Cabeza caliente

Damon Suede · Capítulo 20 de 20

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Cabeza caliente

Capítulo XVIII

Dante sonrió y dejó que Griff se pusiera el resto de la ropa.

—Vale, vale —respondió a Beth, refunfuñando mientras salía.

La puerta no estaba cerrada del todo. Cuando Griff se secó el pelo bril ante y dio un trago de agua para aclararse la boca, la puerta crujió al abrirse lentamente en el loft.

Al otro lado de la habitación, Dante miraba a través de una cámara por la ventana que daba al sur, y Beth sonreía mirándole con paciencia.

Los dos se reían de algo, piratas felices cruzando espadas. El amplio cielo azul negruzco parecía no terminar nunca detrás de el os, un horizonte en el que se echaba de menos el World Trade Center pero no mucho más.

Griff se sintió como si pudiera verlo todo, todo, todo.

Pum, pum, le dijo su corazón al oído.

Justo entonces, tan cierto como un déjà vu a la inversa, Griff supo que volverían, él y Dante. Acabarían haciendo de modelos para la loca de Beth y ganarían dinero para hacer de su casa un hogar. Los cachitos del jarrón roto ya estaban juntos otra vez. Sus familias lo aceptarían. El marido de Loretta volvería a casa sano y salvo. Alek tendría su nueva página web. Hasta Tommy solucionaría sus problemas y viviría y tendría esperanza. Y Griff sabía que Dante estaría a su lado.

Griff se miró una última vez en el espejo, secándose las manos en los pantalones, y salió por la puerta hacia un futuro que casi podía imaginar.

CAPÍTULO XVIII

El segundo intento en el bar gay, había comenzado a con un comentario agrio, y todo el trayecto en metro había sido un incesante gruñir y quejarse de un italiano celoso.

—Tenías que l evar el puto kilt. —Dante tenía las manos en los bolsil os de su abrigo verde. Parecía un marinero pecador que hubiera salido pisando fuerte por el East Vil age una fría noche de viernes. Dante miraba enfurecido a todo el mundo que osaba dirigir una mirada a Griff, ya fuera hombre o mujer. Lo mismo daba.

—Pensaba que te gustaba mi kilt. —Griff le dio un golpecito con los hombros.

—¿Bromeas? Me encanta. Sueño con ese kilt. ¡Dios! —Dante se quedó mirando fijamente sus piernas musculadas—. Pero también les encanta a todos los demás, y no estoy dispuesto a compartirte. Jesús. Ese tío te estaba haciendo toda una inspección.

Voy a matar a… —Dante se volvió para retar a uno que se había permitido echar un vistazo a Griff. Era como ir con un guardaespaldas maníaco.

Griff se giró, pero su supuesto admirador ya se había marchado, o ya había sido espantado. Tiró de Dante para hacer que volviese hacia el Pipe Room.

—Vamos a ayudar a Tommy. Él es un desastre y tenemos que echarle una mano. Le invitaremos a un par de cervezas.

Hablaremos tranquilamente, y a casa. Fol aremos como perros. Haz conmigo lo que quieras. Soy tuyo.

—De acuerdo. —Las cejas de cuervo de Dante eran una línea recta sobre un ceño fruncido.

—D, estoy aquí contigo. Y me voy a ir contigo.

Estaban a media manzana del Pipe Room cuando Dante le dio un codazo.

—Mira.

Griff miró y vio a Tommy al otro lado de la cal e, sentado en los escalones que l evaban a una casa adosada. Estaba hecho un ovil o contra el frío y no parecía tener exactamente calor.

Cruzaron la cal e desierta hacia él. Aquí va eso.

Dante se pasó una mano por el pelo mientras se dirigían hacia el hombrecito.

—Eh, amigo.

—Chicos. —Tommy levantó la vista para volver a mirar acto seguido al suelo. Tenía la gorra de lana hacia abajo y el cuel o subido. Le habían quitado algunos puntos, y casi todos los moratones de su cara habían desaparecido. Todavía tenía la nariz un poco torcida. Y seguía teniendo un anil o de color burdeos, el resto rebelde de lo que había sido un ojo morado.

—Vamos, Dobsky —Griff se acercó un poco más, pisoteando con sus pies como si hiciera más frío del que realmente hacía—.

Vamos a tomar una cerveza.

Dante miró a Griff como haciéndole una pregunta, y después se sentó junto al pequeño paramédico.

—Sí, Tommy. Tengo sed y yo invito.

—Sí, no. Mala idea —La voz de Tommy seguía sonando ahogada por su nueva nariz—. Hace tanto calor ahí…

Griff cambió el peso de una pierna a la otra. Tal vez no había sido buena idea. Había pensado que estaría bien: tres amigos tomando una cerveza, y que Tommy viera que por ser gay no tenías por qué acabar en la UCI.

—¿Te duele, chaval?

—No. Pero la única forma de conocer a alguien al í es si eres guapo, y, eh, yo no lo soy. —Tommy tenía un aspecto de lo más deprimido.

Joder.

—Los chicos que hay al í dentro van a ser majos, ¿eh? Van a ser amables. Dios, son amables. —Peliagudo. Griff le había contado a Dante lo de su primera visita al local, pero los celos ya se estaban cociendo.

A Dante no le gustó y sacudió la cabeza mirando a Griff.

—Ninguno de nosotros va a intentar pil ar, ¿eh? Solo nos vamos a tomar una cervecita en un entorno seguro.

—No puedo entrar ahí. Jesús, mírame. —Tommy negó con la cabeza.

—Te dieron una paliza. Todavía está fresco. —Miró a Griff por encima de la cabeza de Tommy como diciendo: «Ayúdame con esto».

—Soy un monstruo. Un puto cobarde —Entonces se puso a l orar—. Mis puñeteros niños…

Ay. Griff no se había dado cuenta de que el asistente sanitario era tan frágil.

—Está bien. ¡Eh! Podemos volver a Brooklyn.

—A la mierda. ¡Eh! Eh… —Dante chasqueó los dedos delante de los ojos de Tommy—. Deja de regodearte en la autocompasión,

¿eh? Deja eso para Oprah. Olvídate de todo eso.

—Como si a el os les importase algo. Ninguno de esos tipos ni siquiera sabe mi nombre. Yo era solo carne fácil. —Tommy sonó como hundido.

Griff volvió a pasar el peso a la otra pierna.

—Dante, no le presiones. Es…

—…un chico grande y puede enfrentarse a las consecuencias de lo que hace —Dante estaba de pie y le señalaba con el dedo.

Tommy seguía en las escaleras—. Mira, Dobsky. Si quieres sentarte aquí en la oscuridad y hacerte una paja mirando cómo otros tipos viven tu vida, pues nada, tú mismo. ¡Pero no estás muerto!

—Vamos… —Griff sabía lo que Dante estaba tratando de hacer, pero el paramédico parecía estar a un paso del suicidio—.

Vamos a…

—Vete a tomar por el culo, Anastagio —Tommy no levantó los ojos del suelo—. Para ti es fácil.

—¿Sí? ¿Fácil, verdad? ¡Que te jodan! No voy a hacer esa mierda nunca más. Corrí el riesgo. No soy curioso. Soy un héroe de mierda, porque lo quiero ser. O sales corriendo de edificios en l amas o entras corriendo en el os —Dante estaba de pie y se dio la vuelta y empezó a alejarse. Gritó por encima de su hombro—:

¡Gilipol as! Tú eliges.

—Tommy… —Griff alargó la mano para darle un golpecito en el hombro, pero no l egó a hacerlo.

—Vete a la mierda. ¿Vale? —Tommy estaba sentado en el escalón plegado sobre sí mismo, como si fuese un osito de peluche abandonado con la cara cosida y los ojos de botón enfadados.

Griff dudó, observando la miseria de Tommy durante un momento, y entonces siguió a su amigo que se dirigía al tumultuoso pub.

Dante estaba al final de las escaleras cuando Griff le alcanzó.

Entraron. El local estaba tal y como lo recordaba. Sticky hasta se

acordaba de él, más o menos, y le l amó desde la otra punta de la sala.

—¡Granjero!

—¿Qué cojones? —Dante murmuró a su lado, mirando fijamente al camarero. Echó un vistazo al local, midiendo a los demás hombres, justo como Griff había hecho la primera vez. Ahora todo era diferente.

Griff tomó la mano de Dante y la apretó, ignorando la expresión de sorpresa de Dante. Le hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Aquí estamos a salvo.

Se acercaron tímidamente a través de la clientela vestida con ropa de invierno hacia la barra. Dante parecía nervioso, como si estuviese esperando que alguien se dirigiera a Griff. Sentía los ojos de todo el mundo atentos a la carne fresca. Se dirigieron al camarero, que estaba secándose las manos en la toal a que l evaba sobre su hombro tatuado.

—¡Ayy, l evas un kilt! Me vas a matar, hombre.

Los ojos de Dante eran témpanos negros mientras ojeaba los abdominales esculpidos de Sticky y la manga tatuada y los vaqueros de cintura baja y el pelo rubio platino.

Griff sintió cómo se tensaba y dijo:

—Este es mi novio —Pasó un brazo musculoso alrededor de Dante y tiró de él hacia delante—. Dante, este es... Sticky.

—Stuart. Pero puedes l amarme Sticky si quieres —Sticky le guiñó un ojo a Griff y alargó la mano para estrechársela. Griff lo hizo.

Dante no—. ¿Me has traído alguna manzana, hijo mío?

—Solo a él —Griff apretó la parte posterior del tenso cuel o de Dante—. ¿Dos Guinness?

Sticky asintió mientras les miraba.

—¿Quién es? —Dante estaba a punto de erupción—. No creo que pueda aguantar esto. Ese chaval te estaba fol ando con la mirada.

—¡Pero cómo puedes ser tan celoso! Como si yo tuviera ojos para alguien que no fueses tú —Griff puso los ojos en blanco y respiró el cabel o de Dante, l enándose los pulmones con su aroma

—. Solo un momento, vamos. Por si Tommy cambia de…

Se acercó un tío mayor que le dio un repaso a Griff. Tenía los ojos pegados a las pantorril as carnosas de Griff por debajo de los pliegues de la falda. Levantó la cabeza mirando a Griff, que sacudió la cabeza. El hombre se encogió de hombros y asintió.

—Puto kilt. Lo sabía. Tus piernas. —Dante cerró los ojos y tomó aliento, soplándose el pelo de la cara. Era como un malo de dibujos animados, un malvado l eno de ira.

—Gilipol as, te están mirando a ti, no a mí.

Dante se inclinó intentando tapar el cuerpo de Griff a los otros clientes, utilizándose a sí mismo como escudo.

—Eso es porque estoy contigo. Soy la competencia. Van a empezar a lanzarme dardos envenenados. Están esperando que me vaya al baño para darte un golpe en la cabeza y l evarte a sus cuevas gays.

A Griff le parecía raro tener más experiencia que él por una vez.

—Solo es un bar. Son solo tíos. Ya entenderás lo que quiero decir. Te lo prometo. Solo nos vamos a tomar un par de cervezas.

Dante echaba chispas, impotente delante de él.

Griff tocó con los pliegues del kilt los vaqueros de Dante.

—Me voy a poner esta cosa todo el rato si te pone así de excitado —dijo besando la cara sorprendida de Dante.

Al parecer, estaban causando bastante revuelo, pero también solía pasar en el Stone Bone. Los habituales siempre se daban cuenta cuando había peces nuevos. Solo querían saber de qué iba la historia para poder cotil ear.

Cien ojos registraban el pelo de estrel a del rock de Dante y el kilt de Griff y sus viejos zapatos, tratando de encajar las piezas. Sus pensamientos eran casi audibles: Es imposible que estos dos sean de Manhattan. ¿Habrán venido de casualidad? ¿Tendrán algún problema? Y Dios, un par de el os tenían que haberles reconocido por la web.

Griff tomó una decisión. Se giró y habló para todo el local.

—¡Soy suyo! ¿Lo oye todo el mundo? Totalmente suyo. Y

viceversa, ¿vale?

Alguien se rio desde la otra punta de la barra. Un par de estudiantes levantaron su pulgar, decepcionados, mirando a Dante y volvieron a su conversación. Unos pocos chicos brindaron por el os.

—Me alegro de que hayamos contestado a esa pregunta candente, ¿eh? —Sticky se rio y posó dos cervezas a su lado—.

Claro, con un tatuaje habría sido más sencil o.

Dante sonrió y empezó a decir algo.

Pero Griff le lanzó una mirada.

—Ni lo pienses. No necesito una marca para recordarme lo que los dos ya sabemos. —Apretó la mano de Dante y le pasó un vaso.

Sticky miró sus cervezas.

—Amigos, ¿queréis que os abra una cuenta?

—¿Me podrías poner una de estas? —Una voz baja sonó a sus espaldas.

Al í estaba Tommy, con pinta de hecho polvo. Se había quitado el abrigo y la gorra. Tenía los ojos hinchados, pero parecía que se había lavado la cara y se había serenado un poco.

—Lo siento, chicos.

—¡Claro! Claro, amigo. Un segundo. —Sticky le guiñó un ojo.

A su lado, otros hombres que estaban en la barra le miraban las magul aduras, las marcas que Tommy tenía en la cara y en los brazos. No le miraban con asco, sino con simpatía, con respeto.

El os sabían lo que estaban mirando, lo que era haber sufrido una paliza por ser gay. Tommy intentó no prestar atención al revuelo que causaban sus marcas.

Dante le dio un abrazo rápido, le besó en la cabeza; típico de Anastagio.

—Gracias, Dios mío. —Le dijo a Tommy al oído.

—¿Estás bien, colega? —Sticky estaba de vuelta con la cerveza.

Tommy asintió y Griff le hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

Puto valiente, eso es lo que es.

Un tipo bajito con una hermosa cara de bul dog se acercó a la barra y dejó caer dos bil etes de veinte.

—Estas las pago yo, y las siguientes.

—No. Corre a cuenta de la casa. —Sticky cerró sus finos labios y sacudió su cabeza rubio platino.

Los dos hombres tuvieron una discusión rápida y silenciosa mientras Dante, Griff y Tommy observaban. Griff le reconoció. Era el

pequeño jugador de rugby de la otra noche… el marine del cumpleaños.

—Eh, no. Creo que voy a pagar estas cervezas. Si a él le parece bien —insistió el marine. Se volvió hacia Tommy. Los dos eran prácticamente de la misma altura—. Si te parece bien, ¿eh? —

Sonrió tímidamente.

Tommy asintió y sonrió.

—Gracias. ¿Eh…?

—Walsh —Alargó una mano regordeta a Tommy—. Me l amo Walsh.

—Tommy. Estos son mis amigos.

—Hola —Asintió distraído a los otros, pero sus ojos estaban fijos en el pequeño asistente sanitario—. Estoy con unos amigos, pero quería…

Los tres se quedaron esperando una explicación que él no dio.

De repente parecía que se le iban a salir los ojos y se puso rojo.

—…invitarte a una cerveza, supongo. —Walsh frunció el ceño, inclinó la cabeza y dejó de hablar. Les hizo un gesto y se marchó para reunirse con su grupo.

—¿Qué cojones ha sido eso? —susurró Dante justo al oído de Griff. Griff sacudió la cabeza.

—Un tipo agradable mostrándose amable.

Un momento después, Sticky empezó a hablar.

—Su novio murió. Fue asesinado. Un grupo de chavales con bates —Miraba a Walsh volviendo al bul icio de la sala—. Llevaban juntos ocho años.

—Jesús. —Tommy también le miró.

Dante elevó su cerveza y frunció sus labios un momento mirando a Walsh con sus amigos.

—Morir con valor. Vivir también con valor.

Brindaron.

Tommy vio a un musculoso afroamericano junto a la máquina de discos y levantó su vaso. Brindaron desde la distancia. Entonces Griff vio que otros hombres le hacían gestos afirmativos, saludando en silencio al paramédico y elevando sus copas. Tommy tenía amigos aunque no se hubiese percatado de el o, incluso aunque ninguno de el os supiera su nombre.

Sticky golpeó la barra con los nudil os y miró a Dante y a Griff.

—Guardad las carteras. A las siguientes invito yo. Me alegro de verte sano y salvo, amigo. —Le extendió la mano.

—Tommy. —El asistente sanitario le ofreció una mano l ena de cicatrices al camarero.

—Stuart o Sticky —Guiñó un ojo—. Me alegro de conocerte por fin, hombre. —Pasó un trapo por el mostrador y volvió a su trabajo.

Griff miró a su novio.

—¿Por qué sonríes?

—No son seres tan despreciables —Dante señaló a la sala y se pasó la lengua por su labio superior con su lengua perfecta. Pasó un brazo por el cuel o de Tommy—. Además, como este imbécil les ha distraído, por fin han dejado de tratar de pensar en cómo meterse debajo de tu kilt. Todos ganan. —Agarró una de las nalgas de Griff con la otra mano y le dio un apretón.

Griff suspiró, pero no estaba enfadado. Ya se podía ir acostumbrando a Dante el posesivo. Flexionó su duro glúteo bajo la

mano de Dante y deseó estar en casa, en su cama.

—Chicos, estáis. uff. —Tommy parecía avergonzado.

—Perdona.

—Muy sexys. Nada más —El paramédico puso su abrigo enfrente de él—. Lo siento. Hace mucho tiempo desde que…

—Bueno, tienes que superarlo. Desde ahora vas a tener que salir con nosotros. —Dante se encogió de hombros.

Griff asintió y besó a Dante en la frente.

Dante dio un trago y se le pasó por la cabeza otro pensamiento.

—Porque ya no podrás l amarme «enano» estando con Frodo.

—¡Eh! —A Tommy se le escapó la cerveza por la nariz y le dio un manotazo.

Pero se rio, y Dante también y entonces Griff se rindió y también se echó a reír.

La cena de Acción de Gracias con su familia política. Jesús.

Griff sabía que tenía que pasar, y sabía que nadie iba a morir, pero se ponía a sudar solo con pensarlo, y los pterodáctilos ya volvían a alojarse en sus tripas otra vez. Tranquilo, gilipol as.

Al meterse en la cama la noche anterior, Dante había dicho que tenía que ir a la nueva lonja de pescado de Fulton a primera hora para conseguir los ingredientes del cioppino: a las 4 de la mañana o algo igual de horrible. También habían comprado un pavo pequeño, pero en realidad a nadie le gustaba el pavo aparte de para los sándwiches, así que el guiso de pescado sería el plato central.

Dante había querido celebrar esta fiesta desde que había comprado la casa, y después de dos semanas (fundamentalmente) viviendo juntos y trabajando como demonios, el comedor por fin

estaba terminado y amueblado. Solo iban a venir sus padres. El resto de sus hermanos se había excusado.

Parecía importante que fueran a hacer las compras juntos; eso era lo que hacían las familias. Así que cuando Dante se inclinó para besar su cremosa cadera y decirle que se quedara en la cama, Griff se levantó y se metió en la ducha junto a su adormilado italiano.

—Buenos días —dijo besando el rostro feliz y sorprendido de Dante.

—Mmm. —Dante asintió y rodeó con sus brazos los hombros de Griff agarrándose a él.

La ducha les l evó mucho más tiempo y fue mucho mejor de lo que esperaban.

Se pusieron sus pesados abrigos en el hal de entrada.

—No hace falta que vengas, de verdad. —Dante le miró con esos ojos dulces de escarabajo, dándole permiso para que se quedara tirado en casa—. Estaré de vuelta dentro de un par de horas.

Griff no cambió de opinión y le empujó para salir de casa y meterse en su camioneta.

—Lo justo es justo.

El viaje duró casi cuarenta y cinco minutos, aunque fuera antes de la salida del sol del día de Acción de Gracias. Una vez más, Griff tuvo la extraña sensación de que era importante hacer esto juntos.

En cuanto l egaron al Bronx aparcaron y caminaron en medio del aire de escarcha plateada hacia los puestos. Las mesas estaban pegadas las unas a las otras: filas y más filas de pescado bril ante, rojo y azul, y marisco en barriles. Cientos de personas regateando y

charlando como si no fuese un día de fiesta o como si no estuviesen prácticamente en mitad de la noche.

Griff no podía ayudar demasiado con la compra, pero podía cargar; se quedaba ahí de pie, mirando mientras Dante bromeaba y regateaba, flirteando con las vendedoras como si fuese el presentador de un programa de juegos. Pero por alguna razón, a Dante le encantaba presentarle a la gente como su «hombre» y ver cómo las chicas tartamudeaban y cómo los hombres se quedaban mirando el tamaño de Griff. En todos los puestos pagaban juntos, y esa sensación también era muy agradable. Es mío; y yo soy suyo.

Acción de gracias.

Griff se abrazaba a sí mismo por el frío, pero no se ponía rojo ni se sentía incómodo por todos los ojos que le miraban estar al í de pie perteneciéndole solo a Dante. Desde la sesión de fotos con Beth, había empezado a darse cuenta de que la gente le miraba desde el rabil o del ojo. De la misma forma que les había visto antes observar a Dante. Por alguna razón, estaba más tranquilo, como si se sintiera más a gusto dentro de su propia piel.

Puesto a puesto, Dante fue organizando el cioppino, su plato favorito. Griff podía ver con cuánto cariño y con cuánto cuidado iba seleccionando todos los ingredientes. Tal vez fuese eso lo más importante, lo que Dante quería que él presenciara, ese amor, ese cuidado amable. Con razón era su plato preferido; todo ese cariño y toda esa paciencia hacían un buen cóctel.

Cuando ya estaban acabando, la anciana señora china que les había vendido unos cangrejos azules gigantescos dijo:

—Qué chicos tan guapos.

Dante le guiñó un ojo y le dio las gracias; entonces se inclinó y le besó a Griff la mano como si fuera un príncipe de cuento de hadas.

—Feliz Día de Acción de Gracias.

Griff pensó que eso también estaba en el guion: Dante quería que les vieran juntos, en un lugar seguro. También es importante para él.

Abandonaron el mercado asegurándose de que tenían todos los ingredientes mientras regresaban al camión con la caja y con las bolsas.

Dante se rio por lo bajo.

—¡Menudos cangrejos que te ha dado esa viejil a!

—¡Jajaja! —Griff hizo una mueca y bromeó un poco—:

¿Sabes, Anastagio? Si yo flirteara así para conseguir marisco fresco, le habrías pegado a esa pobre mujer.

—Cal a. —Dante gruñó, pero encogió los hombros en plan culpable y sonrió para sí. Abrió el portón del camión para meter las compras y dio la vuelta para subir al asiento de copiloto.

Griff se montó y arrancó la camioneta.

—Es divertido. No sé por qué, pero a mí me da igual. Porque el os no te van a tener nunca, ¿verdad? Es maravil oso. —Posó su mano en el muslo de Dante y le apretó—. Te quiero.

Dante empezó a tener de nuevo una erección. Cabrón. Movió un poco las caderas.

—Uf, uf. No quiero tonterías en mi camioneta hoy. Usted tiene mucho trabajo que hacer hoy, señor. —Griff sonrió y Dante se cruzó de brazos y refunfuñó. Cerró los ojos y fingió dormir en señal de protesta, pero junto a los nudil os de Griff, notaba cómo latía su

pol a, tratando de sentir un poco la fricción para mantenerse como acero candente durante todo el camino de vuelta a casa.

El viaje de ida y vuelta terminó durando más que las compras en sí; a Griff no le importó en absoluto. Llegaron a casa cuando el sol bril aba de verdad. Parecía otro día.

Dante se pasó toda la mañana con los preparativos y cocinando.

Griff se pasó por la casa de su padre para l evarse otro montón de ropa y un par de cosas que echaba de menos: unas cuantas novelas de misterio que quería leerse, el resto de su ropa interior, su palo de hockey. Le alucinó ver qué pocas cosas tenía en esa fría casa que quería l evarse consigo. Unos pocos días después de las sesiones de fotos, por fin se había visto con su padre y le había dicho que se mudaba; su padre solo asintió con la cabeza como si lo l evase esperando desde hacía diez años.

—Ya es hora, Griffin. Tal vez ahora puedas encontrar otra mujer.

Uff. No exactamente.

Ya l egaría el momento de esa batal a, pero Griff ya tenía bastante por qué preocuparse. Como sobrevivir a la cena de Acción de Gracias.

Muy pronto, él y Dante tendrían que hablar con su jefe en el parque de bomberos. Era peligroso que siguieran trabajando en el mismo turno, e incluso en el mismo parque. Tenía que cambiar algo, y ya habían tomado la decisión de hacer lo que tuvieran que hacer.

Por supuesto, su padre se enteraría, y tenían que estar preparados. Eran conversaciones que le daban pavor, pero solo eran parte de un precio que estaba encantado de pagar.

Los bomberos de Nueva York eran como un bote de gusanos que debían abrir entre los dos con mucho cuidado.

En el peor de los escenarios, su padre le desheredaría y se jubilaría anticipadamente; pero el cuerpo, su padre, y todos los demás podían irse a tomar por culo.

Pero antes estaba la cena con su verdadera familia, las personas que le habían criado. En cierta forma, era lo único que realmente les importaba a los dos.

—¡Ya estoy de vuelta! —Gritó Griff cuando volvió a casa y abrió la puerta. Levantó las cajas y se colgó la bolsa del hombro.

No hubo respuesta. Dante estaría oyendo música o en el sótano buscando algo.

—¿Nene? —Subió a zancadas las escaleras que l evaban a su dormitorio y dejó el petate y las cajas contra la pared empapelada; antes de que se incorporara, escuchó la voz de la señora A. a su espalda.

—Queda perfecto en la pared, el bronce —Estaba de pie en la oscuridad de la salita de estar que daba al jardín de atrás. Señaló con una mano diminuta las paredes. Llevaba puesto uno de sus trajes de punto, concretamente uno amaril o oscuro. Su sombra l ena de curvas se reflejaba en la ventana. Tenía el pelo recogido—.

Precioso. Y la diagonal también queda muy bien. Como si fuese una sorpresa. Una pequeña onda inesperada. Extravagante.

¿Extravagante?

Griff no estaba seguro de que el a siguiera hablando del papel y no podía distinguir la expresión de su cara. Podía sentir cómo el a iba desenredando el pequeño y crudo grano de la verdad según

hablaba del papel, comprobándolo con delicadeza. Griff dio un paso hacia el a.

—Hola, señora A.

El a se dio la vuelta, observando las nuevas paredes de las bonitas habitaciones, y según Griff se iba acercando a el a se dio cuenta de que estaba sonriendo, entrecerrando los ojos mirando las rayas color bronce en diagonal a su alrededor. El a se giró hacia la ventana, mirando algo que había en el jardín.

—En cuanto lo vi en el camión supe que ese papel pertenecía a esta habitación. No…

Griff se puso a su lado junto a la ventana y miró su delicado perfil, su cabel o negro que se teñía casi todas las semanas. La vanidad y la bel eza de su hijo no habían salido de la nada. Contuvo su respiración.

—No sabía que también iba a ser para ti, Griffin. Y creo que debería haberlo sabido. —Parecía que estaba como pidiendo disculpas y avergonzada, incómoda, y como si no quisiese mirarle a los ojos.

El a lo sabe.

Griff dejó salir el aire y volvió a inspirar. Sintió ganas de mentir, de explicarse, de disculparse, de tranquilizarla, de escapar. Sin embargo, mantuvo la boca cerrada y se limitó a dejar que la semil a de la verdad se fuese instalando entre el os, como un retoño rebelde luchando por l egar hasta la luz.

Le quiero.

Asintió con la cabeza observando su preocupación, y haciéndole saber que todo estaba en orden, que todo saldría bien.

Por favor, no me obligues a decirlo. Mantuvo sus ojos grises en la ventana, deseando que el a levantara los suyos.

No parecía estar en desacuerdo, pero se quedó mirando fijamente a lo que fuera que hubiera ahí abajo. Estaba tan pegada a la ventana que su aliento estaba empañando el frío cristal.

—Y sabe Dios que hay habitaciones de sobra para querer a alguien como es debido, aunque no todas tengan suelo o techo —

Echó un vistazo al hueco que conducía al comedor, el hueco por el que Griff había escuchado a escondidas la conversación entre padre e hijo que casi acaba con todo—. Va a ser una casa preciosa.

Bueno, mejor dicho, ya lo es.

Griff asintió.

—Todos los chicos del parque han echado una mano.

—Tú el que más, supongo. Tú siempre el que más —El a le hizo un gesto de aprobación. Seguía observando el jardín—. Creo que no me había dado cuenta de lo vieja que soy. Pero lo entiendo.

¿Sí?

Griff también miró abajo, pasándose una mano por su pelo rojo. Una sonrisa se apoderó de su rostro.

Debajo de el os, en el jardín, Dante estaba hablando con su padre de algo con expresión seria. El señor Anastagio estaba gesticulando mientras señalaba a las paredes de ladril o que cerraban el jardín. Dante asintió y dijo algo que hizo que los dos hombres sonrieran.

—Va a ser muy duro —La voz de la señora Anastagio sonó muy baja, casi ronca. Por fin, mirándole, tomó una de sus anchas manos en la suya, delicada, y se la apretó—. El mundo ha cambiado, pero la gente sigue siendo la misma, ¿eh?

Griff se limitó a asentir y la miró, sintiéndose como el gigante estúpido de un cuento. Por favor. Por favor, no me obligues a decirlo.

Tenía prácticamente la misma sonrisa que Dante. Le picaban los ojos y las lágrimas estaban a punto de escapar de el os. También el a parecía a punto de echarse a l orar, mientras todas esas cosas pasaban entre el os. Mientras la verdad iba echando raíces y soltando ramas hasta que l enó la silenciosa habitación de flores increíbles.

Le amo.

—Así que tenéis que quereros mucho el uno al otro. Un amor fuerte —Apretó los labios y ladeó la cabeza mirando a su guapo hijo y a su marido. Le miró de reojo con sus dulces ojos para confesarle un secreto—. Los hombres Anastagio jamás te abandonan. Leales como perros rabiosos. Así son el os. Eso es tanto una bendición como, a veces, una maldición. Así que lo único que tienes que hacer es mantener abierto el corazón.

Griff asintió. Casi lo entendía. Lo intentaba, pero sentía su cabeza como hinchada y sentimental.

—Gracias por darle esto a mi hijo, Griffin —Él levantó una mano y se secó la cara. El a le dio un apretón, sacudió la cabeza, y se levantó para besarle la mejil a—. Estoy tan orgul osa de ti. De los dos. —Volvió a mirar abajo, al jardín—. Estamos muy orgul osos.

Todo es posible. Todo es posible.

A Griff le pitaban los oídos y su cara le ardía. Tenía lágrimas en los ojos. Las palabras salieron flotando de su boca y se quedaron al í, bril ando en el aire…

—Le quiero. Tanto…

—Ya lo sé —Su voz sonaba tan serena y tan feliz. Se aseguró de que le oyera—. Y él a ti.

En ese momento exacto, Dante levantó sus ojos hacia el os desde el jardín y sonrió a Griff. Saludó con la mano, y su hermosa cara era tan suave y tan fuerte que el corazón de Griff se hinchó hasta l egar a ser del tamaño de la habitación, de la casa, tan enorme que casi no podía contener esa gran verdad que crecía sin parar. Debajo de el os, el señor Anastagio también miró hacia arriba, saludó con la mano mientras asentía con la cabeza.

Griff levantó una mano como respuesta y después se giró para hacerle una promesa a el a, a esta mujer que le había salvado la vida muchos años atrás.

—Haré cualquier cosa. Cualquier cosa.

El a se quedó pensando en eso con la frente fruncida, pero no dijo nada. Griff se quedó esperando para ver si el a tenía alguna objeción que hacer a ese plan.

—¿Le parece bien?

—Si no me lo pareciera, sería que estoy todavía más loca que mi hijo. —Se rio y secó sus ojos con cuidado para que no se le corriera el maquil aje.

Griff quería decirle que todo saldría bien, que nadie sufriría, que vivirían a salvo y felices; pero la verdad era que por el modo en el que se movía por el dormitorio admirando el papel de su padre y los bonitos muebles que su hijo había rescatado, parecía que el a estaba aún más segura de lo que lo estaba él.

La verdad seguía creciendo entre el os, sólida y exuberante, l enando su habitación y la casa entera de promesas.

Griff se quedó quieto y le explicó todo el trabajo que habían hecho mientras el a le daba golpecitos en el brazo. Le enseñó los suelos, el enyesado, las nuevas molduras, el cielorraso de paneles metálicos que habían dejado como nuevo. Una vez más, Griff volvió a alegrarse de esas locas sesiones de fotos; ya no se sentía torpe ni avergonzado por estar al í de pie junto a la cama, su cama. Pero el a tampoco. Finalmente su estómago traidor retumbó.

—¿Hambre? Yo también. Sabe Dios qué Dante te alimentará como es debido —La señora Anastagio entrelazó su codo con el de Griff. Le arrastró hacia las escaleras—. Vamos a ver si quiere que le echemos una mano.

—Un segundo —dijo Griff al pasar junto al comedor—. Creo que debería ayudar a poner la mesa —Inclinó la cabeza hacia el estrépito de cubertería de plata y vajil a. Volvió sobre sus pasos y entró.

—Griffin. —El señor A. estaba justo detrás de él con un montón de boles en la mano. A su espalda, la maciza mesa estaba puesta con cubiertos bril antes de acero inoxidable y platos desparejados.

—He pensado que podría ayudar.

—Gracias. —El hombre mayor le pasó la mitad de los platos y asintió sonriendo. Entre los dos trabajaron rápidamente, colocando un bol delante de cada sil a. El señor Anastagio odiaba el silencio, pero ahora no contaba chistes ni cotil eaba, y ni siquiera se quejaba de sus vecinos como solía hacer. Nada.

Quiere asesinarme.

Griff se mordió el labio e intentó empezar con un tema seguro.

Sabía que tenían que sacarlo fuera. A todos los efectos este hombre

le había criado, y no quería decepcionarle.

La mesa ya estaba puesta y se quedaron de pie junto a el a, mirándola. Pasó un instante sin que ninguno de el os supiera qué decir al otro. Algo sin precedente.

Finalmente, el padre de Dante extendió una mano, mirándole directamente a los ojos como si Griff hubiera venido a pedir la mano de Dante, o viceversa.

Lo juro.

Con una sonrisa, Griff se la estrechó y se dieron un fuerte abrazo. Se sintió aliviado y abierto.

El señor A. hizo un gesto señalando la cocina.

—¿Mi hijo va a servir el cioppino aquí o en la cocina?

—Espera y le pregunto. —Griff le apretó el hombro y corrió hasta el vestíbulo siguiendo el aroma delicioso del guiso.

—¡Dante! Tu padre quiere saber… —Mientras entraba en la cocina, Griff vio que la señora Anastagio empezaba a destapar la comida y, ¡Ay Dios!, que Loretta estaba limpiando la encimera. La sonrisa se le heló en la cara. ¿Qué estaba haciendo el a al í?

—Yo, —Se pavoneó el a con aire triunfal— ¡lo sabía! Yo lo sabía, yo lo sabía. —Le pegó un golpecito con el trapo y l evó las manos a las caderas, relamiéndose descaradamente.

—Cal a. —La señora Anastagio frunció el ceño mirando a su exagerada hija mientras sacaba cosas de la nevera.

—¿El qué…? —El primer instinto de Griff fue hacerse el loco.

Solo somos amigos. Voy a ser su compañero de piso. Un par de chicos solteros. Mujeriegos. Un picadero.

Se mordió el labio para no mentir: solo verdades en esta casa.

—Se lo saqué a mi hermano. No seas tonto. No voy a decir nada —Loretta puso los ojos en blanco, a un paso de comenzar un aria santurrona de gloria chismosa—. Puto tontorrón. Sabía que estabas loco por alguien. Y personalmente me parece de puta madre. —Extendió una mano e hizo como que limpiaba un polvo imaginario de los hombros de Griff.

Griff abrió la boca, pero no dijo nada. Entonces habló.

—¿De verdad?

—Bueno, ya que no puedo tenerte yo, al menos que lo haga uno de los nuestros. —El a sacudió la cabeza. Sonrió y le dio un abrazo.

—¡Por favor! —La señora Anastagio abrió el horno para sacar una bandeja cubierta con papel de aluminio—. Mi propia hija y no trae nada —La señora Anastagio frunció los labios enfadada.

Resopló—. ¡Ni siquiera pan!

—¡Mamá! Ya hay demasiadas cosas. A el os no les importa.

¿A que no, Griff? —Loretta retiró unos platos para hacer hueco en la encimera.

En ese momento unas piernecitas resonaron en la entrada.

—¡Monstruo! —Con la alocada lealtad típica de los niños, Nicole había decidido mostrarse entusiasmada por ver a Griff. Se metió bajo sus piernas.

—¡Eh, bicho! —Él la cogió en brazos y le dio un beso.

—¿Podemos comer? —Nicole dio unos golpecitos en su pelo rojo con su mano regordeta—. Suave.

Loretta gruñó y retiró con delicadeza los rizos de la cara de su hija.

—¡En la casa de Dante, le da por comer! Uf. Y encima con un novio maravil oso. Le odio.

—Loretta… —La señora Anastagio levantó los ojos al techo e hizo como que rezaba en bajito mientras sacudía la cabeza.

Se oyeron pasos que se acercaban desde el jardín y subían los escalones. La puerta de atrás se abrió y los ojos de Dante estaban l enos de excusas, moviéndose de su hermana a Griff.

Griff movió la cabeza y sonrió. No pasa nada , D. Loretta resopló.

—¡Puf! ¡Por favor! Que no soy un gusano…

Dante también sonrió, aliviado. Se acercó y dijo en voz baja:

—¿Estás segura? El a acaba de…

Loretta le amenazo con la mano.

—Me siento estúpida por no haberme dado cuenta antes y no haberle animado a…

Griff sorprendió a todos soltando una carcajada profunda que rompió toda la tensión.

—Me habría encantado que lo hubieras hecho.

La tensión se esfumó del cuerpo de Dante. La señora Anastagio sonrió ligeramente. Griff le pasó a Nicole a su encantada madre.

—Nos habría ahorrado un montón de estupideces. —Dante le dio un empujoncito en broma a su hermana.

—O no —La señora A. se lavó las manos en el fregadero, retirándose las mangas—. A veces primero tiene que haber estupidez. —El a les miró a los dos mientras se secaba con un trapo de cocina.

Desde la parte delantera de la casa se oyó el estruendo de la televisión. Una multitud bramaba por debajo de la voz de un presentador que daba estadísticas. El fútbol y un estómago l eno sonaban más o menos como el cielo.

Dante estaba de pie a su lado junto a la encimera.

—¿Todo en orden? —Dante le preguntó en voz baja, echando una mirada a su madre.

Griff asintió con la cabeza.

—Muerto de hambre es lo que está este. ¿Quieres que se desmaye? Anda bajo de azúcar, y eso no es nada bueno —Anunció la Señora A. Giró la cabeza y gritó—: Agosto, ¿está puesta la mesa? ¡No sé qué haces enfrente de la televisión!

Desde al í, el señor A. lanzó un gruñido afirmativo.

Su mujer sacudió la cabeza, pero sonrió.

En la cocina, Dante comprobó el cioppino, metiendo la nariz en el vapor.

—Eh, ¿por qué no comemos viendo el partido…? ¡Que es broma!

Loretta se echó las manos a la cabeza.

—Qué pasa con los hombres el día de Acción de Gracias. Si vais a ser gays, por lo menos os podrían empezar a gustar los musicales o la ópera. Dios.

Había dicho la palabra. Y no se había producido ninguna explosión. El techo no se había derrumbado. El mundo continuaba girando.

Griff se rio y después sacudió la cabeza mirándola.

—Uf. No. Ya lo siento. Solo me gustan esas cosas cuando cantas y saltas tú.

Loretta le dio un manotazo y después otro. Los dos se reían.

Sonó el timbre de la puerta. La señora Anastagio se giró en cuanto escuchó el sonido.

—¿Viene alguien más?

—Un amigo. Él no tenía… eh… no sabe que está abierto. —

Dante fue corriendo al vestíbulo principal.

—Necesitaba un lugar para pasar las vacaciones. Él está al tanto de… eh… lo nuestro. Y además… está atravesando unos problemas familiares. —Griff terminó la frase de Dante, y empezó a ir él también hacia la puerta de entrada.

—Bueno, no pasa nada. Pondré un plato más. Da buena suerte tener un extraño en la cena —anunció el señor Anastagio, saliendo de la sala de estar, como si eso fuera un hecho de conocimiento público. Tal vez lo fuera. Besó a su mujer, según el a salió de la cocina para saludar al recién l egado.

Dante abrió la puerta con una sonrisa enorme. Griff también le sonreía desde la retaguardia; una casa l ena de gente. Así es como son felices los italianos.

Tommy entró y se desabrochó la gabardina. Casi un mes más tarde, las marcas y los moretones que le quedaban se veían más fuertes por el frío. Los puntos del ojo parecían irritados y estaban negros en contraste con su piel grisácea.

Griff rezó porque todo fuera bien, por el bien de todos.

—Eh, amigo.

—Hola. —Cuando el paramédico vio las caras desconocidas, la sonrisa de su rostro se debilitó un poco.

Dante empezó a presentarle a la familia, pero Nicole se puso delante y se presentó a sí misma.

—Hola.

—Bueno, hola —Le hizo un gesto con la cabeza y miró al resto de la familia que estaba aparte—. No sabía que era…

—No lo es —La señora Anastagio avanzó, tomo su mano y se la estrechó—. Somos los padres de Dante. Y esta es mi nieta, Nicole. Queríamos estar aquí para celebrar el primer día de Acción de Gracias de los chicos juntos.

Como si fueran una piedra caída del cielo, las palabras de la señora Anastagio le dieron permiso a Tommy para que se relajara y al novio de su hijo, un lugar en el mundo.

Dante se iluminó y dio un paso para coger la mano de Griff. Se la apretó.

—Sí. Y entonces Loretta también se apuntó porque es demasiado fastidiosa como para que alguien le invite a algún sitio más civilizado.

El alivio que se reflejaba en la cara de Tommy no tenía precio.

Griff podía ver cómo iban cambiando las marchas en su cabeza mientras procesaba la escena: los dos hombres con las manos entrelazadas, la familia sonriente, los aromas que venían de la cocina, la enorme casa cálida y destartalada que les mantenía a salvo y juntos.

Tommy se terminó de quitar el abrigo y la bufanda y los colgó en el perchero como lo había hecho tantas noches cuando venían a ver el fútbol. Estaba entre amigos.

El señor A. abrió los brazos y arreó a toda la familia hacia el comedor.

—Vamos dentro. Se me está congelando el culo aquí fuera, y la comida no va a comerse sola.

La señora Anastagio tomó a Tommy del brazo y guiaron el camino de vuelta al comedor. La mesa crujía bajo el peso de la comida. El cioppino estaba en la mesita auxiliar esperándoles. Griff se contuvo. Se sirvieron los platos y, uno a uno se colocaron en la mesa. Dante se sentó en la presidencia, y Griff, muy consciente de el o, escogió justo el sitio de enfrente. Nuestra casa, nuestra familia.

Abajo, en la cal e, sonó una bocina y pasó un coche con las ventanas abiertas en el que alguien escuchaba música de Dean Martin.

«…some-body loooovesyou....»

Fuera, se oían risas de niños; probablemente los sobrinos de la señora Alonzo, que jugaban en un jardín mientras los adultos veían el partido en el que el señor A. trataba de no pensar.

«So find yourself somebody....»

Dante le guiñó el ojo a Griff, que estaba sentado en la otra punta de la mesa. En cuanto toda la familia estuvo servida y sentada, miró a su hermana.

Loretta jugaba con sus dedos. Inclinó la cabeza.

—Por los alimentos que estamos a punto de recibir, Señor, haz que dispongamos de antiácidos. —Se agachó antes de que su hermano pudiera darle una col eja.

La señora A. se rio tontamente, pero tuvo la elegancia de tratar de esconderlo tosiendo detrás de una servil eta.

—¿Qué es antiácido? —Nicole preguntó a Griff— ¿Monstruo?

—Es una medicina, bicho —susurró Griff.

Desde el otro extremo de la mesa, Dante también susurró.

—Porque tu madre es un dolor de cabeza.

Loretta le dio un golpe con su servil eta, y entonces sus padres dieron rienda suelta a sus risas.

Griff le lanzó una sonrisa a Dante a través de la mesa.

Dante se la devolvió y le guiñó el ojo entre la comida y su familia. Yo también te quiero.

—¿Por qué le l ama Monstruo? —Tommy se inclinó para preguntarle a Loretta.

—Es una larga historia. —Griff sacudió la cabeza. Loretta asintió.

—Una larga historia de terror. Por lo menos ahora él forma parte de la familia.

—¡Loretta! Ya era de la familia. —Su padre se mostró indignado mientras tomaba una cucharada de caldo.

Griff sonrió a Loretta.

—Sé lo que quiere decir.

—Yo también. —Dante asintió y esbozó una palabra amable para su hermana: Gracias.

Tommy se puso en pie y metió una cucharada de cioppino en el bol de Nicole con la paciencia de un padre experimentado.

—Con una condición —Añadió Loretta. La señora Anastagio se giró para discutir y Griff levantó las cejas en señal de protesta—.

Tengo que estar presente cuando le contéis a Flip que sois una pareja gay verdadera y con todas las de la ley. —Apretó el brazo del asistente sanitario—. Tommy puede encargarse de la reanimación cardiopulmonar.

—¿De acuerdo…? —Tommy se puso rojo y asintió mientras se sentaba de nuevo.

El a saludó a su hermano con el tenedor.

—¡Ese día será la… —echó una ojeada a su hija— ...leche!

¡Flipará! —Se metió un bocado de pasta en la boca con aire triunfal.

Puso tal cara, al masticar, como de caricatura engreída, que todos se echaron a reír.

El señor A. se sirvió un montón de judías verdes crujientes y jugosas. Se tambalearon en el tenedor mientras observaba.

—Niños, sois terribles.

—Pero… —Puso sus ojos en la sonrisa de pirata de Dante, y Griff dijo en alto lo que los dos estaban pensando— ...muy, muy agradecidos.

Sobre Brooklyn, por encima de Manhattan, incluso por encima del Nivel Cero, el cielo iba oscureciéndose y el sol ardía dorado.

Humo y fuego. Como diez años después de que se hubiera acabado el mundo, toda la loca ciudad estaba sentada cenando con supervivientes agradecidos. Al igual que Nueva York, que también se mostraba agradecida.

Después, cuando terminó la cena y el partido acabó con una victoria, los miembros de su pequeña familia se fueron a sus propias casas para dormir con las barrigas bien l enas.

La familia ya había limpiado la cocina y habían metido las sobras en la nevera. Dante y Griff se sentaron juntos un ratito en el sofá, medio dormidos, con Dante recostado en el círculo que formaban los brazos de Griff. Los dos se quedaron fritos, demasiado felices para moverse.

Cuando oscureció totalmente fuera de las ventanas, Griff se despertó y zarandeó a su novio…

¡Novio!

...suavemente.

—¿Nene?

La cara de Dante, en la que empezaba a asomar una barbita negra azulada, estaba recostada contra la cima de su pecho.

Parecía un zalamero bandido de cuento. La curva dulce y feliz de su boca hacía que pareciera que estaba haciéndose el dormido, pero su respiración era profunda y constante. Acercó un milímetro su boca pero siguió soñando.

—Nene. —Griff le rozó la mandíbula.

Dante giró la cabeza recibiendo la caricia, pero no abrió los ojos. Su sonrisa se hizo más amplia y emitió un gruñido.

—Mmm. Estaba teniendo un sueño maravil oso.

—¿Sí, eh?

—Sí. —Dante se pasó la lengua por los labios y frunció un poco la frente como si estuviera intentando recordar algo detrás de sus párpados.

—Vamos a la cama.

—Vale. Bien. —Dante enterró su cara entre los pectorales de Griff y volvió a quedarse dormido.

Griff se rio y deslizó una mano por el torso de Dante, siguiendo esa senda crujiente del tesoro que conducía a sus pantalones.

Apretó el pene esponjoso que se alojaba al í dentro.

Dante se arqueó y se movió al contacto con su mano. Su pol a empezó a despertar, pero seguía teniendo los ojos cerrados.

—Esto también salía en mi sueño.

—¿Sí? —Griff le estrujó el pene hasta que sintió la erección y le dio un beso en la parte de arriba de su despeinada cabeza.

—Uffff. —Dante tiró de sus caderas para escapar de la mano gigante. Se dio la vuelta completamente hasta acabar tumbado

entre las gruesas piernas de Griff y se incorporó hasta que quedaron cara a cara. Tenía los párpados apretados como si intentara ver algo dentro de el os.

—¿Qué más pasaba? —Griff levantó la cabeza y mordió suavemente su labio inferior hasta que Dante se estremeció y le besó. Griff retiró con dulzura el pelo de la hermosa cara de su amante—. En el sueño. Decías que…

Dante sacudió ligeramente la cabeza como si intentara recolocar algo que estuviera suelto.

—No sé… no lo… recuerdo exactamente. Es divertido.

Griff le besó en un ojo.

Dante le dejaba hacer. Sentía las pestañas suaves contra los labios de Griff. Entonces levantó las cejas.

—Ah, sí. Estaba a punto de destrozar mi vida. Estaba enamorado de mi mejor amigo. Loco, cachondo, imposible.

Griff le besó el otro ojo. Pestañas, labios.

—Pero descubría que él también estaba enamorado. De mí. Y

él me salvaba, salvaba cada milímetro de mí. Como si me sacara de un edificio en l amas.

—¿Estás seguro de que te acuerdas de todo eso? —Griff frotó su mentón con el de su amigo, lentamente. Picaba. Lamió el cuel o de Dante y le dio un mordisco suave.

—¡Ah! Y él estaba de acuerdo en venirse a vivir conmigo. Y me regalaba una fotografía sexy, solo para mí. Y construíamos esta casa rara que era nuestra.

—¿Y una familia? —La voz de Griff sonó áspera mientras respiraba el aroma de Dante, l enando sus pulmones y suspirando con satisfacción—. Me gusta ese sueño.

Dante sonreía totalmente despierto. Fingía estar recordando, entrecerrando los ojos.

—Eso es. Entonces l egaba nuestra familia y cenábamos. —

Abrió sus ojos negros y verdes, sonriendo en el mínimo espacio que separaba sus narices.

Griff agarró esas nalgas redondas y pegó sus caderas a las de Dante; le dio un mordisco en el lóbulo y le metió la lengua dentro.

—Mm-hmm. No creo que haya sido un sueño, señor.

—¡Gracias a Dios! Entonces no tenemos que levantarnos. —

Volvió a hundir su cara en el pecho de Griff y le apretó fuerte en las costil as, acurrucándose cada vez más.

Los dos se reían, tranquilamente, juntos en el sofá dónde habían… por primera vez.

Sin mediar aviso, Griff soltó un rugido y se levantó. Sus ojos grises bril aban.

—¡Eh! —Dante se resbaló de él, protestando—. ¿Dónde está el fuego?

—Justo aquí. —Griff dobló las rodil as y pasó sus brazos por debajo de Dante.

Dante se retorció de las cosquil as.

—¡Dios! Uf… ¿Señor Muir? ¿Va a l evarme usted arriba para atacarme?

—Me temo que sí, señor Anastagio. —Levantó a Dante y se lo echó sobre el hombro como si fuera un peso muerto encaminándose hacia las escaleras.

—¡Vamos! Bájame. ¡Venga, G! ¡Estoy despierto, puedo andar!

—No quiero que te pongas a andar en mitad de un sueño. —

Griff se echó a reír y le pegó una nalgada, subiendo los peldaños

rápidamente pero con cuidado.

—¡Esto sí que es romántico! ¡Ayuda! —Le dio un mordisco en el culo a Griff y gritó riéndose a carcajadas. Las escaleras crujieron bajo el peso de los dos.

Entonces l egaron a su dormitorio color bronce. Fuera la ciudad estaba tranquila; una luna azucarada dominaba las cal es de Brooklyn.

—Señor, soy un rescatador profesional cualificado. —Griff se inclinó para bajar a Dante de su hombro posándolo en su cama enorme.

Dante cayó de espaldas y se sopló el pelo de su cara sonriente. Empezó a sentarse contra las almohadas.

—Parecía que estaba inconsciente y que tenía dificultades para mantenerse en pie. —Griff luchó con él hasta tumbarle.

—Me gustaría comprobar sus constantes vitales… —Le quitó los pantalones bruscamente y levantó su camiseta, chupándole desde la cadera hasta el ombligo y después el pezón, el cuel o y la boca. Sujetó a Dante debajo de él, sonrisa con sonrisa—. Porque tal vez tenga que hacerte un RCP.

Sus bocas estaban muy juntas, y Griff se quitó los zapatos y la ropa de fiesta en un tiempo récord, para que sus pieles se quedaran pegadas, como tenía que ser.

¡Ay!

En cuanto se deslizaron juntos, los dos gimieron por su calor, el deseo que lamía sus huesos, el encaje perfecto de sus cuerpos según forcejeaban juguetones.

—No debe intentar resistirse, señor Anastagio.

Terminaste Cabeza caliente

Damon Suede

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