Bushido

Inazō Nitobe · Capítulo 19 de 22

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Bushido

14. La instrucción y posición de la mujer

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La instrucción y posición de la mujer

 

En ocasiones, la mitad femenina de nuestra especie se ha denominado el paradigma de las paradojas, porque el funcionamiento intuitivo de su mente va más allá de la comprensión del «entendimiento aritmético» del hombre. El

ideograma chino que significa «lo misterioso»[323], «lo desconocido», consta de dos partes, una que significa «joven» y otra que significa «mujer», porque los encantos físicos y pensamientos delicados del sexo femenino están por encima de lo que puede explicar el tosco calibre mental de nuestro sexo.

No obstante, en el ideal femenino del bushido existe poco misterio y solo una aparente paradoja. He dicho que eran amazonas, pero es solo una verdad a medias. Ideográficamente, los chinos representan a la esposa con una mujer

que sostiene una escoba[324], desde luego ni para blandirla ofensiva o defensivamente contra su aliado conyugal ni para la brujería, sino para los usos más inofensivos para los que se inventó; por lo que la idea que sugiere no es menos casera que la derivación etimológica de las palabras inglesas «esposa (wife)» (weaver: tejedora) e «hija (daughter)» (duhitar: lechera). Sin limitar la esfera de la actividad femenina a Küche, Kirche, Kinder, como se

dice que hace el káiser alemán[325], el ideal femenino del bushido era predominantemente doméstico. Esta aparente contradicción —vida doméstica y rasgos de amazonas— no es incompatible con los Preceptos de la Caballería, como veremos.

Dado que el bushido era una enseñanza dirigida principalmente al sexo masculino, las virtudes que ensalzaba en la mujer lógicamente estaban lejos

de ser de naturaleza femenina. Winckelmann[326] señala que «la belleza suprema del arte griego es más masculina que femenina», y Lecky añade que esto también ocurría en la concepción moral de los griegos, además de con su arte. De manera similar, el bushido alababa a aquellas mujeres «que más se desvinculaban de la debilidad de su sexo y mostraban una fortaleza heroica

digna del hombre más fuerte y más valiente»[327]. Por consiguiente, a las niñas se les enseñaba a reprimir sus sentimientos, a fortalecer su valor, a

manejar armas —sobre todo la espada de mango largo llamada [328] nagi-nata

—, para poder resistir solas en caso de dificultades inesperadas. Sin embargo, el motivo principal de ejercer este carácter marcial no era usarlo sobre el terreno; tenía un doble propósito: personal y doméstico. Las mujeres que no tenían señor feudal propio formaban su propia escolta. Con su arma protegían su honor con tanto celo como su marido defendía el de su señor. En el ámbito doméstico, la instrucción guerrera les servía para educar a los hijos, como veremos luego.

El manejo de la espada y demás ejercicios de este tipo, aunque por lo general de escasa utilidad práctica, constituían un saludable equilibrio frente a los hábitos bastante sedentarios de las mujeres. Pero estos ejercicios no se realizaban solo por motivos de salud. Podían resultar útiles en momentos de necesidad. A las niñas, al convertirse en mujeres, se les regalaban dagas (kai-

ken [329] , puñales de bolsillo), que podían dirigir al pecho de sus atacantes, o de estimarlo oportuno, al suyo propio. Esto último ocurría a menudo; y, no obstante, no se las juzgará con severidad. Ni siquiera la conciencia cristiana, con su horror ante la autoinmolación, será dura con ellas, viendo que

Pelagia[330] [331] y Dominica, dos suicidas, fueron canonizadas por su pureza y

devoción. Cuando una Virginia[332] japonesa veía su virginidad amenazada no esperaba la daga de su padre. Se clavaba su propia arma en el pecho. Para ella era una desgracia no saber cómo llevar a cabo la autoinmolación. Por ejemplo, por poco que se le enseñara de anatomía, debía saber qué lugar exacto cortar en su garganta; cómo atarse los miembros inferiores con una faja de modo que, fuera cual fuera su agonía, su cadáver se encontrara con el máximo recato posible, y las piernas en una posición apropiada. ¿Acaso tal

deferencia no es digna de la cristiana Perpetua o de la vestal Cornelia[333]? No haría una pregunta tan brusca si no fuera por la concepción errónea, basada en nuestras costumbres de baño y otras nimiedades, de que desconocemos la

castidad[334]. Todo lo contrario, pues la castidad era una virtud preeminente de la mujer samurái, defendida por encima de la propia vida. Una joven hecha prisionera al verse en peligro de que unos toscos soldados abusen de ella dice que satisfará su placer si primero le permiten escribir unas líneas a sus hermanas, a las que la guerra ha dispersado en todas direcciones. Una vez terminada la carta sale corriendo hacia el pozo más cercano y salva su honor ahogándose. La carta que deja termina con estos versos:

Por miedo a que las nubes enturbien su luz,

Ni siquiera rozando su limpísima esfera interior, La luna joven, suspendida en la altura,

emprende una rápida huida [335].

 

Sería injusto que mis lectores se quedaran con la idea de que la masculinidad era nuestro ideal supremo de la mujer. ¡Ni mucho menos! De ellas se esperaban habilidades y los dones más gentiles de la vida. Tampoco se descuidaban la música, la danza o la literatura. Algunos de los mejores versos de nuestra literatura fueron expresiones del sentimiento femenino. De hecho, las mujeres han desempeñado un papel importante en la historia de las

belles lettres[336] japonesas. Se enseñaba danza (hablo de las chicas samurái, no de geishas) solo para suavizar la angulosidad de sus movimientos. La música era para entretener las largas horas de sus padres y maridos. Por consiguiente, no era por la técnica, por el arte como tal, que se aprendía música; el objetivo primordial era la purificación del corazón, ya que se decía que no es posible lograr una armonía de los sonidos si el corazón del que toca no está en armonía consigo mismo. Aquí de nuevo vemos como prevalece la misma idea que observamos en la educación de los jóvenes: las habilidades siempre estaban supeditadas al valor moral. Lo necesario de música y danza para añadir cordialidad y brillo a la vida, pero sin incurrir jamás en la vanidad y la extravagancia. Comprendo al príncipe persa, al que, cuando llevaron a una sala de fiestas de Londres y animaron a participar de la diversión, señaló sin tapujos que en su país le proporcionaban una serie de chicas para poder divertirse.

Las habilidades de nuestras mujeres no se adquirían para impresionar ni como privilegio social. Eran una distracción para el hogar, y si sobresalían en fiestas sociales era como los atributos de una anfitriona, es decir, como parte del artificio doméstico de la hospitalidad. La vida doméstica guiaba su educación. Cabría afirmar que las habilidades de la mujer en el antiguo Japón, ya fueran de carácter militar o pacífico, estaban pensadas principalmente para el hogar y, por muy lejos que pudieran llegar, nunca perdían de vista el hogar como centro. Para preservar su honor e integridad trabajaban duro, se sacrificaban y daban su vida. Día y noche, en un tono a la vez firme y tierno, valiente y lastimero, cantaban a sus pequeños nidos. Como hija, la mujer se sacrificaba por su padre, como esposa, por su marido, y como madre, por su hijo. Así que, desde muy temprana edad, le enseñaban a negarse a sí misma. Su vida no era autónoma, sino que dependía del servicio. Ayuda idónea del

hombre[337], si su presencia es útil, permanece en escena con él; si entorpece su trabajo, se retira tras una cortina. Con frecuencia, ocurre que un joven se enamora de una doncella, que le corresponde con un amor igual de apasionado, pero, cuando se da cuenta de que el interés del joven por ella hace que descuide sus obligaciones, deforma su persona para que desaparezca

su atractivo. A Adzuma[338], la esposa perfecta en el imaginario de las niñas samurái, la amaba un hombre que conspiraba contra su marido. Bajo el pretexto de unirse al complot culpable, se las arregla para ocupar el lugar de su marido en la oscuridad, y la espada del asesino-amante desciende sobre su propia cabeza devota. La siguiente epístola escrita por la esposa de un joven

daimio[339], antes de quitarse la vida, no necesita comentarios:

 

He oído que ningún accidente o casualidad altera la marcha

de los acontecimientos aquí abajo, y que todo va de acuerdo con un plan. Resguardarse bajo una misma rama o beber del mismo río se ordena igualmente muchísimo antes de nuestro nacimiento. Desde que nos unimos en lazos de matrimonio eterno, ahora hace dos años, mi corazón te ha seguido, incluso cuando su sombra perseguía un objeto, inseparablemente unido de corazón a corazón, amando y siendo amado. Sin embargo, recientemente me he enterado de que la batalla que se avecina será la última de tu labor y tu vida, así que toma el saludo de

despedida de tu compañera querida. He oído que Kowu[340], el poderoso guerrero de la antigua China, perdió una batalla, poco dispuesto a separarse de su favorita, Gu. También

Yoshinaka[341], tan valiente como fue, trajo el desastre a su causa, siendo demasiado débil para poder despedirse de inmediato de su esposa. ¿Por qué debería yo —a quien la tierra ya no ofrece esperanza ni alegría—, por qué debería detenerte a ti o a tus pensamientos viviendo? ¿Por qué no debería, mejor, esperarte en el camino que todos los mortales deben recorrer algún día? Nunca, te lo suplico, nunca olvides las muchas bondades que nuestro buen maestro Hideyori ha depositado en ti. La gratitud que le debemos es tan profunda como el mar y tan alta como las montañas.

 

La abnegación de la mujer por el bien de su marido, su hogar y su familia era tan voluntaria y honorable como la abnegación del hombre por el bien de su señor y de su país. La abnegación, sin la cual no puede resolverse ningún misterio de la vida, era la clave de la lealtad de los hombres, así como de la vida doméstica de las mujeres. Ella no era esclava del hombre ni su marido de su señor, y el papel que ella jugaba se reconocía como naijo, «la ayuda interior». La escala ascendiente de obediencia estaba formada por la mujer, que debía sacrificarse por el hombre, que a su vez debía sacrificarse por su señor, que debía obedecer al Cielo. Soy consciente de la flaqueza de esta doctrina, y de que la superioridad del cristianismo queda manifiestamente patente aquí más que en ningún otro sitio, ya que exige de todos y cada uno de los seres vivos responsabilidad directa ante su Creador. Sin embargo, en la medida en que la doctrina del servicio —servir a una causa más elevada que uno mismo, incluso a costa de sacrificar la propia individualidad; digo la doctrina del servicio, que es lo mejor que predicó Cristo y fue la sagrada pieza central de Su misión— en lo que a esta se refiere, el bushido se basaba en la eterna verdad.

Mis lectores no me acusarán de prejuicios indebidos a favor de la entrega servil de la voluntad. Acepto en gran medida el punto de vista que Hegel anticipó y defendió con amplitud de aprendizaje y profundidad de pensamiento, que la historia es el despliegue y la consecución de la libertad. La observación que querría hacer es que toda la enseñanza del bushido estaba tan impregnada del espíritu de sacrificio personal, que este se exigía no solo de la mujer, sino también del hombre. Por tanto, hasta que no se ponga fin a la influencia de sus preceptos, nuestra sociedad no entenderá la opinión expresada imprudentemente por una defensora estadounidense de los derechos de la mujer, que exclamó: «¡Que todas las hijas de Japón se rebelen contra las antiguas costumbres!». ¿Puede tener éxito semejante sublevación? ¿Mejorará la condición femenina? ¿Los derechos que obtengan mediante un proceso tan sumario compensarán la pérdida de esa buena disposición, de esa dulzura de modales, que son su actual legado? ¿No cabe mencionar lo grave que fue la pérdida de la domesticidad por parte de las matronas romanas, seguida de la corrupción moral? ¿Acaso los reformistas estadounidenses pueden asegurarnos que una revuelta de nuestras hijas es el verdadero rumbo que deben tomar para su evolución histórica? Son preguntas muy serias. ¡Los cambios deben venir y vendrán sin revueltas! Mientras tanto veamos si el estatus del sexo femenino con el bushido era realmente tan malo como para justificar una sublevación.

Hemos oído hablar mucho del aparente respeto que los caballeros

europeos profesaban «a Dios y a las damas»[342], términos cuya

incongruencia hace sonrojar a Gibbon; también Hallam[343] nos dice que la moral de los caballeros era burda, que la galantería implicaba amor ilícito. El efecto de la caballería sobre «el sexo débil» fue objeto de reflexión por parte

de los filósofos; Guizot[344] sostenía que el feudalismo y la caballería forjaron buenas influencias, mientras que Spencer afirmaba que en una sociedad belicosa (¡y la sociedad feudal no puede ser más belicosa!), la posición de la mujer es necesariamente baja y solo mejora a medida que la sociedad se industrializa. Así pues, ¿qué teoría es más acertada para Japón, la de Guizot o la de Spencer? De hecho, podría afirmar que ambas. En Japón, la clase militar, formada por unos dos millones de almas, estaba restringida a los samuráis. Por encima de ellos estaban los nobles militares, los daimios, y los nobles de la corte, los kugé, estos últimos nobles superiores, sibaritas, y guerreros solo de palabra. Por debajo de ellos se encontraba el pueblo llano —artesanos mecánicos, comerciantes y campesinos—, cuya vida estaba dedicada a trabajos de paz. Por consiguiente, lo que Herbert Spencer considera las características de un tipo de sociedad militar, en realidad se restringían a la clase samurái, mientras que las propias de una sociedad industrial eran aplicables a las clases por encima y por debajo de esta. Esto queda bien reflejado por la posición de la mujer, ya que en ninguna clase disfrutaba de menos libertad que entre la clase samurái. Aunque suene extraño, cuanto más baja era la clase social —por ejemplo, entre los pequeños artesanos— más equitativa era la posición del marido y la mujer. También entre la alta nobleza, la diferencia en las relaciones entre ambos sexos era menos acusada, sobre todo porque había pocas ocasiones para poner de relieve esa diferencia, dado que los ociosos aristócratas se habían vuelto literalmente afeminados. Así pues, el antiguo Japón era un ejemplo perfecto de la máxima de Spencer. En cuanto a Guizot, aquellos que lean su presentación de una comunidad feudal recordarán que prestaba especial atención a la alta nobleza, así que su generalización solo es aplicable a los daimios y a los kugé.

Seré culpable de una gran injusticia hacia la verdad histórica si mis palabras dan una opinión muy pobre de la condición de la mujer con el bushido. No dudo en afirmar que no se la trataba como un igual, pero, hasta que aprendamos a distinguir entre diferencias y desigualdades, siempre habrá malentendidos sobre este tema.

Si pensamos en los muy pocos aspectos en que los hombres son iguales entre sí, por ejemplo, ante los tribunales o las urnas, parece estéril molestarse en discutir sobre la igualdad de sexos. Cuando la Declaración de

Independencia de Estados Unidos[345] estableció que todos los hombres son creados iguales, no se hacía referencia a sus aptitudes físicas o mentales;

simplemente repetía lo que anunció Ulpiano[346] mucho tiempo atrás, que ante la ley todos los hombres son iguales. En este caso, los derechos legales eran la medida de su igualdad. Cuando la ley es la única escala para medir la posición de una mujer en una comunidad, decir dónde se sitúa debería ser tan fácil como dar su peso en libras y onzas. Pero la cuestión es: ¿Existe un estándar correcto al comparar la posición social relativa de los dos sexos? ¿Es acertado, es suficiente, comparar el estatus de la mujer con el del hombre, del mismo modo que el valor de la plata se compara con el del oro, y dar una proporción en términos numéricos? Dicho método de cálculo excluye tomar en consideración el tipo de valor más importante que posee un ser humano, es decir, el intrínseco. Habida cuenta de la variedad de requisitos existentes para hacer que cada sexo cumpla su misión terrenal, el estándar adoptado para medir su posición relativa debe ser de naturaleza compuesta o, tomando el término del lenguaje económico, debe ser un estándar múltiple. El bushido tenía un estándar propio y era binomial. Intentaba calcular el valor de la mujer en el campo de batalla y en el hogar. Allí contaba muy poco; aquí, todo. El trato que se le dispensaba correspondía a esta doble medición; como unidad socialpolítica no mucho, mientras que como madre y esposa, recibía el mayor de los respetos y un profundo afecto. ¿Por qué, en un pueblo tan beligerante como el romano, sus matronas eran tan veneradas? ¿No sería porque eran matronas, madres? Los hombres se inclinaban ante ellas, no como lo harían ante guerreros o legisladores, sino como ante sus madres. Lo mismo ocurría entre nosotros. Mientras los padres y maridos estaban ausentes, en el campo de batalla, el gobierno del hogar quedaba totalmente en manos de las madres y esposas. Se les confiaba la educación de los jóvenes, incluso su defensa. El adiestramiento guerrero, del que he hablado, era principalmente para permitirles dirigir y continuar de manera inteligente la educación de sus hijos.

He percibido una noción más bien superficial que prevalece entre los extranjeros medio conocedores del tema, y es que, como la expresión común japonesa para referirse a la propia esposa es «mi rústica esposa» y cosas por el estilo, se la menosprecia o se la tiene en poca estima. Cuando se dice que expresiones como «mi necio padre», «mi cochino hijo», «mi torpe yo» son de

uso corriente, ¿la respuesta no es lo bastante clara[347]?

A mi parecer, nuestra idea de unión matrimonial va, de alguna manera, más allá de la llamada idea cristiana. «El hombre y la mujer serán una sola

carne»[348]. El individualismo de los anglosajones no puede librarse de la idea de que el marido y la mujer son dos personas; por tanto, cuando discrepan, se reconocen sus derechos distintivos, y cuando están de acuerdo, agotan su vocabulario referente a apodos cariñosos y zalamerías sin sentido. Para nosotros resulta sumamente absurdo, cuando un marido o una esposa hablan con otras personas de su otra mitad —mejor o peor— como alguien encantador, brillante, amable, y cosas así. ¿Acaso es de buen gusto hablar de uno mismo como «mi yo radiante», «mi encantadora disposición», y demás? Nosotros pensamos que alabar a la propia esposa es alabar una parte de uno mismo, y elogiarse a uno mismo se considera, como mínimo, de mal gusto. ¡Y espero que en los países cristianos también! Me he desviado detenidamente porque la humillación cordial de la esposa propia estuvo muy en boga entre los samuráis.

Dado que las razas teutónicas iniciaron su vida tribal con una veneración supersticiosa por el sexo femenino (¡aunque, de hecho, en Alemania esto está desapareciendo!), y los estadounidenses empezaron su vida social bajo la

amarga percepción de la insuficiencia numérica de mujeres[349] (las cuales, ahora en aumento, me temo que están perdiendo el prestigio de que disfrutaron sus madres coloniales), en la civilización occidental, el respeto que el hombre muestra a la mujer se ha convertido en el estándar principal de moralidad. Pero en la ética militar del bushido, la principal línea divisoria entre el bien y el mal, debía buscarse en otra parte. Se situaba en el cumplimiento del deber, que vinculaba al hombre con su propia alma divina,

y luego con las otras almas de las cinco relaciones[350] que he mencionado anteriormente. De ellas, hemos explicado en detalle a nuestros lectores la lealtad, la relación entre un hombre como vasallo y otro como señor. Sobre el resto, solo he reparado casualmente si se ha presentado la ocasión porque no eran específicas del bushido. Al basarse en el afecto natural, no podrían, sino ser comunes a todo el género humano, si bien en algunos pormenores pueden haberse acentuado por condiciones inculcadas por sus enseñanzas. A este respecto, me viene a la mente la peculiar solidez y ternura de la amistad entre hombres, que a menudo añadía al vínculo de fraternidad un apego romántico, sin duda, intensificado por la separación de sexos en la juventud; una separación que negaba al afecto el canal natural que sí se le abría en la caballería occidental o con la libertad sexual de los territorios anglosajones. Podría llenar muchas páginas con las versiones japonesas de la historia de Damón y Pitias, o Aquiles y Patroclo, o hablar en la jerga del bushido de

vínculos tan afectuosos como los que unían a David y a Jonatán[351].

No obstante, no es de extrañar que las virtudes y enseñanzas propias de los Preceptos de Caballería no quedaran circunscritas a la clase militar. Esto nos lleva a apresurarnos a considerar la influencia del bushido sobre el conjunto de la nación.