Bushido

Inazō Nitobe · Capítulo 21 de 22

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Bushido

16. ¿Sigue vivo el bushido?

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¿Sigue vivo el bushido?

 

La civilización occidental, en su avance a través de nuestra tierra, ¿ha borrado ya todo rastro de su antigua disciplina? Sería triste que el alma de una nación pudiera morir tan deprisa.

Solo una pobre alma sucumbiría tan fácilmente a influencias ajenas.

El cúmulo de elementos psicológicos que constituye un carácter nacional es tan tenaz como los «elementos irreductibles de las especies, de las aletas de los peces, del pico de las aves, de los dientes de los animales carnívoros». En su reciente libro, lleno de aseveraciones superficiales y generalizaciones

brillantes, LeBon[375] dice: «Los descubrimientos debidos a la inteligencia son el patrimonio común de la humanidad; las cualidades o defectos de carácter constituyen el patrimonio exclusivo de cada pueblo: son la roca firme que el agua debe lavar día tras día durante siglos, antes de poder pulir, siquiera, sus asperezas externas». Son palabras fuertes sobre las que valdría la pena reflexionar, siempre y cuando existieran cualidades y defectos de carácter que constituyeran el patrimonio exclusivo de cada pueblo. Se han presentado teorías esquemáticas de este tipo desde mucho antes de que LeBon

empezara a escribir su libro, y Theodor Waitz y Hugh Murray[376] las explotaron hace tiempo. Al estudiar las distintas virtudes inculcadas por el bushido, hemos recurrido a fuentes europeas para comparar e ilustrar y hemos visto que ninguna cualidad de carácter era su patrimonio exclusivo. Es cierto que el cúmulo de cualidades morales presenta un aspecto bastante único. Este cúmulo es lo que Emerson denomina «un resultado compuesto en el que cada

gran fuerza toma parte como un ingrediente»[377]. Pero, en lugar de convertirlo, como hace LeBon, en un patrimonio exclusivo de una raza o un pueblo, el filósofo de Concord lo denomina: «Un elemento que une a las personas más contundentes de cada país; las hace inteligibles y aceptables entre sí; y en cierto modo, es tan preciso que enseguida se percibe si un individuo carece del signo masónico».

El carácter que el bushido estampó en nuestro país y en los samuráis en particular no puede decirse que forme «un elemento irreducible de la especie», pero no hay dudas en cuanto a la vitalidad que conserva. Si el bushido fuera una mera fuerza física, el impulso que ha cobrado en los últimos setecientos años, no podría detenerse tan repentinamente. Si se transmitiera solo de forma hereditaria, su influencia debería ser muy

generalizada. Solo pensemos, como ha calculado Cheysson[378], un economista francés, que, suponiendo que hubiera tres generaciones en un siglo, «por las venas de cada uno de nosotros correría la sangre de al menos veinte millones de personas que vivieron en el año 1000 d. C.». El simple

campesino que escarba la tierra, «doblado bajo el peso de los siglos»[379], lleva en sus venas la sangre de siglos y, por tanto, es nuestro hermano tanto como «el del buey».

Como un poder inconsciente e irresistible, el bushido ha estado

impulsando al país y a los individuos. Yoshida Shôin[380], uno de los precursores más brillantes del Japón moderno, hizo una honesta confesión de la raza cuando escribió la siguiente estrofa, la víspera de su ejecución:

 

Sabía muy bien que este camino me llevaría a la muerte; Fue el espíritu del Yamato el que me impulsó

A atreverme a cualquier cosa.

 

Aunque no se exprese tácitamente, el bushido fue y sigue siendo el espíritu que aviva, el motor de nuestro país.

Ransome [381] afirma que «hoy día existen tres Japones distintos codo con codo: el viejo, que no ha desaparecido del todo; el nuevo, que acaba de nacer salvo por el espíritu; y el de transición, que da sus últimos coletazos». Si bien es muy cierto en muchos aspectos, y sobre todo en cuanto a instituciones tangibles y concretas, la afirmación, aplicada a las nociones éticas fundamentales, requiere algunas modificaciones, ya que el bushido, creador y producto del Viejo Japón, sigue siendo el principio que guía la transición y demostrará ser la fuerza formativa de la nueva era.

Los grandes estadistas, que llevaron el timón de nuestro Estado a través del huracán de la Restauración y el torbellino de la regeneración nacional, eran hombres que no conocían otra enseñanza moral que los Preceptos de la

Caballería. Algunos escritores[382] han intentado demostrar, recientemente, que los misioneros cristianos contribuyeron de forma significativa a la creación del Nuevo Japón. Me gustaría rendir honores a quién se deban honores, pero este honor difícilmente puede concederse a los buenos misioneros. Sería más apropiado para su profesión atenerse al mandato bíblico de preferir honrarse los unos a los otros, que presentar una afirmación que carece de pruebas que la respalde. Por mi parte, creo que los misioneros cristianos están haciendo grandes cosas por Japón —en el ámbito de la educación, y en particular de la educación moral— solo que la obra misteriosa del Espíritu, aunque no menos cierta, sigue oculta en el secreto divino. Lo que sea que hagan sigue teniendo una repercusión indirecta. Hasta ahora, las misiones cristianas han tenido poco que ver con forjar el carácter del Nuevo Japón. Fue el bushido, simple y llanamente, el que nos exhortó para bien o para mal. Si abrimos las biografías de los fundadores del Japón moderno —de

Sakuma, Saigo, Okubo, Kido[383], por no hablar de los recuerdos de hombres vivos como Ito, Okuma, Itagaki, etc.— descubriremos que pensaron y obraron conforme al impulso de la naturaleza samurái. Cuando Henry Norman afirmó, tras estudiar y observar el Lejano Oriente, que el único aspecto en el cual Japón difería de otros despotismos orientales radicaba en «la dominante influencia entre su gente de los códigos de honor más estrictos, nobles y puntillosos que el hombre haya concebido jamás», aludió al resorte principal que ha hecho del Nuevo Japón lo que es, y que lo convertirá en el

país que está destinado a ser[384].

La transformación de Japón es un hecho patente en todo el mundo. Una tarea de tal magnitud llevó a introducir varios motivos de forma natural, pero si hubiera que mencionar el principal, no dudaría en mencionar el bushido.

Cuando abrimos el conjunto del país al comercio extranjero, cuando introdujimos las últimas mejoras en cada sección de nuestras vidas, cuando empezamos a estudiar la política y las ciencias occidentales, nuestra principal motivación no fue el desarrollo de nuestros recursos materiales y el aumento de la riqueza, y mucho menos una imitación ciega de las costumbres occidentales.

Un observador cercano de las instituciones y los pueblos orientales ha escrito:

 

«Todos los días se nos dice cómo Europa ha influido en

Japón, y olvidamos que el cambio en esas islas fue totalmente autogenerado, que los europeos no enseñaron a Japón, sino que Japón decidió que quería aprender de Europa métodos de organización, civil y militar, que hasta la fecha, han dado

buenos resultados. Importó la ciencia mecánica europea, igual que los turcos importaron años atrás la artillería europea. Esto no es exactamente influencia —continúa Townsend—, a menos que, de hecho, el Reino Unido esté influenciado por la compra de té en China. ¿Dónde está el apóstol europeo? —pregunta nuestro autor—, ¿o filósofo, o estadista o agitador, que ha

reconstruido Japón?»[385].

 

Townsend ha percibido correctamente que la fuente de acción que trajo los cambios a Japón se hallaba íntegramente dentro de nosotros mismos; y si hubiera explorado en nuestra psicología, su aguda capacidad de observación le habría convencido fácilmente de que esta fuente no era otra que el bushido. El sentido del honor, que no soporta que se le desprecie como una fuerza inferior, fue la motivación más poderosa. Las razones monetarias o comerciales surgieron posteriormente en este proceso de transformación.

La influencia del bushido sigue siendo tan palpable como se puede leer. Un vistazo al estilo de vida de Japón lo pondrá de manifiesto. Si leemos a Hearn, el intérprete más elocuente y fidedigno de la mente japonesa, veremos que el funcionamiento de esa mente es un ejemplo del funcionamiento del bushido. La cortesía universal de la gente, legado de las formas caballerescas, es de sobra conocida para repetirla de nuevo. La resistencia física, la entereza, y el valor que poseen «los pequeños japos», quedaron suficientemente

demostrados en la guerra chino-japonesa[386]. Muchos se preguntan: «¿Hay una nación más leal y patriótica?»; y como orgullosa respuesta: «No la hay», debemos dar las gracias a los Preceptos de la Caballería.

Por otro lado, es justo reconocer que el bushido es en gran parte responsable de las muchas imperfecciones y defectos de nuestro carácter. Nuestra falta de filosofía abstrusa —mientras que algunos de nuestros jóvenes ya han conseguido reputación internacional en investigaciones científicas, ninguno ha logrado nada en el campo de la filosofía— es atribuible a la desatención de la formación en metafísica bajo el sistema educativo del bushido. Nuestro sentido del honor es responsable de nuestra sensibilidad y susceptibilidad exageradas, y si nos parece a veces que algunos extranjeros nos acusan, esto también es una consecuencia patológica del honor.

¿Alguien ha visto, al visitar Japón, a algún joven con el pelo descuidado, desaliñado, que lleve en la mano una vara grande o un libro, acechando por las calles con un aire de total indiferencia hacia las cosas mundanas? Se trata del shoséi (estudiante), para quien la Tierra es demasiado pequeña y los cielos no son lo bastante altos. Tiene sus propias teorías del universo y de la vida. Habita en castillos de aire y se alimenta de palabras de sabiduría etéreas. En sus ojos brilla el fuego de la ambición; su mente tiene sed de conocimiento. La penuria es solo un estímulo para ir hacia delante; los bienes terrenales son, a su modo de ver, ataduras a su personalidad. Es el depositario de la lealtad y el patriotismo. Es el guardián voluntario del honor nacional. Con todas sus virtudes y sus defectos, es el último fragmento del bushido.

Por muy profundamente arraigado y poderoso que siga siendo el efecto del bushido, he afirmado que es una influencia inconsciente y silenciosa. El corazón de la gente responde, sin saber por qué, a cualquier llamamiento hecho a lo que han heredado y, por tanto, la misma idea moral expresada en un término recién traducido y en un antiguo término del bushido tiene un grado de eficacia muy diferente. Un cristiano apóstata, a quien ninguna persuasión pastoral podría evitarle una tendencia negativa, recuperó su curso con un llamamiento a su lealtad, la fidelidad que una vez juró a su Señor. La palabra «lealtad» reavivó todos los sentimientos nobles a los que se les permitió desarrollarse con tibieza. Un grupo de jóvenes rebeldes que

participaban en una prolongada «huelga de estudiantes»[387] en una universidad, debido a su descontento con cierto profesor, se disolvió ante dos preguntas sencillas planteadas por el director: «¿Es vuestro profesor una persona digna? Si lo es, deberíais respetarlo y mantenerlo en la facultad. ¿Es débil? Si lo es, no es de caballeros empujar a un hombre que se derrumba». La incapacidad científica del profesor, que fue el origen del problema, se vuelve insignificante en comparación con las cuestiones morales aludidas. Al despertar los sentimientos alimentados por el bushido, se puede lograr una renovación moral de gran envergadura.

Uno de los motivos del fracaso de la labor misionera es que la mayoría de los misioneros desconocen por completo nuestra historia: «¿Qué nos importan los registros de infieles?» decían algunos y, por consiguiente, alejaban su religión de los modos de pensar a los que nosotros y nuestros antepasados hemos estado acostumbrados desde hace siglos. ¿Burlarse de la historia de una nación? Como si la andadura de cualquier persona, incluso de los salvajes africanos menos desarrollados que no tienen registros por escrito no fuera una página en la historia general de la humanidad, escrita por la mano del propio

Dios. Las razas muy perdidas son un palimpsesto[388] que debe descifrar un ojo con buena visión. Para una menta filosófica y piadosa, las razas en sí son huellas de la caligrafía divina claramente trazadas en blanco y negro, igual que en su piel; y si este símil es válido, ¡la raza amarilla forma una preciosa página inscrita en jeroglíficos de oro! Ignorando la andadura previa de las personas, los misioneros afirman que el cristianismo es una nueva religión, mientras que, en mi opinión, es una «vieja, vieja historia», que, si se presentara en palabras inteligibles —es decir, si se expresara con el vocabulario conocido dentro del desarrollo moral de la gente—, podría instalarse fácilmente en sus corazones, independientemente de la raza o la nacionalidad. El cristianismo, en su forma estadounidense o británica —con más fanatismos y extravagancias anglosajonas que gracia y pureza de su Creador— es un pobre vástago que injertar en la cepa del bushido. ¿Debería el propagador de la nueva fe arrancar toda la cepa, las raíces y las ramas y plantar las semillas del Evangelio en el suelo arrasado? Un proceso tan heroico tal vez sea posible; en Hawái, donde se afirma que la Iglesia militante tuvo un éxito rotundo acumulando los despojos de la riqueza y aniquilando la raza aborigen; un proceso semejante es decididamente imposible en Japón, es más, es un proceso que el propio Jesús nunca habría adoptado al crear su Reino en la Tierra.

Nos conviene más tomarnos en serio las siguientes palabras de un hombre santo, cristiano devoto y gran erudito:

 

Los hombres han dividido el mundo en paganos y cristianos

sin considerar cuánto bien puede haber oculto en uno, o cuánto mal puede haberse mezclado con el otro. Han comparado lo mejor de sí mismos con lo peor de sus vecinos, el ideal del cristianismo con la corrupción de Grecia o de Oriente. No han establecido como objetivo la imparcialidad, sino que se han contentado con acumular todo lo que podría decirse para alabarse a sí mismos, y despreciar a las demás formas de

religión[389].

 

Pero, sea cual sea el error cometido por los individuos, no cabe duda de que el principio fundamental de la religión que profesan es un poder que debemos tener en cuenta al considerar el futuro del bushido, que parece tener los días contados. Hay inquietantes señales en el ambiente que presagian su futuro. Y no son solo señales, sino fuerzas temibles que lo amenazan.