Canina
Canina
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Como si las páginas conocieran su sentir. Siguió leyendo.
… Lo inverosímil no es solo creíble, sino esencial, y ocupa un lugar muy concreto en el mundo. Me atrevería a atestiguar que lo inverosímil es otro modo de llegar al conocimiento; un principio organizador que no entra en contradicción, sino que comulga con los paradigmas organizadores de la ciencia. Mientras que tal vez lo inverosímil no comunique verdades claras, sí puede transmitir verdades más profundas si se está dispuesto a ser paciente, a escuchar, a meditar.
A la mañana siguiente, se despertó con lo inverosímil todavía vivo dentro de ella, bajo los efectos de un aparente hechizo. Se levantó para prepararle el desayuno al niño, y mientras su hijo intentaba comerse un bol de yogur —manchurreándose toda la cara y despachurrándoselo por todo el pelo—, la madre, ausente, fregaba los platos. ¿Quién es Wanda White? , pensaba obsesivamente. Se imaginaba el despacho de Wanda White en un campus bañado por el sol, con las muchas chaquetas y faldas de tweed
colgadas pulcramente en el armario. Enfrascada en la tarea de frotar un resto de yema de huevo de un plato, tuvo la certeza de que Wanda White no estaba casada y de que gozaba de muy buena salud. Siempre llevaba protector solar y le gustaba comer verduras. Era feliz y tenía una vida plena viajando por el mundo para estudiar a unas criaturas en las que nadie creía, y luego regresando al campus para pasarse largas horas absorta en sus notas, convirtiéndolas en algo inteligente y útil. Quizá era la rarita del campus y sus estudios eran considerados poco serios y una patraña por otras personas del departamento. Bueno, ¿y entonces por qué la habían contratado? Su labor era mucho más interesante que la del resto de la universidad junta; mucho más revolucionaria. Entonces, ¿por qué no he oído hablar de ella antes?, se preguntaba la madre mientras el niño gritaba y palmoteaba, arrojando gotitas de yogur que aterrizaban en un suelo de la cocina que ya estaba sucio de antes. ¿Por qué no hacía de tertuliana en la tele o en la radio? ¿Por qué no salía en las noticias del móvil?
Quizá fuera una charlatana, pero entonces, ¿por qué la había contratado la universidad? Su trabajo parecía cuando menos cuestionable. Aunque lo de las Mujeres pájaro de Perú sonaba de maravilla, no parecía basado en hechos.
Wanda White formaba parte del departamento de Filosofía, que sin duda parecía el lugar equivocado. ¿No encajaba mejor en algún departamento de ciencias? ¿En Antropología, quizá? Que su disciplina estuviera inserta en el marco de la filosofía hizo que la madre se preguntara si su libro y sus estudios podrían haberse pergeñado intencionadamente de manera que el lector se planteara si eran verdad o no.
Después de desayunar se sentó en el suelo del salón con el niño, haciendo rodar adelante y atrás un camión hormigonera mientras él, encantado, se reía a carcajada limpia. Navegó con el móvil por el sitio web de la Universidad de Sacramento para buscar la ficha de docente de Wanda White. No tenía foto, y la información era de lo más básica. Sí aparecía una dirección de correo electrónico, que copió a un correo nuevo y acto seguido cerró, sin haber escrito nada, para guardarla como borrador. Reuniría todas sus dudas y pensamientos, sus muchas suposiciones sobre White, y las redactaría por la noche, cuando el niño se hubiera dormido. Lo contempló
mientras metía una canica y otra, y otra más, por los tubitos de plástico que había encajado él mismo en el salón, asombrado y feliz al verlas deslizarse de arriba abajo, haciendo girar molinetes y cayendo por rampas con un claro y satisfactorio clin. Berreaba loco de la alegría, dando palmas o apoyándolas en el suelo para lanzar unas coces pasmosamente verticales.
Qué niño este. Su niño.
Se lo llevó al parque que estaba a unas manzanas de su casa, porque el día estaba precioso y el parque, cerca. En serio, tendrían que ir más a menudo; cada día, a poder ser. Fue de esas tardes perfectas bajo la cálida sombra estival; el niño trepaba y vociferaba y se metía trocitos de madera en la boca para luego sacárselos, y la madre estaba sumida en sus pensamientos sobre White y la magia y las mujeres y cosas por el estilo hasta que oyó lo que le pareció que era una manada de chacales; se giró y allí estaban. Las reconoció de sus nada frecuentes visitas a los Biblionenes.
Eran las mamás. Las Bibliomamis. Le entraron ganas de vomitar, aunque no habría sabido precisar por qué. Menuda casualidad; la Rubiales encabezando la comitiva, con su carrito doble todoterreno que la madre sabía a ciencia cierta que costaba más de mil dólares, escoltada por sus acolitas: la madre del nene tristón que siempre estaba moqueando y la madre del crío hiperactivo de tres años obsesionado con tirar piedras. La madre se lanzó a por su hijo tan rápido como pudo, porque no le apetecía que le dieran palique ni tenía interés alguno en vender hierbas, tampoco tenía ganas de hablar educadamente del tiempo ni de las siestas ni de enseñar a los nenes a usar el orinalito, porque se la refanfinflaba y porque se negaba a que su conexión con White, con el día y con esa preciosa tarde se fuera a hacer puñetas por culpa de esas mujeres y de sus hijos y de su felicidad abyecta.
¡Pero bueeeeno!, dijo la Rubiales antes de saludarla con la mano, y la madre le respondió: ¡Hola! ¡Ya nos vamos!
Pese a su premura por recoger sin perder un minuto la bolsa de los pañales y el surtido de muñecos esparcidos por el césped, por recuperar el vasito de sorber y la díscola bolsa de cereales secos, no pudo evitar fijarse en las mujeres que acompañaban a la Rubiales, las dos que siempre la flanqueaban en el trascurso de cualquier actividad. La madre del nene
tristón era un poco retaco y tenía unos ojos meditabundos enmarcados por unas pestañas extraordinariamente frondosas y un pelo lacio que le caía en mechones hasta los hombros. La otra mujer era pura fibra y pantalones de yoga; sus ojos oscuros exudaban una perspicacia reforzada por los rasgos marcados y firmes de una cara sin un solo poro marcado. Con movimientos bruscos de la cabeza, que le iba de un lado a otro, seguía los erráticos movimientos de su retoño, enfatizando en el proceso el volumen de su abundante melena planchada.
La madre no pudo evitar pasar bastante cerca de este grupito, pues el parque estaba vallado y las mamis se arremolinaban en torno a la única salida.
¡Hola!, exclamó la madre al acercarse al grupo, pero lo que de verdad deseaba transmitir era: ¡Adiós! ¡Tenemos mucho que hacer hoy! ¡No podemos perder ni un minuto!
Me parece que no me he presentado como es debido, dijo la Rubiales plantándose delante de la portezuela de acceso al parque —podría incluso decirse que cortando el paso— y negando con la cabeza fingiendo estar frustrada consigo misma.
¡Mira que soy tonti!, les dijo poniendo una vocecita infantil a las gemelas, que estaban en el cochecito, como hacen a veces las madres cuando mantienen conversaciones enteras con sus hijos que en realidad van dirigidas a otros adultos conscientes y próximos.
Ah, no pasa nada, dijo la madre mirando hacia la portezuela; a su entender, una educada y silenciosa petición de paso.
Soy Jen, dijo la Rubiales, y estas son Babs y Poppy. Y entonces señaló hacia la mujer bajita, que ladeó la cabeza y le dedicó una sonrisilla triste, y hacia la madre atlética, que asintió y le mostró unos dientes recién blanqueados.
¡Encantada de conoceros!, les dijo presurosa la madre mientras avanzaba entre los cochecitos y, quizá por primera y última vez, suspiraba aliviada al oír el lamento plañidero de su hijo, pues con las prisas, sin querer le había golpeado las canillas contra otro cochecito y, por lo tanto, no le quedaba otra que ver qué le pasaba y llevárselo rápido a casa para que comiera porque sin duda estaba muerto de hambre y ahora era una
emergencia, una catástrofe y tenía que salir de aquella situación inmediatamente, y así lo hizo.
Vale, lo siento, dijo la madre. Es genial conoceros, pero es que tengo que… Señaló con un gesto al niño, que lloraba, y luego miró de reojo a las tres mujeres, que la miraban de arriba abajo, no en plan desagradable, sino más bien escéptico; sin la efusividad dé hacía apenas unos instantes y con los brazos en jarras y guiñando los ojos, como queriéndole decir: ¿Qué coño te pasa? , una pregunta muy acertada, la verdad.
Había sido un poco desagradable, decidió más tarde, al darle vueltas al tema. La próxima vez tendría que ser más educada. Por lo menos podría haberse presentado. O haberles preguntado sobre sus hierbas. ¿Qué coño le pasaba? Esa tarde, mientras empezaba a escribirle una carta a Wanda White, creyó de verdad que ella era su única esperanza; exactamente de qué, ya no lo sabía. Se había convencido a sí misma, al menos un poco, de que el Compendio tenía poderes mágicos, de que dialogaba con sus pensamientos, de que ella tenía un vínculo místico con White. Era consciente de que sus elucubraciones no tenían ni pies ni cabeza. Pero aun así…
A W. W.
Hace poco que cayó en mis manos su libro Compendio de mujeres mágicas y que he sabido de su labor investigadora por todo el mundo. Tengo muchísimas preguntas, pero me gustaría empezar consultándole —si no le importa que le robe algunos minutos de su tiempo— si sus estudios son, bueno, «verdaderos», en sentido científico y racional, o si, en cambio, su investigación es una performance para poner de relevancia aspectos de mayor alcance como, pongamos por ejemplo, los límites del conocimiento y el fracaso de la ciencia para explicar con precisión el mundo.
Sé que es una pregunta un tanto filosófica, pero vi en el sitio web de la Universidad de Sacramento que usted forma parte del claustro de profesores del departamento de Filosofía, y por eso se me ocurrió que esas preguntas tal vez no quedaran fuera de su competencia y que incluso pudieran ser bienvenidas.
Como apunte personal, estoy pasando por una época de mi vida
extraña y muy angustiosa —la maternidad, por decirlo simple y llanamente, aunque la verdad que de simple y de llana no tiene nada
—, y una y otra vez me asaltan preguntas que parecen confluir en el plano filosófico y en el vivencial con su trabajo. Lo que pretendo decirle con todo esto es que me gustaría mucho saber de usted y que le agradezco el tiempo que pueda dedicarle a mis consultas.
Atentamente,
M. M.
La madre leyó y releyó y volvió a leer la primera nota que le escribía a Wanda White, en la luminosa ventana de su portátil, desde la oscura mesa de la cocina. No quería pasarse de frenada ni parecer una demente total sacando a colación lo de su transformación a la primera de cambio, sino que quería presentarse como una lectora atenta e implicada a la que le interesaban las mismas cuestiones y objetivos. El cursor parpadeó en la oscuridad de la cocina, pues era tarde —en realidad ya había amanecido—, y su hijo llevaba horas dormido. Por la mañana iba a estar hecha polvo, pero le daba igual. Durante todo el día había canalizado sus pensamientos hacia Wanda White, y ahora lo único que tenía que hacer era sacárselos de la cabeza y enviárselos a la enigmática profesora para quitarse ese peso de encima.
Nada más darle al botón de enviar, le entró una flojera brutal; tanto que le costó un triunfo subir las escaleras hasta el dormitorio para acostarse junto al niño. Tan aliviada se sentía la madre que prácticamente se durmió antes de llegar a la cama, y se sumió en un estado de relajación absoluta como no había experimentado en años.
Imagina, pues, qué fuerza de la naturaleza o deidad o magia debió de ser necesaria para exhumar a la madre de las placenteras profundidades del sueño a las que había descendido. Imagina la fuerza necesaria para sacar a una madre de su primera noche de sosiego en años: el cuerpo entero relajado e inerte, la respiración tan pausada hasta casi ser inexistente, los sueños tan reales como la propia vida. Gruñó al sentir el dolor de ser arrastrada de la melaza del sueño al traqueteo de su sangre y a un estómago invadido por la adrenalina.
Al otro lado de la ventana de su dormitorio, había cosas que arañaban y gruñían, que resoplaban por hocicos húmedos, gorgoteaban y daban lengüetazos. Percibía cuerpos moviéndose frenéticos entre sí y unos por encima de otros, impacientes, ansiosos, en vilo y esperando.
Joder, pensó todavía confusa. Pero qué coño es esto. Qué hostias está pasando.
Tocó el pecho del niño, que roncaba plácidamente a su lado, y acto seguido se levantó y se puso unos pantalones de chándal. Ya en la cocina, pilló un cuchillo de carnicero, recapacitó y prefirió ir al armario del recibidor, donde encontró el bate de béisbol. Estaba cansada y rabiosa y lista para hacer picadillo a lo que se encontrara ahí afuera. Lo mataría con sus propias manos.
Se asomó por el ventanuco y a la luz de la luna llena los vio.
Perros. Mogollón. ¿Unos quince? ¿Veinte? Se rascó el pelo áspero que ya le cubría la nuca y los hombros, y luego enseñó los dientes. Nada escapaba a su oído ni a su olfato. Abrió muy despacio la puerta lateral y se quedó quieta detrás de la puerta mosquitera, mirando hacia la noche. La madre la olió antes de verla; le llegó el aroma a fresas y a jabón de la hembra de golden retriever, y allí, en lo alto de la escalera, la vio sentada. A su lado, la rechoncha perra sabuesa, con sus bonitas pestañas, y la perra collie, con el nervio a flor de piel incluso en plena noche.
Detrás tenían a muchos perros más, más de una veintena, ahora se daba cuenta.
Sé quiénes sois, le gruñó al trío canino, no siendo desagradable del todo, sino queriendo decirles algo como Ya os vale, anda que despertarme en plena noche. Ya sé que hoy tendría que haber sido más amable con vosotras.
Habían venido a por ella, tal y como había temido y deseado que hicieran. Querían que se uniera a su manada, llevársela, pero ella no pensaba marcharse, no. Algo despertó en su interior pesé a su resistencia; la euforia de pensar en acompañarlas, aunque no fue un pensamiento formulado con tanta precisión. Era más bien la sensación de que su cuerpo estaba a punto de pegar un salto y lanzarse escalones abajo antes de perderse en la oscuridad sin consultárselo previamente. De que sucumbiría
al delicioso zumbido de las cigarras del final del verano y al ambiente húmedo del aire cargado de polen y se dejaría seducir y atrapar en Su cálido abrazo si no iba con cuidado. Además, era imposible que lo que estaba viendo fuera real, y punto. Debía de estar soñando despierta, como en una especie de alucinación hipnopómpica causada por el estrés y el agotamiento. Echó la cabeza adelante y atrás con violencia y se sacudió desde la cabeza hasta la cola, como si acabara de salir de una piscina a la superficie y estuviera expulsando gotitas de agua.
Por debajo de los pantalones de chándal, la cola se le movía por instinto.
De repente podía controlar por separado cada oreja, que meneaba adelante y atrás para escuchar todos y cada uno de los resuellos y quejidos y bocanadas que soltaban los perros.
Esto no está pasando, se decía conforme salía del porche y bajaba las escaleras, impulsada por un anhelo gutural, por la polifonía de sonidos nocturnos y tantos olores exuberantes. ¿Qué puedo perder? Todo es de mentirijillas —algo que solía decirle a su hijo—, nada más que un juego.
Había dejado el bate junto a la puerta y, cuando estuvo en el camino de entrada, vio que los perros cubrían la calzada y se extendían por toda la calle, convirtiéndose en lagunas sombrías que oscurecían los jardines de sus vecinos.
La golden retriever le cogió la mano, como había hecho el día anterior, y la guio por el mar de animales, todos tan quietos y tan alertas como la noche que los envolvía.
Allí, plantada en la entrada de su casa y rodeada de perros, no sentía temor. Esperaba. Ellos, también. Y entonces, en algún lugar en el extrarradio de aquella refriega perruna, un can emitió un aullido agudo y quejumbroso; la primera nota de un himno, pensó la madre, una llamada a la oración.
Como respuesta, la golden retriever le agarró el bajo de los pantalones de chándal con el hocico y empezó a darle tirones.
Oye, ya vale, dijo ella, riéndose al principio, pero pronto paró, porque no la soltaba ni pensaba hacerlo, y en ese momento la perra collie empezaba a hacer lo mismo en la otra pierna, a tirarle de la tela, de manera que a la madre no le quedó otra que sujetar con fuerza la cintura para no quedarse
sin pantalones.
Parad, insistió, ya con más decisión, soltándole una patada a la golden retriever primero y luego otra a la collie. No la soltaron, sino que se limitaron a agarrarse más fuerte cuando ella tiraba en dirección contraria.
Hostia santa, dijo.
La collie la siguió agarrando de la pierna, pero más arriba, y acto seguido un pastor alemán muy lanudo con un ojo de cada color hizo lo propio con la otra. Un labrador negro muy musculoso saltó sobre las piernas de atrás para pellizcarle con los dientes el dobladillo de la camiseta, y le hizo un buen siete cuando volvió a apoyar las patas en el suelo sin abrir la boca en la que seguía teniendo aprisionada la tela.
La madre agitaba brazos y piernas, presa del pánico. Pataleaba contra los perros y les daba manotazos, pero cada vez se congregaban más a su alrededor. La hicieron tambalearse hacia un lado, luego hacia el otro, y finalmente hacia delante para que se apoyara en las manos y en las rodillas, y entonces ya no hubo marcha atrás. Se cubrió la cabeza con las manos y los canes le arrancaron la ropa, haciéndole trizas la parte de atrás de la camiseta, desgarrándole sin mayor dificultad la fina tela de la ropa interior.
Todo acabó tan abruptamente como había empezado, sin que le pusieran una garra encima. Jadeaba tirada en el suelo en posición fetal, desnuda. Las orejas se le movían nerviosamente, y solo oía el apacible respirar de los perros que la rodeaban y olía su agotamiento.
Levantó la cabeza. Los perros caminaban a su alrededor, gañían y pateaban el suelo, la miraban de reojo, se paraban y la contemplaban fijamente, con el pelo de la columna vertebral erizado. Ella agarrotaba los dedos contra el pavimento de la entrada, enseñaba los dientes. Los ojos le refulgían como el fuego, y notaba cómo le crecía la pelambre, creando un monstruoso espectáculo. Los músculos de las patas traseras le vibraban. Le sobrevino una idea que desapareció tan pronto como había llegado: Eres un animal.
No quería pensar, solo actuar. Sobrevivir. Gruñó y se lanzó a ciegas contra la horda de cuerpos que la rodeaban, presta a morder. Era pelo y sangre y hueso. Era instinto y rabia. Todo le era desconocido excepto el peso de su cuerpo y la fuerza que la gravedad ejercía contra este, la
humedad concreta del aire nocturno, los murciélagos que aleteaban por la periferia, cada movimiento de patas y cabezas que se producía a su alrededor.
Buscó la noche con la boca, con la intención de hincarle los dientes a lo que fuera. Cerró los ojos y se convirtió en puro movimiento, pura oscuridad, estremecimiento y precipitación, el sueño primigenio del animal.
Despertó a la mañana siguiente en la cama, con la camiseta y la ropa interior puesta, y los pantalones de chándal en el suelo, a los pies de la cama. Hizo una mueca de dolor, se los quedó mirando un buen rato y tiró del cuello de su camiseta.
Aunque sabía que debía estar preocupada y preguntarse si se había vuelto loca a tenor del estado de su ropa totalmente intacta —era consciente de que debería llamar al doctor ipso facto para pedir cita, y probablemente, de que debería verla un psiquiatra, de que deberían recetarle un buen surtido de pastillas, de que debería confesarle a su marido en el mismo instante en que volviera a casa esta brecha en la realidad que había experimentado, la llegada de los perros, el desgarro de sus prendas que luego ahí, a la luz del día, se veían perfectamente intactas—, aunque lo sabía, estando allí tumbada, con el niño gateándole por encima, no podía hacer otra cosa que regocijarse en un éxtasis casi religioso, en una emoción viva y pura que le brotaba de lo más profundo de su ser.
Agarró al niño y lo lanzó al aire una y otra vez, hasta que este casi ni podía respirar de la risa. La madre le enterró la húmeda nariz en el cuello, acariciándolo con el morro, y él gritó alborozado y le tiró de las orejas, que ahora estaban cubiertas de pelusilla. Le aprisionó el brazo delicadamente entre los dientes y el nene volvió a gritar y salió corriendo del dormitorio.
Ella saltó de la cama y lo siguió, a cuatro patas, hasta su cuarto. Tenía el pelo largo, más largo que nunca, y le bajaba por la espalda hasta cubrirle las patas traseras. Las puntas le rozaban las pantorrillas, provocándole un cosquilleo. Jugaron hasta que ya no pudieron más, y la habitación acabó arrasada, con trenes por todas partes, pilas de cuentos derruidas y las sábanas hechas un gurruño en el suelo.
Ya en el piso de abajo, se puso a silbar mientras le preparaba el desayuno al niño. ¿Qué había pasado la noche anterior? Sabía que debería tener miedo, pero sencillamente no lo tenía. Una energía nueva le insuflaba vida a su cuerpo, y ella amaba su cuerpo. Adoraba ser un cuerpo y adoraba al niño, otro cuerpo, hecho por ella.
Quizá esto les pasaba a todas las madres y nadie se lo había contado, igual que cuando no había tenido ni idea de que los pies se le hincharían y le crecerían después de que naciera su hijo, ni de que el pelo se le caería a puñados en la ducha. Quizá era uno de esos secretos de la maternidad. El niño se comió sus croquetas congeladas de patatas, y la madre se quedó sentada a su lado, en la diminuta silla de plástico de la mesita infantil, mirando por la ventana, ausente, acariciándose el pelo de la nuca. Se levantó y cogió un bistec de la nevera. Cortó dos pedacitos minúsculos del cacho de carne y echó el resto en la sartén.
¿Lo probamos?, le preguntó al niño, llevándole los trozos de carne cruda. ¿Jugamos a guau guaus?, le preguntó. El crío asintió y sonrió con la boca llena de comida. Cada uno cogió uno de aquellos pequeños perdigones rojos de carne, se lo metió en la boca y lo masticó. La madre gruñó y le hizo cosquillas, y él se rio.
¡Somos fieras salvajes!, exclamó ella, y el niño dijo: ¡A calle!, y ella estuvo de acuerdo.
El niño salió pitando hacia la puerta mientras ella cocinaba el filete, que sirvió en un plato. Al apartarse de la encimera, plato en ristre, vio que el niño entraba dando saltitos en la cocina y le gritaba: ¡Mira!
Le enseñó un ratón muerto, y la madre gritó y luego se rio.
¿De dónde has sacado eso?, le pregunto. ¡Puaj!
Puaj no, dijo. Ven, mamá.
Lo siguió, y el nene señaló con el dedo gordezuelo y los ojos bien abiertos para observar su reacción al ver la montaña —porque era, literalmente, una montaña— de ratones, ardillas y conejos; hasta le habían dejado un mapache muerto y desmadejado nada más salir por la puerta, en el porche.
Ahogó un grito.
Una ofrenda. Una señal. Una bienvenida.
Con un apetito mortal, la madre y el niño aterrizaron a mediodía en su sitio favorito para comer, justo enfrente de la biblioteca. Era uno de esos supermercados en plan delicatessen donde hay pasillos y pasillos de galletas pijas, dulces y saladas, o mermeladas importadas. Bufés fríos y calientes para los universitarios, pero también una apuesta segura para las mamás. Si querías, podías servirte una pila de macarrones con queso y tres tiras de pollo rebozado. O pedirte un plato rebosante de uvas. Incluso, de ser necesario, poner dos cuadraditos de queso a modo de ojos en un plato, acompañarlos con una rajita de kiwi que hiciera de nariz y añadir un churretón de yogur de fresa como boca. Ah, y también servían copas de vino.
Al niño le encantaba ir allí y darle instrucciones precisas a su madre sobre lo que podía servirse en el plato y lo que no. Señalaba como un dictadorzuelo, le ordenaba cosas a gruñido limpio, palmoteaba y se enfurruñaba e imponía su voluntad, despótico. La madre amontonó en el plato pastel de carne untado en kétchup, cachos que se deshacían de carne estofada, más tiras de pollo rebozado y una gigantesca montaña de un delicioso mejunje de maíz horneado, cuya enormidad provocó que su hijo diera palmas de la emoción, porque también a él le encantaba e] maíz horneado. En un cuenquito separado se sirvió una paletada de macarrones con queso.
Al llegar a la caja, la dependienta le pesó lo que llevaba y se permitió echarle una miradita a la madre, algo que ella había estado esperando que hiciera. La madre sonrió y el niño se rio, y luego añadió: Estoy premenstrual total, a lo que la chica respondió con una risita incómoda y pulsando botones en la caja registradora.
Pero total, dijo la dependienta.
La comida les costó más de treinta dólares, tan desmesurado era el apetito de la madre y, por ende, su rancho.
Se sentó con el niño en una de las mesas de fuera, donde otras madres atendían a sus retoños, insistiéndoles para que se comieran una judía verde, ofreciéndoles yogur, frotándoles la barbilla para quitarles churretes y
limpiando salpicaduras.
La madre y el niño se sentaron hombro con hombro. Le puso el cuenco de macarrones delante y le cortó una tira de pollo rebozado en pedacitos, que luego puso sobre una servilleta. Estaba sumida en un insólito silencio mientras lo hacía, distraída por el hambre y el olor de la carne. Puede que la madre estuviera viviendo alguna suerte de trance animal: cortaba la carne, sí, pero sin saber lo que estaba haciendo. Solo podía pensar en su apetito, un apetito que iba llenando todos los recovecos de su interior hasta casi hacerle perder la razón. Se volvió hacia su plato.
¡Oh! ¡Aquel pastel de carne era un espectáculo! ¡Y qué tiernos los nervios de la carne estofada al deshacerse! Se pertrechó de un tenedor, luego usó las manos y al final sencillamente cedió al impulso de hundir la cara en el montón de comida, y debía suponerse que aquello, la acción de la madre de inclinar la cabeza para que su cuerpo tomara directamente los alimentos, encerraba alguna especie de ritual. Era un acto revestido de pureza.
El niño la miró con los ojos muy abiertos, pero solo un breve instante, antes de gritar de puro contento y copiarla, zambullendo la cara en los macarrones con queso y luego irguiéndose con un trozo de pasta pegado en el moflete y los párpados cubiertos de queso. Se puso a dar palmaditas.
La madre siguió sumida en su fuga disociativa, concentrada en la sensación de la carne en la garganta, llenándola. El niño se acercó para mordisquear un poco de maíz y ella le gruñó por lo bajo, haciendo que el niño se apartara, cogiera un trozo de pollo con la boca y lo meneara de lado a lado.
Engulló la carne y gimió de placer al notar su sabor; la husmeó y la masticó con fruición y, acto seguido, empujándolo con unos toquecitos de la nariz, le acercó a su hijo el montón de maíz horneado. El niño lo agarró con la rolliza mano, se lo metió de golpe en la boca y cerró los ojos mientras masticaba.
La madre comió y comió y comió, con una concentración animal comió.
Rebañó el plato con la lengua y, al recuperar la posición erguida, vio que todas las madres de su alrededor habían enmudecido. Hasta los hombres de negocios habían dejado sus móviles para mirarla.
Cogió la servilleta y se limpió la cara con toda la calma del mundo.
Respiró hondo. Se comportaría con naturalidad, haría como si nada. No iba a ponerse a llorar. ¡No iba a llorar!
Luego llegó el horror de cruzar la mirada con el hombre de la mesa de al lado, un tipo que llevaba un corte de pelo elegante y una camisa con el cuello desabotonado. A su lado, en una silla, estaba su cartera.
Parece que tenemos hambre, dijo, no como pregunta sino como puñetazo verbal, un reconocimiento pasmado de lo que acababa de acontecer.
Oh, dijo ella, roja como un tomate. Se giró e intentó reírse.
¡Guau!, le dijo en plan juguetón a su hijo al ver que era incapaz de sacar fuerzas para entonar una risita despreocupada. ¡Solo estaban jugando!
¡Jugaban a guau guaus! Era una buena madre, y aquello no era más que un juego, se dijo a sí misma, a cualquiera que le hubiera preguntado.
¡Guau, guau!, le correspondió el niño, con la cara resplandeciente de alegría y embadurnada de queso. La madre le acarició la cabecita y le limpió la cara, y acto seguido el niño volvió a zambullirla en el plato y la madre bebió un trago muy digno de agua.
Parecía que la gente había vuelto a enfrascarse en sus platos, pero no se atrevió a mirar directamente, porque la pérdida de conciencia que había experimentado, el sobrecogedor apetito que se había adueñado de ella y la había transportado a otro estado en el que solo importaban el olfato y el gusto, era demasiado aterradora.
Vale, se dijo en voz baja, respirando hondo. Venga.
¡Mamá!, berreó el niño. La adoraba, tal y como era ella.
Hacer guau guau, le dijo, y ella le sonrió y le comunicó por gestos Ya no queda, y le enseñó las palmas. Ya no queda nada, tesoro. Luego jugamos a perritos otra vez. El nene ladró y volvió a concentrarse en su comida, feliz por el momento.
La madre notó una mano en el hombro y al volverse vio a una mujer mayor. Olía a polvos de talco y llevaba el pelo corto y gris con un corte muy elegante. Todo en ella era agradable: su tenue maquillaje y las pulcras gafas, las arruguitas en torno a los risueños ojos, la pelusilla de la rebeca en un día de verano.
¡Anda que no es divertido tener un niño!, le dijo.
La madre se rio.
Vaya que sí, le dijo. Muchísimo.
Y qué pedazo de madre que eres, añadió. ¡Una madre maravillosa! Qué bien te lo pasas con tu nene. Me has hecho recordar tantas cosas…
Ay, muchísimas gracias, le dijo la madre tímidamente, algo sorprendida al ver a esa mujer que no la regañaba, sino que disfrutaba con ella y rememoraba.
¡Mi hijo y yo también jugábamos a guau guaus!, añadió, mirando al niño. Era muy divertido, le encantaba. Grrrrrr, dijo, enseñándole los dientes al niño y moviendo la cabeza adelante y atrás, para luego reírse por lo bajo mientras le daba unas palmaditas a la madre en el hombro y se marchaba.
La madre la vio marcharse y pensó que ojalá se hubiera quedado y se hubiera sentado a su lado para charlar un rato y contarle cosas sobre su vida. ¿Tú habías jugado… a perros? ¿De verdad? ¿Te tomaban por un bicho raro? ¿Cuántos años tiene ahora tu hijo? ¿Tienes buena relación con él?
¿Tuviste que trabajar cuando era pequeño? ¿Qué pasiones tenías? ¿Elegiste bien? Cuando echas la vista atrás, ¿qué cosas habrías hecho de otro modo?
Te lo ruego, ¿puedes explicarme qué tengo que hacer para ser feliz y sentirme realizada? ¿Puedes contarme todos los secretos? Porque sé que los hay, y yo quiero saberlos todos.
Casi lloró por el vivo deseo de sentarse frente a la mujer, de tomarle la mano suave y muy hidratada con la suya y preguntarle cosas; tantas, tantísimas cosas. Su propia madre, que estaba muy lejos de allí, rara vez la llamaba, y cuando lo hacía solo le hablaba del jardín y del tiempo, de cómo acortaban los días y de la imperiosa necesidad de que lloviera. Una vez, cuando estaba embarazada, intentó hablar con ella del parto, de lo que cabía esperar, del miedo que le tenía al dolor, y de cómo había lidiado su madre con la situación, y ella por toda respuesta le había dicho que Si se llama parto es porque te parte por dentro, comentario que se tomó como una consolación. Pues claro que es chungo, le estaba diciendo su madre, pero como resulta que eres una mujer, este es tu sino, tu trabajo, encargarte de lo difícil, de lo que resulta tan doloroso que no hay palabras para definirlo, y luego perpetuar este pacto de silencio.
La madre recogió sus bártulos, limpió al niño, dejó a toda pastilla los platos sucios en la cuba y salió pitando por la puerta, siguiendo a su hijo, en dirección al parque. Echó un vistazo a la zona y a los escaparates por si veía a la mujer, pero no estaba en ningún sitio.
Oyó el ladrido cercano de su hijo, que desde la zona de juegos le pedía que jugaran al escondite. La madre miró hacia el sol y aulló; luego corrió a toda velocidad hacia él, lista para jugar.
No te lo vas a creer ni de coña, le dijo a su marido por teléfono esa noche.
Mmm, dijo él, ausente.
Esta mañana había una montaña de animales muertos en el porche.
¿Cómo?, preguntó.
Conejos y ardillas y creo que hasta ratones. Y para rematarlo, un mapache. Soltó una risotada eufórica.
Qué cosa más rara, observó su marido, a lo que ella respondió: Pues sí, supongo que es raro, pero también tiene su gracia. ¿Te encuentras bien?, le preguntó.
De maravilla, le respondió. ¡Hacía meses que no estaba tan bien!
Qué bien, eso es muy bueno, comentó él.
¿Tú crees?, le preguntó, riéndose. ¿ Para ti lo es?
¿Y eso qué narices quiere decir?, preguntó.
Ella se rio y se rio y se rio.
A. W. W.
He estado replanteándome lo que de verdad importa en la vida.
Sé que no es una idea demasiado original, pero aun así me gustaría comentársela, por si hubiera estado usted pensando también cosas semejantes.
Antes de tener a mi hijo, jamás había ansiado tener una familia; ni siquiera quería casarme. En cambio, fantaseaba con las cavernosas salas de un museo, con la gran extensión de suelos sin una mota de polvo y paredes blancas, con el silencio sagrado que
reina en esos lugares, y luego con ver mi obra allí, en ese espacio.
Esa fue la primera fantasía que tuve de niña, la más genérica de todas, pero con el paso de los años, se expandió y se transformó.
Solo pensaba en cortes de pelo caros con flequillitos marcados y gafas modernas, en estudios bañados por el sol donde desarrollar muchos proyectos interesantes. En tener amigos muy instruidos y con muy buen gusto, en viajes a Europa, en veranos en residencias y suma y sigue. No quiero aburrirle. Lo que quiero decir es que me había imaginado cómo sería esta vida. La había soñado.
Pero entonces intervino mi cuerpo. Y luego llegó un niño. Y sí, me ha traído una gran felicidad —ser madre, pese a mis más enérgicas protestas, ha sido una experiencia pura y dulce y auténtica
—, pero no hay espacio para el niño en mi estudio bañado por el sol.
O, mejor dicho, no hay espacio para el arte dentro de la casa donde está mi hijo. Es como si todos mis sueños se hubieran borrado. Las paredes están vacías, y con ellas yo también estoy vacía.
Lo que quiero decir con todo esto es lo siguiente: ¿Por qué cosas debe luchar una mujer? Teniendo en cuenta lo limitados que son sus recursos, su tiempo, su energía y su inspiración… ¿Por qué vale la pena luchar? ¿Por el arte? En el panorama general de las cosas, a veces parece tan inútil, incluso egoísta. Forzar el punto de vista propio en el mundo… ¿Quién lo necesita, especialmente cuando una criatura necesita de manera tan inmediata a su madre?
La única respuesta que tengo es que el arte parece esencial; tanto como ser madre. Para la propia persona, es esencial. Quizá dejaré de ser persona si no lo tengo.
¿Basta con que para mí sea importante?
M. M.
Hay rasguños en la puerta, por dentro y por fuera. Los cantos de los libros están mordisqueados. Uno de los cojines está destrozado, para tirar.
La madre no saldrá de casa para ir al centro; no quiere. Ella y el niño jugarán con plastilina y harán un pastel y bailarán al son de canciones en la sala de estar. Tiene todo el cuerpo cubierto de pelo. La gata —con su cola
esponjosa y su barriga blandita— es irresistible. A la madre le encanta correr y correr y correr fuera, en el jardín, con el niño. Juegan a atrapar la pelota. Juegan a devolverla.
¿Quieres que tengamos un perro?, le pregunta al niño, que le responde: Sí.
Quizá se lo preguntaremos a papá, le dice, antes de añadir: O quizá no.
Van andando a la ferretería del barrio, donde compran chucherías para perros y un cuenco de reluciente acero inoxidable para el agua que a la madre le ha gustado mucho. Lo prueba cuando llegan a casa y el niño se ríe y luego la imita. A partir de entonces solo quiere beber del cuenco de agua para perros, como si hiera uno, y ella también, así que eso es lo que hacen.
Lo comparten con la gata porque son unos perros muy buenos.
¡Está mejorando como madre porque está mejorando como can! Los perros no necesitan trabajar. A los perros el arte les da igual. ¿Cómo no se le había ocurrido antes?
Le gusta la idea de ser perro, porque puede ladrar y gruñir sin tener que justificarse. Puede correr con libertad si le apetece. Puede ser puro cuerpo, instinto y deseo. Puede ser apetito y furia, sed y miedo; nada más. Puede volver a un estado de pureza palpitante. Esa misma libertad la tuvo al dar a luz, cuando gritó y se cagó y dijo barbaridades y podía haberle arrancado el cuello a alguien de haber sido necesario. Los ruidos que le salieron de la boca hicieron que su marido casi se desmayara. Así los llamó él: ruidos.
Durante un rato estuvo tumbada con la pierna en alto, y su doula le dijo que esa era la postura en la quela habría colocado de no haberlo hecho ella misma, para ayudar al bebé a girarse, pero la madre lo había sabido instintivamente. Había escuchado a su cuerpo. ¿Qué otra cosa había que escuchar? Si no podía formar parte del mundo en el que primaba la ambición, el dinero y la carrera profesional, entonces quería olvidarse de él por completo y volver al estado salvaje de sus sueños más profundos, de sus anhelos corporales. Se acabó leer sobre a quién había elegido el jurado en tal o cual concurso. Se acabó el recriminarse por no intentarlo lo suficiente, por planificar día tras día la vuelta al trabajo y fallar miserablemente. A partir de ahora sencillamente se dejaría llevar por la llamada que sentía en su interior y que le decía lo que debía ser: un animal que cuida de su
cachorro sin más deseo ni preocupación que esa. Está bien. Casi sentía cómo le nacía pelo en cada uno de los poros del cuerpo.
Ladró de pura alegría y el niño ladró también, y luego le rascó la cabeza.
«… ¿Pues quién puede contar qué maravillas y misterios nacen del interior de la mujer?», leía la madre, a la tenue luz de la lamparilla, antes de dejarse vencer por el sueño en el sofá a última hora de la tarde, después de aquella ensoñación canina que había durado todo el día, con el niño durmiendo en pañales en el suelo de la sala de estar.
¿Quién puede contar a qué proezas y disparates, a qué modos de existencia incapaces siquiera de ser imaginados han tenido acceso las mujeres desde los albores de la historia humana? Cuando a una mujer se la lleva al límite, recurrirá a todas sus facultades, a todas sus habilidades, a todas las herramientas y bazas que ha puesto a su alcance la biología no solo para sobrevivir, sino para, además —en el caso de las que se han reproducido—, cuidar de sus crías. Los poderes de la madre, por definición, prevalecen sobre los de la mujer que no tiene descendencia, pues la madre —sobre todo la de bebés y criaturas de muy corta edad— ocupa ese peculiar espacio intermedio —el de no ser ni plenamente humana ni plenamente animal—, y es en el umbral de este mundo mágico donde encontramos a las mujeres mágicas más fascinantes. En este espacio, sus poderes alcanzan las cotas más altas y su constitución adquiere su forma más volátil, creando un nexo sin igual.
Se hundió más en el sofá y pestañeó para forzarse a permanecer despierta, pues el texto parecía brotar de las profundidades de su propio ser, pese a que estaba justo ahí, sobre el papel…
Puede que lo más curioso sea que la mayoría de las mujeres
mágicas no saben que tienen poderes y que penetran en el reino de lo mágico sin mirar atrás para despedirse. Para ellas, este viaje es tan natural como respirar, como dormir. Pasar del mundo de lo conocido al de lo desconocido suele ocurrir sin que se den cuenta, pero, tanto si son conscientes de ello como si no, señala el principio de lo que las Kwolo llaman su aga, o segunda vida.
Su marido volvió a casa el viernes por la noche. El verano estaba muy avanzado, tanto que si entornabas los ojos casi podías ver cómo las hojas de los árboles empezaban a cambiar de color. Había hecho un día espectacular, y pese al viaje de cinco horas en coche, estaba de muy buen humor, ¿por qué no iba a estarlo?
La puerta mosquitera lateral no tenía el pestillo pasado, y la gruesa puerta de detrás estaba entreabierta, como la solían dejar en verano. Por las ventanas, también abiertas, entraba una brisa, y en la sala de estar sonaba la música.
Hola, dijo arrojando los zapatos al aire y dejando la maleta junto a la lavadora.
La cocina estaba ordenada y limpia; el cuarto de baño, sombreado y olía a lejía. Las camas estaban hechas y las alfombras, aspiradas. Junto a su cama había un transportín nuevo, con una suave manta a modo de cama y una almohada de plumas de la cama de matrimonio. No había ropa sucia en el suelo, como habría sido lo habitual. Tampoco juguetes extraviados por doquier, como habría sido lo habitual. El hálito del crepúsculo entraba y salía por las ventanas, agitando las vaporosas cortinas.
Avanzó por la casa y llamó a su mujer.
Cariño, dijo, ¿dónde estás?
En la sala de estar encontró al niño —contento y limpio, en pañales—, sentado junto a un perro que estaba tumbado en la limpia alfombra. El animal era enorme y le recordó a un lobo por su grueso pelaje plateado y negro. Abrió un ojo para mirar al marido.
Nene, ¿dónde está mamá?, le preguntó. El niño palmoteo y se rio.
¡Guau guau!, dijo alborozado, y luego rodeó el cuello del animal con sus tiernos brazos y le puso la cabecita en el pecho.
El animal se irguió cuando se le acercó el marido con los brazos en alto, como si fuera un atraco.
Perro bueno, dijo. Perro bueno.
El animal apartó los labios para enseñar los dientes y acto seguido emitió un gruñido grave, sordo, desde las profundidades del pecho. Con un rápido movimiento, el perro se levantó y se fue corriendo a la parte trasera de la casa, hacia las puertas acristaladas que el marido había dejado abiertas, y salió al jardín, donde empezaba a oscurecer. El niño gritó encantado y el marido salió tras el perro para atraparlo, por las mismas puertas abiertas. Su mujer, pensó mientras se adentraba en la incipiente noche, debía de estar ahí afuera.
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