Asmera

Rubes Keitel · Capítulo 3 de 4 · parte 2/3

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Asmera

Acostumbrada a vislumbrar mensajes de eternidad entre…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Decidida a cortar de raíz aquel delito sin artículo en el código penal, escribió un email de queja a quien quiera que estuviese detrás de la comunidad del exhibicionismo para denunciar sus franquezas arruinadas.

Le espetó a censurar las narraciones fraudulentas que, como sanguijuelas, vivían a costa de chupar la sangre a los demás. “Es por culpa de parásitos de este calibre que las conclusiones siempre se demoran y, cuando las alcanzamos, ni siquiera nos podemos fiar de ellas”, añadió Elena. Si desde Asmera pretendían inducir un corolario hecho de parches, o tabular las multilateralidades de Mark Zuckerbeg y el desafío Facebook en documentos de letra impresa, no era aquella la forma de hacerlo. Si fusilaban la honestidad dejando que unos escritores emulasen a otros o pariesen patrañas gemelas y chismes deformes, entonces ella no quería contribuir al sinsentido que fuese a salir de allí.

Con la amenaza de una nueva huida, la fugada envió el correo de reclamaciones sin saber cómo dirigirse al director, directora, cúpula u ordenador que fuese a recibirlo.

Quince segundos más tarde, el repique de las esterilizadas campanas del ordenador anunció la respuesta. El email, que sobrepasaba las mil palabras, ocupaba un folio y medio. Aunque se dirigía a ella y parecía hablar de su problema, le resultó sonoramente improbable que ningún ser humano pudiese leer, analizar y escribir a aquella velocidad. Supuso que por más que enviase quejas a la dirección de consulta, sólo recibiría variaciones de una carta modelo desde un ordenador de Asmera. En cierto modo, vio necesaria la informatización del proceso porque imaginaba el volumen de correspondencia directa y tangente que el servidor debía sufrir. Ella misma había dejado de atender su propio buzón aunque, al fin y al cabo, sólo era un personaje más dentro del maremágnum de conexiones telúricas y parentescos inopinados de la organización del desnudo y el tatuaje.

La fugada intuyó que era el momento de abandonar los trámites traslúcidos de Internet y volver a los rudimentos tradicionales: se plantaría ante el domicilio físico de la gerencia y pediría explicaciones.

Tras media hora de metro, llegó a los extremos íntimos y a los trasiegos públicos del centro de la capital. Recorrió las seguridades y los abismos concéntricos que la habían visto crecer sobre los adoquines de la gran ciudad -y no entre los frescores bucólicos de la sierra- para volver al portal físico donde habían comenzado sus paseos virtuales. Pulsó firmemente

sobre el botón colindante al rótulo en Times New Roman, y el telefonillo devolvió un zumbido de apertura de puerta. La fugada subió las escaleras de dos en dos y clavó los nudillos en la doble hoja de madera. Una chica rubia, con coleta y gafas negras de pasta la llevó hasta un despacho interior y la dejó esperando en la sala con un café de máquina. Además del escritorio de rigor, las sillas giratorias con reposabrazos y el ordenador de sobremesa, la habitación contenía cuatro vitrinas. Los prismas de cristal eran ligeramente más voluminosos que Elena y exhibían una selección de collares, esclavas y anillos rematados con un gusto exquisito. Incluso ella, que nunca había tenido ningún interés en los metales preciosos ni en las redes cristalinas de los diamantes, sintió la necesidad de rodearse el cuello con los quilates de las cadenas; pero se cuidó de no moverse del asiento hasta que alguien la atendiese. Nunca había visto el símbolo oficial de la página, pero según los posters que completaban el diseño sin diseño del cuarto, el logo redundaba en la orfebrería temática del resto de la oficina. La primera A – única mayúscula- era un broche invertido, al que por la perspectiva de la foto, le sobresalían las patillas del imperdible. La S y la M estaban compuestas por sendas cadenas de oro y plata de ley, formando una línea doble con la longitud de los eslabones. La R era la menos identificable: insinuada por un pendiente de perfil, en la que muesca, alfiler y pinza representaban el rabo.

Un reloj de lujo se ahorquillaba para sugerir una E y una alianza con diamante dibujaba la última A del emblema.

Para cuando un señor de camisa rosa y corbata azul hizo su entrada en aquel pastiche de alhajas, la fugada había empezado a sentir los tambores premonitorios de la realidad virtual. El hombre soltó una sonrisa de libro en dirección a Elena y dos catálogos envueltos en piel sobre la mesa. Las baquetas esotéricas se le subieron a las amígdalas y trató de no levantar la voz sin mucho éxito:

-Pero ustedes… ¿ustedes a qué se dedican en realidad?

-¿A qué se refiere, señorita? Nosotros somos joyeros desde 1985. Ni trampa, ni cartón. Que le gusta, se lo lleva. Que no le gusta, déjenoslo un par de días que ya verá cómo lo vendemos igualmente –respondió sin que le temblase el pasador de la corbata.

Cuando la fugada trató de hacerle entender que alguien ahí fuera estaba usando la dirección de su domicilio con intenciones fraudulentas, el hombre imitó la mueca con la que había entrado en la habitación y sugirió traerle un

café. Elena aceptó otro vaso de agua y cuando el vendedor lo depositó sobre su lado de la mesa, añadió:

-Creo que sé a lo que se refiere. ¿Es por lo de la página de Internet? Ya han venido otras dos personas antes que usted preguntando por ese tema.

Parece ser que todo se debió a un error humano. Desde la organización nos explicaron que al diseñar la versión española de su portal, rastrearon en Google y en las bases de datos tradicionales si algún comercio compartía nombre con su comunidad. Cuando sólo nosotros aparecimos en el horizonte, decidieron mantener nuestros datos para dejar en manos de los abogados la investigación de posibles conflictos legales. Aparentemente, cuando meses más tarde abordaron la construcción de la página, alguien confundió su propia dirección con la nuestra. Un fallo lo tiene cualquiera; así que cuando borraron los datos de la página, nosotros olvidamos el asunto. Tampoco es cuestión de ir demandando a todo el mundo, señorita.

Estaba claro que el individuo de la camisa rosa no se había desnudado públicamente para los visitantes de Asmera, y que las delimitadas fronteras de su mundo real no le permitirían sobresaltos neuróticos ante la amenaza de seres invisibles.

-Usted no sabe de lo que esa gente es capaz. Cogen las historias de la gente y las alteran, las invierten, las falsifican –la fugada no supo cómo impedir que su acusación resultase risible-. ¡Y eso no es lo peor! Lo peor es que confunden a la gente. Métase usted ahí, y le aseguro que en dos días ha perdido la cabeza,

-Señorita, no soy quién para decirle nada. Nosotros teníamos un problema con ellos y lo conseguimos resolver. En lo que a mí concierne, el asunto está olvidado. Pero si tanto le trastorna entrar en ese portal, no se meta. No se meta, señorita.

- ¿Pero no se da cuenta de que esos individuos están usando el nombre de su empresa para desquiciar a gente bienintencionada? –insistió Elena, incapaz de explicar las tortuosas revueltas de Asmera sin destaparse de nuevo ante aquel hombre.

- ¿Cómo se llama usted, señorita?- preguntó el vendedor.

-Elena. Me llamo Elena.

- De acuerdo, señorita. ¿Está usted al corriente de lo que hacen todas las Elenas del mundo? No, ¿verdad? ¿Qué haría si una de ellas fuese una convicta de la justicia? ¿O una traficante de droga? ¿La demandaría usted

por daños y perjuicios? Asmera es sólo un nombre. De hecho es más que eso; es la capital de Eritrea. No vamos a ir por ahí, metiéndonos en lodos judiciales por asuntos nominales. Especialmente cuando ni siquiera lo hemos inventado nosotros.

La fugada trató de argüir nuevas desventajas para el individuo de la camisa rosa y su pasador, pero se quedó a media voz tratando de encontrar implicaciones penales en las convexidades de la comunidad del espejismo.

-…pero si lo que quiere es olvidarse de alguna decepción, nos ha llegado una colección de brillantes de Panamá que quita las penas sólo verlas.

De tanto dudar de sus propias convicciones, la fugada había desarrollado una nueva angustia, distinta a todas las que había experimentado antes. Cada vez que le llegaban las fiebres visionarias o sentía el cerco de los seres invisibles estrecharse a su alrededor, el descubrimiento le producía una decepción orgánica de válvulas corporales comprimiéndose y ensanchándose a la vez, como en un equilibrio de vasos comunicantes. El ardor de las convicciones quemaba igual los mecanismos de la fe y los de la duda. Para acabar de arruinar el día, las pantallas de plasma de los vagones de metro le clavaron mil dagas cuánticas a través de un anuncio contra las drogas: “No las consumas. Prodúcelas. Las tienes en tu cerebro.”

Hasta la televisión del transporte público le deletreaba su situación. Por mucho que pensase, no conocía a nadie a quien pudiese confiar sus principios de incertidumbre sin que se burlase de ella. Y mientras tanto, la luz de gas en el piso de arriba seguía desestructurando el orden de las cosas; seguía, en fin, traumatizando la geopolítica de las comunidades primas sobre las originales.

Cuando aquella noche, Daniel –o Fernando- inició con sus manos el braille familiar de los deseos sexuales, Elena cruzó los brazos sobre sus pechos en señal de rechazo. Temió reconocer su negativa como un pánico sobrenatural a las leyes de Asmera, y trató de atribuirla mentalmente al cansancio. Sin embargo, sabía de antemano que era la presencia de Clara y su presunta vinculación corresponsal a las geometrías de la comunidad lo que la impedía consumar familiaridades con su novio. No iba a permitir que

la frecuencia de sus gemidos o la duración de sus actos íntimos pasasen a formar parte del perverso histograma de la organización.

Daniel empezó a llegar tarde al trabajo, porque Elena aprovechaba los madrugones lectivos de su sobrina para hacer el amor. Fernando -como de costumbre- no acababa de entender la nueva manía de la chica por aparearse a toda prisa por las mañanas, como si fueran una pareja de mirlos.

Por más que intentaba comprender cuáles eran las desventajas de la noche y las intimidades serenas, no podía imaginar razón alguna por la que su novia hubiese pasado de los amores perros a los amores pájaros. De todas formas, a pesar de la rapidez del proceso, la ejecución de los coitos plumíferos estaba rodeada de ansiedades -como si la fugada ignorase cuándo volverían a ocurrir- y Daniel apreció los engranajes del cambio.

Los visos de contingencia reinventaron la sintaxis de sus encuentros hasta que, después de una semana de rituales avícolas, Fernando recibió un aviso de los directores de sus oficina. Entre la preocupación por los rechazos nocturnos y los despertares de colibrí, las paredes del sueño se le fueron cerrando por la noche y abriendo por el día. Las pasiones breves le quitaban una hora de descanso por las mañanas –siempre le había costado despertarse-, y el agotamiento venía a cobrar el impuesto en horas de trabajo.

Por miedo a perder otro sueldo para financiar el corral, Daniel suplicó a la fugada que dejara de despertarle a horas intempestivas y que, simplemente, recuperase la conveniencia adulta de las parejas que comparten piso. “Cariño, si tenemos las veinticuatro horas para hacerlo,

¿por qué hay que despertarse a las seis y media de la mañana?” Elena no iba a ser la loca de la joyería en su propia casa; así que en vez de confesarle sus recelos pseudónimos y culpar a Clara de sus deseos extemporáneos, trató de camelarlo con clichés sobre la rutina y los beneficios de evitarla.

La agresividad de la fugada dio resultado en tiempo record: Fernando concedió sacrificar su hora del almuerzo para volver a toda prisa a las maniobras de los amores pájaros y a los apretujones irregulares del apresuramiento. En las caminatas de paso ágil desde y hacia la oficina, engullía sándwiches en dos bocados –como si confiase en la regurgitación de la especie- y bebía tres vasos de agua según llegaba al trabajo para compensar los sudores de las carreras.

No pasó mucho tiempo hasta que ambos asumieron la insostenibilidad de la marcha atlética. Sin embargo, el miedo a perder ocasiones de devoción conyugal llevó a la fugada a presentarse de improviso en la oficina y a requerirlo en la hora de descanso. A plena luz del día, era difícil encontrar un palomar disponible para la intimidad de los pichones. El mito de los lavabos públicos se le antojaba repugnante: no veía cómo nadie podía concentrar sus energías en la carne propia y ajena mientras otros vaciaban vejigas en los cubículos vecinos. Pensó en las profundidades de los garajes urbanos y las plantas sin ocupar, en las salas vacías de los cines y en las azoteas de los edificios.

La idea de las alturas de los tejados le pareció factible, porque Daniel trabajaba en una de las torres más altas de Madrid, y el riesgo de ser vistos desde otro inmueble era nulo.

Fernando, presionado por las promesas eróticas y las voces de mando de la fugada, se hizo con las llaves de la cubierta y estudió la rota de mantenimiento de chimeneas y extractores. De martes a viernes, Elena esperaba a su novio sentada sobre los peldaños de la escalera de emergencias para tomar el ascensor hasta la penúltima planta; y desde allí subir a pie el último piso y los escalones de la entradilla al tejado.

Contra todo pronóstico, se sintió más protegida agazapada entre tuberías y maquinaria de azoteas que en la oscuridad de su propio dormitorio. La inevitabilidad del cielo sobre sus cuerpos expuestos más soportable que las sombras ambivalentes de los chaflanes del cuarto de vivir. Daniel mostraba sus reparos; trataba de proceder desprendiéndose de la menor ropa posible.

Elena, sin embargo, adalid y víctima del exhibicionismo rampante de la memoria y sus sobrenombres –de la piel de los recuerdos y sus tatuajes-, experimentó la exposición como de segundo orden. Si algo le preocupaba en medio de la expiación de sus amores perros –o pájaros- eran los riesgos que Fernando había consentido; pero nunca su propia vergüenza.

Las escapadas a la planta cincuenta y dos del edificio de oficinas anudaron torniquetes sobre las heridas invisibles y las fluctuaciones metafóricas del blog de Rosario. La pertenencia a una desnudez recíproca, a la luz del día, no resultaba tan excitante como la exhibición pública y masiva; pero sí más sana e inocua. Aunque los tejemanejes de la comunidad habían sobrepasado los márgenes de la duda cuántica y era obvio que alguien o algo estaba relatando su pasado en clave de fábula, el aire fresco

de los tejados y las bocanadas tibias de los extractores rebajaron las asperezas virtuales. Durante un tiempo, apostada entre la fisicidad del mundo de las cubiertas y la obviedad de los desechos orgánicos, prescindió de los temores pseudónimos y se convenció a sí misma de que no había situación que no pudiese controlar.

Rosario siguió trabajando como si la muerte de su abuela no hubiese cambiado las condiciones del contrato. La fugitiva, que se gastó un tercio de los beneficios feriales en ponerla bajo tierra, dispuso que la lápida fuese de mármol blanco, para que se distinguiese entre la piedra plúmbea del camposanto. Si se había muerto de satisfacción, no había razón para que ella la sometiese a la democracia gris de los cadáveres. En vez de ponerle una cruz en la cabecera de la tumba, dio una doble capa de barniz a la silla en la que empezó a agonizar de satisfacción y la hincó a los pies del enterramiento.

Después de dar descanso a la matriarca – y animada por el éxito de su mercado mobiliario-, dejó de trabajar por cuenta ajena y trató de rentabilizar sus instintos comerciales. La fugitiva se encerró a hacer números durante dos días y dos noches. Para cuando salió, lo hizo con la misma mirada de arrojo que precedió la reforma del caserón y acabó con la venta de todos los vestigios víricos de la saga. Se las arregló para alquilar por horas la furgoneta de una vecina –que la recordaba de la Primera Feria del Mueble Antiguo de la Sierra- y compró diez licuadoras a batería.

Rosario resolvió probar su idea en el mercadillo más cercano, al otro lado de la montaña que les separaba de Cercedilla.

Llegó tarde deliberadamente, después de pagar el impuesto de venta ambulante, y aparcó a la espalda de uno de los pocos huecos que quedaban libres. Para cuando Rosario se hizo dueña del espacio y comenzó a montar un tenderete mínimo, los propietarios de los otros puestos –que ya llevaban una hora de ventas, le dedicaron miradas recelosas desde el interior de sus toldillos rudimentarios. Inmune a los cuchicheos desaprobatorios, empalmó largueros y travesaños de hierro oxidado hasta armar la estructura mínima del stand. Después de arriostrar las aristas del prisma con varillas diagonales en los laterales, levantó con fuerza de brazos el tablón –de tres metros de largo por uno de ancho- y lo posó en un solo intento sobre las muescas que le salían al mecano a noventa centímetros del suelo. Para

completar el levantamiento, extendió una tela de patrón grueso a forma de cubierta y la ató con nudos improvisados a las riostras laterales. Después de colocar cuatro de las diez exprimidoras y varias pilas de vasos de medio litro sobre el mínimo mostrador, sacó una manguera de jardín del vehículo y la atornilló a un punto de agua creado para los efectos.

Rosario se había propuesto vender zumos instantáneos y la mayor ventaja de hacerlo en un mercadillo era que ni siquiera tenía que preocuparse por el transporte de las materias primas. Negoció el precio de frutas y verduras a la sombra de los tenduchos colindantes hasta conseguir una rebaja suficiente. A continuación, la fugitiva escribió en su pizarra portátil una relación rápida de productos y precios que fijó en un caballete exento a tres pasos de su quiosco. Si sus cálculos eran correctos, las baterías de las licuadoras producirían una media de cuarenta zumos por máquina, por lo que predijo que los límites serían primordialmente de mano de obra y de clientela.

Rosario pelaba y deshuesaba la fruta a toda velocidad, añadiendo valor a los productos en directo y ante la atenta mirada de los consumidores.

Después de volcar el brebaje final sobre los vasos de plástico y sellar in situ con pegatinas el producto recién exprimido, limpiaba los restos y excedentes con la manguera de jardín.

La fugitiva, que aún no llevaba en la sangre la necesidad desproporcionada por escapar, leía la lógica mercadotécnica como si la llevase escrita en las lentillas. Vendió a tal escala que, antes de acabar la mañana, se agotó su remesa conservadora y tuvo que ir a regatear más fruta bajo los toldos vecinos. Habituada a enfrentarse con la cara amarga del sino genético, encontró en el tesón verdulero de sus gritos y en el tintineo sin melancolía de las monedas un caricia profunda, un lametón de amante.

Las dotes empresariales de Rosario -que sacaron en un solo día cincuenta mil pesetas limpias de las licuadoras a batería-, sumieron a las hermanas en una prosperidad que se convirtió en su ruina. Un año más tarde, la empresa murió de éxito y, en última instancia, el corte final condenó a la fugitiva a sufrir la confusión crónica de las trashumancias.

Mientras ella se dedicaba a ir de pueblo en pueblo con su furgoneta alquilada y sus zumos instantáneos, Elena comenzó a ir al mejor colegio de la sierra. La enseñanza era trilingüe y las actividades curriculares permitían a los niños permanecer en el colegio las veinticuatro horas del día en caso

de necesidad. La fugada, acorazada contra idiomas que no fuesen el suyo, sólo absorbía un tercio de la información; por lo que nunca pasó de cuatro sobre diez en los exámenes. Subyugada a la mediocridad lectiva, concentró sus esfuerzos en las clases de la tarde –sin influencia para la media anual- y reveló interés por la hípica y el ajedrez.

La chica trotaba sobre los ponis como si las patas del animal fuesen una extensión de sus propias extremidades, y en cuestión de una semana los instructores la abandonaron al albedrío de sus piernas minúsculas. Imitando a los mayores, que practicaban salto sobre caballos que la doblaban en dimensiones, conseguía que la joven yegua se levantase sobre sus herrajes traseros y diese pequeños brincos. Sin embargo, el control mínimo que le ofrecían sus brazos de cría impúber hicieron que las posibilidades se le agotasen casi antes de empezar. Frustrada por las limitaciones de la edad y la incapacidad de sus músculos, se concentró en la matemática ajedrecística por no imponer a priori requisitos físicos de adulto. Cuando aún no había aprendido los principios básicos del juego, una compañera le destrozó la limpieza de la enseñanza escolástica cuando le mostró la simplicidad dolorosa del jaque pastor. Elena sobreseyó la importancia de las aperturas y la semántica de los peones, obsesionada con la efectividad prodigiosa de los cuatro movimientos. Cuando la insistencia compulsiva hizo que sus compañeros desarrollasen armas suficientes en contra de los ataques diagonales, la fugada complicó los resortes de su estrategia componiendo argucias de diez movimientos que acababan con la misma espada regicida.

Mientras sus compañeros asimilaban la importancia de dominar el centro del tablero y memorizaban los veinte primeros movimientos en fórmulas estancas, la chica se obcecó con las variaciones rizomáticas de la estratagema pastoril. Estudió como alargar la dominancia de la salida más allá de los enroques y el oportunismo de los peones contrarios, envanecida por la inoperancia ajena ante su malformación autodidacta, y sostuvo un dominio engañoso sobre el resto de la clase. Meses más tarde, una conspiración misteriosa que llegó de la noche a la mañana hizo que todos los estudiantes de método la pasasen por encima sin la menor conmiseración. En cuanto que los alumnos aprendieron a prever todas y cada una de las variaciones de araña de la fugada, el reinado de las telas cayó por su propio peso y un nuevo mandato de precisión sin líder claro se extendió por los pupitres del aula. Elena, enfrentada a un nuevo orden en el

que sus ataques se habían vuelto inofensivos, trató de defenderse sin éxito de la rebelión insecticida. La habilidad de sus compañeros, que intercambiaban piezas por territorio en lugar de hacerlo por el placer de retirar caballos y alfiles de la mesa, dejaba las partidas sujetas a la suerte de los peones –con lo que todo se decidía a pasos cortos. El enfrentamiento de las artillerías decadentes convertía el ajedrez en un juego de damas que sólo podían mover hacia adelante, y el tedio de los avances obligaba a los jugadores a ver el final con adelanto y ofrecer tablas o conceder victorias según el caso. La fugada anduvo perdida entre los nuevos axiomas hasta que llegaron a la clase los temporizadores. Se dispusieron quince minutos de partida por jugador y Elena, que había abandonado definitivamente sus ataques de araña, se dedicó a mover tan rápido como le permitían las manos cometiendo el menor número de errores posible. Con el aula forzada a llegar al final pausado de las piezas menores y a confiar la victoria a la metamorfosis de los peones, la chica recuperó puestos en la escala de la gloria perdida a base de comerse el tiempo en vez de las piezas ajenas. Los otros la cogieron tirria, porque no encontraban interés en la impersonalidad de jugar contra los relojes, y desarrollaron una cierta animadversión contra las filosofías indirectas y la prestidigitación pragmática de la fugada.

Como todos los recursos arácnidos, aquel fue perdiendo eficacia conforme sus compañeros aprendieron a rematar las partidas y completaron la memorización de las aperturas con la de los desenlaces.

Precisamente en los albores de su segunda caída en picado, Rosario cometió el primer y último error de su empresa de néctares inmediatos al comprar en un descuido una partida de fruta en mal estado. No se dio cuenta de la putrefacción interna de las piezas porque la descomposición había despuntado en el corazón y había avanzado de dentro hacia fuera. La solicitación local había hecho que dejase de despepitarlas y se acostumbrase a lanzarlas sin piel a la arbitrariedad de las licuadoras, donde la efervescencia grumosa del jugo no fue bastante para alertar a la fugitiva.

Las reacciones digestivas no llegarían hasta la tarde, pero las bacterias desconocidas que habían parasitado las manzanas se agarraron a las paredes de estómagos e intestinos. Cada cual sintió el impulso de evacuar el tubo digestivo en función de la cercanía a sus extremos, pero a todos les dejó un hálito de fermentación densa que sobrevivió a la gastroenteritis.

Las denuncias no se hicieron esperar y la multa se llevó de un tirón las ganancias de un mes. Sin embargo, a veinte días de cumplir los dieciocho años, lo último que preocupó a Rosario fue el impacto económico de la sanción. Con la policía merodeando por la casa, a la fugitiva le empezaron a llover preguntas sobre la tutoría de Elena y la ausencia de adultos responsables que velaran la soledad de las hermanas. Aunque trató de probar la liquidez de sus arcas para eludir la intermediación de los organismos del menor, las facturas del colegio de pago no solucionaron nada y las autoridades les obligaron a replegarse bajo el techo de un familiar adulto.

Fue entonces, enfrentada a la pérdida de la custodia y a la inevitabilidad de los calendarios, cuando la fugitiva llamó a su tía materna. La señora, que había quedado viuda poco antes de que las hermanas perdiesen a sus padres, se había negado entonces a hacerse cargo de ellas alegando insolvencia. Al escuchar tres años más tarde la voz de su sobrina, le pudo el temor de que las chicas apareciesen de nuevo para destruir su intimidad electrodoméstica y colgó el teléfono por miedo a que se interpusiesen entre ella y la realidad mágica que se escapaba de todos los artilugios.

Carmela era muy suya, y Rosario tuvo que aporrear la puerta de la casa para que abriera. La fugitiva trató de calmar el disgusto de la joven anciana y la puso a respirar profundamente para dominar el ataque de angustia.

Mientras la mujer inflaba y desinflaba el pecho con dos inspiraciones por cada expiración, la fugitiva le explicó las condiciones del trato –porque había venido a hacerle una oferta, no a que se hiciese cargo de nadie. Sólo le quedaban dos semanas para alcanzar la mayoría de edad; y ése era todo el tiempo que necesitaba quedarse allí con su hermana para que no se la llevasen los de protección del menor. A cambio, ella correría con los gastos de la casa hasta su cumpleaños y, al final de la quincena, le dejaría una bonificación de cien mil pesetas para que contratase televisión por satélite vitalicia o fuese a ver a un psiquiatra.

Carmela resolvió albergarlas cuando oír los valses de la caja registradora le calmó la hipertensión de golpe. Hacía tiempo que quería regalarse un ordenador, porque los canales de la parabólica la habían defraudado desproporcionadamente; y tener a las chicas en su casa sería como recibir dos mensualidades de su pensión a cambio de dejarse invadir unos días.

Antes de que Rosario y Elena dejasen sus cosas en las habitaciones que fueron de sus primos, la mujer las aleccionó en el cuidado electrodoméstico y en el arte de convivir con la consciencia de las máquinas sin interferir en su mundo de voltios. Era conveniente no usar más de un aparato al mismo tiempo, a no ser que fuese radicalmente necesario, y les recomendó limpiarlos con discreción –para no herir su orgullo de artilugio autosuficiente.

Rosario se resignó a compartir techo con aquel esperpento que purgaba los radiadores dos veces al día para oxigenarlos; y se fabricó un calendario de catorce días con la intención de ir tachando los números a medida que viera la luz al final del túnel.

Elena, a quien las partidas de ajedrez le habían hecho ver cosas que no se podían explicar con palabras, trató de convencer a su hermana para que se enfrentase a la senilidad doméstica de Carmela con curiosidad científica y abandonase la desidia de los días perdidos. La fugitiva arguyó que la única razón por la que ahora disfrutaban de la sublimación de los frigoríficos radicaba en la promesa de las cien mil pesetas y concluyó que en las transacciones económicas no había sitio para la empatía. Reafirmada en sus convicciones y visiblemente alterada por la deslealtad tiralevitas de la niña, marcó con palotes las horas alrededor de los días en su almanaque.

Estaba convencida de que nadie antes había sentido con tanta urgencia la necesidad de hacerse mayor, aunque su caso sólo necesitase el respaldo de las efemérides.

Ella que había hecho y deshecho en la casa de la sierra; ella que había asistido a su abuela en vida y había organizado la celebración del luto por su muerte; ella, que había sido directora y empleada de su propia empresa ambulante de néctares instantáneos, tenía que soportar que una anciana neurótica la obligase a abrir el ojo de buey de la lavadora con delicadeza de violinista.

A pesar de haber interpuesto líneas telefónicas y puertas cerradas a la aparición de las hermanas, Carmela no pudo evitar establecer normas cuasi-parentales que regulasen la estancia de las chicas bajo su techo. Lloviera o hiciese sol, dejarían los zapatos en la entrada. No podrían estar en la calle pasadas las nueve de la tarde, porque ahí fuera reinaba el imperio de los sentidos. Las paredes debían estar limpias y, en consecuencia, Rosario tuvo que guardar la ilustración de su cuenta atrás bajo la almohada. La televisión

debía permanecer siempre encendida -sintonizada en una de las tres emisiones que se reciclaban cada cuarenta y ocho horas- porque, aunque había dejado de creer en el tiempo inamovible de los satélites, le confortaba refrescar la tradición litúrgica.

Como la tía sufría de sueño ligero y no quería escuchar a sus sobrinas correteando por la casa, les compró dos bacinas para que no tuviesen que salir de su cuarto a media noche. Acuclillada sobre la cuña, la fugitiva padecía las iras de la estupidez, que eran más impredecibles que las del rencor. Concentrada en la tachadura de los palotes, la impotencia alargó las horas de la tortura. Cada mañana, cuando vaciaba el orinal, la mente le proveía de silogismos sin sentido por los que cuantos más días pasaban, más tiempo de purga le esperaba; y así no había eternidades más largas que sus dos semanas en cautividad.

Sin un programa de festejos, la fugitiva se perdió entre las manías de Carmela. Mientras ella prefería mantenerse al margen de la rotación de los aparatos –ningún electrodoméstico podía permanecer más de veinticuatro horas conectado al mismo enchufe-, Elena disfrutaba como la enana que era con el ocultismo de andar por casa de su tía. Quizás fuese el reflejo arácnido de su cerrazón ajedrecística, pero el rizoma esotérico que daba vida a las máquinas le entró a la niña en el cerebro para quedarse. No la culpaba. Hasta ella pensaba al verter su orín en el retrete que el tiempo se había coagulado de veras entre las tuberías, o que lo retenían los cables con su nomadismo reglado. Rosario asumió que, por culpa de su entrega a los néctares instantáneos, su hermana había crecido a golpe de clases extraescolares y ahora era una extraña. Se la veía despierta, pero con ocho años no había quien tuviese personalidad; y eso era lo que la preocupaba.

La niña asimiló la alineación de los programas de televisión como si fuera una réplica de la de los planetas; y para entusiasmo de Carmela, complicó la confabulación de los canales con una secuencia misteriosa que regía la frecuencia de los anuncios en todas las señales del UHF.

Aunque la mujer había perdido la fe en los píxeles y estaba a la espera de una nueva revelación, inició a la chica en los ritos del visionado porque creyó beneficiosos los efectos –como los agnósticos que mandan a sus hijos a colegios católicos.

Asustada por el mentalismo de alcoba que unía a tía y sobrina, la fugitiva perdió el control y terminó por gritarle histérica a su hermana que

dejase de decir sandeces.

La niña rompió a llorar, más recelosa de la cordura violenta de Rosario que da la vesania amable de Carmela. Turbada por la reacción de Elena, su hermana se dirigió hacia ella y le susurró:

-No llores; no seas tonta. Acuérdate de la casa de la sierra y de que en cinco días estamos allí, ¿eh? La tía no está bien de la cabeza, Ele, porque lleva mucho tiempo sola. Tú síguele la corriente, pero no te creas nada.

Si bien a la cría le sosegó que le retirara el pelo de la cara para fijárselo detrás de la oreja, lo hizo buscando la mirada aprobatoria de la anciana desequilibrada. Era evidente que la ingenuidad de la chica no veía daño moral alguno en justificar la voluntad de los dispositivos -si iba a guiarse por las convicciones de otros prefería que eclosionasen sobre objetos que pudiera ver y tocar.

Con el aprecio díscolo de la niña bandeando de tía a hermana y sin los diques laborales para protegerla de las crecidas de la culpa, Rosario regresó al día infausto que obligase a su madre a rastrear prostíbulo a prostíbulo toda la Comunidad de Madrid. En las escaleras de caracol de las tragedias, todo movimiento posterior podía examinarse bajo el tamiz de las equivocaciones históricas; y sentada de nuevo sobre el orinal de su cuarto, los interruptores de las reacciones en cadena cayeron sobre la fugitiva como lo hicieron el día del accidente, cuando la llevaron a reconocer los cadáveres. En su mente de adolescente precoz y -años más tarde- en la de adulta sin mayoría de edad, la perfidia de saga que había perseguido diez generaciones de mujeres no tenía sino una leve influencia sobre su destino.

Y ella sola, con la sugerencia machista de que su padre era una bestia de campo porque no le daban suficiente pienso en el establo, había mandado a su madre a morir de fatiga crónica y de cansancio tras las cincuenta horas de búsqueda.

Si juzgaba sus intentos por preterir los metales derretidos y el retorcimiento del plástico bajo el foco del presente, las iniciativas empresariales no habían sino retardado las consecuencias de su error.

Distraer al tiempo era todo lo que podría hacer y ni de los calendarios de palotes podría tachar el hecho de que era una madre soltera virgen sin control sobre su hija. Durante años, empeñada en salvaguardar a Elena de su propia miseria, ni siquiera se había preguntado si de verdad quería perder la juventud criando a su hermana. Aún hincada en la cuña, le embargó la

clarividencia de estar partiéndose el espinazo por alguien que bien podría fundar una secta electrodoméstica; o convertirse en la previsible fugada de sus cultos de infancia. Si bien el pensamiento era improcedente y no cabían reproches contra el atolondramiento volitivo de los niños, consideró la disonancia como un aviso del inconsciente y marcó a lápiz, sobre el día y la hora de aquel momento, el concepto emergente de la huida.

Aunque los relojes parecían avanzar en los dos sentidos y en las tres dimensiones del espacio, llegó por fin el aniversario natalicio que la libraría de la disciplina de bacín y el determinismo de los aparatos. Invirtiendo la ecuación de los cumpleaños, Rosario sacó el fajo de billetes de su monedero y los contó por cuarta vez: cien mil pesetas. Todo lo que tenía que hacer era salir de su cuarto y fingir que no habría cambiado el goteo de los palotes por un crucero por el Nilo.

Sería como un día de ventas; pero más fácil, porque sólo era cuestión de persuadir a una mujer senil y a una niña de que el campamento se había acabado.

-¡Felicidades, Rosario! -Carmela trataba de encender las dieciocho velas justo cuando la fugitiva apareció por la puerta. Tía y hermana la estaban esperando en el comedor con una tarta de chocolate.

La base de bizcocho, de espesor poroso e irregular, confería al dulce una apariencia de magma sobre placas tectónicas. En medio del cacao plutónico y los grumos intrusivos, la erupción había dispuesto un monte Calvario de banderillas iluminadas que aguardaban el soplido final.

Acostumbrada a la tenacidad trágica que la perseguía, la fugitiva sabía ya que incluso las torturas pulsaban martinetes nostálgicos. Así que cuando intuyó una leve melancolía corriéndole por las venas, no le dio la menor importancia. Simplemente afrontó las exigencias rituales con su sonrisa de vendedora ambulante y dejó la gratificación en la mesa donde su tía pudiera verla.

-Vamos, Ele. ¿Has hecho ya la maleta? La sierra nos está esperando.

La cría se calló; pero no con un silencio transigente, sino con el de los borricos. La reacción que había temido desde que Elena adoptase el estrabismo tecnológico le colmató el cristalino a la niña con una sobredosis de albúmina. Con las persianas bajadas, la niebla de las cataratas se apoderó de ella y soltó desafiante:

-Yo de aquí no me muevo. Vete tú si quieres.

La óptica desagradecida de su hermana le hizo maldecir la hora en la que pusiera pie en la casa y todas las que vio pasar en su cuenta atrás ilustrada. Apartada del enfrentamiento primordial, Carmela sonreía desde bambalinas con distanciamiento de gurú. Espoleada por la doble piel de los odios y los afectos, Rosario amenazó a su hermana con irse. Irse para siempre.

Elena miró a su tía con un aluvión de dependencia en los ojos. Las órdenes aturulladas de Carmela y sus juegos de esquizofrénica le habían satisfecho el deseo infantil por los corsés; como si prefiriese una madre loca a una madre ausente.

La fugitiva desaguó las presas de la culpa; y el presagio de la huida, que había permanecido como un concepto en el pliego de las horas, inició una revuelta occipital a la que pronto se adscribió el resto del cerebro. La impresión de que su hermana pequeña no sabía cómo quitársela de encima destrozó de un martillazo el circuito de las buenas intenciones: no se había deslomado durante tres años para que se lo agradeciesen con una ceguera ocultista de tubo catódico.

Desprovista de la responsabilidad tutelar de la criatura y fascinada por la ligereza del yugo de las obligaciones, miró en derredor en busca de una cabeza de turco contra la que personalizar sus últimas desdichas. Ante la falta de opciones, resolvió que su primera decisión como adulta sería culpar a una chalada antes que a una niña; la segunda fue volver a su habitación y armarse con el orinal de la discordia. Carmela, que había leído el proceso mental de Rosario como si fuese el de una máquina, ni si quiera trató de impedir el lanzamiento y se conformó con cerrar boca y ojos ante la avalancha de nocturnidades que se le venía encima.

-Y tú, cuando te canses, ya sabes dónde estoy –dijo dirigiéndose a la niña-. Ahí dejo el dinero. Si necesitas más, me llamas.

Ni que decir tiene que Rosario no se libró de los yerros propios ni de los pecados familiares: sólo cambió el software que los administraba. Si acaso, tendría que añadir sus dos primeras decisiones adultas a los fantasmas de su infancia; y huir de ellos con la misma intensidad con la que antes había pretendido acallarlos. El cambio de estrategia le pilló tan desprevenida que, a pesar de su talante hacedor, necesitó tiempo del que no se agotaba en los papeles para preparar su movimiento subsecuente.

Durante semanas vivió de las rentas empresariales y se alimentó de los mismos zumos que antes le daban de comer, porque había perdido el hambre. Le sorprendió a la fugitiva que los gusanos de la memoria fuesen más efectivos que los de la tierra; porque cuando trató de recordar el día en el que la abuela empezó a morir de satisfacción, los rasgos de la anciana ya habían comenzado a disiparse en su recuerdo. También descubrió que los helmintos cerebrales no distinguían entre vivos y muertos; porque al segundo mes de separación, le ocurrió lo mismo con la imagen de Elena-con quien sólo hablaría tres veces en todo el invierno.

Siguió un encierro austero, gemelo al de las fermentaciones comerciales que diseñaron la venta de néctares instantáneos. Sin embargo, el mellizo de aquella tarde de concentración tardó muchas tardes más en madurar; probablemente porque no era lo mismo diseñar una estrategia de venta que organizar una fuga. Para cuando consiguió discernir entre el romanticismo de las existencias nómadas y los engranajes plausibles de la huida, vendió la casa de la sierra –de la que las hermanas eran únicas beneficiarias- y repartió la herencia familiar en dos.

Para que su tía no tuviera acceso al patrimonio de Elena –y en un último intento por anestesiar su conciencia-, Rosario metió todo el dinero negro de la transacción en una cuenta corriente y estableció una orden constante a nombre de Carmela.

No les avisó de que se iba. A fin de cuentas, las huidas no regían despedidas.

A Elena le conmovió el relato. Disfrutó sinceramente de la historia mágica de sus conflictos, porque las cartografías invisibles eran más ordenadas y más comprensibles que las de la vida.

El alcance de la ficción, que había incluido a Carmela en su biografía por gracia de los pretéritos asméricos, le hubiese parecido sobrecogedor el día en el que empezaron a deslumbrarle los reflejos. Sin embargo, enfriada por la antigüedad en el juego y entregada a las mieles de otra exposición, encontró incluso refrescante la variación del pasado. Con su crónica impresa en papel pautado, cada intérprete podía tocarla como le viniera en gana; y casi le excitaba el enraizamiento diferencial de los documentos.

La dispersión de la última lectura le había traído nuevas seguridades. De repente, se sentía a salvo de las parametrizaciones y las tangencias de la

comunidad del enredo. Entre las variables que a su juicio debilitaban el poder catártico de la página, estaban la laxitud legal de los paralelos y la endogamia de los castings.

Que alguien le explicase cómo dos menores podían vivir solas en un caserón de la sierra. ¿Cómo habían hecho para pasar desapercibidas?

¿Quién firmaba las matrículas del colegio de pago? Las niñas de quince años no identificaban cadáveres ni velaban a sus padres en soledad.

El orden de los factores tenía un tufillo de anécdota que lo embalsamaba todo, y el oportunismo de las intersecciones climáticas era demasiado premeditado para ser creíble. Sólo los parabienes de la ficción podían contener aquel dramatismo ingenuo de los márgenes de dos semanas o el advenimiento policial que llegó para complicarlo todo.

Pero con diferencia, la más turbadora de todas las distorsiones era la aparición en su vida fantástica de una actriz invitada. En realidad, después de que su padre las abandonara, fue su tía materna la que se hizo cargo de ellas hasta que se hicieron mayores. La buena mujer tenía poco que ver con la enajenada Carmela y en la familiaridad de los años –que no de las semanas- no cupieron excentricidades catódicas ni terapias de bacín. Sin embargo Rosario, que había sido una fugitiva desde el día que nació, no se conformó con la voluntad tutelar de su tía. En cierta medida, nunca aceptó la política de hechos consumados ni los clavos de la suerte, y pagó el cáncer de su madre y la espantada de su padre con quien estaba allí para apagar el fuego.

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