Besos robados

Debbie Macomber · Capítulo 1 de 17

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Besos robados

Capítulo 1

Debbie Macomber

Besos robados

Kate Logan - 1

ePub r1.0

Titivillus 16-07-2020

Título original: Stolen Kisses

Debbie Macomber, 1990

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

Capítulo 1

 

—¡Auxilio! ¡Fuego! —gritó Rorie Campbell mientras saltaba del pequeño auto extranjero. El humo salía en nubes por debajo de la tapa del motor, como una ofrenda a un dios descontento. Rorie corrió por la carretera y una vaca que pastaba se detuvo ante la cerca.

—Ni siquiera es mi coche —informó Rorie a la compasiva vaquilla, señalando al vehículo—. De repente empezó a salir humo.

El animal la miraba sin expresión, luego volvió con flojera a la sombra de un enorme roble.

—Creo que se incendió. Dan me va a matar por esto —terminó Rorie mientras observaba al desinteresado cuadrúpedo alejarse con tranquilidad—. Oh, cielos, no sé qué hacer —no había agua a la vista y aún si la hubiera, Rorie no tenía modo de llevarla al auto. Estaba tan desesperada que le hablaba a la vaca… y casi esperaba que la criatura la aconsejara.

—Hola.

Rorie dio media vuelta para descubrir a un hombre que montaba un semental castaño. Su silueta se dibujaba contra el sol de la tarde, como una aparición.

—Hola. Me agrada ver otro ser humano —había estado en esa carretera las dos horas anteriores y no había encontrado otro auto en ninguna dirección.

—¿Cuál es el problema? —se oyó un rechinido de cuero mientras el hombre saltaba de la silla con una facilidad que denotaba años de experiencia.

—Yo… no… sé —contestó Rorie con frustración—. Todo funcionaba bien, hasta que de repente el coche comenzó a echar humo.

—Eso es vapor.

—¡Vapor! ¿Quieres decir que el auto no se incendió? El echó las riendas sobre la cabeza del caballo y caminó hacia la tapa del motor. Fue entonces cuando Rorie se dio cuenta de que no era un hombre, sino un adolescente.

—Un amigo mío insistió en que condujera su MGB hasta Seattle. Yo debí saber que si surgía un contratiempo, no sabría qué hacer.

El joven sacudió un enorme pañuelo azul que sacó del bolsillo de su pantalón, para protegerse la mano mientras levantaba el capó. Al instante, una gran nube blanca de vapor giró como la bruma de una tumba en una película de terror.

—Yo… pensé tomar la ruta escénica —explicó Rorie, moviendo la mano frente a su cara para dispersar el vapor—. El hombre de la gasolinera dijo que este es un paisaje muy bello, y que perdería parte de los mejores paisajes de Oregon si me mantenía en la carretera —Rorie se dio cuenta de que estaba parloteando, pero nunca había afrontado semejante situación, ni se había sentido tan desvalida.

—No es solo el mejor paisaje del estado, sino de todo el país, si me preguntas —murmuró el joven mientras examinaba con cuidado varias mangueras negras.

Rorie miró su reloj y gimió. Si no llegaba a Seattle antes de las seis, iba a perder su reserva de hotel. Esas vacaciones no estaban comenzando bien… en absoluto. Y tenía grandes esperanzas para las siguientes dos semanas.

—Parece que tuviste un gran derrame en la bomba del agua —declaró el adolescente, como si supiera de qué hablaba—. Pero es difícil decir con todas esas cosas que tienen los autos extranjeros. Clay sí lo sabe.

—¿Clay?

—Mi hermano.

—¿Es mecánico? —las esperanzas de Rorie renacieron.

—Ha trabajado en autos, pero no es mecánico.

Rorie se mordió el labio inferior mientras su ánimo decaía de nuevo. Su principal preocupación era llegar a un teléfono. Pediría que alguien fuera a arreglar el coche y luego llamaría al hotel para preguntar si era posible que le conservaran la reserva. Dependiendo de lo cerca que estuviera el pueblo más próximo, Rorie se figuraba que tardaría al menos una hora para que una grúa llegara y luego otra más para que remolcara el auto al taller. Una vez ahí, la compostura no tomaría mucho tiempo. ¿Cuánto tardarían en componer una bomba de agua?

—¿Qué tan lejos habrá un teléfono?

—En aquella cordillera —el joven sonrió y señaló hacia su caballo.

Rorie se relajó. Al menos esa parte no iba a ser mucho problema.

—… Alrededor de quince kilómetros —terminó el adolescente.

—¿Quince kilómetros? —Rorie inclinó su peso contra el lado del auto. ¡Juró que esa era la última vez que permitiría que Dan la convenciera de tomar prestado su auto!

—No te preocupes, no tendrás que caminar. Venture puede llevarnos a ambos. No pareces pesar mucho.

—¿Venture? —Rorie comenzaba a sentirse como un eco.

—Mi caballo.

La mirada de la chica se enfocó en el semental, que bajaba la cabeza para comer la hierba de la colina. Ahora que tenía oportunidad de estudiarlo, se dio cuenta de que era un animal grande. Rorie no había montado un caballo desde que era niña.

—¿Quieres… que monte junto contigo? —ella llevaba un vestido veraniego y montar un caballo podría resultar… interesante.

—Traes vestido y eso podría dificultar las cosas —el muchacho se frotó un lado de la mandíbula, parecía dudar.

—Podría esperar aquí a que alguien viniera —ofreció ella.

—Podrías hacer eso, pero tal vez pase otro día o más… si tienes suerte.

—¡Oh, Dios!

—Supongo que puedo regresar a la casa y traer la camioneta —sugirió él. A Rorie le pareció una idea genial.

—¿Lo harías? Escucha, yo estaría más que feliz de pagarte por tu tiempo —él le dedicó una mirada de extrañeza.

—¿Por qué quieres hacer eso? Solo me estoy comportando como un buen vecino.

Rorie le dirigió una suave sonrisa. Ella había vivido en San Francisco la mayor parte de su vida. Amaba todo lo referente a la Ciudad de la Bahía, sin embargo ignoraba el nombre de la pareja del apartamento contiguo.

—A propósito —dijo el muchacho, limpiando sus manos con el pañuelo azul brillante—, mi nombre es Skip. Skip Franklin.

Rorie le tendió la mano con entusiasmo, sumamente agradecida de que hubiera aparecido en el momento más oportuno.

—Rorie Campbell.

—Encantado de conocerte.

—Yo también, Skip.

El adolescente sonrió.

—Ahora quédate aquí, regresaré antes que te des cuenta —hizo una pausa, al parecer considerando algo más—. Estarás bien aquí sola, ¿verdad?

—Seguro, no te preocupes por mí —apartó los pies y levantó las manos en la clásica posición de karate—. Puedo cuidarme sola. He tomado tres lecciones de defensa personal.

Skip sonrió, caminó hacia Venture y subió a la silla. Unos minutos después, desapareció sobre el risco.

Rorie lo observó hasta que desapareció de la vista, luego caminó sobre la colina y se sentó. La vaca con la que estaba conversando antes, miró en esa dirección y la chica se sintió obligada a explicar.

—¡Fue por ayuda! —gritó—. Dijo que es lo que haría un buen vecino.

La vaquilla mugió con fuerza. Rorie sonrió.

—Yo también pensé eso.

Pasó una hora y a Rorie le pareció la más larga de su vida. Con el sol en el cénit, sentía como si se marchitara a cada minuto. Justo cuando comenzaba a sospechar que Skip Franklin había sido producto de su imaginación escuchó un sonido similar al de una locomotora. Se puso de pie de un salto y escudando sus ojos con una mano, miró hacia la carretera. Era Skip, sentado encima de una pesada máquina.

Rorie tragó saliva. ¡Su galante caballero iba a rescatarla en un tractor!

Skip se quitó el sombrero y lo ondeó. Aun a esa distancia, se distinguía su sonrisa ansiosa.

Rorie devolvió el gesto débilmente, pero la sonrisa de sus labios se desvaneció. De los dos medios de transporte, hubiera preferido el semental. Dios santo, solo había un asiento en el tractor.

Una vez que el adolescente llegó al auto, dio vuelta al tractor en un amplio círculo hasta que quedó en dirección opuesta a la que había llegado.

—Clay dijo que deberíamos remolcar el auto hasta nuestra casa, en lugar de dejarlo en la carretera. No te importa, ¿verdad?

—Lo que él piense que es mejor.

—Estará aquí en un minuto —explicó Skip, saltando de su asiento. Sacó un gancho y una cadena y comenzó a enganchar el auto deportivo al tractor —. Clay necesitaba hacer un par de cosas primero.

Rorie asintió con la cabeza.

Un par de minutos más tarde, el sonido de otro vehículo llegó a los oídos de la chica. Esta vez era un camión de modelo atrasado que necesitaba pintura nueva.

—Ese es Clay —anunció Skip, mirando hacia la sinuosa carretera.

Rorie se quitó los pedazos de hierba de la falda de su vestido. Cuando terminó, levantó la vista y vio un hombre alto y musculoso deslizándose del asiento del conductor de la camioneta. Usaba jeans y una chaqueta de mezclilla y llevaba el sombrero sobre la frente, protegiendo sus ojos. El aliento de Rorie se atoró en su garganta al observar los movimientos del hombre. Personificaba todo lo que ella ligaba a la idea de un hombre de campo.

El la miró con atención, sus manos descansaban ligeramente sobre las esbeltas caderas.

—Parece que se metió en un predicamento —su voz era baja, ronca… y un poco divertida.

Las palabras parecían envolver el cuello de Rorie, ahogando cualquier respuesta inteligente. Sus labios se abrieron, pero para su embarazo, no emitió sonido alguno.

Clay sonrió y se acentuaron las finas líneas que rodeaban sus ojos.

—Skip piensa que podría ser la bomba del agua —informó ella, señalando el MGB.

Las palabras fueron débiles e inseguras. Nunca un hombre la había afectado de ese modo. Ni siquiera era apuesto como Dan Rogers; en realidad no se parecían en absoluto. Dan era citadino, educado… y muy orgulloso de su pequeño MGB.

—Por el sonido, parece que Skip tiene razón —Clay caminó alrededor del auto que su hermano enganchaba al tractor. Torció la manguera negra, como antes hizo Skip y frunció el ceño. Luego examinó que el parachoques del auto de Dan estuviera bien sujeto a la cadena. Asintió, palmeando la espalda del joven con aprobación.

—Buen trabajo.

Skip sonrió por el elogio de su hermano.

—Supongo que está interesada en encontrar un teléfono. Hay uno en la casa, puede usarlo —dijo Clay mirando directamente a Rorie.

—Gracias —el corazón de ella latía de prisa y sentía el estómago revuelto. Esa reacción era inusual en ella. Era una muchacha de veinticuatro años, calmada, por lo general, no una adolescente que no sabía cómo actuar cuando un hombre atractivo miraba en su dirección.

Clay dio vuelta hasta el lugar del pasajero y abrió la puerta. Esperó a Rorie, luego le dio la mano y la ayudó a subir. Esa sencilla acción la conmovió. Hacía mucho tiempo que nadie la trataba así.

Luego, Clay caminó hasta el lado del conductor y subió. Puso a funcionar el motor, que rugió de inmediato, luego metió la velocidad.

—Ofrezco disculpas por cualquier inconveniencia que haya causado — declaró Rorie con rigidez, después de unos instantes de silencio.

—No hay problema —murmuró Clay, concentrándose en conducir, a la velocidad límite.

Transcurrieron alrededor de diez minutos cuando Clay dio vuelta en la carretera y atravesó un enorme arco con el letrero ELK RUN encima. Extensos pastizales verdes flanqueaban el camino privado y varios caballos pastaban en uno de ellos. Rorie casi nada sabía acerca de caballos pura sangre mas su belleza era evidente aun para sus ojos inexpertos.

La siguiente cosa que Rorie notó fue la gran casa de dos pisos con un gran corredor, donde un columpio de mimbre blanco se mecía con suavidad. Rosales en botón se alineaban a ambos lados del camino.

—Es bello —expresó ella con suavidad. Rorie hubiera esperado algo así en las verdes colinas de Kentucky, pero nunca en las carreteras secundarias de Oregon.

Clay no hizo comentarios.

Condujo frente a la casa y dio vuelta atrás de ella hacia un establo muy grande.

—¿Cría usted caballos? —preguntó Rorie.

Una sonrisa se movió a través de los ojos masculinos como una luz distante.

—Esa es una forma de decirlo. Elk Run es en realidad una granja de caballos.

—¿Árabes?

—No. Cabalgaduras americanas.

—No creo haber escuchado antes esa raza.

—Es probable que no —repuso Clay.

Estacionó el camión, ayudó a la chica a bajar y la condujo hacia la parte posterior de la casa.

—Mary —llamó, abriendo la puerta para que Rorie lo precediera al interior de la enorme cocina.

Rorie percibió el olor a canela y manzanas. El aroma provenía de un pastel recién horneado, que se enfriaba en la mesa. Un perro labrador negro dormía en una alfombra, levantó la cabeza y golpeó su cola con suavidad cuando Clay se acercó. Con distracción, él se inclinó a rascar las orejas del perro.

—El es Blue.

—Hola, Blue —saludó Rorie; supuso que el animal había sido una mascota de la infancia.

—Parece que Mary no está.

—¿Mary es su esposa?

—El ama de llaves —informó Clay—. No soy casado.

Esa pequeña información alegró el corazón de Rorie y al instante se sintió tonta. Correcto, se sentía atraída por ese hombre de ojos tan grises como el cielo de San Francisco, pero eso nada significaba. Si sus planes iban de acuerdo con lo programado, ella estaría fuera de su vida en cuestión de horas.

—Es probable que Mary esté arriba —explicó Clay cuando el ama de llaves no respondió de inmediato a su llamado—. Hay un teléfono en la pared —señaló hacia el otro extremo de la cocina.

Mientras Rorie sacaba su tarjeta de AT & T de su cartera de piel, Clay fue hacia el refrigerador y miró una jarra de cerámica de brillantes colores.

—¿Té helado? —preguntó él.

Rorie asintió.

—Por favor —sentía la garganta reseca. Tuvo que tragar varias veces antes de hacer su llamada.

Mientras hablaba por teléfono, Clay tomó dos vasos altos de una alacena y los llenó hasta la mitad con cubos de hielo. Sirvió el té, luego añadió delgadas rebanadas de limón.

Rorie terminó su conversación y se acercó a la mesa. Se sentó frente a Clay, y tomó la bebida que él le preparó.

—Era mi hotel en Seattle. No podrán apartar la habitación después de las seis.

—Estoy seguro de que habrá lugar en otro.

Rorie asintió, aunque pensó que era improbable. Se hallaba en camino a una conferencia de escritores, por la cual había pagado una jugosa cuota y odiaría perder un minuto de ella. Cada hotel en un radio de un kilómetro y medio de la ciudad estaba lleno.

—Llamaré al taller en Nightingale —ofreció Clay.

—¿Está cerca eso?

—Alrededor de siete kilómetros por la carretera.

Rorie se sintió aliviada. Nunca había oído de Nightingale y la alegraba escuchar que tenía un taller. Después de todo, el lugar apenas era lo suficiente grande para ser mencionado en el mapa de carreteras.

—El viejo Joe ha trabajado en coches la mayor parte de su vida. Le hará un buen trabajo.

Una vez más, Rorie asintió, sin saber qué otra cosa responder.

Clay caminó con rapidez hacia el teléfono, marcó el número y habló unos cuantos minutos. Fruncía el ceño al colgar el auricular. Rorie quería interrogarlo, pero antes que pudiera, él tomó una guía telefónica y marcó un segundo número. Su ceño fruncido se acentuó cuando terminó la llamada.

—Tengo malas noticias para usted.

—No —el corazón de Rorie se desplomó—. ¿Qué sucede ahora?

—El viejo Joe se fue de pesca y no regresará este mes. El mecánico en Riversdale, que está alrededor de noventa kilómetros de aquí, me aseguró que si es la bomba del agua, tardará al menos cuatro días en conseguir el repuesto.