Cabeza caliente

Damon Suede · Capítulo 17 de 20

Páginas del PDF

Cabeza caliente

Capítulo XV

Cuando habló de nuevo el padre de Dante sonó como resignado y algo más. ¿Paseaba nervioso? ¿Estaba cabreado?

¿Avergonzado?

—Dante, cometerás el mismo error. Toda la vida, ¿eh? Todos lo hacemos. Cada cosa que hacemos es un error para toda la vida.

Lo que tienes que hacer es buscar tu solución.

Dante asimiló esas palabras antes de volver a hablar. Sus palabras resonaron en toda la casa.

—¿Y qué pasa si me equivoco?

Tú no te equivocas.

—Entonces lo sabrás. Él lo sabrá. Y la verdad es el único camino en el que empieza y termina todo, chaval. —La vos del señor Anastagio se extinguió mientras caminaba de regreso hacia la entrada de la casa.

A través del techo de la sala se oyó un chirrido: los Anastagio estarían cambiando de sitio algo pesado en el dormitorio de Dante.

Griff se apresuró hacia la puerta principal. Ojala no le hubieran visto, pero de ser así, eso no cambiaría nada.

CAPÍTULO XV

Lunes, noche de fútbol. Como siempre, solo que ya no era como siempre.

Había pasado casi una semana desde que había escuchado a Dante y a su padre hablando de él como si fuera un leproso.

Griff se había enterrado en gilipol eces para esconderse, evitando a todo el mudo. Territorio Avestruz, chico . Había hecho

turnos dobles en el parque y también otra noche en el Bone que había acabado con alguien al que habían tirado por una ventana de doble cristal. Los incendios y los universitarios le habían mantenido de un humor asqueroso. Además, para mantenerse alejado de Dante, se había tomado un par de días de baja por enfermedad.

Nadie había dicho nada sobre la página web, y no había forma de descubrir quién se había ido de la lengua.

Tommy estaba mejor. Su mujer le había echado de casa y había presentado una demanda de divorcio antes incluso de que hubiera recuperado el conocimiento. El vecindario sabía lo que era y actuó como si se hubiera muerto. Pero se había curado; podía hablar y andar un poco. Griff iba y pasaba al í casi todas las noches sentado en una sil a. Así no tendría que estar solo. Y porque el hospital era un lugar seguro en el que esconderse. Nadie le encontraría al í.

Dante también estaba desaparecido, evitando a Griff probablemente por la misma razón, aunque no lo supiese. Seguía de baja por su conmoción cerebral. Con tiempo para él y con el montón de bil etes del último vídeo de CabezaCaliente, habría enlucido la tercera planta de su casa.

Griff sabía que tenían que hablar, pero los dos tenían miedo de hacerlo. ¿Cómo poner fin a una amistad de toda la vida? Al final se había venido abajo y había empezado a buscar apartamentos en Staten Island, y comenzó a considerar pedir el traslado a otro parque de bomberos. Tenía que estar preparado. Esta noche con los chicos parecería que las cosas volvían a la normalidad.

Sí, eso es.

Desde el momento en el que atravesó la puerta de la casa de Dante, los dos eran muy conscientes el uno del otro. No sabía cómo actuar ni cómo reaccionaría su mejor amigo. Aparentemente iban a estar un buen rato con el alma en vilo, hasta que uno de el os se decidiera a hablar. Ninguno de el os tenía prisa por entrar en un territorio delicado.

La casa estaba como siempre: piezas de motocicleta en la entrada, la puerta del váter de abajo estaba fuera de las bisagras, el enorme cuadro de «SportsCenter» local, que los chicos habían estado mirando desde el 11-S. Pero Dante estaba totalmente diferente desde el momento que respondió a la l amada a la puerta de Griff.

De hecho, la l amada en sí ya era rara. Normalmente la puerta de la casa de Dante estaba abierta y había un par de chicos fumando en los peldaños y alguien haciendo pis en el baño según atravesabas el vestíbulo. Griff estaba acostumbrado a oír a los chicos reírse y gritar delante de la televisión, con Dean Martin cantando desde el radiocasete de la cocina, y a escuchar a Dante contando chistes guarros mientras él vertía un poco de salsa en un bol para toda la tropa.

Esta noche no. Esta noche era como venir al patíbulo bajo la l uvia.

La puerta estaba cerrada; la casa estaba cal ada; las ventanas estaban oscuras. Por primera vez en toda su vida, Griff tocó a la puerta de la destartalada casa de Dante. La acción en sí le pareció ajena, como si su mano estuviera hecha de madera. Con una aldaba de latón en la que nunca se había fijado porque ni siquiera

podía recordar haber visto la puerta cerrada una noche de partido.

¿Igual no es lunes? He debido equivocarme de…

Pero Dante abrió la puerta y estaba vestido como siempre: camiseta de hockey y chándal y pies descalzos. Eso era normal.

Sonrió, y eso también era normal.

—Hola.

—Hola. —Griff sostenía las cajas de cerveza que traía siempre, y Dante hizo un gesto afirmativo con la cabeza, masticando un trozo de pan antes de volver a entrar en la casa. Por el momento, todo va bien. Excepto que esta noche, podía sentir el calor que desprendía Dante. Hasta tenía los pies bonitos, el cabrón. Mientras atravesaba la entrada, Griff podía imaginarse los músculos de Dante moviéndose bajo la vieja ropa y podía oler su suave aroma de almizcle bajo el tufil o a salsa de tomate y harina.

—Tengo que meter unos ziti al horno. Son dos segundos.

En cuanto Griff entró, se dio cuenta de que no estaban el resto de los chicos. ¿Qué cojones…? Los presentadores de ESPN

cotorreaban tranquilamente desde la pantal a plana de la sala de estar y eran las únicas voces que se oían en la enorme casa.

—Iba a l amarte. Ernie celebra su despedida de soltero y se me había olvidado. —Dante se secó las manos en los pantalones y levantó una de las cajas, volviendo a la cocina y al aroma de tomates secos—. Estamos solo nosotros.

Dante había dejado de andar y miró a Griff directamente a los ojos, tan de repente que Griff se paró en seco. Griff se quedó como pensativo.

—¿Te parece bien? —le preguntó Dante, como si pensara que Griff podría salir disparado hacia la salida.

Griff se sentía nervioso. Mierda. Por supuesto que estaba nervioso.

—Sí, D. Es genial. Está bien, disfrutar de una noche tranquila después de las últimas dos semanas.

Quiere enfrentarse conmigo. Me tiene a solas.

Dante se metió en la cocina, le lanzó una cerveza e inclinó la cabeza buscando su aprobación, como si estuviesen regateando sobre algo y al final l egaran a un acuerdo.

Griff sentía como si los dos estuvieran esperando que pasara algo.

—¿Tu cabeza? ¿Mejor?

—Sí, de cojones, de cojones. Tan mal como siempre. —Dante se dio unos golpecitos en la cabeza y sonrió.

Griffin miró alrededor a las encimeras abarrotadas de cosas y abrió sus fuertes manos delante de él para l evar algo, lo que fuera, a la otra habitación.

—¿Puedo hacer algo?

Dante negó con la cabeza, haciéndole un gesto para que pasara a la sala.

—No. Solo comer lo que te sirva y no darme la lata. Siéntate.

La comida estará en cinco minutos.

Sus ojos oscuros se arrugaron, sonriendo tristemente a Griff, que quería largarse de al í antes de que nadie dijera nada. Se dirigió al viejo y enorme sofá de Dante, de 3 metros por 1,20, y se sentó.

Se quitó los zapatos y se frotó la cara con las manos tratando de calcular qué planes tendría Dante para la noche.

Quería l amar al 911, pero, claro, ya había en la casa personal de emergencias.

—Griff, ¿quieres más? —Dante estaba de pie en la puerta con la cazuela de ziti a medio comer y un cucharón. Griff estaba todo tirado en el sofá. Negó con la cabeza y se dio unos golpecitos en el estómago: tenía todo un muro de pasta y ricotta bajo sus abdominales.

—Vomitaría. Estaba buenísimo.

—¿Cómo van? —Dante habló por encima de su hombro mientras l evaba la bandeja a la cocina.

Ni puta idea. Pol a uno, cerebro cero. Griff entrecerró los ojos para mirar el marcador hasta que la voz de Dante sonó desde la cocina.

—¿Quieres otra Guinness?

Sí. No. Tal vez.

Dante no debería beber, por su cabeza, aunque una parte de Griff quería verle cocido para poder seducirle hasta que se rindiera por completo. No lo hagas. Movió su pene medio erecto hacia su cadera para que no resultase tan obvio.

Pensándolo bien, estando limpio y sobrio también le parecía una buena idea, con la pol a de Dante balanceándose en el chándal, dentro de esos calzoncil os flojos.

Cuando Dante se recostó, Griff pudo ver su paquete, bastante abultado, por debajo del algodón y sus enormes huevos amontonados contra el muslo. Sabía cómo eran y cómo olían, y lo que sentían.

Se sintió el peor tipo de pervertido posible, mirando a su mejor amigo, pero después de lo que habían hecho era normal que él… se fijara, ¿no? No era un monstruo, pero seguía pensando cosas desde

ese día frente a las cámaras. Incluso aunque supiera lo que Dante le había dicho a su padre. ¿Dante pensaría lo mismo?

¿A qué esperamos?

—No te he oído, pero me he imaginado que habrías dicho que sí. —Dante pasó por encima de sus piernas extendidas y plantó una botel a en la mesa enfrente de él, esperando a que la cogiera. Griff se rio y se dio por vencido, brindando con su amigo. Dante se le quedó mirando intensamente, pero no a la cara; de hecho, no había mirado la cara de Griff más que lo mínimo durante la última media hora.

Al principio, Griff había pensado que estaba paranoico, pero Dante siguió mirando sus manos mientras abría la cerveza, mientras bebía, mientras cortaba el pan, mientras pescaba la pasta con el tenedor…

Cuando terminaron de comer, pensó que Dante no le estaba prestando atención, sino que toda su atención estaba en sus manazas. Dante no siquiera parecía ser consciente de el o, pero se le veía como hipnotizado por las manos marcadas de Griff, los anchos nudil os, el vel o cobrizo, apenas perceptible, en su muñeca.

Toma nota por si acaso. Solo para comprobarlo, Griff alargó el brazo para coger el mando y Dante, de verdad, se puso rojo y miró para otra parte e hizo como que se rascaba los huevos.

Está todo empalmado. ¿Por mis manos? Entonces Griff tuvo que mirar hacia otro lado. Se escondió detrás de sus ziti. La señora Anastagio había enseñado a su hijo mediano a cocinar como los ángeles.

Por alguna razón, la principal debilidad de Griff esa noche era la cintura y la parte baja de la espalda de Dante, no su entrepierna

ni su culo, sino esa larga línea de músculo que se extendía desde sus costil as hasta por debajo de sus pantalones. No se había fijado en esa zona especialmente hasta entonces, pero no podía apartar la vista de ese estómago flaco. Dante torciéndose para coger algo de detrás del sofá y la camiseta subida. Dante agachándose frente a la nevera para sacar los ziti y meterlos en el horno. Dante inclinándose hacia adelante para coger su cerveza de la mesita. Dante estirándose antes de levantarse para ir a hacer pis y mostrando esa delgada línea perfecta de pelo crujiente que conducía a…

¿Qué coño estoy haciendo?

Dante parecía no darse cuenta. Griff tenía que tragar sin parar porque estaba salivando con solo pensarlo. Pensaba en poner sus manos en la cintura de Dante, en bajarle los pantalones. En subirse encima de sus rodil as en medio de esos pies descalzos y en suplicarle, y peor aún.

Toda la noche habían estado fingiendo que no pasaba nada raro, que no se habían tocado nunca, que solo eran dos bomberos que se juntaban para comer sobras, hacer chistes de tías y ver un partido. Poco probable. Los recuerdos de esa tarde frente a la cámara flotaban en el aire entre el os tan claramente que a veces Griff sabía exactamente qué recuerdo estaban tratando de no compartir. Hasta al í, en casa de Dante, las horas que habían pasado en CabezaCaliente.com continuaban aleteando a su alrededor.

Dante estaba rígido. Lo que fuera que el señor Anastagio le hubiera dicho, no estaba funcionando.

Estar sentados en el sofá fingiendo ver el partido era un tremendo recordatorio de el os, sentados con sus muslos peludos

juntos, frotándose las pol as como si fueran en un tándem. O de Dante haciendo bromas según se estiraba para limpiarse. Dante se giró para hacerle una pregunta, y Griff le vio a su lado tirando hacia atrás su prepucio rosado con un guiño. A lo mejor los dos estaban recordando cómo Dante se dejaba caer de rodil as sobre la alfombra, mirando a Griff como si le estuviera pidiendo permiso. Por favor, señor, ¿podría ahogarme con su pol a? Ahora todo se repetía entre el os y hacía que el porno volviera a estar en el centro de todo.

Habían olvidado cómo podían ser normales. Cada movimiento parecía ser como la última vez que habían estado juntos en una habitación. Griff se sentía como si los dos estuvieran masturbándose y corriéndose.

Griff había mirado a hurtadil as a Dante antes de esa noche, pero después de que grabaran esa locura de escena con las mamadas, sabía exactamente lo que estaba viendo y lo que estaba oculto. Los dos lo sabían. Podía oler la piel de Dante. Podía escuchar aquel os sonidos. Conocía las respuestas de otro modo.

Por primera vez en su vida entendía por qué la Biblia l amaba al sexo Todo era diferente. Ahora él conocía a Dante. Había conocido a Dante. Y, oh, maravil a, Dante también le había conocido a él. No podían olvidarlo, solo que no sabían cómo gestionar ahora ese conocimiento. Todavía.

De alguna manera, era peor estar sentado en este sofá porque no podía ni contar el número de noches que había pasado al í, o cuántas veces se había reído ahí encima, o cuántas había dado un golpe a Dante en toda su cabeza, o cuántas veces había confesado alguna historia sobre una cita embarazosa. Le parecía como tener una erección en la iglesia, algo indudablemente sucio; pero sucio de

cachondo, no sucio de ducha. Se movió la pol a, que cada vez estaba más dura, y se estiró la camisa hacia abajo para taparse.

En algunos momentos durante el partido, casi sentía que Dante estuviera ligando con él, pero parecía tener tanto pánico que Griff se dio cuenta de que Dante se estaba preparando para la confrontación que le había sugerido su padre.

Para el descanso, tras una serie de cambios invisibles, cada vez mayores, habían acabado con sus piernas presionadas la una contra la otra en el sofá mientras veían el partido. Griff no veía nada en la televisión. Acunaba su cerveza e intentaba mantener el tipo para que Dante pudiera decir lo que fuera que tuviera previsto.

Dante puso en silencio las tonterías del descanso.

—Mira. Uf. Quiero hablarte de algo.

Ya está.

Griff se encogió de hombros y mantuvo la mirada al frente, intentando parecer despreocupado.

—Ahora no tienes problemas con las facturas, ¿verdad?

—No es eso. Tengo que pedirte algo. —Dante se rascó fuertemente la cabeza, y su pelo se levantó como en una loca cresta ondulada.

Griff frenó las ganas de alargar el brazo para ponerle bien el pelo. Hace un mes lo habría hecho. Esto era una mierda.

—No significó nada. Ya he hecho mamadas otras veces, D.

Estamos bien.

—No del porno. —Dante estaba tratando de sacar a la luz la conversación que había tenido con su padre.

—Dante, eres como mi hermano. Pero por eso lo hicimos.

Problema resuelto. —Griff siguió empujando—. Nada ha cambiado.

No soy diferente a antes.

—No sé. Venga, Griff. Me enrol é contigo. Te comí la pol a. Fue muy peculiar. Estoy un poco alterado. ¿Tú no?

—Para. No quiero hablar de esto.

—Pues yo sí. —Dante arrancó la etiqueta de su botel a; tenía la cara arrugada como si estuviese intentando traducir algo del chino. Ladeó la cabeza y dio un trago, encontrándose con los ojos de Griff solo un instante—. Piénsalo. He estado pensando en el o toda la semana. ¿Tú no?

—¡No! Quiero decir, sí, pero no tenemos que pensar en el o.

Estoy bien. —Griffin podía sentir el rubor que hacía que le ardieran las mejil as y las orejas.

—No parecía que tuvieras mucho problema en correrte. —

Dante frunció el ceño. Parecía ofendido.

Griff se giró para apoyarse en el brazo del sofá, poniendo espacio de por medio.

—¿De qué va esto?

¿Cómo lo había descubierto su padre?

—Somos muy buenos amigos. Los mejores. No me odies. —

La preocupación de Dante se veía en sus ojos y en sus manos, y en sus músculos agarrotados.

—¡No! No. No podría, D. Si tú estás bien, yo estoy bien. Yo simplemente no quería que te vieras mezclado en… todo eso. —

Griff trató de torcerse para poder ver los ojos de Dante—. Quiero decir que tú eres más que lo que pareces. Un cuerpo. Si nos echan del departamento, tienes opciones. Quiero decir, si la gente descubriera que nosotros…

—No lo harán. No se han enterado. Escucha…

Espera. ¿Qué?

Griff sintió como si le hubieran golpeado la cabeza con una pala de cartón.

—Pensaba que alguien nos había visto. En Internet.

—Qué va. ¡No! Lo que estoy diciendo no es eso, tonto. ¿Me puedes mirar?

—Te oí hablar con tu padre. —Dante arrugó la cara e intentó recordar cuándo podría…

—Cuando estabais empapelando la pared. Estabais hablando de mí.

—Ah.

—Y antes de nada, tengo que decirte… —La voz de Griff se quedó atrapada en su garganta y miró hacia abajo.

La mano morena de Dante estaba sobre su pierna, apretándole cerca de los huevos y del evidente bulto que presionaba junto a la costura. Se sentía tan bien que se le escapó un gemido antes de intentar retirar la mano.

Griff se alejó todo lo que pudo de él en el sofá.

—No tengas miedo. —Con un movimiento fluido, Dante se giró sobre sus rodil as en el sofá y se puso encima de Griff, sentándose a horcajadas encima de él.

—¿Qué cojones estás haciendo? —Las mariposas del estómago de Griff se habían convertido en pterodáctilos, pero no podía quitarse a Dante de encima, aunque lo intentara. Tenía miedo de levantar el brazo por temor a empujar hacia abajo a su mejor amigo, y comérselo a besos.

—Estoy todo el tiempo pensando en el o, G. Es gracioso. He intentado no pensar en el o mientras estábamos al í. Pero ahora es

como que te veo de un modo diferente. O te veo, punto, como no te veía antes. Te siento al í. He estado sintiendo todas estas cosas y nunca habría pensado que tú… jamás había hecho algo así, y nunca había pensado que fuera posible, pero ahora es distinto. Yo soy distinto. Estoy pensando en esto todo el rato. —Dante se puso a juguetear con un agujero de quemadura de cigarro que había en el brazo del sofá—. No es que sea gay, pero es que me sentí mejor que nunca.

—Es una mala idea.

—Yo no tengo ideas malas. —Dante sacudió la cabeza, acariciando a Griff firmemente por debajo de su camisa.

Todo esto no es más que una puta broma.

—Quiero hablar contigo de algo importante. De verdad, es importante. Tengo que explicarte…

Dante presionó su duro culo perfecto justo encima del pene tieso de Griff. Griff soltó un grito sofocado, inmovilizado bajo el cuerpo de su mejor amigo, pegado al suyo.

—Ya hemos hecho esto antes.

—Eso eran gilipol eces para la web. Ahora estamos solo los dos. Quiero conocerte de verdad. —Los labios de Dante rozaban su cuel o suavemente, como si fueran plumas.

Griff tenía los pelos de punta. Se estremeció. ¿Qué era esto?

¿Una prueba? ¿Una especie de fol ada por pena de un hetero?

¿Como si Dante supiera cómo se sentía su amigo maricón y estuviese dispuesto a darle un extraño «gracias»?

—No hagas esto. ¡Te oí hablando de mí!

—Y tú eres un puto asqu… —Dante le pel izcó los pezones a través de la camisa. La electricidad saltó entre el os y su pol a.

—Asqueroso.

—¿... te doy asco? —Dante negó con la cabeza y miró hacia atrás—. Espera, ¿qué?

—Soy asqueroso.

—No eres asqueroso, Griffin. Pero…

—No tienes ni idea.

—Así que estás asqueado. Me escuchaste hablar con mi padre.

Griff agarró las manos de Dante antes de que estas pusieran más en peligro a su autocontrol. Última oportunidad. Las empujó detrás de la espalda de Dante, sujetándolas al í con su puño poderoso. La voz le retumbó en el pecho, esa voz de poli malo.

—Deja de hacer el tonto. Tú no me quieres.

Dante arqueó el pecho, tenía las muñecas atrapadas, como si estuviera realmente inmovilizado. Sus redondas nalgas estaban contra el regazo de Griff.

—¿Qué es lo que yo quiero, eh? Dímelo.

¡No lo sé!

—Otra persona. Otra cosa. —Griff intentó no sentir su paquete alojado entre sus nalgas.

—¿Te acuerdas de la noche que fui al parque y te besé? Yo sí me acuerdo. —La voz de Dante sonaba ronca y le bril aban los ojos como dos cañones.

—Te habías dado un golpe y no pensabas como era debido. —

Griff trató de levantarse, pero Dante le sujetaba fuertemente con sus muslos.

—Está claro que no pienso como es debido, tío. —Dante se rio y dejó sus manos a su espalda, sacando pecho.

Parpadeo. Griff tragó saliva.

Dante se acercó aún más, casi susurrando, como si no pudiera confesar mientras miraba a los ojos a su mejor amigo. Habló al oído de Griff.

—Después de besarte y de que tú me besaras, y de que tuviéramos nuestra cita de comida asiática, me fui a casa y me hice dos pajas, y me la comí… Soñé con eso. Me he masturbado pensando en ese puto beso más veces de las que puedo contar. Me la cascaba pensando en cómo sabías y cómo te sentía, y pensando qué ruidos hacías y cómo olías. Y…

Griff apartó a Dante de su lado violentamente.

—¡Para! Deja de decir mierdas porno.

—¡Dios, qué testarudo eres! —Finalmente Dante se puso en pie y se quedó mirando fijamente a Griff, con las manos en sus delgadas caderas—. Nunca he estado con un chico. No en la realidad. ¡Joder! Nunca quise.

—Yo tampoco. —Griff no se había dado cuenta de lo rápido que respiraba. Tenía una evidente erección que no hizo nada por tapar.

—¿No tienes curiosidad? —Dante empleó la palabra de Alek.

La palabra de Tommy. Una palabra que destruía familias y l evaba a la gente al hospital con una bolsita para el pis.

En la televisión, un grupo de jugadores retirados, con tupés y trajes de la tal a cincuenta ponían poses afectadas y discutían sobre trivialidades en una sala de prensa. Dante dio un paso adelante y miró hacia abajo a Griff, que estaba medio tumbado en el sofá con las ropas mal puestas y su enorme pol a tiesa tensándole los pantalones.

—Una noche. Un experimento. Ya hemos hecho cosas. Si es muy raro, será solo una vez, entonces si no hay delito no habrá pena. Tú y yo, solo vamos a ver qué pasa. Te reto a que aceptes, Griffin.

—Yo ya lo sé. No necesito ver nada.

—No soy tan feo, cabrón. —Dante hizo como si fuera a pegarle una patada a Griff.

Griff esquivó la patada, subiendo las piernas al sofá y tirándose hacia atrás para escaparse. Una extraña sensación de déjà vu le frenó en seco. ¿Página web? ¿Academia de prácticas? ¿Sala de descanso del parque de bomberos? ¿Qué estaba recordando?

Dante se pasó una mano por el pelo, apartando las ondas negras.

—Solo como un experimento. Confías en mí. Y yo confío en ti.

Entonces podemos hablar de lo que quieras. Pero amigo, no puedo hablar en este momento. —Presionó sus labios contra los de Griff.

¡Ay!

Griff estaba temblando y su corazón iba a salírsele por las orejas. Asintió sin interrumpir el beso.

Dante se separó e hizo que todo sonara normal.

—No tengas miedo. Date la vuelta para que pueda frotar tu espalda.

Ah-uff.

Griff casi se asfixia y entonces respiró por la boca, tratando de no hiperventilar. Podía sentir cómo su cerebro iba cayendo hacia el suelo. Dejó que Dante le subiera las piernas en unos cojines mul idos y que le pusiera boca abajo, quitándole el chándal. Tenía

que decirle todas esas cosas, pero no tenía ningún sentido con Dante así de cerca, tan cariñoso e inexplicablemente cachondo.

Dante se puso encima de él, sentándose en el culo redondo de Griff para masajear sus hombros.

—Solo quiero probar. Será genial. No pasa nada. ¿Tal vez un masaje primero? Dos tíos. Estará guay, ¿vale?

¿Qué estaba preguntando?

—Y entonces, quiero —Dante se inclinó hacia adelante, presionando su pecho contra la espalda musculada de Griff. Sus labios rozaban su oreja—, que te relajes para mí.

En quince años de cariño, Griff jamás había conocido a este Dante: indeciso y

pensativo y paciente.

¿De dónde sales?

Dante se escabul ó hacia adelante, de forma que se quedó sentado justo en la cima de la parte baja de la espalda de Griff. Se frotó las manos para calentárselas y entonces presionó su peso entre los omóplatos de Griff.

Griff gimió.

—¿Demasiado fuerte?

—No... no, uf. —El gruñido de cromañón de Griff le hizo reír a los dos—. Uff. Bien.

Griff presionó su cara roja en los cojines del sofá. ¿Por qué ningún otro masaje le hacía sentir así? No se empalmaba cuando los profesores le hacían masajes después de las prácticas, y en esos tiempos se le ponía dura hasta cuando se metía la mano en el bolsil o para buscar las l aves. Había algo en la dureza de las manos

de Dante. Éste se esforzaba en ablandar la rigidez de los pesados hombros de Griff.

No conocía en absoluto a esta persona tranquila, amable. Tal vez así era como Dante era en su habitación, en privado. Tras las puertas cerradas, la chulería se transformaba en una especie de deseo bobalicón y juvenil de agradar.

Por eso siempre se sale con la suya con todo el mundo, hasta conmigo.

Griff suspiró.

Dante movió su peso al inclinarse en el borde del sofá, estirándose para coger algo.

—¡Ya lo tengo!

Griff giró la cabeza justo a tiempo para verle incorporado con una botel a. Dante sonrió tímidamente.

Parece… ¿que tiene miedo?

Griff trató de no pensarlo demasiado mientras escuchaba el ruido del tapón al abrirse, después el deslizar de Dante lubricando sus manos, y ufff, las manos de Dante empezaron a excavar en su espalda. Entonces ya no fue capaz de pensar. Dante empezó por los hombros y estrujó tratando de sacar el estrés fuera de su cuerpo, bajando por toda la espalda hasta sus prominentes nalgas. Dante se retiró un poco hacia atrás para tener un ángulo mejor, utilizando sus puños para amasar las pálidas esferas.

Griff sintió cómo una gota de sudor de Dante caía sobre una de sus nalgas para meterse a continuación en su raja del culo.

Aparentemente Dante lo había visto porque se inclinó más, y su aliento refrescó la piel de Griff. Más abajo. Más abajo. Dante estaba recorriendo el camino de vuelta hasta que su cara estaba

cada vez más cerca y entonces su boca se detuvo frente al culo de Griff, le chupó la gota de sudor y le mordió el músculo. Las ásperas manos separaron sus nalgas. Metió la lengua entre el as y fue bajando, arponeando el diminuto iris rosáceo de músculo enterrado en la grieta.

A Griff se le escapó un gruñido cal ado por la sorpresa. ¡Qué gusto! De nuevo esa sensación, y le gustaba.

Esta vez Dante sabía exactamente lo que quería, no dejó descansar a Griff ni un segundo. Dante chupaba y mordisqueaba en su agujero rojizo, pastando con su barbita en la piel de entre los glúteos de Griff. De nalga a nalga y vuelta a empezar. Griff se reía y jadeaba mientras la lengua empujaba para meterse dentro de él y su pequeño músculo se cerraba alrededor de el a.

Sí, por favor.

Dante emitía ruidos extraños desde al í, resoplando y gimiendo mientras intentaba meter más su cara dentro de la gruta profunda.

Esto es lo que consigues si te agachas demasiado en el parque de bomberos.

Riéndose, Dante levanto y deslizó su pecho a lo largo de la parte posterior de las piernas de Griff hasta que se quedó totalmente tumbado encima de él, con el corazón latiendo entre sus omóplatos, y la pol a apretujada en el surco de su culo. Se había puesto un condón.

¿Dónde están sus calzoncil os?

Dante se había quitado la ropa. Maldito cabrón.

Su desenfrenada erección se deslizó por el trasero de Griff, frotándose sobre el prieto nudo que se escondía al í abajo. Una capa de sudor cayó desde su rostro al hombro de Griff. Sus labios

de color de vino besaron la oreja de Griff, haciéndole desear cosas espantosas.

—¿Estás bien? Tu culo es tan duro. Joder, tío. Lo siento increíble debajo de mí. —Una vez más, esa dulce timidez diciendo guarradas, y la pol a con condón de Dante se mostraba insistente, frotándose contra su agujero, y deteniéndose de vez en cuando para golpear justo ahí. Hacia atrás y hacia adelante y golpe, atrás y golpe y adelante.

Griff sentía que la piel de los dos estaba caliente por la fricción y que su ano se iba relajando un poco mientras Dante frotaba, frotaba, frotaba para someterlo. No tenía miedo. No era idea suya.

Sin pensarlo, arqueó ligeramente la espalda, y en el siguiente golpe sintió el capul o de Dante presionar un poco dentro de él. Un silbido de Dante en su oído. Griff casi se corre en ese mismo instante.

—Espera.

Dante esperó, su pol a curvada apenas había penetrado en ese pequeño agujero de músculo.

Griff estaba paralizado solo con eso; podía sentir toda la longitud ardiente del pene presionando contra la zanja, y podía sentir el extraño espacio dentro de él donde tenía que estar.

Ahora.

Dante metió la boca en su oreja, le mordió el lóbulo, le lamió y le mordisqueo.

—Llevo chubasquero.

—Ya lo sé… eso no es lo que yo… —Griff no sabía cómo pedirle lo que quería. Todo estaba tan tranquilo.

—Solo nosotros. Ahora. —Dante respiraba fuertemente, pero Griff contenía su aliento.

—Dios, ya lo sé. —Durante un instante de locura, Griff escuchó una vieja canción en su cabeza: should I stay or should I go?

(¿debería irme o debería quedarme?). Podía sentir la lenta respiración según su amigo se esforzaba por no presionar demasiado.

Griff se decidió porque realmente no tenía otra elección. Se arqueó fuertemente y presionó hacia Dante. El capul o le penetró.

Dante dio un grito ahogado al mismo tiempo que él.

Ay. Guau.

No se lo esperaba. La pol a de Griff se hinchó hasta dolerle.

Con una paciencia infinita y absoluta, Dante fue taladrando con su perfecto pene curvado, tan grueso y jugoso cada vez más dentro de Griff hasta que el placer le hizo ver estrel as y tuvo que respirar por la boca para no desmayarse. Lanzó un gruñido desde la tripa y sintió un ruido sordo que le respondía desde su ancha espalda.

—Ay. Dios. Joder. —Dante presionaba hacia arriba con las manos sobre los anchos hombros. Empujaba con sus delgadas caderas cada vez más dentro, más profundo. Griff podía oír cómo apretaba los dientes. Esa pol a italiana ardía como si le estuviera derritiendo desde dentro—. Griff. Tu culo.

Bombeando lentamente, pero sin parar, Dante deslizó sus manos desde los hombros de Griff a lo largo de sus brazos, hasta l egar a su pecho. Lo presionó bien fuerte. Los dedos de los dos se entrelazaron, clavándose en la carne resbaladiza.

—¡Eres, eres, ay!

El pene curvado hizo algo divertido dentro de Griff. El capul o golpeó contra ese pequeño lugar hambriento que le hizo temblar y se le pusieron los ojos en blanco.

Dante apretó sus brazos tan fuerte como para hacerle un moratón y le besó el hombro con la boca entreabierta.

—¡Ahhhh! Vuelve a hacer eso.

—Sí, señor. —Griff se rio sobre su hombro y Dante también soltó una risita. Era todo tan loco y tan maravil oso. Griff cerró los ojos mientras apretaba a lo largo de su amigo y volvía a empujar hacia atrás.

—¡Sí! Sí, sí. Dios… Me estás volviendo loco. Ahhhh. Deja que te fol e, ¡Dios!

Griff lo hizo. No podía pararse. Ese pene curvado perfecto le agujereaba hasta su centro secreto, penetrando en algo que estaba haciendo que su pol a babeara. Cada vez que empujaba se unía en un abrazo resbaladizo a Griff guiándole hacia el orgasmo.

Demasiado pronto.

Tan dentro que sus tripas no se soltarían jamás. A cada golpe sentía ese lugar hambriento dentro de él, avivando la l ama, empujándole hacia la cima hasta que estaba a punto de…

—Dante, espera. No te muevas. ¡No te muevas! —Griff se paró en seco tratando de tensar todos los músculos de su cuerpo para aguantar. Se iba a correr demasiado pronto. Acababan de empezar, y era imposible que durara lo suficiente como para que le satisficiera. Debajo, en la alfombra, una tira de condones envueltos en papel de aluminio bril aba como si fueran el santo grial.

Dante hizo exactamente lo que le dijo Griff, jadeando y descansando la frente entre los omóplatos de este. Sus labios rozaron su piel y la besó una vez.

—¿Te he hecho daño, tío?

—No, casi me… un segundo. —Griff extendió la mano hacia atrás y agarró fuerte las caderas de Dante. Sus piernas estaban rígidas y temblaban entre las de Dante. Su culo sujetaba la pol a dura y curvada de Dante, manteniéndole dentro de él, contra ese lugar. El sudor corría entre el os mientras iban recobrando el aliento, con sus costil as subiendo y bajando al mismo tiempo—. Estoy intentando.

Entonces Griff sintió un roce muy sutil: la lengua de Dante serpenteaba sin control lamiendo su columna vertebral. Sintió un suave cosquil eo.

Y ya no pudo más.

Griff se encabritó, levantando a Dante con un rugido. El pene curvo de Dante salió de su cuerpo, pero antes de que notara totalmente su ausencia dio la vuelta al italiano poniéndole boca arriba.

Sorprendido, Dante se sostuvo a medio camino, y entonces cayó contra el otro reposabrazos de espaldas, con su bril ante erección doblada contra la línea de vel o que se sumergía en su perfecto ombligo.

—Espera, espera por mí. —Girándose, Griff agarró sus piernas y tiró de él en el sofá para envolverlas alrededor de su espalda.

Griff se inclinó para besar el rostro confuso de Dante, lamió su cuel o, y se puso a tientas un condón en su pene.

Sus pol as se batieron en duelo unos instantes mientras se inclinaba hasta que sus caras volvieron a juntarse. Retiró un cojín para tener más espacio. Tiró algo de la mesita de café, pero le importaba un bledo lo que fuera.

Metió los dedos en la boca de Dante y este los chupó.

El placer estrechó a Griff, le aprisionó la garganta hasta que no pudo respirar a menos que sus bocas estuviesen abiertas la una contra la otra.

Todo era Dante, debajo de él, mirándole desde abajo, empujando hacia él como una l ama. Dante trataba de incorporarse en el sofá, pero el cuero sudado, húmedo estaba demasiado resbaladizo.

Griff se chupó la salida de Dante de sus dedos y alargó el brazo para hurgar en la diminuta apertura de Dante, masajeándole firmemente como había visto a Dante hacer hacía toda una vida.

Sé lo que te gusta. Tú me enseñaste.

Con los ojos bril antes, Dante inclinó sus caderas y abrió sus rodil as, dejando acceso total para que Griff pudiera arrastrarse hacia él, para que pudiera pegarse más a su cuerpo y atornil ar su dedo húmedo, dentro de él. Uno, luego dos, deslizándose suavemente en el pequeño orificio.

La ancha corona de su pene erecto golpeó en los huevos de Dante, después por debajo.

—No te resistas. Va a entrar. Deseo hacerlo —le gruñó Griff.

—Bien.

—No voy a poder controlarme.

—No lo hagas. —Dante sacudió la cabeza. De nuevo esa timidez—. Dios. Por favor, no lo hagas.

Dante levantó una mano para tocar la cara de Griff. Griff asintió y le besó la palma toscamente.

Griff alargó la mano para coger el lubricante, pero no quería dejar de mirar a su hombre, y finalmente fue Dante quien lo puso en sus manos y retiró la tapa y vertió un chorrito entre el as, untando su

pol a resbaladiza con sus propios dedos. Gimiendo, deslizó un dedo dentro junto a los dos de Griff, y juntos, con sus labios pegados, mirándose a los ojos, se abrieron.

Griff no podía resistirlo más; sacó sus dedos y el de Dante.

—Última oportunidad. —Griff colocó la bril ante punta de su pol a justo en la perfecta entrada codiciosa de Dante.

Dante asintió.

Griff empujó un poco hacia adelante, sin apenas respirar, pero se detuvo cuando vio los ojos de Dante enormes y asustados.

—¡Ahh! Vale. vale. —Dante volvió a asentir— ¡Tranquilo! Solo tienes que ir despacito. ¿Vale? Jesús, ¡eres enorme, Griffin!

Griff se tomó su tiempo, solo presionando firmemente hacia adelante mientras el agujero de Dante se iba abriendo milímetro a milímetro alrededor su alrededor.

De repente, el músculo se relajó y Griff penetró en su interior.

Los dos aul aron. Dante jadeaba entre sus dientes como si estuviera corriendo un maratón. Tragó saliva y se pasó la lengua por los labios.

Griff se quedó como paralizado, preocupado, y empezó a retirarse.

—No. Me gusta. Es tan… —Los ojos de Dante estaban como salvajes y su voz sonaba ahogada. Su ano se flexionó alrededor del prepucio. Se le agitó el pulso en su cuel o—. Dios, como si no supiese lo que quiero. —Jadeaba, y su culo se hundió un poco más en la erección de Griff, apretándolo como si fuese un puño. Dante se estremeció.

—¿Tienes cosquil as? —Griff tenía la boca abierta sobre su hombro, y dio un mordisco en el músculo salado.

Dante se estremeció y asintió. Respiraba de forma entrecortada.

—Así… así. ¡Ah! Mmmm. —Dante movía sus caderas en pequeños círculos tratando de conseguir que la pol a tiesa de Griff penetrara aún más en él.

Griff estaba mareado; veía chispas parpadeando en sus ojos.

—¿Es demasiado? Puedo…

—No. Métemela.

De repente Dante se empaló en su corpulento invasor; simplemente pasó las piernas por detrás de la espalda de Griff y se la hincó del todo por la fuerza. Los dos estaban conmocionados.

Dejó caer hacia atrás su cabeza oscura, alargando su largo cuel o, y su respiración era un jadeo constante.

—Jooooder. —Dante gimió y se chupó los labios. Los ojos eran dos rendijas febriles. Su boca dibujaba una O de sorpresa— ¡Me has dejado sin respiración! ¡Hostia!

Griff besó suavemente su clavícula, se retiró un poco, muy poco, y volvió a entrar una vez más, empujando firmemente hasta que se hundió en él.

—Así. Ríndete. Dame tu culo.

Dante gruñó y su pol a dio una sacudida involuntaria entre los dos. Levantó la cabeza para que pudieran mirarse el uno al otro.

—Sé de alguien que le gustaba esto. —Griff sonrió mirándole y apartó suavemente los húmedos rizos negros de su hermoso rostro.

Dante asintió sonriendo. Tenía los ojos l orosos y se esforzaba por respirar con normalidad.

Desde arriba, muy cerca de él, a dos centímetros de su cara, Griff se dio cuenta por primera vez que los ojos de Dante parecían

de terciopelo negro, pero tenían un ligero destel o verde, como escarabajos… una iridiscencia esmeralda que solo era visible a la distancia de un beso.

Nunca me había dado cuenta.

Dante los cerró y movió la cabeza como atontado. Sus labios de color rojo oscuro y su sonrisa de vaquero.

Griff se movía con una lentitud enloquecedora. Sus brazos temblaban por la tensión de contenerse.

—¿Lo sientes?

Así es como te quiero.

—Es como. —Dante arrastraba las palabras como en sueños

—. Es como si te masturbaran desde dentro porque eres tan uffff, Dios, tan enorme… guau… —Dante sacó la lengua para pasársela por sus labios hinchados. Qué tentador.

Griff se inclinó hacia él para robarle un beso. Miró directamente a esos ojos oscuros de escarabajo. Sus bocas estaban pegadas.

Contra su ombligo, sentía como la pol a erecta de Dante iba soltando un continuo hilil o de líquido pre-eyaculatorio, formando una telaraña entre el os. Telaraña de pol a, una pol araña. Griff sonrió y Dante le devolvió la sonrisa sin saber por qué.

Díselo: Te quiero.

Griff levantó sus torpes dedos hasta ponerlos en la boca de Dante, y él los mordisqueó dulcemente, chupándolos. Griff siguió perforando en un ángulo diferente y…

Algo bril ó y salpicó su abdomen.

—¡Mierda puta! —De repente, el pene de Dante empezó a rociar el aire entre el os con un líquido abrasador—. No me estoy corriendo. No me puedo estar corriendo. Dios santo, no te muevas.

—¿Qué estás…? —Griff sacudió la cabeza confundido.

—No sé. Has tocado algo y el a…ay... espera... ¡Uff! Sigo. Dios mío, es increíble. Vete despacio o vas a conseguir que me vuelva a pasar.

Griff se rio y flexionó su pol a dura dentro de su amante.

—¿Y eso es malo?

—No puedo… no podía controlarme… —Dante giró la cabeza a un lado y se pasó un brazo por la cara—. Qué puto flojo. Como un maldito adolescente. Dios. No puedo creer que me haya ido… lo siento.

—Eh. ¡Eh! No te escondas de mí. —Griff le retiró el brazo y le acarició el pelo sudoroso retirándoselo de la cara, inclinándose para besarle. Gruñó—. No he acabado contigo.

Dante gimió y tiró de las caderas de Griff hacia él con sus piernas hasta que su artil ería volvió a estar enterrada dentro del cuerpo de su amigo, estirándose todo lo que podía.

—Eres tan grande, tío. Estoy tratando de manejar todo esto.

Sus manos doradas se deslizaron por la piel húmeda de Griff, buscando la manera de agarrarse. Estaban demasiado resbaladizos. Al final, Dante deslizó sus brazos alrededor de las costil as de Griff y le apretó en una especie de abrazo de osos fol ando. Entre sus nalgas, el prieto nudo de músculo ordeñaba toda la enorme pol a erecta de Griff; el cuerpo entero de Dante se apretaba contra el a. Los ojos negros y verdes de Dante encontraron los suyos.

—¿Bien?

—Uff. Ah, sí. Así. ¿Qué tal…? —Griff gimió y jadeó en señal de aprobación—. Sigue… sigue así…

Las piernas morenas de Dante apretaban su espalda deslizándose por encima de sus flexibles caderas. El suave vel o negro estaba cubierto del sudor de los dos. El círculo de los poderosos brazos de Dante apretaba sus pechos, juntándolos, y Griff lamió su cuel o una y otra vez.

La pol a de Dante estaba atrapada en la jaula que habían construido entre los dos, y se deslizaba entre sus abdómenes soltando algo parecido a la miel. La boca de Dante contra la suya balbuceaba incongruencias en italiano. Cada golpe de las caderas de Griff le dejaba sin aire, y empujaba las suyas hacia arriba para recibir bien las acometidas.

—Fuerte… más fuerte. —La voz de Dante sonaba ronca y desesperada. Estaba totalmente en tensión, como si estuviera subiendo una pared vertical de roca, tirando hacia arriba de él hacia algo imposible. Como si estuviese intentando escapar, pero quisiese l evarse a Griff con él al á donde fuera.

—¿Sientes esto? ¿Sientes lo mismo que yo? Te estoy fol ando, Dante.

Dante resoplaba cada vez que tocaba fondo, soltando bocanadas de aire. Su culo presionaba para aceptar el pene de su amigo. Tenía los ojos l orosos de la tensión. Cuánta tensión. Por primera vez en toda su vida, Griff estaba orgul oso de su pol a en lugar de preocupado. El a estaba haciéndole algo irrevocable a Dante.

Con una mano, Griff l egó al punto en el que estaban unidos y pasó un dedo alrededor de ese agujero estirado tan perfecto, dibujando el punto exacto en el que su pol a estaba incrustada, dilatando completamente a Dante.

Dios, no permitas que le haga más daño del que él desea sentir.

El ano de Dante estaba tan firmemente sujeto a Griff que la piel de su pene no podía moverse contra el condón; su tajante erección se deslizó dentro del prepucio y mantuvo la fricción frotando la maravil osa apertura. Estaban tan fusionados que casi no podía decir dónde terminaba él y dónde comenzaba Dante. Una sola bestia.

Griff gimió y cubrió la boca abierta de Dante con la suya, metiéndole la lengua para robar las estrel as de sus ojos y el fuego de su mente.

—Dante, abre los ojos. Estoy aquí. Mírame.

Dante gruñó, retorciéndose, todavía más cerca. Griff se incorporó un poco y le habló justo a la boca.

—Siempre deberíamos estar a esta distancia.

Dante jadeó e hizo un gesto afirmativo. Sus ojos húmedos miraban a los de Griff y una lágrima se escapó de uno de el os yendo a parar al hermoso rostro romano. El culo caliente de Dante, y el placer violento del amasar y ordeñar… increíble.

Sus caderas estaban pegadas y Griff aul ó por el calor. Sentía como si su piel se hubiera encogido y su alma estuviera a punto de liberarse. Griff chupó la estela salada de aquel a lágrima y le besó los dos ojos, sus pestañas negras contra sus labios.

Díselo: Te quiero.

Sus dedos recorrieron el cuerpo de Dante, marcando su piel con sus huel as, como queriendo memorizarlo.

—Esto me pertenece. Solo a mí. Nadie más puede tenerlo. Ni siquiera tú. Es mío. Tú eres mío.

Dante gimoteó y asintió con la cabeza, suplicante.

—Tu saliva es mía. Tu piel. Tu aroma. —Griffin siguió fol ando a Dante como un animal, machacándole salvajemente. Podía sentir los pezones de Dante frotándose contra su pecho húmedo y peludo.

Esto es lo que necesito. Este soy yo.

Dante levantó el brazo, metiendo sus manos en el espeso pelo rojo de Griffin. Su largo cuerpo temblaba y gruñía a cada golpe.

Dante l oraba y le besaba tan fuerte que uno de sus labios empezó a sangrar. Sintieron el sabor del cobre en sus bocas.

Griff frotó su cara sin afeitar contra la oscura mandíbula de Dante. La chupó y la mordió como si fuera un tigre.

—Esos sonidos son míos. Tu semen. No puedes dárselo a nadie más.

—¡Por favor, Griffin. Por favor! —Los ojos de Dante abrasaban, tenía las pupilas dilatadas de las ganas de volver a correrse; su boca estaba abierta como si le estuviera suplicando con todo su cuerpo.

—Dilo. Mírame a los ojos y dímelo. ¿De quién es? Nunca más, Dante. ¿Me oyes? Escúchame. —Griff pudo sentir una chispa en su parte baja de la espalda mientras martil eaba a Dante.

Griff se arqueó hacia atrás, apuntalando una mano fornida en el centro del pecho de Dante sobre su corazón acelerado. Así podía ver todo mientras lo sentía, para memorizar la manera en la que los músculos de Dante se agitaban cada vez que empujaba y cómo su pelo oscuro se retorcía en los cojines, y todo el sofá del fútbol crujía mientras él intentaba hacer de el os una sola cosa, una cosa, una cosa…

¿Y si solo pasa esta vez?

—Está pasando algo. No puedo parar. —Dante abrió sus ojos de par en par y extendió sus brazos como si se acabara de arrojar desde un avión, como si se estuviese precipitando hacia el suelo.

No tocó su pene erecto— ¡Ayy! ¿Qué me estás haciendo? ¿Qué coño me estás haciendo?

Te estoy amando. Díselo.

Griff sintió que sus huevos se preparaban, un duro nudo en la base de su pol a, preparando la carga que necesitaba meter dentro de Dante.

—No voy a dejar que vuelvas a hacerte daño nunca más. No voy a dejarte solo, ni que sufras o tengas miedo. Uff. Mmm. Cada parte de ti es mía, D. Lo feo y lo hermoso.

Se resbalaron chocando el uno contra el otro. El sofá estaba empapado de sudor. Griff se abrazó una pierna para agarrarse y poder empujar un poco más, para penetrar un poco más dentro. El pene tieso de Dante, con todas las venas marcadas, se agitaba sin que nadie lo tocara entre el os, oscurecido por la urgencia.

—Dentro de mí. Algo… —Dante jadeó en señal de asentimiento. Su boca era una O de sorpresa y sus ojos estaban ciegos— ¡Ay, Dios, Griffin! Dentro. No puedo parar… ¡Ay, Jesús! Ni siquiera me estoy tocando… me siento… No voy a…

Griff se sumergió en el calor satinado y permaneció incrustado, tan dentro que estaba seguro de que su pol a estaba tocando el corazón de Dante. Sentía cómo el hábil músculo iba reptando por todo su cuerpo, ordeñándole y tirando de él cada vez más dentro.

Dobló los brazos y dejó descansar todo su peso sobre Dante, penetrándole más y más.

Dante rugió; echó su cabeza hacia atrás, codicioso, gimiendo y suplicante, mientras cálidas espirales de semen saltaban entre el os hasta su boca. Hundió sus manos en la espalda flexionada de Griff.

El olor estaba por todas partes: sal, almizcle, y el aroma de su semen. Todo era Dante. Su sabor ácido l enaba sus bocas y podían saborearlo mientras se besaban. Sus torsos se resbalaban en él, embadurnándose juntos de la sustancia caliente mientras Dante tragaba bocanadas de aire, dejándose l evar por lo que sentía al máximo. Y entonces solo hubo un cielo l eno de estrel as.

Griff l egó al orgasmo con todo lo que tenía. Empujó hacia dentro una vez más y se quedó así, sin moverse, rígido, tratando de detener lo inevitable, el placer imposible, mientras el cuerpo de Dante sufría espasmos por todas partes, pero lo sabía: se iba a correr. Aunque no empujara, se iba a correr en el flexible culo de Dante. Jesús, María y José, estaba dentro de su mejor amigo. Él se lo había pedido y los dos estaban completamente sobrios y totalmente despiertos. Podía sentir esa bola de luz en la base de su columna vertebral y sus caderas se movieron de forma incontrolable, un centímetro más dentro.

Entonces los ojos de escarabajo de Dante, oscuros vidrios de color verde… y no me había dado cuenta , se abrieron y miraron directamente a sus ojos grises, le miraron, y no hizo falta más.

Griff se retiró y volvió a entrar con su pol a una última vez en ese anil o prieto y dulce, gimiendo y clavando a Dante en el sofá y girándose un poco para tratar de penetrar lo suficiente: solo para vaciarse, vaciarse, vaciar todo lo que tenía dentro de Dante, que es a quien pertenecía. Desde la lejanía, sintió que Dante se estaba corriendo de nuevo, l eno de él.

La habitación se quedó cal ada de repente. Dante jadeaba y gimoteaba, sin mirarle, escondiendo los ojos. Entre el os nadaban calientes el sudor y el semen.

Griff sintió que la habitación se oscurecía a su alrededor a medida que se suavizaba su atención hacia Dante; de repente el mundo entero era como fosforescente. Era imposible que hubiera un sexo mejor que ese. Es demasiado bueno para ser normal. ¿Cómo voy a ser normal con él? Respiraba dando grandes bocanadas mientras trataba de tranquilizar los latidos de su galopante corazón tras sus costil as.

Tanto que experimentar. Tanto por curiosear.

Un perro ladró en la cal e.

Griff se estremeció y se dio cuenta de que la había cagado más de lo que ninguno de el os podía haber imaginado. Era imposible deshacer lo que había ocurrido. Nada de lo que pudieran decir podría borrarlo. Nada podría hacerle tan feliz como lo que acababa de pasar, pero Dante estaba tratando de esquivar su mirada. Ay, mierda. ¿Por qué no levanta la mirada? Su piel se iba enfriando; y sentía un nudo en el estómago. Y Dante no le miraba.

De hecho, intentaba evitar mirarle.

La cara de Dante estaba aplastada contra los cojines sudados del sofá; tenía el pelo revuelto y los ojos entrecerrados.

Le he hecho daño.

Griff podía sentir como el pánico crecía en su interior. ¿Le había forzado? ¿Se le había ido el chiste de las manos?

Lo siento tanto. Lo siento tanto, D.

Griffin sintió que su erección se suavizaba y se deslizó hacia afuera. El condón estaba l eno. Lo sujetó en las manos torpemente.

Dante se estremeció. Enroscó sus piernas hacia arriba para ponerse de lado, y a Griff se le heló el corazón dentro de su pecho.

Griff se agachó sobre el espacio que Dante había ocupado antes, recordando cómo acababan de estar unidos. No podía pensar, no sabía dónde ponerse en el sofá. ¿Debería marcharse?

¿Debería disculparse? Idiota. ¿Cómo podía haberla cagado tanto?

No esperaba el susurro cuando lo escuchó. Dante ni siquiera se dio la vuelta para preguntarle:

—¿Estás enfadado conmigo?

Griff no sabía qué decir, atontado por el pánico.

¿Enfadado contigo? ¿Por qué iba a estar enfadado contigo?

No era capaz de conectar las palabras necesarias para expresar lo que sentía. No sabía qué decir, así que se quedó cal ado, a la espera, como un gato sobre una cuerda. Se chupó los labios secos con su lengua, también seca, y habló con voz rasposa.

—Lo siento muchísimo, Dante.

La espalda de Dante se endureció; su respiración se detuvo.

Continuaba sin volverse.

—Ah.

Se hizo una grieta en el bloque de hielo del interior del pecho de Griff, y la esperanza se escapó por el a.

Griff no sabía adónde mirar, pero sabía que necesitaba poner una distancia de seguridad entre el os. No quería empeorar las cosas. Se movió un poco y se recostó hacia atrás, doblando las rodil as. Los huevos descansaban sobre la tapicería húmeda.

—Te deseaba tanto y sentía toda esta locura por ti… y no quería hacerte nada que tú no… Lo siento muchísimo, D. Me moriría antes de hacerte… Jamás te haría daño. Sería capaz de matar a