigado con prohibiciones, con exclusiones de persona non grata.
Para acabar de deformar la geometría plana del suspense, la fugada entró en el blog de Rosario. Meses antes, no hubiese dado importancia a las exageraciones, o a las mentiras; pero en aquel momento sólo las fábulas podían proporcionarle claves. Sólo podía confiar en una extraña que se había apropiado del nombre asmérico de su hermana. Le daba igual quien tirase de los hilos de la marioneta –Clara o los seres invisibles-, si así sacaba algo en claro.
La última entrada databa del día anterior y la fugitiva radiaba ilusión ante la perspectiva del estreno. Nada hacía pensar que Rosario se dispusiese a huir de nuevo. De hecho, los últimos textos habían abandonado la repesca
del pasado para concentrarse en el optimismo presente, en la promesa de las candilejas. El estilo alegre de la escritura no anunciaba estratagemas prófugas ni rumiaba ecos de fuga. Era el brío de una extranjera feliz y con causa.
Si la fugitiva no había escapado de nuevo, su hermana tampoco; porque con las premisas asméricas en la mano, ambas eran la misma persona. Tan ocupada como estaba en descubrir el misterio antes de que las conclusiones viniesen a taparlo todo, que ni siquiera se percató Elena de que había asimilado la radiografía de los espejos como prueba irrefutable de sus conjeturas.
Sólo la realidad podía contrarrestar a la ambigüedad cuántica de la organización; sólo un telefonazo podía anular el timbrazo de los otros y dar la vuelta a la tortilla. Pero los avisos y las campanadas seguían sin llegar.
Por más que consultaba el correo cada diez minutos y sostenía el móvil en la mano, ninguna vibración la sacaba del ensimismamiento.
Había comenzado a temer -más que esperar- las conclusiones de Asmera. Una cosa es que ella evaluase los riesgos y cifrase sus temores, pero no se veía preparada para asimilar la codificación estricta de sus paranoias.
Si bien la organización de las alucinaciones había prometido cinco artículos -cinco pruebas de la interrelación entre usuarios-, Elena se dijo que no les costaría modelarlos en la indefinición de las historias que nacían de otras, como en los partos de las muñecas rusas. La fugada desconocía el formato de los corolarios o el contenido de los mismos; pero si lo que buscaban era contaminación y parasitismo, no les sería muy complicado encontrarlo en su panegírico del pirateo, entre los corredores del plagio o las fiebres de la sustitución.
No pudo dormir la noche previa a las conclusiones, y la cama del dormitorio recibió sudores fríos para compensar por todos los calientes.
Dejó el portátil sobre la mesilla, y se pasó toda la noche intentando descansar sin conseguirlo. Para contrariedad de Daniel, Elena dejó la tapa del ordenador levantada, velando los sueños y los insomnios de la pareja, llenando la habitación de claroscuros espectrales. La fugada siguió impertérrita el bucle del salvapantallas, observando como la raíz de una planta crecía con matemática fractal hasta que llenaba la pantalla con sus
ramas subterráneas. Cuando el raigón colmataba el rectángulo, el crecimiento se invertía y el vacío empezaba a ganar terreno por medio de la misma fórmula. La perversión del rizoma destrozaba todo cuanto encontraba a su paso, como el destello de los reflejos y los tambores de conspiración. Elena balbuceó sus rencores contra la sociedad del ocultismo, y del sacrificio, y de los asesinatos, y del encubrimiento, y de la degeneración en general. El berrinche pareció enhebrársele a una de las raíces colonizadoras, porque se prolongó durante toda la noche. Cualquiera hubiese confundido el silabeo obcecado con una oración, pero en su súbita devoción no cabía la misericordia.
El día llegó como extensión de la noche, como ocurría tras todas las vigilias; pero en aquel caso, un plus de cansancio e incredulidad la dejó pegada a la cama. Sólo quedaban horas para el buzoneo de los corolarios y Elena había perdido toda esperanza de componer una conclusión propia antes de que le llovieran las de la organización. Por si eso fuese poco, el optimismo de los finales comenzó a resultarle una herramienta absurda y descartó que el email de los artículos resolviese conflicto alguno. Estaba condenada a la oscuridad, al préstamo de los haces de historias y sus desviaciones.
Se levantó a medio día para ir al cuarto de baño y a la vuelta se cruzó en el pasillo con Clara. La chica vio en el rostro ojeroso de su tía la tortura de una noche en vela y un átomo de compasión se escapó de entre sus elucubraciones barrocas y su dicción de computadora.
-Deja de preocuparte por mi madre. No merece la pena luchar contra fantasmas; porque al final siempre ganan ellos. Si ella ha elegido ser un espectro, deja que corra con los riesgos. Ya tenemos bastante con la realidad, como para luchar contra los molinos –le dijo su sobrina-. Lo que tienes que hacer es volver a la normalidad y dejar de vivir en la vida de los demás. Estás tan preocupada por mi madre, que no te has dado cuenta que Daniel lleva llegando tarde a casa toda la semana.
Clara besó a su tía en la frente, en lo que fue la primera muestra de cariño desde que la chica se instalase entre filigranas de Pladur. Y Elena se dio cuenta de que con la conmoción de la muerte sobre la mesa, había obviado las otras intersecciones invisibles. La portuguesa seguía ahí fuera; y con ella, la mutación vírica del adulterio y la copia. Con tanta crónica de
una muerte anunciada y tanta violencia doméstica –internacional-, el taxi de largo recorrido le había nublado la vista.
Daniel era un animal previsible, de los que llegaban puntuales sin reloj, de los que se levantaban sin despertador por las mañanas. La fugada estaba tan acostumbrada a sus procesos algorítmicos, que había aprendido a leer las horas a través de las acciones de su novio. Sin embargo, a la espera del desenlace asmérico, se había olvidado de las manillas horarias y de las liturgias familiares. El tiempo se le había coagulado entre blasfemias y maledicencias, herida de temor cuántico e indefensa ante los salvapantallas.
Ineludiblemente, al salir del desasosiego internauta por consejo de Clara, los segundos volvieron a tomar el control de las maniobras; y Elena se topó con la rugosidad de los hechos, con la perturbación de los ritos. Fernando había prolongado la vuelta a casa día tras día –minuto a minuto-, confiando en que las alteraciones mínimas creasen una rutina tan válida como la original; y la fugada se había convertido en una de esas ranas que se cocían a fuego lento sin enterarse.
No quería ser uno de esos sapos que se percataban del hervor al descubrir quemaduras de tercer grado; pero su mente anfibia había abandonado la tierra para habitar el mar de las dudas. Elena –nadando entre ambivalencias- no podía hacer nada contra el taxi de la muerte ni contra la persecución de los espejismos. Sin embargo, en sus manos estaba dejar que las crónicas falaces se hicieran carne bajo su propio techo o blindarse contra ellas.
Utilizaría la única conexión asmérica que caía bajo su jurisdicción para comprobar cuanto de cierto había en sus delirios de ubicuidad, repetición y reflejo. Tan débil la habían dejado la noche en vela, el traumatismo de los cuantos y sus espines, que la posibilidad de coger a la virtualidad en pleno robo de identidades le atrapó el corazón más que los celos.
Para enfrentarse a los silogismos truncados de Asmera, ella propondría uno sencillo. Trataría de adelantarse a la llegada de las conclusiones con un último espionaje, porque aún le quedaba un hilillo de fe en los finales. La visión que se llevase de la organización –porque se daría de baja al recibir los corolarios- dependería de la única intersección que le era accesible.
La portuguesa, víctima de los contagios víricos y las mutaciones adúlteras, estaba ocupando su lugar en la azotea. O, al menos, esa sería su
última hipótesis de trabajo. Marta –o Sofía-, heredera de la incorrección infiel de Rosario, estaba plagiando sus intimidades de cielo raso, desnuda por los tejados.
Elena sabía de los límites de tal suposición. Si Daniel –o Fernando- le era infiel, podía serlo en otro lugar y a otra hora. Podía tomar un día libre y disfrutar de las pasiones transversales con tranquilidad, sin la precariedad de las prisas. No tenía que usar la hora de la comida, ni alargar el regreso a casa. Pero precisamente la incongruencia de la presunción era lo que la hacía plausible, lo que la convertía en un arma contra los laberintos de Asmera. La idea era tan improbable que carecía de peso en la realidad, pero rayaba en lo admisible dentro de la comunidad del desorden. Como no podía vivir para siempre con el misterio de la desaparición de su hermana, cargaría todas las tintas en una proposición loca y volvería a su vida normal tomando el experimento y sus resultados como piedra angular. Si la portuguesa había salido de las teleseries fantasmas a consumar sus delitos de amante en serie, entonces no le quedaría más remedio que admitir las dualidades y las trinidades internautas. Lloraría la muerte sin cadáver de su hermana y odiaría a los leones para siempre. No había forma de defenderse del desbarajuste sino con más sinsentido, sacando clavos cuánticos con otros.
Bajo el foco de las conjeturas, la fugada enunció los postulados de su sondeo.
Marta había heredado el bacilo en Kentish Town, atraída por la latitud de los cojines y el rastro de las conductas ajenas. Contra todo pronóstico, la mutación sobreviviría a la caducidad de las fábulas y a los cocientes irreales para hacerse carne entre los hombres. Elena no aspiraba a comprender la transmutación, mientras pudiese seguir el hilo de las deducciones. La propiedad conmutativa de la sociedad de los reflejos decía que Sofía era Marta y ambas compartían el mismo haz de destellos.
Por su parte, el virus se había hecho más listo con cada conversión; y si empezó arbitrario e inconsciente en los hombres, adquirió competencias temáticas en las entrañas de las mujeres. Encontró habilidades fotocopiadoras en Rosario, y perdió las limitaciones congénitas para convertirse en una enfermedad contagiosa. Cómo se había apropiado de los tesones de la portuguesa era harina de otro costal, porque salvo recortes de periódicos y teleseries, no había registro alguno –ni siquiera internauta- de
sus ansiedades. Si la fugada estaba en lo cierto y la tenacidad del microbio era tal que sus réplicas acumulaban los heterónimos precedentes, Marta habría recibido en un mismo paquete las debilidades de la estirpe y su ramificación pirata. Todo indicaba que el juego empático de los desenfrenos tendía a complicarse con cada traspaso. En última instancia, el mismo régimen evolutivo que hizo comprender a Rosario la obstinación de las debilidades paternas concedió a la portuguesa una nueva habilidad parásita para asegurar su supervivencia. El microbio, que había trastornado sin remedio a la fugitiva, introdujo en Marta un patrón de dobleces –una válvula de control sobre sus explosiones. La portuguesa conservó una timidez tierna, paralela al silencio pianístico de Sofía, con la que se ganaba la confianza de las mujeres para poder seducir a sus hombres. La gracilidad con la que jugaba al escondite convenció a Elena de su indefensión manifiesta; y ahora, la mosquita muerta de Territorio Político iba sudando sus sudores por las azoteas.
Estaba la fugada tan segura de sus presunciones que creyó escuchar en la sorda verborrea de Clara el oráculo de la infidelidad. La consumía una determinación desproporcionada por descubrir a los amantes retozando entre imitaciones, por asaltar a las tangencias en plena intersección.
Borracha de incertidumbre, dejó sus sentimientos a un lado y dedujo que antes prefería perder a Daniel –o Fernando- que observar impávida cómo los haces de historias se burlaban de ella.
Aún era temprano, pero Elena se vistió apropiadamente para la espera en el tejado. De camino a la oficina, trató de imaginarse la situación para predecir su propia respuesta. Sin embargo, cuando recreaba la consumación de las imitaciones, el adulterio no la mataba a celos; porque el engaño sería prueba de que Rosario había encontrado su final antes que nadie, y la sombra de la muerte pesaba más que los desgarros del corazón.
La fugada se coló en la azotea como tantas veces antes lo hiciese, aunque en esta ocasión fuera como observadora. La aguardada era doble porque, poco después de que Daniel subiese o no con la portuguesa a las alturas del edificio, Asmera liberaría sus conclusiones. El día estaba cargado de nubes, y la cercanía del doble desenlace espesaba el ambiente con su aliento poluto. Ella, que ya había probado el veneno cuántico de las conspiraciones, no aspiraba a soluciones globales, sino a satisfacciones que la dejasen vivir. Buscaba resultados mínimos, coordenadas sin precisión
donde pinchar su desplegable de datos y su mapa de dudas. Sentada sobre el solado, con la espalda apoyada contra el peto de seguridad, esperó con ánimo recaudador la colisión de partículas. La sociedad de la destrucción era un acelerador de historias, y ella quería estar allí cuando el espacio-tiempo se deformase, cuando los deméritos de las fábulas despedazasen el rompeolas de la realidad. No pretendía entender cómo los seres invisibles se habían erigido como demiurgos del mundo, porque en las culturas aceleradas la comprensión era un factor de segundo orden. Sólo trataba de presenciar la detonación del nuevo paradigma, sin ahogarse entre la información binaria. La imagen valía más que mil palabras y ella aguardaba el empirismo de las consecuencias con ojos como platos.
El tufo calentorro de los extractores y la maquinaria de tiro forzado incidieron en su memoria calenturienta. La fugada fue rebobinando con los cordeles de la evocación hasta sus propios sofocos en aquella azotea, hasta los primeros arrebatos cuánticos y hasta el primer telefonazo de Rosario.
Para su desconsuelo, comprendió que cuanto más se retrotraía en el tiempo, más ridícula se recordaba. Los inicios de su exhibición le resultaron preadolescentes a la luz de las últimas confusiones, porque eran resultado de un egocentrismo sin fundamento. Pensaba entonces la fugada que controlaba el mundo con las yemas de los dedos, y se consideraba culpable por alimentar sus pasiones domésticas con lubricantes extranjeros. La aparición consciente e inconsciente de Keith le hizo creerse indómita entre los miedos de la portuguesa y el apocamiento crónico de su novio. Sin embargo, los orbitales de la incertidumbre vendrían a demostrar que su fortaleza hacedora no era más que debilidad camuflada. No hubiera previsto con los primeros desnudos internautas que su cruzada por la sinceridad máxima acabaría por los tejados, apostada tras maquinaria de mantenimiento y a la espera de una traición hecha de carne y no de pensamientos.
A Elena la angustiaba el papel de Clara –y su futuro. Si sus conjeturas llegaban quitándose la ropa por la escalera de incendios, entonces no querría cuentas con nadie. Sería ella la que se fugase de verdad; y no pensaba llenar las alforjas ni incluirla en su equipaje. Su sobrina era un personaje extraño, un tornillo trasroscado; y si el adulterio pirata confirmaba la muerte de Rosario, la chica no tendría donde caerse muerta.
La fugada había pasado por alto el cariño. Forzada a una guardia constante,
sólo se vio capaz de recelos y no encontró lugar para familiaridades. Elena admitió que en toda colisión, buena parte de la energía se disipaba en calor, en trabajo inútil; y Clara sería la pieza del puzle bivalvo que soportase la tensión del encontronazo y la desmoralización de la fuerza. La chica había sacado a su tía de las intrigas mortíferas para devolverla a la tropelía de los cuernos; y si las conjeturas de la fugada se cumplían en las alturas de Madrid, su sobrina tendría que convencer a Marta para que cerrase el círculo de las imitaciones y la metiese en su casa. A la sazón, no le importaba lo que ocurriese después del impacto, ni como se reordenasen las personas y sus personajes tras el caos. Sólo tenía que esperar al último sobresalto para acabar con los desasosiegos; pero los hipotéticos besos de la pareja adúltera habían empezado a trastornarle los sentidos antes de ocurrir, ya que cuando llegasen vendrían acompañados de mordiscos de gusano dispuestos a devorar a Rosario.
Aún no sabía si prefería el choque de los trenes o el imperio de la incertidumbre, porque volver a la vida normal con una hermana menos y una sobrina más no era lo que tenía en mente al comenzar la exhibición pública. Elena consultó su móvil a contraluz, deseando que la palidez de la pantalla desvelase poco a poco la llegada de un mensaje o una llamada perdida -quizás hubiese pasado por alto la vibración tras la vigilia del salvapantallas y los sentimientos encontrados de la mañana. La fugada sujetó el aparato de forma que el reflejo no le permitiese ver su contenido; ya que mientras la claridad extrema no le dejase distinguirlo, aún cabría la esperanza en su maltrecho corazón.
Entonces, cuando los nubarrones amenazaban con opacar el sol, cayó en la cuenta de que la ilusión no tardaría en desvanecerse. En menos de cinco segundos, el día se apagó y Elena entendió que la ecuación no tendría soluciones reales.
La fugada contenía la respiración a cada ruido, a cada rumor de ruido.
Cuando no escuchaba chirridos viniendo de la escalera de metálica, se figuraba que los escuchaba. Ni siquiera el silencio respetaba su guardia, sino que se reía de ella con quejidos y reverberaciones. Casi sonrió al darse cuenta que, acuclillada contra el peto, parecía estar ocupando el orinal de la fugitiva. Su cuenta atrás no estaba hecha de almanaques quincenales, ni contaba las horas con palotes; pero su espera era tan fabulesca como la que
más, y así no había quien distinguiese entre verdad y desviación. Si el resto de los seres invisibles leyeran el devenir de su espionaje, percibirían el mismo aroma de ficción que ella olisquease en la muerte feliz de su abuela asmérica y en el resto de las edulcoraciones familiares. Era obvio que desde el otro lado, la realidad sonaría a ficción; y su lucha contra los haces heterónimos se convertiría en otro reflejo incierto, en otra verdad velada por las exageraciones de la comunidad del morbo.
Con la intención de calmar la imaginación de los oídos y obliterar el olor en su cerebro, Elena trató de planear su fuga. Seguiría los pasos de Rosario para resarcirse de la persecución cuántica, los blogs y sus perfiles.
Además, le gustaba la idea de que el final trajese una vuelta al principio, con los personajes cambiados. Ella heredaría la pasión errante de Rosario, ahora que la fugitiva estaba en el fondo del Sena o congelada en alguna hura pirenaica -porque lo estaría cuando Daniel apareciese con Marta por la puerta de la escalera. Elena dejaría de ser la fugada por obviar su despertador y empezaría a serlo por dedicarse a la huida, como su hermana.
Sería una prófuga, como todos los seres –visibles e invisibles- que la habían precedido, y desandaría el camino de las ficciones haciéndolas verdad a base de vivirlas.
Cuando el futurible descenso a los infiernos se hizo tan real en las filminas de su mente que el silogismo de la muerte y los adulterios dejó de ser una hipótesis, los espines acudieron en su ayuda con el truco cuántico que tanto la había perjudicado. De repente, Elena vio desde fuera sus propios pensamientos y las cavilaciones de azotea se le volvieron absurdas, sin fundamento. No sabía dónde estaba su hermana, ni por qué había vuelto a desaparecer; pero resultaba cuanto menos arriesgado presumir que un cómico la hubiese asesinado por parecerse a su novia. Era del todo increíble que un fracasado metido a león viajase en taxi por Europa, y que el cuentakilómetros bailase al ritmo de los reflejos asméricos de Madrid al Penedés, del Penedés a París y de París vete tú a saber dónde. El cansancio le estaba jugando una mala pasada y, bien sabía por las ficciones de la comunidad del engaño, que la fatiga era el más peligroso de los males. La fugada abandonó el bacín invisible y probó a levantarse para espantar los malos sueños que no había conciliado por la noche. Bajo el tamiz del otro lado del cerebro, le desconcertó más su propia fábula que la de los demás y
renunció a sus historias de corazón extraviado con la misma tenacidad con que las imbricase. Si Marta no había aprendido a atar lazos de amor, era dudoso que supiese romperlos. Y Daniel la necesitaba más que los leones a sus leonas, más que la realidad a sus desviaciones. Al fin y al cabo, era el engaño el que modelaba la sinceridad como la falta de ropa componía el desnudo; y su prosa veraz, si bien pseudónima, tenía más sentido entre invenciones. Todo lo que tenía que hacer era dormir; descansar durante uno, dos o tres días. Y despertarse de una vez por todas. La vida real la estaba esperando a nivel de calle, fuera de las fantasías de los tejados. La rutina tenía sus jaulas de grillos, pero no cantaban todos al mismo tiempo. Era el maldito ocio, concluyo la fugada, que horneaba conspiraciones como panes, y ya estaba bien de estridores unísonos.
Elena iba a abandonar la azotea y sus vistas de pájaro cuando escuchó las pisadas sin tener que imaginárselas. Dos pares de pies saltaban de tres en tres los escalones para luego volver sobre sus pasos; continuaban la ascensión, tropezaban sin caerse y se agarraban con amor contra la barandilla. Tardaron cinco minutos en abrir la puerta final que les llevaría a los nubarrones; y en ese tiempo, la fugada escuchó hasta las más imperceptibles vibraciones del metal, porque rellenaba con recuerdo lo que se le escapaba al oído. La pareja se burlaba de su propia torpeza cuando el deseo les ataba los pies. De tanto trastabillarse y de tanto reírse de sus traspiés, los trompicones les hicieron empezar sobre la lámina plegada de la escalera lo que habían ido a hacer sobre el solado del tejado. Al llegar a su escondite al aire libre, no tenían apenas ropa para cubrir su impudicia; y los recién llegados se sintieron desnudos de repente. Cuando Daniel –o Fernando- y Marta –o Sofía- se encontraron de frente con Elena, ninguna hoja de parra les hubiese salvado de la vergüenza, porque estaban pisando un Edén maldito cuajado de chinarros. Aunque había tratado de anticipar sus reacciones, el momento instantáneo que sucedió a la colisión la sorprendió tanto a ella como a los amantes piratas.
Las partículas salieron disparadas a tal velocidad que la fugada se vio lanzada a miles de kilómetros a pesar de permanecer clavada a la superficie gris de la azotea. Las espantadas asméricas se habían comprimido para catapultarla a una evasión auténtica, y ahora estaba abocada a distanciarse de aquel momento con una nueva huida. La escapada estaría compuesta de
todos los precedentes prófugos más uno, incorporaría lo visible y lo invisible, la materia y la antimateria; pero deformaría ligeramente las desbandadas que la antecedieron, porque aquella sería su historia y de nadie más. Comprendió que tenía ante sus ojos los residuos de una colisión, palpable o espectral, y que algún día sería ella quien catalizase otra explosión. Mientras tanto, aceptaría la verdad y sus exageraciones como onda y partícula, como moneda de dos caras, como figura y fondo. Se le hizo evidente que la deformación era el vacío común sobre el que se depositaban los hechos, el tejido conjuntivo que colmataba los huecos; y no había nada que ella pudiese hacer en su contra.
Marta había dejado de taparse. La portuguesa desafiaba al Génesis con mirada vírica; y Elena no la culpaba, porque los miramientos no tenían lugar cuando el final acababa de ocurrir.
La fugada aprovechó la parálisis de la escena, para salir de aquel edificio –o ultraje- sin echar en cara a la pareja que hubiese comido del árbol. Tenía penas más desgarradoras que cubrir, y ninguna plañidera que llorase por ella la muerte de un fantasma. No le resultaría fácil enterrar su desconsuelo sin un cadáver al que despedir, ni le ayudaría que un sinfín de personajes reclamase la herencia de Rosario entre cláusulas reflejas.
Aunque no veía forma de encontrar consuelo real ni imaginario, se dijo que la fugitiva seguiría replicándose contra toda mortalidad. Entre haces históricos, las refracciones continuarían permutándose, repitiéndose y deformándose, hasta que su vida se descompusiese entre las exageraciones de los demás como su cuerpo lo haría en la tierra.
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