Bushido

Inazō Nitobe · Capítulo 2 de 22

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Bushido

Prólogo a la primera edición

Prólogo a la

primera edición

 

Hace unos diez años, cuando pasaba unos días bajo el hospitalario techo del

distinguido jurista belga, el finado M. de Laveleye[1], durante una de nuestras

divagaciones[2], la conversación derivó hacia el tema de la religión. «Pretende decirme… —preguntó el venerable profesor—, ¿que en sus escuelas no hay enseñanza religiosa?». Al responderle que no, de repente se detuvo perplejo, y con una voz difícil de olvidar, repitió: «¡No hay religión! ¿Y cómo imparten educación moral?». Por aquel entonces, la pregunta me sorprendió. No pude darle una respuesta, ya que los preceptos morales que había aprendido en mi infancia, no se aprendían en el colegio; y hasta que no empecé a analizar los diferentes elementos que formaban las nociones del bien y el mal, no descubrí

que había sido el [3] bushido el que me las infundió.

El origen directo de este pequeño libro se debe a las dudas frecuentes planteadas por mi mujer acerca de las razones por las que determinadas ideas y costumbres prevalecen en Japón.

En mis intentos de dar respuestas satisfactorias a M. de Laveleye y a mi esposa, descubrí que sin comprender el feudalismo y el bushido las ideas morales del Japón actual son un libro cerrado.

Aprovechando la inactividad forzosa debida a una larga enfermedad, escribí, en el orden ahora presentado al público, algunas de las respuestas proporcionadas en nuestras conversaciones privadas. Se trata, sobre todo, de lo que me enseñaron y me contaron en mis días de juventud, cuando el feudalismo todavía estaba vigente.

Entre Lafcadio Hearn [4] [5] y Mrs. Hugh Fraser por un lado y sir Ernest

Satow[6] [7] y el profesor Chamberlain por otro, resulta realmente desalentador escribir sobre algo japonés en inglés. La única ventaja que tengo respecto a ellos es que puedo adoptar la actitud de acusación particular, mientras que estos distinguidos escritores son, a lo sumo, abogados y procuradores. A menudo he pensado: «Si yo tuviera su don para la lengua, ¡presentaría la causa japonesa de un modo más elocuente!». Pero quien escribe en un idioma prestado, debería estar agradecido por el simple hecho de resultar inteligible.

A lo largo de la obra he intentado ilustrar cualquier cuestión planteada con paralelismos de la historia y literaturas europeas, confiando en que estos ayuden a que la temática resulte más comprensible para los lectores extranjeros.

Si alguna de mis alusiones a temas o ministros religiosos se considerara ofensiva, confío en que no se cuestione mi actitud hacia el cristianismo como

tal. Es por los métodos eclesiásticos[8] y las formas que ensombrecen las enseñanzas de Cristo, y no por las enseñanzas en sí mismas, que siento poca simpatía. Creo en la religión enseñada por Él y que se nos entregó en el

Nuevo Testamento, así como en la ley escrita en el corazón[9]. Es más, creo que Dios hizo un testamento al que todos los pueblos y naciones, gentiles o judíos, cristianos o paganos, podrían llamar «antiguo». Igual que con el resto de mi teología, no es necesario abusar de la paciencia del público.

Como conclusión a este prólogo, quisiera expresar mi gratitud a mi amiga

Anna C. Hartshorne[10] por sus muchas sugerencias valiosas.

 

I. N.