Canina

Rachel Yoder · Capítulo 1 de 5 · parte 3/4

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Canina

Canina

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Y en vez de contar ovejitas, allí echada sobre la cama, esperando a que el niño se durmiera —mientras este se daba mil vueltas y se hacía un revoltijo con las sábanas y sacaba las piernas, y pedía agua, comida, se quejaba, intentaba jugar con ella, hacía pucheros cuando le decía que chitón y que a mimir, que había que descansar—, mientras el nene se resistía y se revolvía y ella no se movía ni decía ni mu, imaginaba que abría boquetes a puñetazo limpio en los tabiques de escayola. Qué satisfactorio sería concentrar toda la fuerza de su cuerpo, sentir la sacudida en los huesos tras el contacto del puño contra la dura pared. Tendría la mano llena de sangre,

seguramente se rompería los nudillos. Pero cargarse la pared, que se viniera abajo, destrozarlo todo… Había una sensación de alivio asociada a la violencia. Ahora lo veía claro.

Pum, pum, pum. Una hora transcurrida allí, junto al niño. Pam. Dos horas. Seguía sin dormirse. Cualquier otra noche le habrían entrado ganas de llorar. Cualquier otra noche, se habría levantado de la cama, se habría ido al piso de abajo y no le habría hecho ni caso mientras el niño salía a hurtadillas del dormitorio y bajaba despacito las escaleras; se habría puesto a leer en el sofá y habría hecho como que no estaba allí mientras se acurrucaba contra su brazo; habría hecho lo que le apeteciera y habría dejado que se durmiera cuando le diera la gana y donde le diera la gana, porque ya no podía más. No podía estar en esa cama con él ni un maldito minuto más, simple y llanamente.

Le iría bien distraerse. Leer algo. Cualquier cosa que le hiciera pensar en otra cosa que no fuera la decepción y la desesperación que empezaban a hacer mella en su interior. Y allí estaba, en la mesilla de noche: el Compendio de mujeres mágicas. Pues claro.

No lo estaba leyendo de principio a final, sino que sentía que debía dejar que el tomo se abriera donde quisiera y retomar la lectura con lo que se encontrara. Lejos de ser una cosa inerte, le parecía que el libro era un ente que tenía mucho que decir, y que hablaba; en concreto a ella. Así pues, sencillamente no podía leerse de modo ordinario.

¿De qué quieres hablarme ahora?, se decía para sus adentros cuando se lo sacaba del bolso en el parque y, como respondiéndole, el libro se abría de par en par por «Una excursión a la Antártida» o «Algunas opiniones sobre la transformación».

Esa noche, mientras esperaba a que su marido por fin, gracias al cielo, regresara a casa al día siguiente, se quedó tumbada en el ambiente cargado de la habitación, con su hijo ya roncando junto a ella (¡solo le había costado entre dos y tres horas!) y abrió el libro por el apartado titulado «Variedades domésticas».

Decía White: «Si bien mi investigación en tierras indómitas ha sido una de las experiencias más apasionantes y fascinantes de mi carrera, no hay que pasar por alto las especies domésticas de mujeres mágicas pues, de

hecho, merecen por propio derecho un estudio detenido y serio».

Pues nada, pensó la madre. Allá vamos.

En estas páginas descubrió a la Cañera,

… Un tipo de criatura moderna que pone empeño y siente predilección por todo lo relativo a su carrera, el éxito, las ganancias económicas y el poder. No es específica de un campo concreto, pero la encontrarás en los puestos de más categoría de su área de especialidad.

Se vestirá como le apetezca, sin un estilo determinado, pero si tienes la mala fortuna de enfrentarte a ella en negociaciones comerciales de tono hostil, ten cuidado: puede atravesarte con la mirada y dejarte fuera de combate durante días. Con una palabra certera es capaz de sembrar la duda y hacer que te cuestiones todas tus decisiones vitales. A veces —nótese que es una teoría mía todavía por confirmar, basada, eso sí, en años de observación—, casi imperceptiblemente, la Cañera puede volverse punzante: su forma corpórea puede adquirir una nueva angulosidad y su rostro, estrecharse y adoptar una forma apuntada, de manera que frente, nariz y barbilla se convierten en una especie de cordillera escarpada.

Puede que sea cosa de magia o puede que sea cosa de la edad. (Con algo de financiación, estaría encantada de llevar a cabo un estudio pormenorizado del caso). La Cañera fracasada es una criatura lastimera, si bien igual de hiriente. Fuera del ámbito empresarial, se la puede encontraren un hogar impecable, acompañada de unas criaturas obedientes, una pareja igualmente dócil y en un marco caracterizado por el cumplimiento de un estricto horario. Esta clase de Cañera no acepta otra cosa que no sea la perfección, puesto que al desviarse de sus metas, estas se materializan con mayor saña, si cabe. Les deseo lo mejor a sus familias.

La Cañera prefiere las relaciones domésticas ambiguas con otras mujeres. Ya sean sexuales o no, lo más probable es que no seas capaz de distinguirlas.

Cabría esperar que las demás mujeres contemplaran con desdén

a la Cañera debido al espíritu cooperativo y altruista que suele animar los círculos sociales femeninos, pero yo he descubierto que, en la mayoría de los casos, sucede en realidad lo opuesto: las mujeres beta que se encuentran cerca de una Cañera sentirán un gran respeto por ella y se nutrirán de su poder, desarrollando a lo largo de meses o de años su propia versión de una Cañera hasta llegar a serlo ellas mismas.

La madre cerró los ojos. ¿Cómo debía de ser estar con mujeres que tuvieran la misma vitalidad contagiosa? ¿Qué se sentiría al erigir vastos imperios y mundos que hasta entonces habían sido inimaginables? ¿Cómo sería controlar el intercambio de ideas, la evolución de una sociedad? Ella jamás había sentido demasiado interés por el éxito o el poder entendidos de manera tradicional, pero por un instante vio el atractivo de un imperio gobernado solo por las mujeres, y luego el atractivo de mostrar una fuerza que pudiera devastarlo de un ramalazo. Un reino entero arrasado como manifestación de la furia de una mujer. Una habitación destrozada y hecha polvo. Lo que fuera para sacar de su cuerpo lo que sentía, pues había cargado con ello demasiado tiempo y ya no lo quería.

Además del pelo que se le iba extendiendo por la nuca y los hombros (una novedad), de los dientes afilados y la cola, a la mañana siguiente tenía los pechos hinchados y muy sensibles, y la zona lumbar muy tensa. En cada cosa que hacía notaba el martilleo subyacente de un intenso dolor de cabeza. Eso sí que tenía una explicación. Era normal, o por lo menos lo era desde que le había vuelto la regla al año de tener el bebé, tanto podía ser esta un intenso diluvio como un chorrillo fangoso; una semana con las compuertas abiertas como un par de días de no salirle prácticamente nada.

No había nada previsible en su ciclo reproductivo; tan solo el sufrimiento.

Nunca antes había sentido esa clase de agonía previa a las reglas; era una situación tan crítica que ahora entendía a las mujeres que tras asesinar a sus maridos se habían valido del SPM en su defensa. El único instinto que se le despertaba en esa situación era el de la violencia.

Por si no le bastara con su agonía premenstrual, la gata negra y gorda de pelaje desaliñado y grandes ojos verdes carentes de cualquier atisbo de inteligencia repetía su marramiau una y otra vez justo a la frecuencia exacta en que se desata la furia homicida.

¿Era posible que se le hubiera escapado alguna patadita que otra contra la minina (sobre todo sin querer, porque siempre tenía al bicho rondándole los pies, pidiéndole más comida; pero también con una chispita de intención, la suficiente para que le manara una fuente de alegría asesina dentro del pecho)? Sí.

Fuera, fuera, fuera, fuera, fuerafuerafuerafuera, gruñó, armando una buena en la cocina para intentar atrapar al animal, que se escabulló entre las patas de la silla y se metió debajo de la mesa de la cocina.

La madre dio un buen pisotón en el suelo para asustarla, y entonces la agarró por la panza, curiosamente rechoncha. La gata apenas se desinfló y chirrió como si fuera un juguetito. Las minúsculas patitas se le meneaban mientras la llevaba hacia la puerta y la lanzaba al porche.

Antes adoraba a la gata, cuando todavía no había tenido a su hijo. Era una criatura hermosa, negra como un tizón y esponjosa hasta la desmesura, de ojos enormes y verdes como un búho y un maullido agudo de princesa que sonaba como una campanilla. Tenía una asombrosa belleza que era equiparable también a su asombrosa idiotez. Maullaba como una posesa hasta que alguien se acercaba a su cuenco, le señalaba la comida y lo meneaba un poco, momento en que devoraba la comida como si estuviera muerta de hambre. Siempre salía disparada en la misma dirección en la que caminaba la madre, que acababa pisándola, y entonces lanzaba un alarido horrible y salía escopeteada hacia el sótano. Comía demasiado y se había vuelto obesa, por lo que ya no podía limpiarse sola, de manera que la madre, cada semana, tenía que quitarle la caca apelmazada que se le había quedado pegada entre los pelos del culo; tarea que hacía con asco infinito.

Tal ritual de Empieza era necesario porque la gata tenía tendencia a las infecciones de la vía urinaria debido a lo que el veterinario había llamado

«vulva anómala».

¡Pero hemos llegado hasta aquí juntos!, decía su marido cariñosamente cuando ella se quejaba de la gata. Abrazaba fuerte al bicho de marras y

decía: Piénsalo, nosotros y esta gata hemos evolucionado a partir de un organismo unicelular y hemos llegado hasta este momento de la historia juntos. ¡Lo hemos logrado!

A la madre se le escapaba entonces un ladrido de la risa, puesto que jamás se lo había planteado de aquella manera, y por lo menos durante unos instantes veía a la gata como a una victoriosa camarada y no como a una miserable alimaña, aunque esa camaradería duraba bien poco.

Ah, sí, estupendo, qué bien; todos habían conseguido llegar hasta allí.

Pero, sinceramente, esa gata no habría llegado demasiado lejos de no ser por la intervención humana. De tener raza habría sido una gata palaciega, la gata de la reina; una gata que todo el día descansaba las posaderas en un cojincito de seda y a la que alimentaban con carne picada preparada por un rubicundo cocinero. En cierta manera, pues, la gata merecía morir, si nos ateníamos a la selección natural.

Lo último que la madre quería era tener otro ser que dependiera de ella, que necesitara ser abrazado, alimentado, lavado, arrullado y mimado. Ella solo quería un poco de paz y que nadie la tocara.

La impresión de que la sociedad, la vida adulta, el matrimonio, la maternidad, todo eso, había sido una idea magistral para dejarle bien clarito a la mujer cuál era su lugar, del que no podía salir, esa idea había empezado a cobrar fuerza en su interior. Se lo había planteado antes, claro, pero tras la llegada de su hijo, ese pensamiento adquirió nueva forma y se volvió un peso engorroso —que notó mucho más después de dejar el trabajo—

mientras su cuerpo luchaba por recuperar el equilibrio. Y una vez se la despojó de todo lo que ella había sido; de su carrera, de su hermosa figura, de su ambición, de sus hormonas antaño reconocibles, una conspiración antifeminista no solo parecía plausible, sino casi inevitable.

Tenía que salir a por comida para gato y otras cosas ese día, y no le apetecía en absoluto salir a por comida para gato ni otras cosas, pero aun así fue.

En el supermercado, no podía sacudirse esa idea: que estaba atrapada, que todo era una conspiración; y acabó poniéndose de un humor de perros, pese a sus esfuerzos en pos del pensamiento positivo y la elección de la felicidad.

Se preguntó si estaba siendo una histérica mientras empujaba el carrito por el pasillo de frutas y verduras y dejaba atrás la charcutería. Era lo último que quería ser. Siempre se había enorgullecido de no ser una mujer histérica, sino más bien una mujer lista con buenos argumentos que alguna vez se molestaba un poquillo pero con la que casi siempre molaba pasar el rato.

Ya sabía, claro, que el concepto de «mujer histérica» era en sí mismo una noción sexista, y rechazaba de todas todas esa etiqueta, pero también se aseguró de que, para empezar, nadie pudiera asociarla con tal etiqueta.

El niño balbuceaba galleta, galleta, galleta, desde su sillita del carro, y luego dijo con señas por favor, frotándose las palmas contra el pecho, arriba y abajo, y mirándola con ojos de cordero degollado.

La madre sonrió, le hizo una caricia en la nariz y deambuló distraída hacia la sección de panadería y bollería.

No era histeria si el motivo que la causaba estaba justificado, si el sistema del que se formaba parte se había configurado desde el principio de manera que la mujer estaba siempre en posición de desventaja. A decir verdad, aunque la vaga definición histórica culpabiliza al útero y a las hormonas femeninas descontroladas, eran precisamente esas cosas las que no lastraban a la mujer sino que la elevaban a un grado superior, aguzando su ingenio, poniendo a su disposición la realidad de las políticas de género y perfeccionando su pensamiento crítico hasta volverlo afilado como una navaja.

Sí, claro que su rabia incipiente era en parte una consecuencia de los procesos fisiológicos que estaba viviendo, pero ¿cómo podía alguien no estar de mal humor después de tener un hijo?, se preguntaba mientras cogía una cuña de queso y la olisqueaba, registrando al momento una profundidad de matices olfatorios que hasta entonces le habían resultado desconocidos: heno, humo, miel, un tufillo agradable a hongos, un olor acre como a una mezcla de algo dulce y podrido. Increíble, pensó al dejarlo en su sitio. Se dijo que esa extraordinaria sensibilidad era otro síntoma premenstrual, aunque lo que temía —de repente lo vio claro— era que la exacerbación de este sentido, que no hacía sino acentuarse conforme avanzaba por el supermercado, formara parte de su evolución canina: las levaduras maduras

de la panadería, el bicarbonato de soda y el chocolate amargo de la galleta con tropezones de chocolate del niño, la leche en todos los estados comprendidos entre la frescura y la acidez, el vinagre de los botes de aceitunas, los prados mortecinos del pasillo del pan de molde, los matices punzantes del café recién molido.

Notaba que estaba viva de un modo distinto mientras iba avanzando por el supermercado; el crío estaba la mar de feliz con la cara manchada de chocolate. Le llegaron los efluvios del té negro y la húmeda suciedad de la orina vieja de su pañal, y luego la sal y lo verdinoso de la sección de pescado y marisco. Al niño le gustaba embobarse con las langostas del tanque que, con las pinzas atadas, se revolcaban amontonadas por la turbia agua. Se pararon para ver cómo se caían unas sobre otras para acabar chocando con el cristal.

El supermercado es un foco de opresión, pensó mientras empujaba el carrito y dejaba atrás a una mujer mayor que trabajaba allí friendo filetes de pescado para degustar en una sartén eléctrica situada sobre un pequeño podio.

¿Mordisco?, le preguntó la madre al niño, señalando la galleta. ¿Me das?

El nene le cedió la galleta y ella mordisqueó el borde. Gracias, le dijo por señas, y él palmoteo con las manos, que llevaba guarrísimas. Deseó tener una galleta entera, una docena entera solo para ella. De repente se le había despertado un hambre canina, pero no: lo que quería no eran galletas.

Se acercó al mostrador de la carnicería y se compró tres chuletones bien gordos; el olor a moneda y a sangre y a muerte la sumió en un apetito sin fondo. ¡Qué hermosura de cortes! ¿Por qué jamás se había fijado en su belleza, en el contraste del intenso rojo de la carne con las blancas espirales de grasa? Cada uno de ellos era una pequeña obra maestra, pensó, relamiéndose. Pidió más: un kilo de espaldilla picada; pensándolo mejor, póngame kilo y medio. Media docena de bratwursts. ¿Y esa parte es aguja?

Tiene una pinta deliciosa. Me quedo medio kilo. Y esa culata es espectacular; casi es tan grande como una zarigüeya, le dijo al carnicero señalándole la pieza, y el hombre se rio por lo bajo mientras la sacaba de la funda de plástico. Y póngame ya que estamos algunos kebabs de esos

preparados; que no falte la verdura que es muy sana, dijo intentando controlarse.

Sí, tomar verduras era de lo más civilizado. A una perra ni se le pasaría por la cabeza comprarlas.

Pero ¿tú te estás oyendo?, se preguntó a sí misma.

Para ya, le dijo otro yo. Deja de hablar sola.

Mierda, pensó.

Era viernes, y su marido estaría de vuelta en casa esa misma tarde.

Llevaba casi cinco kilos de carne roja en el carrito. Seguían necesitando zumo, toallitas, yogur, plátanos, tentempiés para picotear y una bolsa de zanahorias de lo más civilizadas.

Imagina que estás intentando comprar cosas para picar con un niño pequeño y un sentido olfativo acentuado y cuasi animal con la enormidad de la sociedad patriarcal acechándote detrás de cada caja de galletitas saladas de temática animal, en el crujido de cada bolsa de lazos salados que coges.

Mientras cruzaba las puertas automáticas que iban del súper al aparcamiento, alguien la llamó desde atrás, y ella se giró.

Sally —la soltera, mona, joven, feliz y rubia Sal— la saludó con la mano y se le acercó muy alegre, prácticamente dando saltitos.

¡Oye! ¿¡Qué tal, cómo te va!?, preguntó dándole un abrazo a la madre y alborotándole el pelo al niño. Hace la tira que no te veo. ¿A que estás encantada de tener a este chavalote en casa? Seguro que os lo pasáis pipa.

Sal trabajaba en la galería local que ella había dirigido antes de renunciar al puesto. Había tomado la decisión correcta. Sí. Estar trabajando mientras su crío se pasaba el día tirado en el suelo de linóleo de la guardería había sido una agonía, pero estar en casa también lo era, solo que distinta.

Quería decirle a la chica: es complicado. Ahora soy una persona que jamás imaginé que sería, y no sé cómo hacerme a la idea. Quisiera sentirme satisfecha, pero tengo la sensación de estar atrapada en una cárcel que yo misma he construido, donde me atormento incesantemente hasta que acabo atiborrándome de galletas de higo a las tantas de la noche para no echarme a llorar. Es como si las normas sociales, las expectativas de género y la desesperante crudeza de la biología me hubieran obligado a convertirme en

esta persona, pero aun así me está costando la vida analizar cómo he llegado hasta donde estoy. Siempre estoy enfadada. Me gustaría llegar a enfocar mi propia obra hacia la crítica de estos sistemas modernos en torno a los que se articula todo lo que te cuento, pero mi cerebro ya no funciona como antes del bebé, y ahora soy medio lerda. Me da miedo no poder volver a ser lista ni feliz ni delgada. Tengo miedo de estar volviéndome perra.

En vez de eso, dijo sonriente: me encanta. Me encanta ser madre.

He estado dándole vueltas a un posible nuevo proyecto, dijo de pie desde el umbral de la puerta del baño esa noche —¡por fin viernes!—, mientras su marido le echaba agua templada al niño en la cabeza. Quizá algo que tenga que ver con destrozar cosas. Me encantaría usar un bate. O

un hacha.

Esto… ¿y pintar con una maza?, le dijo su marido.

Ya…, dijo sin ningún convencimiento.

Él se rio y empezó a enjabonarle el pelo al niño.

Algo que tenga que ver con las madres y la ira y romper cosas, prosiguió ella. Pero en plan artístico, tú ya me entiendes.

Con las madres, repitió él.

Pues sí. Están enfadadas, le contestó.

¿Enfadadas?

Déjalo estar.

Si tuviera que adivinar cuál sería tu próximo proyecto, observó él, diría que estás aprendiendo a ser carnicera, porque tenemos la nevera hasta los topes de carne.

Hasta los topes, no. Hay más cosas, le respondió ella.

¿Todavía sigues convencida de que te estás volviendo medio perra?, le preguntó levantando mucho las cejas, como dando a entender que estaba pensando estoy de coña, pero también creo que eres un poco tontaina.

Calla, anda. No me pasa nada, le respondió. Si hasta hemos ido a Biblionenes esta semana. Bueno, vimos a los Biblionenes mientras estábamos en la biblioteca.

¿Y qué tal?

Una cosa insoportable, dijo ella, y los dos se rieron.

Le agradecía que estuviera bañando al niño, aunque durante el susodicho baño el marido le había pedido que pusiera la toalla del niño en la secadora para calentarla, que le trajera una tostada porque el nene tenía hambre, que fuera a buscar el pijama del crío a su cuarto; todo ello mientras el hombre permanecía sentado en la tapa bajada del váter, al lado de la bañera, leyendo algo en su teléfono. Lo haría, claro, aunque durante toda la semana hubiera hecho todas esas cosas sola, sin la posibilidad de tener algo de ayuda, ¿no parecería un poco pejiguera si lo mencionaba? Ella solo quería apalancarse en el sofá y quedarse un rato con la mirada perdida en la ventana —aunque fueran diez minutos—, pero a su marido le gustaba6oque estuviera animada y habladora cuando estaba de vuelta en casa. Porque, claro, se había tirado un montón de horas en el coche, desde Mineápolis o Chicago —y él también estaba agotado, porque se había acostado muy tarde esa semana en el hotel, leyendo o mirando Internet, o sencillamente no había podido dormir por equis motivos: porque había demasiado silencio en la habitación, o porque había pedido que le subieran la cena demasiado tarde y le había sentado como una patada. Pasarse la vida en un hotel era un no parar de problemas, de verdad, le informó él.

Si, cuando llegaba a casa, lo primero con lo que se encontraba eran las quejas de la madre o al niño pasado de rosca o la casa hecha unos zorros, se estresaba, y entonces necesitaba un poco de tranquilidad para empezar con buen pie, un rato de relajación después de pasarse tanto tiempo al volante, una horita o así al ordenador. Hacía ya muchos años que la madre se lo consentía, y se obligaba a recordarse —una y otra vez, a ver si se le grababa a fuego— que no era un mal hombre.

Ella lo llevó a nonón después del baño, puesto que el marido tenía que enviar algunos mails del curro, pese a haber tenido la semana entera para hacerlo. Lo que de verdad habría querido hacer era marcharse de casa y pasarse la tarde entera en la cafetería en el mismo momento en que el marido hubiera puesto el pie en casa; eso o encerrarse en el cuarto de invitados y simplemente ponerse a imaginar cosas: proyectos, combinaciones de ropa, futuras vacaciones. Quería irse, pero habría sido

inconveniente para su marido; para toda la familia, como le había dicho él, así que se quedó en casa.

¿Y si resultaba que ella sí estaba de buen humor, aunque pensara que solo fingía? ¿Y si era divertido quedarse en casa y estar toda la familia junta tan pronto como su marido llegaba a casa? Semana tras semana se lo planteaba para intentar convencerse a sí misma.

Cuando al final se cameló al niño para que se durmiera, el marido le dijo lo contento que estaba de verla contenta; lo mucho que deseaba que las aguas volvieran a su cauce, tú ya me entiendes. Se sentaron en el roñoso y viejo sofá mientras la televisión emitía el murmullo de una película extranjera que su marido había elegido. Le acarició el vello suave de los antebrazos y luego le metió la mano por debajo de los pantalones del pijama para tocarle los pelos de las piernas, y fue subiendo hasta llegar a los muslos, que no pinchaban, como de costumbre, porque el vello había crecido y estaban frondosos, pues pese a que se había depilado las piernas en algún momento de la semana, el pelo había vuelto a salirle, pletórico.

Mmmm, le dijo enterrando la cara en el cuello y acariciándole la nuca, notando un poco de pelambre en la mano.

Oh, musitó sorprendido mientras la besaba.

Un momento…, dijo ella, bajándole la mano hasta la cintura y ofreciéndole solo besos con los labios sellados por miedo a rajarle con sus colmillos. Él desplazó la mano a la parte baja de la espalda y ella arrugó la cara y lo apartó.

El quiste, le dijo, apartándose de él en dirección al lado opuesto del sofá. No estoy muy fina. Me tiene que venir la regla.

Bueno, y si…, dijo, tirando de la cintura del pijama de ella e inclinando la cabeza con esa sonrisa picara, pero la madre dijo que no y le sonrió y le dio un beso y se volvió hacia la tele y la cosa quedó así. ¿Cómo iba a enseñarle los cuatro granos que acababan de salirle en el pecho, hinchados y rosas? Seguro que le diría que eran pecas, pero ella sabía que no.

Pezones. Solo podían ser eso. Ahora tenía seis en total, contando los de sus pechos.

Era sábado por la mañana y la madre se metió en la ducha, porque

¿cuánto tiempo hacía que no se bañaba? ¿Tres días?

¿Una semana? Antes de que pudiera echarse siquiera un poco de champú en la mano, su marido ya estaba en el baño diciendo que se habían quedado sin leche, y al segundo apareció el niño llorando y tirando de la cortinilla de la ducha antes de que él lo cogiera y se lo llevara rápidamente de allí. Oía al marido en la cocina, pidiéndole al niño que se calmase, mientras este gritaba ¡MAMÁ! Por toda respuesta.

¡Un segundo!, canturreó ella, frotándose el cuero cabelludo con frenesí.

Ocúpate de tu hijo, quiso gritarle. ¡Ocúpate tú y punto! ¡No tiene mayor complicación! Dale algo, lo que sea. Hazle muecas. Ponle los putos dibujos.

No le cabía en la cabeza que su marido tuviera una extraordinaria pericia para operar con máquinas complejísimas y que fuera totalmente incapaz de identificar lo que le pasaba a su hijo y solucionarlo. Salió dando un brinco de la ducha sin haber podido lavarse bien la cara.

No queda leche, repitió su marido.

Ya lo sé, le respondió ella mientras le quitaba al niño, que estaba hecho un mar de lágrimas, y lo besaba en la mejilla.

¿Por qué no hay más leche?, inquirió.

Porque se la ha bebido, respondió señalando al hijo que tenían en común.

Beche, dijo el niño.

Ya, eso está claro, respondió con un tonillo molesto, como si fuera ella la que le estaba haciendo perder el tiempo, y no al revés. Pero ¿sabías que no quedaba?

Sabía que quedaba poca, dijo. Tenía toda su concentración puesta en mantener un tono de voz calmado y contenido. Pero, no sé por qué, me habré descuidado. El marido suspiró y volvió a su portátil, abierto en la mesa de la cocina.

Envuelta en una toalla, con el pelo chorreándole, sostuvo al niño en brazos, que buscaba a su padre.

Papi, dijo el niño.

¿Por qué no te piras?, pensó. Píratelas. En cierto modo, todo era más fácil si no estaba él. Podía ocuparse del crío sin tener que soportar su incesante torrente de comentarios, sus preguntas inspiradas por opiniones mal disimuladas, sus soliloquios paternalistas o cómo él haría lo que fuera que tuviera que hacer ella si fuera él quien se ocupara de todo; cómo lo tenía todo bien pensado, lo sencillas que eran las cosas: no había más que hacer X, Y, Z; todo perfectamente razonable.

Sí, claro, pensándolo a toro pasado tampoco era una locura que le preguntara sobre la leche ni que necesitara que lo ayudara con el crío porque no había desarrollado las mismas habilidades que ella por todo el tiempo que pasaba fuera, pero ¿no se daba cuenta del currazo que era? ¿No era capaz de reconocer todo lo que hacía? Por sus comentarios parecía que pensara que ella estuviera alargando sus vacaciones. Si no era capaz de ofrecerse a ayudarla de manera práctica, lo menos que podía hacer era mostrarle su gratitud con una lluvia de gracias cada minuto del día que pasaba en casa. En vez de eso, cuando intentaba sacar a relucir la división de tareas, el trabajo invisible que ocupaba su vida, la carga mental, él le soltaba supongo que el dinero que gano no vale para nada o algo por el estilo, y eso no era lo que le estaba diciendo ella, en absoluto.

Cargó con el gimoteante crío escaleras arriba y lo colocó en la mesita de los trenes de su cuarto antes de buscar un sujetador de deporte, unos pantalones cómodos y una camiseta de tirantes. Era su uniforme de diario.

El lunes, transcurrido un fin de semana de soportar a su marido (porque así lo sentía ella), lo abrazó sin ganas y le dedicó mentalmente un que te jodan mientras él arrancaba el coche y se marchaba. Se derrumbó en una silla de la cocina con su café tibio para recomponerse y observó al niño mientras sacaba metódicamente una bandeja de horno, un molde para magdalenas, una sartén, el rallador, etc., del armario que estaba al lado del horno. Aunque no quería admitir (y jamás lo haría) que el consejo de su marido sobre la felicidad y los horarios quizá no fuera tan mala idea, se negaba a que la semana empezara y discurriera en aquel estado de amargura y rabia; tenía un enfado tan grande encima que casi se le saltaban las lágrimas. Eso no era productivo ni bueno para nadie, especialmente para ella.

Vale. Puede que lo único que pasara fuera que tenía demasiado tiempo libre. Sí, el problema era ese. No tenía tiempo para hacer cosas que de verdad le gustaban, como crear proyectos artísticos, leer o hacer ejercicio de manera provechosa. Pero sí tenía tiempo — ¡muchísimo! — para llevar al nene a la zona de juegos del centro comercial y para llevarlo a la zona de juegos de al lado de la piscina y para llevarlo al parquecito del gimnasio local y para llevarlo a una sesión de cuentos de mañana o de tarde —¿ y por qué no a las dos?— de la biblioteca pública.

Pues yo estaría como unas castañuelas si eso fuera lo que tuviera que hacer todo el día, le decía siempre su marido cuando ella se quejaba, lo que en realidad ya no hacía, porque intentaba ver las cosas desde su perspectiva y regocijarse interiormente por vivir como una ama de casa que le dedica todas las horas del día a su crío y a las actividades relacionadas con él.

Esa semana se esforzaría aún más por salir de casa y por conectar con los demás. No flaquearía en su actitud positiva. Preparó la bolsa de los pañales, canturreó por lo bajo mientras vestía al niño, le hizo una caricia en la nariz para que se riera y luego se cepilló el pelo.

Iban cantando juntos «El perro Bingo» mientras salían de casa, ella con la bolsa colgada del hombro y el niño en brazos, cuando de repente se paró en seco, asombrada por lo que acababa de ver en el jardín.

Guau guau, dijo el niño, señalando.

Sí, en realidad eran tres guau guaus, y estaban a la sombra del arce plateado: un golden retriever, un collie y un sabueso. Siempre los había visto como las razas de perro favoritas de las chicas en los ochenta. A ella misma, sin ir más lejos, en esa época, le habían encantado esos perros y de niña había soñado con peinarlos con un cepillo de dientes rosa, ponerles lacitos de color lavanda y llamarles Lisa o Gem o Mr. Belvedere. Además, la salvarían si alguna vez se tropezaba en la calle delante de un coche en marcha o se caía en un hoyo muy profundo.

Pero ahora estaban allí, sobre la hierba, girados los tres hacia la madre y el niño, jadeando.

Venga ya, dijo en alto.

Sí, era una situación de lo más absurda, pero lo cierto era que el corazón le retumbaba en el pecho preso de un terror espantoso, de un placer

espantoso. ¿Estaría perdiendo la chaveta? ¿Los perros domésticos iban ahora en manadas? ¿Y qué hacían en su jardín, acaso estaban montando alguna sociedad y llamándola a filas? El niño empezaba a impacientarse bajo sus brazos; lo dejó en el suelo y este salió pitando hacia los perros, que ya estaban erguidos y movían la cola violentamente. Apretaron los hocicos húmedos contra la cara del niño, que soltó un gritito, se dio la vuelta y corrió hacia su madre, que lo esperaba, estupefacta, en el porche.

Hola, perretes, cómo estáis, dijo conforme se acercaba a ellos, se arrodillaba y les tendía la mano. El sabueso fue el primero en acercarse trotando; al poco le siguieron el collie y el golden retriever. Resultó que las tres eran hembras. La primera se dejó caer sobre el césped, entre los pies de la madre, mientras las otras saltaban para ponerle las patas encima de la barriga y de los hombros, lamerle la cara y olisquearle cualquier parte que debiera ser olisqueada. Lo normal es que hubiera reculado ante tal muestra de afecto desatado y obsequioso. Así eran los perros. Tan poco complicados, tan cariñosos. Con el tiempo había desarrollado un inequívoco desdén por los perros y su amor incondicional a prueba de bombas.

Deberían exigir más, cambiar de humor con frecuencia, tener más enfermedades. Pero no, un perro siempre era pura felicidad, una boca abierta y una cola en pleno movimiento, un destello en los ojos que suplicaba que ese amor fuera correspondido.

Sin embargo, algo había cambiado y estas perras —estos canes ochenteros— y sus lenguas mojadas y sus suplicantes patas y sus cuerpos cálidos y palpitantes eran una preciosidad. Extendió los brazos y las abrazó.

La tiraron de espaldas y se quedó allí tendida, muerta de la risa, con las perras pisándola y meneando la cola y lamiéndola y, al fin, tumbándose sobre ella. El niño gritó de alegría y también se le echó encima.

Acabaría cubierta de pelo y tufo perruno y babas y briznas de hierba, pero le daba absolutamente igual. Adoraba a esas chuchas y… Joder, ¿qué le estaba pasando?

El niño y ella se pasaron la mañana en el jardín delantero, haciéndoles carantoñas a las perras y preguntándoles cosas y diciéndoles que eran muy buenas perrillas. La madre rescató una buena colección de pelotas de detrás del sofá y de rincones recónditos del garaje, y el niño se las fue lanzando

una por una, loco de contento.

La golden retriever descollaba entre las otras —verla saltar en el aire era una bella estampa, con las orejas alerta y los ojos brillantes— para atrapar con el hocico una pelota en pleno vuelo. Aterrizaba con contundencia, se daba la vuelta sin perder un segundo, apretaba a correr hacia el niño y le dejaba la pelota a los pies.

Cuando el niño se cansó de lanzarle la pelota y de que se la devolviera, la retriever se acercó a los escalones del porche, donde estaba sentada la madre, y apoyó la cabeza con delicadeza en su pierna. La madre acarició al animal mientras veía a su hijo perseguir con paso vacilante a la collie y a la perra sabuesa, con los brazos en el aire, gritando y riéndose a carcajadas.

Acarició el pelo dorado, largo y sedoso de la perra, el más suave que había tocado jamás; parecía que le hubieran echado champú y acondicionador antes de pasarle el secador y de cepillarla con gran primor.

¿Acabas de ir a la pelu?, le preguntó a la perra, que le hizo una caricia en el cuello con el hocico y luego le lamió la palma de la mano.

Acercó contra sí el cuerpo de la perra y la abrazó, enterrando la cara contra su pelaje, que olía a fresas y a jabón.

¡Fresas!, exclamó sujetando la cara de la perra y clavando la vista en su dulce mirada. Qué perra más buena, preciosa y perfecta. La retriever le sonrió, y le pareció reconocer algo familiar en los ojos del animal. Guiñó los suyos, ladeó la cabeza y le susurró al perro: Madre mía, ¿no me digas que te conozco?

La perra encajó el hocico con delicadeza en la mano de la madre, luego tiró de ella para llevarla del porche al jardín, y de ahí a la acera.

Ven, le decía. Los dientes caninos se le clavaron en la piel, y por un instante se preguntó si le mordería.

Pero ¿adónde voy?, pensó ausente. ¿Adónde querría llevarme un perro?

¿A su guarida? ¿A una inmensa pradera verde donde correr hasta cansarnos, conscientes de la vigorosidad de nuestros cuerpos, con la sangre huyéndonos por los músculos y las fascias, a un lugar donde nuestros pulmones se abrieran para recibir en nuestro interior el cielo entero, un lugar donde no hubiera humanos, sino solo un latir y un brío que dijera vida, vida, vida?

Dejó que la guiara, y avanzó despacito por el jardín; el tiempo parecía discurrir más lento y el día resplandecía como si estuviera soñando despierta.

El niño estaba tumbado bocarriba, a la sombra, en el largo rectángulo de césped del patio delantero, flanqueado por la collie y la perra sabuesa. La primera estaba arrodillada a su lado y apoyaba la pata en el pecho del niño igual que la madre apoyaba su palma en el mismo lugar justo antes de que el pequeño se durmiera. La orejota de la segunda aleteaba mientras el animal le susurraba algo al oído al niño. Un cuento, quizá. Una nana.

¡Anda, si lo están preparando para que se duerma!, pensó. Qué bonito.

Cuando pasó junto a ellas, las dos perras la miraron a los ojos y asintieron.

Todo irá bien, le dijeron. Vete. Y la golden retriever volvió a tirarle de la mano para alejarla de su casa y del niño y de la vida que quería y no quería a la vez.

Un pájaro entonó un canto agudo y estridente, y la madre se sobresaltó.

Bajó la vista hacia la golden retriever, luego miró a su hijo, a los otros chuchos. Sacó de un tirón la mano del hocico de la perra, horrorizada, y acto seguido corrió a toda prisa hacia su hijo y les gritó mientras arrancaba al ensimismado niño del suelo.

¡Largo!, gritó ahuyentándolos con el revés de la mano. ¡Marchaos a vuestra casa!, insistió, y se fueron hacia la calzada, proyectando una mirada triste hacia el porche, donde estaba ella. Bestias inmundas, rezongó, fuera de aquí. Y luego, como por acto reflejo, echó la cabeza hacia atrás y aulló desde la caverna de su pecho donde estaba todo: la aplastante felicidad de aquella mañana, la suntuosidad de la dorada luz del sol, el no haber dormido ni una noche del tirón en dos años y pico, su soledad, sus vergonzantes deseos, lo sedosos que eran los rizos rubios de su hijo… todo eso salió de ella en un sonoro alarido. Los perros se quedaron petrificados en mitad de la calle, escuchándola, y después, cuando hubo terminado, regresaron a toda velocidad al lugar de dondequiera que hubieran salido.

¿Una jauría de perros?, le preguntó por teléfono su marido. Era lunes

por la noche, bastante tarde; el niño estaba acostado y ella estaba aterrorizada y llorosa.

Estoy cubierta de pelos y tengo cola, y luego encima lo de esos chuchos, sollozó. No me gustan nada, y ahora quiero uno.

Cariño, le dijo él con tono apacible. Se oían de fondo las noticias por cable. Seguro que no es más que un desarreglo hormonal. ¿Has pedido hora ya con el médico?

No, le dijo mientras se sonaba los mocos. No quería ir al médico ni tener que oírle decir que no le pasaba nada, que todo era fruto de su imaginación. Pues resulta que sí que pasaba. Era lo que había estado intentando comunicar desde aquella primera noche en la que se despertó rabiosa y ya no se volvió a calmar. Sí que pasaba algo, aunque los demás se empeñaran en racionalizar sus preocupaciones y su rabia, en decirle que así eran las cosas, que todo mejoraría, que tenía que tranquilizarse y no enfadarse tanto, que debería estar agradecida y feliz, que la felicidad era una elección, que era una privilegiada y se estaba portando como una niñata que quería tenerlo todo.

Y a esto había que añadirle la angustia que le causaba la teoría que empezaba a cristalizar en su interior y que ella intentaba anular de un plumazo cuando se le metía en la cabeza para susurrarle que la golden retriever y la Rubiales (ambas inmaculadamente acicaladas, exhibiendo la misma vitalidad y emoción por la vida, ambas con ese peculiar olor a fresas) eran un mismo ser.

Mira, si vuelven a aparecer, llamas a los de la perrera, le dijo su marido con la boca llena de algo; un pedido nocturno al servicio de habitaciones, quizá. Visualizó un brownie calentito coronado por una bola perfecta de helado de vainilla bañada en caramelo.

¿Qué comes? No juegues con ellos, le dijo. Por lo que más quieras, no les des bola.

Vale, dijo, y luego no dijo nada más durante un buen rato.

¿Ahora te has enfadado?

Necesito dormir, dijo, y puede que le colgara con algo de brusquedad, pero no con tanta como para no poder argumentar que había sido sin querer.

Se cepilló los dientes y se lavó la cara, obligándose a dejar de llorar, a

serenarse. Eres una mujer adulta, se dijo mientras se pasaba el hilo dental, la acción más adulta que le vino a la mente para reforzar dicha madurez. La vida es así. Apechuga. Pero no podía quitarse de la cabeza las sencillas preguntas que la asediaban: ¿Por qué su marido era incapaz de decirle nada que la consolara, un lo siento o un muchas gracias por todo lo que haces?

¿Por qué no pillaba las reglas del intercambio afectivo presentes en las interacciones humanas habituales? ¿Era capaz de sentir empatía o resultaba que era, como a veces habían comentado en plan de broma, un sociópata que se había criado en un hogar estable y afectuoso, y de ahí que no matara a gente pero que, en cambio, fuera incapaz de reconocer las emociones y a veces y constantemente hiriera sus sentimientos?

Se quedó tumbada en la cama junto al niño, mirando las confusas formas que adoptaba la oscuridad, el techo ligeramente pixelado, las fauces de color carbón de su armario. Ojalá no hubiera llorado al teléfono. Quizá su marido la habría tomado más en serio. Para que pudiera entenderla tenía que plantearle las cosas de otra manera, pero a esas horas de la noche y después de un día tan raro encajado entre tantos días igualmente raros, no había podido mantener la calma.

No había entendido nada; ni su tristeza, ni su rabia, ni por qué el comportamiento de los perros la había trastornado tanto. Y eso que ni siquiera había intentado contarle que había sentido que la golden retriever la llamaba, que, sin saberse cómo, le había hablado, y lo fascinante y lo reconfortante que había sido, como si comprendiera todos sus infortunios, sus pulsiones y luchas más íntimas. No, jamás de los jamases le explicaría nada así a su marido. Echaría por tierra el más mínimo atisbo de credibilidad que le quedara. Su intuición, sus sentimientos no le importaban; de hecho, eran inverosímiles. Esa era la palabra justa, inverosímiles, igual que lo eran las patrañas, las leyendas urbanas, los remedios caseros, los alienígenas, las criaturas míticas que supuestamente vagaban por los bosques; de manera que sus sentimientos automáticamente quedaban descartados, pese a que sabía que eran lo más verdadero de su experiencia humana, una luz que alumbraba el camino.

Escarbó en la montaña de cuentos que tenía junto a la cama hasta que descubrió, a la tenue luz nocturna, su Compendio, que abrió de par en par

pese a estar agotada, porque tenía la sensación de que Wanda White siempre tenía el pasaje preciso para apaciguar el alma de la madre.

Wanda. Wanda. Cuánto ansiaba conocer a Wanda, llorarle en el pecho oloroso a polvos de talco y que esta mujer mayor le acariciara el pelo como su propia madre jamás hizo. Ser arrullada en la suavidad y el calor de un abrazo con rebequita. Un bocadito de ternura… Ay, querida Wanda.

«A fin de cuentas», leyó la madre, con su visión nocturna más aguzada que nunca, «¿hay algo más inverosímil que empujar una menuda cabeza humana por el agujerito que tienes entre las piernas o que un desconocido con mascarilla y bata te raje el vientre y te arranque de él un bebé que lloriquea cubierto de sangre? Ambas premisas son totalmente descabelladas, imposibles de creer y sin embargo innegables por la presencia de la criatura, una realidad irrefutable».

Se detuvo, con los ojos llenos de unas lágrimas que se enjuagó con brusquedad.

Como si el propio libro fuera su amigo más querido.

Seguir: parte 4 de 4