Boulevard. Libro 2 (edición revisada por la autora)
Capítulo 2
Medio año después de la muerte de Luke, acabé bachillerato, con mucho esfuerzo y apoyo de mis seres queridos, y cuando llegó el momento de decidir qué haría después, me pareció que estudiar Diseño Gráfico en Perth era una buena opción, pero a mitad del primer año decidí ir a la Universidad de Melbourne con Neisan. Mi madre no se opuso, al contrario, me apoyó por completo y me ayudó con la convocatoria, pude convalidar algunas materias y continuar con la carrera.
Por otra parte, Neisan cumplió su palabra de estar siempre a mi lado, en los buenos y en los malos momentos. Cada paso que yo daba, él lo daba conmigo.
Recordaba las discusiones que había tenido con su padre hacía aproximadamente tres años por su descabellada decisión de dejar Ingeniería Civil para hacer Arquitectura. Ahora le quedaba un año y medio para terminar la carrera; en cambio, a mí solo me faltaba medio curso.
— Recuerden que a las catorce horas hay una conferencia en el auditorio para quienes todavía no han acumulado suficientes créditos de asistencia y participación. Son dos horas —dijo el profesor—, o sea, dos créditos. Y a las dieciséis hay otra. Les recomiendo que vayan a ambas si pueden. La
clase ha terminado.
—¿Podemos saber de qué van?
En los tablones se anunciaban las conferencias y las charlas, pero nadie se detenía a leer los avisos.
Terminé de guardar mis cosas y seguí sentada, esperando a que el profesor acabara de hablar. Imagino que porque mi madre siempre insistía en que eso decía mucho de la buena educación de una persona.
—La primera se titula Cómo conciliar vida laboral y personal. La dará el licenciado Harry Beckinsale, uno de los mejores profesores de la Universidad de Sídney — respondió —. La otra es…
Dejé de prestarle atención cuando la gente empezó a murmurar acerca de la presencia de Beckinsale, quien, al parecer, era muy conocido aquí. Quise intentar buscar un poco de información sobre él en mi mente, pero fracasé.
No lo conocía, nunca había oído su nombre.
—Vayan, les conviene, créanme — aseguró el profesor—. Bien, eso es todo. Ya pueden irse.
Me puse de pie y salí de la clase para dirigirme al campus principal. Me sentía terriblemente cansada y solo quería llegar a casa para tirarme en la cama a dormir, y quizá despertarme un semestre después con el título universitario en la mano.
Neisan agitó la mano por encima de las demás personas que se encontraban alrededor de él para que lo viera. Le dediqué una sonrisa sin separar los labios y me acerqué. Sujetaba una pequeña figura de papel y la elevó a la altura de mis ojos para que la viera bien.
—Un ave —dije.
Él asintió.
—Un ave de origami, esta vez no he usado tijeras.
Fruncí el ceño y lo sujeté.
—Gracias.
Todos los días, mientras me esperaba, hacía alguna figura con una hoja
de papel; todo con el objetivo de no aburrirse cuando sus clases terminaban antes que las mías. Su facultad estaba en el mismo campus que la mía, lo único que nos separaba era un puente que cruzaba un pequeño lago.
Cuando nuestras horas libres coincidían, procurábamos ponernos de acuerdo para desayunar juntos. Neisan había hecho amigos en este tiempo.
¿Yo? Yo no.
—¿Vamos a casa o prefieres comer algo? — preguntó.
Inflé las mejillas y pensé.
Necesitaba sumar los créditos que podía conseguir asistiendo a la conferencia. No podía permitirme el lujo de no ir; si llegaba a suspender alguna asignatura, tardaría mucho tiempo en lograr mi título de graduada universitaria.
— Me quedaré — respondí —. Hay una conferencia en el auditorio dentro de una hora, y no me la puedo perder. Puedes irte sin mí, te avisaré cuando salga.
— A nosotros también nos han comentado lo de las conferencias. Te acompañaría, pero he tenido suficiente con las clases de hoy.
—¡Qué suerte tienes! Yo tengo que ir, me hacen falta las horas.
Neisan soltó un suspiro dramático que me hizo reír.
— Me apiado de tu pequeño ser. Espero que te diviertas en esa conferencia que acabará convirtiéndose en una charla motivacional, siempre pasa lo mismo.
—Solo haces que me quiera arrepentir — me quejé —. Mejor cállate.
— No te dejes influir por mí, Hasley. Vete y cumple con tu deber.
—Se te da fatal lo de intentar arreglar tus errores.
— Entonces me limitaré a desearte suerte.
—Eso deberías haber hecho desde el principio.
— Qué poco sentido del humor — siseó, poniendo los ojos en blanco.
— Nos vemos luego. — Agité la mano y me di media vuelta para dirigirme al auditorio.
—¡Llámame cuando salgas! — Escuché que gritó.
Sin dirigirle la mirada, alcé la mano y le mostré mi dedo pulgar hacia arriba para hacerle saber que lo haría.
Faltaba casi una hora para la conferencia, por lo que decidí esperar dentro del auditorio. No me apetecía estar en la cafetería o en las mesas del jardín hasta que empezara. En realidad, no me apetecía nada.
La fecha se acercaba.
Pronto haría tres años de su muerte.
No podía creer que ya hubiera pasado otro año.
De pronto, la charla que tuve con Rose el día anterior perdió todo el sentido. Todo lo que hablamos se redujo a un cero. Las ganas de querer avanzar se habían desvanecido. Parecía como si cuando entraba en su consulta fuera una persona completamente distinta a la que era cuando salía. En su consulta, Rose me hacía creer que estaba bien; pero cuando salía de su despacho, todo volvía a una escala de grises.
En mis sueños, él estaba conmigo, pero, cuando despertaba, desaparecía.
Mi etapa de duelo se estaba haciendo eterna. Los primeros meses fueron un infierno. Cuando viajé a Perth para ir a la universidad, mi madre tuvo que acompañarme e intentó llevarme a terapia con su amigo, pero yo me negué. No me quiso dejar sola en ningún momento. Cada noche sentía que me rompía, y ella siempre estuvo a mi lado, consolándome. A cualquier lugar que fuera, siempre sentía que Luke estaba conmigo, y todavía podía escuchar su voz.
Al año y medio, creí haberlo superado con la ayuda de Rose. Pensé que la herida ya estaba cerrada, pero, al regresar a Sídney por vacaciones, todo empeoró. Visitar el boulevard me convirtió en la persona más indefensa de toda la faz de la tierra. Pasar por los lugares a los que habíamos ido juntos hizo que todos los recuerdos me atormentaran. Y visitar el cementerio me confirmó que todavía no estaba lista para soltarlo.
Necesitaba aferrarme a su recuerdo.
Al menos de esa forma sentía que tenía un propósito en la vida: cumplir sus sueños y mantenerlo vivo en mi mente.
Cada vez que me preguntaba si en algún momento todo eso dejaría de doler, también me preguntaba si realmente quería que eso sucediera.
La respuesta siempre era la misma.
No quería.
Luke me seguiría doliendo, y no tenía ni idea de por cuánto tiempo continuaría siendo así. Había estado rechazando a los chicos que se me acercaban, no tenía ganas de conocer a nadie más. Una de las razones era porque seguía queriendo a Luke, pero también tenía miedo a volver a querer a alguien y que esa persona me dejara, como había hecho él. Ese miedo me impedía abrir mi corazón.
Estaba asustada y rota.
La terapia solo me había ayudado a sobrellevar la situación.
Y me lamentaba por eso.
—Falta mucho para que empiece. —Una voz femenina me hizo volver a la realidad.
— Sí, lo sé — dije—. Pero prefiero esperar dentro.
Ella asintió.
Entré ojeando las butacas y me fijé en que no era la única que había ido allí a esperar, al fondo ya había gente. Elegí la primera fila porque sabía que la mayoría preferiría irse al fondo para poder usar el móvil con libertad o para dormirse sin miedo a ser descubiertos.
Saqué mi teléfono para mirar los mensajes. Tenía uno de mi madre. Me preguntaba sobre mis planes para las vacaciones, en dos semanas estaríamos libres y todavía no sabía si quería ir a Sídney o que fuera esta vez ella quien viniera a Melbourne.
Sería una conversación larga cuando la llamara.
Dejé a un lado el tema y guardé el móvil. El proyector ya estaba encendido, y estaban colocando el atril y el micrófono.
«Charlas motivacionales», pensé, recordando lo que había dicho Neisan.
Tenía razón. Las conferencias que daban siempre tenían por objetivo ayudar a que los estudiantes universitarios fuéramos resilientes y no pensáramos en negativo en ninguna circunstancia. En mis casi tres años de carrera, había escuchado el «jamás te des por vencido» como unas cien veces por semestre. Nos querían enseñar a ser valientes y a vencer el miedo.
Bueno, a mí seguía sin darme resultados.
—¿Dónde está el puntero? — preguntó un hombre que estaba en la tarima.
— Lo dejé sobre el atril — respondió otro.
— No está. Quizá se haya caído por el camino…
Uno de los hombres desapareció mientras los demás siguieron preparándolo todo.
Me miré los zapatos unos segundos y me di cuenta de que la punta de uno estaba manchada. Jamás dejaría de ser una chica descuidada. Bostecé y cerré los ojos mientras inspiraba profundamente, sintiendo cómo se me llenaban los pulmones.
—¿Cansada? — preguntó una voz ronca.
La oí lejos, pero no lo suficiente como para no entenderla. Alcé la mirada. En el escenario, de pie, un hombre joven vestido de traje me miraba esgrimiendo una pequeña sonrisa sin despegar sus labios.
Sorprendida, miré a los lados, creyendo que le preguntaba a otra persona, pero al ser la única que había sentada en las tres primeras filas, confirmé que se había dirigido a mí.
Tragué saliva y asentí.
— Demasiada presión.
Alzó las cejas y dio un paso al frente, manteniéndose en el borde de la tarima, y se cruzó de brazos.
— Agotamiento mental — declaró.
«No lo sabes tú bien», murmuré en mi interior.
— Algo así — musité. Me percaté de que no me había oído, así que lo
repetí en voz alta —: Algo así. Las vacaciones se acercan, y eso significa que los profesores querrán cerrar el curso con algún proyecto o examen.
— Tienes razón — comentó. Tenía un peculiar acento británico —. ¿Vienes a la conferencia?
— Sí.
—Pareces realmente cansada. ¿Te interesa mucho el tema?
Apreté los labios, intentando averiguar la razón por la cual mantenía esta conversación conmigo.
— Bueno, la verdad es que necesito los dos créditos de las dos horas de la conferencia. Me veo obligada a asistir.
Él mantuvo sus ojos sobre mí y pude fijarme en que la comisura de sus labios se elevó un poco, como si quisiera ocultar la sonrisa que amenazaba con ser esbozada.
—¿Darán dos créditos?
—Completos.
—Espero que obtengas los créditos y que no te duermas en la conferencia; estoy seguro de que los de atrás lo harán.
—No hay duda.
Ambos nos quedamos en silencio. Desvié la mirada hacia la entrada, me sentía un poco incómoda; desde pequeña siempre me había dado vergüenza hablar con alguien desconocido.
—Beckinsale —llamaron.
Me volví de nuevo hacia la tarima y vi aparecer a un hombre de camisa blanca de manga larga.
¿Beckinsale?
—¿Sí? — contestó él.
— Iniciaremos la prueba de la presentación en quince minutos. Puede prepararse.
—Gracias, en un momento.
¡Ay, no!, esto no podía ser real.
—De acuerdo.
Él era Harry Beckinsale. Cerré los ojos y la vergüenza comenzó a invadirme. Sentí que me ardían las mejillas, bajé la cabeza y recé para que se fuera, pero podía sentir su presencia y su mirada sobre mí. Necesitaba que la tierra me tragara y no me escupiera en ningún lado.
Junté el poco valor con el que contaba y abrí los ojos. Él seguía allí de pie, recorriendo todas las butacas con una mirada inquisitiva, como si quisiera descifrar los pensamientos de cada uno de los allí presentes.
— Me pregunto cuántos habrán venido para conseguir los créditos.
Me removí en el asiento, lloriqueando en mi interior, y quise desaparecer por unos minutos.
— Bien, creo que tengo un gran reto — dijo dirigiéndose a mí —. Hacer que la conferencia sea algo más que una manera de conseguir créditos.
Una sonrisa se dibujó en su rostro, mostrando una evidente seguridad en sí mismo. Beckinsale me dio la espalda y desapareció detrás de las bambalinas.
Por favor, era imposible sentirse más avergonzada.
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