Boulevard. Libro 2 (edición revisada por la autora)
Capítulo 5
Me coloqué bien el cuello de la blusa y me pasé los dedos a lo largo del pelo, dándole el último toque. Me miré de nuevo al espejo y salí de la habitación.
El olor a pan recién horneado me obligó a ir a la cocina. Mi madre estaba batiendo algo en un tazón de cerámica. Alzó la vista y, con una sonrisa, me invitó a que la acompañara.
—¿Desde cuándo sabes hacer pasteles? — le pregunté con el ceño fruncido.
—Se me había olvidado contártelo. — Sonrió —. He ido a clases de repostería. No podía quedarme encerrada todo el tiempo aquí, a veces hay que distraerse, Hasley.
— Distraerse — repetí en voz baja.
— La semana que viene podríamos hacer galletas, ¿te apetece?
— Sí, me encanta la idea.
Le dediqué una sonrisa diminuta y desvié la vista a mis uñas. Necesitaba pintármelas de nuevo, y también dejar de mordérmelas. Últimamente, lo hacía cuando me sentía tanto presionada como nerviosa.
Solté un bostezo y tomé asiento.
— Estás muy guapa — dijo mi madre —. ¿Es nuevo ese conjunto que llevas?
— Lo compré por internet, comienza a gustarme el violeta.
—Es un color muy bonito.
—¿Quieres que te ayude?
— Pensé que jamás lo dirías — bromeó —. Puedes seguir batiendo, yo iré sacando el pan del horno.
Empujó el tazón por la encimera hacia mí y lo cogí. La pantalla del móvil de mi madre se iluminó y oímos un sonido que avisaba de que un nuevo mensaje había llegado. Eché una ojeada alzando un poco la cabeza. Cita.
—¿Tienes una cita? — le pregunté, enarcando una ceja —. Ahora entiendo por qué te has puesto a preparar el pastel.
—¿Cita? — repitió confundida. Dejó a un lado las cosas y se lavó las manos para coger el teléfono —. Ay, es verdad…
—¿Qué ocurre?
— He citado aquí, en casa, al hermano de una paciente por temas de disponibilidad en su horario. Llegará en veinte minutos — me explicó —.
Voy a tener que dejar de cocinar.
—¿En serio vas a dejar todo esto así? — pregunté, señalando el desastre que había en la cocina.
— Cariño, mi trabajo es importante. — Me miró —. Atiendo a su hermana, así que para él esta cita es de gran relevancia. ¿Por qué no me ayudas?
Limpia la cocina. ¿Puedes?, ¿puedes? Yo voy a ducharme, ¿vale? ¿Sí? Te quiero.
Salió de la cocina y me dejó allí completamente sola e indignada por que se fuera endosándome la tarea de limpiar todo aquello. Bufé de mala gana y comencé a guardar las cosas.
Mientras me lavaba las manos, me miré la muñeca. Ahí estaba. El collar que me había regalado.
Decidí llevarlo como pulsera, ya que en tres ocasiones, llevándolo
colgado del cuello, se me había enredado con el pelo.
Nadar con delfines. Uno de los tantos sueños de Luke.
Al recordar el momento en el que llegó a la puerta de mi casa con los collares en la mano me sentí mal, triste. Deseé poder volver a vivir ese instante. Deseé ver su rostro, sentir su piel y percibir su olor de nuevo. Ver cómo se sonrojaba y cómo el nerviosismo se apoderaba de él mientras afirmaba que no se trataba de un regalo romántico.
Solo quería un día más con él. Un día más a su lado. Solo uno.
Intenté hacerme la fuerte y alejar todos esos recuerdos, pero me resultó imposible. Dentro de un mes se cumplirían los tres años de su fallecimiento.
Me cubrí la cara con las manos y tomé una bocanada de aire. No había manera. Cuando creía que ya estaba mejor y que podía continuar con mi vida sin que su ausencia me doliera, todo resultaba ser peor; siempre era así.
Recaer en el dolor de su ausencia tras ilusionarme con que quizá pudiera retomar mi vida por fin era mil veces peor.
Bajé las manos y negué con la cabeza. Tenía que tranquilizarme, no podía echarme a llorar y dejar que los pedazos de mi corazón se hicieran polvo.
Me quedé apoyada en el fregadero durante unos minutos hasta que oí que mi madre bajaba por las escaleras. Me eché el pelo para atrás y salí de la cocina. Llevaba una toalla grande alrededor del cuerpo.
— Debe de estar a punto de llegar — le avisé.
— Lo sé, pero quería preguntarte si tenemos algo para ofrecerle como bebida.
— Hum. Hay té frío y agua. También tenemos gaseosa.
—De acuerdo. Hay galletas en la alacena. Hazlo pasar si llega, ¿vale?
— Ok. Galletas y té frío, me queda claro.
—¿Qué sería de mí sin ti?
— Supongo que tendrías que hacer esperar fuera a tus visitas.
Mamá me lanzó una mirada recelosa y se fue a su habitación.
Me recogí el pelo en una cola alta y volví a la cocina. Tomé unos vasos
de vidrio y unos platos y los dejé en la mesa, para después buscar las galletas. Entonces sonó el timbre e imaginé que sería la persona a la que estaba esperando mi madre. Dejé a un lado las cosas y me dirigí a la puerta.
Al abrirla me llevé una — no muy grata — sorpresa.
A veces me preguntaba si las casualidades o el destino existían. ¿Cómo era posible que, siendo Australia tan grande y Sídney tan enorme, dos personas pudieran encontrarse sin proponérselo? No tenía una respuesta en ese mismo instante. Quizá todos caminamos sobre una especie de círculo y por eso acabamos encontrándonos.
Y yo ahora estaba justo en medio de uno de esos círculos.
El hombre me miró primero con el ceño fruncido, como si se sintiera confundido ante mi presencia, pero después su gesto cambió y me dedicó una sonrisa sin despegar los labios mientras me miraba con curiosidad y lanzaba un suspiro. Yo me sentía extraña y un poco sorprendida por la escena en la que nos encontrábamos.
También algo avergonzada.
— Buenas tardes. — Su voz ronca me hizo volver al auditorio de la universidad —. ¿Bonnie Weigel?
Ahora me ofreció una sonrisa burlona. Parpadeé varias veces y tragué saliva mientras buscaba las palabras para responderle.
—No, Bonnie Weigel es mi madre. Puedes pasar y tomar asiento. Vendrá en un momento. Está un poco ocupada.
Me hice a un lado y abrí por completo la puerta.
—Muchas gracias.
Entró y pude percibir que olía a café.
¿Sería un adicto a la cafeína?
Me mordí los labios intentando controlar mi nerviosismo y cerré la puerta. Cuando me giré, vi que ya estaba en el sillón pequeño. Me acerqué a él con pasos torpes y tomé asiento en el otro sillón. Ambos nos quedamos en silencio, mi cabeza estaba tan ocupada tratando de encontrar alguna cosa
que decir que me olvidé de las galletas.
— Beckinsale, ¿verdad? — pregunté.
Él mantuvo su sonrisa.
— Sí. Puedes llamarme Harry. No estamos en una conferencia y tampoco ganarás más créditos.
Entrecerré los ojos. Su voz seguía manteniendo un tono burlón, acompañado de su acento británico.
— De acuerdo, Harry — pronuncié con firmeza —. Yo me llamo Hasley.
— Hasley — repitió él sin dejar de sonreír —. Encantado, Hasley.
No supe qué responder, y tampoco se me ocurría ningún tema de conversación, así que opté por no decir nada para evitar meter la pata. Nos quedamos en silencio varios segundos hasta que él habló de nuevo.
—¿El mundo es pequeño o es que esto estaba planeado? ¿Quién me iba a decir que me volvería a encontrar a la chica que me dijo que solo asistía a mi conferencia porque necesitaba los dos créditos que daban por escucharme?
El calor se apoderó de mis mejillas.
Al final, el tema de la conferencia había sido interesante. No me resultó tan aburrido como yo creí y como Neisan me había comentado. Harry Beckinsale era una persona tan positiva que llegaba a trasmitirte la misma energía con la que hablaba.
Cuando finalizó, se acercó a la mesa donde estaban poniendo los sellos de las horas, le pidió al chico que me sellara dos veces y me agradeció mi sinceridad. ¿Al menos sabía que en ese momento yo no tenía ni idea de quién era él?
Posiblemente no.
— Creo que el mundo es muy pequeño — respondí.
Él sonrió ampliamente.
Tenía hoyuelos. Uno en cada mejilla y otros más pequeños en las comisuras de los labios.
— Quizá — dudó.
Con disimulo, lo repasé con la mirada. Tenía el pelo de un tono negro azabache con pequeñas ondulaciones, la piel morena y los ojos de color miel. Vestía formal, un pantalón gris oscuro y una camisa rojo vino.
— Te preguntaría si estudias, pero es algo que ya sé muy bien. ¿Qué carrera elegiste?
Tenía una manera directa de preguntar las cosas, pero no resultaba desagradable. Dudé un momento, y luego respondí:
— Diseño Gráfico.
— Curioso. — Asintió —. ¿Terminarás pronto?
— El año que viene. Solo me falta un semestre.
Sus ojos se abrieron con sorpresa.
—Vaya, pues espero que todo te salga bien, Hasley.
— Gracias, Harry. — Me mojé los labios y añadí —: Así que eres profesor en la Universidad de Sídney y ahora estás haciendo el doctorado, ¿no? Eso fue lo que dijiste en la conferencia.
—¡Qué buena memoria! — Sonrió —. Imparto clases y también soy abogado. Me gradué hace tres años, como también dije en la conferencia.
— Sorprendente. ¿Cuántos años tienes?
—¿Cuántos me echas?
Negué, divertida.
—Pareces muy joven.
—Tengo veinticinco años, cumpliré veintiséis en diciembre.
Oír el mes me dejó con la boca seca.
—¿Diciembre?
—El veinticinco.
Vaya.
—Es genial, en Nochebuena.
— Es genial si se acuerdan de mí — bromeó —. ¿Cuántos años tienes tú?
— Veintiuno, cumpliré veintidós — lo copié.
—¿Cuándo?
—En abril, el veinticinco.
Harry emitió una pequeña risa.
— Compartimos número.
— Sí, es verdad.
— Debería pedir ese número la próxima vez que juegue a la lotería, quizá tenga suerte.
— No, seguro que no — me lamenté —. La suerte no es compatible con nada que tenga que ver conmigo. La vida así lo ha decidido.
— Igualmente lo probaré y ya te diré cómo me ha ido.
— Yo ya te he advertido — sentencié.
— Comprobaré si tienes razón — murmuró.
Esbocé una sonrisa y él me la devolvió.
Los pasos de mi madre llamaron nuestra atención y nos volvimos hacia ella, que se acercaba a nosotros con una carpeta.
—Hola, Harry. Disculpa por haberte hecho esperar tanto tiempo. Estaba buscando algunas cosas… — Tomó asiento en el sillón que se encontraba al lado de él.
—Descuide, no hay problema. Es un placer volver a verla… Y lo cierto es que soy yo quien debe disculparse por haber hecho que me recibiera en su casa. Lo siento, pero es que el trabajo me ha estado consumiendo.
—Oh, no te preocupes, te entiendo —dijo ella, y luego me miró con una sonrisa —. Creo que ya conoces a mi hija, Hasley, ¿verdad?
—Sí — asintió él mirándome.
—¿Ellen no ha venido contigo? — le preguntó mi madre.
Era evidente que yo comenzaba a estorbar. La conversación empezaba a girar en torno a la hermana de Harry, y eso resultaba ser algo personal.
— Me voy — murmuré llamando la atención de ambos —. Ha sido un placer saludarte, Harry. Hasta pronto.
—Nos vemos —dijo él—. Espero que pronto completes todos tus
créditos.
Mantuvo la broma, haciéndome reír por lo bajo.
Mientras me alejaba, pude escuchar algo de lo que decían antes de entrar a mi habitación. ¿Su hermana sufría algún tipo de depresión? ¿Cuántos años tendría? ¿Cómo habría llegado a la consulta de mi madre?
Muchas preguntas vinieron a mi mente, pero como era de esperar, no tenía ninguna respuesta.
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