Bushido

Inazō Nitobe · Capítulo 6 de 22

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Bushido

1. El bushido como sistema ético

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El bushido como sistema ético

 

La caballería es una flor tan autóctona de Japón como su símbolo, la flor del cerezo. Y tampoco cabe pensar que se haya convertido en un espécimen seco de una virtud arcaica, preservado en el herbario de nuestra historia. Sigue siendo algo vivo, un objeto de poder y belleza que permanece entre nosotros, y si bien no presenta una condición o forma tangible, en todo caso perfuma nuestra esfera moral y nos hace conscientes de que seguimos bajo su potente encanto. Las circunstancias de la sociedad que propiciaron y nutrieron a la caballería desaparecieron hace mucho; aunque igual que esas estrellas lejanas que existieron en su día y dejaron de existir, pero continúan proyectando su luz, también la luz de la caballería, nacida del feudalismo, sigue iluminando la senda de la moral, y ha sobrevivido a la institución que la vio nacer. Para mí

es un placer reflexionar sobre este tema en la lengua de Burke[32], que pronunció su famoso y conmovedor panegírico sobre el olvidado féretro de su prototipo europeo.

El hecho de que un erudito como el doctor George Miller [33] no dudara en afirmar que la caballería, o cualquier otra institución parecida, nunca ha existido ni entre los pueblos del pasado ni entre las sociedades modernas

orientales[34], pone de manifiesto una triste falta de información en cuanto al Lejano Oriente. No obstante, tal desconocimiento es fácilmente excusable, ya que la tercera edición de la obra del célebre doctor apareció el mismo año que

el comodoro Perry llamaba a las puertas de nuestro exclusivismo[35]. Más de diez años después, para cuando nuestro feudalismo agonizaba, Karl Marx, que escribía su Kapital, llamaba la atención de sus lectores acerca de las peculiares ventajas de estudiar las instituciones sociales y políticas del feudalismo, que por aquel entonces solo se podía estudiar de forma vívida en Japón. Asimismo, también quisiera dirigir a los occidentales que estudian la historia y la moral, hacia el estudio de la caballería en el Japón actual.

Por muy tentador que resulte hacer una disertación histórica sobre la

comparación entre los feudalismos[36] y las caballerías europeas y japonesas, el propósito de este libro no es abordar dicha comparación en detalle. Mi pretensión es, principalmente, referir, primero: los orígenes y las fuentes de nuestra caballería; segundo, su naturaleza y aprendizaje; tercero, su influencia entre el pueblo; y, cuarto, la continuidad y la perpetuidad de esta influencia. De estos puntos, el primero solo se tratará de manera breve y concisa. De no ser así, obligaría a mis lectores a recorrer la tortuosa senda de nuestra historia nacional; el segundo se tratará más detenidamente, ya que es mucho más probable que despierte el interés de los estudiantes de ética y etnología comparada, por nuestra forma de pensar y actuar. Los demás puntos se tratarán como conclusión.

El término japonés que he utilizado para traducir aproximadamente

«caballería» es, en su idioma original, más expresivo que «monta»[37]. Bu-shi-do significa literalmente guerrero-señor-camino; los caminos que los nobles guerreros deben respetar tanto en su vida cotidiana como en su

vocación. Es decir, los «preceptos de la nobleza obliga»[38] de la clase guerrera. Ya que he proporcionado su significado literal, en adelante se me permitirá utilizar el término original. Su uso también es aconsejable por esta razón: que una enseñanza tan restringida y característica, que ha generado una mentalidad y un carácter tan peculiares, tan locales, debe llevar el distintivo de su singularidad en su rostro; por lo que, algunas palabras poseen un tono nacional que expresa tan acertadamente las peculiaridades de ese pueblo, que ni el mejor traductor les hace apenas justicia, cuando no comete un error o un agravio. ¿Quién podría mejorar con una traducción lo que expresa el término

alemán [39] Gemüth, o quién no percibe la diferencia de significado entre dos términos tan parecidos como el inglés gentleman y el francés gentilhomme?

Por consiguiente, el bushido es el código de los principios morales que se enseña a los caballeros y que estos deben cumplir. No se trata de un código escrito; como mucho, consiste en una serie de máximas transmitidas oralmente o escritas por algún guerrero o sabio famoso. Habitualmente es un código no pronunciado y no escrito, que posee aún más el poderoso aval del acto verdadero, y de una ley grabada en el corazón. No se basa en la idea de una sola mente, por muy brillante que fuera, o en la vida de un solo personaje, por muy célebre que fuera. Fue un desarrollo natural producto de décadas y siglos de andadura militar. Puede que dentro de la historia de la Ética ocupe la misma posición que la Constitución inglesa en la historia política; sin

embargo, no tiene nada que ver con la Carta Magna[40] o la Ley del Habeas

Corpus[41]. Es cierto que a principios del siglo XVII se promulgaron los

Estatutos Militares (Buké Hatto[42]); pero sus trece breves artículos se ocupaban más de matrimonios, castillos, alianzas, etc., y trataban muy por encima reglamentos más didácticos. Por lo que resulta imposible señalar algún momento o lugar concreto y afirmar: «He aquí el origen». Solo al tomar conciencia durante la época feudal, su origen, en relación con la época, podría identificarse con el feudalismo. Pero el propio feudalismo está tejido de innumerables hilos, y el bushido comparte su compleja naturaleza. Del mismo modo que puede decirse que en Inglaterra las instituciones políticas del

feudalismo datan de la conquista normanda[43], se puede afirmar que el auge del feudalismo en Japón se produjo al mismo tiempo que el dominio de

Yoritomo[44], a finales del siglo XII. No obstante, así como en Inglaterra encontramos elementos sociales del feudalismo bastante distantes del periodo anterior a Guillermo el Conquistador, también en Japón, las semillas del feudalismo existían desde mucho antes del periodo que he indicado.

De nuevo, en Japón igual que en Europa, cuando se inauguró formalmente el feudalismo, la clase de guerreros profesionales cobró importancia de manera natural. Se les conocía como samuráis, que quiere decir literalmente, como la palabra del inglés antiguo cniht (knecht, knight), guardianes, o cuidadores, con una naturaleza parecida a la de los soldurii, cuya existencia

en Aquitania[45] [46] mencionó César, o los comitati , que, según Tácito, en su momento seguían a los jefes germánicos; o, para fijarse en un paralelismo posterior, los milites medii, sobre los que se puede leer en la historia de la

Europa medieval. El término sino-japonés[47] Bu-ké o Bu-shi (caballeros combatientes) también pasó a ser de uso común. Era una clase privilegiada, y originalmente debió de ser una casta ruda que hizo del combate su vocación. En un periodo largo de guerra permanente, esta clase se reclutaba espontáneamente entre los más valientes y aventureros, y este método de selección siguió practicándose a lo largo de los años. Los cobardes y los débiles se descartaban, y solo resistió «una estirpe ruda, viril y dotada de una

fuerza brutal», parafraseando a Emerson[48], elegida para formar las familias y las filas de los samuráis. Como llegaron a pretender grandes honores y privilegios, y en consecuencia aceptaban grandes responsabilidades, pronto sintieron la necesidad de disponer de un patrón de conducta común, ante todo porque siempre estaban combatiendo y pertenecían a clanes distintos. Igual que, por cortesía profesional, los médicos ponen límites a la competencia por sus pacientes, y los abogados acuden a tribunales de honor en casos de vulneración de los protocolos, los guerreros también deben contar con algún medio que emita el fallo final ante malas conductas.

¡Juego limpio en el combate! Cuántos gérmenes de moralidad fecunda yacen en este instinto primitivo de la brutalidad y la infancia. ¿Acaso no es el origen de todas las virtudes militares y cívicas? Nosotros nos burlamos (¡como si ya lo hubiéramos dejado atrás!) del deseo infantil del pequeño británico, Tom Brown, «de dejar tras él el nombre de un compañero que nunca había molestado a un niño más pequeño, ni dado la espalda a uno

mayor»[49]. Y, sin embargo, ¿quién no cree que este deseo es la piedra angular sobre la cual pueden levantarse estructuras morales de grandes dimensiones? Yendo más lejos aún, ¿no se podría decir que la religión más noble, la que más ama la paz, hace suya esta aspiración? El anhelo de Tom es la base sobre la que se levanta, en gran parte, la grandeza de Inglaterra, y no tardaremos en descubrir que el bushido se erige sobre un pedestal no menos trascendental. Aunque el combate en sí, ya sea ofensivo o defensivo, es, como afirman

acertadamente los cuáqueros[50], brutal y perverso, a pesar de todo, podemos

decir con Lessing[51] [52] : «Sabemos de qué defectos nacen nuestras virtudes».

«Soplones» y «cobardes» son los epítetos más ignominiosos para las naturalezas sanas y simples. Los niños empiezan a vivir con esas nociones, igual que los caballeros; pero a medida que la vida se agranda y se extiende a múltiples facetas, la fe primitiva busca la aprobación de una autoridad superior y de fuentes más racionales que la justifiquen, la satisfagan y la desarrollen. Si los sistemas militares hubieran funcionado por su cuenta, sin un apoyo moral más elevado, ¡cuán inferior habría sido el espíritu caballeresco del ideal del guerrero! En Europa, el cristianismo, interpretado con concesiones que convenían al ideal caballeresco, le infundió, no obstante, contenido espiritual. «La religión, la guerra y la gloria eran las tres almas del

perfecto caballero cristiano», afirma Lamartine[53]. En Japón, el bushido también tenía varias fuentes.