Boulevard. Libro 2 (edición revisada por la autora)

Capítulo 13

Hacía mucho que no pasaba tiempo a solas.

Todavía recordaba esos días en los que Zev me dejaba colgada o las veces que tenía que regresar a casa a pie y acababa deambulando por el centro comercial de la ciudad, mirando cualquier cosa que llamara mi atención en los escaparates.

Sucedía en contadas ocasiones, pero me gustaba.

Cuando mi madre me avisaba de que llegaría tarde, salía a curiosear en las tiendas donde vendían cosas extravagantes y muy caras, tan caras que ni ahorrando las pagas de todo un año habría podido comprar algo. Pero bueno, de todas formas no recibía ningún tipo de paga, así que… También me gustaba mirar libros. Sobre todo los que tenían las portadas bonitas, que para mí eran los de tapa dura con tipografías doradas o plateadas en relieve o que parecían una enredadera con objetos. O esos poemarios con ilustraciones, algunas preciosas… Mis favoritas eran las de colores, pues parecía que tenían vida.

Cuando lo inimaginable sucedió y Luke se fue, mi vida dejó de contar con ilustraciones a color, y todo se tiño de diferentes tonalidades de gris.

Dejé de visitar las tiendas, de ir al cine, de caminar por la ciudad, de mirar

los libros…

Y en Melbourne jamás me atreví a intentarlo. Solo muy de vez en cuando, y en compañía de Neisan, iba a comprar los materiales que necesitaba para hacer los proyectos de clase o los que necesitaba él; sin embargo, la mayoría de las veces prefería quedarme en casa.

«El estudio me consume demasiado tiempo», solía decir cuando me preguntaban por qué no salía. Honestamente, parecía creíble, aunque estaba muy lejos de ser verdad.

Ahora, después de tres años, me encontraba frente al escaparate de una de mis tiendas favoritas, situada en un centro comercial de la ciudad.

Soplaba un viento helado y feroz que podía entumecerte las extremidades.

No sé qué era más loco, si ese tiempo frío en esa época del año o que estuviera pensando en comprarme aquel prendedor dorado para el pelo que valía la mitad de mis ahorros de la universidad.

Dudé un segundo.

Pero al siguiente empujé la puerta.

Olía a narciso, tan opulento y frágil.

Me mordí los labios y con pasos lentos me acerqué a una de las vitrinas, observando el prendedor dorado. Nunca me había preocupado demasiado de mi pelo. Solía peinarme con la raya en medio y cepillar mi melena de la mitad a las puntas. En algún momento pensé en teñírmela de castaño claro, pero me dio miedo estropearme el pelo, así que mantuve mi color natural.

Azabache.

El prendedor se curvaba y estaba adornado con cinco flores en cuyos centros se podía apreciar una pequeña piedra blanca y otras más diminutas que formaban los pétalos.

—Hola, ¿puedo ayudarte?

Me volví.

Era una chica con coleta y una sonrisa amplia. Parpadeé, devolviéndole el gesto. No quería hacerle perder el tiempo pidiéndole que me lo mostrara:

además, tampoco sabía si acabaría usándolo…

«Probar cosas nuevas es parte de aprender a vivir», había leído en alguna parte, tal vez en alguno de los libros que Rose me recomendaba durante las sesiones.

Lancé un suspiro y, con todo el dolor de mi cartera, solo pude decir una sola cosa:

—Me llevaré este prendedor dorado con flores.

Al final del día, llevaba una bolsa de papel que contenía la compra más cara que había hecho en mi vida, en serio.

Mientras mis pies me guiaban a otro lugar dentro del centro comercial, en la pantalla del móvil apareció la notificación de que me había llegado un mensaje nuevo. Era mi madre preguntándome a qué hora llegaría a casa, solo por saberlo.

«Llegaré en cuarenta minutos», le respondí.

Ella me envió un pulgar arriba y me reí por lo bajo. Me gustaba que usara emoticonos. Al principio no sabía usarlos bien porque no conocía sus significados, y a veces mandaba unos por otros. Conmigo le ocurrió dos veces. De todas formas, nuestro chat solía estar lleno de corazones y caritas enternecidas.

Me guardé el móvil en el bolsillo del pantalón y me quedé de pie, en medio del enorme pasillo principal del centro comercial, mirando hacia delante, donde lo que vi me cogió desarmada.

Congelada. Escéptica. En pausa.

Las luces blancas y rojas iluminaban el fondo, las pantallas promocionan

los nuevos estrenos y también los menús de palomitas y bebidas.

CINE VILLAGE

Todo era tan familiar, tan cercano y lejano a la vez. Los sueños del pasado regresaron de golpe al presente, escenas que habían ocurrido en un sitio similar a este se reprodujeron en mi cabeza como si fueran videoclips guardados en una memoria externa.

Los lugares que has compartido con alguien que ha sido importante en tu vida ya no los vuelves a ver ni a sentir de la misma manera cuando esa persona deja de estar a tu lado. Los vives de una forma diferente, como si faltara o sobrara algo en ellos, pero, eso sí, siempre como un recordatorio de lo que sentiste allí tiempo atrás. Me gustaba esa sensación. Los recuerdos me hacían sentir. Y sentir, tan solo sentir, estaba bien.

Me acerqué y miré las pantallas, fijándome en los horarios y en los títulos de los estrenos. Se me cruzó por la cabeza la loca idea de entrar a ver una película, pero solo de pensarlo se me puso el vello de punta y noté una opresión en el pecho. Mi alma se estaba partiendo en dos. ¿Qué hacía?

¿Entraba o huía?

«Me gusta trabajar aquí. Parece que odio hacerlo por mi cara cada vez que estoy detrás del mostrador, pero le he cogido cariño», me había confesado Luke cuando tuvimos nuestra primera cita formal.

Aún lo recuerdo.

A él no le gustaba llamarla «cita», pero es que no era otra cosa más que una cita. Yo llevaba esa noche un casi elegante vestido azul marino y él me hizo sonrojar más de una vez. Entramos en el cine más grande de la ciudad y estuvimos completamente solos en la sala, donde nos hicimos promesas que finalmente no pudimos cumplir…

Apreté los labios, me sentía tan triste…

Traté de vencer mi tristeza y me puse en la cola para comprar una entrada. ¿Sabía qué película iba a ver? No. ¿Conocía alguna de las películas

que echaban en el cine? Sí. ¿Estaba segura de querer hacer lo que iba hacer?

Completamente.

Cuando llegó mi turno, fui la primera en hablar sin darle tiempo al taquillero de darme siquiera las buenas tardes. Lo hice porque no quería arrepentirme y salir huyendo de allí como una cobarde.

—¿Me das una entrada? —le pedí.

Elevó las cejas, esperando que yo dijera algo más, claro.

—Buenas tardes. ¿Para qué película? —me preguntó el chico, muy simpático.

—Ah, para la que esté más próxima a proyectarse, no tengo preferencia por una en particular —expliqué—. Tampoco me importa dónde me des el asiento. Cualquiera al azar me parece bien.

Frunció el ceño ligeramente, pero no dijo nada, y esbozó una sonrisa sin despegar los labios. Lo habitual es que la gente vaya al cine en pareja, con amigos, con la familia, pero tampoco es tan raro que una persona vaya sola a ver una película.

El taquillero me dijo cuánto costaba la entrada, le di el dinero y él me dio el tíquet, deslizándolo por el mostrador hacia mí.

—Es un buen sitio. Espero que te guste la peli.

Le di las gracias y me aferré a la entrada que tenía en la mano. No compraría nada de comer, no me apetecía nada, solo… sería alguien normal disfrutando de una película en una sala de cine.

De un cine con mucha historia.

Una historia que tenía otras historias.

Y una de ellas me pertenecía.

Estar en los lugares que me recordaban a Luke era como ver el sol desaparecer dentro del mar.

Nostálgico, pero bonito.

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