Cabeza caliente
Capítulo XII
Probablemente por vivir con su extravagante madre.
Griff se alejó unos pasos y después se quedó mirando fijamente a los ojos preocupados de su mejor amigo.
—D, no me importa lo que sea; no me importa lo que tenga que hacer. Tú decides, ¿vale? Te lo prometo. Conseguiremos la suma que quieren, a tiempo.
Por favor, quédate conmigo. Nuestro hijo estaba sentado así de cerca, muy cerca de mí.
—Vale. —Dante parecía agotado. Sus ojos parecían hundidos.
El bril o de antes había desaparecido—. Griff, te estás dejando arrastrar por mí a la ciénaga.
Joder. Como por arte de magia, ya no eran una familia. Eran solo dos gilipol as haciendo de canguros de una niña. Dante era solo un exaltado que iba a perder su casa. Los sentimientos imposibles de Griff y su hijo imaginario eran simplemente eso.
Haré lo que sea. Solo tienes que pedírmelo.
Griff suspiró y miró a Nicole. Estaba escuchando a escondidas como hacían los niños pequeños, manteniendo los ojos al frente y los oídos bien abiertos; como una aspiradora de cotil eo confuso. Si no tenían cuidado, la tropa entera de los Anastagio se enteraría de que Dante estaba metido en un marrón impresionante, y de que Griff también estaba implicado.
Dante volvió a darle la mano a Nicole.
—Vamos bicho. Vamos a l evarle las aceitunas a tu padre.
CAPÍTULO XII
Dos días más tarde, Griff estaba lavando el camión, haciendo horas extras para que el teniente pudiera ir al hospital a conocer a su nuevo bebé.
Era tarde y necesitaba dormir, pero después de dos horas tratando de mantener los ojos cerrados, había bajado las escaleras y se había puesto a ayudar a rel enar los tanques de oxígeno, y envió al chico en prácticas a que echara una siesta.
Había sido incapaz de cerrar los ojos en ningún sitio del parque por miedo a que alguien le encontrara y empezara a confesar algo espantoso. Había conseguido mantenerse alejado de Tommy desde la historia en el bar, y rezó por poder largarse antes de que l egara el pequeño asistente sanitario para su turno.
Dante entró en el parque dándole un empujón al pasar a su lado. Corrió hacia las escaleras dirigiéndose a la sala de las literas.
—Ey. —Griff dejó caer el trapo en el cubo y le saludó como por encima.
—¿Qué haces trabajando todavía? —Parecía que Dante se hubiera recorrido toda la manzana corriendo. Tenía el pelo despeinado por el viento y los ojos de carbón bril ante—. No respondías al teléfono.
—Lo siento. Estábamos en una salida. Un escape de gas. —
Griff se encogió de hombros y se secó las manos en la sudadera—.
Le he tenido que hacer un par de horas extra a Siluski. La mujer por fin se ha puesto de parto.
Dante asintió con la cabeza y se apoyó en el camión.
—Es sobre el negocio de CabezaCaliente. He estado pensando en cómo puedo saldar las cuentas con el banco.
Griff miró a los lados a los estantes con los uniformes y a la puerta que conducía arriba, paranoico.
—¡Actividades más extensas! —Sus ojos negros como el carbón bril aban de triunfo.
—¡Dante! Vamos… —Griff le arrastró alrededor del camión y miró a la cal e oscura. Vacía. Lo último que necesitaban era que alguien anduviera deambulando por ahí y les escuchara. Todos los chicos estaban arriba acostados o viendo un canal de deportes—.
No creo que el parque sea el lugar.
Dante sacudió la cabeza para descartar la idea.
—No te preocupes. Ven.
Griff permitió que Dante le condujera más al á de las taquil as y los estantes con los equipos hacia la parte delantera, a la cal e; salieron de las luces y entraron en las sombras fuera de la entrada de vehículos. Él no fumaba, pero este era la zona de fumadores extraoficial del parque. Había colil as de cigarril os al lado de la alcantaril a donde las tiraban los chicos. Por lo menos nadie les escuchaba.
—Vale. ¿Qué? —preguntó Griff, levantando una ceja.
—Actividades más extensas. Las opciones extra ante la cámara. Me ha venido a la cabeza. —Dante tenía ojeras como de no haber dormido en unos cuantos días.
—Jesús, Dante. —Griff se frotó fuertemente un ojo. Podía sentir cómo se estaba empezando a formar un dolor de cabeza—.
Tal vez podamos hablar después.
—No. Mira, las pajas mutuas se pagaban aparte. —Dante hizo como que se hacía una paja y se corría sin mostrarse avergonzado,
lo que solo consiguió que Griff pasara más vergüenza aún—. Y lo que hiciste al final incrementó nuestra tarifa…
—Ya sé, tío. Siento haber…
—...aún más. ¡Qué dices que lo sientes! Que soltaras todo eso sobre mí nos consiguió trescientos dólares más. ¿Lo sabías? —
Dante puso los ojos en blanco para que Griff no se preocupara—.
Amigo, si pudiera conseguir un plus cada vez que te corrieras encima de mí, acamparía bajo tu cama y te tendría haciéndolo tres veces al día.
Ayúdame, Jesucristo.
Los ojos de Griff casi se le salen de las órbitas al escuchar eso. Miró a ambos lados para asegurarse de que no hubiera nadie en toda la manzana, y después estiró el cuel o para comprobar la puerta que l evaba arriba a la cocina y a la sala de las literas. Todo despejado. Intentó no pensar en cómo Dante se ofrecía de voluntario para convertirse en el trapo para su semen.
Tiene que saber lo que me está haciendo, ¿no?
—¿Te das cuenta de que con tan solo haber chupado un poquito de la nata de mis manos para Alek podría haber conseguido otros quinientos dólares? ¡No lo sabía! ¡Quinientos dólares, G, solo por saborear tu semen un segundo!
Griff notó que se ahogaba. Intentó disimularlo tosiendo, y volvió a ahogarse. Se pasó lentamente una mano por su cara recalentada, tratando de alejar el pensamiento antes de que se desmayara sobre la alcantaril a.
Dante le dio una palmada en la espalda. Estaba muy serio.
—Sabes a lo que me refiero. Amigo, si me hubieras dejado hacer lo mismo habríamos podido doblar el dinero. Podía haber
pagado al banco y salir adelante.
—Uf. Sí. ¿Y?
—Pero eso solo es la punta… —Dante sonrió burlonamente—
...del iceberg porno. Así que me puse a darle vueltas en la cabeza y me puse a leer el contrato. Podríamos sacar un montón más de dinero extra si jugamos bien nuestras cartas. Por ejemplo, si accedemos a determinadas actividades extra, conseguimos esos bonus. Creo que así es como puedes forrarte con este negocio del porno. ¡Entrando en los «extras»!
Dante caminaba de un lado a otro. Griff le miró. A continuación bajó la voz como si estuviesen en una sala de espera, intentando razonar con él.
—No quiero verme con un cacharro de goma clavado en el culo solo para que puedas poner una encimera nueva en tu casa, Anastagio. —Griff se pasó la mano por la cara en un gesto de exasperación o frustración, y por el apabul ante deseo que suscitaba la idea—. Así que tú… ¿Qué? ¿Estás dispuesto a chuparme el semen del pelo del pecho? ¡Vamos! Cuéntame otra.
—No-no-no. Solo tenemos que ser un poco listos. Mira… —
Dante sacó de su chaqueta un contrato de CabezaCaliente—. Aquí hay todo un listado de cosas. Solo te digo que lo hablemos.
—Esto es como prostituirse. Regatear con nuestro sexo. —
Griffin sabía que era importante no perder la calma.
—No es que sea una virgen. —Dante abrió los brazos y miró hacia abajo, así mismo—. He hecho cosas peores por mucho menos, créeme.
—¿No te asusta la idea, D? Nosotros, ¿juntos de esa forma?
—¿Por qué? Solo somos nosotros, tío. Hemos hecho todo juntos.
—No todo. —Griff mantenía un ojo puesto en la puerta del fondo. Tenía un pequeño diablil o en cada hombro, dos demonios gemelos que le susurraban pecados en los dos oídos.
Por favor, haz que baje alguien y le detenga mientras pueda seguir negándome.
Por favor, no permitas que baje nadie hasta que le diga que sí.
¿Qué le estaba pasando? Una parte de él, oscura, terrible y hambrienta, quería que Dante le convenciera, quería que Dante le obligara para que no fuese culpa suya.
—Bueno, prácticamente todo. —Dante dejó de deambular y se sentó en la parte de atrás del camión—. Hemos estado desnudos juntos un mil ón de veces, hemos tenido relaciones sexuales en la misma habitación, nos hemos vomitado el uno al otro y nos hemos lavado el uno al otro. Hemos hecho el loco juntos mil veces. Dios, y hace un par de semanas hasta te corriste sobre mi pecho desnudo.
—¡Venga! Sabes que fue un accidente. Te pedí perdón.
—Pero, ¿qué pasa? —Dante explotó—. No es tan grave. ¡No me importa una mierda! Eres mi hermano. Eres mi mejor amigo.
Eres lo único que tengo.
A Griff le dio un vuelco el corazón. Cualquier cosa que dijera ahora sería equivocada.
—Lo sé. Lo sé.
¿Le haría daño? Sí, seguro.
Las piernas de Griff empezaron a moverse de nuevo, grandes zancadas hacia dentro del parque, dejando atrás el camión. Los pasos de Dante resonaron detrás de él, al mismo ritmo. Griff
continuó andando, pasó por las puertas y entró en el sucio vestuario. Griff se dirigió a las duchas y encendió dos a toda potencia, esperando que el ruido tapara la conversación. Volvió al banco de al lado de las taquil as.
Dante se había sentado en el banco y estaba inclinado sobre el contrato abierto de CabezaCaliente. Buscaba algo; no miraba a Griff a los ojos.
—Otros cinco o seis de los grandes y tendré un amortiguador contra el banco. ¡Una puta red para que salte! Y no tenemos que contratar a una banda de payasos enanos para conseguirlo.
Griff no se lo tragaba.
—Existen otras maneras de conseguir…
—No, de verdad. No tan rápidas. Solo estoy diciendo que podemos ser inteligentes.
Cuando miró a Griff, su voz sonó firme y serena, como si estuviera tranquilizando a un perro herido.
—CabezaCaliente tiene varios niveles. Los modelos pueden escoger un sendero que les l eve a hacer más cosas cada vez. Ya tienen un vídeo conmigo a solas, pero puedo decidir hacer otras cosas. Ir más al á. —Dante se puso de pie y colocó una mano tentadora en la espalda de Griff—. Si es demasiado para ti, seguro que puedo encontrar a alguien que me frote y esas cosas.
—Como un masaje. —Griff sintió la nuez en la garganta como si se hubiese tragado un huevo entero.
—Sí. O hasta una mamada.
Griff se giró.
—Espera. ¿Qué pasaba con frotar?
—Es lo mismo: te quedas ahí tumbado y no haces nada. Te lo hacen. —Dante siguió mirándole, completamente tranquilo, venciéndole poco a poco con esa media sonrisa optimista—. Te la humedecen, te la chupan, dinero en mano, y fin de la historia.
¿Le estaba pidiendo esto de verdad Dante a él?
—¿Ya tienen a alguien que puede hacerlo? Cascártela, quiero decir. —A Griff le daba vueltas la tripa y se le resecó la boca—. ¿O
es Alek? — O Tommy .
—Ni idea. ¿Importa? ¿Te gustaría que un asqueroso jugueteara con tus huevos? A tomar por culo.
Griff se estremeció y se odió a sí mismo por hacerlo. Intentó procesar la idea de que otro hombre tocara a Dante, y tener que verlo en la web porque no podría detenerse. Sintió cómo iba creciendo en su cuel o una furia posesiva hasta que estuvo a punto de empezar a gruñir. Apretó los dientes para mantener dentro de sí el sonido salvaje y se quedó sentado muy quieto en el haz de luz sobre las taquil as.
¿Cómo puede no ver lo que me está haciendo?
—Pero si voy…
—Entonces seríamos solo nosotros. —Dante dejó caer su voz y se inclinó hacia él—. Si no, sería cualquiera que él me encuentre.
Otro vago como yo, me imagino. No puedo pedírselo a nadie más, tío. Eres tú. Eres el único.
La ducha seguía silbando en la sala adyacente, manteniendo sus secretos a salvo de cualquiera que pudiera estar escuchando.
Dante malinterpretó su silencio como indignación.
—Mira, tú puedes limitarte a ponerte cómodo. Yo haré el trabajo. El trabajo duro, ya sabes. Podría, ya sabes… —Miró al
suelo—. Chuparte un poco.
La mente de Griff se quedó blanca como la nieve, como una televisión que se veía mal. Le l evó un segundo volver a sintonizarse.
—¿Un poco? Haces que suene como… ¿Ya te has comprometido a hacerlo? —Griff se volvió para mirarle.
—¡No! —Todo el cuerpo de Dante le suplicaba—. Quería hablarlo contigo.
—No quiero hablar de eso. —La voz de Griff retumbó sorda en su pecho.
—Vale, G. Lo siento. —Se metió las manos en los bolsil os y entornó los ojos decepcionado.
Socorro.
—No. Quiero decir, lo haré. —Griff cerró sus ojos grises. El pulso le latía con fuerza en sus orejas—. Mira. Piensa en qué tipo de actividades «ampliadas» estás dispuesto a hacer conmigo y estará bien. —Sus ojos se dirigieron a la puerta cerrada, y se alegró de que su grupo de trabajo estuviera en el piso de arriba mientras él tenía esta conversación tan estrafalaria—. Lo que sea, ¿vale?
—Y, como… besarse no es nada del otro mundo. —Dante tenía los ojos enormes y secos, como si no hubiera pestañeado en una semana.
—Alek no se refiere a un piquito en la mejil a, D. Lo que quiere es que metas tu lengua en mi boca, ordeñes mi pol a, que nos demos el lote de modo que haya chupetones y toqueteos. —Griff permaneció con la vista fija en el cemento manchado bajo sus botas. El contrato estaba abierto en el banco a su lado—. ¿Pagan extra por liarse?
—Sí. Y eso no parece demasiado, ¿no? —Dante se apartó el pelo de la frente.
Madre de Dios, esto tiene que ser una prueba. Griff sentía cómo se le iba secando la boca.
—Nosotros ya… A ver, ¿qué me importa que metas tu lengua en mi boca? Son un par de bil etes de cien pavos. No significa nada.
Jugar con los pezones, pues lo mismo. Ya he pel izcado tus tetas antes. ¡Y peor! —Continuó Dante.
—Sí. En la academia de prácticas, para joderme. Eso no es lo que él está buscando. —Aunque el suelo hacía que hiciera frío al í dentro, Griff sintió cómo un hilil o de sudor le caía por la parte de atrás del cuero cabel udo ante el pensamiento de besar a su mejor amigo. Su boca era el Sahara.
No te pases la lengua por los labios. No te pases la lengua por los labios.
—Lo único que digo es que creo que podemos ir un poco más al á y ganar unos cuantos bil etes más. —Dante volvió a ponerse de pie y recostó su espalda en una taquil a—. No quiero tener a un tío cualquiera reptando encima de mí, pero si eres tú… —Sus ojos volvieron a mirar a Griff.
—¿En serio? Piénsalo; da como miedo.
—Qué va. Somos nosotros. Eres tú. Tú no me das miedo. —
Con la cara seria y en voz baja le dijo a bocajarro—: Te quiero, Griffin. Ya lo sabes.
¿Qué significa eso? Un pinchazo de confusión atravesó la cabeza de Griff y se quedó alojado en su pecho.
—¿Por qué no lo intentamos? —Dante extendió una mano para ayudarle a levantarse.
—¿Qué significa eso? —Las palabras se escaparon de la boca de Griff, y deseó no haberlas pronunciado.
¿Y si está intentando decirme algo? Pero, ¿y si no?
Griff cogió la mano y se puso en pie muy cerca de Dante, casi tocándole. Se quedaron de pie, tan cerca el uno del otro que podía sentir el calor que desprendía su mejor amigo.
Dante no retrocedió. Solo levantó el mentón partido como si estuviese esperando un puñetazo.
—No soy un cobarde. ¿Quieres pegarme? —Movió las manos en los bolsil os del culo. Sus ojos estaban por todas partes, por donde no tenían que estar. Su cara era una extraña mezcla de terror y determinación cuando juntó sus caderas a las de su amigo—.
Vamos, Griff, muéstrame lo que tienes.
Los dedos morenos de Dante acariciaron el corazón de su amigo, por encima de la camiseta de Griff. Abrió un botón. Otro. El roce del pelo anaranjado del pecho de Griff contra su camiseta interior. Las manos de Dante estaban calientes y temblaban. Otro botón abierto, y otro, y otro más. Dante abrió la camisa y levantó la camiseta dejando al descubierto su abdomen, sus duros pectorales.
—No tienes que…
Griff sentía sus brazos como si fueran plomo mojado; no podría haberlos movido si lo hubiera intentado por miedo a detener la tentadora exploración de Dante sobre su piel. Dante le miraba, y él podía sentir cómo se iba poniendo rojo, justo al í, en el parque, frente a las taquil as raspadas y a un calendario de Penthouse de 2007. Sentía la cara y el pecho como si tuviera quemaduras del sol de segundo grado en unos vestuarios con el suelo de cemento a las once de la noche.
Dante se inclinó sobre su torso pálido y pasó una mano bronceada por los tirabuzones de pelo rojo hasta que se le pusieron duros los pezones rosados. Dante ahogó una risa.
Griff le lanzó una mirada y las cejas cobrizas se arrugaron en una pregunta. De fondo, el ruido de la ducha envolvía el eco de la estancia.
—Qué pequeñitos. —Dante levantó la vista y le miró con sus ojos negros como el carbón—. Los pezones. Eres tan enorme y los pezones son tan pequeños. —Sus manos no paraban de moverse
—. ¿Lo ves? Está bien, Griff. Solo hay que jugar un poco, ¿verdad?
Griff volvió a asentir con la cabeza. La lengua no le cabía en la boca. Su cerebro estaba aturdido.
—Eh, eh. ¿Estás bien? —La respiración de Dante estaba acompasada a la suya, lenta y profunda.
—Sí. Es demasiado. Eres mejor en el… sexo que yo.
—Qué va.
Griff se sentía poco manejable frente a él. El cuerpo de Dante era tan elegante y bien proporcionado, que Griff se sentía como un pedazo de búfalo blanco. Podía sentir cómo el rubor se extendía desde su cara bajando hasta su paquete.
—Me encanta. —La voz de guasa de Dante sonaba un poco ronca.
Griff levantó la vista, confundido.
—Cuando te pones rojo de esa forma. Cómo va avanzando el rubor por tu cuerpo. Es como si pudiera ver lo que estás sintiendo justo donde lo sientes. Es genial. Relájate, G.
—Me siento idiota.
—Qué va. Es como mirar la sombra de las nubes desde un avión. Esas sombras se mueven por tu piel y tú no tienes miedo de nada.
—¡Los cojones! Siento como si me estuvieras electrocutando poco a poco.
—Por lo menos todavía eres capaz de sentir cosas, G.
Quédate conmigo. —Por fuera pasó un coche dando bocinazos, pero Dante ni se inmutó, estaba centrado por completo en los hombros y en el cuel o de Griff. Dante se inclinó más hacia él, más cerca, y ay Dios, frotó su barba incipiente, como de hol ín, contra el cuel o de Griff enviando miles de descargas eléctricas a su columna.
Dante le olía, JesúsMaríayJosé . Notó algo húmedo en el cuel o que tenía que ser la lengua de Dante que se escapaba para saborear el sudor. Se le escapó un silbido de la sorpresa, y Dante se retiró un poco para mirar hacia arriba.
Entonces vio aquel os ojos, negros como la noche. Griff levantó la mano y casi tocó la cara de Dante. Casi, porque se detuvo en el último momento, aturdido por el calor y por la expresión vulnerable de Dante. Griff tragó saliva y volvió a tragar saliva. Podía sentir la tensión de todo su cuerpo, los músculos como si fueran una cuerda l ena de nudos. Se escuchó decir murmurando:
—Porfavorporfavorporfavorporfavorporfavor.
Dante se acercó aún más, inclinando su cabeza hacia atrás ligeramente, invitándole, retándole…
Toma lo que quieras.
Griff se flexionó y resopló, y su lengua penetró en el paraíso húmedo de la boca de Dante, y lo que se detuvo no fue su corazón, sino el tiempo.
Sabía que sentiría esto. Sabía que sabría exactamente así.
Griff subió las manos por la espalda de Dante y agarró su pelo negro bril ante. Sus dientes se chocaban. Lentamente, besos húmedos, hambrientos que siguieron más y más tiempo.
Dante emitió un gruñido desde el fondo de su garganta, como de rendición o de esperanza. Su boca ardía bajo la de Griff. No había final. Jamás había sentido nada igual.
La realidad sobrepasaba incluso sus sueños más culpables y pegajosos. Los brazos de Dante le rodeaban y eran más fuertes de lo que había imaginado, y más cuidadosos. Los labios de Dante eran más suaves, sus manos, más duras. Griff no se había esperado lo que sentirían dos pechos vel udos, dos rostros afeitados, dos cuerpos trabajados que presionaban el uno contra el otro en el mismo parque de bomberos. Y Dios había hecho que Dante oliera tan dulce y tan fuerte: como a higos y cuero y algo ardiendo.
Tan diferente de Leslie. No lo sabía. No lo sabía. Una lágrima se escapó de su ojo. Le ardía.
Con las chicas Griff siempre tenía miedo de ir a romperlas. El sexo con su mujer había consistido en una serie de instrucciones cuidadosas que finalizaban en una corrida feliz, pero cuidadosa, a la que seguía un lavado rápido porque a el a no le gustaba quedarse hecha un asco. Leslie se pasó años tratando de convencerle para que experimentara y se soltara e hicieran cosas diferentes, pero él vivía con el terror de hacerle daño, empujar demasiado, de abrirle en canal con su pol ón de cabal o. No era un monstruo. Su deseo era tan grande y el a tan pequeña.
No como Dante. Dante era una fiera grande y bril ante. Tan fuerte, tan fuerte que incluso estaba levantando a Griffin del suelo mientras forcejeaban cada vez más juntos. Sus pol as se aplastaban la una contra la otra con un dolor trémulo que irradiaba hacia fuera, empapándole con la calidez de un amanecer.
Cada centímetro de Griff vibraba y sonaba como un contrabajo. Sentía un cosquil eo en el cuero cabel udo. Le picaban las manos y al á donde se presionaban sus pieles ardiendo, el suave contacto de sus músculos al resbalar era tan dulce que pensó que se iba a poner a gritar de verdad. Bajo sus pantalones, sentía su erección como un bloque de granito contra su cadera.
Entre sus brazos, Dante temblaba cada vez más. Le voy a destrozar; esto es tan fuerte. Pero no podía parar, no se detendría, y Dante seguía viniendo a él como un animal. Normal que las chicas aguanten todas sus mierdas. Era tan hermoso… Sus cuerpos encajaban a la perfección, su fuerza, su hambre.
Dios, esta era solo una de las posibles «actividades más extensas». El cerebro de Griff daba vueltas y vueltas.
Dante se retiró lo suficiente como para inclinar la cabeza y poner un nuevo ángulo en sus bocas, juntas, para que encajaran aún más. Su lengua lamió los dientes de Griff barriendo las profundidades de su deseo. El pelo de Dante estaba sobre los ojos de los dos, una maraña lustrosa que evitaba que se miraran el uno al otro directamente. Gracias a Dios.
Griff sintió cómo la saliva se le agolpaba en la boca. Tragó.
Volvió a tragar y pensó: se me cae la baba. Mi mejor amigo me está haciendo babear. Voy a ahogarme en mi propia saliva.
En algún sitio por debajo de sus cinturas, Dante se peleaba con sus pantalones, los desabrochó y dejó que cayeran hasta sus rodil as.
De ver a «Monte» en la web de CabezaCaliente, Griff sabía qué podía esperar, pero no sabía qué hacer con eso entre sus bruscos dedos. El vel o sedoso de las piernas de Dante empezaba de verdad a mitad del muslo, como si l evara puestos unos pantalones un poco más oscuros y no se los hubiera subido hasta arriba. De cerca, la cicatriz con forma de media luna de su rodil a parecía más pequeña y más delicada.
Es como si me estuviera provocando a propósito.
Griff no sabía si iba a ser capaz de parar, pero tenía que intentarlo, por el bien de los dos. Dante chupaba lánguidamente su labio inferior, mordiéndolo y lamiéndolo, saboreándolo de forma deliberada como si estuviese buscando algo delicioso bajo la gruesa piel. La respiración de los dos era caliente en el espacio que habían creado entre el os. Estaban resbaladizos por el sudor. Dante mantenía los ojos bien cerrados, y su frente fruncida por la angustia.
Lo siento muchísimo. La culpabilidad de Griff le destrozaba por dentro. Estará pensando en alguna chica. María tal vez, o Shel y, de la siguiente manzana. Esperaba que el afeitado de la mañana todavía le aguantara. Estaba claro que Shel y no rascaría como él.
Dante mantenía los ojos cerrados y mimaba su boca con una ternura oscura.
Haz que dure.
Griff levantó la mano hasta el duro pecho de Dante, serpenteando bajo su camiseta, masajeando sus sudorosos pectorales dorados. Sus ásperos dedos rozaron los oscuros
pezones, diminutos bajo el fino vel o, y no pudo evitar darles unos suaves pel izquitos.
La dura verga de Dante dio una sacudida contra su cadera. La parte delantera de sus calzoncil os estaba húmeda entre los muslos de los dos.
Dante volvió a subir su camiseta, retorciéndola dentro de su puño. Su boca cubrió el pezón de Griff, y empezó a chuparlo fuerte yendo después hacia la axila.
Griff aul ó arqueando su espalda; entonces gimió, flexionando su enorme brazo para hacer que la cabeza de Dante se quedara al í, lamiéndole, mimándole y mordiéndole.
Soy un pringado. Esto no significa nada . Griff sabía que su amigo no comprendía lo que estaban a punto de hacer. No podía aprovecharse de su mejor amigo y vivir con el o.
¿Cuándo nos hemos desabrochado la ropa? Griff sintió que estaba empezando a entrar en estado pánico cuando sintió el cosquil eo inicial de un orgasmo. No podía controlar de ninguna manera lo que estaba pasando por debajo del ecuador. De algún modo la mano encal ecida de Dante estaba colocada firmemente en la parte más estrecha de su espalda. Un dedo justo rozaba la parte de arriba que conducía a la raja de Griff. Las l amas lamieron su columna vertebral y tuvo miedo de ir a correrse al í mismo, justo en ese momento.
Iba a correrse. Iba a correrse en los calzoncil os solo porque Dante le estaba besando de esa forma.
Una advertencia atravesó la mente de Griff. Algo pasaba fuera en el garaje. Se oyó un movimiento cerca y una voz de hombre, pero Dante no se enteraba. Mierda puta.
—Espera. ¡Espera!— Griff le empujó hacia atrás, le apartó de su lado para poder respirar.
Dante se quedó estático y liberó sus manos al instante.
Griff se cubrió su ancho pene de forma protectora con una mano por encima del calzoncil o tirante y volvió a sentarse en el banco, respirando fuertemente y sacudiendo la cabeza.
Viene alguien.
Dante se dejó caer en el banco de enfrente. Sus ojos negros se quedaron fijos en la mirada gris de Griff. Nubes de culpabilidad o de asco atravesaron su hermoso rostro. Se apagó una luz dentro de él, como una antorcha mojada en agua.
Los pasos resonaron en el cemento justo al otro lado de la puerta; entonces el brazo vel udo de un hombre la abrió de golpe tan fuerte que la hizo rebotar.
—¡Qué pasa, señoritas! —Siluski asomó la cabeza.
El corazón de Griff dio un vuelco bajo sus costil as.
Dante dejó caer un brazo sobre sus rodil as y se giró hacia Siluski.
—Ha sido un niño. Diez dedos en las manos y diez en los pies.
—Siluski estaba bebiendo café solo de un termo. El aroma l enó la cutre habitación, haciendo que disminuyera la acidez del moho y de los polvos medicinales—. Lo siento, l ego un poco tarde.
Dante parecía haberse quedado congelado, ahí sentado. Tenía los pantalones por las rodil as y su jugosa boca estaba como hinchada.
Griff abrió la boca y trató de pensar en algo normal que pudiera decir.
—Estamos bien. Anastagio se ha pasado por aquí para, eh…
— Ponérmela dura y mojada y sacarme el cerebro a lametadas a través de mi lengua — …ver si quería algo de cena.
Dante asintió en silencio mordiéndose el labio húmedo. No podía levantar la vista del suelo.
Siluski estaba revolviendo en su taquil a.
—Pues entonces, ¡fuera de aquí inmediatamente, hijo! —
Lanzando una sonrisa, desapareció en el edificio para compartir sus noticias.
La puerta se cerró suavemente.
Dante elevó sus ojos para mirar a Griff, y el terror que vio en el os hizo que Griff se marchitara por dentro. El pulso de Griff era tan alto que podía escuchar los latidos. Podía ver el pulso de Dante tronando contra el hueco de su garganta. Solos; juntos.
Pum. Pum. Dos golpes en la puerta.
De nuevo se pegaron un susto de muerte, y los dos se agarraron al banco en el que estaban sentados respectivamente, conteniendo la respiración.
La voz de Siluski l egaba desde justo afuera, ya se estaba yendo.
—El camión está precioso, Muir. ¡Gracias! —Se fue silbando escaleras arriba.
—Dios. —Griff no sabía dónde meterse ni adónde mirar.
Dante respiraba pesadamente. Sostenía los puños extendidos como un malabarista en la cuerda floja, balanceándose entre los blancos nudil os como si pensara que se iba a caer. Incluso así estaba guapísimo, con el pecho subiendo y bajando, las esculpidas líneas de sus músculos bajo esa piel de miel.
Desde la cocina les l egó una música de samba; Siluski estaba cocinando algo y los demás chicos bajarían en un par de minutos.
—Lo siento. —Dante parecía enfermo—. Una idea verdaderamente estúpida. Venir aquí. No creía que…
Griff se sentía fatal, pero le sonrió con dulzura.
—No. No pasa nada. Estoy... Estoy…
Dante esperaba, intentando pausar su propia respiración.
Miraba hacia abajo a su ropa interior y a sus piernas desnudas como si no pudiera recordar dónde había ido a parar su ropa.
Leche derramada.
La habitación de repente se puso de manifiesto a su alrededor, como si alguien hubiese ajustado una lente: los grafitis en las taquil as y el reloj estropeado y los paneles con moho del techo que el ayuntamiento no arreglaba. Un enfoque inquietante. El punto perdido de calor se extendía entre el os, cada vez más delgado hasta que se convirtió en un hilo delicado.
—Está bien. Lo siento. —Griff encontró su voz enterrada en el fondo de su garganta y se abrochó la camisa—. Solo ha sido un susto. —El hilo que les conectaba se seguía estirando. Ahora no era más que una telaraña.
—Nos hemos dejado l evar. —Dante se rio con una risa falsa y algo volvió a colocarse en su sitio dentro de sus ojos, como cuando se cierra la puerta de una celda. Su sonrisa se endureció como si se hubiese puesto una armadura—. Supongo que un tío puede fol arse cualquier cosa.
Así, hasta los extremos de la telaraña desaparecieron, y entonces volvieron a ser solo dos amigos bromeando en su parque de bomberos. Solos, juntos. Las torres gemelas.
—Sí. Cualquier cosa. —Griff miró al suelo con las manos en los bolsil os para que no le traicionaran—. Solo ha sido un morreo.
Pero… —Increíble—...besas muy bien.
—Sí. Uf. Tú también. —Dante soltó otra risotada, pero parecía estar entre asustado y asqueado, incapaz de mirarle a los ojos—.
Así que, ¿lo hacemos bien?
Mierda. Mierda. Pero Griff no podía arrepentirse de nada.
No significa nada.
Sin más, Dante se agachó para recoger su ropa y vestirse: sudadera, vaqueros, zapatos.
—¿Y lo del bonus de los extras? ¿No te rajas?
—No. ¡No! Claro, ningún problema. —Griff señaló el contrato donde había caído—. Y tienes razón. Merece la pena, de verdad.
Las actividades extra que tú decidas. Confío en ti. Piensa tú. Yo estoy dispuesto. —Sabía que ya había ido demasiado lejos, pero no podía detener su boca. Se preguntó cuándo Dante se daría cuenta y diría algo que le obligaría a confesar.
Dante recogió del suelo el contrato de CabezaCaliente y lo dobló cuidadosamente. Lo metió en su chaqueta y se la puso inmediatamente, como si necesitara poner una barrera entre el os por su propia seguridad.
—Gracias, Griff. En serio. Te compensaré.
—No es para tanto. Lo que pienses estará bien. —Griff se sintió como un puto maníaco sexual. Se dirigió a su taquil a y agarró su cazadora de cuero y una bufanda—. Vamos. Me muero de hambre.
—¿Qué estamos haciendo? —Dante parecía confundido al í, en medio del pasil o.
Disimula. Griff le dio un golpecito en la espalda, un gesto masculino tras el momento homo alucinante que acababan de compartir.
—Me dejas que te bese, primera base, Anastagio. Lo menos que puedo hacer es invitarte a un filete y comprarte un ramo de flores.
Dante asintió y abrió la puerta de los vestuarios; algo tenebroso parecía rondarle la cabeza. Tal vez estuviera tratando de imaginarse cuánto podrían sacar si repetían los últimos cinco minutos frente a las cámaras de Alek. O tal vez pensara por qué Griff había tenido esa erección húmeda en los brazos de su mejor amigo.
¿Qué es lo que había estado a punto de ocurrir?
Dejaron atrás el camión y los estantes con los equipos y las botas y los pantalones a la espera de que alguien se los pusiera, y Griff le siguió hacia la cal e haciéndose esa misma pregunta.
Salir del barrio parecía una buena idea en ese momento.
Dante estaba inquietantemente cal ado en el coche mientras Griff conducía hacia Manhattan. Era totalmente inusual en él no l enar todo el espacio con sus chistes o con los cotil eos del parque, o con anécdotas sexuales guarras, pero al pasar por la cal e Court, su cara glacial se giró para mirar las luces del semáforo por la ventana.
Griff conducía con una mano y echó una mirada a su amigo.
—¿Estás bien?
—Claro. —Dante asintió con la cabeza, pero no se volvió a mirarle al hacerlo. La tensión en el coche era sofocante.
Tras el os alguien impaciente dio un bocinazo para hacerle saber a Griff que el semáforo había cambiado. Gilipol as . Hacía menos de una semana que Dante había estado a punto de morir. Tal vez tuviera dolores. Griff preguntó suavemente:
—¿Te duele la cabeza?
—No.
El tráfico que l evaba al Puente de Brooklyn avanzaba poco a poco, y Griff iba dando golpecitos en el volante con los pulgares.
Intentó pensar en cómo podía hacerle saber a Dante que no pasaba nada; seguían siendo amigos y él no tenía miedo.
Una vez más, Griff giró sus ojos para estudiar a Dante.
—Él no ha visto nada. Siluski no ha visto nada.
—Ya lo sé. No estaba… perdona. —Dante sacudió la cabeza y parpadeó tratando de encontrar algo que decir.
Al l egar a un semáforo en rojo cerca de Fulton Mal , Griff inclinó la cabeza, mirando hacia la hilera de señales que indicaban cómo l egar al puente. Griff esperó que continuara la frase, pero él había vuelto a sumirse en el silencio.
—¿Dante?
Sin girarse, Dante hacía como que miraba a los escaparates que iban dejando atrás mientras pensaba lo que quería decir.
—Otras actividades. Eso es todo, creo. Me parece que… no es nada, ya sabes. Hacer… cosas sexuales ante la cámara. Te sientes…
—Expuesto. —Griff asintió.
—¡Sí! —Dante le miró bruscamente y se giró en el asiento de forma que su espalda estaba prácticamente contra la puerta—.
Cuando Alek me preguntó la primera vez, pensé que este negocio
de CabezaCaliente solo sería como hacerte una paja y sobreactuarlo como cuando tu novia te graba en su iPhone. O sea, como si tuvieras un mil ón de novias cachondas online. Que serían tíos, supongo. Soy un imbécil.
—No te lo discuto. —Griff puso los ojos bizcos y le hizo una mueca de chimpancé, y añadió—: Eres un imbécil. Y un enano.
—Ja, ja. Un enano de más de uno ochenta. En serio. Supongo que nunca me había parado a pensar que la gente del porno eran personas. Tíos. Chicas. —Dante movió las cejas casi frunciendo el ceño—. Espeluznante, ¿no? Lo que quiero decir es que sé que el os tienen vidas y facturas que pagar; y alergias y animales de compañía, lo que sea. Pero no sé. Hacer esas cosas tan privadas en público es más raro de lo que pensaba. No es dinero gratis.
También se l eva algo de ti.
¿Ahora te das cuenta?
Sacudiendo la cabeza, Griffin iba cambiando de carril dirigiéndose hacia el Puente de Brooklyn.
—Yo tampoco lo había pensado. Por eso hay dinero, Anastagio. Las empresas pagan porque es un jodido trabajo.
—Eso es lo que quiero decir: joder y trabajar. Complicado. —
Dante se recostó en su asiento—. Me he dado cuenta de hasta dónde sería capaz de l egar si tuviera que hacerlo. Creo que me he asustado un poco.
—En el parque. Te refieres al beso.
La cara de Dante reflejaba confusión.
—¿Qué? ¡No! —Dante se rio.
—¿No?
—¡No! Griff, besas superbién. Sí. Quiero decir… nosotros nunca… Pero no, ha estado muy bien. De verdad. Joder. —Dante movió la cabeza en su asiento y alzó la mirada.
¡Dios! Las chorradas que dice sin darse cuenta. La pol a de Griff se movió en sus pantalones recordándole lo que habían sentido al estar juntos.
Dante sonrió y sacudió la cabeza como si estuviera pensando exactamente lo mismo. En cierta forma era aún más peligroso. Las luces de fuera alumbraban rítmicamente su barba de varios días.
Necesitaba un afeitado.
Dios, está guapísimo. Y justo en ese momento Griff lo supo.
Jamás amaré a nadie más. Nunca querré hacerlo.
Griff tosió y comprobó el retrovisor y se concentró en los carriles, ignorando su semierección para no pasarse la salida que tenía que tomar para l egar al centro.
—Vale… así que… no es por el beso. —comentó Griff.
—No, no. Es por el listado de actividades. Como un menú con precios. Solo que no soy el restaurante; soy la comida. Me he dado cuenta de lo que hace el porno cuando estás destrozado y desesperado, cuando estás chiflado. No es que esté mal ni nada, pero al principio parece que te están echando una cuerda salvavidas y luego resulta no ser tan buen negocio y tomas estas decisiones.
—Tal vez deberías decirle a Alek que se acabó. No le debemos nada a ese tío.
—¡No! Después de la siguiente, seguro. Dios, he estado pensando en cómo sacar el máximo partido posible a los pluses.
Sacaremos tres mil quinientos. Pero cuando haya terminado todo, necesito que me recuerdes esta conversación, ¿vale? No me dejes
olvidarme de lo que te estoy diciendo. —Dante le sonrió con cariño
—. Tienes que ser mi Pepito Gril o, con tamaño de monstruo, eso sí, y pelirrojo.
—Uf, vale… —Griff podía sentir la sonrisa torcida en su cara—.
Si me siento sobre tu hombro, te machacaré tu culo de enano.
—Qué va, soy más fuerte de lo que te piensas. —Dante seguía teniendo esa sonrisa torcida.
Y todo volvió a su ser entre el os. Alucinante.
Griff giró hacia la FDR. Su salida no estaba lejos.
—Pero, ¿y si no me escuchas, burro? Mañana podrías sufrir amnesia de cartera vacía. Si estuvieras desesperado, no querrías recordar nada de lo de esta noche.
Dante le dio un puñetazo en el muslo, justo al lado del bulto paquete bajo la cremal era del pantalón.
—Entonces clávame tu puta lengua dentro de la boca, G. Te garantizo que así captarás mi atención.
Encontraron aparcamiento en la Novena Este y regresaron caminando hasta la Primera Avenida. Cuando encontraron el restaurante, Griff abrió la puerta para que Dante entrara en el bar de pasta oriental que estaba l eno de gente. El local estaba repleto de tíos trajeados y había algunos tipos bastante presuntuosos.
—¿Te parecen bien que cenemos fideos? Este local es como coreano-japonés. Momofuku.
—Genial. Sí. Tendrás que elegir por mí. Me siento como un Dandi aquí. —Dante miró hacia abajo a su camiseta prieta y sus vaqueros planchados.
—¿Qué, porque ahora eres una estrel a del porno? —Griff se rio, subió las cejas rojas y sacudió la cabeza hacia las mesas—.
Estás maravil oso. Venga.
Una camarera guapa con el pelo rubio muy corto y un aro en la nariz les guio hacia la parte de atrás, a unos largos bancos, donde se sentaron en medio de grupos que hablaban en voz muy alta y sin parar. El aire olía a cebol etas y cerdo, y a algo picante.
Según pasaban junto a la gente para sentarse, el teléfono de Dante emitió un pitido al recibir un mensaje de texto.
Griff sonrió y miró hacia arriba al menú de la pared.
—¿Línea caliente?
—No, gilipol as. Es mi hermana.
Griff pensó en la solitaria Loretta dando saltos delante de la casa de Dante mientras pedía deseos a su casco con cuernos mientras la pequeña Nicole esperaba con paciencia a que terminase el aria.
—Llámala. Podría ser importante
—La l amaré más tarde. Tenemos una cita.
—¡Los cojones! —Los ojos de Griff miraron hacia arriba y soltó
—: Estamos cenando.
Dante levantó las cejas y sonrió abiertamente.
—Tú lo dijiste. Una cena asiática cara en Manhattan. Tú has conducido. Tú vas a pagar. Después de que yo fuera al parque de bomberos y te metiera la lengua hasta el esófago. —En ese momento Dante se estaba riendo de él—. Relájate. Te estoy tomando el pelo, G.
—Ah. —Griff volvió a escudriñar el menú y gruñó—. Bobo.
—La verdad es que sienta bien sentarse a comer en un sitio en el que no conozco a nadie. —Dante se estiró para mirar alrededor a
la multitud que charlaba y atacaba los platos exóticos—. Somos casi invisibles. Podríamos liarnos aquí y no se enteraría nadie.
¿Qué demonios?
—No me había dado cuenta de que este sitio estaba tan de moda. Había leído un artículo sobre él en el periódico.
—Porque tú lees, no como algunos de nosotros. —Dante levantó una mano como si estuviera presentando una prueba—.
Que conste en acta que si esto no es una cita, no pienso abrirme de piernas.
—¡Jesús! —Griff miró a los comensales a su derecha e izquierda, pero nadie les estaba prestando atención.
—Así que olvídate, tío. Tengo que guardar mi leche para el rodaje. Y tú deberías hacer lo mismo. —Dante levantó una ceja y echó una mirada abajo, a la mesa frente a Griff, como si pudiera ver a través de la madera el paquete semierecto dentro de los pantalones chinos de Griff. Le dio un golpecito con un dedo en el pecho—. Y pídeme un bol o de milanesa de cerdo. ¡Que sean dos!
Por alguna razón fue lo más gracioso que habían oído en su vida. Se partieron de la risa como si hubiese saltado el corcho de una botel a, en una explosión de risa. La cerveza salía por sus narices y casi se ahogan. Los otros comensales no se vieron afectados, pero lanzaron un par de miradas de disgusto. Griff y Dante no prestaron demasiada atención a nadie más. A estos precios, Manhattan podía ocuparse de dos bomberos que se tomaban un respiro.
Las risotadas vaciaron toda la tensión hasta que volvieron a ser el os una vez más, el os en una mesa.