Cabeza caliente
Capítulo II
para decir sí. Sabía que Dante quería ayudarle, pero negó con la cabeza. No.
Dante tiró de Griff hacia abajo. Sus labios casi rozaban la oreja de Griff y susurró,
—Dame... —Griff se estremeció y asintió con la cabeza antes incluso de que hablara su mejor amigo. Estaba sudando y el semen que tenía pegado a las ingles volvía a estar pegajoso— ¿Puedes darme un segundo? Te veo a la salida. —Una disculpa resonó en las palabras de Dante.
Griff volvió a asentir y continuó dirigiéndose hacia la puerta, deslizándose a través de la multitud bul iciosa.
Cuando l egó la abrió, pero no salió afuera sino que se detuvo justo en el umbral de aquel sitio donde no quería estar. La fiesta continuaba en plena ebul ición.
No vio la suave mano color oliva de Dante quitándole de encima a todos los pesados para que pudieran escapar. No vio la fuerte espalda de Dante ni sus robustas piernas abriéndose paso entre el gentío y dirigiéndose hacia él como si l evara un machete en alto. No vio cómo la cuadrada mandíbula de Dante y su pelo negro captaban la luz cuando l egó a la entrada sonriendo con alivio y le guiñó un ojo.
No vio nada de eso.
CAPÍTULO II
Siempre habían sido amigos.
No, eso era mentira.
Griff conocía a Dante desde secundaria, pero fue a través de Paulie como se hicieron amigos. Paulie era el hermano mayor de Dante, y como Griff, Paulie era uno de los mejores jugadores del equipo local de fútbol. De hecho, Paulie y Griff habían jugado juntos todo el año de cadetes y un mes en juveniles antes de que Dante fuera algo más que el hermano gilipol as de su amigo, algo que ahora parecía una locura.
¿Y qué no parecía ahora una locura?
Paulie Anastagio era uno de los seis hijos de una familia italiana de chalados que vivían en una casa de Cobble Hil , que compró el abuelo del señor Anastagio antes de la crisis. La casa estaba en la veta situada entre la mierda que era Brooklyn y donde Brooklyn acumulaba su mierda. Griff vivía con su padre a dos manzanas de el os en el mismo distrito de mierda.
Griff y Paulie se habían conocido en un campamento de béisbol al final de un verano y habían pasado juntos todo el año siguiente gracias al fútbol. Nada demasiado duro: alguna cita doble de parejas, algún porro compartido, alguna escapada chunga a Jersey en el coche de alguna novia.
El padre de Griff pensaba que el fútbol era una pérdida de tiempo y que el colegio solo era una oportunidad para hacerse una paja por cuenta de la ciudad. ¿Para qué servía el colegio si sabías que ibas a terminar siendo policía o bombero? Hasta que conoció a Paulie, Griff estaba más o menos de acuerdo. Había probado esa teoría de sobra en el instituto, al fondo de la clase.
Paulie era uno de esos chicos que era exactamente lo que parecía ser en todo momento: honesto, simple y directo. Era así por
naturaleza. Rozando el metro ochenta y los 100 kilos, Paulie era un tren de carga dentro y fuera del campo.
En el primer partido de fútbol, Griff había escuchado cómo todo el clan de los Anastagio gritaba animando a su amigo. ¡Venga Skyhawks! Esta gran famiglia de morenos que gritaban y aplaudían en las gradas; ojos negros y sentido del humor negro.
Los hermanos Anastagio se daban puñetazos y se metían los unos con los otros hasta que la señora Anastagio repartía una bofetada a alguno de el os.
Cuando los Skyhawks ganaron, mientras el equipo se daba palmaditas en los hombros y el público gritaba, Griff se sintió tan celoso de su amigo y de su familia que apenas podía mirar a Paulie a los ojos.
Pero no importaba. Después de ducharse y cambiarse, Paulie le agarró del cuel o y Griff terminó metido a presión en la parte de atrás de un Lincoln con Loretta Anastagio encima de sus piernas, riendo todo el trayecto que recorrieron para ir a comprar pizzas y Coca-Cola. Hacia el final de la noche, era como si toda la familia le hubiera digerido, como una ameba bul iciosa y feliz… y eso era todo.
Casi enseguida, Griff comía siempre en casa de los Anastagio, ayudaba al señor A. con las alcantaril as, compartiendo coche con los hermanos para ir a fiestas o a la playa, y comiendo la comida de esa nevera repleta hasta los topes. Al final ya no necesitaba tener una familia imaginaria como siempre había querido: ésta le había secuestrado.
Al padre de Griff no parecía importarle gran cosa. Como jefe de bomberos, salía a investigar a cualquier hora y dejaba bastantes
veces que Griff se alimentara a base de sándwiches de mortadela y sobres de Tang. La madre de Griff había fal ecido cuando él tenía nueve años, así que los hombres Muir tuvieron que arreglárselas como pudieron.
Los Anastagio organizaban fiestas de cumpleaños para él. El verano anterior, antes de empezar el instituto, le l evaron durante una semana al Lago George para celebrar lo que el os l amaban la Excursión anual de la no-pesca. Y cuando Griff se rompió el brazo jugando al baloncesto una noche, fue la señora Anastagio la que le l evó al hospital. Él y Paulie cuidaban de los más pequeños y soportaban sus tonterías. Griff aprendió a ser un hombre del señor A., y no de su propio padre.
En todas las fotos del último año del instituto Griff aparece sonriente con su espesa mata de pelo rojo, los hombros como un armario, de pie, enorme, pálido y tímido, rodeado de hermanos sicilianos semiadoptados de oscuros rasgos y grandes carcajadas.
Cada una de las fotos era como en Barrio Sésamo: una de estas cosas es diferente a las demás.
Justo antes de la graduación, Paulie dejó embarazada a Verónica Núñez. La feliz pareja (más el pequeño polizón) se casaron en junio y se mudaron a Staten Island en el mes de agosto. En lugar de hacer las pruebas de bomberos como había planeado, Paulie empezó a trabajar de contratista.
Como si hubiera sido de mutuo acuerdo, el siguiente hermano subió un nivel y se convirtió en el hermano mayor junto con Griff: era Dante, el más loco de todos los Anastagio y que además estaba orgul oso de serlo. Problemas y más problemas, eso era Dante. Más alto y más delgado, y más gal o que Paulie.
Griff al principio le odiaba. No odiar, odiar. Pero una noche le pegó a Dante un puñetazo en la mandíbula cuando l egó todo chulo a un club de striptease al que había ido con un par de chicos. Dante estuvo molestando a una de las bailarinas, una chica que habían conocido en el colegio, y no la dejaba en paz. Griff le golpeó, Dante cayó al suelo, y mientras se tambaleaba con esa sonrisa de pirata y con sangre en su labio, plantó un gran y húmedo beso en la mejil a de Griff.
—Está bien, tío. Está bien.
Y clic. Ya eran muy buenos amigos. Tan fácil como encender una lámpara. Descubrieron que los dos tenían planeado hacer las pruebas para ser bomberos, algo casi inevitable. Trabajaban juntos, se iban juntos de fiesta, se ligaban juntos a las chicas, vomitaban juntos. Como hermanos.
Aprobaron el examen, Griff a la primera y Dante a la tercera.
Hicieron las prácticas en Randal Island a la vez. Después, Dante se trasladó a Queens, cedido a un parque de bomberos miserable que siempre estaba a punto de cerrar por recortes presupuestarios. Griff tuvo más suerte, probablemente gracias a su padre, y consiguió un puesto en el Camión 333/Escala 181 en Red Hook. Los «Hot Hookers» («Putas calientes») se l amaban a sí mismos; y sí, lo eran.
Hasta que Griff se casó, él y Dante siguieron saliendo los fines de semana: bebían, iban como motos, hasta compartieron un par de chicas. Dante siempre estaba haciendo malabarismos con tres o cuatro, o más mujeres.
Un montón de los chicos del parque de bomberos lo hacían.
Todo el mundo sabía que los bomberos jóvenes no podían tenerla guardada en los pantalones. Era por el trabajo: guardias de
veinticuatro horas, ejercicio constante, testosterona, esperar en el parque cocinando y sacudiendo la sardina, y lavar el camión. Las chicas se daban cuenta de el o y siempre estaban dispuestas a mostrarles su gratitud. Y el horario hacía que fuera fácil buscar excusas rápidas. «Lo siento, nena, tenía que hacer una sustitución».
Sí, seguro: una sustitución para un colega, en una cama de agua redonda, en un hotel para el sexo en Jersey. «Estaré en casa el martes, cariño».
Todos los bomberos lo hacían, pero lo de Dante era legendario: comer, fol ar, divertirse… en cualquier orden, cualquier combinación. Cuando l evaba dos años en el cuerpo, Dante tenía una prometida que se l amaba Shel y, una novia l amada Maxine, y un par de amigas a las que se beneficiaba en caso de emergencia eréctil. Y de algún modo, jugaba con todas el as con mucho arte, reemplazándolas cuando el as se aburrían del tema. A veces casi parecía que a las chicas no les importaba compartirlo, siempre y cuando él continuara fingiendo que cada una de el as era la única mientras fol aban. Fuera lo que fuera lo que Dante les hacía a estas chicas, el as nunca se cansaban de el o.
Griff siempre pensó que sería el padrino de boda de Dante, pero los amores de su amigo nunca duraban lo suficiente como para l egar a poner a alguien un anil o en la mano. Shel y dejó paso a Lauren… después vino Bethany… más tarde, Krysta. Las novias salían por la escotil a, pero la boda no l egaba jamás.
Aunque su novia odiara a ese «arrogante cabrón», Dante fue el padrino en la boda de Griff con Leslie Kiernan. El padrino se pasó la boda entera practicando el sexo oral con la dama de honor en el
aparcamiento, y más concretamente, en el jeep de su novio. Los chicos son juguetes.
Dante salía impune de todo. Y de alguna manera todas le querían incluso después de romper con él. En parte, l evaba a cabo fantasías para todos sus amigotes. Los incendios y las mujeres se apagaban como por arte de magia en manos de Dante. Así era él.
Y entonces l egó el 11-S y cayeron las Torres.
—Se ha transmitido un 10-60 para el World Trade Center, 10-60 para el World Trade Center.
Tan pronto como se produjeron los impactos de los aviones, todos los efectivos de bomberos de Nueva York salieron hacia las Torres Gemelas. Los camiones l egaban en avalancha al bajo Manhattan, abriéndose paso entre la locura de las cal es. Había humo por todas partes. Caía la ceniza. La gente saltaba a través de las ventanas. Una carnicería. Cal es envueltas con trizas de papeles, trozos de carne. Gente que vagaba aturdida, todos cubiertos de polvo, tropezándose a cada paso en una espesa ventisca gris. Ejércitos de esclavos asalariados que arrastraban los pies tratando de regresar a casa, de encontrar un teléfono, de salir de la puta isla antes de que se hundiera.
Para poder contar con los ocho coches de bomberos y los cinco camiones que se necesitaban para una emergencia seria, se había l amado a las unidades de Brooklyn y Queens. El coche de Griff había sido uno de los primeros en l egar al lugar de los hechos porque su parque se encontraba justo al lado del río. Incluso después de que se estrel ara el segundo avión, las patrul as estaban dándolo todo intentando sacar a la gente con el máximo cuidado, tratando de aguantar la situación. Veinticinco coches de bomberos,
dieciséis camiones, probablemente seis batal ones. Nadie esperaba que las Torres se vinieran abajo realmente; un montón de chicos habían entrado a todo correr dentro tratando de sacar civiles de al í.
Entonces, ¡mierda puta! , la Torre 2 se derrumbó y entonces todo fue peor que cualquier cosa que ninguno de el os hubiera visto antes.
Griff estaba en la cal e, metiendo la manguera en el número 90
de Church Street, cuando oyó un estruendo y un extraño rugido. A continuación esta nube negra invadió las cal es, persiguiéndoles.
Escombros y papeles se agitaban a su alrededor. Intentó correr para dejar atrás la oscuridad, pero esta le alcanzó lanzándole a través de un escaparate de cristal, por lo que tuvo que arrastrarse hasta el camión a ciegas en medio de la ardiente niebla. Visibilidad cero en una mañana soleada.
La Gran Manzana enloqueció.
Ya no había órdenes. Cientos de hombres desaparecidos. Griff ayudaba a buscar y recuperar a gente con su dotación en el metro de Cortlandt Street, cuando escuchó el nombre de Dante en la radio, en una l amada de emergencia desde el emplazamiento de la Torre Norte antes de que esta también cayera.
Sin pensarlo, Griff l amó a los Anastagio, o lo intentó; dos horas después de los impactos todavía no había servicio de telefonía móvil y las líneas telefónicas estaban colapsadas con personas que querían respuestas y gente que l amaba a su familia para decir adiós desde dentro de las ruinas. Ningún recuento aun de las víctimas mortales y de los heridos. Y, ¿para qué? Intentó l amar a su mujer, lo mismo. Estaban en una especie de pompa ahí abajo.
Dante podría haber estado en cualquier sitio. Al parecer, dentro todavía se escuchaba a las víctimas atrapadas entre los escombros suplicando ayuda. Las cadenas de noticias lo calificaban como la Tercera Guerra Mundial. Nadie sabía aún nada. El recuento de los cuerpos podría ascender hasta los 20.000; toda la ciudad escarbaba tratando de obtener una respuesta directa.
Griff simplemente dejó que sus pies se movieran solos y trató de salvar a unas cuantas personas, limpiando con colirio sus ojos l enos de hol ín una y otra vez para poder seguir buscando. Oyó que habían caído otros aviones en Washington, pero que no se sabía bien y que los datos escaseaban. Algún monstruo había hecho un agujero en Nueva York, y esperaba desaguar por él a la ciudad en el río. Aquí estaba él tratando de encontrar una persona en el meol o del asunto, sintiéndose tan ciego y tan sordo, y tan inútil como cualquier otro. Un puto héroe.
Griff se acercó todo lo que pudo al agujero para mantenerse alerta. El World Trade Center 7 se derrumbó al caer la noche.
Rezando por volver a escuchar el nombre de Dante de los labios de alguien que estuviera ahí abajo, trabajó con las patrul as toda la noche como un zombi, con la cara gris bajo las cenizas. Todo el mundo se ahogaba por el olor de antorchas de acetileno y cosas peores. Él buscaba a su mejor amigo y de paso ayudaba a unas pocas almas perdidas. Miles de personas buscando familiares y compañeros de trabajo que habían desaparecido literalmente esfumándose en el aire.
Griff sacó a gente atrapada en sus coches y trasladó a otros a las ambulancias. Rescató a un Labrador con una pata rota que se moría de hambre, que estaba atrapado en una charcutería lamiendo
leche del suelo. Encontró una pasante embarazada que arrastraba los pies descalzos en el hormigón l eno de polvo, sin zapatos y con ojos perdidos; le señaló hacia el Puente para que pudiera ir andando a casa con sus hijos.
Nadie había visto a Dante desde la l amada de la segunda torre, pero Griff seguía preguntando y buscando, y tratando de escuchar ese nombre, día y noche. Treinta y siete horas seguidas sin dormir. Griff se rajó la mano cuando intentaba levantar un buzón que estaba encima de un cadáver que l evaba un traje de 1.600
dólares. Ni siquiera se dio cuenta de que estaba sangrando hasta que uno de los paramédicos se puso delante de él y empezó a gritarle.
En shock. Estaba en estado de shock.
Le metieron en una ambulancia y le l evaron a una de las tiendas de campaña de emergencia que habían florecido como por arte de magia en la Zona Cero. La gente gemía y l oraba, y se ahogaba en el polvo. No podía sentir nada. Un médico residente le cosió la mano y le dijo que se fuera a casa; sin embargo, él siguió buscando a Dante en el Infierno.
Le l evó cinco horas y casi toda su cordura encontrarlo.
—¿Son ustedes familia?— La enfermera de la Reserva observó su pálida piel y su pelo bril ante. Sus ojos hicieron un rápido escáner. Dio la vuelta a una página l ena de garabatos.
Iban caminando por los amplios pasil os del hospital Bel evue que resonaban con eco y donde parecía que había acres de pacientes en camil as, que gemían como si alguien hubiera levantado una roca y la luz dolorosa les hubiera dado de l eno a un montón de gusanos. Grupos de familias que l oraban desconsoladas
y que pensaban que el fin del mundo podría l egar en cualquier momento, desesperados solo por despedirse y decir «te quiero».
—Hermanos. —Griff sabía que parecía un loco. La mano herida le escocía.
El a dio unas palmaditas en sus notas.
—Estaba atrapado en el hueco de la escalera, pero consiguió salir a tiempo l evándose consigo a un compañero por un respiradero. Una locura, vamos.
—No se hace usted idea.
Giraron la esquina y de repente todo parecía estar en orden.
Dante estaba tumbado de costado, encogido, con su pelo negro l eno de polvo. La mitad superior de su rostro estaba lívida, l ena de moratones y pequeños cortes. El personal médico le había cortado la ropa y la bata de hospital estaba enroscada sobre su cadera cubierta de hol ín. Los ojos y las manos de Dante se movían nerviosamente. Estaba soñando. Sus labios curvados parecían demasiado rojos y demasiado oscuros, como un tatuaje en la boca.
Tosió en sueños y de alguna manera fue como si la voz de Dante tosiera por toda la sala.
Griff la habría reconocido en cualquier sitio y casi se mea en los pantalones del alivio, conteniendo el aliento mientras se acercaba a su amigo.
Pi-pi-pi. El busca de la enfermera sonó y enseguida regresó al mar de camil as que se quejaban en el enorme vestíbulo; ni siquiera volvió a mirar a Griff, y él tampoco se habría dado cuenta si lo hubiera hecho. Las fuertes piernas de Griff de repente le fal aron y cayó al suelo de rodil as junto a la cama.
Gracias, Dios mío. Gracias, Dios mío.
Deseaba que Dante emitiera otro sonido, cualquier sonido. Se inclinó sobre aquel a cara cansada solo para escuchar cómo respiraba, la música exacta de la respiración de Dante.
Arrodil ándose tan cerca de él porque quería colocar su oreja l ena de polvo sobre el pecho de su amigo para escuchar el milagroso pum-pum del corazón de Dante que le decía que seguía vivo.
Gilipol as. Tenías que ser un puto héroe…
Los embotados dedos de Griff buscaron torpemente la muñeca de Dante y asieron su áspera mano. De repente supo que Nueva York se recuperaría. Sobrevivirían. Dante se movió un poco y emitió uno de esos gruñidos tan agradables con la parte de atrás de su garganta. Como si alguien le hubiera hecho una broma en sueños y fuera a empezar a reírse.
El intenso pelo rojo de Griff estaba en punta y su corazón de pronto era demasiado grande y estaba demasiado caliente para poder contenerlo en el pecho. Latía desenfrenadamente contra su caja torácica.
Algo húmedo cayó sobre sus nudil os enlazados haciendo que la ceniza y la arenil a gotearan y Griff se dio cuenta de que estaba l orando y de que no podía dejar de hacerlo. Le sentaba tan bien dejar que las lágrimas afloraran libres y limpias… el ácido abandonaba su cabeza para que ya no le quemara más. Su boca abierta l oraba porque se había abierto un agujero dentro de él.
Tomaba grandes bocanadas de aire limpio. Su rodil a derecha temblaba. No podía ponerse en pie.
Levantó la otra mano para acariciar el enmarañado pelo mugriento de Dante para poder verle y después se quedó inmóvil, porque a saber qué heridas podría tener. Era incapaz de moverse.
Su pálida mano cosida rozó la frente olivácea de Dante, por encima de las negras pestañas, y suavemente por la mejil a.
Griff miró cómo su mano rota se retiraba lentamente, como si perteneciera a un extraño. ¿Le dejarían quedarse? Estaba en estado de shock, ¿no? Tenía derecho a estar en el hospital. Si los médicos querían que se marchara, podían irse a tomar por el culo.
Se puso tenso como un perro asilvestrado que estuviera guardando sus cachorros.
Dante volvió a apretar los dedos sin darse cuenta, como en un sueño.
El alivio fue tan fuerte que le hizo jadear.
La nariz le goteaba, y Griff utilizó su mano libre para pescar el móvil y l amar a los Anastagio para que pudieran l orar y gritar y pasarse el teléfono los unos a los otros aliviados; entonces recordó que no había señal, que solo estaban el os, solos pero juntos, y que no podía ponerse en contacto con nadie en ninguna parte. Así que se puso a hablar con Dios.
Las pesadil as comenzaron una semana más tarde.
Griff no era el único. Les ocurrió a un montón de el os después de lo del World Trade. Los chicos que habían escapado. Los hombres que habían visto a sus amigos, a sus familias, quemados y destrozados junto a el os en la Zona Cero. Los bomberos de Nueva York siguen siendo un cuerpo que se vanagloria de ser hereditario, por lo que muchos hermanos habían muerto juntos, padres con yernos, tíos y primos.
El Agujero había hecho pedazos a montones de gente.
Estaciones enteras se vieron incapacitadas, cientos de corazones rotos en cada manzana. La mitad de los camiones funcionaban a
base de antidepresivos y fármacos contra la ansiedad. De repente había 343 vacantes y todos los días se retiraba alguien del servicio.
Todos el os se habían asomado al abismo y parecía lícito mirar hacia atrás, como en un escaparate de perdición.
La realidad estaba matando a los bomberos de Nueva York que habían sobrevivido a la catástrofe, pero la fantasía del bombero se había prendido en todo el país. Eran los héroes relucientes del momento. Las estrel as de cine y los cantantes de rap l evaban cosas de bomberos puestas. Las esposas de los bomberos se separaban, y a quién le importaba, porque de repente todas las mujeres del área de los tres estados querían comerles la pol a para darles las gracias. Estos locos encantadores habían caminado por el infierno con un abrigo de gasolina.
Dante se recuperó muy rápido, sin cicatrices y con pocos recuerdos firmes de aquel a semana, por no hablar de ese día. Pero algo pequeño había cambiado en él. Seguía siendo un bala perdida, pero se mantenía más alejado de las multitudes y cada vez más aferrado a sus amigos y a la familia; ese año solicitó el traslado al camión de Griff en Red Hook, dijo que por estar más cerca de casa.
Dio la entrega del pago inicial de una casa vieja que estaba a menos de un kilómetro de su gente.
La mujer de Griff, Leslie, se largó a los siete meses, y ¿quién podía culparle? El a jamás había entendido su amor al trabajo.
Ahora Griff no podía quedarse quieto más de diez minutos; no habían dormido juntos desde los ataques. Noche de bodas de los Muertos Vivientes. Él se mostró de acuerdo en firmar un divorcio amistoso y el a regresó a casa de sus padres en Yonkers.
Griff no podía sentir nada, por no hablar de lo triste que estaba.
Trató de echarla de menos, pero estaba orgul oso de el a porque había salvado su propia vida. Tantos de los chicos se habían divorciado, que era algo prácticamente previsible. Incluso se decía a sí mismo que no era para tanto. Volvía a estar soltero. Sí. Aunque sabía que era un error, se trasladó de nuevo a su solitaria habitación del sótano en casa de su padre y comenzó a trabajar de gorila en el Stone Bone para poder pagar el alquiler.
Como Dante, Griff también había cambiado aunque no podría decir en qué. Casi no dormía, ni siquiera con pastil as y bourbon. Y
empezó a temer por la seguridad de los Anastagio, especialmente por la de Dante. Se iba hasta su casa en coche muchas veces a las tres de la mañana, solo para comprobar que todo iba bien. A veces se quedaba a dormir en el coche delante de la casa y se marchaba cuando salía el sol, vigilando y volviendo a vigilar para asegurarse de que no habían desaparecido. De que no habían planeado desaparecer. De que todo el mundo seguía ahí.
Cuando visitaba a alguno de los Anastagio, decía que iba al baño y aprovechaba para comprobar las ventanas y las cerraduras, los fusibles y las alarmas contra incendios. Era como tener arena en las sábanas, el miedo persistente a que podría pasar por alto un detal e y su familia adoptiva podría morir dejándole encerrado en el sótano de la casa vacía de su padre.
Griff sabía que se le estaba yendo la pinza, pero no parecía pensar que valiera la pena preocuparse por su estado mental.
No podía pasarle nada a Dante.
Irascible, un tío raro, con muy mal genio, un irresponsable, Dante Anastagio se convirtió en la roca en la que se apoyaban todas
las estaciones de bomberos de Brooklyn. Quizás era por los años en los que había vivido como un lobo solitario, pero nada perturbaba a Dante: vómitos, lágrimas, alucinaciones... nada. Empezó a arreglar esa casa unifamiliar enorme y cutre de Cobble Hil cerca de sus amigos y, algo típico en Dante, decidió abrir las puertas a la gente que lo había pasado mal en la vida. Prestó dinero que no tenía. Dio barbacoas y putas y de todo a todo el mundo que conocía y a un montón de gente que no conocía, pero nadie era tan agradecido como Griff.
Dante le salvó.
—¡Eh, Goliat! ¿Te pasa algo? —La cara de Dante se ponía encima de la suya en cualquier bar de policías de Staten Island. Griff negaría con la cabeza y se lo quitaría de encima, recordando que Dante estaba al í oliendo a whisky a su lado y que no tenía a nadie por quien lamentarse. Todavía.
—Coño, come algo atontado. —Dante hacía kilos de pol o al parmesano para todo el parque de bomberos, ponía un plato entero frente a Griff y no se movía hasta que este se metía un buen bocado a la boca. Dante contaba chistes y le daba palmaditas en la espalda mientras Griff comía como un robot.
—Toda tuya, tío. El a quiere una rebanada de Gorila de vainil a.
— Dante consiguió que se lo hiciera con una camarera regordeta en el aniversario de bodas de Paulie cuando lo único que hacía Griff era ir a funerales y a ceremonias de recuerdo y a la misa del gal o para poder l orar en público y no sentirse como un puto cobarde.
Dante aparecía en la iglesia con un traje sin ropa interior, daba a Griff un golpecito en las costil as y señalaba a las tías buenas que sobresalían en medio de las cenizas de su vida de mierda.
Fue a mejor. Dante continuó obligándole a enfrentarse a la vida normal hasta que la vida volvió a ser normal, y él le estaba agradecido hasta l egar al punto de la obsesión.
Había conseguido acorralar a Griff. Aún no podría decir exactamente cuándo había ocurrido, solo cuándo se había dado cuenta. Dante era el mejor amigo que había tenido en toda su vida.
Se habían criado juntos, sí. Y eran de la familia, claro. Pero Dante se había convertido en su eje, en un órgano vital necesario para su supervivencia. Podían pasar días enteros sin verse, pero dos horas con Dante bastaban para hacerle sentir que era un ser humano.
El mundo era ese estéril vertedero radiactivo en el que tenía que sobrevivir entre las idas y venidas de Dante. Aunque fueran dos tíos, la idea de perderle era como la de una amputación en la que se utilizara un tenedor y sin anestesia.
Griff tenía ataques de pánico. Imaginaba atracos y naufragios y enfermedades que podría sufrir Dante, aunque no fuera verdad.
Fantaseaba con venganzas y rescates, y con curas que nunca tenían lugar. Sabía que era raro. Y en cierta forma, Dante intuía su pánico y jamás decía nada. Lo sabía y se quedaba a su lado y Griff se sentía agradecido. Agradecido como un chaval al que acabaran de sacar de una escuela en l amas.
Desaparecieron el humo y el olor, y la Gran Manzana volvió a ser lo que había sido. A modo de agradecimiento el cabrón del alcalde decidió cerrar un montón de estaciones de bomberos y jubilar a los veteranos para equilibrar su presupuesto de mierda.
Pero poco a poco, los hombres del cuerpo de bomberos de Nueva York volvieron a resurgir de sus cenizas.