Bushido
11. El dominio de sí mismo
11
El dominio de sí mismo
La disciplina de la fortaleza por una parte, inculcando la resistencia sin quejarse, y la enseñanza de la cortesía por otra, que nos requiere no estropear el placer o la serenidad de otro expresando nuestra propia tristeza o dolor, se combinaron para engendrar un cambio mental de tipo estoico, que finalmente se convertiría en un rasgo nacional de aparente estoicismo. Digo «aparente estoicismo» porque no creo que el auténtico estoicismo pueda jamás convertirse en el rasgo de toda una nación, y también porque algunos de nuestros modales y costumbres pueden parecer poco sensibles a ojos de un observador extranjero. No obstante, en realidad somos tan sensibles a la ternura como cualquier otro pueblo bajo el cielo.
Me inclino a pensar que, de algún modo, tenemos que sentir más que otros —sí, el doble— dado que el sincero intento de reprimir los impulsos naturales comporta sufrimiento. Imaginemos niños —y niñas, también— educados para no dejar asomar ni rastro de una lágrima o de un quejido para aliviar sus sentimientos; y existe un tema fisiológico en cuanto a si dicho esfuerzo templa sus nervios o les hace más sensibles.
Para un samurái se consideraba poco varonil mostrar sus emociones a
través de su rostro. «No muestra ningún signo de alegría ni de ira»[250], era una frase que se utilizaba para describir un buen carácter. Los afectos más naturales se mantenían bajo control. Un padre podía abrazar a su hijo solo a costa de su dignidad; un marido nunca besaba a su esposa, ¡no delante de otros, independientemente de lo que pudiera hacer en privado! Quizá haya algo de cierto en la observación de un joven ocurrente, cuando dijo: «Los maridos estadounidenses besan a sus esposas en público y les pegan en privado; los maridos japoneses pegan a las suyas en público y las besan en privado».
El comportamiento sereno, la entereza, no deben verse perturbados por ninguna clase de pasión. Recuerdo cuando, durante la última guerra con China, un batallón se fue de cierta ciudad, un gran número de personas acudió
a la estación a despedir al general y a su ejército[251]. En esta ocasión, un residente estadounidense se sumó al acontecimiento, esperando ver sonoras demostraciones, dado que todo el país estaba muy exaltado y entre la multitud había padres, madres, viudas y novias de los soldados. El estadounidense se
sintió extrañamente decepcionado[252], porque cuando sonó el silbato y el tren empezó a moverse, miles de personas se quitaron los sombreros silenciosamente e inclinaron las cabezas en una despedida reverencial; sin agitar pañuelos, sin pronunciar palabra, solo un profundo silencio en el que únicamente un oído atento podría percibir algunos sollozos quebrados. En el ámbito doméstico, también sé de un padre que pasó noches enteras escuchando la respiración de un niño enfermo, de pie detrás de la puerta,
¡para no ser descubierto en un acto de semejante debilidad parental[253]! Sé de una madre que, en sus últimos momentos, renunció a mandar avisar a su hijo
por no interrumpir sus estudios[254]. Nuestra historia y nuestra vida cotidiana están repletas de ejemplos de matronas heroicas comparables a las de algunas
de las páginas más conmovedoras de Plutarco[255]. Entre nuestras campesinas,
un Ian Maclaren seguro que encontraría muchas Marget Howe[256].
Esta misma disciplina de autorrepresión es la responsable de la ausencia de reavivamientos más frecuentes en las iglesias cristianas de Japón. Cuando un hombre o una mujer sienten que su alma está turbada, el primer instinto es reprimir discretamente la manifestación del malestar. En contadas ocasiones se suelta la lengua por un ánimo irrefrenable, con una elocuencia de sinceridad y fervor. Supone dar más importancia al incumplimiento del tercer mandamiento en cuanto a fomentar que se hable a la ligera de la experiencia
espiritual[257]. A oídos de los japoneses, es realmente chocante escuchar las palabras más sagradas, las experiencias más secretas del corazón, soltadas ante un público promiscuo. «¿No sientes que el suelo de tu alma se turba con pensamientos de ternura? Es el momento de que broten las semillas. No las molestemos hablando; dejemos que trabajen solas, con tranquilidad y
discreción», escribe un joven samurái en su diario[258].
Expresar en muchas palabras los pensamientos y sentimientos más íntimos de uno, en particular en cuanto a la religión, se considera un signo inequívoco de que no son ni muy profundos ni muy sinceros. «Solo es una granada —reza un refrán popular—, que, cuando abre la boca, muestra el
contenido de su corazón»[259].
No se trata de una perversión de las mentes orientales, que en cuanto sentimos nuestras emociones tratamos de sellar nuestros labios para esconderlas. Para nosotros, hablar es a menudo, como lo define un francés,
«el arte de ocultar el pensamiento»[260].
Si alguien acude a un amigo japonés en un momento de gran aflicción, invariablemente nos recibirá con una sonrisa, aunque tenga los ojos rojos o las mejillas húmedas. Al principio se podría pensar que está histérico. Al presionarle para que se explique, obtendréis tópicos quebrados del tipo: «La vida conlleva penas»; «Los que se encuentran deben separarse»; «El que nace debe morir»; «Es absurdo contar los años de un hijo que se fue, pero el corazón de una mujer se entregará a la insensatez» y demás. Así que las
palabras nobles de un noble [261] Hohenzollern —Lerne zu leiden ohne klagen — encontraron una amplia respuesta entre nosotros, mucho antes de que se
pronunciaran[262].
De hecho, los japoneses han recurrido a la risibilidad siempre que las debilidades de la naturaleza humana les han puesto pruebas duras. Creo que
tenemos una razón mejor que el propio Demócrito[263] para nuestra
propensión abderana[264], ya que para nosotros reírse a menudo oculta un esfuerzo por recuperar el equilibrio del carácter cuando se ve perturbado por cualquier circunstancia adversa. Es un contrapeso del dolor o la ira.
Dado que suprimir los sentimientos es algo en lo que se insiste de forma constante, estos encuentran su válvula de seguridad en los aforismos poéticos.
Un poeta del siglo [265] X escribe: «En Japón y en China, la humanidad, cuando se ve conmovida por la tristeza, habla de su profundo pesar en verso». Una madre que intenta consolar su corazón roto fantaseando con que su hijo fallecido salió a perseguir libélulas, como de costumbre, murmura:
¡Qué lejos en la persecución, imagino,
Ha ido hoy mi cazador de libélulas[266]!
Me abstendré de citar otros ejemplos, porque sé que apenas haría justicia a las preciosas perlas de nuestra literatura; solo pretendía mostrar en una lengua extranjera los pensamientos que se exprimieron gota a gota de corazones sangrantes y se enhebraron con cuentas de un valor excepcional. Espero haber mostrado, en cierta medida, ese funcionamiento interno de nuestras mentes, que a menudo presenta un aspecto de insensibilidad o de histérica mezcla de risa y decepción, y cuya cordura a veces se pone en entredicho.
También se ha sugerido que nuestra resistencia al dolor y a la indiferencia a la muerte se deben a unos nervios menos sensibles. Esto es creíble hasta cierto punto. La siguiente pregunta es: ¿por qué nuestros nervios están menos tensados? Quizá nuestro clima no sea tan estimulante como el estadounidense. Puede que nuestra forma de gobierno monárquico no nos exalte tanto como la República a los franceses. Quizá sea porque no leemos el Sastre remendado con tanta pasión como los ingleses. Personalmente, creo que fue nuestro gran fervor y sensibilidad lo que hizo necesario reconocer e imponer una constante autorrepresión; pero, sea cual sea la explicación, si no tiene en cuenta los largos años de disciplina sobre el autocontrol, ninguna puede ser correcta.
La disciplina sobre el autocontrol bien puede llegar demasiado lejos; puede reprimir el curso afable del alma. Puede empujar a las naturalezas dóciles a distorsiones y monstruosidades. Puede engendrar fanatismo, alimentar la hipocresía o entorpecer los sentimientos. Por noble que sea una virtud, siempre tiene su contrapartida y su falsedad. En cada virtud hay que saber hallar su propia excelencia y seguir su ideal positivo, y el ideal del autocontrol es mantener un nivel mental —como dice nuestra expresión— o,
tomando prestado un término griego, que alcance el estado de [267] euthymia,
que Demócrito llamó el ánimo supremo.
El [268] acme del autocontrol se alcanza y se ejemplifica mejor con la primera de las dos instituciones que ahora vamos a considerar, a saber, las instituciones del suicidio y el desagravio.