Asmera

Rubes Keitel · Capítulo 2 de 4 · parte 2/3

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Asmera

En la calma chicha del retiro, se…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

“Señorita, yo no conozco a ningún Ramón.”

De vuelta a casa, Elena se avergonzó de haber caído otra vez presa de sus propios miedos megalómanos, en los que todo estaba conectado. Los tejemanejes de los seres sin rostro agazapados en cavernas de banda ancha se volvieron inofensivos y la deformación de la cuadratura del círculo pareció desviar el terco reflejo del juego de espejos que la deslumbraba. La fugada se conformó con pensar que, como los ordenadores, también el cerebro sufría el efecto parada. Aquella noche, dispuesta a entender por qué se obstinaba en predecir las más improbables de las relaciones interpersonales, revolucionó los motores de búsqueda de la Red hasta que se dio de bruces con una controvertida teoría que asimilaba la interacción neuronal a las leyes de la física cuántica:

(…) La dualidad onda-partícula hace que no pueda conocerse la velocidad del electrón y su posición en un instante determinado, o viceversa. Esta imposibilidad de comprender al mismo tiempo las dos caras de un mismo fenómeno, llevó al físico Roger Penrose a proponer una explicación cuántica del cerebro, ya que éste no puede pensar y ser

consciente del pensamiento a la vez; no puede verse desde fuera. Dicho argumento es una derivación del teorema de incompletitud de Gödel, que asegura que aunque podamos postular proposiciones matemáticas, nunca podremos demostrar formalmente algunas de ellas. Se trata del mismo fenómeno de indeterminación que lo impregna todo, de la misma incertidumbre por la que desconocemos la posición de los electrones en medida opuesta a la que sabemos su velocidad.

A renglón seguido, para confusión de sus lectores habituales, se lanzó a explicar por qué para ella el cerebro funcionaba cuánticamente, aludiendo al déjà vu y a la tendencia humana a formar complicadas teorías conspirativas como prueba definitiva de la dualidad neuronal. La fugada escribió: “Es como en esos dibujos en blanco y negro en los que si te fijas en lo negro ves un ciervo moribundo y, si te fijas en lo blanco, el área opuesta de la imagen forma el contorno de un cazador disparándole. Por mucho que te esfuerces nunca puedes ver las dos figuras al mismo tiempo. Nos guste o no, es un fallo de nuestro cerebro. Y a veces, en lugar de ver las cosas como son, vemos su recorte invertido. Y mientras estamos en esa oscuridad, no hay quien vea la realidad tan blanca y sencilla como es.”

Elena se apresuró a escribir aquel mismo día sobre su encuentro con Rosario y David, evitando mencionar nombres. Cuando el chico, incapaz de articular palabra por encanto mágico o por prohibición materna, las abandonó para irse a leer los periódicos del día, la hermana de la fugada sacó del bolso las pruebas burocráticas que corroboraban su historia. Tenía hecha la reserva de los billetes de tren para el viaje a París y había pagado por adelantado tres meses de alquiler en un sótano de Pigalle -la menor estancia que había conseguido negociar. Las fotos de la vivienda no eran muy esperanzadoras. El piso, por llamarlo de alguna manera, había surgido de la colmatación de un patio parisino de tercera clase. La división de aquel espacio corrido, en el que la única sombra de luz entraba por la puerta principal, acumulaba la tristeza de los prismas oscuros. Por si fuera poco, unas escaleras de madera revelaban la existencia de otro nivel inferior. Era risible la obstinación irónica de la vivienda por seguir profundizando en la tierra a base de artificialidad de fluorescentes. Elena se imaginó una cadena indefinida en la que el sótano del sótano acabaría teniendo otro sótano y la

denuncia redundante de su mente le llevó a un pensamiento cíclico de tornillo sin fin. Mientras regresaba de la consciencia de sus recorridos cerebrales, Rosario se afanaba en mostrarle facturas y la correspondencia informal que había mantenido con el director de teatro holandés.

Todo parecía en orden. Elena no la creía tan retorcida como para falsificar documentos. Y si lo que de verdad quería era deshacerse de su hijo, había al menos mil formas más sencillas de hacerlo.

Irremediablemente, el azorado intento de su hermana de no dejarse nada en el camino y resultar tan formal como pudiese la retrotrajo a los tiempos en los que ambas eran adolescentes, cuando Rosario recurría a una solemnidad innecesaria para hacer entender a terceras personas quién era la mayor.

Definitivamente, en aquellos años, antes de que a una le diese por viajar incansablemente y a la otra por estudiar sin tregua para acabar obviando el berrido de su despertador, ninguna hubiese negado nada a la otra; y el tatuaje latente de los lazos sangre cayó como un yugo sobre la cerviz de Elena.

Su hermana continuó explicándole por qué debía dejar a David en Madrid. A pesar de su primera intención de llevárselo a Francia, los profesores del chico le habían desaconsejado profundamente el cambio de aires. Durante casi dos años no se había relacionado con nadie. Era del tipo de niños que respondía a las preguntas con monosílabos. Cuando algunos compañeros lloraban y pataleaban para evitar sentarse a su lado o tenerle como pareja en las clases de educación física, él acababa por aducir la misma mirada alienígena que les dedicaba cuando leían a trompicones o cuando sumaban con los dedos. La idea del director de la escuela de subirle cuatro cursos de golpe despejó los tupidos velos de incomunicación que le separaban de su especie y en cuestión de días pasó de un extremo a otro sin pasar por la salida. David despertó entre los estudiantes de sexto de primaria un revuelo de celebridad. Contribuyó al tratamiento de estrella de rock el pupitre minúsculo proveniente de la clase de segundo curso y la destreza políglota que escarnecía a los profesores de idiomas. Rosario reconocía que el empujón le había quitado las ojeras melancólicas de hombre mayor sin arrugas y le había dado un cierto interés por los demás.

La dirección del colegio fue taxativa cuando les comunicó sus planes de mudanza: debía buscar la forma de dejar al niño en Madrid, si no quería llevárselo y ponerlo bajo las ruedas de la inadaptación.

David sólo tenía un problema, continuó Rosario. Por más que le inundasen de tareas, de actividades extraescolares, de ejercicios adelantados incluso a su nuevo curso, el chaval siempre acababa por complicar las leyes de la realidad inmediata. Cuando explicaron en clase la raíz cuadrada, David convenció a sus compañeros de que en realidad aquella operación podía reducirse a un complicado sistema de de substracciones. Las dos veces que hizo la demostración, cuyas reglas inventaba al paso, el resultado se aproximó tanto al del profesor que sus compañeros creyeron a pies juntillas la explicación ocultista del enano mesiánico. Por la clase corrió una fe en el misticismo matemático que afectó por igual a los más sensibles y a los más brutos. Se creó un caldo de cultivo perfecto para que David comenzase a contar su vida en clave esotérica y el romanticismo extremo de su relato se agarrase a las entrañas de la parroquia. Mezcló el género bizantino de las películas de Indiana Jones con el orden meridiano de los documentales de la BBC y creó tal confusión entre sus compañeros de clase que pocos sabían a qué atenerse entre tanta verdad novelada y tanta mentira hecha palabra.

Desde el poder que le confería su condición de enviado, convenció a sus compañeros de que los extraterrestres vigilaban la Tierra desde hacía años porque la especie humana era su creación, al igual que la de los hombres era la inteligencia artificial. Los señores del cielo, según él, veían con agrado que la evolución genética sobre el planeta hubiese llegado hasta tales extremos de programación, porque en cierta medida significaba que ellos ya habían terminado su trabajo y ahora aquellos monos mejorados podían convertirse en los dioses de otros individuos.

-Los profesores dicen que es normal -añadió Rosario-, que aún no ha desarrollado el pensamiento moral y que sólo está jugando con sus capacidades, pero yo tengo ganas de que llegue ya a donde tenga que llegar y podamos respirar todos tranquilos.

Aunque Elena hubiese talado a golpe seco los ramales del influjo magnético de Ramón, Ana y Leo, las paradojas del mundo real no eran menos desasosegantes. La fugada no acababa de entender por qué su hermana había silenciado el verbo ágil y la imprevisible irracionalidad del chaval; pero a la vista de la fantasía desabrida de su sobrino no podía creer más a David que a su propia hermana. Por mucho que Rosario hubiese

cambiado, creía reconocer el tono de confianza del pasado, con mismo con el que le contase cómo los primeros chicos la tocaban con avidez y cómo perdían la compostura por llevarla a sitios oscuros. Sin embargo, la asustaba la inesperada complejidad del niño; veía en sus ojos la sombra de un cálculo y una frialdad desconocida en la familia. Sin duda, la intención glaciar venía de los témpanos extranjeros de la otra mitad genética. Rosario nunca le dijo quién la había dejado embarazada, pero una hipotética búsqueda sería ardua y tendría que abarcar los cinco continentes, porque fue por esa época cuando su hermana comenzó a viajar desconsoladamente. Y ahora, el producto fortuito de alguna de sus noches de deseo e irresponsabilidad había cumplido ocho años y había desarrollado su inteligencia hasta los cuarenta, comprimiendo el tiempo como en un agujero de gusano espacial, probando a escala humana la relatividad de Einstein.

David era un monstruito interesante salido de los confines de su propia sangre, al que tan sólo cinco frases le habían valido para descolocarla del todo. Elena entendió inmediatamente que se encontraba ante el tipo menos previsible y más interesante de con cuantos se hubiese topado hasta la fecha. El hecho de que no levantase más de cuatro palmos no era obstáculo alguno para su curiosidad y, en cierta forma, la existencia de David le daba esperanzas contra la linealidad del mundo. Si se le pegase algo, se dijo, igual perdía de vista aquella recurrente insatisfacción que lo encharcaba todo. No se olvidaba la fugada de que fue el inconfundible deseo de vivir intensa y aceleradamente el que le hizo apagar el despertador y seguir durmiendo. Esperaba nuevas variables de complejidad que le hiciesen sentirse viva, un nirvana occidental de horror vacui y satisfacción por empacho. No era pues aquel encuentro primerizo con el reloj biológico lo que la incitaba a quedárselo un tiempo, ni el cariño hacia su hermana –con quien había pasado nueve años sin hablar-, sino la necesidad egoísta de probar cosas nuevas. La soledad de los días de blog y la forma en la que las fantasías propias y ajenas la trastornaban indistintamente era, si bien intensa, demasiado unidireccional. Además, quizás pudiera sonsacar información a David, porque confundir a un crío de ocho años no debía ser difícil por muy inteligente que fuese. A la cronista fugada le atraía la posibilidad de reconstruir la vida reciente de su hermana a través de su sobrino y, quizás, cuando estuviese completamente segura de que el mundo

virtual no tenía ninguna influencia sobre la vida real, se animase a exponerla con el mismo brío con el que se desnudaba a sí misma.

Aunque ya estaba convencida sentimentalmente, trató de encontrar ventajas pragmáticas con las que negociar con Fernando. Les vendría bien el dinero y, mientras siguiese de vacaciones haciendo que buscaba trabajo en Internet, podía usar a David como escusa por la lentitud de sus maniobras. Quizás la fantasía multidimensional del chico diese sentido a su fuga. Necesitaba ver si tanta inteligencia sólo complicaba las cosas, o si los sentimientos periféricos y el pensamiento complejo nublaban la miseria de todas las insatisfacciones.

La fugada le había pedido a su hermana un período de reflexión.

Trataría de dilucidar en dos o tres días si podía hacer frente a la adopción temporal de David, si era viable introducir aquel elemento extraño en su relación con Daniel. No le preocupaba la oposición de su novio –Elena se sabía con armas para convencerlo de cualquier cosa- sino la amenaza real de quiebra. No quería matar el deseo por culpa de un niño que ni siquiera era el suyo y acabar viviendo un amor maduro a su edad. Sabía, no obstante, que la escurridiza personalidad y la tierna introversión de Daniel no le impedirían nada. De hecho, la única vez que pareció tomar las riendas fue cuando le propuso vivir bajo el mismo techo. Desde entonces, Fernando le había ofrecido una estabilidad fuera de toda duda y la seguridad del tintineo de las llaves chocando torpes contra la puerta del piso despertaba en ella una quietud ansiosa que la liberaba de todas sus obsesiones.

Probablemente tanta tranquilidad y tanta accesibilidad le indujeron a regurgitar imágenes del pasado, a remover la seducción gramática y las manos gigantes de Keith para insuflar energía en el propio laberinto de sus deseos, pero el confort de los ritos calcados le otorgaban una satisfacción a la que no estaba acostumbrada.

Elena no se imaginaba en una relación que se moviese a trompicones.

La fugada no sabía discutir y no encontraba placer en la lucha constante. La letra del ni contigo ni sin ti era extenuante para ella; prefería poder rodar hasta el otro lado de la cama siempre que quisiese y encontrarse con el gesto dócil de Fernando. Para la nostalgia de los amores animales tenía la imaginación y, ahora, el seguro usufructo de la memoria propia y la colectiva de los habitantes de Asmera.

Cuando al día siguiente la fugada se decidió a hablarle de Rosario y David, se cuidó de no hacerlo en frío. Sólo cuando las sábanas no pudieron acomodar más sudor y las paredes se cansaron de repetir los sonidos inconstantes de su amor, Elena le habló de la reaparición súbita de hermana y sobrino, de las inconsistencias de la historia y de su súbito interés por aquel crío superdotado con el que compartía un porcentaje irrisorio de sangre.

Aunque el primer impacto dio con el familiar chisteo de las negativas de Daniel, en pocos minutos él comenzó a ver una luz invisible para ella.

Cualquiera hubiese llegado a la conclusión de que era Fernando el que le había propuesto cuidar de su sobrino y no al revés. A pesar de haber preparado argumentos en contra de las defensas o los ataques de su pareja, la rendición sin condiciones la dejó sin armas y Elena sólo pudo murmurar sus propias reservas. Daniel arguyó que estaba ciertamente preocupado por ella, todo el día enganchada a Internet, engullida por vete tú a saber qué pamemas que la habían dejado más sensible y sentimental de lo que él la recordaba. “Tenía miedo de decírtelo, pero creo que estás perdiendo un poco el norte. Parece que no te acuerdes ni de que hay que ganar dinero para vivir en este mundo y que estar sin hacer nada sólo puede volverte loca. Igual tener a alguien a tu cargo te devuelve otra vez la sensatez de las personas normales.” Elena se sorprendió de la dureza de las palabras de Fernando, que se caracterizaba por ser un prodigio de mesura. Aparte de frases dedicadas al trasiego cotidiano o a los delirios de las caricias íntimas, aquella parrafada era lo único con sentido que había pronunciado desde que le propusiese compartir piso. Sintió la fugada el aguijonazo de una verdad que ella conocía, aunque la llamase de otra manera, y ver desde fuera el zigzagueo suicida de habitar en reinos de fibra óptica la asustó por primera vez. Su determinación ya no estaba hecha de recortes, de pros disueltos en el océano de las incertidumbres. Se haría cargo de David durante uno o dos meses, lo que tardarse Rosario en volver de su misterioso destino y usaría a su sobrino como cura del paralelismo inexistente que la atosigaba; sería la última parada antes de tomar el rumbo de su vida y volver al orden de los días con despertador, oficina y teléfono.

Dudó un instante de la intención sin mancha de Daniel cuando se percató de que él no sacaba nada de aquel nuevo esquema de convivencia -

si acaso las condiciones de su contrato sin firma empeorarían. La fugada

relajó los esfínteres de la duda y simplemente adujo que sería el amor lo que le inducía al sacrificio; la mirada tierna que su hombre le dedicaba desde el otro lado del colchón la convenció lentamente de que la bondad debía existir en algunas personas.

Dos días más tarde el comité de bienvenida se apostó tras la puerta blindada de la casa de Elena y Daniel. Además de ellos dos, el pelotón contaba con la presencia de Marta la portuguesa que había venido a neutralizar las fuerzas políglotas de Rosario y su hijo.

Estaba previsto que David usase el cuarto de vivir en ausencia de un segundo dormitorio para los efectos. Habían dotado el apartamento de cinco megabytes de banda ancha que un receptor wifi se encargaría de radiar por entre las figuras de Pladur que trazaban las estanterías. Daniel había desempolvado una colección de libros de Emilio Salgari que no pertenecían a nadie, aunque habitaban en la casa de sus padres, y los había dispuesto al alcance de la mano del nuevo inquilino desde el sofá-cama que ocuparía.

La portuguesa, servicial y desinteresada hasta límites que intrigaban la naturaleza egocéntrica de Elena, había aportado un viejo ordenador portátil para el que ya tenía sustituto. Prometió también mientras escuchaban el ruidoso esfuerzo del tirante remontando los pesos superpuestos de madre, hijo y ascensor que le echaría una mano con el niño.

Cuando la delegación adoptiva abrió la puerta, demasiadas reacciones tuvieron lugar para que un solo observador registrase todas. En el fragor de las presentaciones, Elena no pudo pasar por alto el gesto inaprensible de Marta al encontrarse frente a frente con Rosario. La portuguesa se quedó transfigurada, como si hubiese visto un fantasma y todos los miedos sin nombre se hubieran sublimado de repente, incapaces de pasar de olvidados a líquidos primero para convertirse en los vapores que le hicieron sudar sudores fríos después. La fugada le preguntó con sorna inofensiva si se encontraba bien y la portuguesa se sobrepuso por un momento al calor que le salía de los carrillos y se le extendía hasta las sienes para responder: “Tu hermana es la vida imagen de alguien que conocí mucho tiempo atrás.

Rosario -porque te llamabas Rosario, ¿verdad?-, tienes una réplica exacta ahí fuera.” A la hermana de la fugada le hizo gracia el comentario, especialmente viniendo de las indeterminaciones de aquel acento pastoso que parecía crear coherencia a base de coordinar defectos.

David había abandonado su condena de silencio y, por un momento, entre tanta novedad y tanta gente desconocida pareció borrar de su expresión la tristeza antigua de generaciones pasadas y abrazó efusivamente a sus nuevos padres de alquiler. Cuando Marta se agachó a recibir al niño entre sus brazos, lo hizo mirando alternativamente a Elena y a Daniel con una expresión heredera del desconcierto inicial, como si un miedo antiguo se le hubiese fijado al rostro en forma de rictus al reconocer en Rosario los rasgos del pasado. La fugada se resignó a no comprender lo que estaba pasando, aunque le contentó su papel de maestra de ceremonias, de intermediaria de tantas miradas cruzadas. El rito de las presentaciones le otorgaba a su juicio más poder del que le menoscababa y la proeza de juntar en una sola habitación a todos los componentes de su mundo real le retrotraía al placer primitivo de la exposición y al riesgo de las páginas de su libro estremeciéndose bajo las manos incomprensibles e incautas de las relaciones personales.

Rosario no pudo reprimir una sonrisa de satisfacción al ver lo bien que se manejaba David en su nuevo ambiente y un reflujo tibio de orgullo le inundó los ojos sin precipitar cuando el crío soltó: “Vete tranquila, mamá, que creo que me llevaré bien con los tíos.” Daniel le despeinó el pelo cariñosamente, aunque la cadencia pesada de su mano se revelaba antinatural a pesar de su bienintencionado compromiso. A la fugada le pareció todo tan idílico que los esfínteres de la duda se le volvieron a cerrar en falso; aquel niño modelo salido de una postal de primera comunión no era el mismo crío contestatario que ella conocía. Tan edulcorado percibió el fotograma que se le pasó por la cabeza anular todas las disposiciones en un par de calentones que le llegaron como ajenos. Sólo el recuerdo de su propia vergüenza al salir de las fauces de la cuántica la frenó; sólo eso la sacó de la ilusión multiplicada del mundo de los seres invisibles y la devolvió al momento en el que Rosario se despedía de David y éste respondía con sobriedad militar, evitando los vértices de las costuras materno-filiales.

“¡Buena suerte en París, mamá. Para mí tú ya eres una estrella!”,le gritó David a Rosario mientras se cerraban las puertas del ascensor. Elena se rió de sí misma al tiempo que leyó la situación en clave de comedia, a la sazón el único recurso analítico que le quedaba antes que dejarse arrastrar por un aluvión de implicaciones traslúcidas.

“Buena suerte en París, hermanita”–dijo la fugada a media voz a sabiendas de que Rosario no podía escucharla ya.

El niño fue poco a poco recuperando sus ademanes de adulto y durante el día se entretuvo confundiendo a unos y otros. Nadie pudo determinar a qué público se estaba dirigiendo, fiel como era al guión exquisito de su exposición. Espoleado por las preguntas de la portuguesa, que parecía haber sucumbido a los encantos de feriante del renacuajo, David recorrió de arriba abajo su corta existencia hasta donde podía recordar. Almacenaba memorias de su primer cumpleaños, que según él mismo admitió se mezclaban con el recuerdo artificial de haberlo revisitado en fotos. Por la mañana aseguró que la celebración tuvo lugar en Copenhague, en casa de unos amigos belgas de su madre; y al anochecer la situó en lo alto de un ático sobre los Campos Elíseos, entre hispanohablantes. En más de una ocasión acuñó dos versiones de la misma divisa, construyendo una verdad resultado de sumas de opuestos. De hecho, en un viaje del niño a la cocina, Daniel se permitió comentar: “Este crío es hijo de los tiempos que corren. No hay un dios que esté sepa algo a ciencia cierta con él.”

David se recreaba en el recuento de sus habilidades precoces, convirtiendo la inteligencia –su inteligencia- en un alfa y omega del mundo.

El chico había empezado a leer al mismo tiempo que hablar antes de cumplir dos años. Para cuando lo llevaron por primera vez a una guardería, a los tres, le asombró sobremanera que sus compañeros de clase pasasen horas enteras intentando atarse los cordones. Ante el tedio de los sonidos vocálicos y los dibujos de mamás y papás de alambre, David empezó a fingir catarros que se dilataban en el tiempo y que se enroscaban unos con otros. La garganta daba paso a las amígdalas y las amígdalas a los pitidos en el pulmón. De tanto pensar en cómo confundir a su madre y aprovecharse de su ignorancia médica, el chaval desarrolló síntomas psicosomáticos que venían a corroborar sus afirmaciones. Si se lo proponía, podía subirse la fiebre hasta los treinta y nueve grados o aumentar la presión sanguínea a voluntad. Por aquel entonces, David se convirtió en el terror de los pediatras, que no alcanzaban a entender como alguien podía presentar un cuadro clásico de neumonía y abandonarlo en cuestión de minutos.

El constante peligro de una recaída arruinó la regularidad laboral de Rosario y cimentó frecuencias imposibles de cambio. En menos de dos años

la hermana de la fugada firmó treinta contratos distintos y pasó por más de sesenta trabajos. Muchas veces aceptaba puestos cuando ya estaba ocupada; no por ínfulas de pluriempleo, sino enfrentada a la consabida premonición de su despido. “Probablemente fue por eso por lo que se decidió a abrir la peluquería”, dijo David simulando pensar en alto, “para ser su propia jefa y no tener que depender de nadie”.

La estabilidad del salón de belleza trajo nuevos aires de normalidad y la plena dedicación de Rosario a algo que no fuese su hijo, le hizo sentir al chaval un aguijonazo de responsabilidad inédito en su etapa preescolar. Se olvidó de sus hipocondrías ficticias tan rápido como vinieron, aunque siguió experimentando la inexistencia de sus síntomas como recurso nostálgico y aliciente privado, con la atención distraída de las habilidades innatas.

El colegio le enseñó a relacionarse con el aburrimiento y a ver con una condescendencia tierna la lentitud de sus compañeros. Le inmunizó aquel primer año contra el paso del tiempo en balde y aprendió a descansar en la conciencia del ritmo seco de los relojes. Cada clase era una cuenta atrás hasta la siguiente y las terminaciones nerviosas del trámite se le encallecieron en los pies de tanto pasear por el umbral de la espera.

Esperaba al recreo fundamentalmente, esperaba con ansiedad la hora del bocadillo; no porque hubiera descubierto a los otros sino porque los otros le habían descubierto a él. Desde hacía más de un año, David vivía un idilio de atención con algunos de sus compañeros de curso. Les hablaba de los países que había conocido y de los ciclos migratorios de su madre; mezclaba recuerdo y aprendizaje, porque durante sus cuarentenas innecesarias había leído todas las guías de viaje que encontrase por casa.

Las leyó porque eran los únicos libros que habían interesado a Rosario -y los únicos que estaba dispuesta a almacenar-, pero sus neuronas ávidas de información habían desembrollado la textura adusta de los datos para incorporarlos a su léxico excesivo y a la circunvalación esotérica de su memoria.

Para cuando empezó a incorporar las anécdotas impropias, a desmenuzar la frialdad de los números y a ridiculizar la terquedad de las distancias, David no pudo evitar el pálpito formalista de la narración y cuanto más repetía su historia más despuntaba la recreación sobre el recuento, más ajena se le hacía. Su vida se convirtió en un objeto extraño, en un árbol de Navidad del que colgar bolas plateadas; y la añadidura no

tenía tintes morales, porque en las ficciones la verdad era un suplemento grotesco.

Para calmar la intranquilidad de su nueva familia, el chaval explicó a Elena y a Daniel –a aquellas alturas ya habían entendido que el niño jugaba con ellos como jugaba con sus compañeros de clase- que él sabía diferenciar perfectamente entre realidad e ilusión y entendía los riesgos de mentir; pero no podía dejar de hacerlo, porque renunciar al adorno era propio de individuos grises. “Ya tendré tiempo de ser uno de esos cuando sea mayor”, soltó David en respuesta a la oposición frontal de la portuguesa. “De momento no sé a quién va a dañar la imaginación inocente de un niño de ocho años.”

Sus interlocutores aprendieron a asumir la fluidez del caudal y los recodos del cauce por lo que eran. Habían perdido la mueca de incredulidad para cuando el chaval recordó aquella vez en Colombia, cuando las FARC

les confundieron, a él y a su madre, con la familia de un tiburón del petróleo. Permanecieron en cautiverio durante cinco días hasta que alguien informó de que los verdaderos objetivos estaban veraneando en Nueva Guinea.

Cuando el papel brillante de las guías de viaje perdió la pátina química y las páginas empezaron a abrirse como las cerdas de los cepillos, la televisión se convirtió en su mejor fuente de información. Con Rosario entregada a la maquinilla y las tijeras, aquel enano amante de la ficción encontró en la infinitud de los canales por cable la más placentera de todas las idolatrías. A David le gustaba la dulce amoralidad del mando a distancia, que ofrecía indistintamente documentales históricos, partidos de fútbol y programas del corazón. Los ofrecía el aparato con el mismo amor, sin miedo a las garras democráticas de aquel señor del adorno. Y el chaval admitió toda la información sin clasificar como igualmente certera –o igualmente deformada-, entendiendo que los personajes de la pantalla jugaban a su mismo juego. Sin figuras parentales que acotasen los parabienes de lo bueno y los escarnios de lo malo, acabó tomando con la misma seriedad caídas de muros internacionales que asuntos de faldas y asimiló el verbo corrido y la entonación binaria de los telediarios a la vulgar dramatización de los realities.

Llegados a este punto del monólogo –verdades o mentiras aparte- sus interlocutores habían dejado de entender si David hablaba con intención o

no, si su narración era acrítica e inocente o se trataba en verdad de una crítica solapada, si quería llegar a algún sitio o si le bastaba marear al público con su perorata de doble fondo. Elena asumió que la ausencia de tamices y la falta de criterios no eran más que otro de sus trucos narrativos.

Si el niño hablaba de absorciones equivalentes era porque entendía que los extremos no se tocaban después de todo, lo que implicaba una mayor complejidad por su parte y, por lo tanto, desterraba del tapete lecturas lineales. Había entendido la fugada que si quería sacar conclusiones de aquel diálogo sordo tendría que moverse en múltiples dimensiones, maniobrar entre duda y fe sin prebendas devocionales. Y sobre todo, no pretender despejar todas las variables de una vez.

Tras horas de silencio, de dejar a la portuguesa salirse por la tangente en aras de la sinceridad y de verse a sí misma sobrepasada por la estructura de tela de araña de los recuerdos inventados y la memoria ecléctica de David, decidió cortar el hilo de la madeja e interrumpirlo para poner a prueba sus habilidades de charlatán.

-¿Lleva tu mamá muchos hombres a casa? –le preguntó Elena con aquel tono maquinal que dedicaba a los niños. Asumió por la forma y por el fondo que su sobrino padecía de falta de atención y dio por hecho que ningún crío de su edad se tomaría la molestia de escucharle durante más de cinco minutos. Sospechaba también que mientras no se rindiera al reconocimiento de su intelecto desproporcionado, el crío se vería vulnerable y podría mantener una sombra autoridad sobre él.

- A mi madre le gustan los hombres más que a mí confundir a la gente, señorita –de repente estaban otra vez en la cafetería de Alberto Aguilera donde lo conoció. Volvía a ser el enano inconformista, el contestatario, el renacuajo enfadado con el mundo. Elena había visto a aquellas alturas tres de los avatares de David, contando con el de hijo amoroso de foto de calendario y el de irreprimible embaucador.

El chaval recompuso el gesto, sonrió y volvió a la taimada sobriedad de la narración. “He visto tantos hombres pasar por casa”, dijo, “que para mí ya todos son el mismo.”

Conociendo a Rosario como la conocía, la fugada no dudó de la afirmación, pero para su descorazonamiento vio como la frase le valía al chaval para refugiarse otra vez en el orden de las sucesiones memorizadas,

armarse de bolas de Navidad y continuar con la decoración versallesca de su heterónimo.

Tal y como Elena lo había imaginado, la llegada de David tuvo efectos inmediatos en su relación con Daniel. Por primera vez desde que comenzaron a compartir cama, él rechazó su mordisqueo entre oreja y cuello aduciendo cansancio. La negativa de Fernando le hizo darse cuenta de su propio desgaste. De tanto hacer girar los platos magnéticos de su cerebro, un mordisco meningítico la mantuvo en vela. El sobreesfuerzo la despertaba más que la cafeína y la distancia entre un umbral de sueño y otro se medía en horas. Para cuando lo concilió, las cavernosidades del inconsciente se aparearon con los delicados cables de la banda ancha y Elena vio a Rosario caminar desnuda hacia la cama de un señor sin rostro.

Hablaba el hombre con un ritmo desordenado, como si acabase de desechar la ironía de sus registros y estuviese buscando una nueva tilde para el ritmo de sus frases. Era Ramón, feliz por tener de vuelta a la cazadora de sus fantasmas. Cuando los saltos estúpidos del deletreo visual de los sueños see acercaron a los planos cortos de una sosegada cópula, su mente organizadora decidió ponerle la cara de Daniel; sus rasgos exagerados, envejecidos y alterados por el paso de los años. Aquella noche, Ramón era un Fernando de cincuenta años liberado del miedo abstruso a Leo y de la alergia atroz a las mentes privilegiadas; entregado al reposo epitelial de los movimientos delicados de Ana –o Rosario- sobre su cuerpo de hombre maduro. Agradeció Elena, entre los reflejos oníricos de las vidas ajenas, que al despertar sería lunes y las horas de colegio desacelerarían la punzada firme de David. Temía que el chico la convirtiese en un personaje, aunque ya lo era para los cientos de personas.

A pesar de que la fugada se hubiese dejado llevar por un tímido deseo de licuefacción en los últimos tiempos, de diluirse en la especulación de las invenciones ajenas, expuesta en las galerías transparentes de Asmera, aquella intromisión era una de la que se tendría que defender. El chaval parecía saber cómo deconstruir el hermetismo de los hechos y cargarse de un golpe la estanqueidad de todas las sinceridades. No estaba dispuesta a dar la batalla por perdida. Después de descubrir la potencia indeleble de la verdad, no iba a permitir que un renacuajo la convirtiese en una ficción mediocre, como todas las ficciones.

Sólo al día siguiente entendió que David no era el único de los quebraderos de cabeza que la esperaban. Después de dejar al crío en el colegio y teclear la clave y el nombre de usuario de su cuenta de Asmera, las redes telúricas de los seres invisibles volvieron a envenenar su desayuno. Ramón, tras dos días de silencio, se felicitaba por la desaparición de Leo, que viviría de ahora en adelante con su abuela materna en las refrescantes altitudes del Penedés. Sólo había pasado un día desde que David llegase a su casa y Ramón ya estaba celebrando las consecuencias del exilio. Ana se negaba a verlo por el momento, rota por aquel segundo corte del cordón umbilical, asediada por la frescura del abandono, luchando contra sentimientos encontrados y sintiéndose vulnerable ante futuros arranques leoninos de su pareja. El cómico se encontraba mejor que nunca: no sólo había encontrado una hembra que disipaba los males crónicos de su corazón y le desperezaba las hormonas dormidas de adolescente con canas, sino que había conseguido llevarla a un frenesí tan visceral que estaba dispuesta a prescindir de su propio hijo para preservarlo.

Ramón sabía que las disposiciones para que Leo pasase un par de meses con su abuela materna eran provisionales; pero también sabía que la peor parte ya había pasado. En su blog escribió: “Lo peor ya ha pasado. Si he conseguido echar al crío, no dejaré que vuelva a entrar.” Si recientes entradas habían conmocionado a buena parte de los lectores, esta comparación acabó por escandalizar a los seres invisibles. Muchos de los comentarios que recibió le deseaban la muerte en el mejor de los casos, otros le auguraban peores torturas que las que él infligía; y desde ese día su página se convirtió en un espacio maldito. La organización censuró las opiniones vertidas y, de la noche a la mañana, la afluencia de visitantes se quintuplicó, situándole en cabeza en los contadores de Asmera durante semanas.

Ramón había reciclado todo el rencor de los años de solipsismo amargo para dispararlo en la dirección de un espejo cóncavo, modelándolo en una involución de espíritu. Se creía el rey de la selva, haciendo desaparecer las crías de los demás para imponer la supremacía de su código genético.

Y estaba en lo cierto. Si la madre había sido capaz de deshacerse de su hijo, ahora sólo tenía que esperar a que el tiempo cerrase las heridas de la placenta germinal que les unía. Sólo le quedaba amarla con la intensidad de

sus fiebres de fiera y esperar a la que la leona reconociese a su nueva familia y olvidase la anterior.

Con la simetría del círculo anudándosele al cuello y los fósforos de alerta roja parpadeándole en la córnea, la fugada cogió el móvil y llamó con las manos temblorosas a su hermana. Al borde de un ataque de ansiedad, el peso del teléfono se le hacía insoportable y el aparato se le iba y venía de la oreja a palmos. Cuando Rosario descolgó, Elena trató de no gritar cuando le pidió que le jurara que volvería a por David en menos de dos meses. “Pase lo que pase, Rosario, te quiero ver aquí en cincuenta días. Si no, tendrás que buscarle otra familia.” La actriz trató de calmarla y le dijo que, si no se veía capaz de manejar al niño, mandaría a alguien para hacerse cargo. No podría ir ella en persona, porque estaba llegando a París en aquel mismo momento, pero enviaría a algún amigo a recogerlo de la escuela si no se sentía con fuerzas.

A la fugada se le acostaron los pelos de los brazos y notó sendos goterones deslizándosele desde las sienes hasta el pecho a la velocidad a la que cae la lluvia. El sudor repentino le sobrevenía en ocasiones, cuando se liberaba de tensiones sostenidas o largas esperas. Entonces, Elena se dio cuenta de que estaba transpirando como una condenada y que el corazón le latía a la vez en cinco sitios distintos. Se le habían disparado las constantes, como le ocurría a David de sólo recordar sus tiernos años de elucubración y dolencias. Sólo el alivio de escuchar a su hermana al otro lado la devolvió a un estado en el que podía registrar las reacciones de su cuerpo. Con la vuelta a la regularidad de los latidos, le sobrevino un sofoco tibio, una resaca de ridiculez y vergüenza. La fugada se disculpó por lo intempestivo de la llamada y por haberla molestado ya al segundo día de tutela, no sin añadir: “Antes de nada, envíame una postal desde allí, que sabes que me hace ilusión.” Intentó discernir si el murmullo de gentío que le llegaba a través del móvil hablaba francés, pero acabó por desistir porque los ruidos no tenían acento. “¡No se te olvide la postal!”

Colgó sin escuchar la despedida de Rosario y se prohibió a sí misma volver a leer una palabra de aquel tramposo blog de cómico que le devolvía valores binarios, encantos cuánticos que la sacaban de sus casillas.

Tan convencida estaba de que todo era una argucia bipolar de su propia mente, que decidió dedicar el día, hasta que David y Daniel volviesen por la

tarde, a subir al servidor de Asmera todos sus miedos infundados para defenderse de ellos. En cuanto los visitantes se riesen de su imaginación infantil y sus esquizofrenias preescolares, ella empezaría a reírse con ellos, atacando las revueltas del mundo virtual con su propia medicina. Volvió así a la pasión primordial que le valió la entrada en aquella organización de sujetos invisibles. Habló de su hermana y su sobrino, de su repentina reaparición tras nueve años de ausencia después de que Ana acordase con Ramón una solución temporal a sus conflictos animales; habló también de la casualidad de pinball con la que la satisfacción patriarcal del cómico había coincidido con sus nuevas responsabilidades tutelares. Volvió a valerse del recurso pseudónimo por el que Daniel era Fernando. No debía permitirse rebajar la profundidad de los reflejos; no era bueno desnudarse tanto que cualquier persona pudiese reconocer en la intimidad de sus circunstancias la identidad opaca de la fugada. El recuento no sería más veraz con o sin la autoridad de los nombres, porque su sinceridad suicida estaba hecha de relaciones, no de valores nominales. Los nombres sólo pondrían en peligro todo lo que tenía y todo lo que amaba. Una vez más, bajo la deformación exponencial de la verdad sin firma y la narración sin justificante, Rosario no era Rosario.

Lo contó todo. Expuso su amago de crisis de pánico y reflexionó sobre las truculencias de la historia de Ramón. Insertó citas completas de las entradas del cómico y manchó el discurso con hipervínculos a párrafos enteros de sus insensateces. Probablemente fuese la insensibilidad manifiesta de aquella víctima de los psiquiatras la que había alterado en Elena la línea austera entre su vida y la de los demás. De todas formas, continuó, alguien tendría que cargar con Leo, y no sería Asmera quien lo hiciese –ni sus clientes sin rostro-, sino individuos de carne y hueso como ella. La fugada aborrecía la ambición quijotesca de Ramón por sellar las humedades de su envidia retráctil y maldecía la hora en que su orgullo de jungla había dado con Ana. Aunque desde la barrera de los últimos contactos Rosario parecía estar diciendo la verdad, podía haber sido ella la madre soltera contra las cuerdas. La plausibilidad de los exilios le aturdió el corazón, porque el sufrimiento continuaba ahí fuera, independiente al jaleo de las identidades; y el dolor sería el mismo si bien causado a distintas personas.

Elena acabó de perfilar aquella hoja de reclamaciones contra los activistas de lo inhumano y la convirtió con un golpe de ratón en la entrada del día. Antes de que nada ni nadie le hiciese perder el repentino sabor de boca que le había dejado la coherencia de sus palabras, se armó de la lógica impecable de su manifiesto para despegarse del ordenador y regresar al mundo.

La fugada cambió de tercio. En vez de pedir la comida por teléfono, se armó de libro de recetas y paciencia. Cocinar era uno de sus puntos débiles, pero después de tanto ejercitar la dualidad cuántica de su cerebro agradeció la precisión algorítmica de los pasos y la delegación de responsabilidad en la autora del volumen. Le alivió la cualidad de herramienta que le otorgaban las instrucciones. Elena era un compilador, convirtiendo definiciones de objetos y líneas de comando en programas funcionales. Cuando finiquitó los calamares en su tinta con arroz y terminó de aliñar un enorme cuenco de ensalada campera, Daniel y David entraron por la puerta. Su novio se había tomado la molestia de ir a recoger al niño, y con el delantal aún colgándole del cuello le embargó la sensación extraña de haberse convertido en su madre por unas horas.

Siguiendo sus propias prescripciones, la fugada dejó a David enfrentado a una columna de deuvedés y se llevó a Daniel al Parque del Retiro.

También había encendido los leds verdes del rooter wifi para que Internet hiciese los honores si al chico le aburrían las películas trasnochadas que le gustaban a ella. Pretendía con el paseo matar dos pájaros de un tiro: un poco de naturaleza urbana le devolvería la confianza en el suficiente recargamiento de la realidad inmediata y acolcharía el impacto de tutor primerizo que le había comido a Fernando el apetito sexual. Tenía el Retiro un valor simbólico tremebundo para la pareja porque fue ahí donde cristalizó el deseo con el que ahora se perseguían de una esquina a otra de la cama. Después de tres citas, cuando Elena ya había asumido que Daniel no se atrevería a perderle el respeto, fue ella quien aprovechó que estaban sentados sobre las geometrías volátiles del césped para recostarse sobre él.

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