Canina

Rachel Yoder · Capítulo 1 de 5 · parte 1/4

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Canina

Canina

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Rachel Yoder

Canina

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Título original: Nightbitch

Rachel Yoder, 2021

Traducción: Laura Ibáñez, 2022

Diseño de cubierta: Emily Mahon

Revisión: 1.0

24/01/2023

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Para mi madre

y para todas las madres.

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1

Cuando se refirió a sí misma como Perra de noche, lo dijo como una bromita simpática y faltona —porque ella era así, una mujer que se tomaba las cosas con filosofía y sabía reírse de sí misma, en absoluto estirada; tensa ella, de qué, no había desquiciamiento posible que le hiciera encajar mal una situación jocosa que de ninguna de las maneras pretendía ser insultante

—, pero en los días posteriores a su nuevo bautismo, descubrió la mata de pelo rasposo que le asomaba por la nuca y flipó en colores.

Creo que me estoy volviendo medio perra, le dijo a su marido cuando este llegó a casa después de pasar una semana fuera por trabajo. Él se rio y ella no.

Había tenido la esperanza de que no se fuera a reír. Esa semana, cuando tumbada en la cama se preguntaba si se estaba volviendo medio perra, había deseado que, al decirle esas palabras a su marido, él, desconcertado, le pidiera que se explicara. Que se tomara sus preocupaciones en serio. Pero fue abrir la boca y ver que era imposible.

Oye, que te lo digo en serio, insistió ella. Me han salido unos pelos rarísimos aquí atrás.

Se apartó el pelo normal para enseñarle la mata negra. Él le restregó los dedos contra la nuca y le contestó: Huy, sí, estás hecha una perrángana.

Y no le faltaba razón, estaba más hirsuta que de costumbre. La melena desmadejada, en movimiento alrededor de la cabeza y los hombros, parecía un hervidero de avispas. Las cejas le orugueaban por la frente, crecidas y sin domeñar. Incluso había descubierto que le salían dos pelos negros y

ondulados de la barbilla y que, según cómo le daba la luz (bueno, le diera como le diera, a decir verdad) se le adivinaba el sombrajo del bigote creciéndole pese a haberse hecho la láser. ¿Había tenido siempre esa pelambrera en los brazos? ¿Y ahí, bajándole por el borde de la mandíbula, desde el nacimiento del pelo? ¿Era normal tener esos pegotes de pelo en los empeines?

Pero es que mírame los dientes, dijo, enseñándoselos y señalándose los colmillos. Estaba segura de que le habían crecido, y de que se le habían afilado convirtiéndose en fieros estiletes capaces de rajar un dedo con solo tocarlo. Ella misma casi acaba rebanándose el suyo durante su exploración nocturna de rigor en el baño. Cada noche, con su marido ausente y su hijo ya en pijama, entretenido con sus trenes, ella se plantaba ante el espejo y se apartaba los labios de los dientes, giraba la cabeza de lado a lado, la echaba hacia atrás para mirárselos desde ese ángulo ascendente, buscaba en Internet con el móvil imágenes de colmillos que pudiera comparar con los suyos, se daba toquecitos en los dientes con las uñas, se decía que estaba siendo una exagerada y luego buscaba «humanos con dientes de perro» en el móvil, buscaba «tienen los humanos y los perros un antepasado común», buscaba «híbrido humano y animal» y «genes recesivos animales en humanos» y «buscar herencia genética humana y animal», buscaba

«licántropos», buscaba «licántropos históricos auténticos», buscaba (un poco al tuntún) «brujas», buscaba (esto ya más relacionado con el tema)

«histeria en el siglo XIX» y luego, porque le daba por ahí, buscaba «curas de descanso» y « El papel pintado amarillo», y volvía a leer El papel pintado amarillo, obra que leyó por primera vez en la universidad, y después se quedaba sentada en el váter un buen rato con la mirada perdida y ya no buscaba nada más.

Tócamelo, le insistió, señalándose el colmillo. Su marido alargó el brazo y le dio un toquecito a la punta del colmillo con el dedo índice.

¡Ay!, dijo apartando la mano y apretándosela contra el pecho. Estoy de coña, dijo enseñando un dedo intacto y meneándoselo delante de la cara.

Yo te veo el diente igual que siempre. Todo el rato andas pensando que te pasa algo, dijo tan feliz.

Su marido era ingeniero. Se especializaba en control de calidad. En qué

consistía exactamente eso, la madre no lo sabía. ¿En ir de un lado a otro y echarles un ojo a unas máquinas para asegurarse de que funcionaban con la máxima eficacia? ¿En ajustar sistemas para que zumbaran a frecuencias más altas? ¿En leer informes de rendimiento y sugerir mejoras? Pues vale, pues muy bien.

Lo que sí sabía era que a él los sentimientos se la traían al pairo, que tenía una paciencia condescendiente con la intuición y que se burlaba descaradamente de cualquier cosa que se dijera que no contara con el aval de estadísticas o estudios científicos revisados por pares. Aun así era un buen hombre; un hombre atento y agradable al que apreciaba mucho, pese a todo. Al fin y al cabo, ella pecaba de indecisa, y daba marcha atrás en cosas que antes había sentido de una manera y luego ya no. Era propensa a la ansiedad, a la preocupación, a tener la sensación en el pecho de que el corazón iba a estallarle. Iba a tope. Lanzada. Necesitaba estar ocupada porque de lo contrario solo quería acostarse y dormir. Su marido, por otra parte, no necesitaba nada en absoluto.

No era de extrañar, pues, que se plegaran a su buen juicio, a su juiciosa opinión, a su ecuanimidad de ingeniero. Pues claro que no le pasaba nada raro. Se lo dijo para sus adentros mientras estaban tumbados en la cama, con el nene entre los dos, hincándole los dedos de los pies en la pantorrilla mientras dormía.

Me parece que me voy a ir a dormir al cuarto de invitados, le susurró a su marido.

¿Por?, le preguntó él en otro susurro.

Porque me pongo muy rabiosa. De noche, le dijo ella. Él no respondió.

Me vendría muy bien dormir unas cuantas horas seguidas, añadió.

Vale, dijo él.

Salió de la cama sin hacer ruido, bajó a tientas por las escaleras y se arrebujó con las sábanas limpias de la cama de invitados. Se frotó la mata de pelo rasposo del cogote para calmarse y después se pasó la lengua por los bordes afilados de los dientes. De este modo se sumió en un sueño profundo y no perturbado.

Un día, la madre era una madre, pero una noche, de repente fue otra cosa.

Sí, era junio y sí, su marido había estado fuera toda la semana. De hecho, había sido su vigesimosegunda ausencia semanal de aquel año, un año del que solo habían transcurrido veinticuatro semanas (tampoco es que llevara la cuenta).

Sí, esa semana el niño había tenido otitis y solo había dormido a rachas.

Sí, lo del sueño lo llevaba fatal. O directamente ni lo llevaba.

Sí, tenía un SPM fortísimo por primera vez en su vida, a los treinta y siete años.

Y fue entonces, un viernes cualquiera, en lo más profundo de la noche, cuando el niño se despertó allí, en la cama, entre su madre y su padre; pues ni dormía solo ni tenía la más mínima intención de hacerlo. Era la tercera o la cuarta vez que se agitaba esa noche. La madre ya había perdido la cuenta.

Al principio no hizo nada y esperó a que su marido se despertara; cosa que no hizo, porque no era algo que jamás hiciera. Esperó más que de costumbre; esperó y esperó, y el niño gimió y gimió mientras ella yacía quieta como un cadáver, aguardando paciente la llegada del día en que su cuerpo insepulto reviviera milagrosamente y se elevara al Reino de los Elegidos, donde crearía una impactante instalación artística formada por muchas camas de estética interesante. El cuerpo disfrutaría de un servicio de guardería infinito y podría pingonear, ir a inauguraciones y beber vino cadavérico con los demás muertos cuando quisiera, porque estaba en el cielo. Y punto.

Permaneció tumbada todo el rato que pudo sin hacer ruido ni moverse.

Los gritos de su hijo avivaron una llamarada de rabia que le centelleaba en el pecho.

Esa única luz candente en el centro de su propia oscuridad marcó el nacimiento de algo nuevo en ella, como les ocurre a todas las mujeres.

De niña, enciendes un fuego. Lo alimentas y vigilas. Lo proteges a toda costa. No permites que se propague ni prenda demasiado, porque eso no es propio de una chica. No se lo cuentas a nadie. Dejas que arda. Miras a los

ojos a otras chicas y ves chisporrotear sus fuegos; les dedicas un gesto cómplice, nunca hablas en voz alta de un ardor casi insoportable, de un incendio que cobra más y más fuerza.

Vigilas el fuego porque si no lo haces estás atrapada, muerta de frío, sola, y no te queda otra que abrigarte, ser práctica,1 aceptar que esto es lo que hay, acostumbrarte y ser comprensiva y sensata y estar de acuerdo y verlo desde otro punto de vista y verlo desde su punto de vista y verlo desde todos los puntos de vista posibles menos el tuyo propio.

Y nada más escuchar el grito del niño, ese tono y ese aguijoneo tan concretos, vio la llama detrás de sus ojos cerrados. Por un instante titiló en el aire invisible y luego, de repente, se alargó y se estrechó antes de quedarse inmóvil y precipitarse con un zumbido dentro de su pecho para acabar metiéndosele en el vientre e incendiándola entera.

Duuuuuur mEEEE teeeee, gorgoteó ella, ebria de sueño, despierta a medias. Intentaba decir algo («duérmete», quizás), pero las palabras retumbaron como un ondulante barrido de gruñidos y gañidos; unos sonidos que solo había oído mucho tiempo atrás, de niña, saliendo del husky de su abuela cuando suplicaba en la puerta que le dieran las sobras de la cena.

Nunca le había gustado ese perro; primero, por el azul glacial de sus ojos (los de un muerto viviente), y luego por sus gañidos, que eran casi humanos. Y ahora a ella se le acababa de escapar uno así de su propia boca.

Aquel sonido tan extraño, junto con el recuerdo del husky, la desveló más de lo que habría querido.

¡Para ya!, le dijo con brusquedad al crío. Su marido era una masa inerte contigua al niño, que no paraba de revolverse ni de patalear y cuyos gimoteos eran ya casi gritos.

Para. Para. ¡Qué pares ya! , le ladró, volviéndose para mirarlo.

¡El puto chupete!, le gruñó de mala manera a su marido antes de darles la espalda a los dos y taparse el oído con el dedo.

El niño lloraba y lloraba, y el marido pasaba y pasaba de todo. El fuego rugía inmenso, cada vez más grande y abrasador, amenazándola con devorarla entera, y fue entonces cuando se levantó dando un estruendoso alarido: apartó las sábanas de un manotazo, alargó el brazo buscando el interruptor, con las prisas tiró la lamparilla al suelo y la oyó hacerse añicos,

gruñó de rabia, rodeó dando tumbos la cama, encontró la otra lamparilla de noche y dio la luz. Su marido estaba sentado en la cama, abrazando al asustado niño, que ya tenía el chupete en su sitio.

Llevaba la melena larga y despeinada y, suspendidos en ella, colgaban pedacitos de hojas, un cacho de galletita salada o de pan y una pelusa blanca por identificar. Resoplaba por la boca. Unos manchurrones de sangre trazaban su recorrido alrededor de la cama y las minúsculas esquirlas de la base de la lámpara estaban ahora incrustadas en la delicada piel de sus pies, aunque la madre no lo notaba, o quizá le daba igual. Guiñó los ojos y aguzó el olfato. Regresó furtivamente a su lado de la cama, se envolvió con las sábanas y, sin ayudar, sin echar una mano, sin importarle nada lo más mínimo, se sumió sin tardanza en un pesadísimo y profundo sueño.

Por la mañana, hecha unos zorros, bebía café de pie en la mugrienta cocina, con una carga de sábanas ensangrentadas girando en la lavadora y los pies lavados y vendados. El niño jugaba con sus trenes en la sala de estar, lanzando gorgoritos, balbuceando y riéndose. Su marido, la alegría de la huerta, untaba mantequilla en una tostada ennegrecida.

Anoche fuiste un poco… Se quedó en silencio, pensativo, antes de seguir: perra.

Se rio por lo bajo para recalcar que no lo decía con malicia, sino como mera observación.

Perra de noche, dijo de corrido. Eso es lo que soy, Perra de noche.

Los dos se rieron entonces porque ¿qué otra cosa iban a hacer? Su rabia, su resentimiento, su frialdad en lo más oscuro de la noche la sorprendieron incluso a ella. Quería pensar que la noche anterior se había convertido en otra persona completamente distinta, pero sabía la horrible verdad: que Perra de noche siempre había estado ahí, y no demasiado lejos de la superficie.

Nadie podía haber previsto su llegada; durante años, antes de llegar a tal extremo, había sido la viva imagen de una madre: abnegada y doméstica, nada rezongona, nada refunfuñona; descansada pese a no pegar ojo en noches de descanso nulo, amamantando al bebé y acunando al bebé y haciéndole chis al bebé para que se callara mientras su cielo de maridito roncaba y dormía o (la mayoría de las veces) estaba ausente.

Porque trabajaba. Ganaba dinero. Se iba a sus viajes de trabajo,

«¡Adiós!» y «¡Te quiero!», y te lanzo besos con un gesto rápido de la mano y los ojos brillantes. Con el bebé en brazos, lo veía dar marcha atrás al coche en la entrada. Ella se había titulado en una universidad muy renombrada; mucho mejor que a la que había ido él. Ella se había sacado dos másteres; mientras que él, ninguno (ni tampoco se había sacado un bebé del cuerpo). Aquello no era un concurso, ¿no? No, pues claro que no.

Nunca pensaría en su marido en términos tan competitivos, pero sí se culpaba por haber elegido una especialización tan poco práctica como Artes Visuales. ¡Menuda tontuela estaba hecha esta madre! Al final no era más que una mujer a la que le gustaba el arte, y esa no era manera de labrarse una carrera profesional ni de ganar dinero, por mucho que disfrutaras con el arte, por mucho talento que tuvieras creándolo.

Arrinconó en los entresijos de su mente el hecho de que había tenido un trabajo, antes del bebé, del que decía sin reparos que había sido el trabajo de sus sueños, llevando la galería local, incorporando a artistas cuyas obras creía que ampliarían las miras de su pequeña ciudad del medio oeste, programando clases de materias artísticas, coordinándose con escuelas para gestionar proyectos de estudiantes, sumergiéndose en el arte y en el mundillo del arte y haciendo algo en lo que creía y, además, cobrando por tener un trabajo así, en el campo de las artes; uno de esos puestos tan poco comunes y mágicos. La cantidad de trabajo asociada a su puesto no era proporcional al sueldo, claro, pero había acabado sintiéndose agradecida,

¿sabes? Podía darse con un canto en los dientes por tener la oportunidad de currar en el mundo del arte, pese al volumen de trabajo. Sus compañeros de máster matarían por tener un puesto así, y ella apechugaba feliz.

Y entonces, el bebé. Se planteó que el asunto podía complicarse un poco, pero no tanto como para que se le fuera de las manos. Al fin y al cabo, a esas alturas de la película las mujeres ya no tenían que renunciar a su vida por los bebés. Podían trabajar en la oficina y en casa. ¡Podían estar trabajando y trabajando y trabajando sin descanso, si querían! Estaban en su derecho. Pero no había pensado bien en las inauguraciones nocturnas, las clases de dibujo los fines de semana, las reuniones matutinas antes de clase con los profesores ni en los saraos de después de trabajar. Con un marido

fuera de la ciudad y un hijo dentro del hogar, ese tipo de horario ya no funcionaba. ¿Quién iría a buscar al nene a la guarde o lo acostaría? No podía llevárselo a un acto de postín por muy progres que fueran los asistentes. No podía hacerse cargo de un cuerpo docente voluntario de veinticinco personas ni hablar de planificación estratégica ante la junta directiva mientras amamantaba a su hijo.

Lo intentó. Durante un tiempo, vaya que si lo intentó. A fin de cuentas, había conseguido el trabajo de sus sueños. ¡Una fantasía! Por eso, pese al bebé, el minúsculo bebé de tres meses y la única guardería de la ciudad que tenía una plaza disponible y su cuarto lleno de cunitas y las mujeres gritonas y cansadas que les daban leche maternizada a los bebés con tetinas de plástico, ella trabajó. Era un puesto que siempre había querido. Avanzaba profesionalmente. Maduraba. Tenía éxito. Y tenía un bebé.

Y lo único que podía ofrecerle era su leche. Podía ofrecerle dos horas antes y después de la guardería, e infinitas horas observándolo mientras dormía. (Pensaba: Por favor, no me olvides. U olvídame si eso te hace más feliz. O quizá olvida únicamente que te dejé solo ocho o nueve horas al día en tu más tierna infancia, con mujeres que te depositaban en el suelo de linóleo y te dejaban allí llorando durante horas. Antes lloraba «un montón», le dijo una de ellas al cabo de unos meses, y fue como si, con esa afirmación trivial sobre un hecho ordinario, la trabajadora de la guardería le hubiera clavado un puñal afiladísimo en el abdomen, con violencia, pues la madre se sintió —mortalmente, eternamente— malherida y, a la vez, homicida: ¿Por qué la trabajadora no había cogido en brazos a su hijo, su bien más preciado? ¿Cómo podía haberse resistido a su llanto? Hablarle a la madre sin venir a cuento de su hijo hecho un mar de lágrimas, solo, sobre el suelo de linóleo, era una crueldad concreta por la que la madre se mortificaría durante semanas. ¿Acaso no tenía ella la culpa, toda la culpa, para empezar, de haber tenido que dejar a su hijo en un sitio así? Sí que la tenía. Sí que era su culpa).

Y la leche. ¡La leche! ¡La leche era importantísima! No hay modo de recalcarlo lo suficiente. Era lo más importante en el mundo de la criatura, hacían creer los libros a todas las madres, y esta madre era creyente.

La sala de lactancia bien podría haber pasado por la capilla más

diminuta y fea de todo el edificio institucional que la galería compartía con la universidad, el cuartito más sagrado, con un lavamanos, una encimera y una silla, unos fluorescentes y nada de ventilación. ¿Dónde estaba el cantoral de la madre con los himnos de alabanza y adoración? Quería cantar sobre bebés y mamas y leche y piel con piel; sobre bebés calentitos y blandos que huelen a levadura como hogazas de pan recién horneadas, tan deliciosos, huélelos. Huele.

¿Dónde estaba su puto cantoral?

Allí no había cantoral ni había de nada; solo el sacaleches, un motor, tubos, plástico, electricidad estática, ropa calada por el sudor, aire viciado, desinfectante industrial, ansiedad desbordada y un trabajo de ensueño.

No había ningún bebé.

Y la madre no se sentía agradecida.

Visitaba la sala de lactancia una, dos, tres veces al día. Los tubos y el plástico. La succión motorizada. Sus camisas con cercos de sudor en las axilas y la electricidad estática del aire cuando se sacaba el jersey por la cabeza. El vestido con la cremallera en la espalda tan difícil de bajar. Las franjas de tiempo reservadas en el calendario del ordenador, marcadas como asunto personal. Otra furibunda madre que llamaba a la puerta porque llegaba tarde o pronto o se había equivocado de hora. Se había equivocado de hora.

Y luego, cómo no, estaba el desinfectante, las duras servilletas de papel, la norma de no dejar nada allí a secar, por favor respetad a las demás usuarias, el bote de desinfectante industrial para limpiar cualquier fluido humano que pudiera quedar allí olvidado.

¿En qué cabeza cabía que una madre tuviera que desinfectar una encimera para limpiar una leche que tendría que haber sido para su bebé?

Esa leche tendría que haberse absorbido con un paño ceremonial que luego se colocara al pie de una colosal y bellísima escultura tallada en honor a la Madre Eterna, Origen de la Vida y Creadora de Todas las Cosas. Eso o que se le permitiera a un gatito blanco pequeño (a poder ser, la cría más enclenque de la camada) vivir en esa sala, donde tendría además un almohadón bien mullido, comida gatuna de calidad y agua bien fresca. Al cachorro se le ofrecerían las díscolas gotas de leche, el pequeño

derramamiento puntual.

Un día dejó allí una bolsa llena de tubos y plásticos porque ¿quién iría a robársela? Nadie, pero desapareció una pieza, la que se enganchaba al pezón. ¿Quién querría cogerle justo esa pieza? ¿Otra madre? Le entraron ganas de echarse a llorar. Nunca volvió a dejar allí la bolsa a resultas de ese castigo cósmico. Porque eso fue lo que pensó que era. Lo que sintió que era.

(¿Dónde se compra otro chisme de esos para succionar? ¿Y cómo narices se llama esa parte del mecanismo? Tendría que buscarlo en Internet, dedicar tiempo a investigar. No tenía tiempo para investigar. No tenía tiempo para obtener el nombre del chisme ni para obtener después otro chisme).

La sala no tenía ventilación, de manera que la puerta tenía que dejarse abierta cuando no había nadie dentro, pero el tope estaba chafado y torcido.

La puerta pesaba mucho. ¿Quién tenía tiempo de apuntalar nada? Pero ¿y las otras madres? Aguántala con la silla. Dale una buena patada al tope.

Apáñatelas. Piensa en las otras madres. Da las gracias por tener esta sala.

Hay madres trabajadoras que ni esto tienen. Sé agradecida.

Siempre yendo rápido. Rápido, tetas. Rápido, relájate para que te baje la leche. Si la leche no sale es culpa de la madre. Bebes demasiado café.

Comes poco. Tienes que encontrar la manera de minimizar el estrés.

Tómate una barrita energética. Cómete esos frutos secos. Cómete una barra de chocolate entera mientras sujetas a la vez el aparato contra los pechos.

Tómate estas pastillitas de herbolario. Come mucha avena. Encuentra la manera de armonizarlo todo. Bébete un litro entero de agua para ver si te baja la leche. Medita. Respira hondo. Todavía te quedan ocho reuniones por delante.

Pero nunca había leche suficiente para el bebé. Se estaba poniendo enorme, y lo único que quería era leche, y no había ni tiempo, ni leche ni manos suficientes. La guardería cerraba a las seis, así que nada de reuniones fuera de horas, había que tener en cuenta el tráfico, el trayecto al aparcamiento, el tiempo. Que no se te olvide la leche. QUE NO SE TE OLVIDE

LA LECHE.

Una tarde se le olvidó la leche. Se la dejó encima de la máquina donde metió el tique del parking para pagarlo. Llorando, llevó en coche al niño

dormido desde la guardería hasta el aparcamiento y llamó a Seguridad.

Sí, nos han traído su leche, le dijo el hombre.

Sollozaba. Y el vigilante de seguridad le entregó su leche extraviada y encontrada. Se la llevó hasta la misma ventanilla del coche, porque no podía ni salir. Había un bebé durmiendo en el asiento de atrás. Lloró de vuelta a casa.

Imagínate a esa persona que se encuentra una cajita con dos botellas de leche todavía caliente, llevándola de vuelta al pequeño y deprimente centro comercial adyacente al aparcamiento, deambulando hasta encontrar la garita de seguridad, diciéndole al vigilante me he encontrado esta leche. Debe de ser muy valiosa para su propietaria. Espero que pueda recuperarla. Y al vigilante metiendo la cajita en la minúscula nevera de su garito, negando con la cabeza por el milagro del hallazgo, la bondad del acto, el extravío de la madre, la falta de atención de esta —¿cómo podía ser tan despistada?— o por todo a la vez.

A la madre le gustaría darle las gracias a quien encontró la leche. Le gustaría decirle: Eres una de las personas más amables que he conocido nunca, aunque no te conozca.

De camino a una comida de trabajo —¿para qué tomarte un respiro para comer si a la vez puedes estar trabajando?— empezó a tener sospechas. Y

más tarde, mientras respondía mails en el móvil con la mano derecha mientras estrujaba los dos sacaleches que le succionaban las mamas con la izquierda, el pensamiento de la madre empezó a converger con teorías conspiratorias de amplio espectro, pero de esas que acaban siendo verdad.

Sus padres le habrían dicho que estaba pirada la habrían llamado pirada, y quizá endemoniada, y seguro que habrían tenido algo más que añadir sobre el diablo si hubieran tenido la más remota idea de lo que se le pasaba a ella por la cabeza, cosa que no, porque nunca la llamaban y ella nunca los llamaba, así que últimamente apenas sabían nada unos de otros.

La madre estaba convencida de que también ellos eran responsables de las muchas injusticias que la asolaban, así como de la paranoia de estar volviéndose medio perra; creía que eran responsables a un nivel fundacional, aunque no sabía especificar exactamente cómo, y entonces se regodeaba dirigiendo su rabia generalizada hacia el pasado y hacia el este,

donde vivían, a cientos de kilómetros de distancia.

Aunque, la verdad, sus padres eran la última de sus preocupaciones, porque todo aquello era una puta farsa, lo de trabajar y sacarse leche e ir a toda prisa y no poder tener a su bebé en brazos. Se llenaba de ira materna y urdía razonamientos bien desarrollados y conmovedores contra el sistema y el capitalismo y el patriarcado y luego la religión y los roles de género y la biología.

Le apetecía compartir estas teorías en la cafetería a la que otra agradable madre trabajadora le propuso ir un día, una madre trabajadora que también era artista, que había hecho el mismo máster que ella, que ahora enseñaba en la universidad a la que ambas habían ido, que seguía creando obras y que había vivido una transición a la maternidad la mar de fluida, sin ni siquiera un mísero ataque de hipo. La madre la había observado, lúgubre, desde la distancia (en las redes sociales, dónde si no) mientras la madre trabajadora subía sus logros: «¡Primer día de guarde!» y «Ayudando a mami a montar su instalación», con el bebé amarrado al pecho de la madre trabajadora mientras esta hacía no se sabía qué con una malla de alambre en una galería.

¿Por qué no puedo hacer yo eso?, se preguntaba siempre. ¿Por qué parece tan fácil?

¿Y qué, cómo llevas lo de ser madre trabajadora?, le preguntó la otra madre trabajadora, y la madre (la que estaba cansada y trabajaba y era infeliz con su trabajo de ensueño y no podía tener a su bebé en brazos), esa madre se la quedó mirando con expresión bobalicona y queriendo exponerle sus teorías sobre cómo todo aquello era una trampa para que ellas tuvieran que hacerlo todo, una trampa de la que no podían escapar. Pero su cerebro ya no funcionaba como antes. La agradable madre trabajadora esperaba.

¿Le tocaba decirle algo? ¿Qué era «charlar»?

No, dijo la madre al fin. Puede que el concepto de madre trabajadora sea el disparate más grande jamás inventado. Vamos a ver, ¿es que hay alguna madre que no sea trabajadora? Y si le sumas un trabajo remunerado… ¿qué eres, entonces? ¿Una madre trabajadora que trabaja? Imagínate que dijéramos padre trabajador.

¡Ja!, espetó con amargura, sin darse cuenta siquiera de lo amargada que

estaba de verdad.

La agradable madre trabajadora asintió con una mueca de lástima. La otra madre —la que no dormía y tenía un bebé y un trabajo de ensueño; la madre que quizá lo estaba pasando un poco mal, que necesitaba un poquitín de ayuda y hacía todo lo que podía… pero, joder, qué complicado era— no estaba pintando las cosas como debería pintarlas. Ni aparentando. Si podemos tenerlo todo… ¿Por qué era tan desagradecida?

Esa noche, la madre lloró mientras sostenía en brazos a su bebé durmiente después del trabajo, porque solo lo veía despierto una hora, quizá dos, al día. No quería dormir en la guardería y llegaba a casa agotado, queriendo solo su leche y que lo abrazaran y dormirse en brazos de su madre. Esta lloró al abrazarlo, y luego lloró al acostarlo. Lo único que quería era que lo tuvieran en brazos, todo el rato, y la verdad es que no podía culparlo, de manera que se lo amarraba al pecho y se pasaba la noche mandando correos hasta que ella y el bebé caían rendidos en la cama.

Así que, cuando llegó el momento de buscar un bebé y luego buscar una solución, su marido era quien más dinero ganaba y ella quien menos, y por eso fue ella la que se quedó en casa. Así de sencillo fue.

En ese momento, cuando hubo que tomar decisiones, de verdad había querido quedarse en casa —estaba, en una palabra, agotada—, aunque antes ni se lo hubiera planteado. Y, sinceramente, qué privilegio. Qué regalo.

Comprendió que no era más que una mujer privilegiada y demasiado formada que vivía en pleno centro de Estados Unidos cumpliendo el sueño de abrazar a su bebé las veinticuatro horas del día. A juzgar por lo que le decía todo el mundo, no tenía nada de lo que quejarse desde que había sido madre, y muy posiblemente, desde antes tampoco. Porque, a ver, ¿no era un poco de estirada, un poco de mujer blanca de clase media que no lo pilla pensar siquiera en quejarse? Si leía los artículos, analizaba la información, observaba su situación vital, el lugar que ocupaba en la sociedad, el papel que había desempeñado históricamente en la opresión de todo el mundo excepto de los hombres blancos, la verdad es que no podía apoyarse en ningún sitio desde donde emitir ni un gritito ahogado.

Pero, como es propio de los bebés, el suyo creció. Se ensanchó y se alargó. Ganó y perdió en encanto. Andaba, pero no habló hasta mucho

después de lo que marcaban las metas del habla definidas por consenso médico, porque la criatura tenía un vínculo cuasi telepático con la madre, que podía intuir sus necesidades por la posición de los ojos o la inclinación de las manos. Básicamente, en ese momento de la vida del niño, ella era la única persona en el mundo entero capaz de entenderle; capaz de entender ese lenguaje mudo que solo los dos compartían. Lloraba cuando intentaba dejarlo con una amiga de la familia, y lloraba cuando conseguía dejarlo con una canguro, y hasta lloraba cuando lo dejaba con su padre porque ella tenía que irse a la compra y no pedía más que disfrutar un poco de ese momento, pillarse un café, ponerlo en el portavasos del carro de la compra y pasarse un buen rato examinando las frutas y verduras, tú ya me entiendes, mirándolas bien, tocándolas, sin ninguna prisa. No pedía más que irse a la compra sola, por una vez, pero aun así acababan yendo todos juntos —

metiendo en la bolsa de los pañales tentempiés y toallitas húmedas y una botella de agua y una muda y una selección de juguetes, ¿y si nos llevamos un cuento?—, porque al niño le daba penita que se fuera aunque su propio padre, que jamás estaba allí, al fin habría estado con él, los dos solos, en casa; pero no, el niño erre que erre.

Sí, en efecto, era una buena madre; de las mejores.

Una muestra de su bondad: esa habilidad sobrenatural de despertarse una y otra vez, noche tras noche, desde el día que nació el niño. A su marido —pobrecillo— la falta de sueño nunca le sentaba bien, pero ella, oh, sorpresa, se había acostumbrado como si jamás hubiera sido una perfecta dormilona, como si despertarse a cualquier hora de la noche y levantarse a las cinco y media fuera algo para lo que estuviera genéticamente programada. Y sí, esta clase de vida la dejaba exhausta, pero lo raro era que no se notaba cansada. Estaba sobrecargada de trabajo, viéndoselas y deseándoselas, hecha cisco, amargada y a punto de desquiciarse; sí, pero cada mañana se levantaba y seguía en pie durante todo el día, dominada como estaba por aquella habilidad cuasi milagrosa de, sencillamente, no tener la necesidad de dormir como antes.

¡No estoy cansada!, había dicho cuando todavía trabajaba, en sus días más oscuros, y lo había seguido canturreando, despejada y atónita, después de llevar un año en casa, básicamente sola, custodiando a su retoño.

¡Yo puedo!, le anunciaba un poco dubitativa a nadie en particular. Y

había podido. Lo amamantaba y daba paseos por el vecindario con un hatillo balbuceante amarrado al pecho. Lo acunaba y dormitaba con él y cocinaba y limpiaba. Dormía, pero sobre todo no dormía, y podía con todo, pero entonces el nene cumplió dos años, y algo cambió también en ella.

No quería ser Perra de noche, no lo habría elegido de haber sentido que tenía esa opción en primer lugar. Y en cuanto a su marido: no quería estar siempre enfadada con él, pues lo amaba, de verdad. Solo que le costaba mucho invocar ese sentimiento últimamente.

No le habían faltado razones, claro, para enamorarse de su marido, pese a su excesiva propensión a la racionalidad. Ella era (o lo había sido en algún momento) artista, de modo que su marido debió de haberse desmarcado de alguna manera de los demás ingenieros, de los del montón, cosa que ciertamente había hecho. Cuando lo conoció, en la época en que ella estaba haciendo el máster, él trabajaba para una empresa de ADN local y compartía sótano con otro tipo flacucho de veintipico años que apenas abría la boca y prefería la compañía de su ordenador a cualquier interacción humana. A la madre le había intrigado el trabajo de su marido —«¿Fabricas ADN?», le había preguntado. «¿Qué eres, una especie de mago maléfico?»—, y a él, a su vez, le habían regocijado sus preguntas, y las había respondido sin escatimar en tecnicismos ni jerga de laboratorio. Sí, había acudido a sus exposiciones de arte y había vibrado con su obra, todo lo que era capaz de vibrar un técnico de ADN, dicho sea de paso. Y sí, había estado la mar de majo. Se lo había pasado bien. Pero al final, si se colgó de él fue por algo a lo que él llamaba «mi Carpeta».

¿Quieres que te enseñe mi Carpeta? Le preguntó una tarde mientras su compañero de piso masacraba ninjas silenciosamente en su ordenador con los cascos puestos, porque si algo había que decir de él, es que era una persona educada. El ordenador de su futuro marido estaba en el lado opuesto de la sala de estar y él la conminó a que se sentara en su regazo y acto seguido abrió una carpetita amarilla del ordenador y dijo que contenía más de ochenta mil archivos.

Aquí es donde guardo todo lo bueno que encuentro en Internet, le dijo, y procedió a abrir los ficheros, uno por uno, sin mediar palabra. Un vídeo

corto de una mujer desnuda tirándose un pedo en un pastel de chocolate bañado en una gruesa capa de glaseado. Un cachorrito blanco muy mono al que le habían añadido ojos y dientes de persona con Photoshop. Un hombre en bolas y con un antifaz meando en una montaña de muñecos de peluche.

Un gato gordinflón caminando por una cinta de correr. Un viejo con un cactus metido por el culo. Un hombre cubierto de rebanadas de pan en una playa con una horda de gaviotas revoloteando a su alrededor. Un perezoso sentado en un pupitre escolar con una libreta abierta delante. Muñecas hinchables, furries. Gentecilla rara y situaciones raras, inexplicables, graciosas, chocantes, incómodas. Y su favorito: dos japonesas desnudas en cuclillas meándole encima a un pulpo pequeñito que, comprensiblemente, se retorcía en el suelo para apartarse de ellas.

Guau, dijo ella.

Pobre pulpo, dijo él.

¿Por qué le hacen eso?, preguntó ella.

Supongo que porque les gusta, respondió. La verdad es que no tengo ni idea.

Aunque a otra persona podría haberle ofendido u horripilado tal despliegue de experiencias humanas, a la madre; no. Todo lo contrario, se derretía cuando su marido, que entonces no era más que un desconocido con el que se había topado por casualidad y al que empezaba a conocer, decía cosas como «fíjate en estos seres extraños», sin asomo de crítica ni desdén, con nada más que pura fascinación, puro asombro. Era este asombro lo que la madre amaba entonces y seguía amando apasionadamente: qué maravilla era encontrar a una persona que se deleitara con todas las anormalidades y rarezas del comportamiento humano. Era, quizá, el mejor atributo que podía tener una persona, pensó en ese momento, sentada en su regazo, y decidió que se casaría con él.

O sea que sí, que era ingeniero, pero también tenía una carpeta especial, y una colección de muñecos de peluche hechos un Cristo sobre la cómoda (algunos con la cabeza puesta del revés), y una rana carnívora llamada Hopkin en un acuario que tenía junto a la cama. Desde que se había enamorado de él, la rana se había muerto y él había cambiado de trabajo, pero la Carpeta permanecía, aunque no le hubieran echado un vistazo en

años, porque no tenía estómago para verla desde que había tenido al bebé.

La humanidad y todo lo que comportaba se le antojaba excesiva, teniendo en cuenta la enorme carga de humanidad que había entrado en su hogar con el nacimiento de su hijo.

Ya no se notaba descansada, bien alimentada, bien en general. Estaba cansada, irascible y preocupada por su cuerpo; por si cambiaba y por lo que significaban esos cambios. Y temía las noches, esas noches oscuras e interminables, en las que se prometía a sí misma que no chillaría cuando el nene se despertara, y luego le chillaba, y luego se disculpaba y lo abrazaba fuerte, diciéndole «chsss» y «perdóname» y «no pasa nada».

Estaba tan, pero que tan cansada. Eso era lo que le pasaba.

Tendrías que dejar de preocuparte por si te crece el pelo o cosas así y ponerte un poco las pilas con lo que tienes que hacer esta semana, le sugirió su marido justo antes de largarse otra vez, concluido el lapso temporal de cuarenta y ocho horas que había pasado en casa ese fin de semana.

Organizarte un poco, ¿me entiendes? Planifica, hazte un horario. Como si fuera tu trabajo. La felicidad es una elección, le dijo.

Quiso decir algo, o puede que cruzarle la cara para que dejara de hablar, pero se aguantó las ganas e intentó tomarse en serio su consejo. Solo quería lo mejor para ella. Quizá tuviera razón.

Así que, aunque otra vez era lunes y, en efecto, otra vez su marido se había vuelto a largar, esa semana ella iba a elegir la felicidad. Estaba decidida a dejar de comerse la cabeza de una vez por todas, a ponerles freno a los pensamientos negativos, al delirio de estar volviéndose medio perra (aunque la mata de pelo rasposo había crecido y se había extendido), a los supuestos más pesimistas, a la hipocondría y a las búsquedas en Internet. Se había fijado un calendario para la semana. Tenía ya pensadas las comidas.

Como la felicidad era una opción, ese día iba a elegir la maternidad. El arte. Y sería capaz de aunar primorosamente las dos realidades y, al hacerlo, encontrar la felicidad. ¡Esta visión tan positiva era una maravilla! Estaría con el crío toda la mañana, implicadísima, sin mirar el móvil ni una vez, con las ideas bulléndole al verlo jugar y después, a la hora de la siesta,

sacaría sus trastos de crear y, en un arranque de inspiración, empezaría a trabajar en algo nuevo. Eso de no tener ningún proyecto en mente, de que hiciera años que las musas la hubieran abandonado, de tener miedo a abrir el armario donde había guardado viejos proyectos y materiales… todo eso era una tontería. Solo necesitaba tener un poco más de confianza. Creer en sus posibilidades. Sacar tiempo.

Una vez, durante el máster, conceptualizó una instalación nocturna completa al aire libre en la que transformó un parque próximo en una especie de pesadilla alucinante; cubrió la cúpula geodésica de trepar con una descomunal falda de muchas capas y, coronándola, colocó a su amiga vestida de conejo blanco de dimensiones humanas como si llevara puesta la falda cupular. Los columpios eran colas peludas sacudidas por animales invisibles. Tapó las barras metálicas de las que pendían con telas tornasoladas como para evocar algo de naturaleza reptil. Convirtió la estructura lúdica principal en un monstruo pluricéfalo y pluripodo de cuya boca emergía gente que había asistido al show y que estaba lo suficientemente pirada como para lanzarse por el tobogán y acabar cubierta de purpurina y lentejuelas que le había ido cayendo encima durante el descenso. Sin embargo, tenía la sensación de que ni sus profesores ni sus compañeros de clase se tomaban muy en serio su trabajo. A fin de cuentas, había usado purpurina en su tesina, así que, cuando solicitó participar en otros másteres de Bellas Artes, le dio mucha caña a su peculiarísima crianza en su carta de presentación, haciendo hincapié en la estética agraria vernácula, en las tradiciones populares con las que estaba familiarizada, en su deseo de transformar y sublimar las habilidades agrícolas y ganaderas tradicionales y el saber doméstico a la categoría de arte. Cuando la admitieron, con una beca sustentada en su estoica crianza en una granja de los Apalaches en plan Jesús te quiere —de la que había estado huyendo desde su infancia, solo para capitalizarla cuando decidió que podía resultarle útil, pero, bueno, en fin—, se puso manos a la obra con la recolección de los muchos animales atropellados en los alrededores de su universidad del medio oeste.

Cogía los huesos rotos de ciervos, mapaches, conejos y coyotes, pelaba la pútrida carne de los huesos, los limpiaba y ponía en lejía para después

lijarlos y darles lustre, ataviada con un traje protector que la cubría de la cabeza a los pies y una monstruosa máscara antigás para que las partículas de polvo óseo no se le adhirieran a la ropa, a los pulmones. Vaciaba los huesos con herramientas de joyería y luego bañaba el interior con oro o plata. Cuando podía permitírselo, incrustaba gemas. Luego vagaba por los bosques circundantes, identificando cerezos y nogales, cortando ramas y llevándoselas para preservarlas. Pulía y tallaba la madera, y la combinaba con huesos y metales e incluso pieles, valiéndose de estos elementos para crear los esqueletos de animales nuevos, míticos. Recibió grandes alabanzas por ello. ¡Cuánto talento!, exclamaron sus profesores. ¡Cuánta destreza para preparar los huesos, pulirlos y añadirles metales y gemas! No solo había creado unas piezas realmente imaginativas y originales, sino que además había desplegado una gran variedad de complejas técnicas.

Pero ahora no había nada. Dentro de ella no había ni un simple impulso creativo, por mucho que lo buscara. Durante su embarazo, durante las noches insomnes del último trimestre, se pasaba horas pegada a la pantalla del móvil y se obsesionó con lo que algunos llaman artistas de la performance, pero que para ella eran gente muy implicada en la experimentación artística en tiempo real. Leyó la historia de un matrimonio que se sometió a numerosas intervenciones de cirugía plástica para asemejarse; el hombre se puso prótesis mamarias, la mujer se esculpió la nariz de manera que fuera más consonante con la de su marido. Era un proyecto de por vida, no tanto arte performativo como algo más profundo; la línea que separaba sus vidas y su arte se había desdibujado.

La madre le daba vueltas y más vueltas a esa idea (que no hubiera límites) y buscó más información sobre el artista de Europa del Este que había iniciado tempranamente su carrera en un circo ambulante pero que había acabado acometiendo una serie de (en sus propias palabras)

«experimentos performativos vitales»: un periodo de silencio de tres años, un mes viviendo desnudo en el escaparate de una tienda y, por lo que más conocido era, provocarse la amnesia y pasarse años recuperando los recuerdos de su vida anterior.

¿Y qué decir de la francesa que contrató investigadores privados para que siguieran a sus amantes y luego creaba montajes artísticos sobre el

tema? Se atrevió a poner a la vista de todos sus propios informes psiquiátricos, redactados por un doctor, en algunos de los museos más destacados de toda Europa.

La madre fantaseaba con escenificar el nacimiento de su criatura a modo de happening artístico. ¿Y si montaba una piscina con un lateral de cristal en un estudio donde el público pudiera ser testigo de cómo empujaba a su retoño fuera de su cuerpo durante un estoico parto en el agua? O quizá podría dar a luz en un quirófano médico de esos que se usan como aula, donde los estudiantes lo ven todo desde arriba. Para presenciar la performance habría que estar de guardia; solo podrían verla quienes pudieran presentarse a cualquier hora del día o de la noche.

Le pareció que un acto así sería mejor para un segundo hijo, cuando ya supiera de qué iba la cosa, así que pospuso la idea, y luego ya vino el niño, y la idea se perdió para siempre.

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