Bushido

Inazō Nitobe · Capítulo 10 de 22

Páginas del PDF

Bushido

5. Benevolencia, el sentimiento de aflicción

5

 

Benevolencia, el sentimiento

de aflicción

 

El amor, la magnanimidad, el afecto hacia los demás, la compasión y la piedad siempre se han reconocido como virtudes supremas, los atributos más apreciados del alma humana. Se consideraba una virtud principesca en un doble sentido: principesca entre las muchas atribuciones de un espíritu noble; principesca por ser particularmente apropiada para una profesión de príncipe. No necesitábamos a ningún Shakespeare para sentir, aunque quizá, como el resto del mundo, lo necesitábamos para que lo expresara, que la clemencia hace a un monarca mejor que su corona, que está por encima de su poder. ¿Con qué frecuencia repiten tanto Confucio como Mencio que la principal obligación de un gobernante es la benevolencia? Confucio diría: «Dejad que un príncipe cultive la virtud, el pueblo acudirá a él; con la gente vendrán las tierras; las tierras le traerán riqueza; la riqueza le dará el beneficio de los usos correctos. La virtud es la raíz, y la riqueza una consecuencia». De nuevo: «Nunca se ha dado un caso de un soberano que amara la benevolencia, y de

un pueblo que no amara la rectitud»[102]. Mencio le sigue de cerca y dice: «Se tiene constancia de casos en los que los individuos alcanzaron el poder supremo en un solo Estado, sin benevolencia, pero nunca he oído que todo un

imperio cayera en manos de alguien que careciera de esta virtud»[103]. Además, es imposible que alguien se convierta en gobernante de un pueblo que no le ha sometido su corazón. Ambos definen este requisito indispensable para un gobernante diciendo: «Benevolencia; la benevolencia es el

Hombre»[104].

Con el feudalismo, que podía degenerar fácilmente en militarismo, debemos a la benevolencia habernos librado de un despotismo de la peor calaña. Una entrega absoluta «en cuerpo y alma» por parte de los gobernados no habría dejado a los gobernantes más que su propia voluntad, y ello tiene como consecuencia natural la expansión de ese absolutismo tan a menudo llamado «despotismo oriental», ¡como si no hubiera déspotas en la historia

occidental[105]!

Que conste que en absoluto pretendo apoyar ningún tipo de despotismo; pero es un error identificar el feudalismo con este. Cuando Federico el Grande

escribió que «los reyes son los primeros servidores del Estado»[106], los juristas pensaron acertadamente que se inauguraba una nueva era en el desarrollo de la libertad. Coincidiendo curiosamente en el tiempo, en la región

boscosa del noroeste de Japón, Yozan de Yonézawa[107] hizo exactamente la misma declaración, lo cual demuestra que el feudalismo no solo era tiranía y opresión. Un príncipe feudal, aunque no fuera consciente de que tenía obligaciones recíprocas para con sus vasallos, tenía un sentido de la responsabilidad más elevado con sus antepasados y con el Cielo. Era un padre para sus súbditos, a quienes el Cielo confiaba su cuidado. Según el antiguo Libro Chino de la Poesía: «Hasta que la casa de Yin perdió los corazones del

pueblo, este podía presentarse ante el Cielo»[108]. Y Confucio, en su Gran Saber enseñó: «Cuando el príncipe ama lo que ama el pueblo, y odia lo que

odia el pueblo, entonces es lo que se llama el padre del pueblo»[109]. En consecuencia, opinión pública y voluntad monárquica o democracia y absolutismo se mezclan entre sí. Así también, en un sentido que habitualmente no se asigna al término, el bushido aceptaba y corroboraba el gobierno paternal; paternal también en contraposición a un gobierno paternalista menos interesado (¡es decir, el del tío Sam!). La diferencia entre un gobierno déspota y uno paternal radica en que en uno el pueblo obedece con reticencia, mientras en el otro lo hace con «aquella orgullosa sumisión, esa obediencia digna, esa subordinación de corazón que mantiene vivo,

incluso en la servidumbre en sí misma, el espíritu de exaltada libertad»[110]. Quizá no sea del todo falso el antiguo dicho que llamaba al rey de Inglaterra «el rey de los demonios», por las frecuentes insurrecciones de sus súbditos contra sus príncipes, y las destituciones de estos, y que hacía del monarca de Francia, «el rey de los asnos», «debido a los impuestos infinitos e imposiciones», pero que daba el título de rey de los hombres al soberano de

España «por la voluntad de obedecer de sus súbditos.»[111] ¡Ya basta!

Para la mentalidad anglosajona, puede parecer imposible armonizar dos

términos como «virtud» y «poder absoluto». Pobyedonostseff[112] ha establecido claramente el contraste entre los pilares de la comunidad británica y de otras comunidades europeas: es decir, que estas se organizaron sobre la base del bien común, mientras que aquella se distinguía por una personalidad individual muy desarrollada. Lo que dice este estadista ruso sobre la dependencia personal de los individuos en cuanto a algunas alianzas sociales, y a fin de cuentas respecto al Estado, entre las naciones continentales de Europa y en particular entre los pueblos eslavos, es doblemente cierto para los japoneses. Por consiguiente, no solo es un libre ejercicio de poder monárquico, que nosotros no percibimos tan pesadamente como en Europa, sino que por lo general está moderado por una consideración paternal por los sentimientos del pueblo. «El absolutismo —afirma Bismarck— ante todo exige del gobernante imparcialidad, honestidad, devoción por el deber,

energía y humildad interior»[113]. Si se me permite añadir otra cita sobre esta

cuestión, citaré el discurso del emperador alemán en Koblenz[114], en el que habló de «la realeza, con la gracia de Dios, con sus pesados deberes, sus enormes responsabilidades ante el Creador, de las que ningún hombre, ministro ni parlamento pueden librar al monarca».

Sabíamos que la benevolencia era una virtud tierna y maternal. Si la rectitud íntegra y la justicia severa eran marcadamente masculinas, la compasión tenía la delicadeza y la persuasión de una naturaleza femenina. Se nos advertía sobre el peligro de entregarse a la caridad indiscriminada, si no

se acompañaba de justicia y rectitud. Masamune[115] lo expresó bien en su aforismo citado tan a menudo: «La rectitud llevada al exceso se convierte en dureza; la benevolencia practicada sin medida degenera en debilidad».

Afortunadamente, la compasión no era tan rara como preciosa, ya que es una verdad universal que: «Los más valientes son los más tiernos, los que más

aman son los más atrevidos»[116]. Bushi no nasaké, la ternura del guerrero, tenía un sonido que apelaba de inmediato a lo que hay de noble en cada uno; no porque la compasión de un samurái fuera diferente de manera general a la de otro ser, sino porque comportaba esa cualidad cuando no era un impulso ciego, sino cuando tenía debidamente en cuenta la justicia, y no constituía un mero estado de ánimo, sino que estaba respaldada por la potestad de perdonar o matar. Igual que los economistas hablan de demanda real y demanda ficticia, se podría calificar la compasión del bushi de real, dado que implicaba la facultad de actuar por el bien o en perjuicio del que la recibía.

Aunque orgullosos de su fuerza bruta y de los privilegios que obtenían por ello, los samuráis aprobaban por completo lo que Mencio enseñó en cuanto al

poder del amor. «La benevolencia[117] —dice— somete bajo su dominio aquello que frena su poder, como el agua domina el fuego: solo ponen en duda el poder del agua para apagar las llamas aquellos que tratan de extinguir con un vaso de agua un carro lleno de maderos ardiendo». También dice que «el sentimiento de aflicción es la raíz de la benevolencia», por lo que un hombre benévolo siempre tiene presentes a las personas tristes y que sufren. Así, Mencio se anticipó con mucho a Adam Smith, que halla su filosofía ética

en la compasión[118].

De hecho, es asombroso lo mucho que coincide el código de honor caballeresco de un país con el de otros; es decir, cómo las ideas morales de Oriente de las que tanto se ha abusado encuentran su equivalente en las máximas más nobles de la literatura europea. Si estos conocidos versos,

 

Hae tibi erunt artes-pacisque imponere morem,

Parcere subjectis, et debellare superbos[119],

 

se mostraran a un caballero japonés, podría acusar de inmediato al bardo de

Mantua de plagiar la literatura de su país[120].

La benevolencia con el débil, el oprimido o el vencido, siempre se ensalzó como característica propia de un samurái. A los amantes del arte japonés les sonará la representación de un sacerdote montado de espaldas sobre una vaca. El jinete fue un guerrero antaño que en su día convirtió su nombre en

sinónimo de terror. En esa terrible batalla de Sumano-ura (1184 d. C.),[121] que fue una de las más decisivas de nuestra historia, venció a un enemigo en

combate singular y lo sujetó entre sus gigantescos brazos[122]. En tales ocasiones, la etiqueta de la guerra exigía que no se derramara sangre salvo que la parte débil demostrara ser un hombre de igual rango o habilidad que el más fuerte. El siniestro combatiente quiso saber el nombre del vencido; pero al negarse este a decírselo, le arrancó el casco sin piedad, y al ver un rostro joven, bello e imberbe, el caballero se sorprendió y aflojó su control. Ayudando al muchacho a levantarse, le instó a huir en tono paternal: «¡Corre,

joven príncipe, al lado de tu madre! La espada de Kumagayé[123] no se empañará jamás con una gota de tu sangre. ¡Rápido, huye por aquel desfiladero antes de que llegue el enemigo!». El joven guerrero se negó a huir, y suplicó a Kumagayé, por el honor de ambos, que acabara con él en el acto. Sobre el pelo cano del veterano brilla la fría hoja de la espada, que tantas vidas había sesgado, pero su valiente corazón flaquea; le viene a la mente la

imagen sesgada[124] de su propio hijo, que aquel mismo día marchaba al sonido de un clarín para probar sus primeras armas; la fuerte mano del guerrero tiembla; de nuevo suplica a su víctima que huya para salvar su vida. Viendo que sus súplicas son en vano y oyendo que se aproximan sus camaradas, exclama: «Si te alcanzan, perecerás a manos más infames que las mías. ¡Oh, tú, Infinito, recibe su alma!». En un instante la espada resplandece en el aire, y al caer, está teñida de la sangre del muchacho. Cuando acaba la guerra, vemos a nuestro soldado regresar triunfal, pero ya no le importa el honor o la fama; abandona su vida como guerrero, se afeita la cabeza, viste el hábito de sacerdote, y dedica el resto de sus días a la peregrinación espiritual, sin dar jamás la espalda al Oeste, donde se halla el paraíso de donde procede la salvación y hacia donde el sol se apresura cada día para su descanso.

Los críticos quizá detecten contradicciones en este relato, que es casuísticamente vulnerable. ¡Y qué más da! De todas formas, refleja que la ternura, la compasión y el amor eran rasgos que adornaban las hazañas más sanguinarias de los samuráis. Una antigua máxima imperaba entre ellos: «No está bien que el cazador de aves mate al pájaro que se refugia en su

regazo»[125]. Esto explica en gran medida por qué el movimiento de la Cruza Roja, considerado tan inherentemente cristiano, arraigó tan fácilmente entre

nosotros[126]. Varias décadas antes de oír hablar de la Convención de Ginebra,

Bakin[127], nuestro escritor más importante, nos había familiarizado con la

atención médica de un enemigo caído. En el principado de Satsuma[128], famoso por su espíritu marcial y su educación, entre los jóvenes prevalecía la costumbre de tocar música; no el estrépito de las trompetas o el redoble de

tambores —«esos clamorosos mensajeros de la sangre y la muerte»[129]— que

nos incitan a imitar a un tigre, sino melodías tristes y delicadas en la [130] biwa,

que calman nuestro espíritu fiero, aleja nuestros pensamientos del olor de la

sangre y de las imágenes de carnicerías. Polibio[131] nos habla de la constitución de Arcadia, que exigía que todos los jóvenes menores de treinta años tocaran música, para que este noble arte pudiera mitigar los rigores de la inclemente región. Así, atribuye a su influencia la ausencia de crueldad en aquella parte de las montañas arcadias.

Satsuma no era el único lugar de Japón donde se inculcaba la amabilidad a

la clase guerrera. Un príncipe de Shirakawa[132] anota sus pensamientos azarosos, entre ellos el siguiente: «Aunque se presenten a hurtadillas en vuestro lecho en mitad del silencio de la noche, no los echéis, mas atesoradlos; la fragancia de las flores, el sonido de campanas lejanas, y el zumbido de los insectos en una noche helada». Y de nuevo: «Aunque hieran vuestros sentimientos, debéis perdonar estas tres cosas; la brisa que esparce vuestras flores, la nube que os oculta la luna y al hombre que busca pelea».

Era aparentemente para expresar, pero en realidad para cultivar, estos sentimientos más apacibles que se alentaba la escritura de versos. Por consiguiente, nuestra poesía tiene un importante trasfondo de sensibilidad y

ternura. Una conocida anécdota de un tosco samurái ilustra este aspecto[133]. Cuando se le ordenó aprender versificación, y habiendo recibido como tema

de su primera tentativa «Apuntes sobre la alondra»[134], su espíritu fiero se rebeló, y arrojó a los pies de su maestro esta burda creación, que decía:

 

El valiente guerrero se aparta

del oído que puede escuchar

el canto de la alondra.

 

Su maestro [135], impertérrito ante un sentimiento tan rudo, continuó alentando al joven, hasta que un día la música de su alma se despertó para responder a las dulces notas del uguisu, y escribió:

 

Se detiene el guerrero, armado y fuerte,

a oír el canto del uguisu, un dulce trinar entre los árboles.

 

Admiramos y apreciamos el heroico incidente de la corta vida de Körner, que al caer herido en el campo de batalla, escribió su famoso «Adiós a la

vida»[136]. Los incidentes de este tipo no eran nada extraños en nuestras

batallas. Nuestros poemas concisos y epigramáticos[137] eran muy apropiados para la improvisación de un único sentimiento. Toda persona, fuera cual fuera

su educación, era un poeta o un poetastro[138]. Era habitual ver cómo un soldado que marchaba se detenía, sacaba sus utensilios de escribir del cinto, y componía una oda; y los papeles se encontraban luego en los cascos o bajo las corazas, al retirarlas de los cuerpos sin vida de quienes las llevaban.

Lo que el cristianismo ha hecho en Europa para despertar la compasión en medio de los horrores bélicos, en Japón lo han hecho el amor por la música y la literatura. Cultivar sentimientos de ternura genera una atenta consideración por el sufrimiento de los demás. La modestia y la complacencia, movidas por el respeto por los sentimientos de los demás, constituyen la raíz de la cortesía.