Asmera

Rubes Keitel · Capítulo 2 de 4 · parte 3/3

Páginas del PDF

Asmera

En la calma chicha del retiro, se…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

El cuerpo que tenía debajo esperó en silencio a que la inevitabilidad de las hormonas respondiese por sí sola y la fugada sintió en su espalda la presión de la respuesta. Desde que ella se girara autorizada por la bandera verde y

lo besase con toda la ternura de la que fue capaz, los dos pasaron horas explorándose con las manos, burlando la mirada de los paseantes hasta que se les acabaron las cosas que hacerse en público y tuvieron que buscar un lugar privado. El hecho de que hubiese dos parejas más ocultando sus mismos juegos relajó el pudor inexperto de Fernando y los roces esquivos de sus réplicas le ayudaron a naturalizar la insistencia de Elena, reduciéndola a un impulso común de especie. A la fugada, acostumbrada a exigirse excelencia en los descensos del deseo, le agradaron los movimientos pesados de su novio y la tranquilidad de no recibir más de una caricia al mismo tiempo. Con sus estrenadas virtudes de mando, se le olvidaron los complejos previos a la pubertad y, en ausencia de sensaciones transversales, dejó de pensar en sí misma.

Los dos se unieron de nuevo a la coreografía de las otras parejas, sólo que esta vez abandonaron el grupo de los jóvenes tentativos y se sumaron al de las relaciones consolidadas. Comieron sendos helados de leche merengada sentados en un banco y se relamieron las comisuras de los labios con la lengua del otro. Después, volvieron a la calma sin ruidos que se forjó en las umbrías del Retiro. Elena se tumbó en el banco y apoyó la cabeza en el regazo de Fernando. Mientras que él fijaba la vista en el temblor mínimo de la superficie del lago, ella trató de cerrar los ojos y conciliar una imagen de paisaje extremo, como había visto hacer en las películas. Decidió que su lugar sería una caverna milenaria y se concentró en visualizarla en todo detalle. La entrada recordaba a las fauces de un tiburón. Las virguerías calizas ocupaban todo el espacio formando colmillos puntiagudos y la tensión estática de las estalactitas insinuaba que aunque la fugada volviese cincuenta años más tarde a la misma cueva nada habría cambiado. A Elena le gustaba pensar en la lentitud de los procesos geológicos y la ilusoria hibernación del universo, porque le hacían sentirse insignificante. Era entonces -al no tomarse en serio-, cuando tomaba las mejores decisiones y actuaba sin límites morales, cuando no la perturbaban las coincidencias más oscuras ni las percepciones más extremas.

La fugada echó a andar por entre las planicies irreales que había inventado para poder avanzar. Caminó durante minutos y se dio cuenta de que las formas se repetían en un bucle de serie matemática simple y los tramos se sucedían en un código de números impares que podía comprender

pero no explicar. Al llegar a lo que parecía el final de la cueva encontró una escalera de madera. Sólo mientras descendía recordó la foto del piso de Rosario en Pigalle y asumió que cuando llegara al nivel inferior encontraría el paisaje geométrico que se le había hecho familiar en su caminata desde la boca. No encontró claustrofóbico el cumplimiento de su premonición, y en la seguridad de encontrarse una copia continuó andando hasta encontrar los pasos de madera que regulaban la restauración del ciclo.

A Daniel le costó despertarla -probablemente porque había bajado demasiadas escaleras clónicas y la tierra aún le agarraba de un brazo desde las profundidades. La fugada se sintió tan pesada que durante cinco segundos, mientras regresaba a la consciencia, estuvo convencida de haber recorrido varios kilómetros de subsuelo calizo. En la niebla de los despertares pensó en llamar a Rosario para prevenirle contra los patios colmatados de París.

De vuelta a casa, trató de aprehender sus movimientos a la espera de que el distraído encuentro con los trámites cobrase fuerza entre los mundos que no pertenecían a éste. Impuso un ritmo inconsciente a los pasos que dejó en Recoletos y observó atentamente a todo el que entraba en su campo de visión. Se forzó a registrarlo todo para convencerse de que ocurrían cosas en las primeras vidas y las segundas no les estaban comiendo el terreno. Una chica de falda larguísima y camisa de tirantes lloraba a lágrima viva a diez metros, pidiendo a un hombre de mediana edad que se fuera, que la dejara sola. A la izquierda, una pandilla de quinceañeros enfundada en camisas de la selección española de fútbol se reía de las varices de dos monjas, que reventaban las ligerezas de los hábitos de primavera. Un señor mayor -traicionado por los índices del tiempo- vestía con traje de lino, sombrero y rosa en el ojal y dedicaba miradas inquisitivas a todas las mujeres –también a Elena. Preadolescentes con monopatines; una pareja homosexual besándose en medio de la calle; un grupo de japoneses corriendo para coger el bus sin techo que recorría el Madrid turístico; estudiantes extranjeros buscando a su guía.

La fugada –los fenómenos inmediatos rigen presente- cuenta los pasos que hay desde Cibeles hasta Colón. Al meterse en el metro, memoriza los escalones, mide mentalmente los anchos y los largos, examina la dureza de los materiales exteriores y lo compara con el suelo recientemente encerado

del interior. Descubre cómo entre el corredor que le espera y la calle hay un sumidero corrido del que nunca se había percatado y de que los cristales de las puertas son de doble hoja. Se fija en una escultura temporal hecha en acero inoxidable que le recuerda a las curvas mórbidas de Botero aunque pretende representar una ciudad contemporánea cubierta por las dunas monumentales de la desertización. Se suelta de la mano de Fernando para sacar un billete de diez viajes, pulsa sobre la pantalla táctil y mete el dinero moneda a moneda. Introduce el ticket en el torno de la estación y, mientras espera la banda magnética libere el mecanismo de las barras giratorias, escucha el cuchicheo electrónico del lector. Gira sobre sí misma; vuelve a extender la mano hacia su novio. Nuevo cambio de baldosas. Una vez dentro, las losas se hacen más domésticas y el taconeo de los zapatos de aguja y de las suela de caucho da un concierto lleno de asimetrías cíclicas que acaba en las escaleras mecánicas. Se centra en el movimiento paralelo de su propio cuerpo y el del asidero mecánico, que a su vez va al mismo ritmo que el engranaje que mueve los peldaños y que sólo se retrasa de de cuando en cuando fruto de fricciones materiales ingobernables. Desde la mitad del descenso, observa como la trampilla que protege el motor parece irse merendando uno a uno los peldaños y se imagina una máquina de montaje constante en la parte de arriba que compense el hambre de las zancas estructurales. Se fija en las papeleras a rebosar, en la resistencia del acero a la perseverancia vandálica, en los grafitis del día, en los carteles cóncavos que siguen la forma de la bóveda y en los carteles mal arrancados que aún quedan por debajo. Nota lo limpio que está el suelo a pesar de que un tipo no hace más que escupir y una niña apoyada en la pared suelta un chicle mascado ocultando su trayectoria con las piernas. Una empleada barre páginas de periódico y periódicos enteros. La mayoría de la gente fija la vista en un punto muerto y finge pensar para no aburrirse. La fugada reflexiona conscientemente sobre la disposición de colores: los de la línea de metro, los de las líneas que se cruzan, el fondo azul de los paneles de próximas paradas y el verde de las salidas disponibles. Daniel, que parece haber adivinado su juego después de media hora de ausencia, apunta con el índice en dirección a las franjas grises que previenen a las suelas de la cercanía de los vagones. Primero la textura de lija denuncia el límite, y luego un amarillo chillón grita la inmediatez de la máquina. La fugada se detiene a observar las traviesas empotradas en el cemento y los tejemanejes

del cableado que soportan las catenarias. Dentro del vagón, examina los asientos acabados en plástico, la palanca de emergencia, las instrucciones para abrir la puerta manualmente en español, inglés y francés, los fluorescentes en servicio y las luces de seguridad. Los paneles adhesivos, la lámina polimérica del suelo con patrones antideslizamiento, los televisores y las juntas de piel de gusano entre vagón y vagón. La megafonía. Gente ociosa y libros gordos. Muy gordos.

Para cuando salió del metro, el baño de funcionalidad había sido tal que la fugada no pudo menos que ridiculizar mentalmente sus esfuerzos por librarse de las acciones con propósito. Se rió de los individuos como ella que, pudiendo ser útiles y crear utilidad, preferían vivir entre los avisperos de sentimientos encontrados de la comunidad de cruzados de Asmera.

Para la más absoluta de sus tranquilidades, al abrir el buzón encontró una carta de Rosario con remite parisino. En vez de una postal había incluido fotos del sótano de la discordia con sus compañeras de piso. No había ninguna de la planta de abajo, aunque Elena lo prefirió así para mantenerla en su mente como el enroscamiento de broca que soñase en el banco del Retiro.

Estaba de tan buen humor que casi incitó a su sobrino a que le contase nuevas historias, de esas que le habían pasado antes de desarrollar la memoria para recordarlas. David aprobó con una sonrisa la sorna sibilina de su tía y, mientras acababa de deglutir las últimas cucharadas del postre, anunció que aquella vez no les daría un relato propio, sino que intentaría resumirles uno que había leído aquella misma tarde desde su ordenador.

“Es sobre una mujer que se llama como tú, tía”, comenzó el niño. Elena no decía su edad –continuó-, pero calculaba que estaría entre los veinte y los treinta porque no hacía mucho que había acabado la universidad y aún escribía con ingenuidad, dando demasiadas explicaciones. Aquella extraña tenía el amor dividido en dos; por un lado vivía con un hombre llamado Fernando, a quien prácticamente no describía, aunque David le presumía apocado. Su novia lo quería como se quiere a un perro, porque su carácter inseguro le privaba de amar a ningún hombre de otra manera. No soportaba el miedo a la infidelidad y quería aislarse de las trapisondas incomprensibles de los sentimientos, que tan pronto pretendían una cosa

como su contraria. Tras relaciones previas que la habían matado a celos y encuentros esporádicos que no hacían más que horadar la base de su complejos y fomentar un miedo a la soledad irreparable, Elena encontró en aquel Fernando un ser dócil que satisfacía sus deseos irredentos dentro y fuera del dormitorio, que no se movía de su rincón a no ser que le llamasen y que, por no hacer, ni siquiera hacía preguntas. Sin embargo, a fuerza de echar sobre sus hombros toda la responsabilidad del deseo en aquella casa, la chica acabó por recordar los tiempos en los que eran otros quienes tiraban de los hilos y la imprimación antigua del descontrol varonil le removió las hormonas con un aleteo ventral que no sufría desde la adolescencia. En particular, la chica recordaba las manos descomunales y el aliento espeso de un americano tenaz que conoció en una fiesta. La presencia neumática de sus músculos asqueaba profundamente a Elena, pero el vapor descontrolado de las feromonas vapuleaba el orden de sus sentimientos y descomponía su voluntad. A pesar de la insistencia indecorosa de los dedos gruesos que le salían de las manos y de sus intentos de tenerla tan cerca que ninguno de los dos supiese qué cuerpo era de cada uno, Elena lo rechazó sin pensárselo dos veces. Sin embargo, según avanzó la noche las copas empezaron a traicionar la determinación intransigente de la chica. Para cuando se quiso dar cuenta, se estaba dirigiendo a la cocina, donde suponía que no quedaría nadie. Allí rezó una oración sin palabras y sin dios al que dirigírsela para que el mastodonte norteamericano bajase a acabar lo que había empezado.

Se demoró en el piso de abajo durante largos minutos, aún sufriendo el olor extremo del orangután, sintiendo su sudor animal bajar por las escaleras para metérsele en el hipotálamo. Pero las espaldas más anchas de Estados Unidos se quedaron donde estaban, creyendo conocer la claridad de un “no”

inequívoco. Elena se olvidó del incidente según salió por la puerta y las poleas del córtex enterraron la ambigüedad irreconciliable de reparo y deseo en alguna de las cámaras acorazadas del pasado. Sólo cuando la calma de los amores perros abrió con confianza los candados de su historia, los cuencos de leche y las migas de pan recibieron la intrusión extranjera del pasado. Elena comenzó a fantasear con el paso firme y la energía latente de su imaginería hasta que el almíbar de los episodios reinventados la catapultó hacia niveles estrógenos inéditos y acabó juntando los dos extremos irreconciliables de su voluntad maltrecha. Y vivió así, durante un

mes al menos, cortocircuitada entre la repulsión de dos imanes, descompuesta entre los tirones inversos de acción y pensamiento.

Daniel aplaudió la reconstrucción del chaval, maravillado de que pudiera entender con menos de nueve años comportamientos sexuales que él nunca se atrevería a psicoanalizar. Se le dibujó una sonrisa socarrona, que parecía insinuar la conmiseración sin ambages que el pobre Fernando le suscitaba. Guiñó un ojo de complicidad a David y se fue a limpiarse los dientes entre sonrisas de complacencia.

Elena todavía estaba paralizada, físicamente paralizada, tras haber escuchado un cuento salido de las profundidades de su corazón contado por otro. Hubiera podido frenar el ensañamiento de su sobrino con la común excusa de que aquél no era material para un renacuajo como él, podría haber corrido hasta el ordenador portátil de David y activar la protección parental como primera decisión de madre primeriza. Pero en vez de eso, se quedó donde estaba, congelada por la brisa de los relatos que vuelven pasado un tiempo. Tanto se había cebado su sobrino en la dureza de la visión, que la fugada no podía reconocerse en las conclusiones desproporcionadas de la narración. Le había hecho sentir como si todas las incertidumbres de su vientre fuesen una maniobra fría, un residuo calculador de su consciente que se congratulaba de alterar la linealidad de las cosas. De toda la sinopsis que el chaval había hecho, lo que más le disgustaba era el símil perruno, porque descabalaba cualquier ápice de sentimiento de sus tribulaciones carnales. Casi parecía, por la forma de contarlo, que estuviese jugando a dos bandas y que, en cualquier momento, una sombra de insatisfacción pudiese empujarla a buscar una salida rudimentaria a la represión de sus instintos.

David no pudo soportar la simplicidad de contar un cuento por muy elaborada que fuese la recreación. La llamada versallesca de la ficción le espetaba a seguir ilustrando la anécdota más allá de lo conocido. Así pues, cuando Daniel volvió del aseo y acabó de recoger los platos de la cena, el chico se armó de una madeja desconocida y agarró el hilo como le gustaba hacer con la propia. Según él, Elena se había convertido en un espíritu débil, luchando por mantenerse firme al mismo tiempo en las batallas de la realidad y de la fantasía. Cuando se quedaba sola, lo cual ocurría bastante

porque había dejado de trabajar, la debilidad de espíritu le tendía emboscadas y, aunque la disciplina prusiana de su mecánica moral se enfrentó desde el principio a la volición rebelde de las tentaciones, la guerra de guerrillas resultó demasiado dulce y demasiado perversa. Un día, empapada en los sudores de su imaginación, no pudo resistir buscar el semblante hercúleo y los brazos exponenciales del americano entre las redes de Facebook y el resto de comunidades. Lo encontró siguiendo la pista de los dueños de la casa en los que lo conoció y le envió un email tan flamígero y tan necesitado que el destinatario no dudó en responder a la media hora para ofrecerle un punto neutral de encuentro. Elena llegó en taxi al hotel de Cuatro Caminos en el que se habían citado y en cuanto vio la geometría fractal de sus músculos y los gestos rotundos de su rostro, le volvió el puzle de los escalofríos y las cataratas de sentimientos contradictorios. Subieron a la habitación reservada en parte porque ella no quería admitir que le había hecho perder el tiempo de nuevo y en parte porque la presión termodinámica de sus muslos era ya insoportable. El americano se abalanzó sobre ella con la naturalidad consentida de las décimas veces, como si contase con el rodaje inexistente de las otras nueve, y ella se defendió del arranque de familiaridad manteniendo tanta ropa como pudo tras el primer ataque. Descartó las mieles de una entrega total, incómoda como se sentía por la excesiva andanada del coloso, cargada ya de remordimiento por la traición aún sin perpetrar. Incapaz de frenar el tren de su propia libido, decidió aliviarle sin la intervención de su vientre y trató de poner tierra entre la virilidad de gorila del americano y sus otros labios.

A la espera de que él hiciese lo propio llegado su turno, Elena se entregó decidida a los quejidos roncos del yanqui y a la familiaridad de unas feromonas que no podía oler de tan cerca estaba. Cuando el reloj climático del americano señaló el cambio de guardia, él se levantó de la cama obviando la posición receptiva de la mujer y, para su incredulidad, comenzó a vestirse como si acabara de levantarse de la cama un domingo. Cuando la rabia y la indignación de la chica subieron de volumen, el tipo adoptó una indiferencia de armario que respaldaba sus hechuras de mueble y ni siquiera se inmutó cuando ella le lanzó la lámpara de la mesilla. Simplemente, abrió la puerta y se despidió con un adiós de compromiso.

Para decepción de Daniel, que estaba disfrutando como un niño en campamento de verano, Elena se levantó del sofá del cuarto de vivir y decidió que ya estaba bien de ficciones que llevasen su nombre.

La fugada estaba segura de que su posición en las coordenadas de lo invisible había sido detectada por un radar terrestre. Curiosamente, lejos de sentirse preocupada por las implicaciones bicéfalas de la intersección entre dos mundos, la fugada aceptó la situación como un paso más de la multilateralidad de los espejos, como algo que tenía que pasar. Si acaso, la excitaba el cariz polinómico que sus incursiones en Asmera estaban tomando.

Elena, además de una loca de la sinceridad y una partidaria incondicional del desnudismo, era una jugadora mimética que no estaba dispuesta a arruinar su vida por el vértigo roedor del exhibicionismo. A pesar de su sinceridad de máquina y los remolinos sanguíneos con los que la exposición le cosquilleaba el cerebro, tenía como todo bicho viviente un doble fondo para escapar cuando fuese necesario. Aunque había descrito con todo lujo de detalles cada giro argumental y cada temblor espinal que le recorría el cuerpo, se había asegurado de alterar suficientemente los nombres y los lugares para que la fama de su avatar no desguazase las opciones de su vida pública de un plumazo.

Obviamente, la fugada no había trabajado en ningún Territorio Político, sino en alguna otra redacción de la misma escala. Después de cruzar la información y las fechas vertidas en sus entradas con las bases de datos de páginas Amarillas y con otros motores de búsqueda, ha resultado imposible establecer para quién trabajó durante aquel período. Igualmente, no hay pruebas de que Marta sea portuguesa, o que de hecho tenga ese nombre; aunque dada la intención de Elena por mantener lo fundamental no sería de extrañar que, por ejemplo, fuese extranjera.

Por eso, bajo la luz de esta sinceridad encriptada, la fugada no temió que los escapes de agua en los tejados de Asmera fuesen a dejarle una humedad entre los anaqueles de Pladur. No le asustó que el chico fuese a desvelar sus más íntimos secretos porque aquel niño contestatario y sus maquinaciones de superdotado no existían más allá de los confines de Asmera. De hecho David no tenía ocho años, sino catorce, y por no ser, ni

siquiera era varón. El enano entrometido era la forma traslúcida que Elena tenía de hablar de Clara, su sobrina.

Clara había llegado a la vida real de la fugada de la misma forma que lo había hecho David. De hecho, menos la edad y el género, lo compartían todo. Eran de la adolescente esas maneras de adulta y aquel amor lenguaraz por deformar las cosas. Tenía la criatura una lengua viperina que destrozaba todo cuanto venía a su encuentro a fuerza de agriarlo con ficciones. La chica era tan o más inteligente que su avatar masculino en Asmera, ya que su labia alcalina era casi siempre inafrontable para la redacción periodística de Elena.

Cuando Elena y Daniel dejaron a Clara en el cuarto de vivir, aún con los ecos de su cuento internauta reverberando en la memoria de todos, la chica miró a los ojos a la fugada y le recomendó: “Descansa”. Su sobrina era demasiado espabilada como para no unir los cabos de las sinceridades abortadas en la comunidad de la desnudez y probablemente aquella era su forma de comunicarle que su historia estaba a salvo con ella, pero Elena hizo como si no comprendiese la invitación a asumir las confidencias indirectas de las indiscreciones de la Red.

De ahí en adelante, pretendieron que los chaflanes narrativos del blog de la fugada nunca habían acabado a la vista de las estanterías contantes y sonantes del cuarto de estar. La fugada prefería que su sobrina viviese en la duda, nunca completamente segura de que su tía y la desesperada exhibicionista de Asmera fuesen la misma persona. Se convirtió aquel en el primer secreto de la familia de estreno. A pesar de su estrategia de distracción, a Elena le intrigaba hasta qué punto el descubrimiento cambiaría la disposición de las bolas de Navidad en el árbol de los datos corrompidos de su sobrina. Pero al igual que con los demás visitantes de su página, la fugada se conformaría con el atractivo de comprender que Clara estaba al corriente y que la chica a su vez sabía que ella lo sabía, porque la experiencia le había enseñado a la fugada que siempre era necesario mantener un doble fondo para cuando hubiese que huir.

Fue durante aquellos primeros días en los que reinó el desconcierto sobre cómo convivir entre las informaciones veladas y los hechos envueltos en papel de plata cuando a la fugada le llegaron nuevos huracanes de vientos invisibles. Era razonable que, conocedora de sus propios trucos de

lombriz y experta en maquillaje de apariencias, Elena perdiese el control de sí misma cuando las funciones de los secretos ajenos parecían querer machihembrarse con las suyas, cuando la cerrazón isósceles de Ramón parecía responsable de que Clara estuviese viviendo en su casa y cuando los exabruptos sentimentales de Ana parecían forzar a Rosario a irse del país para dedicarse a algo para lo que no tenía talento. En realidad, fue su propia protección la que se volvió contra ella, la que le dejó la sensación de que si ella espolvoreaba talco por entre las articulaciones de su pasado, no conocía ningún impedimento para que el resto de residentes de Asmera no lo hiciese también.

Fue al poco de mudarse Clara al piso, cuando con toda probabilidad la chica ya asumía las dobleces de su tía, que Elena volvió con energías renovadas al intercambio de realidades con colorante en la comunidad de las sinceridades castradas. No sólo lo hizo porque aquel mercado ímprobo de los sentimientos constituyese un porcentaje de sus ingresos, sino porque se sentía definitivamente curada de espanto de todos sus efectos secundarios. Con la esperanza de haber superado las paranoias reflejas y la previsión de reencontrase con el cuelgue puro de sus drogas sin la intromisión de los círculos viciosos, la fugada volvió a ejercitar sus músculos complementarios, su devoción dividida entre exhibicionismo y voyerismo. El cuento entrometido de Clara había emborronado la claridad de sus proyectos, porque la sensación de recibir su propia historia a través de un tercero era de pérdida y de exageración. Dejó de importarle el adjetivo perruno que la joven le había adjudicado cuando entendió que sus afectos, como los del resto de los hombres, estaban cuajados de instintos de animal –y ese era el suyo. Y fue en esa niebla multidimensional de los hechos y sus envoltorios que se vio, durante un tiempo, incapaz de añadir nada al caudal esquivo de su relato.

La fugada rastreó entre el inacabable archivo de palabras de Asmera.

Leyó en diagonal artículos enteros a la búsqueda de un argumento tranquilo que le despresurizase el corazón.

Carmela tenía sesenta años. La mujer escribía sin medir sus palabras, sin filtros pseudónimos ni codificaciones históricas; porque ya no tenía nada que perder. La señora había vivido sola diez años, desde que muriese

su marido, y durante ese tiempo se había acostumbrado a las interacciones metódicas de los viajes al mercado y a los encuentros fortuitos con conocidos que no dejaban de darle el pésame incluso después de haber abandonado el luto. Carmela había acabado dependiendo afectivamente de los electrodomésticos de su casa a falta de alguien con quien compartir la vida. Le parecía imposible que su frigorífico no tuviese alma si sólo se encendían las luces del interior cuando ella lo abría o lo cerraba. Era como una persona con sus puntos medios y sus extremos, que tenía en ella enfriar o congelar como valor estándar y extremo de su carácter dual y complejo.

No podía ser que los latidos centrífugos de la lavadora y el rito cíclico de la rueda de programas no tuviesen nada en común con sus días y con sus noches. Ver como las cañerías se atascaban o como las hormigas africanas acababan con el PVC era como verse envejecer a sí misma. Hasta la llegada del ordenador –el más vivo de todos sus aparatos- sus preferidos fueron el televisor y el teléfono. Aprendió a usar el manos-libres para hablar con sus hijos; si se alejaba lo suficiente y miraba para otro lado, incluso podía imaginarse que estaban allí sentados. Cuando tuvo la impresión de que aquel truco había dejado de hacerle efecto, se pasó definitivamente a la definición cristalina de la pantalla de plasma. Era un artilugio más fiel: podía sentir la presencia de las voces desde cualquier rincón de su casa y, si en algún momento giraba la cabeza o iba a su encuentro, tras el ruido de los diálogos había siempre una imagen. Carmela se sentía inmortal frente a la radiación de sus pulgadas. El colorido de los platós y la puntualidad de los telediarios parecían prohibir su propia muerte, como si los rostros del artilugio no pudiesen existir sin ella. Carmela no era estúpida; sabía que el fregadero no era un objeto animado y que la señal se seguiría recibiendo aunque ella apagase el televisor, pero prefería engañarse a sí misma.

Las bandas de píxeles no se cansaban de repetir los mismos programas en los canales del satélite y de cortarlos para introducir la misma publicidad. Aquella ilógica que se había sacado de la manga dictaba que si podía predecir la parrilla de series y películas de un día para otro, era porque en realidad todos los días eran el mismo; y por algún vacío de la teoría de la relatividad, el tiempo se estaba ralentizando sin que nadie viajase a la velocidad de la luz. Aunque comprendía que su razonamiento no tenía ni pies ni cabeza, le ilusionó creer en una locura en la que nadie más había reparado e incorporó la fe a su entretenimiento. La sutura horaria

de series americanas se transformó en una liturgia sin doctrina que podía salvarla del debilitamiento de la edad. Ni siquiera prestaba atención a las tramas ni recordaba los personajes de una vez para otra; simplemente comprobaba que el orden de los encadenamientos coincidiera con el del día anterior -y con el del día siguiente-, como si la televisión fuese un encargo de Nostradamus. Le duró la obsesión hasta que el cambio de temporada introdujo nuevos programas y los canales tuvieron que reajustar la estructura de sus ofertas, colocando las reposiciones de forma que dejasen paso a otras.

Aunque la confirmación de la inexorabilidad del tiempo no la sorprendió, la crisis de fe le produjo una depresión de caballo. Durante un mes desenchufó todo lo que funcionase con electricidad y privó de baterías a las radios y a los relojes. Por mucho que miró al cielo, los meteoros no le desvelaron ni un ápice de su conocimiento ancestral y pronto se cansó de escuchar los cantos de sirena de los electrodomésticos vecinos sin poder usar los suyos.

No sólo devolvió a la vida a sus antiguos camaradas, sino que añadió un fichaje estrella a su colección. Abrumada por un nuevo entusiasmo y con la esperanza de que una máquina más perfeccionada lograse congelar el tiempo más eficientemente que sus hermanas mayores, Carmela instaló en el comedor una torre casi tan alta como las patas de su mesa y una pantalla tan grande como encontró -no por falta de vista, sino convencida de que el tamaño añadía efectividad a los artilugios. Muy a su pesar, pronto entendió que aquel cachivache no era tan dócil como sus otros aparatos. Aunque la mecánica de aquel mar de teclas no parecía accesible desde ninguno de sus alzados, la mujer decidió tomar clases en la Casa del Jubilado con la ilusión de controlar las imágenes que se proyectaban en la pantalla. Descubrió allí dos cosas. La primera, que el lenguaje de aquella máquina no era tan inextricable como se temía; la segunda, que no le gustaba la gente mayor.

De alguna forma, consiguió sacarse a sí misma de la ecuación y concluir que aún no formaba parte de ese grupo. Si acaso, estaba en una época dorada indefinida y podría alargarla si encontraba una estrategia más eficiente para frenar los relojes entre las caprichosas ventanas de su PC.

Decidió que aquella no debía ser una tarea egoísta y que mientras investigaba becada por su pensión de viudedad, publicaría sus avances en Internet. Peinó los feudos de su sistema operativo en busca de una señal tan

clara como la que había recibido a través de la parabólica. Examinó los programas y, después de probar todas sus combinaciones, trató de retroceder en el tiempo con la herramienta deshacer. Por más que lo intentó, sólo podía volver hasta el principio de la sesión; y después de intentar engañar al ordenador durante días sosteniendo Shift o Escape mientras repetía el procedimiento, acabó dándose por vencida y abandonando el recurso por encontrarlo demasiado obvio.

Coincidió aquella primera desilusión con un accidente doméstico que le complicó la movilidad a Carmela. Precisamente a ella, que creía en la personificación de los aparatos, se le rebelaron los suyos. Usando el lenguaje vivificador de la mujer, la televisión -probablemente celosa de que no se apartase de la computadora- le echó la zancadilla con el cable de alimentación.

La escayola y la hinchazón forzaron un reposo inesperado de pierna en alto que le descompuso los esquemas del orden doméstico. Mientras estuvo impedida, contrató a una peruana sin papeles para que prestase atención a sus artilugios y la ayudase a bañarse. No era andar a la pata coja lo que la preocupaba, sino la fisura de dos costillas que sólo le permitía respirar con inhalaciones mínimas. Le resultó violento e invasivo que alguien la viese desnuda después de tanto tiempo, porque la flacidez de sus nalgas y la caída de sus pechos no había sido todavía deshecha por las funciones inversas de ningún ordenador. Trató de minimizar la exposición y sólo requerir a la sudamericana para movimientos fundamentales como entradas y salidas de la bañera.

Aunque pasaba las horas muertas aprovechando los empujes de la Providencia, dedicada en cuerpo y alma a la resolución del repliegue de los minutos, Carmela empezó a desviar la atención hacia su empleada. No podía recordar la última vez que se había permitido el lujo de descubrir a otra persona; pero cuando empezó a dialogar con la joven sudamericana, le pareció que no hubiese pasado el tiempo por la mujer vivaracha que había sido antes del luto que le guardó a su marido y los lutos que le recordaban los demás. Escuchó pacientemente la historia de incertidumbre que llevaba la peruana en la garganta y, frente a la tensión de pasar el control de aduanas en Barajas, ella se calló porque sólo tenía un plan rocambolesco para encontrar agujeros negros en los puertos USB.

Era un prodigio vital, aquella muchacha. De sólo escucharla entrar por la puerta, sentía más muertos todos los mecanismos de la casa. Las luces de bienvenida de la nevera no podían competir con su grácil pequeñez indígena ni con el tinte quechua de su piel mestiza. A Carmela no le gustaban las mujeres, y no era con sexo como pretendía fijar la tercera juventud que la rondaba, pero empezó a disfrutar tímidamente la desnudez entrante y saliente de los ratos de aseo. Acabó por invitarla a quedarse durante el baño por ser aquel, en sus palabras, “un buen lugar para las confidencias”.

En la intimidad del servicio, se inventó una torpeza misteriosa que le surgía de la fisura costillar y se apoderaba de los músculos del hombro por gracia de los dolores reflejos.

Mientras su empleada la enjabonaba, Carmela trataba de hablar sobre sus hijos para evitar pensar en la destreza de las manos de la recorrían. Le contaba que su primogénito era un loco obstinado, como ella, y que lo había sido toda su vida. Cuando su padre le enseñó a multiplicar, él decidió hacerlo constantemente. Cogía un número y calculaba su doble; luego el doble de su doble y, así, continuaba multiplicándolo por dos hasta que las cifras superaban los diez renglones. Años más tarde, al cumplir los dieciséis años, agarró la bicicleta y se marchó con un amigo a recorrer la sierra de Gredos durante cinco días.

No volvió hasta bien entrados los dieciocho. Para cuando lo hizo, había recorrido media Europa sin pasar por las ciudades -“porque le hacían perder tiempo”.

OceanofPDF.com

Paraba en pueblos mínimos, dormía en porches y acampaba en campos de cultivo y sólo cuando intuyó Budapest a lo lejos, se permitió volver a casa.

Había sido su hijo siempre así, cabezón; pero fue cuando se separó de su segunda mujer que le dio por memorizar todas las palabras del diccionario. Después de dos años de dedicación plena, a punto de empezar con la J, se dio cuenta de que había empezado a olvidar páginas enteras de las primeras letras y desistió. Tras la evidencia del fracaso, se conformó con repasar las que ya se había estudiado en sentadas de días hasta que, con la práctica, consiguió acortar la duración de los refuerzos de forma que podía leerse la mitad del libro en cuestión de horas.

Le contaba aquello porque era verdad y porque así, distraída con las obsesiones de su hijo, no tenía que disculparse cuando se le sensibilizasen los pezones bajo la tierna mirada y el firme restregón de la mestiza.

Estaba convencida Carmela de que era una reacción involuntaria de la que no había que fiarse, porque todo el mundo era más susceptible a los calentones repentinos cuando estaba desnudo. Y así lo siguió pensando hasta que un día, mientras revolvía entre las excentricidades de su hijo, cogió la mano de la peruana y se la llevó hacia sus inexactitudes genitales con una naturalidad que hasta a ella pilló de improviso.

La empleada dio un paso torpe hacia atrás y se disculpó innecesariamente. Después de ayudarla a salir de la bañera, se excusó un momento y alcanzó la puerta de la entrada. Aquel portazo fue el último que le escuchó dar.

Cuando al día siguiente se hizo dueña de su soledad, Carmela acudió al médico para que le quitasen la escayola. La había mantenido medio mes extra con los juegos de la edad tardía. Aunque mantuvo el uso parcial de las muletas, la mujer se vio capaz de cuidar de sí misma a base de pagar con tarjeta por Internet y de hacer la compra por teléfono.

Echaba de menos la sangre termal de su asistenta, pero de nuevo se consoló con la grandeza de su misión y volvió a dedicar las tardes a tratar de revertir el tiempo. Decidida a reanudar con disciplina profesional y horario de oficina su hacendosa investigación, colgó en Internet las prematuras conclusiones a las que había llegado antes del accidente y comenzó a examinar las recapitulaciones íntimas de otros individuos.

Descubrió así la historia de una joven ucraniana, que tras haber escapado de las garras de la trata de blancas acabó siendo forzada por la señora de sesenta años de la que estaba al cuidado. Se sobresaltó hasta el extremo Carmela; no por ningún atisbo de culpa o por el rumor de la identificación empática, sino porque aquella desconocida estaba hablando de ella. La describía como una yonqui de las nuevas tecnologías, como una joven anciana que no quería reconocer que lo era, rehogada en un lesbianismo reprimido que olió según entró por la puerta el primer día.

Conocía la ucraniana sus hábitos higiénicos hasta el detalle, y el orden de las friegas que le daba la mestiza como si se las hubiera aplicado ella. A pesar de hacerlo con otros nombres, la desconocida se armaba de una persistencia abrumadora para hablar de las conversaciones privadas de los demás. Para colmo y recochineo de las coincidencias, según las entradas se iban sucediendo y Carmela alcanzaba el momento presente, el castellano peninsular de la escritora se volvía más y más sudamericano.

No le preocupaba la denuncia tangencial de los recovecos de Asmera, porque sabía que las mestizas sin papeles no eran muy dadas a litigar en la precariedad de sus condiciones, pero los calcos internautas le trajeron un reconcome vidrioso del que no era fácil desquitarse.

Le deslumbró la complejidad del bucle, con indiferencia que quien fuese su responsable. Si se trataba de una broma del azar, era una casualidad magnífica; y tendría que celebrarla como tal, quitándose el sombrero ante el descaro de la réplica. Pero si aquello tenía otra explicación, quien quiera que la tuviese habría avanzado años luz en la persecución de los fantasmas que la obsesionaban.

Batió los dominios de Asmera a lo largo y ancho de sus extensiones, a la espera de encontrar más evidencias que apoyasen su incipiente teoría del anti-caos tecnológico. A la búsqueda de otro bucle dramático entre los discos electromagnéticos del disco duro principal, se tropezó con el blog de un cómico desempleado. Se olvidó de la investigación cuando la historia bastarda de Ramón le despertó venas pugilísticas. La obliteración de sus arterias le inflamó los dedos con insultos y no pudo menos que escupirlos con la yema de los dedos. Carmela entraba y salía de la página para firmar, con distintos pseudónimos cada vez, gran parte de la sarta de improperios con las que el hombre-león se encontraría. En cierta medida, fue la

insistencia impaciente de la mujer la que obligó a la organización a clausurar los comentarios en el espacio de las atrocidades de jungla.

Con el recuerdo de su enervada maternidad brillándole en el cristalino, casi pasó por alto otra historia melliza que vino corroborar todas sus inquietudes. No le prestó atención al principio porque estaba escrita con un barroquismo que juzgó infantil. De cada cuatro palabras, una era un engendro polisílabo, un monstruo ininteligible traído de las lenguas bárbaras. Sólo tras horas de intentar descifrar en balde el contenido opaco de aquella página se dio cuenta de que todos los palabros inverosímiles pertenecían al primero de los dos tomos del diccionario María Moliner, y con la primera sombra de duda le sobrevino la claridad cristalina que experimentase con el relato de la ucraniana.

Al poco de descubrir la codificación enciclopédica del texto, comenzó a obviar los términos espinosos y la unión descabalada de las tres cuartas partes de la narración formó en su mente una aproximación por defecto del contenido. Aunque aquel señor de incógnito no se llamaba como su hijo, Carmela ya había sufrido las convexidades de Asmera y, asumiendo la regla no escrita de las deformaciones contextuales, la mujer no se molestó en tomarse en serio las condiciones de borde. Ahora que había encontrado la punta de iceberg, sólo tenía que agujerearla hasta que el oráculo le dijese en qué estaba gastando la vida su primogénito.

Aquel individuo, poseedor de un conocimiento incólume de la A hasta la J, trabajaba como representante de software CAD. Viajaba de provincia en provincia, haciendo demostraciones de las aplicaciones tridimensionales de su producto. Su jornada acababa a las tres de la tarde, pero una obsesión inexplicable por embarcarse en proyectos más grandes que él mismo le indujo a delinear por las tardes la volumetría de las ciudades que visitaba.

En el documento 3D incluía el número de alturas de las edificaciones, modelaba las ventanas, extruía las carpinterías y señalaba el nivel de los forjados. Siempre llevaba a mano una impresión Din-A1 a escala de la ciudad que estaba registrando en la que coloreaba las parcelas catastrales en concordancia con el material de las fachadas. Se aseguraba así de que, para cuando hubiera tomado todos los datos, sabría cómo dar vida a aquella abstracción de masas sin sentido.

La pretensión quimérica de tener toda España en un molde raíz y la visión del ordenador futuro que pudiese manipular en un mismo archivo

aquella cantidad de información le hacían removerse en su silla. Sin embargo, consciente de las ingratitudes megalómanas, prefería formar parte de un proyecto que jamás vería acabado, para no tener que afrontar la tragedia de los finales.

A la luz de la historia de un extraño, Carmela entendió por qué su hijo evitaba hablarle de su vida profesional. Cuando conversaban por teléfono, aseguraba encontrarse bien y la ponía al día de los avances de la separación.

El resto era un pozo oscuro sobre el que no tenía derecho de información.

Tiempo atrás habían acordado no discutir sus ocupaciones, porque a Carmela siempre le parecían monumentalmente erráticas y acababa reprochándole que hubiese heredado la cerrazón melancólica de su madre.