Canina

Rachel Yoder · Capítulo 1 de 5 · parte 2/4

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Canina

Canina

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Contempló a su hijo, que estaba entretenido en el suelo de la cocina con un chisme de metal para cocinar al vapor que, cerrado, se parecía un poco a una nave espacial y, abierto, a una flor metálica grande. El chiquillo estornudó y acto seguido se rio. Era su único proyecto. Había llevado a cabo la obra creativa definitiva, y ahora ya no le quedaba nada. Mantenerlo con vida; ese era el único gesto artístico que se veía capaz de producir.

Pero hoy estaba decidida a ir más allá. A empezar por el principio. A partir de cero. Lo que fuera.

Pegó enormes hojas de papel en el suelo de la cocina con cinta adhesiva y sacó la pintura de dedos del armario. Era justo después del desayuno, y el día prometía. El niño parecía cansado (apoyaba la mejilla contra el suelo para ver girar las ruedas de los trenes al empujarlos por las vías), pero necesitaban probar algo nuevo, pasárselo bien.

Le sacó la parte de arriba del pijama por la cabeza y le arrancó de un tirón el caído pañal.

¿Quieres pintar?, le preguntó, señalando un plato rebosante de todos los tonos de pintura de dedos.

Puedes meter ahí la mano, el pie, le sugirió ella. El crío acercó el pie al plato y la miró, dubitativo.

¡Sí!, dijo, sonriéndole. Metió la mano para enseñarle cómo hacerlo y

luego dio unas palmaditas en el papel del suelo.

El nene mojó los dedos de los pies en la pintura antes de agacharse para meter las palmas.

¡Sí!, lo animó ella.

La cara del crío se iluminó de alegría mientras daba palmaditas sobre el papel; a continuación metió el pie entero en el plato, dio un paso atrás, se resbaló, se cayó y paró a medias la caída, pero a resultas se manchó los mofletes de pintura. El nene se rio, y ella también se rio. Lo ayudó a levantarse y le enseñó las huellas de la mano que le había dejado marcadas en la barriguita, y él le tomó ambas manos y se las puso en el pelo.

Vale, dijo ella, quitándoselas, vale, vale.

El niño se puso de pie, gritó emocionado y empezó a correr en círculos, agitando las manos y rociando con mil gotitas de pintura las sillas, las cortinas, los hornillos.

Encima del papel, cariño, le dijo. ¿A que es divertido? Sí, sí, pero aquí, aquí, encima del papel.

El nene saltó encima del plato, luego encima del papel y a continuación se puso a brincar como un conejito por el suelo de madera. Después agarró un trapo y lo lanzó tan alto como fue capaz.

¡Encima del papel! ¡Encima del papel!, le repetía mientras intentaba atraparlo, hasta que se resbaló y se dio contra la puerta abierta del aparador, que acabó arrancando de cuajo.

El niño se revolcaba sobre el papel, sobre la pintura, muerto de la risa.

La madre se quedó mirando la puerta, las bisagras, y en ese momento el crío salió disparado hacia el salón.

¡No!, gritó, toda amabilidad.

Él se rio, entusiasmado con ese juego, y ella le dijo, poniendo una cara muy, pero que muy seria con la que pretendía comunicarle lo muy, pero que muy seria que era la situación: De verdad. Esto no es un juego.

¿No juego?, preguntó, desnudo, rebozado en pintura.

Nooooo, le advirtió mientras se le acercaba despacito, con las cejas enarcadas y la boca tornada en una fina y adusta línea de madre. Esto no es un juego. ¡Lo estás poniendo todo perdido! Vamos a quedarnos en la cocina.

Se lanzó hacia delante para agarrarlo del brazo y él gritó y se catapultó contra el sofá, encima de los enormes almohadones, y se resguardó detrás de uno como le gustaba hacer, para esconderse.

Después de bañar al nene, se pasó lo que quedaba de mañana quitando las manchas de pintura del suelo, las sillas, los hornillos, los armarios, la alfombra y el sofá, mientras él veía los dibujos. La siesta, se dijo mientras limpiaba. La siesta.

Puso al niño a dormir la siesta en la cama de ella después de comer, y le estuvo cantando canciones hasta que se quedó bocarriba, quieto, con las sábanas hechas un revoltijo, los labios de rosa apenas despegados, las largas y oscuras pestañas poblándose de sueños.

La verdad es que ella tenía la culpa de que la necesitara a su lado mientras se quedaba dormido; y para empezar, también de que siguiera durmiendo con ella, en su cama. De bebé, no había tenido más que amamantarlo por la noche si lloraba. Había sido tan fácil. Se quedaban tumbados de lado, frente a frente en aquella cálida oscuridad, el bebé aferrado a su pezón, tocándole el pecho con sus manos diminutas y suaves.

Se quedaba dormida con el crío mamando, y él se dormía mamando, poniéndose bocarriba mientras una gota de leche le resbalaba de la boca abierta. La silenciosa noche caía como un manto y ellos dormían y dormían hasta que él se despertaba de nuevo. Todo era tan fácil. Tan agradable.

Pero cuando todo es fácil y agradable es cuando arraigan los malos hábitos. Debería haber acostumbrado al niño a dormir, debería haberle obligado a dormir en su propia cuna, en su propio cuarto. Debería haber dejado que llorara hasta que se le pasara. Debería haberle dado de mamar cuando se despertaba y no antes de que se durmiera. Bajo ningún concepto tendría que haberlo dormido en brazos. Todos los libros lo decían bien clarito. Lo había hecho todo mal. De verdad, toda la culpa era de ella.

Se acabó durmiendo al cabo de una hora de estar tumbada junto a él en la cama. Se despertó grogui y presa del pánico, agobiada por el peso de su ambición y por su fracaso; tanto que ni tenía fuerzas para salir de la cama.

Eran las cuatro de la tarde, y había perdido el día. Gruñó y se dijo que lo volvería a intentar al día siguiente, y en vez de tranquilizarse, se sintió peor.

Preparó de cena el plato que tenía previsto hacer (pastel de pavo con

verdura rallada, patatas al horno y una ensalada verde), y aunque la semana anterior al niño le habían gustado todas esas cosas, esa noche se negaba a comerlas, y se puso a berrear « ¡Macadones, macadones! », hasta que ella cedió y le acabó preparando macarrones con queso y guisantes. Probó dos bocados de cada cosa y lo demás lo tiró al suelo.

La luz de la hora violeta lo empañaba todo de un cariz melancólico: los cachos gelatinosos de pasta abandonados en el plato de plástico del niño, los guisantes errabundos de debajo de la trona, el follón de monigotes díscolos y cochecitos Match-box esparcidos por la encimera y junto al comedero del gato. En momentos así, su soledad era casi tangible, como si fuera un segundo hijo.

¿Cómo iba a apañárselas para aguantar dos, tres horas más? ¿De dónde iba a sacar fuerzas para leer cinco cuentos, inventarse otro, y quedarse tendida una hora o dos en la cama, esperando a que se durmiera? Pese a la siesta, estaba muy cansada. Las emociones son irrealidades que recorren por dentro a la persona, ¿no? Eso le había dicho su marido. Prestarles atención o no era una decisión personal. Se dijo que observaría su paisaje emocional con ojos distantes. Se repitió para sus adentros la frase «paisaje emocional» y al poco lo vio: un trazo gris contra un cielo gris. Preparó la bañera. Leyó los libros. Contó los cuentos. Se quedó tumbada a oscuras; esperando, esperando.

Esa noche, mientras ella esperaba acostada junto al niño, su marido se relajaba en una habitación de hotel de algún lugar, leyendo un libro, viendo la tele o jugando a la consola mientras picaba algo de comer de la bandeja del servicio de habitaciones que tenía sobre la cama. Aunque estuviera liado con hojas de cálculo o rellenando informes de control de calidad en el portátil, la imagen de él allí, solo, en un lugar tranquilo, se le antojaba un lujo; una extravagancia. Cuando estaba de bajón total, imaginaba que su marido ansiaba pasar ese tiempo lejos de ellos, y que cada lunes, cuando arrancaba y dejaba atrás la entrada de la casa, se quitaba un enorme peso de encima. ¡Cuatro noches de sueño ininterrumpido! ¡Cortinas opacas! ¡Una tarea discreta y factible que cumplir ese día! ¡Una nómina que cobrar a final de semana!

¿Alguna vez se habría quedado más días de los necesarios? ¿Habría

retrasado su regreso desde San Luis o Indianápolis para tomarse un café del todo innecesario? Se la llevaban los demonios al imaginárselo perdiendo el tiempo en Internet en una cafetería. Lo que tenía que hacer era marcharse tan pronto como acabara. Y despertarse temprano —tan temprano como ella

— y acabar lo que tuviera que hacer rápido para volver pitando a casa. Eso haría ella si estuviera fuera de casa.

Su problema era que pensaba demasiado — pensamientos tóxicos y movidas por el estilo—; intentaba acallarlos, pero aun así no se quitaba la sensación de agotamiento físico de encima.

¿Tenía ella la culpa de que su marido ganara más? ¿De que fuera más lógico que ella, y no él, dejara su trabajo? ¿Tenía ella la culpa de que él siempre estuviera fuera, lo que la convertía en una madre soltera de facto durante casi toda la semana? ¿Tenía ella la culpa de que los trenes le parecieran la cosa más aburrida del mundo? ¿De que ansiara tener el más insignificante amago de estímulo mental, poder regresar a sus pilas de libros, a su desamparado armario de proyectos a medias, a una tarde entera de soledad y silencio? ¿Tenía ella la culpa de que, pese a ansiar el estímulo mental, fuera incapaz de hilar una sola idea u opinión propia? La verdad era que todo le daba igual: la política, el arte, la filosofía, el cine, todo era un muermo. Solo le apetecía ver telebasura y realities.

¿Tenía ella la culpa de odiarse a sí misma porque le gustaban los realities?

¿Tenía ella la culpa de haberse tragado el muy generalizado mito social de que si una mujer joven recibía una formación de primera podría entonces librarse de las ataduras históricas de la maternidad, de que si simplemente tenía una carrera profesional podría reincorporarse al trabajo sin mayor complicación después de haber sido madre y esquivar las penalidades de generaciones anteriores, pese a que ser madre de ninguna manera representaba una salida de un trabajo al que una mujer, quizá, teóricamente, un día regresaría? Pero, en realidad, lo que señalaba era una inmersión en el trabajo, una carga de trabajo inimaginable, una multiplicación del trabajo exponencial, apabullante; tan apabullante en el plano físico y en el mental (especialmente en el mental) que hasta la persona más equilibrada acabaría postrada de rodillas por tal carga, una carga que enfrentaba ambición contra

biología, el afán de hacer carrera contra el instinto maternal, que exigía que la madre moderna rebajara su condición animal para poder ser feliz porque

—hombre, por favor— somos una sociedad evolucionada y civilizada y, oye, ¿se puede saber qué mosca te ha picado? Contrólate, anda; no nos hagas pasar un mal rato.

Pero, pensándolo bien, no era nada justo decir que de noche fuera una perra. Conque perra de noche, eh. Una insolencia tan sexista no hacía justicia al hecho de que con su propio cuerpo había creado un niño, a cuyas células en constante multiplicación había dado alimento durante meses y meses, en perjuicio propio, a costa de su físico, del declive de su atractivo juvenil, que en principio no importaba. Una feminista de verdad no se preocuparía por su silueta, ni por estar delgada ni por gustar a hombres cis heteronormativos, y en realidad eso no le importaba, pero sí quería verse guapa. Pasa que una persona tiene unas ideas sobre sí misma, unas expectativas, y en este caso no encajaban con lo de ser madre, pero en vistas de que lo era, lo más importante en su fuero interno era ser una madre atractiva.

Pero no había una palabra equivalente para denigrar a los hombres, ¿a que no?

Si ella era Perra de noche, ¿entonces qué era el niño cuando se la quedaba mirando mientras procedía a tirar al suelo una caja entera de juguetes recién colocaditos, dignándose solo a abrir la boca para pedir macarrones? ¿Un soplapollas insolente? No.

¿Y era su marido, a su vez, un agilipollado de los ordenadores por pasarse horas y horas frente a la pantalla en plena noche para hacer subir de nivel a su Señor del Foso, limitando por ende la posibilidad de tener una vida sexual satisfactoria por razón de su ausencia en el lecho conyugal y también de estar jugando a videojuegos? ¿Era un agilipollado?

Posiblemente.

Pero es que lo de perra tenía algo, sonaba bien; tenía ese punto desaprobatorio innegable que ni gilipollas ni cabrón eran capaces de evocar en el caso de un hombre. Perra era cortante y contundente. Pensó en un aburrido burócrata de provincias incrustado en un cuartucho destartalado con una moqueta naranja y unos fluorescentes parpadeantes sellando

documentos oficiales pero inútiles a base de golpetazos secos, metálicos.

Perra. Perra. Perra. Gracias. Que tenga un buen día.

La casa aguardaba, silenciosa y limpia; los manchurrones de pintura de ese día, un recuerdo lejano. El niño, que estaba junto a ella en la cama —

bañado no solo una vez, sino dos, pues precisaba de un baño a mediodía y luego de otro baño de buenas noches para calmarlo, para intentar apaciguarlo y que se durmiera como fuese—, por fin estaba dormido como un bendito. Salió muy despacio de la cama, bajó de puntillas las escaleras y se metió en el baño. Se había hecho un moretón en la rabadilla por la caída de antes, o quizá la etiqueta de las bragas le había irritado la espalda. Con un malestar impreciso pero acuciante, se llevó la mano a la base de la columna. Encontró un bulto hinchado, y al mirárselo en el espejo vio un montículo elevado que le escocía al tocarlo.

Se apretó el bulto con dos dedos y se estremeció de dolor, después se dio la vuelta otra vez para examinarlo ante el espejo y, como no podía acercarse más para vérselo bien, sacó un espejito de mano, que de poco le sirvió para desentrañar la naturaleza de la protuberancia, y acto seguido optó por hacerle una foto con el móvil, obteniendo solo como resultado tras numerosos intentos una masa roja borrosa en la pantalla. Le dio la impresión de que notaba un pelo saliéndole del bulto y decidió quitárselo con las pinzas para aliviar la molestia, de manera que se pasó un buen rato intentando arrancárselo a ciegas con el único resultado de acentuar el dolor y de hacer que la cosa empezara a supurar.

A la mierda, le dijo a nadie, y se fue dando pisotones hacia el armario de la habitación de invitados para sacar una caja donde tenía su viejo material de arte. Al levantar la tapa, el penetrante olor a pintura y masilla, y el potentísimo y nocivo olor del pegamento viejo la calmaron y la transportaron de inmediato a aquellas largas horas en soledad, con los dedos manchados y doloridos, con la ropa llena de todo tipo imaginable de salpicaduras de arcilla, pintura y pegamento. Respiró hondo, embriagada, antes de armarse de valor para contener las lágrimas que notaba que empezaban a brotarle desde un lugar de ansia profunda y desesperada por volver a sus proyectos —a cualquier proyecto— y la absoluta incapacidad de hacer nada así. Rebuscó en una bandejita poco profunda y enseguida

encontró un cúter X-Acto —lo que llevaba buscando desde el principio—, que acto seguido lavó en el fregadero de la cocina y sostuvo sobre la llama del hornillo. De vuelta en el cuarto de baño, se pasó la punta de la cuchilla por el quiste encarnado y sintió un alivio inmediato cuando este reventó y supuró. Se puso una toallita de tocador que había calentado contra el bulto, apretando para drenar el absceso, y luego le dio unos toquecitos con una toaba de manos. Cuando volvió a mirarlo, vio que se había deshinchado.

Una pelambrera le salía de la incisión que acababa de practicarse. La única palabra que se le ocurrió para describirla fue cola.

Tienes que consultarlo con un profesional médico, le dijo su marido, todo amabilidad. Alucino con que te hayas rajado tú misma el quiste. Es peligroso.

Vale, pero ¿puedes decir algo sobre el hecho de que me haya salido cola?

Se rio. Siempre se reía de lo que le decía.

Yo no lo llamaría cola. Es muy normal que en los quistes de esa zona salga algo de pelo.

Estaba muy bien informada sobre esa clase de protuberancias. Cuando salían en la parte superior del coxis, recibían el nombre de quistes pilonidales; eran muy frecuentes en hombres jóvenes y solían contener pelo y residuos de la piel. Por supuesto, había buscado este tipo de quiste en Internet, había visto imágenes y vídeos donde los drenaban y extraían, y ninguno era como el suyo: un mantillo compacto de pelo oscuro que se resistía a ser arrancado y que casi casi se imaginaba meneando cuando estaba contenta, aunque siempre que esta emoción la embargaba, la anulaba de inmediato, porque le parecía demasiado raro imaginar que pudiera hacer algo así: menear la cola.

Bueno, para ser sincera, sí se permitía menearla a gusto una vez al día.

Más ya era pasarse. A saber qué más cosas podían salirle si cedía a estas pulsiones. A saber qué pasaría si se abandonaba a su impulso de menear la cola, de lamer amorosamente la fina pelusa de la cabecita de su hijo, de hollar una buena zona de las sábanas antes de enroscarse allí —con la

barbilla apoyada en los antebrazos— y quedarse dormida…

Ni se estaba volviendo perra ni tenía cola. Tampoco se le habían afilado los dientes. Y el pelo que ahora ya le cubría toda la nuca no era su pelaje.

Su marido estaba en lo cierto, y era urgente que se atuviera a la razón en momentos así. No podía dejarse llevar por esas fantasías, y no lo hacía; excepto de noche, cuando el crío ya se había dormido y ella se sentaba jadeando junto a la ventana y contemplaba la noche cerrada y oscura.

A la mañana siguiente, hizo lo que habría hecho cualquier persona sensata y se fue a la biblioteca. Daba igual que llevara desde el fin de semana sin ducharse y que estuvieran ya a mitad de la siguiente: su pelo era una inexplicable mezcla de raíces grasientas enmarañadas por la que era imposible pasarse los dedos y de puntas ásperas y desgreñadas que se le encrespaban como la hierba seca y le crujían alrededor de la cara como ondulada hojarasca otoñal. A eso había que sumarle las profundas ojeras, contra las que ningún corrector podía hacer nada y que había acabado achacando a la genética, aunque ni su padre ni su madre compartían ese mismo rasgo; su desafortunado efecto era que parecía que alguien le había arreado un buen puñetazo en sendos ojos, o que tenía leucemia.

Había pasado mala noche (menuda sorpresa); la angustia no la había dejado dormir —¡¿Una cola?! ¡¿En serio?!—, así que no le quedó otra que irse a la biblioteca y sacar libros que calmaran su sed de teorías y diagnósticos. Internet era un lugar atroz, con sus toneladas de información, sus infinitos términos de búsqueda, sus imágenes, vídeos, artículos, bases de datos, foros o preguntas y respuestas para saber si al final resulta que tienes leucemia o no. Antes de aquella noche, la madre desconocía que la frase de búsqueda «parece que me hayan dado un puñetazo en los ojos» no solo generaría una lista de siete lesiones oculares comunes, sino infinitos estudios

sobre

lesiones

cerebrales

traumáticas,

traumatismos

craneoencefálicos y dolores de cabeza crónicos. Ya metida de pleno en la búsqueda, navegó por las alergias: al polen y a los alimentos, a los disolventes, a la contaminación atmosférica cotidiana; luego siguió con sensibilidades e inflamaciones y en ese momento estaba con enfermedades

autoinmunes, mujeres enfermas sin un diagnóstico claro, con dolores y moretones y malestar y angustia sin causa aparente; mujeres que sufrían de mil maneras, lastradas por su cuerpo y que, a falta de alguien a quien acudir, acudían a otras mujeres, cada una con la vista fija en su cuadradito de luz blanca.

Dios mío, pensó la madre en la cama. Dios santo, no quería ser una de las madres enfermas y asustadizas que se metían en Internet a las tantas de la noche para hablar de los pelos que les salían de los quistes, de los hilos que se les desenrollaban de los poros, de los microplásticos que asomaban de un grano, «¡con pruebas gráficas!» y cosas por el estilo. No quería ser una de esas mujeres que no están muy finas, una mujer a la que se le dedican miraditas de soslayo y expresiones de perplejidad. Con lo fácil que sería tener los dos ojos morados o una enfermedad que pudiera definirse fácilmente, una herida, un hueso roto… cualquier cosa que pudiera ser vista y comprendida; una explicación inscrita en la piel que pudiera mostrarse a cualquiera que se le ocurriera preguntar: «¿Qué te pasa?». Algo a lo que poder señalar y decir: «¡Ajá! ¡Esa es la causa de todo!».

Y por eso, habida cuenta de su problema completamente lógico, que en absoluto era una emergencia, le pareció que lo más adecuado era ir a la biblioteca a tranquilizarse; ese nexo apacible a todo lo investigado y concienzudamente meditado, a lo que ha sido escrito, reescrito, verificado y sopesado por muchas personas listas y no tan listas antes de haber invertido en esas ideas y esas palabras, antes de dárselas a conocer al pueblo. La biblioteca fue un bálsamo. Prácticamente notaba cómo se le relajaban las pulsaciones conforme el niño y ella se iban acercando. Ya en el interior, respiró hondo para empaparse del aire desprovisto de cualquier olor.

En la biblioteca, se hizo con un manual médico que hablaba de quistes; en concreto, de los dermoides, que en contadas ocasiones llegan a tener dentro pelo, dientes, ojos. Quería ver todo lo más absolutamente repugnante que podía crecer en un cuerpo, y se imaginaba que de la purulencia que tenía en la espalda le salía un diente y luego otro, y otro, en constante sucesión, como en una cadena de montaje. El otro libro que escogió fue uno que había encontrado en el catálogo de la biblioteca y que se puso a buscar en las estanterías a toda prisa, pues el niño, como suele decirse, estaba

empezando a liarla, allí, en el segundo piso de la biblioteca, justo en el sitio del Sistema de Clasificación Decimal Dewey donde el lector puede encontrar textos sobre Folklore y temática similar, en el pasillo 350-412. El crío se tiró al suelo y empezó a patalear enérgicamente, pues los estantes de no ficción despertaban su irritación y su desinterés.

¡VamooooooOOOOO!, berreaba el niño mientras ella intentaba dar con él, con el 398.3 WHI, hasta que por fin agarró el desgastado lomo de la hilera.

Le dolió la espalda al arrancar al crío del suelo y cargar con él escaleras abajo, hacia el rincón de la sala infantil donde estaban los trenes de juguete.

Desde donde estaba sentada, mientras su hijo imitaba el pitido y el traqueteo del tren, ya feliz, vio que en la sala de actividades estaban los temibles Biblionenes.

Su problema era que no le gustaba estar en compañía de otras mamás.

Aunque si conocía a una mujer interesante, divertida, guapa y perspicaz con la que congeniaba a las mil maravillas y luego descubría que era madre, entonces no pasaba nada. De hecho, estaría muy bien. Sería una pasada.

Una pasada de mujer con la que podría rajar de los críos. Una mujer a la que no le importara achisparse con unas copitas de vino rosado un martes por la tarde. Aunque ella no evitaría activamente entablar amistad con una mujer por el hecho de que esta, como ella, fuera madre, le parecía que iniciar una solo porque las dos compartían experiencia maternal era repugnante. Estar en una sala repleta de madres y su progenie le parecía lo más deprimente del mundo; allí las veías a todas con su bolsita arrugada de plástico con los tentempiés, a punto de olisquear un pañal para ver si había que cambiar a la criatura o con un pañuelito de papel en ristre, al acecho del retoño para poder sonarle los mocos. Esas madres que miraban al vacío por turnos, ausentes, mientras sus criaturas corrían y gritaban, se meaban encima, chocaban entre sí, volvían a gritar, lloraban y se reían y corrían…

Había descubierto que podía saberse que alguien era madre solo por esa mirada, que no solo reflejaba agotamiento y aburrimiento, sino algo más.

Era como si las madres se quedaran mirando fijamente algo que ni tan siquiera eran capaces de recordar. ¿Qué era…?

Conocía bien esa mirada porque ella misma era esa madre que se quedaba con la mirada perdida. Se sorprendía haciéndolo mientras le leía el

cuento de antes de dormir, mientras jugaba, cuando estaba con los trenes, cuando veía los dibujos. Un vacío se apoderaba de ella, y solo se daba cuenta cuando recobraba la conciencia, allí, al lado de su hijo, mientras este imitaba la bocina del camión volquete.

Así que se resistía con todas sus fuerzas a entablar amistades en un contexto maternal y se oponía al palmoteo y al gorjeo embelesado que tenía lugar en esa sala de la biblioteca, a los obligatorios juegos en el suelo, al cucú-tras grupal y al pito, pito, gorgorito colectivo; a la felicidad y al buen rollo también obligatorios. Entrar allí era meterse de pleno en el universo Mamis a tope, y lo último que quería la madre era meterse de pleno en nada parecido: era madre, sí, pero no una de esas cuya vida gira en torno a su criatura, que llena sus días con grupos de juego infantiles y actividades infantiles y que se deja arrastrar por el torbellino maternal, que avanza por los días y semanas según lo que le marca el horario de la biblioteca o los actos cívicos, que envía mensajes sobre parques acuáticos o zonas de juego infantil, compartiendo avisos sobre el peligro de las garrapatas o el uso de pesticidas en fruta y verdura. Y allí estaban ellas. Las vio a través de las ventanas que enmarcaban la puerta. Esas mamis. Esas mamis felices.

La líder de todas era la mami rubia —la Rubiales, se decía para sus adentros cuando se la encontraba en la biblioteca o acertaba a verla en un extremo del parque o la observaba mandar mensajes furiosamente en la zona de juegos del centro comercial—, con sus parlanchinas gemelas rubias ataviadas con jerséis conjuntados de adorables bordaditos de ciervos y búhos en contraste con la encantadora escena forestal estampada en cada falda y la sedosa cabellera recogida en dos colitas sujetas por lazos de terciopelo rosa. Cuando se ponían a gatear, la vista se te iba a los cubrepañales amarillos con volantes que asomaban por debajo de sendas faldas, que llevaban el nombre de cada gemela bordado en el culete: Celeste y Aubergine. Básicamente era la madre por antonomasia, perfeccionada y monumental, pese a haber llamado a una de sus hijas berenjena, pero en francés. ¡Pero es que le daba igual! Ni un momento de sonrojo le causaba ese ridículo nombre de hortaliza mientras sonreía y reía y hablaba y departía y abrazaba y alimentaba y participaba gustosa en todo lo participable. En ese momento, mientras la madre observaba desde una

distancia segura, una de las niñas de la Rubiales se comunicó por lengua de signos para bebé con aquella, quien, a su vez, le hizo señas a su otra hija, que le respondió de la misma manera, tras lo cual la Rubiales se fundió con ellas en un abrazo mientras a las tres les daba un ataque de risa; después, sacó de la bolsa de los pañales dos manzanas rojas que les dio a las pequeñas, que las miraron fascinadas y mordieron con las encías la suculenta fruta.

Fue entonces cuando la Rubiales alzó la vista y en su línea de visión apareció la desaliñada madre —esa madre de aspecto tan cansado que estaba donde los trenes, con la camisa hecha un gurruño, la pobre, siempre sola con su nene (menudo muñequito), y esa mirada rara, ¿por qué no viene con nosotras?—, a la que le dedicó un tímido saludo con la mano y, tras hacerle un comentario breve y animoso a la madre que tenía a su lado, desenterró algo de las profundidades de su bolsa de los pañales y se levantó para ponerse a andar con decisión hacia la madre, que hizo el mejor amago que pudo de sonrisa amigable mientras se repetía para sus adentros «joder, joder, joder, joder, joder».

¡Bueno! ¿Qué taaaal?, canturreó la Rubiales acercándosele. Por un momento, a la madre se le pasó por la cabeza que podía tratarse de un espectro, pues la Rubiales era perfecta y su contorno tenía unas líneas pulcrísimas. Trajo consigo, como algunas mujeres son capaces de hacer mágicamente, una experiencia olfativa sinfónica, pese a estar todavía a media sala de distancia, que deleitó tan intensamente a la madre que sintió un leve estremecimiento en la base de la espalda —¿Un meneo de cola?, se preguntó horrorizada— y, entretanto, se olvidó por un momento de lo mucho que detestaba a esta mujer, a esta Rubiales que ahora era una fiesta odorífera móvil: el toque de fragancia fresca de la toallita para secadora de sus shorts blancos y su camiseta de tirantes suave como la cachemira —sin duda recién lavados—; un olor terroso y sin embargo extraordinariamente sofisticado, como a pachuli destilado en una perfumería francesa y luego aplicado a toquecitos en las muñecas de la Rubiales y detrás de las orejas; y después, subyacente a cada efluvio, un dulce aroma a caramelo de fresa, como si fuera un recuerdo de la propia infancia de la madre: una bola de chicle que casi no le cabía en la boca, el sirope chorreándole barbilla abajo.

Los abalorios de la pulserita que llevaba la Rubiales en la muñeca repiquetearon, y acto seguido la madre salió de su ensoñación sensorial para volver a estar allí, en la mesa de los trenes, dedicándole una mueca lastimera que no supo reprimir y su propio saludito con la mano.

El niño que tan diligentemente había estado jugando con sus trenes levantó la vista para dedicarle su propio saludo con una mano sucia, realmente sucia, y fue entonces cuando la madre se percató de lo guarro que iba su hijo: llevaba el pelo sin cepillar, la camiseta manchada de zumo del desayuno, los pantalones cedidos y colganderos en el trasero por sus varios días seguidos de uso, el pañal caído y mojado como una fregona. ¿Y qué decir de su propio aspecto, que repasó con terror cerval? ¿Se había puesto corrector para las ojeras? ¿Y desodorante? ¿Cuánto hacía que no se lavaba la cara?

¡Eo!, exclamó la Rubiales con una desenvoltura y una familiaridad que la madre deseó secretamente para sí misma. ¿Cómo va? Nos tenemos vistas de por aquí, ¿verdad?, le preguntó señalándose con un dedo y luego señalando a la madre con otro para después moverlos alternativamente con aire afable.

Oye, tendríais que veniros a Biblionenes, añadió.

Anda, es que resulta que tiene fijación por los trenes, dijo la madre, señalando al niño, que ya había vuelto a la carga y estaba pita que te pita.

Claro, ya veo. Bueno, pues la próxima vez que vengáis… En este punto hizo una pausa dramática antes de dedicarle un aparte cómplice: Las chicas y yo estamos montando una cosa. ¡Vamos a vender hierbas! Es superemocionante. Y tú pareces del tipo de mujer a la que le encantan las hierbas, ¿verdad? Quiero decir, que te va lo natural y eso.

¡Mmm, pues quizá!, contestó la madre tan animadamente como le resultó humanamente posible, como si pillara totalmente lo que le decía la madre y como si a ella también le hiciera ilusión la idea, aunque vender hierbas era la cosa más chabacana del mundo. Estaba a punto de preguntarle más cosas al respecto, porque eso era lo correcto y lo normal, y ella estaba intentando con todas sus fuerzas ser las dos cosas, cuando los aullidos de las gemelas de la Rubiales planearon hasta llegar a la mesa de los trenes. Al oírlos, la Rubiales dio un paso atrás, puso los ojos en blanco como diciendo

«Hijos, ¿eh?» y añadió: Tengo que marcharme pero nos vamos viendo,

¿vale?

¡Vale!, dijo la madre, con un brío que esperó que comunicara un entusiasmo creíble y un buen talante general.

La Rubiales se rio y se despidió con la mano antes de volver trotando a Biblionenes para abrazar a sus desconsoladas criaturas y hacerles moc, moc con el dedo en las naricitas llenas de mocos.

¡Moooooc, mooooooc!, gritó su nene. ¡Mooooooc!

Cielo, le dijo a su sucio hijo, de repente cansada, tan cansada que lo único que quería era meterse debajo de las sábanas: Cielo, vámonos de aquí.

Esa noche, después de que el niño llevara más de una hora resistiéndose a dormir, la madre se arrojó de cabeza al sofá, se frotó los ojos y a continuación rebuscó en la bolsa de lona con los libros que había sacado de la biblioteca.

Una pila para el niño, con camiones de bomberos y autobuses y excavadoras a porrillo; pero para ella solo dos: de ellos esperaba que pudieran de algún modo arrojar luz sobre su enfermedad, aunque lo dudaba mucho. Quizá por lo menos conseguía olvidarse un poco de sus constantes preocupaciones: de sus dientes, que puede que estuvieran afilándose o no, de una cola que puede que estuviera siempre a punto de brotarle o no, de la mata de pelo animal que le iba creciendo, poco a poco, cuello abajo.

El manual médico era demasiado sesudo, demasiado largo y tenía una fuente demasiado pequeña, así que en su lugar optó por el segundo, Compendio de mujeres mágicas (publicado en 1978), en cuya cubierta aparecían criaturas fantásticas de todo tipo, representadas con una estética que ella asociaba a los años setenta, a Nancy Drew y a las pelis de serie B: mucho claroscuro e ilustraciones entintadas, con los bordes un poco borrosos. Miró el lomo para confirmar que, efectivamente, era un libro de no ficción, cosa curiosa, y lo abrió por las primeras páginas.

Aunque la madre estaba convencida de que aquel Compendio de mujeres mágicas no sería más que un batiburrillo cutre de historias de poca

monta sobre los monstruos femeninos de antaño, tan pronto como empezó a leer con detenimiento vio que sí, que efectivamente antes que otra cosa el libro era un compendio. Decía al respecto la autora, Wanda White: «Fui en busca de mujeres míticas, un proyecto de investigación que me llevó a los siete continentes y que ocupó toda mi carrera profesional. Este libro es la culminación de esa labor científica. Si bien algunos de mis colegas han alegado que el ámbito al que me dedico —esto es, la etnografía mítica— no es un área de estudio viable, presento en estas páginas pruebas incontestables que refutan sus opiniones».

«Al comprender los hábitos, las dietas y los patrones de estas criaturas

—seguía diciendo un poco más adelante—, también tú podrás encontrártelas en estado salvaje y ser testigo de su magia en primera persona».

En el prólogo, Wanda White explicaba que le interesaba el estudio de

«la expresión de la femineidad en un nivel mítico», así como que le atraía en particular «la experiencia de la maternidad y la medida en que esta complica, acentúa o niega la femineidad», para preguntarse después:

¿A qué identidades pueden recurrir las mujeres cuando no pueden valerse de las que tienen a su alcance? ¿Cómo expanden las mujeres sus identidades para que abarquen todas las partes de su ser? ¿De qué modo acuden al mundo natural para poder dar rienda suelta a sus anhelos más profundos y a sus fantasías más primarias?

No había ninguna fotografía de White, solo una breve biografía en la contracubierta, que decía: «Wanda White es doctora en Biología y da clase en la Universidad de Sacramento. Ha desarrollado toda su carrera en el ámbito de la etnografía mítica».

La madre sopesó toda esta información con la actitud de alguien que observa una curación por medio de la fe o una presentación donde te quieren vender una multipropiedad; esto es, con cierta perplejidad y un paciente escepticismo. Aun así, siguió leyendo.

En el primer capítulo, White explicaba que las Mujeres pájaro de Perú vivían en las altas y frondosas ramas de la selva tropical, donde construían

con gran habilidad unos nidos muy elaborados hechos de palos y cañas. Las páginas ilustraban varias clases de hábitats; uno de ellos, una esfera con un agujerito a un lado que estaba colgada lo menos a veinte metros de altura; otro; una estructura de varios estratos que estaba al mismo nivel que algunos de los diseños más hermosos del estilo mid-century. Las Mujeres pájaro se alimentaban de frutas e insectos y acostumbraban a comer en grupo, compartiendo la comida y graznando durante horas. Estas féminas no habían nacido siendo aves, sino que, al llegar a la sesentena, les habían crecido plumas y picos, pero solo si no se habían casado nunca ni habían tenido hijos. No se sabía a ciencia cierta qué había provocado la transformación; las gentes de las pequeñas aldeas peruanas solían explicar las desapariciones de las mujeres mayores solteras diciendo que habían respondido «a la llamada de las aves». Los aldeanos señalaban entonces hacia la jungla y luego al cielo, batiendo los brazos para intentar explicarse.

Las Mujeres pájaro se pasaban el periodo final de su vida revoloteando de árbol en árbol, entonando los más hermosos cantos, y aprendiendo a volar.

White aseguraba que había presenciado cómo una Mujer pájaro había emprendido lo que White llamaba «el vuelo crepuscular», refiriéndose al primer y último vuelo que acometía una Mujer pájaro, pues cuando esta aprendía a volar, su vuelo inicial a las alturas la alejaría para siempre del nido que había construido y la llevaría hacia el horizonte, a un destino desconocido. White solo sabía que las Mujeres pájaro que aprendían a volar jamás regresaban tras su partida, y que el resto entonaba durante días un canto que definía como «un lamento dulcísimo y extraordinario que está al nivel de músicos de la talla de Beethoven o Mozart, si estos hubieran sido aves». Hasta este punto leyó la madre antes de quedarse dormida allí, en el sofá, para soñar con un árbol que se alzaba y del que brotaban hojas, acompañado del canto de las aves, de un espectacular atardecer y luego, una inhalación. Un desplome. Sin peso, incorpóreo, todo movimiento y cielo.

Una caída infinita.

El jueves se despertó con el pelo sucio y el mismo sujetador deportivo que llevaba desde hacía demasiados días (no se lo había quitado ni de noche

ni de día, y vuelta a empezar), en el mismo momento en que el cuerpecito que tenía a su lado en el lecho se levantaba, sin importar la hora, y no quedaba otra. ¿Que la había despertado durante la noche? ¿Dos veces, tres?

¿Qué había tenido pesadillas? ¿Ganas de beber su agüita de las tres de la mañana? ¿Qué había extraviado el chupete? Daba todo igual, el niño se despertó al amanecer, y ella siguió tumbada con los ojos cerrados. Quizá si no me muevo no se da cuenta de que estoy aquí. Esa era la esperanza que albergaba siempre, pero el nene le trepó por el pecho y le puso la cara encima.

Mamá, dijo. Adiba. Adiba diba diba diba diba.

Vale, respondió sin moverse.

Mamá, adiba, repitió. Juga trenes.

Se puso los pantalones arrugados del suelo y la camiseta menos usada que encontró en un cajón, todavía en un estado de amodorramiento. El niño ya estaba en el piso de abajo, con su pañal colgandero de la noche, junto a las vías que tapaban el suelo de la sala de estar. Posó la suave mejilla contra las frías tablas de madera para ver cómo se movían las ruedas de los trenes.

Chu, chuuuuuu —pitaba—. Chu, chuuuuuu…

Cada mañana era lo mismo: a las seis, las vías de tren en el suelo de la sala de estar, la contundente sartén en el hornillo de la cocina, un poco de mantequilla, croquetas congeladas de patata y cebolla sacadas de una bolsa arrugada del congelador, una pizca de sal, un cartón de yogur de la nevera, lavar el cuenco de plástico del niño que llevaba en el fregadero desde la noche anterior, lavar su plato del tractor porque ese era el único del que su alteza aceptaba comer, darle la vuelta a las croquetas, llenar el cuenco, lavar el tenedor y la cuchara del nene, poner las croquetas en el plato y este sobre la mesita de plástico que estaba en un rincón de la cocina. ¿Leche o zumo, tesoro? ¿Leche o zumo?

La madre se comió un plátano, que él también quiso —no uno distinto, no: el suyo, lo que quedaba de él—, porque, efectivamente, se había quedado con hambre. Quiso darle al botón de la licuadora mientras ella se preparaba su batido de fruta, pero le daba miedo el ruido del aparato, así que se tiró al suelo pillando una buena rabieta, porque no quería que el chisme hiciera tanto ruido cuando pulsara el botón, y el nene tenía que

pulsar el botón.

Tesoro, le dijo, ya sabes que hace ruido. Cada mañana hace ruido.

No, mamá. NOOOOOOOOOOOOOOOOOOO, gritó.

Cada mañana era lo mismo. Cada día era lo mismo. Después del desayuno tocaba jugar con los trenes, leer un cuento sobre trenes, volver a leer el mismo cuento una vez, y otra, esta vez es la última; bueno, vale, otra más, y luego andar calle abajo y cruzar la concurrida carretera y atravesar corriendo el aparcamiento de la iglesia en dirección a las vías del tren que había sobre una pequeña loma. Inspeccionar las vías del tren. Tamizar piedrecillas. No tires piedras, tesoro. Las piedras no se tiran. Hacer equilibrios sobre las vías del tren. Frustrarse. Gritar y tirar piedras.

Calmarse y hablarse de los distintos tipos de vagones que hay. ¿Pasará uno dentro de poco? La madre no lo sabía. Tendrían que ser pacientes y esperar.

¿Que si esto era un aburrimiento? Sí, era consciente de ello, y quería que alguien, quien fuera, comprendiera la monotonía, el embotamiento mental causado por esa rutina, cómo la actividad mental menguaba y menguaba desde el mismo momento en que se despertaba cada mañana, que empezaba con grandes expectativas, ideas para proyectos artísticos y energía, el pensamiento de disfrutar de un día soleado y un nene contento y cumplir metas, pero, ay, entonces llegaba la lenta pero implacable pulverización de cualquier esperanza para volver a la cuestión de qué comer o qué limpiar, la mortificante agonía del Horario —la hora del desayuno y la hora del paseo y la hora de la comida y la hora de la siesta y la hora de hacer caca y la hora de la cena—, de hacer esto y lo otro y lo de más allá, hasta que la cabeza se le acababa vaciando de cualquier pensamiento y en su lugar solo quedaba la sensación física del agotamiento, un dolor en la rabadilla, el pelo grasiento y mucho empacho por haberse comido demasiadas galletitas con forma de pez y sal a porrillo. Hablaba como hablan los niños y se pasaba el día preguntándole cosas sobre hacer popó.

Haz popó en el orinalito, sugería cuando al nene le dolía la tripa. Su segundo cumpleaños quedaba ya muy lejos, y debería estar haciendo popó en el orinalito. El nene no puso pegas y se sentó allí, ella le leyó un cuento que se llamaba «Mi orinalito» que iba de hacer popó en el orinalito y entonces, cuando ya parecía que tenía ganas de evacuar, el nene pidió hacer

popó en el pañal.

Pero, tesoro, hazlo en el orinalito.

¡No!, dijo, poniéndose de pie. ¡Popó en el pañal!

Suspiró.

Vale, dijo al fin. Está bien.

Le puso un pañal y el niño se escondió detrás de la silla que tenía una montaña de cosas encima y asomó la cabeza por un lado.

Nene popó, dijo. Gruñó y apretó, mirándola a los ojos mientras cagaba, como le gustaba a él. Cuando salió de su escondrijo, el volumen del pañal atestiguaba su empeño.

Limpia culete, le dijo.

Y, ya entrada la noche, el niño no quería dormirse. Se pasaron horas y horas y horas y horas tumbados el uno junto a la otra, a ver quién podía más. Ella reprimió las ganas de gruñir, de ladrar ferozmente, de enseñar los dientes, de entornar los ojos y echar las orejas para atrás, más cerca del cráneo, como le hubiera gustado hacer.

Vivían en una casa de una planta de estilo mid-century con ángulos raros, construida por un constructor que de construir no tenía ni pajolera idea. Le había parecido lo más de lo más cuando se mudaron —de hecho, había convencido a su marido de que allí era exactamente donde debían mudarse, pese a la dudosa instalación eléctrica y al único baño—, pero ahora las puertas, que eran demasiado estrechas o demasiado bajas, la desquiciaban. Ni un solo rincón era un ángulo recto. Y daba igual lo mucho que se matara a limpiar: nunca parecía que estuviera limpia. Vaya casa, pensaba conforme se le hinchaban las narices. Vaya puta mierda de casa.

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