Casi genial

Benedict Wells · Capítulo 14 de 43

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Casi genial

Capítulo 2

—Si de verdad quisiera besarte, lo habría hecho hace tiempo. —Negó con la cabeza—. Esta noche puedes dormir aquí. Pero solo si te comportas.

Se acurrucó junto a él. Francis vio que había cerrado los ojos. Permanecieron un rato el uno al lado del otro. Cuando él se inclinó sobre ella, Anne-May abrió los ojos.

—Tengo miedo —dijo.

Lo había dicho en voz tan baja, que a los pocos segundos Francis ya no sabía si se lo había imaginado. Buscó en la memoria algo especial que confiarle en contrapartida. Que le gustaban tanto las películas porque los actores siempre decían lo apropiado en el momento justo, o sabían expresar con precisión lo que sentían, mientras que él era incapaz. Que cuando se separaron su madre y Ryan, mató un sapo con una piedra gorda y que todavía hoy le daba pena acordarse de que, a medida que lo golpeaba, el sapo andaba cada vez más despacio y, mientras se debatía entre la vida y la muerte, aún intentó marcharse de un salto, pero él siguió pegándole despiadadamente, una y otra vez, con la piedra, hasta que el animal se quedó inmóvil. O que hace unos años él todavía era distinto, mucho más valiente y seguro de sí mismo, de modo que todos pensaban que llegaría a ser un hombre de provecho. Y cómo de pronto todo eso había desaparecido y se había visto obligado a decepcionarlos a todos, uno tras otro. Todo eso quería decirle a Anne-May.

Francis empezó a acariciarle el brazo. Con el dedo le recorrió la piel arriba y abajo, una y otra vez. Esperaba en tensión a que reaccionara. Pero ella no se movía. Cuando finalmente quiso besarla en la boca, ella murmuró:

—¡No lo estropees!

Luego se dio media vuelta y a los pocos minutos se quedó dormida.

 

2

 

Sin hacer demasiadas paradas atravesaron Indiana. Llovía sin cesar. Francis se preguntaba qué esperarían en realidad Anne-May y Grover de ese viaje, y por qué habrían ido. Él mismo tenía cada vez más dudas. Hasta hacía poco, su futuro todavía parecía estar escrito con mayúsculas y en negrita: «perdedor», «trabajador eventual», «fracaso escolar». Pero ahora alguien había escrito encima, a todo color, las palabras «genio», «inseminación artificial» y «Costa Oeste», y ya no estaba seguro de qué pensar. Solo quería caerle bien a su padre. Conocerse e, instintivamente, hacerse amigos. Al mismo tiempo, Francis tenía pánico de verse rechazado.

Durante el viaje le vinieron a la cabeza algunas experiencias en las que hasta entonces había procurado no pensar. Recordó cómo lo bañaban de niño y luego veía con su madre películas, en muchas de las cuales aparecía Paul Newman, el actor favorito de ella. O cómo su madre, mientras guisaba, escuchaba viejas canciones de los sesenta. Él le hacía compañía y la ayudaba a cortar tomates y calabacines. Su madre echaba aceite en la sartén y le hablaba de la primera vez que se enamoró o de cómo llegó a Los Ángeles de adolescente sin dinero y tuvo que abrirse camino. A veces se ponían los dos a bailar con la música y después se reían de sus propias gansadas. En la cocina siempre tenía la sensación de que su madre lo quería. No porque fuera su hijo, sino sencillamente porque le caía bien.

El coche frenó bruscamente y Grover se disculpó.

Francis, que estaba a punto de dormirse, guiñó los ojos. Mientras miraba al tráfico, recordó la mañana en que por primera vez vio a su madre en la cama con la cara triste, apática. Sin ningún motivo aparente, como si tarde o temprano tuviera que suceder. Al principio solo estaba deprimida, pero durante los últimos años había pasado también por esas fases maníacas en las que se creía capaz de hacer cualquier cosa. Estaba de buen humor, hacía planes para el futuro, ya no dormía tanto y se apuntaba a fitness o a cursos de baile y de teatro sin tener dinero. Todo terminaba entonces en un colapso. Un día hasta se metió groseramente con unos que pasaban por la calle y la Policía la detuvo. Francis se acordaba del día en que se mudaron a la caravana. Sentado en el colchón, vio que por la ventana entraba el suave sol de la tarde; en el rayo de luz danzaban motitas de polvo. Se puso a lanzar contra la pared una pelota de tenis que se había encontrado. Mientras tanto, oía a su madre decir disparates. Llevaba bastante tiempo sin tomar su medicación y estaba fuera de sí. Su cuarto se hallaba pegado a la cocina y todavía olía a las patatas con cebolla que habían comido al mediodía. De repente entró su madre y le dijo que él tenía la culpa de que se hubiera separado de Ryan y que no sabía hacer nada a derechas. Sin decir una palabra, Francis había soportado sus insultos mientras arrojaba una y otra vez la pelota de tenis contra la pared, hasta que la boca empezó a crispársele.

 

En Chicago se produjo la primera pelea; con Grover. Anne-May había ido sola de compras y habían hablado de ella. Primero en broma, pero luego Francis notó que Grover estaba celoso. Al fin y al cabo, por la mañana lo había visto en la cama con Anne-May. Francis le dijo que se dejara de melindres, pero Grover le reprochó que se estaba aprovechando de la debilidad de la chica. La discusión fue a más.

—Por mí, como si quieres intentar ligártela. De todos modos no tienes ninguna posibilidad —dijo Francis al final.

Enseguida se arrepintió de haber soltado esa frase. Pensó que tal vez debería disculparse, pero si era sincero, se alegraba de que hubiera algo que a él se le diera mejor. En otro tiempo, Grover solía mirarlo con respeto, pero en los últimos años había visto cómo su amigo tenía que mudarse de barrio, fracasaba en el colegio y encajaba una derrota tras otra en la lucha. Francis intuía desde hacía tiempo que sus caminos se separarían; Grover estudiaría en Yale; se doctoraría y se convertiría en un reconocido informático. Se marcharía a otra ciudad; tendría éxito; se haría rico; fundaría una familia y tendría hijos. Y luego solo se acordaría de tarde en tarde de los compañeros del colegio: ¿Cómo se llamaba ese? ¿Franklin? ¡Ah, no, Francis! Y se preguntaría qué sería del tal Francis, si seguiría viviendo en ese pueblo de mala muerte, hasta que un día lo olvidaría por completo.

Pero todavía falta tiempo para eso, pensó Francis. ¡Aún estoy aquí!

Por la noche continuaron el viaje. Grover se había comprado ropa nueva en la ciudad, aunque los colores no le pegaban ni con cola. Llevaba unos pantalones de pana de color amarillo oscuro, unas zapatillas Timberland beis, una camisa roja a la moda, un cinturón con hebilla de plata y una chaqueta negra con el cuello lila. Y, por si fuera poco, las gafas de concha. Sin duda quería impresionar a Anne-May con ese atuendo, pero el tiro le había salido por la culata. Parecía un fantoche o un canario psicópata.

Pernoctaron en un Motel 6. En una tienda de la cadena Freedom Liquor, Francis compró dos packs de seis cervezas Coors, una botella de vodka y un pastel Butterfinger para Anne-May. Al pagar se puso nervioso, pero el de la caja solo miró el carné falsificado por encima. En la habitación lo recibieron dando gritos de júbilo. Francis alzó la bolsa con el alcohol como si fuera un trofeo de la Super Bowl. Los otros quisieron pagarle su parte, pero él no les dejó.

—Corre por cuenta de la casa —dijo, disfrutando mientras guardaban el monedero y le daban las gracias.

Empezaron a beber y todo lo que no habían hablado durante el viaje lo hablaron ahora los tres a la vez. Cuando vaciaron el primer pack de seis cervezas y media botella de vodka, se dirigieron a la piscina cubierta del motel. Como no llevaban trajes de baño, saltaron desnudos al agua. Apenas llevaban un rato en la piscina, cuando se acordaron de que se habían dejado el alcohol a la entrada. Grover atravesó la piscina a nado con movimientos ágiles pero un poco indecisos y alcanzó la cerveza. Al volverse, los otros pudieron ver su enorme cola. Hasta gente como Brad Jennings, de pura envidia, mantenía el pico cerrado unos segundos cuando se duchaba con Grover después de hacer deporte. Francis miró a Anne-May. Obviamente estaba impresionada, contemplando cómo Grover rodeaba la piscina y se tiraba a su lado. Es cierto que se rio cuando Francis le cerró la boca, pero de todas maneras se sintió molesto.

Esa noche todo parecía posible. A más de mil seiscientos kilómetros de su casa, se dejaron embriagar por su libertad. De vuelta a la habitación, encendieron el televisor y pusieron un canal de música. Anne-May y Francis se empeñaron en hacer bailar a Grover. Al verlo dudar, Anne-May lo agarró del brazo.

—¿Por qué estás siempre tan callado? ¡Sal de tu silencio!

—Es que… no sé. Seguro que hago el ridículo.

—No me vengas con esas. ¿Qué más te da lo que piensen los demás? Creí que eras el rey de los chochitos.

Grover sonrió, pero siguió inflexible.

—No sé hacerlo, de verdad.

Pero Anne-May no se dio por vencida. Le prometió un beso en la mejilla si bailaba para ella. ¡Ahí lo pilló!

Grover se bebió de un trago medio vaso de vodka y se colocó en el centro de la habitación. Ataviado únicamente con los calzoncillos, empezó a hacer movimientos robóticos con los brazos al compás de la música. Tenía una pinta rarísima. Anne-May y Francis se echaron a reír, pero luego lo animaron.

—¡Sigue, sigue! —gritaban, mientras Grover probaba a bailar a lo Michael Jackson.

Como bailaba cada vez más aprisa, le sudaba todo el torso. Al final, se dejó llevar tanto por la música que ya no tenía en cuenta a los otros. Esa noche nadie volvió a pasar vergüenza. Anne-May le dio un beso en la mejilla, y luego Francis y ella empezaron también a bailar en ropa interior por la habitación. En una ocasión se acercaron tanto, que Francis la agarró por la cintura y ella le puso una mano en el pecho mientras se movían al ritmo de la música. Francis sentía sus piernas cálidas, sus pechos, su respiración. Ella se acercó más y empezó a frotarse contra él, hasta que Francis tuvo una erección.

Entonces ella saltó a la cama, que inmediatamente se convirtió en su escenario, y empezó a pasarse los dedos por los ojos, como Uma Thurman en Pulp Fiction. Bailaba haciendo movimientos sinuosos, gráciles, misteriosos, meneando de acá para allá la melena negra. Francis y Grover, cuyos ojos saltones habían adquirido un brillo como de loco, la miraban hipnotizados. Si en ese momento Anne-May les hubiera ordenado que atracaran un banco, le dieran el dinero y luego se ahorcaran, lo habrían hecho.

 

A Francis lo despertaron unos gritos. De todas maneras dormía mal, soñando una y otra vez que tenían un accidente o que su madre se moría porque él la había dejado plantada. A veces se despertaba empapado en sudor, sin saber dónde se encontraba.

Esta vez se despertó porque la luz estaba encendida y alguien le daba sacudidas. A su lado vio a Grover, muy nervioso.

—Se ha vuelto loca —dijo, señalando hacia la izquierda—. ¡Le ha dado un ataque!

De pie junto a la cómoda, Anne-May daba gritos.

—¡Quédate quieto! —vociferó—. ¡Cuidado, viene alguien!

Tenía la boca ensangrentada y un aspecto horroroso.

—No sé qué hacer —dijo Grover—. No reacciona ante nada.

Francis tardó unos segundos en darse cuenta de que Anne-May se hallaba en medio de una horrible pesadilla. Se levantó de un salto y fue hacia ella.

Anne-May se defendió y le dio una patada.