Asmera

Rubes Keitel · Capítulo 3 de 4 · parte 3/3

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Asmera

Acostumbrada a vislumbrar mensajes de eternidad entre…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Resultaba jocosa la forma en que Asmera había reinventado la acritud déspota de la chica para convertirla en una heroína de los negocios y en una vengadora de las cobardías varoniles. Ni en toda una vida hubiera podido Rosario someterse al sacrificio de los tres años fantasma, porque dedicó toda la adolescencia a planear la huida y no le dio tiempo a pensar en los demás.

Aún le atormentaba la autoría a Elena. Estaba segura de que sólo Clara podría engarzar historias inversas de aquella forma y retorcerlas hasta que las incongruencias legales pasasen a segundo plano, pero no se atrevió a entrar al cuarto de vivir por miedo a que las manos y los espejos le hubiesen quitado más ropa.

Su hipótesis de campo, mientras que nadie le demostrase lo contrario, sería que su sobrina estaba jugando a los cuentos –como lo había hecho años antes para sus compañeros de colegio. De hecho, el blog de Rosario tenía la misma construcción de bola de nieve que las circunvalaciones del pasado de Clara y las trapisondas grandilocuentes con las que había confundido a la portuguesa. El problema de tales consideraciones era que no sabía hasta dónde reconocer los estadios de la ficción. Si retrocedía lo suficiente, tal vez la crónica farsante que le ocupaba las lecturas no fuese sino una forma de distraerla de sus primeras dudas. Entre los laberintos de las identidades casi se había olvidado de París y de las funciones teatrales, de Ramón y de las atrocidades leoninas. La aparición pseudónima de un espectro que compartía las excusas de su hermana, su apodo asmérico y la novelería versallesca de Clara había sido, más allá de las verdades o las mentiras, un gancho efectivo con el que sacarla de las suspicacias.

Si tenía que tomarse a la ligera las circunstancias de su pasado y dejar que los seres invisibles convirtiesen un re bemol en un do sostenido, no sabía dónde parar en la escala de consideraciones conspirativas. Si bien Elena no tenía la habilidad de su sobrina para sacar conejos de la chistera, su limitada prestidigitación también podía hilvanar historias mágicas. De hecho, sospechar de los reflejos ni siquiera era para ella un ejercicio de imaginación, sino una obligación cuántica de la mente que distorsionaba las longitudes de onda entre paralelos.

Si usaba las reglas combadas de Asmera – por denuncia cerebral y no por placer-, la fugada tejería patrones más truculentos, porque los tornillos sinfín eran más poderosos que las bolas de nieve. Antes de nada, trató de contarse el cuento a sí misma, para ver si recordaba todos los detalles.

Susurrando, para que Clara no le oyese hablar sola, reconstruyó el machihembrado de los retales.

Erase una vez un cómico frustrado llamado Ramón, heredero de una fortuna millonaria y de una envidia visceral que no le permitía disfrutarla.

Acosado por el reconocimiento de su padre y por un determinismo bíblico que su madre sacaba de las rimas de los versículos, terminó por perder la cabeza. Requerido a la vez por los laureles de la ciencia y por una reticencia al placer calcada del calvinismo, se convirtió en carne de manicomio. Por más que contaba sus problemas en habitaciones cerradas y en auditorios, a

batas blancas y al gran público, a aquel tipo no dejaron de hervirle las palabras en la glotis. Viviendo en Nueva York con una soledad necesaria, porque individuos como aquel convertirían en excremento todo lo que tocasen, el cómico cultivó una ironía extraña. Cuando no estaba hablando sobre sí mismo a unos y a otros, consumía sustancias excitantes y alucinógenas de todos los tipos. Lo hacía porque sí y porque, como buen amante de la soledad, sólo tenía agua corriéndoles por las venas y necesitaba drogas para enrojecérsela. Al hombre se le iba la mano con los estupefacientes, por lo que aprendió a recetarse narcóticos para bajar el viaje de la cocaína. Con tanta subida y bajada, montado todo el día en una atracción de feria, dilucidó que el mundo era una jungla y que él tenía que elegir animal. De entre todos los avatares, se identificó con el que menos se le parecía: Ramón sería un león, el rey de la selva. En el apogeo de su reencarnación, le comunicaron que su padre había muerto; y la desaparición del jefe de la camada confirmó la sospecha leonina de que era un ser invencible. Consciente de la importancia del territorio, resolvió quedarse en Madrid, y por las incongruencias del azar acabó viviendo puerta con puerta con Rosario –o con Ana. Pudo ocurrir en Fuenlabrada, o en Argüelles –e incluso en Chamberí-; pero el hecho es que sucedió. Rosario, que después de dos vueltas al mundo y cuatrocientos amantes ya ni se acordaba del día en que se fue sin despedirse de tía y hermana, dejó que Ramón le lamiese las muñecas porque su huida de saltimbanqui la había desensibilizado y casi le resultó tierno que hubiese leones tan bien adiestrados. Durante meses se dedicó a recuperar el tiempo perdido. Entre los quejidos sordos y las hemerotecas adolescentes proyectándosele en el blanco de los ojos, el cómico pasó por alto que era el asociado número cuatrocientos uno y, voraz, se empacho de horizontalidad…y de verticalidad. Por más que ella le decía que había habido otros animales y que especies enteras habían pasado por las mismas fiebres, las imágenes sin definición de otros hombres lamiéndole las muñecas –o los codos- se deslizaban por su mente sin causar efecto porque ninguna llevaba nombre. Sin embargo, cuando el ruido de la conquista dejó pasó al reposo de la relación, la afonía del deseo le hizo reparar en Clara –o Leo, o David- y la inteligencia omnipresente de la chica se le antojó análoga a la de su padre. Aunque la chica no inauguraba colegios con su nombre, ni tenía a la mitad del mundo científico a la espera de un nuevo descubrimiento, hablaba como si ya hubiese muerto varias

veces y se acordase de quién fue en vidas pasadas. Había empleado la mitad de su existencia en ser, por lo menos, el macho proveedor y el rey de su casa; y no estaba dispuesto a que una engreída de catorce años lo devolviese a las rutinas de los príncipes destronados. Para desgracia de todos, cuando la mirada de sabionda de la niña iba a hacerle renunciar a las prebendas de su reinado, su genética de depredador se engrudó al vientre de Rosario; y no le quedó otra que llevar al límite el carácter de su avatar. Como las leyes humanas no permitían arramblar con todo, intentó convencer a su novia para que se deshiciese de su hija. No pudo persuadirla por las vías de la retórica, porque toda su verborrea era irónica, y el sarcasmo nunca fue la mejor herramienta para separar a una madre de su hija. Como no quería perder a su leona, ni estaba por la labor de que la sangre de otras sangres compartiese techo con su camada, recuperó los hábitos estupefacientes. Esta vez, en lugar de ingerirlos él, los disolvió en las bebidas y comidas de Rosario hasta que la fugitiva empezó a aceptar sus porros de buena gana, incapaz de explicar de dónde salía aquella fuerza descomunal que sólo le permitía pensar en sí misma.

A las pocas semanas de vivir en las nubes y dormir con narcóticos, notó que la patraña sentimental que le ofrecía Ramón le entraba mejor con cada cucharada de sopa o con cada sorbo de cerveza y la insistencia diaria del cómico le hizo vislumbrar los paraísos leoninos. Ella que siempre había rehuido la protección de los paréntesis familiares y las intimidades de sofá, acabó convertida a la monogamia bocado a bocado. En las últimas fases del tratamiento, Rosario comenzó a ver a Clara como a una amenaza, como si su sola presencia volviese ambivalente el poder sobrehumano que la asaltaba después de las comidas. Lo peor del asunto es que ella, que había dado dos veces la vuelta al mundo, conocía los efectos de todas las drogas.

Desde el principio del proceso había entendido que el cómico quería dejarla tan loca como lo estaba él; pero atrapada por el lametón de muñecas y los confines de su encanto, le pareció romántico el instinto de jungla y las cláusulas de la propiedad. En el delirio de la drogodependencia consentida y los consensos tácitos, Rosario llamó por teléfono a su hermana Elena.

Con el sabor de las sustancias prohibidas aún en el paladar y la fuerza imparable de las sobremesas, convenció a la fugada para quedar en una cafetería y se inventó una historia que bien valdría para uno de los entremeses internautas de su hija. Con la sutileza que había adquirido en sus

años de huida, la fugitiva dispuso cortinas de humo para que la tonta de su hermana se quedase con su hija indefinidamente. La lió con obras extranjeras, con teatros franceses y con patios parisinos que se enredaban sobre sí mismos en dirección al centro de la tierra. Y Elena, con toda una carrera de periodismo y una fuga a sus espaldas, se lo creyó todo; porque así es como responde la gente que no está de droga hasta las cejas cuando sus hermanas les piden ayuda. En aquel mismo momento, mientras que la fugada intentaba averiguar cómo se apareaban las segundas vidas con las primeras, Rosario podía estar dando vueltas por Preciados comprando ropa prenatal para el ligre que estaba en camino.

Y aquí viene la falla. Aquí el cuento se convierte en otro, porque el relato está hecho de dos partes que no se pertenecen. En la medida en la que una existe, la otra se nubla; como cuando Elena se aturulla con los errores cuánticos del cerebro y ve sus propios pensamientos desde fuera.

Como no tenía sentido que una chica tan inteligente como Clara tratase de ocultar los amores leoninos de su madre- especialmente cuando los deseos drogodependientes la habían llevado al destierro, no podía sino dar por sentado que Ramón no pintaba nada en aquel drama intimista entre madre e hija. Había que aceptar las reglas de la incertidumbre; confiar en que Ana llevase bien las maniobras familiares y Leo creciese feliz en algún lugar del Pirineo.

Rosario, aburrida de Madrid, quiso cambiar unos paisajes urbanos por otros. Al poco de cerrar la peluquería, le llegaron los emails del director de teatro holandés y la sombra de otra improvisación sedujo la inestabilidad suicida de la fugitiva. Como le ocurriese años atrás, soltó cuanto tenía entre manos para descubrir las profundidades de un agujero ibicenco que la llevaba a otra parte. Sin pensárselo dos veces, llamó a la fugada; porque aunque llevaban casi diez años sin hablarse, Elena siempre había sido la hermana débil y entraría al trapo en cuanto le insinuase que necesitaba ayuda. Después de darle muchas vueltas y conocer a Clara, la infeliz reconoció en la niña la llave de todas las complicaciones; y como por esa época todo le parecía una réplica de una réplica, concluyó que un poco de genialidad le vendría bien para curar sus males lineales. Si sumaba al haber la ayuda económica y la comprensión de que la fugitiva estaba en lo cierto

–la fugada era la hermana sentimental-, estaba destinada a hospedar a la adolescente y a sus ojos caleidoscópicos. Sólo lo haría durante dos meses.

Luego le esperaba la vida de despertador y la coyuntura de las reuniones.

Aunque Rosario le había avisado de las ficciones megalómanas de la chica, Elena no estaba preparada para que Clara la desnudase sin previo aviso delante de su novio y despejase de un plumado todas sus intimidades. Con la otra pieza del rompecabezas sin solución aún rondándole la cabeza, Elena perdió los nervios varias veces porque se le saltaron los martinetes del clavicordio cuántico. A medida que la sobrina iba dejando su rastro invisible en los pasillos de la comunidad de la intriga, a ella le invadían las bacterias de la teoría de la conspiración. Envenenada por drogas que sólo se pueden consumir en la pantalla de un ordenador, la fugada tomó en serio el juego de sinónimos de Clara y decidió irrumpir en la intimidad del cuarto de vivir. Ya fuese por casualidad o por la intercesión de sextos sentidos, la chica se las arregló para estar expuesta frente al espejo y no sentada frente al ordenador. Desquiciada por la superposición de transparencias, Elena supo que tenía que volver a mundo de los conflictos palpables; y se abrió camino entre los obstáculos traslúcidos para subirse a la intimidad de los cielos rasos y las azoteas. Mientras ella disfrutaba de los riesgos de las alturas, su sobrina abandonó los raíles de los reflejos directos y convirtió el blog en una justificación fabulística de los errores de su madre. Para complicar el álgebra de las crónicas matriciales, introdujo nuevos personajes que ocupasen el sitio de otros, como había aprendido en el blog de la fugada. Y por arte de las inversiones ópticas de la comunidad de la suplantación, Carmela –en el papel de tía materna- llegó para infligir las humillaciones que prenderían la mecha de la huida.

A pesar de la excentricidad parabólica de la historia, gran parte de los detalles formaban parte del álbum fotográfico familiar. Fue el padre de las hermanas escapistas quien, en un último intento por mantener a flote el barco antes de saltar, probó suerte con la empresa de zumos. A pesar de su ímpetu comercial y de su incansable labia de vendedor, no tuvo el apoyo de los simulacros asméricos para emular las victorias de su hija.

La verdadera abuela, que había muerto de vieja –y no de felicidad-, hizo prometer a sus hijos que gastarían hasta el último penique de la herencia en enterrarla bajo una lápida de mármol. Cuando las hermanas visitaban el cementerio para ayudar a limpiar la tumba, el brillo pétreo de encimera las recibía con un aguijonazo similar al de los presagios.

Y lo más atractivo de los procesos invisibles era que, después de que los hechos y los personajes jugasen entre ellos al ratón y al gato, la fábula llegaba al mismo punto que la realidad. A pesar de las divergencias que habían convertido los fracasos de uno en las victorias de otra, la distorsión impresa sobre la que encontrar las diferencias dejaba la misma figura para quien entornase los ojos.

De una forma o de otra, las condiciones de borde -visibles e invisibles-habían convertido a la familia en un nido de prófugas, y ni siquiera las exageraciones asméricas podían disimular el vuelo rapaz ni el temor a las cacerías.

La fugada subió al blog la nitidez bipolar de sus susurros. No era la única teoría que le hervía en la cabeza, pero aquella pareja de incongruencias era la entrada más plausible a su búsqueda de explicaciones.

Forzada a moverse en gradientes de certidumbre -como los motores de reconocimiento del habla-, las teclas que no le habían saltado percutían en otras direcciones.

Le bullía en las arterias el temor a que Clara hubiese acabado entre estanterías de yeso coaccionada por Ramón –o incluso por Rosario- y que se dedicase a escribir el blog para redundar en el despiste. Si conseguía que Elena se preguntase qué hacía Rosario apropiándose de su pseudónimo asmérico y fabulando su vida desde París, el tupido velo haría que se olvidase de Ramón y sus procacidades de león. Lo increíble de la combinación, es que el cómico – que se las había visto y deseado para controlar el despliegue político de la chica- hubiese encontrado la forma de amedrentar a la superdotada.

Como en los buscadores de Internet, las palabras clave resonaban en multitud de entradas; y su obsesión era ordenarlas en una función de la plausibilidad. Tras publicar la incoherencia más probable y convertir la media voz de las sospechas en otra formulación asmérica, le sorprendió la llegada de un nuevo correo de la organización. Era un email comunitario, que recordaba que faltaba menos de un mes para que se publicasen las primeras conclusiones del experimento. Los resultados estarían compuestos por cinco informes distintos que tratarían de arrojar luz sobre la interacción léxica, sintáctica, semántica y pragmática de los involucrados.

Ésa era la otra pata coja: la invisibilidad inaudita de la organización.

Consumida primero y liberada después por las divergencias obtusas entre ilusión y realidad, a la fugada casi se le había olvidado la pregunta que le deletrearon las joyas: ¿quién estaba detrás de aquel circo?

La cúpula de Asmera usaba los mismos trucos apelativos que sus habitantes, camuflando su guarida virtual tras empresas físicas con las que compartía nombre -de ahí que la visita a los tratantes de joyas dejase a Elena a merced de las intrigas cuánticas por enésima vez. Por el momento, ni siquiera tenía un cuento metamórfico con el que responder a la ubicuidad oculta y a la difusión intangible de las conexiones telúricas. Pero sospechaba que detrás de aquello había un libretista al que le gustaban las madrigueras infinitesimales, un comediógrafo que sabía montar decorados.

Le intrigaba a Elena el crecimiento esporífero de la organización y la adquisición de socios-usuarios-víctimas. Si alguna de sus intuiciones tenía algún fundamento real, las invitaciones de Asmera buscarían parentesco y no cualidad de desnudo; continuarían la cadena de fractales hasta que sagas enteras se exhibiesen sin identificarse.

La fugada desestimó la última especulación por surrealista; no podía llevar el simplismo conspiratorio hasta tal grado de frivolidad. La esporulación de estirpe requería un creador omnipresente para atar cabos entre los sarpullidos pseudónimos, las inexactitudes y las fábulas. Trató, sin embargo, de tomar las riendas del jeroglífico administrando al sistema las dualidades de su cuento. Quizás pudiese inquietar a Clara, o a los señores invisibles; y contagiarles el virus cuántico que le parasitaba el cerebro.

Rosario se despidió de Madrid; y de España. Aunque llevaba en la piel la matemática comercial y le corrían por las venas flujos económicos, desechó la iniciativa empresarial por falta de idiomas. La fugitiva -que no acababa de huir y ya se sentía presa- aceptó el imperativo de las esposas: siempre que rompía unas, se le trababan otras. En el encierro invernal había calculado los riesgos del nomadismo, y determinó que si iba a sobrevivir con dos palabras y media, más le valdría dedicarse a algo en lo que tuviese que hablar poco.

En la época de las reformas de la casa de la sierra, inmunizó sus manos a la reincidencia de los callos y ensanchó las muñecas hasta procurarse unos antebrazos de hombre. Cuando Rosario se miraba las palmas o comparaba

sus anversos con los de otras mujeres, no podía evitar pensar que eran las de un carpintero, las de un maestro de obra. Fiel a su promesa de no acercarse a un varón después de sufrir las consecuencias de los cromosomas falderos, encontró una cierta paz en sus dedos de trabajador. Por las noches, mientras se contaba a sí misma las penurias de la vida ambulante y la adversidad de ser chica en un mundo de hombres adultos, se tumbaba desnuda en la cama y pretendía que sus manos eran de otro. No era muy difícil de imaginar; porque aunque sus extremidades se habían musculado tanto como las de una atleta, los nervios no le habían crecido al paso de las fibras y ella las seguía sintiendo de niña. En la oscuridad, el peso de sus antebrazos no era suyo -sino de quien ella decidiera.

Al planear la escapada, creyó de utilidad usar la fuerza impropia que le salía de los hombros para propósitos distintos a los de aliviar su soledad; y se dio de alta en agencias europeas de mano de obra y en contratas de arreglos domésticos.

En sólo dos años, vivió temporadas mínimas en Francia, Holanda y Alemania; construyendo un lenguaje propio que fusionaba las frases cortas de todos los individuos con los que se cruzaba. Su expresión no acababa de corresponder con ningún lenguaje conocido en la tierra, sino que estaba hecha de contaminación y retales. De alguna manera, la claridad de sus consonantes daba suficiente información para construir mensajes inteligibles; y sus interlocutores eran capaces de triangular intenciones a base de reconocer palabras sueltas. Durante el primer año, Rosario abordó los tres idiomas como si en realidad fuesen el mismo; y la expresión facial se le reveló como comunicador universal.

En el trasiego de las confusiones, los arrebatos de culpa remitieron; porque no encontró tiempo para los recuerdos. La pastosa superposición de los estratos de Babel le pobló la memoria de una coyuntura de equívocos que no le dejaba ni a sol ni a sombra. Cuando dormía de noche o daba cabezadas durante el día, los sueños se le llenaban de espacios que eran una mezcla de las habitaciones que alquilaba y las obras que construía. Como en la gramática de su cruce de idiomas, los tulipanes y los molinos salían de las comisuras de los Campos Elíseos; y a la torre Eiffel se accedía desde un búnker del Reichstag. Aunque los escenarios oníricos estaban infestados de pesadillas, Rosario tomó la ausencia del pasado como una mejora sustancial; y apreció que el crisol de paisajes hubiera prescindido de la

cantinela de los cadáveres y las enfermedades del linaje. Aunque la misma muerte la requiriese en los laberintos del tiempo y el espacio, la fugitiva la hubiese recibido hospitalaria siempre que no trajese un orinal ni un calendario de palotes.

Las geografías mixtas y los repliegues del espacio nunca se alejaban de la estanqueidad del descanso. Si bien los conocía con aproximación métrica y se sabía manejar en sus estancias como en los parajes de la sierra, no lograba que las imágenes cruzasen la frontera de las bambalinas. Estaba segura de que existían porque, cuando salía ansiosa de algún mal sueño, llevaba prendida la imprimación del espacio; pero la sensación se diluía pasado el umbral de los despertares. La fugitiva indujo que la ensoñación estaba velada por un esfínter, y las filtraciones de un mundo a otro no eran más que hemorroides subliminales.

De todas las crecidas de la orografía subconsciente, sólo recordaba los tulipanes parisinos y el sótano alemán que albergaba la Torre Eiffel, pero sospechaba un sinfín de escenografías en la superficie. A veces, durante el día, presentía el recuerdo cristalino de uno de los recovecos, pero los collages de la evocación nunca abandonaban el taller de las hilanderas.

Rosario pasaba la mayor parte del tiempo entre andamios, empalmando travesaños y ensartando jambas para soportar los huecos de las puertas y las ventanas. Aunque la contrataban como carpintera, era raro el día que no acababa retorciendo cables de alta tensión o levantando fábricas de ladrillo.

Si bien no tenía queja de la vida de obra – antes sufriría estragos físicos a espirituales-, prefería los arreglos domiciliares. Con la intención de sacarse un sobresueldo, contactaba con aseguradoras y empresas de reformas para ofrecerles las horas de sus fines de semana. La fugitiva encontró placentero entrar en casas ajenas e interactuar con gente sin chalecos reflectantes, alejada de las grúas y de los fotomontajes del subconsciente. Constreñida por los límites del lenguaje, aprendió a leer la personalidad de sus clientes a través de los objetos y la estructuración de sus casas.

A falta de un método más fiable con el que intercambiar información, Rosario amplió el abanico de las percepciones hasta que los arañazos en las mesas o el retranqueo de los televisores se volvieron elocuentes. Pronto comprendió que la articulación de las familias funcionales era demasiado compleja para quedarse pegada a las heridas de los muebles o para dejar

marcas de dedos en las ventanas. No había nada mejor que una prole para enterrar las costumbres y sus signos – la fugitiva intuyó apropiado soltar niños en la escena de un crimen para contradecir pistas y emborronar pruebas. Quizás por eso estimaba los refugios de las parejas jóvenes; porque las viviendas almacenaban las muescas de sus persecuciones y desde la cocina hasta el dormitorio las paredes delataban el sexo de sus habitantes. Tras meses de entrenar la observación e imaginar con grano cinematográfico besos robados sobre colchas nórdicas, dedujo que las nuevas generaciones eran más descuidadas a la hora de ocultar las trazas de sus intimidades. Si descubría un sujetador colgando del purgador de un radiador, encontraba lógico que alguien hubiera empastado un cepillo de dientes para no usarlo después; si el deuvedé seguía leyendo un disco con el televisor apagado, entendía por qué las esquinas del sofá estaban desigualmente separadas de la pared.

Las espirales del deseo viajaban desde los restos de la cocina hasta las manchas de las sábanas, desnivelando cuadros y volteando portarretratos. A veces, en estancias poco ventiladas, podía oler los revolcones y calcular a qué hora se habían apagado los motores, como hacían los policías con los capós calientes. La temperatura de las habitaciones era clave en viviendas con calefacción regulable; especialmente en parejas previsoras que sabían en qué rincón de la casa se iban a desnudar. Los espontáneos -los imprudentes- dejaban magulladuras en el parquet, dislocaban reposabrazos y despeluchaban los bordes de los cojines. Rosario descubría a los románticos por los lunares de cera sobre las mesillas de noche y las gotas del café tempranero; a los juguetones, por el perfume cítrico de las sábanas y la posición de los espejos.

Fue la evidencia de los actos ajenos la que le espetó a abordar los propios, cuando el deseo –advenedizo-, le llegaba en dormitorios foráneos.

La ropa interior apresada entre los colchones arredró sus prevenciones y los charcos de agua en el cuarto de baño comenzaron a disipar la tirria crónica a favor de los instintos de la especie. Se apoderó de la fugitiva una necesidad excepcional por buscar unos brazos de hombre que no fueran los suyos; y las tramoyas que sólo reconocía en sueños se le llenaron de pretendientes. Los desconocidos, que aparecían sin avisar en sus decorados, venían a practicar las fantasías que ella sospechaba en los hogares de los demás. Turbada por los arribajes subconscientes, Rosario llegaba a la obra

con miedo a que sus compañeros –mayoritariamente varones- le notasen las nueve semanas y media comprimidas en el descanso de una noche.

Tuvieron que pasar meses hasta que se sellaron las cristaleras y se asentó el cerramiento. Era costumbre en la cuadrilla celebrar la estanqueidad del edificio, en vez de la entrega de llaves. La fiesta se celebraba sobre el hormigón del solado y con los paños sin recubrir, por lo que cualquier derrame sería cubierto por las resinas de la soladura y por los acabados de las fábricas. A salvo de estropicios, los trabajadores barrían un piso intermedio del edificio e instalaban luces de campaña amarradas a las barreras contra incendios de los pilares. Decenas de obreros se desperdigaban entre las liviandades del espacio fluido y simulaban la huella de las compartimentaciones con hileras alcohólicas. Entre vasos y botellas, la fugitiva se defendió del ataque indirecto de los licores. Aunque había más mujeres en la vigilia del cemento, muchos de los cascos jóvenes balbucían piropos espiritosos a su paso; como si cubiertos sus brazos equívocos, las curvas hablasen por sí mismas. Aunque le halagaba la reacción favorable de sus compañeros, la sombra de las adicciones genéticas y los devaneos de estirpe era aún alargada. Enredada en las promesas incumplibles que se hiciera al perder a sus padres, decidió beber para aflojar las cuerdas inhibitorias. Según le llegaban al cerebro los efluvios de la embriaguez, las fantasías impropias -salidas de las casas de los demás- se iban reuniendo a las puertas del deseo. Desafiando el equilibrio de las balanzas, los pestillos magullados y las sábanas para lavar se hicieron con el control de los porcentajes. A medida que los tragos a morro le acidificaban el aliento, los objetos del cuarto de baño acababan en el comedor y los de la cocina viajaban hasta el dormitorio. Al dirigirse a los obreros veinteañeros, el hálito que rezumaba entre sus papilas le contaminaba la consciencia con más efectividad que el alcohol en sangre. Así que para cuando uno de los hombres la besó sin preguntar, Rosario veía el pasado como un cuento de densidad infinita concentrado en un punto minúsculo; como si los porcentajes del alcohol y la intuición de las pasiones hubiesen acorralado el peso de las tragedias hasta un big crunch neuronal.

Se apoderó de ella una decisión sin precedentes desde las épocas ambulantes, aunque la palabrería de vendedora se le trabara en la garganta con la superposición de idiomas. La fugitiva cogió de la mano al

espontáneo y se lo llevó escaleras arriba a uno de los pisos sin barrer y sin iluminar. No contenta con la oscuridad, tiró de él hasta ganar la espalda a un bloque de servicios y se parapetó contra el polvo de los bloques. Rosario condujo las manos formidables del voluntario por debajo de su blusa; y sintió por primera vez la imprevisibilidad de la piel ajena sin tener que recrearla.

Pasada la vaporización de las ropas, le sobrevino la seguridad de que perdería la consciencia. No pudo hacer nada por aprehender las sensaciones, porque el alcohol le había taponado los sentidos; y aunque recordaba sus esfuerzos por no perder el conocimiento, evitar el desmayo se llevó todas sus energías. Contrariada por la segura amnesia, maldijo su suerte en el idioma de retales que se había construido y se preparó para el olvido con la más cínica de sus sonrisas.

Aunque creyó permanecer despierta mientras duró el impasse de los jadeos, la resaca mañanera no le ofreció evidencia alguna de que hubiese vivido un vendaval. Si bien estaba semidesnuda e identificó con la punta de su índice el desprendimiento del tejado, sólo pudo asumir que la celebración de unas estanqueidades había acabado con otras con las yemas de los dedos. Los hechos consumados acompañaron el chirrido de las sienes y la soledad de los cascotes le guió hasta la planta de las botellas. Varios compañeros dormían el sueño de los justos contra la cuadratura de los pilares y charcos de alcohol insinuaban goteras prematuras en el piso de las celebraciones. La fugitiva apagó los focos que aún seguían encendidos, retiró con el pie cristales rotos que amenazaban a los rendidos; y se fue.

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Hasta que se concluyeron los interiores del edificio, Rosario acarreó las dudas de la fiesta. Por más que intentaba rescatar la imagen del primer explorador, el retrato robot era tan vago que cada vez que se cruzaba con un hombre de su edad, la abrumaba un pellizco de reconocimiento. Sostenía la mirada a todo el que se la echaba -tratando de averiguar a quién se había llevado escaleras arriba-, pero su instinto le devolvía cada vez una solución distinta.

Contra todo pronóstico, la fugitiva se congratuló por la variación de los conflictos, porque aquel era un misterio inocuo en comparación con los rumores de la culpa. Hasta cierto punto, el trajín del quién es quién dulcificó la sobrecarga de los hombros y la pesadez de las maniobras. Una mañana, se sorprendió al rescatar un nuevo espacio del imperio de las tramoyas: el interior del Arc de Triomphe había adoptado el murete gris de las canalizaciones y, a su alrededor, los polvorientos solados le velaban la amnesia de los deseos.

Capaz o incapaz de evocar las circunstancias de su primera vez, la ruptura física de la inauguración descabalgó todas las prevenciones. Rosario empezó a imaginar por el día las fantasías que soñaba por la noche, sin saberlo; hasta que la persistencia temática debió llegarle a la superficie. De niña siempre temió que, de reflexionar intensamente, sus pensamientos acabasen siendo visibles para los demás; que se proyectasen dos dedos por encima de su cráneo sobre las partículas en suspensión del aire. Por eso cuando le daba vueltas a la cabeza, lo hacía encerrada en su cuarto –porque tenía pavor a escandalizar a los demás.

Años más tarde, el miedo infantil a que pantallas etéreas bosquejaran sus cavilaciones demostró no ser tan vacuo como era de prever. La electricidad de las pruebas -a falta de recuerdos- se le agarró a la piel hasta que la disposición de las pecas y los lunares le definió un rostro incitante e imprudente. La fugitiva desarrolló una volatilidad cautivadora a fuerza de imaginarla; y su mera presencia se convirtió en una fragua de intimidades inmediatas que atribulaba a los hombres e inquietaba a sus mujeres.

Su nueva apariencia, traída a este mundo por unos fórceps lascivos, complicó las reparaciones de fin de semana. Entre los restos de las intimidades y el encadenamiento de las rutinas, Rosario entraba en las viviendas para traumatizar el orden de las cosas. Desde que los lunares se le

empezaron a alinear en constelaciones libertinas, trabajaba con camisas que le cubriesen los brazos imperativos y le descubriesen las pecas.

Allí donde veía una historia aferrada a la suciedad de las baldosas o derretida sobre la encimera de la cocina, se apropiaba de ella un desenfreno libídine por repetirla. Los hombres, solteros o emparejados, perdían la calma con la laxitud de su mirada y la definida desarticulación del lenguaje.

Había algo en la heterogeneidad tentativa de su idioma que deshumanizaba la comunicación y animalizaba el contacto. Los clientes, atraídos por los cantos de sirena, se volvían adolescentes repentinos; dispuestos a encallar en las rocas si hacía falta por acercarse a sus promesas epiteliales.

Uno tras otro, los sujetos caían bajo el encanto prófugo de Rosario. Sin darse cuenta, las víctimas replicaban su última relación sexual; porque la fugitiva, que ya había leído en los platos del fregadero y en el polvo de las repisas los pasos de la retozadura, los seguía como si leyese un guión de movimientos. Aunque su impudicia no necesitaba incentivo, las intrigas de la reconstrucción le traían satisfacciones insospechadas; y la oportunidad de inmiscuirse en las familiaridades de los demás atraía sus deseos despegados, sus pasiones insensibles.

Cada sábado y cada domingo entraba en una relación por la puerta de atrás, ocupando el lugar de otra mujer y heredando el sedimento de sus hábitos. A veces le tocaba el papel de ejecutiva internacional, otras el de activista política; incluso el de ama de casa. Llevase la iniciativa o la cediese, la intromisión atávica solía llegar después de la restauraciones.

Primero reparaba armarios o sellaba ventanas, pintaba paredes o instalaba cocinas; y sólo después de cobrar los servicios, remedaba a sus predecesoras. No quería que nadie confundiese trabajo con placer: era una sustituta, no una visitadora.

Rosario encontró en la promiscuidad una respuesta menos sutil y más firme a la maldición de alcoba que recorriese la saga. Si bien el impulso fugitivo que la llevaba de familia en familia no pretendía venganza, la trashumancia sentimental ayudaba a romper el maleficio antepasado que había humillado a las mujeres de la estirpe. Consciente de la amoralidad de sus entregas, preparó una artillería de excusas para justificar su conga extrema. Se convenció de que estaba matando dos o más pájaros de un tiro, forzando el razonamiento lógico hasta la dislocadura. Para empezar, desandaba la afección vírica de su padre tirando desde el otro género.

Mientras en días de diario él había seguido a sus cromosomas hasta la puerta de los prostíbulos, ella volvía cada fin de semana al hogar -aunque nunca a la misma familia. Metida en una cruzada semántica, Rosario luchó por el pacifismo mandando a todos sus soldados a la guerra – porque se había convertido en ese tipo de personas que bebían agua de mar para calmar la sed.

Con la misma destreza con la que enfrentó su vida a los devaneos adúlteros de su padre, se las apañó para travestir su compulsión suplantadora de ataque contra el determinismo de los dispositivos. No había repetición posible en la migración diaria; e incluso en los casos en los que una de sus víctimas le recordaba a otra, un millón de sutilezas hacían por diferenciarlas.

Si era una prófuga lo sería con todas las consecuencias y se quedaría en la superficie, a salvo de la profundidad de los asentamientos. No iba a cometer el mismo error dos veces.

La fugitiva continuó viviendo la vida de los demás para huir de la propia. Su vocación de desertora la llevaba de ciudad en ciudad y de país en país, alimentándose de las privacidades que asaltaba –parasitando sus espacios. La fiebre de las interpretaciones pasó por tres fases: la de las señales como huellas históricas –en la que se conformaba con elucubrar-, la invasiva –en la que el orden doméstico se convirtió en manual de instrucciones-, y la de desaceleración. Aunque nunca sopesó las consecuencias de sus actos ni ninguna mujer la descubrió en los sudores de la suplantación, el número de infieles ascendió a cifras de riesgo en cinco ciudades distintas. No podía hacer la compra sin encontrarse con alguno de los hombres que la habían tomado por su pareja – muchas veces acompañados por la copia original de sus impaciencias. Sus víctimas solían encontrar una excusa para girar el carrito de la compra, o pretendían tomar interés por los congelados -cualquier cosa antes que enfrentarse a los fantasmas del copyright. A Rosario le divertía la idea de la piratería de personas – a veces se quedaba mirando fijamente a la versión legal con curiosidad, intentando valorar la escala del parecido. No lo tenía muy difícil, porque las parejas que había hackeado estaban por todas partes: en la cola del cine, paseando por un parque o incluso comprando los pisos que ella levantaba de lunes a viernes. La fugitiva se les quedaba mirando con

avidez, tratando de comparar las huellas que reuniese en la vivienda con la productora del rastro. Comprendió que no encontraría código fuente alguno al observar a las mujeres, porque la apariencia cerraba los pasos en falso casi al mismo tiempo que los daba. Dio por sentado que, a través de las conductas, la gente hablaba de quién quería ser y no de quién era en realidad. Incapaz de dudar de la infalibilidad de su sistema, las sustituidas debían ir engañando a todo el mundo; o simplemente desarrollando el carácter que contenían en su casa. No había otra explicación para que la violencia de las pruebas se convirtiese en mansedumbre al salir a la calle, o que la distancia se convirtiese en incondicionalidad según se cruzaba el rellano. Rosario indujo que el felpudo de entrada debía cambiar a la gente, si bien no le quedaba claro en qué sentido se liberaba la presión. A pesar de especular sobre una teoría de opuestos, no supo decidir si la vida privada daba cabida a la personalidad bloqueada en la pública o si, por el contrario, los individuos salían a la calle para dar lo que se guardaban en casa. Con el tiempo, terminó por aceptar la convergencia de los dos fenómenos porque ningún postulado anulaba el otro. Sin embargo, la deducción de la incertidumbre le hizo creer aún más en las pruebas, por encontrarlas invariables en el circo de plantas que se salían de su tiesto.

Con la sospecha de no ser la única que interpretaba un papel, trató de guardar la memoria de sus descubrimientos con la ambición de construir su propio arca de la verdad. En él, no se describían personas sino que se almacenaban indicios. En su enciclopedia de las personalidades no había nombres, ni biografías, sino vestigios.

Deslumbrada por la riqueza del diccionario de usanzas que se escondía detrás de cada habitación, describió el asalto de las visiones en un cuaderno rojo de anillas. Cada estudio ocupaba las dos caras de un folio, en las que describía brevemente las dimensiones de la vivienda para pasar a toda prisa al análisis de las huellas. Le preocupaba dónde se guardaban los productos de limpieza, si las escobas y las fregonas estaban al descubierto en la terraza u ocultas en armarios. En su diagrama conductivo, no significaba lo mismo que los televisores campasen a sus anchas en el salón o que viviesen en los dormitorios; que la música se almacenase en vinilos o habitase en mp3s. La cocina solía dar más información que el resto de la casa. La forma en la que los platos se apilaban en el fregadero, o el tiempo que habían permanecido allí eran claves. Una vez lavados, unos los secaban con trapo y

otros los dejaban escurrir. El orden, la limpieza y su ausencia, la posición de la basura –escondida tras una puerta o enmangada a un cubo. Importaba si las bolsas eran de plástico y de supermercado o de material reciclable; si se separaban los desechos. La fugitiva desconfiaba enormemente de quienes no clasificasen sus residuos y, en mayor medida, de quien calentase comida en el microondas sin taparla con el protector. Las cortinas, las persianas y los toldos se revelaron en la geopolítica atávica de Rosario como graduaciones al aislamiento privado. Las terrazas y los ventanales eran lugares de exhibición, para ver y ser visto; por tanto, la frecuencia de uso, la existencia de macetas o su conversión en tendederos eran un extremo a tener en cuenta. La posición del sofá con respecto a la mesa –receptiva o introvertida-, abigarramiento o sencillez de mínimos, la inclinación de las fotos, el contenido de los portarretratos, la posición de los floreros y la elección de las flores. La presencia de adornos, los marcos de los cuadros, la cualidad de la luz y la cuantía de las lámparas. La posición de las camas –

central o esquinera-, la altura de las bases, la dureza de los colchones y la volumetría final – colcha sobre almohada y cojines sobrepuestos. La permeabilidad de muros, la filtración de los sonidos, la distancia entre los cuartos y la situación de los aseos.

El recorrido y la variabilidad resultaban inmensurables, pero en el ADN

de las guaridas los pósters pegados con chinchetas contaban tanto como la distribución del espacio. Tanto lo elegido como lo heredado definía a sus ocupantes; porque si los habitantes no personalizaban su casa, la casa les caracterizaba a ellos.

Llegó fundamentalmente a tales conclusiones en la época de la desaceleración, cuando se olvidó de que vivía en otro mundo cuando cerraba los ojos. Aunque aún se despertaba por las mañanas con el malestar inconfundible de las pesadillas, ni siquiera recordaba la eficacia del esfínter que los retenía al otro lado. La fase de frenada llegó cuando un día, después de haber hackeado trescientas cincuenta y dos relaciones, se dio cuenta de que ya no lo hacía por rebeldía o por ostentación de devenires prófugos, sino por inercia. Y ella, que se creía a salvo de todas las convenciones morales, dictaminó que el hastío no era razón suficiente para fomentar más progenies cornudas. Ocurrió de la noche a la mañana, pero el mismo virus que ancló en sus entrañas con determinación erógena se le marchó como