Cabeza caliente

Damon Suede · Capítulo 5 de 20

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Cabeza caliente

Capítulo III

Hasta Griff. Incluso aunque sabía que Dante lo había hecho todo por él mientras él no era más que un zombi. Aunque sintiera todos esos sentimientos espantosos que no podía controlar por su amigo, por un hombre. En su mundo, dos tíos juntos eran algo imposible.

¿Dos tíos? Mala idea.

—Qué lástima que tú y yo no seamos maricones —dijo Dante una noche en el Stone Bone y le plantó un beso en toda la mejil a de Griff, con barba de un par de días, juntando a continuación sus frentes. Griff casi se atraganta con su Guinness Extra Cold—.

Piensa en todo el dinero que nos ahorraríamos en bebida y rosas.

Entonces Dante se marchó con un par de hermanas que le mantuvieron atado casi todo ese fin de semana. Literalmente. Nudos franceses con sus medias. Él no sabía que había dejado a Griff atado a sus propios nudos, preocupado por lo fácil que sería cagarla con la amistad que les unía, perder a la única persona que estaba a su lado. Dos torres, solas aunque juntas.

Qué lástima.

CAPÍTULO III

La mañana siguiente a la fiesta, Griff se despertó con ronquidos de barítono y con la cara pegada a su piel barbuda. Era todavía muy temprano y afuera la oscuridad era total. Tan oscuro que él debería haber estado en su propia cama. Griff se quedó paralizado.

Mierda puta .

Con todo el cuidado del mundo, Griff levantó su alborotada cabeza pelirroja y miró la habitación con los ojos entrecerrados. La habitación de Dante.

Jesús, María y José . ¿Cómo habían terminado durmiendo juntos en la misma cama? Nunca dormía en casa de Dante porque no sabía si podía confiar en sí mismo tarde por la noche, con demasiado alcohol en el cuerpo nublándole el juicio. Lo sabía muy bien. Griff recordaba haber estado bailando en un club. No.

Recordaba haberse peleado en una fiesta en algún sitio. ¿En Staten Island? No, en el Stone Bone. El aniversario del World Trade, diez años. Uf.

Por favor, Dios, por favor, no permitas que haya hecho ninguna estupidez.

Entreabrió un ojo para cuantificar los daños. Uf. Estaba desnudo; parecía que Dante l evaba puesto algo ahí abajo, pero no se iba a arriesgar a comprobarlo. Griff sintió cómo su pálida piel se ponía roja, roja, roja por todas partes.

Griff tenía la boca amarga y seca. Podía oler el sudor de alcohol en las sábanas. El gran bíceps de Dante rodeaba su cuel o.

El negro vel o de su pecho, los pezones como moneditas en contraste con su bronceado. El estómago vacío rugió un segundo, subiendo y bajando, hacia arriba y hacia abajo ante sus ojos mientras Griff se disponía a moverse.

Soy un merluzo. ¿Qué coño hicimos anoche?

Espera… Recordaba haber salido del Stone Bone para escaparse de los idiotas del 11 de septiembre. Se acordaba de cómo Dante había despachado a su morena y el casi trío. Gracias a Dios. Habían ido a cenar algo… ¿Pizza? Pero había bebido tequila,

obviamente, y un montón además. ¿Volvió para ayudar a Dante con algo? No, no era eso. Dante no permitiría que Griff le ayudara, pero habían compartido la cama. ¿Y cómo se desnudaría? Jesús . La boca le sabía como un cenicero de una casa de putas.

Era el 11 de septiembre. Había salido con los chicos. ¿Y

después…?

¡Uf! Sentía como si su cabeza estuviera l ena de escarabajos que intentaban excavar un túnel en la cuenca de su ojo izquierdo. El tequila siempre era la peor elección, y rezó porque no hubiera pil ado gusanos. Debían de haber estado bebiendo hasta las tres de la madrugada mientras picaban algo. Dante estaba chiflado; Griff no podía evitar contagiarse de su locura cuando estaban juntos.

Alguien debería buscar una vacuna.

El reloj marcaba las 5:17.

Sus tripas le decían: «Mueve tu culo».

La cálida piel de Dante le l amaba: «Vuelve a la cama».

¿Realmente… nosotros…? Qué va. Imposible . La ropa interior de Dante significaba que no había pasado nada, ¿verdad? Griff levantó su brazo a cámara lenta, observando la cara de Dante, por si este se moviera.

¡Lucali’s! Habían ido a la Pizzería Lucali’s y habían pedido una pizza de alcachofas, salchicha y pimientos. Pero no había mesas libres porque esa noche salía todo el mundo a la cal e, a festejar no sé qué con fantasmas. Dante no había dicho ni media palabra sobre lo que fuera que le preocupaba, eludiendo la cuestión mientras esperaban que su pedido saliera del horno.

En un momento dado debían haber l evado la caja caliente a casa de Dante, pero Griff no podía recordar esta parte. Por lo visto

habrían comido. También habrían hablado. ¿De dinero? No podía acordarse; su cerebro parecía estar l eno de perros ladrando y cristales rompiéndose.

Dante debía haber conocido a una chica en el restaurante; siempre conocía alguna chica. ¡Mierda! ¿Se habían l evado a la chica a casa? ¿Y si había alguien al otro lado de Dante ahora mismo que hubiera visto algo, que pudiera decir algo? Dante podría olvidarlo, pero era imposible que una tía no se diera cuenta de una tensión homosexual. Griff no podía haber mantenido nada oculto con el a en medio; tenía que salir de al í, volando.

Milímetro a milímetro, Griff fue girándose para alejarse de la piel bril ante color aceituna de Dante, desplazándose hacia el borde de la cama. Era lunes y los dos entraban a trabajar a las seis de la tarde. Si pudiera escabul irse sin tener que hablar, si pudiera desaparecer, si pudiera l egar al baño antes de que su amigo se despertara, todo sería maravil oso.

Gracias a Dios Dante podía dormir aunque cayesen bombas a su alrededor.

Dante farful ó algo y se alejó un poco ocupando el espacio arrugado que Griff había estado calentando hasta hacía solo cuatro segundos, respirando profundamente contra la almohada de Griff, inhalando el aroma de este mientras soñaba.

Griff ahora estaba despierto, totalmente despierto. El otro lado de la cama estaba vacío: no había ninguna chica. Dante había pasado la noche abrazándole en sueños. Dante era un tío táctil. Se habían emborrachado. Pizza y tragos. Pero Griff no se había propasado con su mejor amigo. Crisis evitada.

Despacio, muy despacio, bajó del colchón y se puso en pie; su estómago le daba vueltas. «El tequila te mata», decía siempre el señor Anastagio.

Griff intentó no mirar a los músculos de su amigo bajo la sábana retorcida. La amplia espalda subía y bajaba. Hacia arriba y hacia abajo. Agitado.

Hijo de puta . Una gota de líquido preseminal y su prepucio se movió. ¿Qué le pasaba? Vio su kilt hecho un lío a los pies de la mesil a de noche, una bota sobresalía por debajo. Dante le había desnudado literalmente y había puesto su enorme culo en la cama.

Griff tragó saliva. Volvía a tener la cara roja.

Intentó centrarse en sus pálidos pies, en los pelos de sus dedos. Sus enormes pies. Intentó no fijarse en el bote gigante de vaselina de Dante en el que se veía la marca de los dedos que se podía ver debajo del somier. Volvió a tragar saliva. El corazón le retumbaba en los oídos mientras trataba de pensar en una ruta de huida. Su corazón latía a mil por minuto y tenía una erección matutina.

—¿Qué cojones haces, G? —Un sonido somnoliento se escuchó a su espalda.

—¡Dios! —Griff se estremeció quedándose paralizado.

Dante estaba apoyado en los codos con su pelo oscuro, muy atractivo. Su sonrisa era contagiosa, pero Griff no podía mirarle a los ojos. Dante sacudió confundido la cabeza.

—¿Necesitas ropa o algo?

—Voy a mear. Perdona. No quería despertarte. —Griff siguió andando, manteniendo su pol a húmeda lejos de la vista de su amigo.

—¿Tienes resaca? —Dante se pasó la lengua por los labios, y Griff trató de asentir con la cabeza antes de cerrar la puerta del baño y dejar salir el aire que había estado conteniendo.

Diez segundos más y su erección le habría delatado. Se puso junto al lavabo y se concentró en no vomitar, suplicando a su pol a hinchada que le diera un respiro. No tienes posibilidades. La apretó fuerte. Oh . Y por fin comenzó a encogerse.

Abrió el grifo. Se inclinó y tomó un trago de agua, se enjuagó los dientes y escupió en el lavabo. Evitó mirarse en el espejo; lo que fuera que le estuviera mirando no era algo que quisiese ver. Le sonaron las tripas inquietantemente. Se metió en la bañera con el propósito de abrir la ducha, pero antes de que pudiera sentir el agua se abrió la puerta.

Dante entró tambaleándose, con la mano dentro de sus calzoncil os anchos, y se detuvo frente al inodoro. Bostezó y se rascó los peludos huevos antes de sacarse la pol a para mear.

—Intenté hacerte beber agua pero perdiste el sentido.

Deja de mirar y ponte unos pantalones, gilipol as.

Griff gruñó y se salió del baño, manteniendo los ojos en la pared de azulejos.

—Tengo que irme a casa. Los dos tenemos turno esta noche y tengo que hacer mil mierdas. —Detrás de él, el chorrito de Dante golpeaba contra el agua con fuerza. Griff se puso a buscar sus ropas desperdigadas por la habitación.

—G, ¿te acuerdas de lo que hablamos? —Dante de repente sonaba nervioso y tozudo. Se aclaró las manos en el lavabo, pero no se las secó.

—Sí. Claro. Bueno, en realidad no. —Griff recorrió el suelo con la vista. Vamos,vamos .

—¿Puedo pedirte un favor? —Su mejor amigo estaba de pie en la entrada del baño, con los brazos cruzados. Bajó un poco la mirada.

La otra bota de Griff estaba debajo de la sil a y su camisa no estaba en ningún sitio.

—¿Griffin? —El cuerpo de Dante estaba casi desnudo, y el dulce y perfecto almizcle de su piel estaba por todas partes.

—Y claro, tío. Lo que necesites. —Griff se agachó para recoger un calcetín,

manteniéndose de espaldas, y superpendiente de su pol a gorda, más visible de lo que debería.

—Todavía no te he dicho que voy a pedirte.

Griff levantó una ceja, completamente confundido.

—Y la respuesta sigue siendo sí, Anastagio. —¿Dónde cojones estaba la camisa? Probablemente se habría quedado abajo, en la sala de estar. Había hecho bastante calor la noche anterior. De eso se acordaba. Mierda. Había empezado a desvestirse en el piso de abajo. ¿Qué más habría hecho o dicho?

—Es solo que… —dijo Dante que parecía tan avergonzado como se sentía Griff, pero estaba claro que era por motivos diferentes—, ando un poco mal en estos momentos y la compañía del gas y de la luz me está tocando los cojones. Necesito otro trabajo.

—¡Claro, hombre! —Los pezones de Griff estaban a la vista, totalmente duros.

—Genial. —Solo que Dante no sonaba precisamente

«genial»—. No estás loco, ¿verdad?

—¡No! No tengo dinero en metálico, pero puedo conseguirlo.—

Griff se abrochó el kilt, dándole la espalda a su mejor amigo. Por lo menos su pol a estaba tapada. Necesitaba vestirse y marcharse a casa. Cruzó los brazos, con lo que parecía que estaba enfadado o que mantenía una pose rara— ¿Cuánto necesitas?

Dante no dijo nada, solo se le quedó mirando mientras giraba en torno al desorden de la habitación.

Griff se puso los calcetines. Por último levantó la vista y se dio cuenta de las ojeras que tenía su mejor amigo, los brazos cruzados de manera tensa, la herida con costra en sus nudil os. Parecía que Dante se iba a derrumbar en cualquier momento.

—Deberías volver a la cama, D. —Se dio cuenta de que algo le pasaba a Dante de verdad— ¿Estás seguro de que eso es todo?

Dante se pasó la mano por la barba de tres días y se limpió la boca.

—Sí, eh, si no puedes…

—¡Eh, eh! En serio, hombre. Tendrás todo lo que necesites, D.

—Metió los pies en las botas—. Paro en el cajero y te saco quinientos, ¿vale?

Dante le miró un momento con la frente fruncida, como si pudiera escuchar las locuras que Griff estaba pensando de él. Como si flipara con los pezones duros de Griff y su empalmada mañanera.

Griff se arrodil ó para atar sus botas.

Dante va a decir algo. Seguro que se ha dado cuenta. Hice algo cuando estaba borracho.

—Guay. —Dante sonrió y asintió con la cabeza. La sonrisa no se reflejó en sus ojos y nada era guay.

Griff entrecerró un poco los ojos mirándole. ¿Qué pasa?

Tendría que obtener algunas respuestas cuando los dos estuvieran vestidos.

—Gracias, G. ¿Me lo l evarás esta noche al parque?

Griff asintió y se quedó de pie, con cuidado de dejar espacio a Dante.

—Siento haberme quedado a dormir y haberte l enado de babas la almohada. Odio hacerlo.

—Las pizzas picantes necesitan bebidas. Es como una ley. Y

solo me permito beber tequila cuando estoy contigo. Deberías cambiarte de ropa de todas formas. Es imposible que puedas meter todo eso en mis calzoncil os pequeñitos. —Dante hizo aspavientos señalando al descomunal «todo eso» de Griff.

—Me gusta estar en mi casa.

—Esta es tu casa, G. Venga. —Dante deambuló hacia la puerta y sus ojos se ensombrecieron—. Además, los chicos estaban todos pil ando en el Bone y yo no tenía ganas.

—No quiero ser un estorbo todo el tiempo. —Griff necesitaba bajar las escaleras.

—¿Estás de broma? Soy italiano; me siento como un puto miserable si no tengo la casa l ena de vagabundos hambrientos. —

Se rió y abrazó a Griff, apretando sus grandes costil as—. No seas idiota. Me encanta tenerte aquí, tío.

—Vale —La palabra se escapó de la boca de Griff en un susurro. Se estremeció un poco, consciente de que el vel o de su pecho estaba contra el torso desnudo de Dante, consciente de su

piel húmeda que se le pegaba. La suave barba de tres días arañaba el cuel o de Griff. Le devolvió el abrazo un momento y dio a Dante una palmadita en su cálido cuel o. Su pol a volvió a moverse, balanceándose suelta bajo los pliegues. Sus preguntas tendrían que esperar.

—Gracias.

Griff retrocedió un paso y se escapó a encontrar su camisa antes de que hiciera algo todavía más estúpido que lo que ya había hecho.

Pero Dante no vino a por el dinero. Aunque estaba en el turno de la noche no se presentó en el parque de bomberos.

¿Qué demonios estaba pasando?

Griff no estaba preocupado y casi supuso que habría conseguido los 500 dólares en otro sitio, pero no conseguía que Dante le devolviera las l amadas. Al principio pensó que su mejor amigo habría perdido el móvil o que tendría una intoxicación alimentaria o que estaría fol ando con alguna chica. No. Las tripas de Griff le decían que algo pasaba, pero la resaca realmente le tenía atontado.

Y resultó ser una noche de mierda.

Griff había l egado al parque a las seis en punto sintiéndose todavía como si tuviera la cabeza metida en una piscina de pirañas.

El camión estaba fuera y cuando subió las escaleras para ir a la sala de descanso, los accesorios para hacer pasta al horno estaban encima de los mostradores y en la larga mesa de la cocina. Briggs y Watson estaban discutiendo acerca de una ol a de salsa de tomate, de una forma tan acalorada que ni siquiera se dieron cuenta de su l egada.

Watson removió la salsa, la probó con cuidado dándole la espalda a Briggs, que sujetaba en las manos una bandeja de metal para el horno con tanta fuerza que parecía que iba a destrozarla.

Compartían turno y siempre peleaban por este tipo de chorradas; el Jefe decía que era simplemente su manera de canalizar la agresividad.

No gracias . El cerebro dolorido y deshidratado de Griff se revolvió y ladró.

En lugar de irse al frigorífico a por agua de Seltz, se dirigió a la cafetera y se sirvió una taza de café solo, bien cargado, obligando a su estómago a hacerse a la idea de que iba a verter este residuo tóxico dentro de su cuerpo.

—No deberías, Muir. —Siluski acababa de entrar justo detrás de él, secándose el cortísimo pelo rubio ceniza con una toal a con manchas de lejía. Se la echó por encima de los hombros. Estaba en camiseta interior y con los pantalones de servicio. Era el teniente más veterano de su unidad. Echó una mirada de disgusto a los cocineros que se estaban peleando—. Ese café es de esta mañana.

Solo quedan los posos.

Griff miró la taza, vio los posos y la vació en la fregadera. El fuerte olor hizo que volvieran a revolvérsele las tripas.

—Gracias, hombre.

—Lo he hecho por mí, chaval. Hemos recibido un aviso y no quiero que vomites encima de mis botas. —Siluski le dejó ahí y situándose entre Briggs y Watson, l enando con agua del grifo un viejo vaso de plástico.

Volvió y se lo dio a Griff. El vaso tenía el logo de los New York Rangers.

—Bebe agua. El agua es lo mejor.

Griff dio un trago. Se merecía que le dieran una medal a por hacerlo estando de pie.

—¡Maricón!

Esa puta palabra .

Griff se puso tenso y se giró para ver quién lo había dicho. En la zona de la cocina, Briggs estaba metiendo cosas en la nevera tratando de provocar a Watson.

—Me lo pasé genial el jueves. Anastagio cuenta unas historias cojonudas. —Siluski había ido con Dante a ver el inicio de la Liga Nacional de Fútbol junto con unos quince chicos más de estaciones de la zona, al menos hasta el descanso. Siempre se marchaba pronto porque la canguro tenía que irse a casa. Su hijo mayor tenía ocho años y su mujer trabajaba de camarera entre semana, así que hacía tiempo que sus noches de juerga hasta tarde y las resacas habían quedado atrás—. Te meas de la risa con él, ¿verdad?

Griff asintió a las palabras de Siluski y la cara y el cuel o se le pusieron rojos. Se preguntaba qué haría el teniente si supiera que, mientras el grupo estaba viendo el partido, Griff había tenido una erección oliendo a su mejor amigo; una bien grande. ¿Qué pensaría si le hubiera visto acurrucado con Dante esta mañana o que se le había puesto dura mirando su cuerpo inconsciente? El viejo le derribaría de un puñetazo en la mandíbula y le mearía encima. Griff sintió cómo le ardían las mejil as y para tratar de disimularlo dio otro sorbo asqueroso del agua caliente y con sabor a metal.

—Esta tarde he visto a tu padre trabajando. Parece estar bien.

— Siluski estaba siendo amable.

Traducción: tu padre me ha saludado con la cabeza.

Como Jefe de bomberos que trabajaba en la Oficina de Investigación de Incendios, el padre de Griff era más o menos como un bombero pero con placa. Oficialmente, significaba que se dedicaba a investigar los incendios importantes, los provocados y el fraude. De forma extraoficial, significaba que l evaba pistola y tenía que arrestar a gente sin tener que tratar con los políticos del departamento de policía de Nueva York: licencia inmediata para ser un tipo duro. Era un viejo difícil pero cuidó de su hijo cuando tuvo que hacerlo. Y cuando Dante a los diecinueve años fue detenido en una redada por fumar hierba en el paseo de Coney Island, Griff había l amado a su padre y el viejo había conseguido que le soltaran en cuarenta y cinco minutos. Abracadabra. Por supuesto, desde ese momento no podía ni ver a Dante e ignoraba a la «otra» familia de su hijo.

Griff cerró los ojos.

—Espera. ¿Has tenido alguna salida hoy?

Siluski tiró los posos del filtro del café y rebuscó en los armarios.

—Terminaba el turno de nueve a seis, pero Anastagio me l amó para que cubriera su guardia. Qué cabrón. —Pero sonrió y empezó a preparar una cafetera para que los hombres pudieran funcionar bien por la noche.

Mierda y requetemierda . Griff estaba deseando que l egara el cambio de turno. Volvió a dar otro trago espantoso de agua.

—Pues lo vas a hacer tú, chupapol as. —Al otro lado de la estancia, Briggs fulminó con la mirada la cacerola de metal abol ada que tenía en las manos y la tiró a la encimera. Al parecer Watson había ganado la batal a de la pasta y estaba probando su salsa.

Briggs se volvió al sofá y fingió que empezaba a ver un documental sobre medusas.

Los compañeros de Griff siempre eran así: novatos, en las peores horas, y con más gilipol eces. Aún así, era una casa tranquila: tenían porno y visitas escolares, bastante mejor que en otros barrios como Nuthouse o el Bronx, o cualquiera de los auténticos cuchitriles de barrios horripilantes. Griff lo prefería porque trabajaba con Dante. Casi siempre podían compartir el mismo horario de trabajo. De otro modo no podrían verse nunca.

Griff se dio cuenta de que Siluski le estaba hablando.

El teniente le estaba preguntando algo, con preocupación en su cara quemada por el viento. Frunció el ceño. A saber lo que era.

Griff se sintió culpable por haber pasado de él.

—Maldito tequila. —Se justificó Griff. Trató de rel enar su vaso de agua en el fregadero de metal pero iba muy lento. Parecía que tenía guantes de beisbol en las manos y sentía los dedos como si fueran salchichas—. ¿Sabes por qué Dante no ha venido esta noche? ¿Está enfermo?

—Ni idea. —Siluski resopló y echó café de una bolsa de D’Amico’s en un filtro nuevo.

—Igual está de putas.

—Ah. —Griff sabía que no era eso. Su estómago le lanzó un aviso pero aguantó.

—Échate un sueñecito mientras puedas. —El teniente levantó la garrafa con manchas.

—El veneno fresco te estará esperando para cuando vuelvas al mundo de los vivos.

Griff encontró el camino a su litera prácticamente a tientas. El edificio era viejo, pero estaba bien equipado para alojar a tantos hombres. Incluso después del World Trade Center y de todos los discursos de los políticos, parecía que la ciudad nunca encontraba el presupuesto necesario para mejorar sus instalaciones. Sin embargo, Griff estaba contento en cierta forma. Al principio de su servicio, había ganado una apuesta a un veterano que se iba a jubilar, y había heredado un nicho diminuto en las literas del tamaño de un armario. Significaba que contaba con un poco de intimidad y que podía mantenerse al margen de algunas de las tragedias escolares que parecían perseguir a estos chicos.

Después de su divorcio, había dormido al í más que en ningún otro sitio, a pesar de que solo su capitán lo sabía. Aquel o fue más o menos cuando Dante compró su maldita casa de ladril os y seguía habiendo agujeros en el techo por los que se veía el cielo. Al final, Griff había abandonado el apartamento que había compartido con Leslie y se mudó de nuevo al sótano de los Muir, enterrado en vida en la habitación de su niñez. Pero siempre que se encontraba atrapado en su pequeño escondrijo, volvía a viajar a los meses horrorosos en los que todo parecía tiras de papel y alcohol para frotar y este era un lugar seguro en el que esconderse.

Griff se quitó las botas y las dejó donde estaba colgada su chaqueta. Se dejó caer en la pequeña cama y libró una batal a hacia un sueño intranquilo.

Esa noche solo recibieron dos alarmas: el incendio de una cocina en una vivienda de protección oficial de Red Hook y un accidente en la autopista Gowanus.

El incendio en la vivienda había sido prácticamente extinguido para cuando l egaron los bomberos dando codazos a familias adormiladas con los ojos muy abiertos, para darle un barrido al suelo. Vaya mierda de sitio para crecer. Los apartamentos, abarrotados y desordenados, le recordaban lo afortunado que era por tener un lugar donde vivir, aunque fuera con su padre. Mientras miraba a la multitud legañosa que estaba de pie en el asfalto, Griff se sintió culpable por tener tantas cosas. La fijación de Dante por su casa vieja que necesitaba reparaciones cobró más sentido.

La gente necesita espacio; las familias necesitan aire; el amor necesita luz. Como siempre decía la señora Anastagio, «Se necesita tener las habitaciones suficientes para amar a alguien debidamente».

El accidente en la Gowanus fue bastante peor. Sobre las tres de la mañana una camioneta de reparto de muebles había chocado a más de ciento diez kilómetros por hora contra un viejo coche de tres puertas: dos estudiantes de segundo curso volvían al campus de Hofstra después de una fiesta. Casi se despeñan por el puente.

Al impactar, el pequeño coche se había quedado clavado contra la barrera de

cemento, dejando dolorosamente inmovilizado a la joven conductora detrás del volante, mientras su novio sufría un ataque de pánico en el asiento del copiloto. El tío de la camioneta estaba bien, solo algunos rasguños y un montón de quejas en chino. Las puertas de la camioneta se habían abierto con el choque por lo que había sil as de madera rotas dispersas por los tres carriles. Lo primero, Watson y el nuevo pulverizaron la parte inferior del coche que estaba a la vista, aunque no había rastro de l amas ni de humo.

Tommy y el resto del personal de los servicios sanitarios de urgencias repasaron las opciones con Siluski.

La chica estaba tranquila dentro, aunque tuviera una herida en la cabeza, pero su chico estaba histérico y no paraba de gritar.

Dante podría haber calmado la situación en diez segundos con un guiño de ojos y un chiste guarro, pero estaba en otro sitio.

Céntrate, Griffin.

Sin su mejor amigo al í para ponerse encantador, Griff se pasó más de una hora en la autopista cortando la chapa del coche de los asustados estudiantes con el cortachapas.

El personal de emergencias sanitarias se había puesto a trabajar según l egaron, pero Tommy necesitó diez minutos para calmar al novio y hacer que saliera por una tabla para que Griff pudiera l egar hasta la chica de forma segura. Tommy era un pequeño cabrón superviviente que se había criado a unas pocas cal es de donde vivían los Anastagio, y que empezó de voluntario en el servicio de emergencias nada más terminar el instituto, formándose primero como técnico en emergencias sanitarias y luego como paramédico en emergencias sanitarias. Un yonki de la adrenalina, pero muy bueno en situaciones graves. Desde luego conocía su trabajo, metiéndose cuando hacía falta, y Griff se lo agradecía. Mientras Griff y Siluski sacaban a la chica, el resto de los hombres reunieron los restos de las sil as en la carretera y colocaron conos para redirigir el tráfico. A veces barrer formaba parte del trabajo.

Este tipo de accidentes siempre era una situación en la que todos perdían: papeleo y puntos y pesadil as. Los tres civiles habían sido trasladados al hospital en ambulancia, prácticamente ilesos

pero cabreados con el mundo entero. Los policías habían aparecido para tomar declaraciones y redactar informes. Griff y Siluski y el resto de los chicos se sentaron a charlar un rato. El hermano pequeño de Dante, Flip, era policía, y uno de estos los chicos le conocía de nombre. Ese tipo de relación familiar siempre hacía que uno pareciera más cercano, hacía que el papeleo fuera más fluido.

A Griff le gustaban los policías. A decir verdad, salvaban más vidas, y hacían más «cosas buenas» los polis que los bomberos. El porcentaje de heroicidad caía a su favor claramente; se incendiaban muy pocos edificios y había muy pocos accidentes graves, pero en este mundo de mierda los cabronazos brotan por todas partes como los champiñones.

Los ataques del 11-S habían hecho que los bomberos entraran de pleno derecho en el nuevo milenio, pero en realidad un montón de las horas de trabajo de los bomberos de Nueva York se invertían estando sentados con tus colegas comiendo cosas grasientas y hablando de tías; especialmente el Camión 333/Escala 181. Así que Griff era amable con los policías y siempre se acordaba de los setenta y dos agentes que habían dado sus vidas en las Torres Gemelas con mucho menos bombo y platil o de todo el mundo.

En la escena del accidente, los chicos se partían el lomo para ganarle la partida a la hora punta. Los camiones remolque aparecieron para retirar las carcasas de metal. Antes de que el cielo se iluminara, habían logrado despejar del todo los dos carriles antes de volver al parque.

Sentado mirando hacia atrás en el camión, Griff sintió un bulto pesado en su regazo y se dio cuenta de que seguía l evando ese paquetito de quinientos dólares en bil etes de veinte como un