Boulevard. Libro 2 (edición revisada por la autora)
Capítulo 7
El sonido de la licuadora me despertó.
Quería seguir durmiendo. Me costaba abrir los ojos y levantarme de la cama. Todavía me pesaban los párpados. Todavía seguía preguntándome:
«¿Qué haré hoy?». Todavía miraba al otro lado de la cama para descubrir que estaba sola.
Suspiré agotada —y eso que aún seguía en la cama—, pero me levantaría e iría a ver qué estaba haciendo mamá abajo.
Me hice una cola alta mal hecha mientras bajaba por las escaleras, sin importarme que me quedaran algunos mechones sueltos. Percibí el olor del perfume favorito de mamá y me asomé por la puerta de la cocina. Llevaba unos pantalones azules y una blusa blanca y se había recogido su cabello negro en un moño. Las zapatillas deportivas negras la hacían parecer más alta. Era una mujer muy guapa. Me costaba creer que no tuviera algún pretendiente en el trabajo o en el club de ajedrez.
Cogió los pendientes de la mesa e inclinó la cabeza hacia un lado para colocarse uno.
—¿Te vas? —le pregunté.
Al parecer, mi voz no la sorprendió para nada, porque no se inmutó ni un poco, al contrario, se limitó a girarse hacia mí y regalarme una sonrisa.
—Voy a casa de Amy. Hemos quedado para vernos un rato.
—¿Seguro que has quedado con Amy? —pregunté usando un tono coqueto en mi voz.
Ella puso los ojos en blanco.
—Sí, ¿por qué? —Puso una mano sobre su cadera y me miró retadora—.
¿Piensas que voy a otro sitio? ¿Ahora vas a adoptar el papel de hija controladora y celosa?
—No —me reí—, pero es que vas muy guapa para ir solo a casa de Amy.
Parece como si fueras a… ¿una cita? —Me encogí de hombros. Mamá abrió la boca, indignada—. ¿Tú no me ocultarías que estás saliendo con alguien?
—No veo la necesidad de hacerlo —contestó—, y si tuviera una relación romántica con alguien, también te lo contaría. Estoy soltera. Soy una feliz madre soltera…
—Ya —la corté divertida.
—Por cierto, me alegro de que te hayas despertado tú solita; si no, te habría despertado yo antes de irme.
—¿Para avisarme de que te ibas? —pregunté enarcando una ceja.
—También —contestó.
La miré confundida, con el ceño fruncido. Me alejé del marco de la puerta y me acerqué a la nevera para sacar la jarra de zumo.
—¿También?
Cogí un vaso y lo dejé todo sobre la encimera.
—Alrededor de las doce vendrá el hermano de una paciente… Es el mismo que vino hace dos días —comentó.
La imagen de Harry Beckinsale me vino a la cabeza.
—Harry —dije en voz alta.
—Sí, él mismo. Viene a buscar el expediente de su hermana. ¿Podrás dárselo? Lo he avisado de que no estaré y que serás tú quien se lo entregará,
¿vale?
Vertí un poco de zumo en el vaso y bebí, mirando de reojo a mamá, que me sonreía esperando que dijera que sí. No sé por qué, estaba claro que lo haría de una u otra forma.
—Vale, estaré pendiente. Solo espero que no sea impuntual —di je finalmente, dejando el vaso en la encimera.
—Descuida, hasta ahora siempre que he quedado con él ha llegado a la hora acordada. Ni un minuto más, ni uno menos.
—Ojalá sea así.
—¿Por qué? ¿Vas a salir?
Fruncí los labios y negué con la cabeza.
—No, pero quiero seguir durmiendo un rato más —respondí—. Aunque Neisan me dijo ayer si quería salir hoy por la noche con los chicos, y tal vez vaya. Pero bueno, tampoco tengo muchas ganas.
Mi madre se acercó y me sujetó de las manos.
—Deberías salir.
—Lo pensaré —mentí.
Estaba decidida a quedarme. No me sentía bien y lo que menos quería era arruinarle la noche a Neisan y a sus amigos. No tenía ganas de que me llamaran aguafiestas suprema y me dijeran que me fuera a casa.
—Eso espero —sonrió, y se alejó de mí.
Observé los azulejos que adornaban la cocina mientras pensaba qué mal me hacía sentir mentir a mi madre, por mucho que se trataran de pequeñas mentiras piadosas. Suspiré de mala gana y salí de la cocina para ir hacia donde se encontraba ella. Hojeaba un expediente de color azul. Tomé asiento en uno de los sillones y me quedé en silencio, observándola cautelosamente.
Marcó algo con un rotulador e hizo lo mismo en otras cinco hojas. Luego lo dejó todo en la mesa del comedor y fue a buscar su bolso a la sala.
—No voy a tardar mucho. Estaré de vuelta alrededor de las cinco.
Cualquier cosa, me llamas, ¿vale? Sabes que nunca interrumpes nada.
—Lo sé.
—¿Segura?
—Sí.
Se puso frente a mí de cuclillas para mirarme y esbozó una dulce y cálida sonrisa. Sus ojos azules abrazaron los míos y me entraron ganas de llorar; tenía las emociones a flor de piel.
Quería mucho a mi madre. Era la persona más importante que tenía en la vida y no me gustaba que sufriera cada vez que me veía mal. Por eso quería estar bien de una vez, porque si yo estaba bien, ella también lo estaría. Sin embargo, me estaba costando mucho sanar y no entendía por qué.
—Te quiero mucho —murmuró.
«Yo también te quiero, mamá. Perdóname por estar haciendo que lo pases tan mal. Te juro que no es mi intención, me estoy esforzando, pero todavía no logro descubrir cómo puedo llegar a sentirme bien para toda la vida», quise decirle, abrirme un poco más; sin embargo, no fue así.
Nada de eso salió de mi boca.
No pude.
Por vergüenza.
Por miedo.
Por lástima a mí misma.
Lo único que le pude responder fue lo que yo quería que ella escuchara.
Una verdad, pero con muchos ecos de fondo.
—Yo te quiero más —dije en voz baja.
Me dio un beso en la frente y se levantó.
—Nos vemos luego —dijo.
—¡Que vaya bien! —dije—. Saluda a Amy de mi parte, ¡y a Nico!
—Nico ya no vive con ella —me informó. Mis ojos se abrieron de sorpresa—. Se ha juntado con una chica a la que conoció en la universidad hace seis meses, trabajan en el mismo sitio.
Nico era el hijo de Amy. Era mayor que yo y ya trabajaba y, al parecer, tenía pareja desde hacía bastante tiempo. Todavía recordaba las veces que nuestras madres habían dicho que los dos acabaríamos viviendo juntos.
Spoiler: no ocurrió así.
—Vaya, sí que me he perdido cosas por no venir más a menudo —ironicé
—. Dentro de un año hasta puede que se esté casando y no me invite.
—Eso te pasa por no seguir comunicándote con él —se lamentó—.
Parecía que…
—Se te hará tarde —la corté, ya que sabía lo que me iba a decir y no quería escucharlo—. Avísame cuando llegues.
Ella se rio y negó, divertida, con la cabeza. No agregó nada más y salió de casa. El sonido de la puerta cerrándose hizo eco.
Me había quedado sola.
Bufé y me eché de espaldas sobre el sillón, mirando al techo. El ventilador giraba y eso me mareó por un momento.
En esa soledad y silencio me vinieron todos los recuerdos que solían pasar por mi cabeza como un caleidoscopio. Cada uno con su risa, su voz, sus ojos, pero más tarde, todo eso desaparecía.
Llegaba a creer que tendría que vivir solo con esto.
Recuerdos.
Con el entrecejo fruncido, miraba el reloj que colgaba de una de las paredes de la sala, y la paciencia se me estaba acabando. Ya era más de mediodía y Harry Beckinsale todavía no había venido a buscar el expediente. Mi madre me había dicho que era superpuntual, pero ahora
estaba dejándola mal.
Me giré para volver al sillón y me senté. Hacía veinte minutos que le había dejado de prestar atención a la película que había puesto mientras esperaba a que llegara, aunque pronto terminaría y todavía no aparecía.
Entonces, de repente, alguien llamó a la puerta. Apreté los dientes para controlarme y me levanté.
El chico de ojos de color miel apareció al otro lado de la puerta.
—Buenas tardes, Hasley. Discúlpame por no llegar a la hora que acordé con tu madre —fue lo primero que dijo—, pero es que hay mucho tráfico.
El cuello de su camisa estaba un poco desdoblado y vi que tenía una mancha roja cerca de la manga. Me dio la impresión de que me estaba mintiendo. ¿Quizá hubiera tenido una cita antes de venir y ahora pretendía excusarse con una mentira?
Bueno. No me importaba.
—Sí, mi madre me dijo que eras muy puntual. —Me crucé de brazos y lo miré de arriba abajo, intentando disimular—. Parece que no la has dejado muy bien.
Él sonrió divertido.
—Lo lamento —se disculpó—. El problema es que igual mi hermana es un poco exigente con lo que come.
Asentí, sin comprender muy bien.
—Voy a buscar el expediente.
—Bien.
Me alejé de la puerta y fui al comedor para coger la carpeta azul. Leí por encima el nombre de su hermana, «Ellen», y el año en el que había entrado a terapia: «Diciembre de 2017».
Cuando estuve frente a él, se lo extendí. Harry lo cogió y echó un vistazo por dentro y, al cabo de unos segundos, frunció el ceño. Eso me hizo saber que había algún problema.
—Hasley —dijo sin elevar la mirada—, no quiero molestarte, pero falta
una carpeta que le di a tu madre hace un mes.
Alzó su vista hacia mí.
—Ella solo dejó esta carpeta… —murmuré.
—Entiendo… Tal vez se olvidó de la que falta…
—Es lo más seguro.
—Puede ser.
Su frente se arrugó y cerró la carpeta. Una parte de mí se ablandó, por lo que suspiré sin muchas ganas de decir lo siguiente:
—Pasa. La voy a llamar y le preguntaré por la carpeta que falta, así no tendrás que volver otra vez. ¿Te parece bien?
—Te lo agradecería, es muy importante —dijo sonriendo.
Me alejé de la puerta y escuché sus pasos detrás de mí.
—¿Quieres tomar algo? ¿Agua, zumo?
—Agua está bien.
Cogí mi móvil y marqué el teléfono de mi madre mientras caminaba a la cocina para servirle a Harry un poco de agua. Al tercer tono, ella contestó.
Pensé que escucharía música de fondo o los gritos de sus amigas; sin embargo, fue todo lo contrario, había silencio y escuchaba el sonido de un reloj contar el tiempo.
—Hola, cariño.
—Mamá, ha venido Harry y dice que falta una carpeta que te dio hace un tiempo. ¿Sabes dónde está para que se la dé? Sigue aquí en casa.
Regresé con él para tenderle el vaso y lo sujetó. Me quedé con el móvil en la oreja, esperando la respuesta de mamá.
—¡Qué torpe soy! —gritó—. ¡Lo olvidé! Amor, amor —repitió—, está en mi habitación. En uno de los cajones de mi escritorio. La carpeta es beis.
En la primera hoja tiene escrito el nombre de Ellen Heathcote. Dásela, por favor, y que él compruebe que es la correcta.
—Vale. Te aviso si todo sale bien.
—Gracias, amor.
—Te quiero —me despedí, y le colgué. Harry me miró cuando bajó el vaso—. Ya me ha dicho dónde está. Voy a buscarla, ahora vuelvo.
No esperé su respuesta y le di la espalda para ir a la habitación de mi madre a buscar la famosa carpeta. Tardé alrededor de unos cinco minutos porque me entretuve mirando papeles que había esparcidos por su escritorio. Finalmente encontré la carpeta en uno de los cajones, tal como había dicho mi madre, y bajé de nuevo para dársela a Harry.
—¿Es esta? —pregunté.
Él la revisó.
—Sí, lo es.
Leyó otras cosas y lo observé durante ese tiempo. Me parecía curioso y extraño que nos hubiéramos conocido en la universidad y que luego nos hubiéramos vuelto a ver en mi casa porque él era el hermano de una paciente de mi madre.
«Los azares de la vida», diría ella.
—Harry —empecé a decir. Sus ojos de color miel me miraron—. Creo que debo disculparme por lo que sucedió en el auditorio —dije, tomando asiento en el otro sillón—. No sabía que eras tú quien darías la charla.
Tampoco que no fueras consciente de que daban créditos por las horas que duraba la conferencia.
Cerró la carpeta y sonrió.
—Descuida, también he sido universitario, Hasley. No tiene nada de malo asistir a una charla si eso ayuda en tus calificaciones. Muchas veces uno busca aprobar como sea, aunque sea por la mínima.
—Ya, pero me dio mucha vergüenza cuando supe que había estado hablando con el ponente. —Me reí—. Gracias por las dos horas de la conferencia, de verdad que las necesitaba.
—Es un gusto saber que te ayudé —dijo colocándose bien el cuello de la camisa—. Una duda. ¿Eso quiere decir que no vas bien?
Junté las cejas y me quejé en voz baja; él me miró con una ceja alzada,
divertido.
—Algo así.
—¿Se ha complicado?
—No, es solo que no soy nada disciplinada, lo dejo todo para el último momento. Lo he intentado, pero me resulta muy difícil.
—Sin embargo, eres consciente de tus responsabilidades, ¿no?
—Ajá.
Harry cerró los ojos antes de echarse a reír, y yo acabé riéndome también.
Nunca me había dado cuenta de las cosas tan simples que nos pueden hacer reír. No se necesita un chiste elaborado ni un espectáculo con bocinas para reírnos a carcajadas.
—Soy un poco olvidadiza —admití.
—Ya veo —dijo. Se quedó en silencio unos segundos y prosiguió—. A tu madre le gustan los cisnes, ¿no?
Eso me dejó desorientada. No entendía por qué me preguntaba eso.
—¿Por qué lo dices?
—Tiene muchas figuras de cerámica de cisnes, y también algún que otro cuadro —respondió, señalando con el índice alguna de las cosas que estaban cerca.
—Eres muy observador, ¿no?
—Un poco.
—Pues sí. Es su ave favorita porque significa pureza y paz, luz y elegancia. Por esa razón su despacho es blanco.
Harry esgrimió una sonrisa, comprendiendo.
—¿Y cuál es tu ave favorita, Hasley?
—Nunca he pensado en eso. A mí solo me gustan los gatos, pero no soy buena teniendo mascotas —dije, hablando de más, quizá—. ¿Cuál es la tuya, Harry?
Desvió su mirada al suelo y pude observar que su frente se arrugaba mientras pensaba su respuesta. Me quedé en silencio para no interrumpirlo.
—El guacamayo —respondió.
Por un momento creí que me explicaría por qué, y al ver que no lo hacía, me dispuse a preguntarle, pero justo en ese momento me sonó el móvil. Lo cogí. Se trataba de mamá.
—Ya la he encontrado —dije apenas descolgué—. Y Harry ha comprobado que es la correcta.
—Gracias a Dios. Estuve esperando tu llamada, y al ver que no tenía señales tuyas, pensé que tal vez hubiera ocurrido algo. Por eso te he llamado.
—Entiendo. Todo está bien. Descuida, no te tienes que preocupar de nada, ¿vale?
—¿La próxima vez me llamarás?
—¿Habrá próxima? —me burlé.
—Lo más seguro —canturreó.
—Bien, no tengo más opciones, ¿o sí?
Escuché de fondo que alguien gritaba su nombre. Amy.
—No, y ahora te dejo. Cuídate, y muchas gracias, cariño.
—De nada. Cuídate tú también.
Ella fue la primera en colgar. Me quedé mirando la pantalla por un instante. ¿Estarían bebiendo? Mamá bebía solo en las fechas festivas, era muy raro que lo hiciera en reuniones con Amy y sus amigas.
La voz de Harry me hizo salir de mis pensamientos, pero habría preferido que lo hubiese hecho con otra cosa.
—Me gusta tu camiseta.
El asunto de mamá pasó a un segundo plano. Me congelé.
Bajé mi mirada. Era una de Luke. Tragué saliva y volví a mirarlo, apretando los labios antes de contestarle.
—The Doors —señalé—. ¿Te gustan?
—Sí, siempre he admirado el álbum de L.A. Woman —dijo—. No soy muy aficionado a la música, pero me gusta escuchar algo de vez en cuando
y tengo algunas canciones favoritas.
—¿Y cuál es tu afición? —le pregunté.
Dejo su mirada sobre la mía y se quedó pensativo.
—Amar la vida.
Fruncí mi ceño.
—¿Amar la vida?
—Sí, me gusta disfrutar un poco de todo lo que ofrece la vida y dar lo que pueda de mí. Amar. Solo amar.
Sopesé lo que me acababa de decir y me perdí en mis pensamientos.
Amar.
Pero, en realidad, ¿qué era amar la vida? ¿Vivir?
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